Disclaimer: Los personajes del anime de Naruto no son de mi propiedad sino de su respectivo creador, el mangaka Masashi Kishimoto, ya que de ser mío hubiera tenido un final muy diferente. Solo los utilizo para adaptarlos a la historia de Abby Green, Amante en Dublín. La pareja principal es Sasuhina, sus personalidades pueden estar alteradas ya que se trata de una adaptación de la obra de otro escritor, que nada tiene que ver con Naruto. Sino te gusta no lo leas, todo lo hago sin fines de lucro y por amor al Sasuhina así que si no eres fan de esta pareja ¿Qué haces aquí? Solo quiero mostrar los libros que me gustaron a través de esta gran pareja que se robó mi corazón desde que la primera vez que leí sobre ella.
CAPÍTULO 2
Esa noche, Hinata preparó una cena ligera y despertó a su madre. Cuando estuvieron sentadas en la cocina, finalmente planteó el tema que tanto temía.
—¿Cómo ha ido con Kakashi?
Hinata se armó de valor.
—No muy bien. Me temo que hay malas noticias.
La madre de Hinata apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—¿Qué pasa?
Hinata podría haberse echado a llorar sólo con ver la habitual mirada de estoicismo en los ojos de su madre, pero tragó y dijo:
—Mamá... alguien se ha quedado con todos los negocios de Hamura... Parece que lo hemos perdido todo. Estamos en bancarrota. Ha sido... —intentó apartar de su mente la poderosa imagen de Sasuke— alguien a quien él trató de absorber primero.
—Siempre he sabido que mucha gente tenía quejas de él... Tenía que suceder que alguien... Bueno, y ¿qué significa? —preguntó su madre.
—Bien... —Hinata intentaba desesperadamente no decir «la casa también»—. Significa que no tenemos nada. Nada de nada.
Su madre tuvo la misma reacción que Hinata había tenido antes.
—Bueno, no es lo peor, ¿verdad? ¿Cuándo hemos tenido algo? —sonrió a su hija y miró a su alrededor—. Al menos nos queda la casa... Sinceramente, querida, no sé qué haría si no tuviéramos esto; es todo lo que nos dejó tu padre y ahora podré vivir aquí en paz —agarró la mano de su hija por encima de la mesa—. No te preocupes tanto, encanto, todo va a salir bien. Conseguiré un trabajo... tú tienes tus cuadros. Estamos bien.
Todavía no se había dado cuenta, pensó Hinata con horror. Su madre no recordaba haber firmado que la casa fuera garantía de los negocios de Hamura y que la había perdido con todo lo demás.
—Mamá... creo que no eres consciente. Hemos perdido todo... —su madre la miró pálida—. El señor Hatake ha dicho que tú firmaste un papel sobre la casa antes de irnos de Londres...
—Sí, cariño, pero era sólo... dijo que sólo era... que sólo... —dejó de hablar—. Oh, Dios mío, ¿qué he hecho?
Hinata le apretó la mano.
—Todo se ha perdido. Estaba incluido entre sus activos.
Su madre se quedó quieta unos segundos y después tiró de la mano despacio y agarró el asa de la taza. Hinata la miraba preocupada por la falta de reacción. Cuando su madre volvió a mirarla, Hinata se sintió realmente asustada, sus ojos estaban muertos.
—Mamá...
—Hinata, no puedo... no me hagas pensar en esto... No puedo soportarlo.
Hinata miró indefensa cómo salía encorvada de la cocina y supo que estaba haciendo todo lo posible para sobrevivir. Esa noche escuchó sollozos sordos a través de la pared y se dio cuenta de que su orgullosa madre odiaría que fuese testigo de su dolor. ¿Qué iba a hacer? Tenía que haber alguna salida... alguna solución.
A la mañana siguiente, mientras la débil luz del amanecer entraba a través de las cortinas, Hinata estaba en la cama con los ojos abiertos tras una noche de insomnio. Una noche en que los demonios lo habían invadido todo. Demonios que tenían un rostro hermoso y conocido. Sabía con una certeza fatal lo que tenía que hacer. Cuál era la única opción.
Cuando entró en la cocina un momento después cualquier duda en su cabeza al respecto de su plan había desaparecido. Su madre estaba allí sentada apática. Hinata se sentó a su lado.
—Mamá, mírame —esperó hasta que su madre volvió la cabeza—. Voy un momento a la ciudad... tengo algo que hacer, pero estaré de vuelta al final de la mañana.
No quiso decirle mucho más para no darle esperanzas, pero Hinata se juró que haría cualquier cosa para volver a poner la casa a nombre de su madre. Preparó un desayuno ligero y obligó a su madre a comer.
Fue con el baqueteado Mini hasta la oficina de Kakashi Hatake para averiguar dónde estaba la oficina de Sasuke. Hatake no preguntó nada mientras le facilitaba la dirección.
—No va a ser fácil verlo, todo el mundo en Dublín está mendigando una audiencia...
—Lo sé, pero acamparé en la puerta si es necesario —replicó Hinata con una sonrisa forzada.
Le pilló la hora punta y el viaje hasta la oficina le llevó más de hora y media. Finalmente llegó al centro y aparcó cerca del edificio del distrito financiero donde Sasuke tenía las oficinas de su empresa. Iba vestida con su único traje. Quería tener un aspecto de mujer de negocios. Un traje de chaqueta azul marino y una blusa de seda color crema. Medias transparentes, zapatos de tacón y el pelo recogido en un severo moño.
Aunque era un templado día de primavera, sentía escalofríos. En la recepción la enviaron a la última planta, que Sasuke había ocupado por completo para él solo. Sintió que se le encogía el estómago mientras subía en el ascensor; la idea de verlo cara a cara de nuevo le daba más miedo del que había pensado.
Cualquier ilusión que tuviera de conseguir verlo se desvaneció al llegar al último piso. Una secretaria, como un mastín, guardaba la entrada principal y miró a Hinata de arriba abajo cuando pidió ver a Sasuke.
—¿Tiene cita?
—Bueno... no exactamente, pero cuando sepa quién soy a lo mejor tiene un par de minutos... No lo entretendré mucho.
—Se lo haré saber, pero tiene reuniones todo el día. Puede que tenga que esperar.
—Está bien —esperaría hasta medianoche si era necesario.
Hizo una llamada rápida con el móvil a una amiga de su madre para que se acercara a verla y se asegurara de que estaba bien. Una vez hecho eso, se acomodó para la espera.
Unas ocho horas después, Hinata había recorrido toda la gama de las emociones: irritación, aburrimiento, rabia, despecho, incredulidad y finalmente cansancio. El traje estaba arrugado, se había quitado los zapatos y el pelo estaba revuelto. Todo el día habían estado entrando y saliendo hombres de traje. Había visto cómo entregaban un almuerzo y cómo se llevaban las sobras haciendo sonar su estómago. La primera secretaria se había marchado y había sido reemplazada por otra con un genio similar.
La puerta de Sasuke volvió a abrirse y Hinata se resignó a ver más trajes sin rostro salir y pensó que la resistencia de aquel hombre era increíble. Ni siquiera se dio cuenta al principio que quien salía era Sasuke. Cuando su lento cerebro finalmente se dio cuenta, se puso de pie de un salto. Sasuke caminaba hacia el ascensor sin mirar ni a derecha ni a izquierda, ni siquiera la había visto porque estaba semioculta tras una planta.
—Sasuke... —maldijo su impulso de llamarlo por su nombre— señor Uchiha... ¡espere!
Acababa de apretar el botón del ascensor y se dio la vuelta despacio. Juntó las cejas al verla. Hinata se obligó a detenerse al darse cuenta de que no llevaba zapatos. Levantó la barbilla.
—Señor Uchiha, llevo todo el día esperando para verlo. Sé que está ocupado, pero apreciaría que me dedicara sólo unos minutos de su tiempo.
—Ivy me dijo temprano que estaba aquí, pero sabía que estaba ocupado todo el día.
—Insistí en esperar... Esperaba que tuviera un hueco en algún momento...
—Bueno, como puede ver, no lo he tenido. Y ahora, si me disculpa... Llame mañana y a lo mejor queda algún momento libre.
No podía irse. Hinata se quedó de pie, boquiabierta. Había esperado durante horas sin comer ni beber para verlo. Lo que vio en su rostro le dijo que a él le daba exactamente igual. Sasuke se dio la vuelta. Miró su ancha espalda mientras las puertas del as-censor se abrían silenciosas.
Tenía que detenerlo. Corrió y puso las manos en las puertas para evitar que se cerraran, mirándolo a la cara.
—Por favor, señor Uchiha. Le ruego que escuche lo que tengo que decirle. Son cinco minutos. Llevo esperando desde las diez y media de la mañana. Ya sé que es culpa mía, pero tengo que hablarle.
Él permaneció de pie apoyado en la pared del ascensor mirándola de arriba abajo.
—Muy bien, cinco minutos.
—Gracias —dijo Hinata dejando escapar un suspiro de alivio.
Sasuke salió del ascensor y con un gesto de las manos dio instrucciones a la secretaria para que se marchara. Sin mirar si Hinata lo seguía, entró en su despacho. Ella buscó los zapatos, se los puso y lo siguió rápidamente por si cambiaba de opinión.
Cuando entró él se estaba sirviendo un líquido oscuro y sentándose a su mesa con el vaso en la mano. Hinata permaneció en pie nerviosa. Sólo había una lámpara encendida y las sombras hacían que Sasuke pareciera más oscuro de lo que normalmente era, lo que, recordó ella, se debía a su madre brasileña. Su padre era la quintaesencia del inglés y la mezcla —una parte apasionada y otra sofisticada—había demostrado ser una combinación embriagadora. Como Hinata recordaba demasiado bien.
—¿Y bien? —preguntó él con suavidad.
Hinata respiró hondo.
—Es sobre nuestra casa.
—Quiere decir mi casa.
Ella asintió ligeramente sintiendo un ataque de rabia por su arrogancia.
—Esa casa perteneció a mi padre... mi padre biológico —precisó—. Siempre ha sido de mi madre, era lo único que no era de Hamura.
—¿Y...? —preguntó en tono aburrido recordando vagamente a una mujer nerviosa que algunas veces había visto en sus reuniones en casa de los Hyuga.
Hinata se acercó más, hasta una silla que había enfrente de él, y apoyó las manos en el respaldo.
—Hamura le hizo poner la casa a su nombre. Siempre había estado a nombre de ella.
No sé cómo lo hizo, siempre juraba que ella jamás... —Hinata se detuvo. No necesitaba darle los detalles más escabrosos—. Quedándose con la casa a la única persona que hace daño es a mi madre y ella no tiene nada que ver con lo que pasó... Ya ha sufrido bastante...
—¿Como esposa de un multimillonario? —se mofó—. Debes de estar de broma si esperas que me crea algo así. Sólo quieres salvar algo y has inventado una historia lacrimógena...
—¡No! —dijo Hinata con fiereza—. Por favor. Tienes que creerme.
—¿Creerte? —se puso en pie y rodeó la mesa en dirección a ella. Ella permaneció inmóvil—. No hay un ápice de verdad en ti... Dime, ¿a cuántos hombres más has provocado para Hamura Hyuga en los últimos meses... diez? ¿Veinte? ¿O les has entregado a ellos el delicioso cuerpo que me negaste a mí?
La crudeza de sus palabras hizo que entrara en acción. Lo miró con los ojos perlas abiertos de par en par y sin pensar en lo que hacía se acercó más a él y levantó una mano temblorosa, pero antes de que ésta pudiera impactar en su objetivo, Sasuke la agarró de la muñeca. Le horrorizaba la violencia y allí estaba, dispuesta a pegarle.
—Ahora, ahora... Guarda las uñas, gatita. No creo que realmente quieras hacer algo así, ¿verdad?
Hinata sentía su pulso desbocado. Lo miró a los ojos, era lo que más recordaba de él. Un negro penetrante. Cerró los ojos para evitar los recuerdos.
—Puedes terminar la actuación —le soltó la mano como si estuviera infectada y ella dio un paso atrás.
Se frotó la muñeca que él le había agarrado sabiendo que tendría un hematoma por la mañana. Se obligó a mirarlo de nuevo.
—La cuestión es que si te quedas con la casa, matarás a mi madre. Es todo lo que posee y con lo único que cuenta para recordar a mi padre. Nunca recibió nada de Hamura Hyuga excepto... —recordó el ruego de su madre de que no revelara nunca la realidad de su matrimonio.
—¿Excepto qué?
Ese hombre nunca lo entendería. Ignoró su pregunta.
—Ya sé que mis palabras no significan nada para ti, pero por favor, escúchame. Mi madre nunca ha tenido nada que ver con ninguno de sus negocios y desde luego con sus intentos de hundirte... —Sasuke entornó los ojos y Hinata atisbó un punto débil en la coraza—. Puedes preguntar a cualquiera que lo conociera —dijo rápidamente—. Pregunta al señor Hatake, él lo sabe. Esto no es por mí, es por ella. Te estoy pidiendo que vuelvas a poner la casa a su nombre... por ella.
Se limitó a mirarla con esos ojos tan duros, y después dijo con calma:
—Se supone que todo el tiempo tu madre ha sido una idiota sin enterarse mientras tú estabas aliada con tu padrastro cumpliendo con tu rutina de seducir a hombres inocentes... y ahora ¿qué? ¿Tienes un ataque de conciencia y quieres arreglar su situación? No me lo creo.
Hinata no podía desmontar la opinión que tenía de ella.
—Sí, puedes decir las cosas de ese modo. Estoy intentando enmendar mis errores, empezando por mi madre —sintió que las lágrimas la quemaban dentro de los ojos.
La verdad sobre lo que las dos habían sufrido a manos de ese hombre quemaba como un hierro candente y era algo que alguien como Sasuke, especialmente Sasuke, nunca creería.
—Si fuera a hacer lo que me pides, ¿cómo podría saber que tus razones son altruistas, ¿y qué ganaré yo?
—Haré cualquier cosa que quieras... ¡cualquier cosa! Limpiar suelos... —dijo viendo que había una oportunidad, aunque muy débil—. Cualquier cosa. Sólo, por favor, devuélvele la casa a mi madre, no se merece este castigo.
Sasuke se apoyó despreocupado en la mesa, y cruzó los brazos haciendo que se tensara el tejido de la camisa. Hinata no se podía creer que en medio de todo aquello se sintiera tan atraída por él.
Ya había decidido que iba a buscarse una amante, pero ¿para qué hacer tanto esfuerzo sólo para tener a alguien en su cama cuando lo que realmente quería estaba... a su alcance? Si había algo que sabía con certeza mientras ella estaba delante, temblando de modo casi imperceptible, era que la deseaba. Perdidamente. Más de lo que nunca había deseado a otra mujer. Y siempre conseguía lo que quería...
—¿Venderías tu alma al diablo?
—Sí —respondió sencillamente sin dudarlo—, si tengo que hacerlo.
—¿Te venderías a mí? —preguntó con suavidad.
Se tomó unos segundos para decir algo. No estaba segura de haberlo oído bien.
—Lo siento... ¿qué...?
—Me has oído perfectamente.
—Venderme como... como una especie de...
—Amante. Tú... —la miró de arriba abajo deteniéndose en los pechos que subían y bajaban con evidente incomodidad—. Tu cuerpo a cambio de la casa.
Hinata dio un paso atrás palideciendo por lo directo de sus palabras, de su propuesta, pero Sasuke se levantó y dio un paso hacia ella por cada uno que ella daba hacia atrás. Como si hubiera esperado que sólo con apelar a su piedad... Los hombres como él lo cobraban todo.
—No puedo hacer algo así... ¿Cómo... cómo puedes siquiera sugerirlo?
—Porque, como ves, puedo. Créeme. No quiero desearte... pero te deseo. Y tú me lo debes... desde que me sedujiste en esa habitación de hotel hace seis meses y después hiciste el papel de doncella de hielo. Dime, ¿te excité? ¿Era parte del plan? ¿Te sentiste poderosa al sentir que podías llevar a un hombre hasta el límite?
—¡Para! No estaba... no... —negó automáticamente para que dejara de hablar.
Se sentía humillada al recordar cómo había perdido el control, cómo había respondido a él. Fue eso, junto al sentimiento de culpa, lo que hizo que se quedara paralizada. Todo lo demás se le había olvidado. Incluso su madre. Incluso el trato.
—Me engañaste, Hinata. ¿Puedes negar que quedaste conmigo esa noche con la seducción y la traición en la cabeza? —preguntó haciendo que ella volviera a concentrarse en la conversación.
—No... —respondió sin fuerza.
Porque eso era exactamente lo que había hecho. Aunque en contra de su voluntad. Pero si él lo supiera... Nunca podría saber cuánto había deseado ella que fuera de verdad. Él la había aniquilado y había despertado todas las emociones que ella había enterrado en Londres pensando que no volvería a verlo. Intentó llevar las cosas a otro campo desesperadamente.
—Pero si me odias... ¿cómo puedo gustarte?
—No creo que seas tan infantil como para imaginar que el amor o incluso la amistad tengan que existir para practicar el sexo. Te deseo... tú deseas la casa. Es una ecuación muy sencilla.
—¿Pero cómo? Quiero decir, ¿cuánto tiempo?
—Hasta que deje Dublín.
Se echó para atrás de nuevo, la casa, su madre, todo olvidado. Lo único que podía ver era el amenazante trato delante de ella. La desapasionada forma en que él estaba hablando de llegar hasta un lugar muy dentro de ella, y Hinata sabía que él tenía el poder de destrozarla si le permitía hacer algo así. Intentó invocar las pocas fuerzas que le quedaban.
—Pero eso son dos meses... No puedo... No me acostaré contigo. No podría... —buscó febrilmente algo que hiciera que cambiara de opinión—. No te deseo, no me gustas.
—Mentirosa.
Antes de que pudiera emitir un sonido de protesta, con la velocidad de la luz los brazos de Sasuke la rodearon y la llevaron contra su pecho. Inclinó la cabeza tan deprisa que Hinata ni siquiera tuvo tiempo de girar la suya. Los labios de él cubrieron los suyos. Hinata podía saborear la sangre en la parte interior de la suave piel de la boca. A pesar de la evidente crueldad de su beso, Hinata podía sentir una intensa excitación que explotaba dentro de su vientre; cada célula de su cuerpo deseaba estar más cerca de él.
Entonces, con un sutil y experto cambio de ritmo, los labios de él suavizaron la presión, la mano de detrás de la cabeza se volvió una caricia. Sus dedos se enterraron en el desordenado pelo, Hinata sintió que sus cabellos caían por la espalda. En sus puños, apretados contra el pecho de Sasuke, podía sentir los latidos de su corazón, la cálida piel debajo de la camisa, y deseaban abrirse, sentir. Se sacudió con la intención de evitar que sucediera.
Después de la larga espera y no haber comido nada en todo el día, se sentía débil. La potente sexualidad de Sasuke acabó con poco esfuerzo con cualquier resistencia. Hinata cerró los ojos, pronto estaría arrastrada por las sensaciones, incapaz de pensar en nada que no fuera la boca de él en la suya. Cuando su lengua intentó entrar, ella abrió la boca con un suspiro y esa sensación hizo que se iniciara un incendio entre sus piernas.
Estar de nuevo entre sus brazos, con esos intensos y sensuales recuerdos que nunca había conseguido apagar... no tenía ninguna oportunidad. Él apartó su boca y Hinata dejó escapar un gemido que la traicionó hasta que sintió los labios de él en el cuello. La mano que tenía en la espalda bajó hasta las nalgas y la apretó contra él para que pudiera notar lo evidente de su deseo.
Ese deseo la llevó hacia atrás en el tiempo y fue tan efectivo como una ducha fría. Recurrió a todas sus fuerzas para soltarse. Si él no hubiera mantenido las manos en sus hombros, habría caído desmayada. Tenía los labios hinchados y húmedos.
La mirada en el rostro de él era de triunfo, había burla en sus ojos ante lo que interpretaba como un débil intento de detenerlo.
—Como he dicho... eres una mentirosa —la agarró de la barbilla y le levantó la cabeza—. La miel de la dulce trampa todavía es sorprendentemente dulce —Hinata se alejó y trató de disimular el temblor de sus piernas—. Deberías alegrarte de que aún te desee, si no no tendrías nada con que negociar.
Sus palabras obligaron a Hinata a volver a la razón por la que estaba allí. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Se concentró en ello... cualquier cosa era buena para sacar a su mente de aquella horrible debilidad.
—¿Me estás diciendo que le devolverás la casa a mi madre?
—Si me das lo que quiero —dijo él inclinando la cabeza.
—Yo.
—Sí.
Hinata de pronto pensó en algo y se agarró a ello.
—Pero... ¿no tienes novia?
—¿Qué? —preguntó cortante.
Se ruborizó porque en sus palabras se había notado que había leído lo que de él se hablaba en la prensa... donde era comúnmente conocido que nunca salía con hermosas acompañantes.
—Los periódicos... —dijo con un hilo de voz y las mejillas encendidas.
—¡Novia! —rió a carcajadas—. Qué pintoresco. No creo haber tenido novia desde que tenía seis años y vivía en Río de Janeiro con mi madre. No tengo novias, y no, no hay nadie de momento, nadie por quien debas preocuparte, dado que tienes la moral de una gata callejera.
«Muy obvio», pensó Hinata algo histérica, sin ni siquiera pensar en las insultantes palabras. Y además él tenía razón, ¿cómo podía ser tan infantil? Ese hombre se movía en los círculos donde las mujeres más hermosas y socialmente aceptadas estaban disponibles. Los hombres como él tenían amantes hasta que se aburrían o hasta que necesitaban casarse. Y entonces lo harían con la persona adecuada para esa función. —¿Cómo funciona esto? —preguntó Hinata extrañamente calmada.
—Si quieres que devuelva la casa a tu madre tendrás que estar aquí mañana a las dos de la tarde con tu equipaje.
—¿Esperas que me venga a vivir contigo?
—Sí. Necesito acompañante, compañía... y una amante dispuesta.
Hinata seguía de pie, con el pelo revuelto y la ropa desarreglada. Aún le temblaban las piernas ligeramente.
¿Cómo le estaba haciendo eso? ¿Cómo le había dejado? Para ella, Sasuke había sido tan culpable como su padrastro seis meses antes. Ambos la habían utilizado en su juego de dominación. Y todavía no podía evitar ese irracional deseo que anulaba toda lógica en su cabeza. Eso la debilitaba frente a él. Se odiaba por ello.
—¿Qué más?
—Firmarás un contrato que asegure que no obtienes ningún beneficio del acuerdo. La casa estará sólo a nombre de tu madre, ni siquiera podrás heredarla.
Otra condición será que no podrá venderla... sólo por si lo estás planeando. Se sintió mareada.
—Dios... lo que dicen de ti es cierto. Lo vas a atar todo de manera que no pueda utilizar esto nunca en mi beneficio. No tienes corazón.
Un destello de algo cruzó por el rostro de Sasuke un segundo. Si Hinata hubiera estado menos predispuesta en ese momento casi podría haber dicho que era dolor, pero ese hombre no era capaz de tener un sentimiento semejante. Su rostro de nuevo era como una máscara... habría sido su imaginación.
Sasuke ignoró sus palabras.
—Todo esto sucederá cuando tú me hayas dado lo que quiero.
—Cuando me haya acostado contigo.
—Durante dos meses o tanto como yo te desee.
—¿Qué pasa si es sólo una noche? —preguntó desafiante.
Se acercó más a ella y se detuvo justo a su lado. Su aroma la envolvía. Se quedó helada.
—Oh, eso no ocurrirá, Hinata. Te lo puedo asegurar.
Hinata giró la cabeza un momento para librarse de su mirada de láser. Intentaba pensar deprisa. Su casa valía millones... No tenía esperanzas de llegar a tener esa cantidad de dinero, además tampoco era por el dinero. Esa casa era donde su madre podría pasar sus últimos días. Por fin en paz. Hinata había protegido a su madre desde siempre. Algunas veces con más éxito que otras.
Incluso desde la primera vez que había tratado sin éxito de interponerse entre los puños de Hamura y su madre. Sólo tenía seis años y todavía recordaba el pánico.
Pero Hamura había muerto. Ésa era la última oportunidad que tenía su madre de ser feliz y ella se aseguraría de que llegara a cumplirse, aunque lo que tuviera que hacer no fuera correcto. Tenía que hacerlo. Se dio la vuelta y encaró a Sasuke decidida a no permitir que se diera cuenta de cómo se sentía por dentro. Levantó la barbilla.
—¿Y si no estoy aquí mañana?
Al mirarla a la cara, Sasuke sintió una extraña sacudida en el interior de su pecho. Por un segundo no estuvo seguro de querer hacer algo así... y no le gustó cómo se sentía. Acalló sus sentimientos. Estaba jugando con él, seguramente intentando averiguar cómo podía salir de allí llevándose lo que quería. Miró el reloj de platino que rodeaba una de sus muñecas y dijo:
—Tendrás una semana y seis días desde este momento para abandonar la casa antes de que me mude yo.
Vio a Sasuke empezar a alejarse como si el apasionado beso que acababa de compartir no hubiera significado nada. No estaba temblando como ella. Era frío y casi... aburrido. Como si hiciera cosas así todos los días. Se dio la vuelta, se abrochó el botón del cuello y se apretó la corbata.
—Depende de ti, Hinata. Ven mañana o despídete de la casa.
Después salió por la puerta.
