—Chris... Eh, Chris, ¡despierta!

Alguien lo estaba zarandeando suavemente. Protestó mientras se acurrucaba aún más en la cama, buscando el sueño que le intentaban arrebatar. La voz siguió insistiendo y notó que lo zarandeaban un poco más fuerte. Con una protesta, abrió los ojos. Era Claire, que lo miraba con una disculpa en sus grises ojos.

—David quiere que te unas a nosotros. Vamos a discutir nuestro siguiente paso.

—Voy ahora —dijo mientras se frotaba los ojos con una mano.

Claire salió de la habitación, aún en penumbra. Chris no se movió, con los ojos cerrados, disfrutando un poco más de la comodidad de la cama. Había dormido de un tirón. No sabía cuánto tiempo, pero le parecía que no había dormido demasiado. Como de costumbre, dormía sin sueños, y se levantaba con la sensación de que no había descansado nada.

Maldita sea. Esto es por culpa de Umbrella, estoy seguro… Ya ni siquiera nos dejan dormir tranquilos…

Una suave y rítmica respiración acompañada por un ruido de mantas moviéndose hizo que abandonara sus pensamientos. Abrió los ojos y giró la cabeza hacia su derecha. Eva Black dormía en la cama de al lado. Chris se incorporó un poco, ruborizándose ligeramente. Ya completamente despierto observó a su nueva compañera de equipo. Dormía profundamente, pero no de la misma manera que lo había hecho cuando se recostó en el sofá. Sus rasgos estaban relajados lo que le permitió ver que era bastante más guapa de lo que él había creído en un principio. Se había soltado el cabello para echarse a dormir y le caía sobre la cara de manera natural, lo que le daba un aspecto aún más atractivo. La joven se movió un poco y soltó un gemido de protesta en sueños, como una niña pequeña. Chris se quedó mirando a la joven unos segundos más antes de levantarse de la cama y salir de la habitación, arrimando la puerta al salir.

La cocina estaba repleta. Estaban todos menos Eva: Leon, Jill, Barry, Claire, Rebecca, David, John y Carlos estaban alrededor de la mesa. Se volvieron para mirar a Chris cuando entró.

—¿Cuánto he dormido? —preguntó mientras se sentaba.

—Unas seis horas —dijo Claire.

—¿Y Eva sigue durmiendo? —preguntó él extrañado.

—¿Celoso? —le preguntó su hermana burlonamente.

—Un poco… —respondió él con una sonrisa—. Pero estoy más extrañado. ¿A caso no queréis que se entere de algo?

—Lleva sin dormir un par de días —explicó Jill—, hemos decidido dejarla dormir un poco más.

—¿Dos… dos días? —dijo Chris, incrédulo.

—Sí, dos días enteros —corroboró Carlos—. Ha sido ella la que insistió en conducir de vuelta.

—Joder… —murmuró Chris, asombrado.

¿Cómo puede alguien estar sin dormir durante dos días? Dejó a un lado esa idea y se centró en lo que iban a discutir.

—En fin, ¿cuál es nuestro siguiente paso?

—Jill nos estaba contando lo que se encontraron en Lisboa —respondió Rebecca—. Como ya dijo Eva, otro escape del virus-T hizo de las suyas en la instalación.

—¿Por qué Umbrella sigue con esto? —preguntó Chris, mientras cogía la taza de café que Claire le estaba ofreciendo—. Parece que no escarmientan.

—En eso tienes razón, Chris —dijo Barry—. Pero esta vez ha sido un poco peor. Nos hemos encontrado con zombis mucho más ágiles y más fuertes. Nos ha costado bastante salir de aquel maldito lugar.

—Puede que hayan estado creando otro virus —dijo Rebecca, pensativa—. O quizá es una mejora del ya conocido virus-T.

—¿Podría llevarse a cabo algo así? —preguntó Leon, mirando a la joven bioquímica.

—Sí —dijo Rebecca, pensativa—. Sí, si sabes cómo hacerlo, claro. Aún no sé la estructura exacta del virus pero estoy segura de que alguno de los científico que tienen ha podido crear una variante, al igual que Birkin lo hizo creando el Virus-G. Es posible que esta nueva cepa afecte a los reflejos, si lo que Barry dice es cierto, haciéndoles bastante más rápidos.

—Créeme —dijo Carlos—, esos zombis eran más rápidos que los de Raccoon City. Eso sin contar con los bichejos mutados que allí había.

—La verdad es que Eva nos ha ayudado mucho —comentó Jill—. Nos salvó un par de veces.

—Ya os dijimos que era buena —dijo John, bebiendo otro sorbo de café.

—¡Y menuda puntería tiene! —agregó Barry, entusiasmado—. Yo diría que es mejor que yo.

—¿Usó su arma de fuego? —preguntó David, levantando la mirada de los datos que habían traidor de la instalación.

—Sí —respondió Leon. John y David se miraron—. ¿Por qué?

—Porque no suele usar su arma de fuego —explicó John—. No le gusta utilizarlas. Dice que eso de tener munición limitada no le gusta demasiado.

—¿Y piensa ir sin armas por la vida? —preguntó Barry, asombrado.

—Sin armas de fuego, sí —dijo David, volviendo a leer lo que tenía encima de la mesa—. Cuando estaba bajo mi mando, siempre llevaba un enorme cuchillo, pero no estoy seguro de que siga llevándolo.

Se hizo una pausa en la cocina en la que sólo se oía el ruido de los coches que pasaban en la calle y el barullo de la gente que paseaba. David colocó los papeles que estaba leyendo y, suspirando, cerró la carpeta. Luego miró a sus compañeros con una disculpa en la mirada.

—Siento decirlo, pero tenemos que conseguir más pruebas.

—¿Qué? —exclamó Jill—. ¿No son suficientes para acabar con ella?

—Necesitamos muestras del virus —insistió David—. He estado leyendo los informes y creo que si a estos datos les adjuntamos las muestras de los virus, nuestra demanda adquiriría mucha más fuerza.

—¿Y dónde podemos encontrar esas muestras? —preguntó Rebecca.

—Aún no lo sé —dijo David moviendo la cabeza—. Y no creo que Trent esté por la labor de decirnos algo sobre el tema…

—Entonces estamos en un punto muerto —dijo Barry.

—Eso me temo —murmuró David, bajando la mirada.

—No te preocupes por eso, David —dijo una voz somnolienta desde la puerta—. Ya sucederá algo que resuelva tu problema. Siempre pasa algo.

Se volvieron para ver a Eva apoyada en el marco de la puerta, con cara somnolienta y los brazos cruzados. Tenía el pelo suelto y le caía de forma desordenada por la espalda y parte de los hombros.

—Te dije que me despertaras si pasaba algo —le dijo con un reproche a David.

—La culpa es mía, Eva. Estabas tan guapa dormida que me daba pena despertarte —dijo John con un tono burlón—. Por eso le dije que no te despertara.

—¿John? ¿Qué demonios te ha pasado? Te veo muy desmejorado, cielo —dijo Eva divertida.

—Siempre estáis igual —murmuró David antes de que John pudiera decir nada—. Me dais dolor de cabeza…

—Lo siento, David —se disculpó Eva—. Queréis muestras de los virus, ¿no?

—Sí —dijo Rebecca—. Pero no sabemos de ninguna instalación de Umbrella en la que haya dichas muestras.

Eva se quedó en silencio, como si estuviera pensando en algo.

—Hay una instalación en Zúrich —dijo finalmente—. Según tengo entendido, los virus que se reciben en toda esta zona vienen de esa instalación —Eva se dio la vuelta para salir y añadió—: voy a salir a dar un paseo. Necesito despertarme y estirar un poco las piernas. Estaré de vuelta en un par de horas, como muy tarde.

Salió de la cocina, se dirigió a la habitación y salió del apartamento. David miró a todos y cada uno de ellos. Salvo a Carlos los conocía bastante bien. Carlos le había gustado desde el principio. Le pareció buen chico y buen soldado, la clase de gente con la que le gustaba trabajar. Carlos Oliveira, veintiún años, ex miembro del UBCS y superviviente del bombardeo a Raccoon City por los pelos. Se había unido a ellos después de ver lo que Umbrella había hecho en la ciudad y estaba dispuesto a todo, como bien había demostrado en la misión en Lisboa. Al menos, eso es lo que había dicho el grupo que había ido con él.

Será mejor que les encargue alguna tarea para que no se me vuelvan locos aquí…

—Bien —dijo David mirando la mesa—. Leon, ve al ordenador y trata de averiguar algo sobre lo que nos ha dicho Eva. Lo que sea. Claire, ve con él. Chris, Barry y John, haced un recuento de las armas, otra vez, y haced un cálculo de lo que podamos necesitar para otro ataque a Umbrella. El resto… —suspiró—, no se me ocurre nada más para vosotros. Lo siento.

Se levantaron de la mesa y se dirigieron a sus puestos. Los que no tenían nada que hacer, se dedicaron a hacer algo de ocio, para matar el tiempo.

çOdio las situaciones estáticas. ¿Qué demonios vamos a hacer ahora…?

çDavid levantó la mirada de la mesa y vio que Rebecca estaba con él en la cocina. El resto se había ido de manera que estaban solos. Rebecca se levantó de la silla en la que estaba sentada y se sentó en la que estaba más cerca de él. David notó que un calor le encendía el corazón. Se asombró a sí mismo de que tuviera un sentimiento tal como aquél. Él, una persona que se dijo a sí misma que no mostraría sus sentimientos y que, involuntariamente, cambió por la cercanía de Rebecca durante todos aquellos meses…

—No te preocupes —dijo ella, rompiendo el silencio—, vamos a acabar con Umbrella, así que será mejor que te relajes.

—¿Por qué me dices eso? —preguntó él, aunque de alguna manera sabía a lo que Rebecca se refería. Tenía la habilidad de saber en qué estaba pensado en cualquier momento.

—Sabes a lo que me refiero —respondió ella con suavidad, mientras buscaba la mano de él y la agarraba con fuerza—. Sé que no te gustan las situaciones como ésta y no sabes cómo reaccionar ante ellas. No te preocupes —le volvió a decir—. Tranquilízate y relájate un poco. Ya pasará algo, como bien dijo Eva.

David no dijo nada. Miró a Rebecca durante unos instantes, luego apartó la mirada. Rebecca se levantó y le dio una pequeña palmada en el hombro, dejando a David pensativo.

Eva bajó las estrechas escaleras del edificio y salió a la calle. La luz del sol le dio de lleno en los ojos, por lo que tuvo que ponerse la mano delante de los ellos. Cuando su visión se hubo acostumbrado a la claridad de la calle, miró a derecha y a izquierda, pero sólo vio viandantes que paseaban tranquilos o que caminaban con rapidez para llevar a cabo sus asuntos. Se encaminó hacia la izquierda y comenzó a andar, respirando el fresco aire de la ciudad. Vio la Torre Eiffel por encima de los edificios y se dijo que tendría que ir a verla, pese a que llevaba un año en París, no se había acercado a ningún monumento de la ciudad.

Pensando en ello, llegó a una gran plaza en cuyo centro había una fuente con una estatua de una mujer en un carro tirado por dos grandes leones. Eva había paseado por aquella plaza muchas veces y, aunque no estaba segura de ello, tenía la ligera idea de que la mujer de la estatua era Cibeles. Eva se acercó a la fuente para verla más de cerca. Le gustaba aquella fuente. Le hacía sentir bien y no sabía por qué.

Vio a una pareja de policías caminando en su dirección y, lentamente, se volvió dándoles la espalda mientras acariciaba la Magnum que llevaba debajo del chaleco. Si los de Umbrella tenían el brazo tan largo como pensaba, lo más probable es que hubieran mandado fotos para la búsqueda y captura de todos los ex miembros de los STARS. Para su sorpresa, los policías pasaron de largo sin mirarla. Eva suspiró y bajó la mano de la pistola, una Desert Eagle Magnum .50 AE, para continuar por donde habían venido los agentes.

Se encontraba en una gran calle, cuyas aceras tenían una larga fila de árboles. Comenzó a caminar por ella, sintiéndose feliz por poder estar al aire libre y no en sitios cerrados como en la instalación o el piso franco en el que estaban asentados ahora. Pensó en lo que aquella gente iba a hacer. Sabía que Umbrella les había jodido la vida, pero esa no era la única razón. La verdadera razón era que la empresa farmacéutica pagase por lo que le había hecho a las personas inocentes de la ciudad de Raccoon City. Eva sabía y estaba de acuerdo de que alguien tenía que hacérselo pagar, pero de lo que no estaba segura era de que un grupo de nueve personas pudiera conseguirlo. Las intenciones eran buenas pero, en comparación con la empresa, era como si una mosca intentase molestar a un gigante. Lo más probable es que el gigante aplastase a la mosca de un manotazo. Ella se había unido a ellos por la misma razón, pero estaba convencida de que no lo lograrían. Al menos, lo habrían intentado, no como las demás personas que o bien recibían sobornos, o bien se quedaban sin hacer nada por miedo a lo que Umbrella podría llegar a hacerles.

Un reloj sonó en algún punto de la ciudad y Eva miró el suyo de pulsera: había estado fuera hora y media.

Será mejor que regrese. No conviene que me vean demasiado por la calle.

Dio media vuelta y vio a un hombre que leía un periódico sentado en un banco. No pudo verle la cara, pero no le gustó. Había algo en él que no cuadraba, su instinto se lo decía. Fingiendo que no lo había visto, giró en una calle por la que no había entrado durante su pequeño paseo y, por el rabillo del ojo, vio que el hombre había cerrado el periódico y se dirigía en su misma dirección. No pudo verle bien la cara puesto que llevaba gafas de sol. Suspirando por no tener ni un sólo momento de paz, siguió caminando con tranquilidad por la calle, evaluando la posibilidad de poder darle esquinazo. Giró a la derecha, luego a la izquierda y de nuevo a la derecha. Su perseguidor no se dio por vencido y Eva, ya cansada del jueguecito, se metió en un callejón y esperó a que aquel individuo apareciese por allí.

Como había esperado, su perseguidor entró detrás de ella y se detuvo en seco al ver a la joven delante de él.

—¿Quién eres? —preguntó Eva, con firmeza.

—Sabías que te seguía —dijo el desconocido. No era una pregunta. A Eva le resultó familiar aquella voz—. Sigues siendo igual de buena…

El desconocido sacó una Beretta con silenciador de su espalda y le apuntó a la cabeza.

—Aunque me temo que de este callejón no saldrás con vida, Eva.

—¿Peter? —dijo ella, dubitativa.

—Has acertado —dijo el joven, quitándose las gafas de sol. Ante ella estaba un joven atractivo con el cabello de color rubio y los ojos azules—. Me alegro de volver a verte, Eva.

—¿Qué estás haciendo, Peter? —dijo ella, con seriedad.

—Mi misión es matarte —dijo él—. Y así lo haré. Sé que llevas tu arma, pero no tu cuchillo, así que no creo que sea un problema hacerlo.

—Dudo que sea por haberlo dejado contigo —dijo ella con sarcasmo, obviando el comentario de él—. Así que, ¿vas a decirme el por qué de esto?

—¿Por qué debería hacerlo?

—Porque vas a matarme y los muertos no hablan.

Peter sonrió.

—Umbrella me paga más si voy a una de sus instalaciones como guardia de seguridad —dijo —. Pero hay una condición. Para poder entrar debo acabar contigo.

—¿Por qué?

—¿Por qué? —repitió él, burlonamente—. Por favor, Eva. Lo sabes muy bien. Ellos te contrataron porque eras la mejor —Eva bufó—, y te matarán porque eres la mejor y porque sabes demasiado.

—Ya veo —dijo ella, moviendo la cabeza—. Siempre te pudo la codicia, esa es una de las razones por las que te dejé.

—Yo creo que David te envenenó con sus sospechas —dijo él con sorna.

—Dime, Peter —dijo Eva, obviando el comentario de su interlocutor—, ¿dónde te envían a trabajar? Sólo es por curiosidad. Ya que voy a morir al menos quiero saberlo todo.

—A una instalación de Zúrich —dijo él—. Parece que allí guardan algo gordo y necesitan todo el personal disponible.

—Claro —dijo ella, pensativa.

—Lo siento, Eva, pero se acabó. Ha sido un placer conocerte… tan a fondo. Nos veremos en el infierno.

Eva no lo dudó ni un segundo. Antes de que Peter hubiese puesto el dedo en el gatillo, ella ya había saltado hacia él y le había levantado el brazo que sostenía el arma, de manera que apuntaba al cielo en lugar de a ella. Forcejearon durante un rato hasta que Eva lo empujó con fuerza contra el contenedor que había pegado a la pared del edificio. De repente, Peter dejó de ofrecer resistencia y comenzó a temblar espasmódicamente. Eva se separó en el acto y vio cómo caía, resbalando por la pared del contenedor, hasta llegar al suelo. Ella se acercó y le tomó el pulso. No tenía. Tardó unos largos segundos en darse cuenta de que si la encontraban con el cadáver, se metería en un lío muy gordo, además ahora tenía que ayudar a los demás a luchar contra Umbrella y no se podía permitir que la detuvieran. Asustada y casi al borde del shock, intentó regresar al piso franco, pero terminó deambulando por las calles casi sin saber por dónde andaba.

—¿Alguien sabe algo sobre Eva? —preguntó John. Su voz sonaba preocupada.

—¿A qué te refieres? —preguntó Barry a su vez.

—Pues a que hace cuatro horas que salió —dijo John—, estoy preocupado por ella. Dijo que estaría fuera dos horas como máximo, y nunca tarda en venir más de lo que dice que puede tardar.

—¿Eva no ha vuelto aún? —dijo David. Estaba sentado en un sofá, pero cuando John habló se levantó.

—No —respondió John.

—Le ha pasado algo —dijo David con seguridad. Se pasó una mano por el encrespado pelo mientras ponía el otro brazo en jarras, con aire preocupado y culpable —. Estoy convencido.

La puerta del apartamento se abrió y se cerró de golpe, pero nadie salió de la pequeña entrada. David se acercó, seguido de los demás, y vio a Eva delante de la puerta, con el pomo aún en la mano. Estaba mirando la puerta, como si quisiese ver a través de ella. David se le acercó y le rozó el brazo. Ella se apartó con un respingo y retrocedió hacia la pared que tenía a la espalda. Cuando la notó, se dejó caer hasta quedar sentada en el suelo, en cuclillas. Se abrazó las rodillas, metió la cabeza entre ellas y comenzó a temblar. David se quedó paralizado, sin saber qué hacer. Rebecca se acercó a Eva para hablar con ella pero la joven sólo le sacó unos murmullos en castellano. Rebecca no entendía nada pero no se movió de su lado. Levantó la cabeza y miró a David.

—No entiendo nada de lo que dice —dijo ella, algo decepcionada—. Parece estar en una especie de shock.

—Quizá yo pueda hablar con ella —dijo Carlos detrás de ellos.

David asintió y Carlos se acercó a ella. Según tenía entendido, Carlos Oliveira había nacido en Honduras y hablaba castellano. Vio cómo el joven hispano comenzaba a hablarle en un rápido castellano y ella parecía responder a lo que Carlos le preguntaba. Seguía temblando y David estaba cada vez más confuso. No recordaba ver a Eva en aquel estado. Bueno, salvo en la muerte de sus padres. Pudo oír un nombre que le resultaba familiar en una de las contestaciones que Eva le estaba dando a Carlos. Peter O' Brian.

—Jesús —murmuró para sí mismo.

—¿Qué ocurre David? —preguntó Rebecca, mirándolo.

David no contestó. Se quedó mirando a Eva, preocupado. Si Eva estaba hablando del mismo Peter O' Brian que él conocía, era normal que estuviese en ese estado. Carlos ayudó a la joven a levantarse y se acercó a ellos.

—¿Puede alguno de vosotros ocuparse de ella? —preguntó el joven hispano. Chris se acercó y se llevó a la temblorosa joven a uno de los sofás, donde le puso una manta por encima de los hombros. Carlos miró al resto.

—¿Lo ha matado? —preguntó David.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Carlos, sorprendido—. ¿Hablas…?

—No —dijo David—. Pero me pareció oír el nombre de Peter O' Brian. Y si es el mismo que yo conozco es comprensible que Eva esté en ese estado.

—Sí —asintió Carlos—, lo ha matado. Dice que cuando ya volvía al piso, le pareció que alguien la seguía, por lo que intentó despistar a su perseguidor. Cansada de no lograrlo se metió en un callejón para librarse de él. Cuando vio quién era su perseguidor, se le vino el mundo al suelo. Intentó hacerle razonar pero, al parecer, él la apuntó con un arma por lo que ella forcejeó con él y al empujarlo se golpeó el cuello con un contenedor. Murió del golpe.

—Señor —susurró John—. Tenías razón sobre él, David.

—Sí —mustió él, un poco triste—. Pero preferiría no haberla tenido—diciendo esto se dirigió hacia Chris y Eva.

—John —dijo Rebecca—, ¿puedes decirnos qué ocurre?

—Eva y ese muchacho estaban saliendo —respondió el hombretón con simpleza—. Peter estaba en el equipo Bravo de los STARS. Se conocieron un día y, bueno, ya sabéis. A David nunca le cayó muy bien. Creo que ella le dejó hace algún tiempo, pero no estoy muy seguro.

John miraba a su compañero, que estaba en cuclillas delante de Eva, hablándola.

—Eva, ¿cómo estás? —preguntó David.

—¿Cómo quieres que esté? —le preguntó ella a su vez, con los ojos brillantes por las lágrimas que no quería derramar—. He estado a punto de hacer que nos descubran. ¿Y si Umbrella sabe que estamos aquí?

—¿Pero qué estás diciendo? —dijo David, incrédulo ante lo que estaba oyendo—. ¿Cómo puedes decir eso?

—Eva, tranquilízate —dijo Chris, mirando a la joven con asombro y frotándole los hombros para reconfortarla—. Si Umbrella nos hubiese descubierto, estaríamos muertos.

—Sí —dijo ella, asintiendo de forma ausente—. Es cierto, tienes razón.

—Vamos, será mejor que descanses —dijo David poniéndole la mano en un brazo—. Nosotros nos encargamos del resto.

Eva se puso tensa. David quitó la mano en el acto, asustado por haberla incomodado, pero en seguida se dio cuenta de que él no había hecho nada.

—¡Eso es! —exclamó Eva golpeándose la frente con la palma de la mano—. Estoy segura de que ahí encontramos algo.

David miró a Chris y luego a Eva, que saltó por encima del sofá y se dirigió hacia el ordenador, una vez allí comenzó a teclear con rapidez. El grupo se acercó a ella, entre asombrados y curiosos.

—¿Qué estás buscando? —preguntó Leon, mientras Eva leía archivos y archivos con rapidez.

—Estoy abriendo el correo de Peter —dijo ella—, si leo sus mensajes quizá pueda saber la localización de la instalación a la que le iban a enviar.

—¿Pero y si los ha borrado? —preguntó Jill.

—No lo creo —dijo ella con un amago de sonrisa en los labios—. Según era él, no borraba nada, era un desordenado en estas cosas… Ah, aquí está —Eva comenzó a leer para sí misma lo que ponía en el correo—. La localización exacta de la instalación y una serie de códigos que nos pueden ser útiles. Si nos ponemos ahora en marcha podemos acabar con Umbrella antes de lo que esperábamos. Al parecer, Peter trabajaba para Umbrella desde hace bastante tiempo, donde le pagaban más. Típico de él —agregó ella con desdén.

David le puso una mano en el hombro.

—Eva, lo siento mucho —le dijo con voz suave.

—No mientas, David —respondió ella con brusquedad, mientras apartaba el brazo de David y se levantaba de la silla—. A ti nunca te cayó bien, así que no digas que lo sientes porque sé que no es verdad. Di más bien un «te lo dije» o un «tenía razón».

Se dio media vuelta para salir de la sala, pero David la retuvo.

—Eva —dijo con voz dura—, que no me cayese bien no quiere decir que me alegre de que esté muerto.

—¡Pues siempre estabas diciéndome que no me convenía! —casi gritó ella con furia—. No eres mi padre, así que deja de comportarte como tal.

Eva salió de la sala y se encerró en una habitación. David estaba pálido y no sabía cómo reaccionar. John se le acercó y le puso una mano en el hombro y le dijo:

—No le has fallado, ¿de acuerdo? ¡Mírame, David! —David le miró a los ojos—. Has hecho lo que ha podido pero tú no le has fallado. Y no empieces a culparte porque si no voy a tener que patearte ese culo tuyo, y no creo que te guste —John hizo una pausa—. ¿Qué te parece si le echamos un vistazo al correo de ese cabronazo?

—Sí, vale —dijo David asintiendo con la cabeza. Se dirigieron hacia el ordenador para leer la información que el desgraciado de Peter les había dejado.