Disclaimer: Los personajes del anime de Naruto no son de mi propiedad sino de su respectivo creador, el mangaka Masashi Kishimoto, ya que de ser mío hubiera tenido un final muy diferente. Solo los utilizo para adaptarlos a la historia de Abby Green, Amante en Dublín. La pareja principal es Sasuhina, sus personalidades pueden estar alteradas ya que se trata de una adaptación de la obra de otro escritor, que nada tiene que ver con Naruto. Sino te gusta no lo leas, todo lo hago sin fines de lucro y por amor al Sasuhina así que si no eres fan de esta pareja ¿Qué haces aquí? Solo quiero mostrar los libros que me gustaron a través de esta gran pareja que se robó mi corazón desde que la primera vez que leí sobre ella.


CAPÍTULO 8

Los siguientes días empezaron a llegar paquetes. Cajas de terciopelo con joyas impresionantes. Normalmente con una nota, nada entrañable, algo corto como: Para esta noche o Esto iría bien con algo negro. Hinata dejó de mostrarse impresionada y de dar las gracias porque a Sasuke no parecía gustarle. Le decía que esperaba que lo llevara... como si fuera un traje de diseño. Y con cada regalo ella se sentía peor. Cada vez más humillada.

Por mucho que lo intentaba, le resultaba difícil ponerse todas aquellas joyas y pasear a su lado como si fuera un lirio dorado. Se sentía incómoda... mal. Iba en contra de todos sus principios. Si se las hubiera regalado con un placer auténtico, entonces hubiera sido diferente. Pero esa fantasía pertenecía a un mundo que no existía.

Tenía que ser consciente, ya que estaban compartiendo la cama... que ése era su modus operandi habitual. No había ninguna diferencia y sería una imbécil si pensaba que la había. Al quinto día, después de la cuarta noche en su cama, cuando recibió un brazalete de diamantes, finalmente salió del apartamento con sensación de pánico. Caminó durante horas y casualmente se metió en un viejo cine con idea de apartar los pensamientos que la estaban devorando.

—¿Dónde demonios has estado?

Hinata trató de no acobardarse por la ira que vio en el rostro de Sasuke, pero pudo sentir cómo un viejo conocido pánico crecía dentro de ella.

«Sasuke no es Hamura...», pensó.

Cerró la puerta después de entrar.

—He ido al cine, no puedes tenerme encerrada aquí todo el día...

—¿De verdad no puedo? —dijo según avanzaba en dirección a ella.

Hinata se quedó pálida, lo que le hizo detener sus pasos. Los ojos de ella eran enormes. Sasuke se obligó a tranquilizarse. Ella había vuelto, estaba allí. ¿Había pensado que realmente se escaparía una vez firmado el contrato? Pero él había... por un momento... Se pasó una mano por el pelo.

—Hinata, mira... Por supuesto que no puedo encerrarte aquí. He vuelto y no estabas... No sabía, supuse, pensé... —sacudió la cabeza—. No importa. Sólo llámame la próxima vez.

Hinata no podía creerlo. Realmente parecía... casi agitado. ¿Había pensado realmente que había huido? No tenía ninguna duda de que si intentaba algo así él no habría respetado el acuerdo, con contrato o no.

—La verdad es que no tengo tu número de móvil —dijo en tono frío.

—Bueno, vamos a solucionarlo ahora mismo —agarró el bolso de ella y sacó su móvil. Ella lo miraba desconcertaba mientras él tecleaba los números y se lo devolvía.

—¿No quieres el mío? —preguntó ella.

—Sí.

Le tendió el móvil y ella metió su número y se lo devolvió. Sentía una contracción en la comisura de los labios. ¿Estaría histérica? De pronto algo empezó a surgir dentro de ella sin que pudiera controlarlo. Sasuke la agarró de la cara y frunció el ceño.

—¿Qué...?

Ella no podía parar de reírse a carcajadas y gemía intentando controlar la risa.

—Lo siento... es... sólo... un poco...

—¿Ridículo? —también él sintió la contracción en la comisura de los labios.

Miraba cómo ella trataba de controlarse respirando hondo y secándose las lágrimas. Le acarició una mejilla con un dedo y dijo casi sorprendido—: Eres incluso más guapa cuado te ríes... Deberías hacerlo con más frecuencia.

Sintió un escalofrío en el vientre cuando él la tocó.

—Bueno, tampoco he tenido muchas razones últimamente.

«O nunca...».

Algo oscuro cruzó por el rostro de Sasuke y pudo ver cómo se cerraba totalmente de nuevo. «No», quería decir. «Quédate conmigo». Él apartó el dedo. Ella se sintió desolada. Había recuperado el control.

—He hecho pollo... ¿qué te parece? —dijo él.

—¿Cocinas? —preguntó con tono estúpido.

—Aparentemente bastante bien.

Hinata se encogió de hombros tratando de no parecer impresionada y sintiéndose aliviada de cenar en casa. Cenaban fuera todas las noches cada vez en un restaurante más lujoso que el anterior y estaba cansada.

—Eso habrá que verlo —dijo ella rápidamente intentando que no se le notara el alivio.

—Oh —dijo dándose la vuelta en dirección a la cocina—. No todos hemos aprendido con cocineros, algunos hemos tenido que aprender por el camino difícil.

Lo siguió a la cocina.

—¿Dónde aprendiste entonces?

Por lo que parecía sabía lo que hacía. Movía la ensalada con facilidad. Era como si fuera el típico hombre que hace todo bien.

—Mi madre no sabía cocinar, ni mi padre, así que en la época de las vacas flacas, cuando mi padre se arruinó y mi madre lo dejó para buscar otro más rico, tenía que cocinar para que no muriéramos de hambre.

—¡Pero eras sólo un niño!

Sasuke se encogió de hombros sin darle importancia.

—Una vez que mi madre volvió a casarse en Brasil, tenía ama de llaves, pero seguía cocinando para mi padre en Inglaterra. Me gustaba, incluso fui el único chico que se apuntó a clases de economía doméstica en el instituto.

—Guau, ¡eso es muy valiente! Recuerdo cómo solíamos reírnos de los chicos en mi instituto.

Hinata pensó en las palabras de Sasuke y entonces recordó algo que Kakashi Hatake había dicho el día del funeral.

—Has dicho que tu padre se arruinó... por... ¿por eso no te enfrentas a tus enemigos con total crueldad? —la miró con los ojos entornados. Ella se ruborizó...

¿qué estaba haciendo? Estaban llevándose bien. Levantó una ceja—. Lo que quiero decir es... el señor Hatake dijo algo sobre que no eras conocido por tener tan poca... piedad —terminó.

Dejó lo que estaba haciendo, apoyó las dos manos en la encimera y dijo:

—Y aun así no tuve piedad contigo y tu familia... —ella asintió con tristeza deseando no haber abierto la boca—. Sólo lucho hasta el final cuando se me provoca más allá de lo razonable... y tú y tu padrastro lo hicisteis, Hinata. Puedes ahorrarte el psicoanálisis.

—Me voy a dar una ducha rápida —dijo ella dándose la vuelta en dirección a la puerta.

Sasuke se quedó un largo rato mirando el vacío hueco de la puerta. Por un momento, habían compartido una sinceridad que raramente lograba con nadie. Y luego, con sólo ese comentario... había puesto el dedo en la llaga sobre algo que era fundamental en su modo de vida y de hacer negocios, algo que nunca nadie había descubierto. Ni lo periódicos, ni las revistas, ni los reporteros... y habían hecho todo lo posible por explicar el fenómeno Uchiha. La forma en que había hecho su fortuna desde la nada, primero en Río y Londres y después en todo el mundo.

Todo a la edad de treinta y seis años.

La verdad era que la forma en que llevaba sus negocios estaba inextricablemente unida con su experiencia de la vida. Haber visto a su padre totalmente arruinado, abandonado por su esposa porque no tenía dinero, le había dejado heridas. De alguna manera se había jurado que eso nunca le pasaría a él. Apartó los oscuros recuerdos. Hinata estaba tratando de pulsar sus botones... y no iba a permitírselo.

—¿Qué puedo hacer? —dijo Hinata con la barbilla levantada desde el hueco de la puerta, dispuesta a no dejar que Sasuke se diera cuenta de lo que le había afectado su cerrazón.

Sasuke seguía serio. Le echó una mirada a Hinata fijándose en el pelo mojado que le caía más abajo de los hombros. Llevaba un suave suéter de cachemira que se ceñía a sus curvas. No pudo evitar notar una sombra de algo, ¿dolor?, que brillaba en el intenso verde de sus ojos. Distraído por eso y por cómo le hacía sentir, dijo de forma imprecisa:

—Pon la mesa, los cubiertos, los vasos...

—Sí, señor —murmuró empezó a abrir cajones. No dejaría que viera lo dolida que estaba, pero ese dolor seguía ahí, a flor de piel. ¿Qué esperaba? Sacudió la cabeza y se puso a buscar los platos.

De pronto notó que la agarraban de la cintura y que le daban la vuelta. Estaba apoyada en el pecho de Sasuke tan deprisa que casi se quedó sin respiración. Él le acariciaba la cara con las dos manos. Inmediatamente su cuerpo empezó a responder... Lo miró indefensa.

—Hinata... sólo... no trates de entenderme. No me hace falta. Todo lo que necesito es a ti... —la miró a la boca— esto.

Inclinó la cabeza y unió sus labios a los de ella, la besó y mordisqueó el labio antes de deslizar la lengua dentro de su boca. Ella lo abrazó por la cintura y empezó a acariciarlo inconscientemente por encima de la camisa. Suponía que eso era una especie de disculpa, pero también le estaba diciendo que no necesitaba nada de ella, ni sus opiniones, ni sus ideas, ni su preocupación... ni, por supuesto, su corazón. Y mientras la besaba, ella podía olvidar todo eso... pero cuando se detuviera sabía que el dolor volvería a estar ahí. Así que, en un esfuerzo para evitarlo, le devolvió el beso, con la esperanza de que no parase nunca.

Sasuke se separó. Vio a Hinata con los ojos todavía cerrados y los labios hinchados. Gimió y ella abrió los ojos. Miró a su boca.

—No pares —había algo desesperado en la voz de ella.

Se puso de puntillas y bajó la cabeza de Sasuke. No llegaba, era mucho más pequeña que él.

—Por favor... no pares —imploró, con un deseo tan fuerte que él no pudo resistirse y la levantó en brazos para sentarla en la encimera de la cocina.

Se metió entre las piernas de ella y agarró de nuevo su rostro para volverla a besar largamente. Podía sentir las manos de ella en su pecho, después los dedos que se movían para desabrochar los botones de la camisa y se deslizaban dentro para acariciar su piel y hacer surgir un intenso deseo dentro de él. Le quitó el suéter y vio los pechos desnudos, turgentes y rosados por la excitación. Tomó uno y le pasó el pulgar por la punta del pezón. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás y entonces él se agachó y se metió el pezón en la boca. Hinata gemía, el pelo mojado pegado a la espalda. Levantó la cabeza para intentar quitarle del todo la camisa, pero le temblaban tanto las manos... Sasuke se las apartó.

—Déjame a mí...

Y se abrió la camisa mientras Hinata sentía el dolor del deseo crecer entre sus piernas. Se deslizó por la encimera mientras Sasuke acababa de quitarse la camisa.

Se acercó a ella y empezó a acariciarle la espalda, la besó en el cuello, los hombros... Estaba fuera de control. Lo deseaba, ya. No se había dado cuenta de que debía de haberlo dicho en voz alta hasta que oyó:

—¿De verdad? ¿Me deseas aquí, ahora?

Hinata no podía creer que siguieran en la cocina, que hubiera sido tan audaz, que le hubiera rogado que la besara, la poseyera, pero era demasiado tarde. Y sabía que estaba bloqueando algo... alguna clase de dolor.

«Cobarde», pensó.

Asintió nerviosa y contenta de ver que, a pesar de su frialdad y sus palabras tan racionales, él también respiraba acelerado y tenía las pupilas dilatadas. Sasuke llevó las manos hasta los vaqueros y Hinata lo ayudó a quitárselos levantando las caderas.

Sus ojos siguieron las manos de él mientras se desabrochaba el cinturón. Respiró hondo con el vientre tenso por el deseo, se deslizó por la encimera y desabrochó ella misma el botón del pantalón mientras lo besaba en el pecho y mordía suavemente uno de sus pezones.

Las manos de él le sujetaron la cabeza y Sasuke dijo en un susurro:

—Hinata, Hinata, ¿qué me haces?

La tomó en brazos y la llevó al dormitorio. La dejó en la cama y se quitó los pantalones y calzoncillos. Después le quitó a ella las bragas. Ella, de modo instintivo, arqueó la espalda mientras él le separaba los muslos con sus piernas.

Sasuke se apartó un segundo para ponerse la protección y después se inclinó sobre ella y la penetró de forma tan completa y profunda que ella gritó. La espiral del éxtasis finalmente acabó con toda la coherencia de sus pensamientos. Justo como ella había deseado, esperado.

—¿Mas vino?

Hinata negó con la cabeza y puso una mano encima del vaso. Todavía le costaba mirar a los ojos a Sasuke. Una hora antes la cena estaba lista, podrían habérsela comido ya.

«Y todo porque... todo porque...».

Hinata quería que se la tragara la tierra. Le había rogado que la besara, que no parara. Prácticamente le había arrancado la ropa. Había iniciado un acercamiento sexual que había abrasado a los dos. Se había quedado medio desnuda en la cocina. Sentía una terrible mortificación interior.

La había poseído fuerte y rápido y de una forma tan total que todavía estaba aturdida. Y sabía que todo había estado motivado por su deseo de evitar afrontar la indiferencia que él tenía por sus sentimientos, sentimientos que no estaba preparado para conocer. Aquello era un camino directo a la autodestrucción.

—¿Hinata? —reacia, se obligó a mirarlo—. ¿Quieres decirme cuál es la causa de esa expresión de sufrimiento en tu rostro? ¿O tendré que asumir que es por mi forma de cocinar?

Apartó la vista y luego volvió a mirarlo. Por supuesto, él estaría acostumbrado a que sus amantes tomasen la iniciativa, por eso no debía de parecerle extraordinario lo que acababa de pasar. Forzó una sonrisa y una mirada blanda.

—Nada. Y el pollo estaba... delicioso.

Había sido sublime, perfecto. Y hubiera estado mucho mejor si se lo hubieran comido justo cuando se acababa de preparar. Ese pensamiento le hizo sentirse humillada de nuevo.

—¿Adulación? —bromeó levantando una ceja—. Tratando de despistarme, ¿Hinata?

No podía ser así de transparente, ¿verdad? Podía sentir una ola de carmín ascender a su rostro.

—Cuando te ruborizas eres como un libro abierto.

Un súbito dolor la atenazó. Por suerte él pensaba que la tenía tan calada, pero cada vez que se ruborizaba interpretaba exactamente lo contrario de lo que en realidad estaba sintiendo. Aun así, el dolor cortaba como un cuchillo. Se levantó para llevarse los platos. Cuando volvió, Sasuke la agarró de la muñeca y la sentó en su regazo.

—¿Qué? —¿por qué había sonado como ahogada? ¿Por qué su cuerpo volvía a la vida tan fácilmente? Traidor.

—Tengo una sorpresa para ti... ¿No has visto nada fuera cuando has llegado? —Hinata negó con la cabeza. ¿Adónde conducía aquello?—. Quería habértelo enseñado antes, pero como has llegado tan tarde y luego nos hemos distraído...

Sintió que Hinata se ponía tensa. Era un manojo de contradicciones. Le hacía el amor con una intensidad y una pasión que él nunca había conocido y luego se pasaba una hora evitando su mirada. Estaba acostumbrado a librarse de los abrazos empalagosos después de hacer el amor y con Hinata... ella era todo lo contrario, no podía esperar para alejarse de él. Y por primera vez, él en realidad se sentía un poco... ofendido, pero ella no era nada más que una mercenaria sin corazón... quería decir «fulana», pero no era capaz. No podía pronunciar la palabra, ni siquiera en su cabeza. Haciendo un esfuerzo para evitar pensar en ello, se puso de pie súbitamente y se llevó a Hinata con él. Ella lo miraba sin parpadear y podía sentir una especie de calor bajo su mirada.

—Vamos abajo, te lo enseñaré.

La tomó de la mano y la sacó del apartamento. Bajaron en el ascensor, salieron por la puerta y entraron en la oscuridad de la noche. Estaban en la calle.

—Bueno —dijo él un poco impaciente después de unos minutos de silencio.

Hinata miró a todas partes cada vez más desconcertada.

—Sasuke, no sé qué quieres que... —se detuvo y de pronto apretó más fuerte la mano de él—. Mi coche... mi coche no está... Estaba justo ahí... —se soltó y se acercó a la carretera—. ¿Dónde...? Quiero decir... había aparcado justo aquí. Sé que lo hice —podía sentir cómo el pánico empezaba a crecer y se volvió a mirarlo—. A lo mejor se lo ha llevado la grúa. He pagado el aparcamiento antes... No creo que nadie quisiera robarlo...

—Hinata, para —Sasuke se acercó a ella y le giró la cabeza en dirección a los coches aparcados en la calle. La abrazó y señaló a un reluciente Mini Cooper nuevo colocado exactamente en el mismo sitio que había estado su coche.

—No... el mío era más viejo, ¿no te acuerdas?

—Me lo llevé con una grúa, Hinata. Tenía que ocurrir, créeme. Éste es tu nuevo coche —dijo balanceando una llave delante de sus ojos.

—Pero... yo... ¿Dónde...? ¿Qué has hecho con el mío?

—Seguramente ahora será ya del tamaño de una lata de conserva.

Mientras Hinata seguía quieta dentro de sus brazos, de espaldas a él, no podía evitar que le temblara el labio. Inexplicablemente se sentía como si Sasuke le hubiera sacado el alma, se la hubiera escurrido y secado y se la hubiera vuelto a poner en su sitio. Sabía que era sólo un coche, pero era suyo, lo primero que había comprado. Un símbolo de su independencia de Hamura. Con él había enseñado a su madre a conducir. Y sin un adiós, Sasuke se había deshecho de él.

Se mordió furiosamente el labio para dejar de temblar. No había forma de que él supiera cómo le dolía todo aquello, seguro que estaría pensando que volvía a interpretar. Todavía seguía balanceando la llave. Se la quitó de la mano... todavía no había dicho nada, no confiaba en sí misma. La soltó y ella echó a andar. Era tan estúpido, lo sabía, estar así de contrariada. Y estaba enfadada. Parpadeó, ignoró el dolor de su corazón y se dio la vuelta con una sonrisa inmensa en el rostro.

—Es precioso. Lo siento, estaba tan sorprendida... Nunca... Quiero decir que ha pasado tanto tiempo desde que alguien no me hacía un regalo tan generoso... La rabia y el dolor guiaban su forma de actuar. Se acercó y le dio un beso.

—...Supongo que será mío después de que acaben los dos meses... Después de todo, necesito un coche... —le pasó un dedo por la frente— y las joyas...

Lo miró coqueta desde debajo de las pestañas y pudo ver la reacción que había esperado en él: apretó la mandíbula, le brillaron duros los ojos. Ella estaba actuando como él esperaba y eso le hacía sentirse mareada, pero también, curiosamente, protegida.

—Por supuesto —por mucho que detestara su conducta, sentía alivio cuando Hinata se portaba así.

¿Había pensado en algún momento que ella fuera otra cosa distinta? ¡Menuda estupidez!

«Sólo estás accediendo a los deseos de su corazón mercenario. Al fin y al cabo era lo que ella quería...», razonaba furioso. Su coche, si es que era de ella, que tenía serias dudas, no era más que un estorbo y... sobre las joyas... quería adornar su luminosa piel con rubíes y esmeraldas. Era sólo para su propio placer. La tomó de la mano y la llevó adentro. Hinata se fue con la imagen del reluciente coche que hubiera cambiado por el suyo de siempre.

Se dio un paseo en el coche al día siguiente para visitar a su madre. Cuando su madre salió de la casa unas horas después dijo en tono suspicaz:

—Es un patrón muy generoso... regalarte un coche como éste...

Hinata trató de evitar el escrutinio de su madre.

—Sí, bueno, el otro estaba hecho un asco y siempre me estabas diciendo que me deshiciera de él.

—Lo sé, pero también sabía lo mucho que lo querías.

—Bueno, sí... —dijo Hinata ligera—. Ahora, como asistente de Sasuke, tengo que tener una cierta imagen...

Su madre de nuevo tenía esa familiar expresión de preocupación en su rostro.

—Hinata... ¿estás segura de que todo va bien? Recuerdo que Sasuke y tú tuvisteis aquel...

—Mamá eso fue una cena... una vez. Y no estoy a su altura... no te preocupes —interrumpió.

Se acercó y la besó. Hubiera deseado dejarse llevar y apoyarse en su madre... pero años de hacer de soporte habían enraizado demasiado profundamente su sentido de la responsabilidad.

—¿Y qué pasa con tus pinturas?

Hinata se echó para atrás.

—Eso va a tener que esperar unas pocas semanas.

No parecía muy convencida pero dejó a Hinata sentarse en el coche antes de decir:

—He invitado a comer a Sasuke la semana que viene para darle las gracias por ser tan amable... Estoy tan avergonzada de que Hamura tratara de hundirlo...

Hinata levantó la vista echa una furia. ¿Sasuke allí? ¿En su casa? ¿Con su madre diciendo lo maravilloso que era?

—Está muy ocupado, no creo que tenga tiempo —se quedó helada—. Un momento, ¿has dicho «invitado»?

—Sí, querida. Le pedí a Kakashi Hatake que lo llamara y extendí la invitación.

Dijo que sí inmediatamente. Tú también vendrás, claro.

Las palabras de su madre le seguían sonando en la cabeza cuando volvió al apartamento. Un desastre. Su madre estaba a punto de echar todo a perder con cuatro palabras. Además sabía que si trataba de disuadir a Sasuke de que fuera sospecharía algo e inmediatamente estaría más decidido a ir. Sin duda se estaría preguntando por qué demonios querría verlo la viuda de Hamura. Hinata tendría que vigilar a su madre como un halcón y asegurarse de que no decía nada comprometedor. Le palpitaba la cabeza.

El teléfono estaba sonando cuando entró, pero paró antes de que pudiera atenderlo. Sabía que era Sasuke, podía sentir su impaciencia mientras el móvil empezaba a vibrar.

—¿Dónde estabas?

—Salí... fui a conducir. ¿Está bien?

Sasuke resopló. Tenía que confirmarlo y dijo:

—Creo que mi madre te ha invitado a comer...

«Por favor, di que no, ríete, di que no podrás...».

—Sí, haré todo lo posible para ir... Estoy incluso intrigado. Te llamaba para decirte que llegaré sobre las ocho.

Hinata se sintió mareada en cuanto colgó el teléfono. Esa noche y los siguientes días parecieron establecer una tregua inestable.

Inestable porque Hinata tenía que morderse la lengua constantemente. En especial cuando Sasuke estaba relajado y era cálido con ella. Lo que, odiaba admitirlo, era lo más frecuente. Durante el día había comprado algunos instrumentos artísticos, exploraba la terraza exterior del apartamento, incluso trató de pintar algo. Por la noche, Sasuke y ella entraban en otro reino, un reino donde no se pronunciaban palabras, no se necesitaban mientras él la llevaba de cima en cima de placer.

Según se acercaba el día de la comida, Hinata tenía la esperanza de que a Sasuke se le olvidara, pero sus deseos se vieron frustrados cuando salió de la ducha el domingo por la mañana.

—¿A qué hora es la comida?

«Se ha acordado».

Hinata se sentó en la cama y se cubrió con la sábana sintiéndose todavía absurdamente tímida delante de Sasuke.

—A la una.

A la salida de la ciudad, le pidió que parara en un puesto para comprar unos periódicos. La miró con expresión de extrañeza.

—¿Qué?

—Nada... —dijo él levantando las cejas, inocente.

—Sé leer, ¿sabes? Y me gusta mantenerme al corriente de las cosas. Lo siento si tus habituales... —la palabra se le clavó en la cabeza.

—¿Novias? —propuso él con un mohín en los labios.

—Amantes... tenían menos nivel intelectual.

Levantó una mano y contó con los dedos.

—La verdad es que la última era una abogada de derechos humanos; la anterior era gestora de un fondo de riesgo; la anterior a ésa era...

—De acuerdo, ya lo he entendido. Así que yo soy tu amante tonta...

Había aparcado el coche y se había inclinado de repente, pensando en lo estériles y aburridas que habían resultado esas mujeres.

—¿Tonta? No es ésa la palabra que yo utilizaría para describirte, Hinata —y estaba súbitamente sorprendido de saber lo que realmente significaba eso.

En los últimos días había tenido con ella conversaciones más estimulantes que en los últimos tiempos con mucha gente. Y era terriblemente consciente de cuánto le importaba entrar por la puerta todos los días... y cuánto lo negaba.

Cuando la miraba, como en ese momento: con esa expresión acalorada en los ojos, Hinata quería lanzarse a ese profundo azul. Buscó a tientas la manilla de la puerta incapaz de dejar de mirarlo hasta que finalmente la encontró y salió volando a la tienda... y luego volvió.

—Lo siento, se me ha olvidado preguntar. ¿Quieres algo?

Sasuke negó con la cabeza y la miró alejarse. Ese algo le estaba fastidiando otra vez. Y tenía que reconocer que una parte de él no quería investigar qué le pasaba.

Para cuando llegaron a la casa, había conseguido aclarar su cabeza. En ese momento Hinata se volvió hacia él y a toda velocidad le dijo:

—Mi madre piensa que trabajo para ti como asistente, así que, por favor, no la desengañes. Y, Sasuke...

Lo miró de frente haciendo que se sintiera incómodo por la expresión de su cara. La inequívoca luz de la protección en sus ojos... La había visto ya en Montecarlo.

—Si haces o dices algo que le moleste... se acabó el trato... No sé cómo lo aguantaré, pero me iré y la casa será tuya.

—¿Cómo demonios voy a molestar a tu madre, Hinata?

—No tiene nada que ver con nada, Sasuke. Nada. Sólo recuerda que a quien castigas es a mí, no a ella.

Y salió del coche. Sasuke se quedó sentado un segundo. ¿Castigarla? Mientras la miraba caminar en dirección a la casa, los suaves pliegues de la falda alrededor de la cintura, de las piernas, sintió el habitual golpe de deseo que no había mermado ni una pizca. La idea de que ella se sentía castigada no era muy agradable. Y no sabía por qué. Porque eso era lo que había pretendido hacer todo el tiempo, ¿verdad?

Salió del coche y se reunió con Hinata en la puerta justo cuando se abría. Casi no reconoció a la mujer que estaba delante de él. Era diferente de cómo la recordaba: una mujer gris y triste. Ésta era vibrante. Se veían trazas de lo bella que debía de haber sido. Una belleza distinta a la de Hinata. Hinata la abrazó y se la presentó aunque se habían conocido en Londres.

Entraron y ya con bebidas en las manos, la madre de Hinata se sentó nerviosa en el borde de una silla.

—Señor Uchiha...

Él sonrió educado y dijo:

—Sasuke, por favor.

Ella sonrió.

—Muy bien, Sasuke. Sólo quería decir que muchas gracias por ser tan generoso. No sé cómo vamos a poder devolverle esto. No tiene idea de lo que esta casa significa para nosotras... —tomó la mano de Hinata entre las suyas—. Después de que mi querido Hiashi murió, era todo lo que tenía para recordarlo...

—Señora Hyuga, no tengo ninguna intención de hacerla sufrir. Una vez que Hinata me explicó la situación, no podía quedarme con su casa también...

—Pero.. sé que esta casa es valiosa, señor Uchiha.

Sasuke podía ver cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. Entonces supo que Hinata le había dicho la verdad. Aquella mujer no tenía nada que ver con los planes de Hamura.

—Señora Hyuga, estoy disponiendo de Hinata totalmente mientras estoy en Dublín. Cuando me marche, estaré más que satisfecho de dejarle la casa a usted. Créame, es bastante.

Miró a Hinata. Estaba ardiendo y se le notaban las pulsaciones en el cuello. Finalmente se las arregló para decir un ahogado:

—Mamá... ¿no habría que echar un vistazo a la comida?