Disclaimer: Los personajes del anime de Naruto no son de mi propiedad sino de su respectivo creador, el mangaka Masashi Kishimoto, ya que de ser mío hubiera tenido un final muy diferente. Solo los utilizo para adaptarlos a la historia de Abby Green, Amante en Dublín. La pareja principal es Sasuhina, sus personalidades pueden estar alteradas ya que se trata de una adaptación de la obra de otro escritor, que nada tiene que ver con Naruto. Sino te gusta no lo leas, todo lo hago sin fines de lucro y por amor al Sasuhina así que si no eres fan de esta pareja ¿Qué haces aquí? Solo quiero mostrar los libros que me gustaron a través de esta gran pareja que se robó mi corazón desde que la primera vez que leí sobre ella.
CAPÍTULO 5
Descartó el coche y decidió volver andando a la reunión. La mente de Sasuke funcionaba a toda velocidad. Ese beso... y Hinata llenaban tanto sus sentidos que el trabajo había quedado a un lado. Aceleró el paso como si así pudiera poner algo de distancia con sus incómodos pensamientos. Había tenido otras amantes, montones... ¿qué problema había esa vez? Hinata era una más. Entonces, recordó que, andando por una calle de Londres unas semanas antes, al ver a una pelirroja bajita de espaldas, el pulso se le había disparado hasta que había descubierto que ni siquiera se parecía a Hinata, pero la fuerza del deseo que había sentido lo había alterado más de lo que quería reconocer.
¿Habría sido eso lo que lo había espoleado a verla de nuevo? ¿A vengarse porque odiaba la atracción que ejercía sobre él?
Se regañaba interiormente por dar rienda suelta a tales ideas. Aplicando la pura lógica, se decía que la deseaba y que ella le había ofrecido en bandeja la llave para convertirla en su amante, eso era todo. Era una más en la lista aunque hubiera sido ella la que se había acercado a él. Obligada o no, no tenía que olvidar que ella había sido utilizada como cebo para hundirlo. No podía permitirse olvidar eso. Nunca confiaría en ella. Pero en ese momento, después de sólo unas horas en compañía de Hinata, una mujer que no pretendía gustarle, estaba deseando que pasara la tarde de una vez.
¿Por qué perdía el control de ese modo? Era puro y simple deseo. Aunque fuera el deseo más poderoso que había experimentado jamás, pero no había otra cosa. De momento...
Odiaba pensar lo fácilmente que podría acabar bailando al son que ella tocara...
Mientras esperaba el ascensor, los pensamientos de Hinata atravesaron la pared de espejos. Se sentía algo irreconocible. Siempre se había negado a hacer caso de las recomendaciones de Hamura para que se «arreglara», normalmente no hacía mucho caso de eso.
«Y ahora... ¿de pronto sientes la urgencia?», le decía en el oído una vocecita sarcástica. De todos modos se alegraba de haber hecho el esfuerzo, se decía desafiante, apretando de nuevo el botón con fuerza, mientras sentía mariposas en el estómago al oír la campana que anunciaba que el ascensor había llegado.
Sasuke disfrutaba de un whisky mientras la esperaba en el bar. Estaba impresionante y era el centro de las miradas de todas las mujeres. Él lo sabía, pero la única mirada que le importaba en ese momento era la de unos ojos perlas.
Se había reforzado para volverla a ver. Todas las defensas levantadas. Ella le había hecho perder la concentración durante toda la tarde. Había estado a punto de aceptar una fusión que le hubiera costado millones. Eso nunca le había sucedido antes. Y, después de la llamada que había hecho a su asistente en Dublín, sabía que ella quería mucho más que recuperar la casa para su supuestamente inocente madre. Ella lo quería todo.
Un repentino sonido de conversaciones sordas hizo que levantara la vista. El pelo de la nuca se le erizó cuando miró a través de su vaso y vio a Hinata de pie en la puerta. Sintió que el pecho se le quedaba sin aire. Estaba... impresionante.
Pudo ver cómo buscaba con los ojos y se dio cuenta de que no podía verlo bien desde donde estaba ella. Llevaba un vestido color aceituna oscuro con solapas que se encontraban formando una «V» por encima de una línea debajo de los pechos, haciendo que la palidez y voluptuosidad de lo que se apreciaba sugiriera lo que no se veía. El pelo lo llevaba recogido a un lado y caía por encima del otro hombro en una ola de mar. Destacaba por encima de cualquier otra mujer de las que había allí como una brillante perla en medio del oscuro coral.
Apretó el vaso con fuerza cuando ella se ruborizó al verlo. Fue hacia él y casi sintió ganas de huir. Como si estuviera a punto de chocar con algo que definitivamente era un peligro.
Y entonces ella se detuvo delante de él. Lo miró con los ojos con forma de almendra acentuados por el rímel y un fresco aroma. Sintió cómo todas sus defensas se derrumbaban. Se puso de pie.
—Si estás lista, nos vamos.
Hinata lo miró en busca de alguna clave para saber qué estaba pensando. Ni siquiera había dicho si pen-saba que iba bien. La tomó de la mano, posesivo, y la llevó hacia la entrada del hotel donde un elegante coche se detuvo.
Sasuke la ayudó a entrar en la parte trasera. Lo miraba subrepticiamente y se daba cuenta de que con el esmoquin era incluso más guapo, con el pelo peinado hacia atrás, lo que permitía apreciar la fuerza de su frente y la línea de la nariz.
Pero no parecía contento. Después de dudar un momento, Hinata no pudo evitar preguntar:
—¿Va... va todo bien? —él se limitó a mirarla—. Es que pareces un poco preocupado... ¿es por el trabajo?
—¿Qué es esto? —se mofó—, ¿la alegre, preocupada y considerada Hinata tratando de hacerme sentir falsamente seguro?
—¿De qué hablas?
Sasuke sabía que se estaba comportando de un modo irracional y de que estaba reaccionando a algo de lo que ella ni siquiera era consciente, pero no podía parar. Quería empujarla y ponerla a una distancia que lo hiciera sentirse seguro.
—Debías de saber que estaba a punto de poner a Hyuga de rodillas. No confío en ti. Sé que estás intentando algo más que salvar la casa.
Hinata se acobardó al ver el gesto de su rostro y el temor llenó su pecho porque no tenía ni idea de algo así y tuvo miedo de echarse a llorar de frustración. Estaba horrorizada de verdad. ¿De dónde salía todo aquello? Como si le leyera el pensamiento, él respondió. Se inclinó sobre ella, le tomó la mano y se la llevó al pecho. Su aroma la envolvía y Hinata cerró los ojos en un inútil intento de librarse de la sensual amenaza.
—Piensas que eres lista, ¿verdad? Gastas esa cantidad de dinero en ropa... después te aseguras de que vea el coche viejo, como si tú normalmente no condujeras algo mucho más caro.
Lo miró con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué? —preguntó. «¿Habrá perdido la cabeza?», pensó.
—Todo bien pensado, sin duda, para hacerme creer que a lo mejor te había juzgado demasiado duramente...
—Es una locura... —sus palabras la habían herido en lo más hondo. Era evidente que la había investigado. Pensó en el dinero que se había gastado a su costa y en lo difícil que le había resultado hacerlo con la cabeza alta. ¿A qué demonios estaba acostumbrado? Sacudió la cabeza—. A lo mejor soy distinta de tus otras...
—¿Distinta? No creo, Hinata. Siempre era evidente lo que querían. Eran sinceras. Tú engañas.
Sus palabras le estaban haciendo mucho daño.
—Y puede que tú seas demasiado cínico.
—Puedes decirlo así —dijo sonriendo sin soltarle la mano—. Mi madre me enseñó que todas las mujeres aprecian el botín que suponer ser el juguete de un hombre rico y todavía no he encontrado ninguna que me haya demostrado lo contrario... A lo mejor ha sido tu madre la que se ha quedado con la herencia de Hamura, pensando que entre las dos podríais manipularme volviéndote a usar como señuelo. ¿Por eso no pudo reunirse conmigo el otro día en la casa...? Estabas preparando el terreno para la lástima cuando conseguiste que Hatake me dijera que estaba muy debilitada por todo...
Al escuchar lo que decía de su madre, Hinata cerró los puños y se quedó pálida.
—No vuelvas a hablar de mi madre de ese modo. Esto es algo entre tú y yo. Es todo lo que necesitas saber. Mantenla fuera de esto.
Sasuke se creyó su apasionada respuesta. Parecía sinceramente enfadada. Siguió agarrándola, tratando de interpretar la expresión que había en su rostro, pero rápidamente desapareció y su gesto volvió a ser inescrutable.
Hinata no podía desdecirse de las palabras y sabía que había hablado de más.
Pero no podía soportar que rebajara a su madre. Sabía que no podía decir nada, hacer que él la escuchara. No podía defenderse de ninguna manera... sería exponerse al ridículo y traicionar a su madre.
Así que fingió una sonrisa y se sacudió el pelo con la esperanza de que no hubiera reparado en sus palabras. Tenía que tener más cuidado.
—Y sobre la ropa, he comprado sólo lo que necesito por ahora... y te equivocas con lo del botín... después de todo soy tu juguete los próximos dos meses, ¿no? A menos, por supuesto, que dejes que me vaya. Si soy tan desagradable para ti...
De pronto, Sasuke silenció sus palabras con la boca. Y, por mucho que la dignidad le exigía a Hinata apartarse de él y gritar reclamando su inocencia, se descubrió a sí misma acurrucándose en el pecho de Sasuke, sintiendo cómo sus suaves curvas se apoyaban en los músculos duros como rocas. Se sentía embriagada, y de pronto el coche se detuvo. No lo hubiera notado si Sasuke no se hubiera incorporado. Los ojos le brillaban fieros en la penumbra mientras esperaban a que les abrieran la puerta.
—No lo olvides, eso es todo lo que eres, Hinata. Mi juguete.
En el salón hacía un calor sofocante a pesar de que estaban todas las ventanas abiertas. A Hinata le ardían las mejillas y le dolían los pies debido a los tacones. Se movía apoyándose primero en un pie y luego en otro. Sasuke, a su lado, la miró cortante.
—¿Qué te pasa?
—Nada —dijo sin mirarlo. Apenas habían hablado desde que habían llegado.
Él parecía no haberlo notado. Durante lo que a ella le habían parecido horas había soportado toda clase de conversaciones sobre temas superficiales y había sido relegada a un segundo plano mientras Sasuke entretenía a una interminable sucesión de aduladores. También había tenido que soportar toda clase de miradas no muy amigables por parte de las mujeres que había en el salón. En un momento concreto había habido una oleada de gente y Hinata se había encontrado separada de Sasuke y rodeada de tres o cuatro mujeres. Iban todas vestidas de alta costura. La habían mirado de arriba abajo como si fuera un espécimen expuesto en una urna.
No podía creer lo groseras que habían sido y trató de no parecer tan intimidada como estaba. Una de ella dijo:
—Vous êtes ici avec monsieur Uchiha?
Sin siquiera pensarlo, Hinata evocó el francés del colegio, tratando de ser amable, preguntándose quiénes serían y qué querrían saber.
—Oui...
—Ah, bon. Mais juste pour ce soir, n'est ce pas?
Hinata trató de averiguar lo que decía la mujer... ¿Estaba sugiriendo que estaba allí con Sasuke sólo esa noche, como una especie de... prostituta? Un rubor mortificante invadió su rostro. Se estaban riendo de ella con sus caras excesivamente maquilladas, sus pelos llenos de laca y sus empalagosos perfumes que la estaban mareando.
—Lo siento... discúlpenme —trató de encontrar la salida, pero no pudo. Se estaba empezando a desesperar cada vez más.
Sasuke giró la cabeza. ¿Dónde estaba? Estaba a su lado dos minutos antes. Se había puesto a conversar con un inversor francés y no había conseguido librarse de él. Se sentía algo culpable por no haber estado más pendiente de Hinata, pero todavía tenía la desagradable sensación de ser un imbécil al desearla... Tenía que tener cuidado cerca de ella.
Entonces la vio. Estaba rodeada por las «venerables» de Montecarlo, las conocía bien. Apretó los labios. Habían intentado emparejarlo varias veces con algunas de sus demasiado jóvenes, engreídas y petulantes hijas. Y de pronto se dio cuenta de que Hinata parecía aterrorizada. Sin pararse a pensarlo, fue hasta ella a grandes zancadas, pasó entre las mujeres y la tomó del brazo.
Ella lo miró con alivio y algo más, que hizo que se le encogiera el pecho. Pero después se le pasó, como si nunca hubiera ocurrido. Sonrió a las mujeres para excusarse y se llevó a Hinata.
—¿Estás bien? —preguntó mirándola a los ojos.
—No gracias a ti. Esas mujeres son... increíbles —sacudió la cabeza—. Deberías haberme advertido que hacía falta traer chaleco antibalas.
Sasuke no pudo evitar sonreír. Tenía sus dudas de que aquellas mujeres hubieran hundido a Hinata, simplemente la habían pillado con la guardia baja. Podía imaginar perfectamente lo que le habrían dicho y se preguntó qué habría hecho para manejarlas.
Decidió no averiguarlo. Pensaba en cuánto tiempo más tendría que ser amable antes de poder salir de allí y llevarse a Hinata con él. A la cama.
—Ah, Uchiha, está aquí...
«No mucho más», pensó. Tiró de Hinata hasta ponerla a su lado, dibujó una sonrisa mientras otro colega lo volvía a matar de aburrimiento.
Hinata dedicó una mirada reacia al objeto de fascinación de todo el mundo, sintiendo todavía la ira dentro de ella. Tenía que admitir que era el más guapo. Le sacaba una cabeza a todo el mundo y tenía un físico... de nuevo sintió dentro de ella los nervios de la anticipación. Finalmente, después de lo que le habían parecido las peores horas, se inclinó sobre ella, le acercó la boca a la oreja provocando una ola de conmoción y le dijo:
—Vámonos de aquí.
Ella asintió en silencio. Había llegado la hora, ni un retraso más, esa noche él reclamaría el pago... poseería su cuerpo y, se temía, también su alma. Y no podría decir nada.
De pronto se sintió absolutamente vulnerable y sola. Mientras lo seguía a través del gentío, parándose cada dos segundos para despedirse, pensaba un poco histérica en lo que diría si tuviera oportunidad: cómo seis meses antes, el día de su cita, Hamura, su querido padrastro, la había informado de sus planes de hundir a Sasuke. Y cómo si ella no cooperaba con sus planes y mantenía a Sasuke ocupado, golpearía a su madre de una forma tan sistemática que, en palabras de Hamura, «acabaría en el hospital».
Le contaría cómo se había devanado el cerebro buscando una escapatoria... pero sabía que no importaba lo que hiciera; aunque hubiera llamado a la policía, se lo hubiera hecho pagar a su madre de alguna manera. Lo había hecho durante años.
Una vez, cuando era joven e ingenua, Hinata había acudido a la policía. Hamura no la había castigado... No, había sido su madre quien había sufrido, a pesar de que, para proteger a Hamura, había dicho que había sido un atracador quien le había pegado. Una conducta típica de las víctimas del maltrato. Hamura era muy astuto, casi nunca se notaban las señales.
Podría decirle que, antes del bombazo de Hamura, estaba ridículamente excitada por salir con él, y se había comprado un vestido nuevo. Pero entonces había sido cuando Hamura la había obligado a ir a aquella tienda, había comprado esa especie de vestido y le había explicado cuál era su papel en el macabro juego.
Podría contarle lo culpable que se había sentido y que por eso no se había acostado con él. Había estado a punto de contarle todo, confiarse a alguien a ver si por una vez su madre estaba protegida.
Hinata ya no estaba en Montecarlo, estaba de vuelta en aquella habitación de hotel. Los recuerdos eran tan vívidos que se sentía mareada y era incapaz de librarse de ellos. Estaba en aquella cama, envuelta en las sábanas, temblando, medio desnuda mientras delante de ella Sasuke se ponía la ropa.
—Hinata, eres idiota. ¿Te crees que no sé exactamente lo que habías planeado? —había dicho con una carcajada mientras se ponía la camisa. Hinata se había quedado helada, incapaz de decir nada para defenderse—. Escuché a tu padrastro.
Sus palabras exactas fueron: «Mi hijastra hará cualquier cosa y le gusta Uchiha. Está con nosotros». Así que ya ves, Hinata. Sabía desde hace días que estabais preparando este plan... ¿Y el vestido? He visto algunos más clásicos en mujeres que hacen sus negocios en la calle.
—Pero... yo no sabía... yo... —había dicho ella con la voz seca, casi en un chirrido.
—Ahórratelo, Hinata. Lo sabes bien. Incluso tengo las pruebas.
Se sacó de uno de los bolsillos un sobre y le lanzó el contenido. Fotos, montones de ellas: de Hamura y ella en Oxford Street, entrando en la tienda, saliendo con la bolsa. Entrando en el coche. Vistos así parecían los mayores cómplices del mundo...
Levantó la vista y lo miró con ojos heridos.
—Pero... ¿cuándo?, ¿cómo?
Ya estaba casi vestido y no la miraba.
—Te he seguido hoy sólo para comprobarlo por mí mismo.
—Pero... tú has sabido... tú sabías todo, desde...
—Sí, Hinata. Lo he sabido desde casi el día que nos conocimos. Así que todas esas miradas tentadoras e inocentes no han servido para nada.
—Pero ¿cómo podías, quiero decir, por qué... lo has hecho? —no sabía por qué seguía hablando.
Él se acercó a la cama y Hinata tuvo que levantar la vista. La cara de Sasuke era de hielo.
—Porque te deseaba. Me gustabas. Y sabía que podría tenerte. Estabas ofreciéndote en bandeja... —se acercó más apoyando las manos a los dos lados de ella—. Los dos sabemos que todavía podría tenerte, ahora... —la recorrió con la vista—pero no me voy ni a molestar porque, créeme, no quiero volver a verte jamás —y salió de la habitación sin mirarla.
Hinata se había quedado sentada en la habitación un largo rato.
En Montecarlo, salían de la sala y Hinata ni siquiera era consciente. Estaba encerrada en sus terribles recuerdos. Sasuke miró la mano de ella dentro de la suya, estaba helada. Después miró su rostro. Estaba tan pálida que se quedó impresionado. Cuando la llamó, no respondió. Algo iba muy mal. La tomó en brazos y la sacó del edificio. En el coche la mantuvo junto a él. Sabía que fuera lo que fuera lo que le pasaba, no lo estaba fingiendo. Nadie podía fingir aquello.
De vuelta al hotel, volvió a llevarla en brazos, todo el camino, del coche a la habitación. Una vez dentro, la sentó y sirvió brandy en una copa. Hizo que se lo bebiera. Pudo apreciar en ella el efecto del alcohol: se le encendieron los ojos y tosió. Y entonces empezó a temblar de forma incontrolable. La abrazó hasta que el temblor pasó. Cuando hubo pasado, la soltó. Ella lo miró como si fuera la primera vez que lo veía.
—¿Qué... qué ha pasado?
Apreció preocupación en los ojos de él y se preguntó por qué sería con la esperanza de que estuviera realmente preocupado por ella. Sasuke le quitó el pelo de la cara con un gesto tierno que la confundió aún más.
—Creo que te has desmayado... sin desmayarte. Lo he visto alguna vez. Es como un estado de conmoción.
Hinata podía recordar salir del salón pero nada más. Sacudió la cabeza.
—No sé por qué... Lo siento...
—No te preocupes —dijo bruscamente—. ¿Por qué no te preparas para irte a la cama? Deberías dormir.
Asintió en silencio y se fue al cuarto de baño. Se sentía agotada, como si hubiese corrido una maratón.
Sasuke salió al balcón y se quedó de pie apoyado en la misma pared que lo había hecho Hinata. Sacudió la cabeza. ¿Cómo podía sentir ella semejante pena por ese hombre tan odioso? Tenía que ser por eso. Habían sido familia, al fin y al cabo. Su cínica mente se puso en marcha. A lo mejor era la conmoción retrasada por haber descubierto que los millones de Hamura no iban a ser suyos. Esa idea hizo que algo se le enfriara en el pecho. Se volvió hacia la habitación a mirar. Hinata estaba en la cama, hecha un ovillo, dormida.
