Disclaimer: Los personajes del anime de Naruto no son de mi propiedad sino de su respectivo creador, el mangaka Masashi Kishimoto, ya que de ser mío hubiera tenido un final muy diferente. Solo los utilizo para adaptarlos a la historia de Abby Green, Amante en Dublín. La pareja principal es Sasuhina, sus personalidades pueden estar alteradas ya que se trata de una adaptación de la obra de otro escritor, que nada tiene que ver con Naruto. Sino te gusta no lo leas, todo lo hago sin fines de lucro y por amor al Sasuhina así que si no eres fan de esta pareja ¿Qué haces aquí? Solo quiero mostrar los libros que me gustaron a través de esta gran pareja que se robó mi corazón desde que la primera vez que leí sobre ella.
CAPÍTULO 3
Al día siguiente a la una y media, Hinata estaba sentada en su coche fuera de la oficina de Sasuke, sintiendo calor y frío y sudores, todo al mismo tiempo. Su cabeza iba de un lado para otro. Al volver a casa la noche anterior, casi se había convencido de que podría persuadir a su madre de que podían empezar de nuevo en cualquier otro sitio, olvidarse de la casa... cualquier cosa para no tener que convertirse en una... pertenencia de Sasuke.
Pero cuando había llegado se había encontrado al médico. Había sentido pánico, se había olvidado de Sasuke. El médico había estado serio. Las cosas no iban bien. Le había dicho que estaba preocupado por la salud de su madre a largo plazo... su salud mental en particular. Que no había visto una depresión tan seria en bastante tiempo. Por desgracia, Hinata sabía qué era exactamente lo que iba mal.
La pérdida de la casa era la gota que había colmado el vaso. Nunca podría negarse a hacer algo por su madre. No cuando ella era en parte responsable de la situación aunque hubiera sido obligada. Sabía que con ese pensamiento no estaba siendo honrada consigo misma, pero la verdad era... que ella era responsable. Hamura la había llevado a ser su cómplice. Y aunque débilmente, se seguía sintiendo culpable.
Había llegado a un punto sin retorno esa mañana cuando le había dicho a su madre que sorprendentemente Sasuke había sido lo bastante piadoso como para no quitarle la casa, pero con la condición de que ella empezara a trabajar para él inmediatamente. Le había explicado que habían acordado que él pondría la casa a su nombre una vez que se hubiera trasladado a la ciudad y empezado a trabajar para él. Su madre se había quedado demasiado sorprendida como para preguntar nada.
Y ahí estaba. A punto de embarcarse en los dos meses más largos y traicioneros de su vida. Pero al final, si también compraba su libertad... podría soportarlo. Y sabía cómo. Sasuke pensaba que era una mercenaria... y eso era lo que iba a ser. No saldría nunca de la muralla que iba a levantar a su alrededor. Nunca vería la parte de ella que era tan vulnerable. La parte que seis meses antes... Por un momento... había pensado que Sasuke podría estar realmente interesado en ella. Apretó los labios. Sí, lo había estado, pero no de la forma que su estúpido corazón había creído o esperado. Miró el reloj. La dos en punto. Respiró hondo y abrió la puerta del coche.
Tendió la mano al pomo de la puerta del despacho de Sasuke, donde había sido enviada por la incapaz de sonreír Ivy, y dio un brinco cuando la puerta se abrió de repente. Sasuke estaba al otro lado, con la camisa desabotonada, mostrando un rizado vello justo debajo del cuello. Las mangas recogidas dejaban ver unos musculosos antebrazos y su pelo tenía el aspecto de habérselo peinado apresuradamente con los dedos.
—Llegas tarde —dijo sin preámbulos.
Hinata hizo un esfuerzo titánico por parecer fría y miró su reloj.
—Dos minutos tarde, señor Uchiha.
—Entiendo que aceptas mi oferta.
—Si tú mantienes tu parte del trato.
—Por supuesto —la recorrió con una mirada caliente y se detuvo en el rostro. Las pecas descendían en dirección al escote—. No vuelvas a llegar tarde.
—Haré todo lo posible.
Se miraron uno a otro cada uno desde su lado de la puerta. Sasuke apretó la mandíbula. Hinata sintió cómo se le formaba una gota de sudor en una ceja. Fue a secársela pero él la agarró del brazo y la metió en su despacho. Una vez dentro la soltó y ella se fue a una esquina. Sasuke apoyó una cadera en el borde de la mesa.
Por un momento Hinata se sintió aturdida por la vista que la noche anterior no había podido apreciar. Había en todos los lados de la sala ventanas que proporcionaban una impresionante vista de la bulliciosa ciudad con las montañas al fondo. Le hubiera encantado dedicarse a disfrutar de la vista, pero mantuvo el gesto y lo miró resolutiva.
—Creo que es mejor que me llames Sasuke... no me gustan las formalidades en el dormitorio.
—Todavía no estamos en el dormitorio —afirmó cortante.
Él se incorporó e inmediatamente se volvió peligroso. Hinata intentó no recular.
¿Cómo iba a convencerlo de que era una persona de mundo si daba un salto cada vez que se acercaba? Caminó indolente en dirección a ella y se detuvo a pocos centímetros. Estaba tan cerca que podía ver motas rojas en el negro de sus ojos.
—Oh, lo estaremos... bastante pronto. Ahora, pronuncia mi nombre. Quiero escucharlo.
Se encogió de hombros y abrió la boca para decir su nombre, pero... no pudo.
Por alguna razón, incluso a pesar de que lo había llamado por su nombre el día anterior, no podía concebir pronunciarlo en voz alta. Era como... una especie de palabra cariñosa. Sacudió la cabeza, había confusión en sus ojos y una oleada de rubor invadía sus mejillas. Él se acercó más, colocó una mano en la parte de atrás del cuello de ella y la acarició justo por debajo de la línea del cabello.
—Hinata...
La parálisis la atenazaba.
—No... puedo.
—Hinata. Dilo.
Se sentía como drogada. Él se acercaba más... iba a besarla. Con extrema debilidad ella levantó las manos y las interpuso entre los dos.
—Sasuke —le salió ronco, como lo hubiera dicho una amante.
Al decirlo se dio cuenta de por qué había sido tan difícil. Había cruzado la línea. Ya era suya. ¿Cómo un momento tan inocuo podía parecer tan lleno de significado? Él se detuvo y se enderezó lentamente.
—¿Ves como no ha sido tan difícil?
Llevaba en su despacho menos de cinco minutos y ya la había convertido en una náufraga rabiosa. Tenía que rehacerse. Desempeñar el papel que se había propuesto. Esa era la única forma posible de protegerse. Se apartó de él repentinamente y buscó con su mente algo en lo que pensar que no fuera él. Se agarró a lo primero que se le ocurrió y forzó una sonrisa brillante.
—¡Ropa!
—¿Qué pasa con la ropa? —Sasuke parecía muy atento, con los brazos cruzados.
No podía entender cómo podía haber pasado del rubor por pronunciar su nombre a la ropa. Una cosa sí tenía clara: no podía confiar en ella ni una pizca. Estaba tramando algo y seguro que tenía una vertiente económica.
Hinata se enrolló un mechón de pelo alrededor de un dedo, algo que hacía normalmente de modo inconsciente pero que en esa ocasión intentaba ser un gesto de coquetería.
—Bueno, supongo que querrás que tenga el mejor aspecto posible... y me he dejado toda esa clase de ropa en Londres... así que, a menos que te guste este aspecto informal... —hizo un gesto desdeñoso señalando la ropa que llevaba puesta.
Hinata odiaba todo aquello. Iba en contra de su forma de ser pedir cosas, pero quería que él pensara de ella lo peor.
«Como todas», pensó él. Ninguna diferencia. Pero entonces eso significaba que había esperado que fuera diferente, ¿verdad? Y no la quería si la había mantenido algún otro hombre. Sólo pensarlo hacía que se le cerraran los puños. Era suya. La vestiría para su propio placer... el de nadie más.
—Sólo dime dónde y abriré una cuenta... puedes ir esta tarde. Mañana me voy a Montecarlo un par de días... así que tú puedes venir también. Supongo que tu pasaporte está en orden.
Hinata se quedó pálida, su pizca de confianza acababa de desaparecer y asintió muda. ¿Montecarlo? Realmente ya sí que estaba en otro mundo... Sasuke había vuelto a su mesa y había tomado el teléfono mientras la miraba expectante, impaciente. Hinata trató de recordar su pregunta y mencionó el nombre compuesto de una conocida y lujosa tienda cercana. Un sitio al que ella normalmente no iba.
Una breve conversación y estaba resuelto. Se levantó, se acercó a Hinata y le acarició la cara con los dedos.
—Mantente alejada de los vestidos de fulana barata, si puedes. No quiero pasar otra vez por lo de aquella cena cuando tuve que soportar que todos los hombres que había en la sala te desnudaran con la mirada.
Hinata se ruborizó de humillación al recordar el vestido que su padrastro la había obligado a llevar. Apartó la imagen de su cabeza y apretó la mandíbula bajo la caricia de Sasuke.
—Lo haré lo mejor posible, pero todavía tengo el vestido, así que puede que te sorprenda.
Sasuke le dedicó una mirada heladora.
—Hazlo y te desnudaré y te vestiré yo mismo. No juegues conmigo, perderías.
No sabía que lo que estaba haciendo ella era provocarlo. Ya no tenía el vestido, había acabado en la basura esa misma noche. Lo hubiera quemado si hubiera podido. Finalmente la soltó. Fue con las piernas flojas hasta la puerta, pero justo cuando estaba a punto de salir la llamó por su nombre. Ella se dio la vuelta, reacia.
—No necesito el coche hasta tarde, mi chófer puede llevarte de compras y luego dejarte en mi apartamento. ¿Dónde está tu equipaje?
—Está... en mi coche. Tengo que llevarlo, así que iré en mi coche a tu apartamento.
Él se encogió de hombros y le dio la dirección, Hinata se la aprendió de memoria. Sabía dónde era: un lujoso edificio cerca, en el centro. Después se marchó.
Al final de la tarde, Hinata entró en la única zona de aparcamiento que había en el edificio de apartamentos. El maletero de su diminuto coche iba lleno de bolsas.
A pesar de que había tenido el malvado deseo de comprar ropa de diseño y de precio desorbitado... al final no había podido. Se había limitado a adquirir lo que pensaba que necesitaría y requerirían las diferentes ocasiones. Sabía bastante del mundo de Sasuke porque Hamura la había obligado a asistir a varios actos sociales en Londres.
El conserje ya había sido informado de que llegaría y le dio una llave antes de decirle que él le subiría las bolsas. Mientras subía en el ascensor, Hinata era incapaz de controlar sus pensamientos. La catastrófica reaparición de Sasuke en su vida había sido un amargo catalizador que había reavivado sus peores recuerdos.
Había crecido viendo a Hamura Hyuga hacer lo peor con todo el mundo que tenía alrededor: negocios sucios, chanchullos, arruinando la vida de la gente. Había llegado a odiar ese mundo y todo lo que él representaba. En cierto modo ésa era una de las razones por las que había elegido estudiar arte, aparte de porque tenía un don, heredado de su padre, que hacía retorcerse de rabia a Hamura.
Siempre había evitado a su padrastro y a sus amigotes como a una plaga... hasta esas dos semanas de hacía seis meses. Había sido sólo por su madre, de otro modo nunca hubiera hecho de anfitriona ayudando a Hyuga durante dos semanas de intensas reuniones en su propia casa. Sasuke Uchiha había sido el invitado de honor, invitado con la excusa de compartir información con alguna de las mentes más preclaras del mundo financiero. En realidad Hamura había planeado todo aquello para tener a Uchiha cerca, lo bastante cerca como para hundirlo.
Hinata había ido derecha a la boca del lobo cuando había conocido a Sasuke y había terminado enamorándose perdidamente. A diferencia de los socios habituales de Hamura, Sasuke le había llamado la atención inmediatamente. Física e intelectualmente. Incluso, pensaba, moralmente. Pero se había equivocado. Había resultado ser igual que Hamura, la misma bestia pero con diferente ropaje. Aunque eso no había acabado con la intensa atracción que sentía por él.
Desafortunadamente, Hamura se había dado cuenta del volcán que había entrado en erupción entre ambos y, con una astucia diabólica, había manipulado las cosas para asegurarse de que estuvieran juntos en cuanto había una oportunidad, todo pensado para culminar en aquella noche.
La puerta del ascensor se abrió de pronto poniendo fin a sus intensos recuerdos.
Tenía que pensar en el futuro, se dijo sacudiendo la cabeza, sobrevivir a las siguientes ocho semanas y después poner toda la tierra posible de por medio entre Sasuke y ella. Entró al apartamento con precaución, recorriendo las habitaciones con cuidado, como si mordieran. Nada que no fuera lo mejor, por supuesto, para el más venerable visitante de la ciudad.
Hinata había leído de todo sobre ese edificio cuyos apartamentos los había diseñado un arquitecto mundialmente famoso. Se levantaba en una colina enfrente de la antigua catedral y había provocado controversia porque desentonaba con el entorno. A ella le encantaba. Lo viejo y lo nuevo unidos en un mismo paisaje.
Dejó una habitación para el final. Aguantó la respiración y abrió la puerta. Lo mismo que su despacho, la habitación de Sasuke tenía en todas las paredes ventanas del suelo al techo que proporcionaban una visión impresionante de toda la ciudad.
No había ningún efecto personal a la vista; unas pocas cosas colocadas de modo ordenado en un vestidor y objetos de aseo en el cuarto de baño, pero parecía que no hacía mucho tiempo que vivía allí.
El tiempo justo para buscarse una amante... pensó.
Trató de evitar mirar al foco de atención, pero no pudo. Una enorme cama dominaba la habitación. Cubierta con lujosas sábanas oscuras, parecía crujiente y tentadora aunque daba miedo, mucho miedo. De pronto se formó una imagen de Sasuke y ella entrelazados, con las sábanas apartadas y el cuerpo de él cubriendo el de ella...
¿Cómo sería? Piel contra piel... Sasuke encima de ella presionando con su excitado cuerpo... El ruido de una puerta le hizo dar un salto. Se dio la vuelta. Era el conserje. El alivio que sintió casi la hizo tambalearse.
—Ésta es la última de las bolsas.
—Muchísimas gracias, no debería... —acompañó al hombre hasta la salida y cuando cerró se apoyó en la puerta, sacudió la cabeza, exploró la casa con más detalle y colgó su ropa en el armario.
A las nueve de la noche los nervios de Hinata habían llegado a un punto de tensión que ni siquiera ella sabía que tenía. Cada vez que sonaba algo, contenía la respiración, y sólo se relajaba una vez comprobaba que no era nada. Había llamado a su madre para ver cómo estaba y había sido todo lo imprecisa que había podido sobre su situación. Una amiga de su madre iba a verla a diario y la llamaría si algo iba mal. Sonó el teléfono y lo atendió con precaución.
—Hinata... —sintió un latido entre las piernas sólo con escuchar su voz. Las cerró con fuerza.
—Sasuke, tenía la esperanza de que no estuvieras en el hospital —le pareció escuchar una risita al otro lado.
—Quería haber llamado antes, pero estaba esperando una llamada de Los Ángeles y con la diferencia de hora... No llegaré antes de medianoche, será mejor que te acuestes.
Recordó lo tarde que había salido de la oficina el día anterior y extrañamente no pudo evitar sentirse preocupada. Estaba desconcertada porque hubiera tenido la cortesía de llamar.
—Comeré algo, entonces —dijo eso y se quedó en silencio. Lo último que quería era parecer preocupada o que lo había estado esperando.
—No me digas que habías preparado una cena romántica.
—Ni lo sueñes —dijo dulcemente cruzando los dedos para que creyera la mentira—, sólo he aprendido a hervir agua —en realidad había preparado un guiso sencillo, pero no se lo iba a decir.
—Supongo que estás instalada.
—Sí.
—Bien. Trataré de no despertarte cuando llegue... aunque a lo mejor podrías esperar levantada...
Hinata fingió un bostezo.
—Me encantaría, pero no creo que aguante despierta. Buenas noches.
Estaba a punto de colgar el teléfono cuando oyó su nombre. No lo colgó. La voz de él era grave y letal:
—Si no estás en mi cama cuando llegue, Hinata, lo estarás por la mañana.
Colgó el teléfono. Hinata pensó en lo inútil que había sido su intento de ocupar una de las habitaciones de invitados. Sabía que haría exactamente lo que había dicho. La llevaría en brazos hasta su cama.
Sabiendo que no tenía elección, sacó un cómodo camisón y cerró la puerta de la habitación. Fue al vestidor donde había colocado toda la ropa nueva. Había guardado la ropa interior y los saltos de cama en un cajón. No había querido comprarlos, pero la dependienta que la había atendido se había mostrado tan entusiasmada, que no había tendido corazón para negarle la comisión. Lo mismo había pasado con un par de vestidos que había elegido la chica. Vestidos en los que Hinata nunca habría pensado... pero, se había dicho, eran vestidos adecuados para la amante de Sasuke, así que se los había llevado también.
Y, si era sincera, una parte de ella había pensado: «Al diablo con todo, puede pagar diez veces más». Rechazaba totalmente pensar que en realidad los había comprado porque quería gustarle... Tenía que recordar que estaba representando un papel. Lo que él esperaba era una amante, vestida de modo adecuado, en su cama. Esa idea hizo que se estremeciera mientras se preparaba.
Más tarde, mientras estaba tumbada en el mismísimo borde de la enorme cama, Hinata reflexionaba sobre la conversación telefónica y lo... fácil que había resultado, demasiado fácil, incluso con un puntito de calidez. Y eso era peligroso.
Porque le recordaba los embriagadores días cuando lo había conocido en Londres, cuando había visto su otro lado. Se dio la vuelta y apoyó la cabeza en la mano. Si decidía ser encantador, estaba perdida. La tensión de los días anteriores y la anterior noche de insomnio acabaron por hacer que se durmiera profundamente.
Sasuke se despertó temprano. Era consciente del calor de otro cuerpo a su lado. Se dio la vuelta y se encontró a Hinata acurrucada a su lado. El vibrante pelo azulado extendido como un abanico. Había apreciado su borrosa figura en el otro extremo de la cama la noche anterior, pero estaba demasiado cansado como para investigar más.
En ese momento, sin embargo, podía estudiarla a placer. Parecía más joven, inocente... vulnerable. Su gesto se endureció al apartar esos pensamientos y seguir con el examen visual. Las sábanas bajadas dejaban ver un salto de cama color crema, el delicado encaje disimulaba escasamente los montes de sus pechos, que subían y bajaban cuando respiraba. Sasuke sintió cómo su cuerpo respondía. Se movió y Hinata también, como si estuvieran unidos por un hilo invisible. Se quedó quieto.
En reposo sus labios parecían como enfurruñados. Deseó besarla con suavidad. Quería despertarla y verla con ojos de sueño, que sonriera y se entregara a él. Pero no lo hizo. Porque sabía que si la despertaba con un beso primero lo miraría con sorpresa y después con censura... y, no sabía por qué, no era eso lo que quería. Cuando le hiciera el amor quería que tuviera los ojos abiertos, conscientes de cada momento y llenos de pasión...
En un segundo se había movido y acercado más a él. Le apoyó la mano en el pecho haciendo que un cálido sentimiento lo invadiera. Sasuke apretó la mandíbula para no caer en la tentación y con mucho cuidado se fue a dar una ducha. Una fría. En la cama, Hinata se estiró pero no se despertó.
