Disclaimer: Los personajes del anime de Naruto no son de mi propiedad sino de su respectivo creador, el mangaka Masashi Kishimoto, ya que de ser mío hubiera tenido un final muy diferente. Solo los utilizo para adaptarlos a la historia de Abby Green, Amante en Dublín. La pareja principal es Sasuhina, sus personalidades pueden estar alteradas ya que se trata de una adaptación de la obra de otro escritor, que nada tiene que ver con Naruto. Sino te gusta no lo leas, todo lo hago sin fines de lucro y por amor al Sasuhina así que si no eres fan de esta pareja ¿Qué haces aquí? Solo quiero mostrar los libros que me gustaron a través de esta gran pareja que se robó mi corazón desde que la primera vez que leí sobre ella.
CAPÍTULO 11
Buenos días.
—Buenos días... —Hinata estaba algo dormida.
La noche anterior volvió a toda velocidad, la desolación que había sentido cuando él había huido de la cama después de hacer el amor. Se despertó y levantó las barreras.
Sasuke estaba apoyado en un brazo mirándola. Interpretó todo lo que había visto en el rostro de ella como nubes que atraviesan un cielo despejado, algo oscuro que había pasado entre los dos. Era la primera vez que se despertaba y él estaba en la cama mirándola. Incluso los fines de semana, invariablemente, iba a la oficina, aunque fueran unas pocas horas, o se iba a correr, o simplemente... se levantaba.
Aquello hizo que se le acelerara el pulso a pesar de todos sus esfuerzos por mantenerse fría.
—¿No tienes que ir a trabajar?
—¿Te estás tratando de librar de mi? —dijo arqueando una ceja.
Ella negó con la cabeza mientras su mirada saltaba al pecho desnudo. Sintió cómo el calor empezaba a invadir sus venas, el pulso daba saltos. Sasuke estaba sonriendo. Ella frunció el ceño. Maldito fuera, él y su arrogancia.
—Lo que pasa es que estoy disfrutando mucho viendo cómo te despiertas.
La besó y salió de la cama. Lo vio alejarse y entrar en el cuarto de baño y suspiró tirando de las sábanas hacia arriba. Nunca se cansaría de mirar ese cuerpo. Cuando salió del baño, se hizo la dormida. Sintió cómo se acercaba y deseó que se fuera. Si hacían el amor a la luz del día, no podría disimular sus sentimientos.
—Hinata, sé que estás despierta. Volveré a las siete. Esta noche salimos.
Cuando sintió, más que oyó, que se había marchado, abrió los ojos. Había vuelto a la normalidad. A la rutina. Y ese apartamento se estaba convirtiendo en una prisión.
«Sólo dos semanas más...».
Las palabras resonaron en su cabeza y se sentó en la cama, sorprendida. Sólo dos semanas y entonces... la libertad. No podía creerlo. ¡Cómo había pasado el tiempo! ¿Conseguiría sacarse a Sasuke de la cabeza? Volvió a tumbarse. No era capaz de imaginar cómo sería.
Esa tarde, acababa de ducharse y estaba vestida sólo con un albornoz cuando Sasuke entró en la habitación. Tenía bolsas debajo de los ojos y deseó correr a acariciarlo, decirle que no hacía falta que salieran. Pero no pudo porque no era ella quien organizaba su propia vida.
La mirada de Sasuke la recorrió de arriba abajo hambrienta. Ella permaneció de pie delante de él. La había echado de menos todo el día. Su cuerpo la anhelaba de un modo que lo estaba poniendo muy nervioso. No podía pensar en eso. Llegaban tarde.
—Tenemos que salir en un cuarto de hora...
—Estaré lista —dijo estricta, sorprendida por la ausencia de saludo y la voz brusca.
Sasuke se presentó en el recibidor un momento después colocándose los puños del esmoquin. Hinata permanecía de espaldas mirando por la ventana.
Se había arreglado el pelo de forma que caía por su espalda en forma de cuerda enrollada. El vestido gris oscuro era de alguna clase de punto que marcaba todas sus curvas. Era una tortura mirarla. Echó algo de menos... ¿Por qué no se ponía las joyas que le había regalado?
Tenía que hacer que se las pusiera. Nunca las llevaba... seguro que era otra faceta de su actuación, sin duda, pero una vocecita interior le decía: «Otra anomalía...». Normalmente las mujeres le pedían más y más, así que ignoró la voz.
Caminó hacia ella indolente haciendo que Hinata se quedara sin respiración. Lo había visto con esmoquin muchas veces, pero esa noche estaba más impresionante que nunca. Se detuvo ante ella con una gran caja de terciopelo. A Hinata se le cayó el corazón a los pies. La tomó dubitativa y la abrió con un suspiro que no pudo reprimir. En su interior había unos pendientes antiguos a juego con una gargantilla de diamantes verdes montados en platino. Sintió que en su interior se cerraba algo.
Levantó la vista, distante.
—¿Más baratijas para tu amante?
Estaba acostumbrada. Estaba aburrida. Sorprendentemente, por mucho que eso doliera a Sasuke, también le reconfortaba.
Sacó la gargantilla y se la colocó en el cuello. La joya colgaba justo encima del valle de sus pechos. Después sacó los pendientes y se los tendió.
—Sí...
Con dedos temblorosos se los puso. Hinata podía sentir cómo se balanceaban y le daban en el cuello, en el pelo. Él dio un paso atrás. La miró con ojos calculadores.
—Preciosa.
Se sintió como una yegua. Estaba allí para su placer y si quería cubrirla de joyas, tendría que ponérselas.
Cada vez que se moviera las sentiría balancearse contra su piel. Eso le recordaría que, más pronto que tarde, saldría de su vida y dejaría paso a otra amante, a la que él le diría exactamente las mismas palabras. Le colocaría joyas encima del mismo modo desapasionado... o a lo mejor no. A lo mejor una conseguía romper ese frío exterior y encontraba su corazón.
—Vámonos.
Lo siguió en silencio.
La recepción era similar a todas las demás. Todo el mundo intentando estar cerca del exitoso Sasuke Uchiha, como si fuera una especie de rey Midas. Hinata soportaba las mismas miradas hostiles de las sociedad dublinesa, que se preguntaba quién era ésa que había aparecido de pronto en escena.
Raramente se había relacionado en Dublín con su madre o con Hamura. Pero era una ciudad relativamente pequeña y ya había percibido las miradas de los antiguos colegas de Hamura, lo que le hacía sentir escalofríos de repulsión. Sobre todo por uno de ellos, que había sido incluso más desagradable que su padrastro. No quería que la viera, pero era difícil con todo el mundo atento a Sasuke y ella agarrada de su brazo. Aguantó la cena, la curiosidad de la gente cuando descubría que era dublinesa, aunque eran lo bastante educados para no preguntar cómo se las había arreglado para entrar en la vida de Sasuke.
Sintió cómo Sasuke deslizaba un brazo por el respaldo de su silla y la acariciaba en el cuello con la mano. Empezó a respirar agitada. Sintió que su cuerpo respondía y se cruzó de brazos para ocultar la evidencia. Él se volvió a mirarla y todo a su alrededor se volvió borroso a causa de la corriente que se estableció entre ambos. Agarró una de las manos de ella y se la llevó a la boca, besando un delicado punto de la muñeca. Hinata dejó de respirar. Sus ojos llamearon. ¿Por qué había hecho eso? Sasuke le soltó la mano y se volvió hacia la persona que tenía al otro lado. Hinata estaba confusa y muy preocupada por las emociones que sentía anidar en su pecho.
—¿Y de dónde dijo que era, querida?
Hinata se enfrascó agradecida en una conversación con la señora que tenía a su derecha.
Después de la cena, los invitados fueron libres de moverse y bailar en el impresionante salón. Hinata se excusó y fue a buscar los aseos. De vuelta, una voz le dio el alto. Sintió un tacto desagradable en uno de los hombros.
—Bueno, bueno, la pequeña Hinata Hyuga. Pensaba que eras tú, pero... madre mía, te has hecho una mujer de lo más impresionante.
En contra de su voluntad se volvió para encarar al hombre que había detrás de la untuosa voz.
—Burami Kasuga.
Un tipo rechoncho de ojos saltones que la miró de arriba abajo con un descaro tal que Hinata se quedó paralizada. Había sido uno de los íntimos de su padrastro y durante años había estado husmeando alrededor de ella, aunque siempre había conseguido escapar de él.
Se acercó más a ella aprovechando que pasó alguien. Intentó desesperada que no se le notara el miedo que tenía de llamar la atención. Volvió la cabeza pata buscar a Sasuke. No lo encontró.
—¿Buscando a tu... cita?
—Sí... me alegro de verlo de nuevo, señor Kasuga, pero en realidad debería...
De pronto la agarró del brazo con demasiada fuerza. Ella gimió mientras él la llevaba a una esquina.
—¿Quién te crees que eres...? —la miró de arriba abajo lascivo—. No he tenido oportunidad de darte el pésame, Hinata, querida. Debes de estar destrozada por la pérdida de Hamura... Ni siquiera tuvimos oportunidad de llorarlo, tu madre se lo llevó tan deprisa para enterrarlo que no pudimos presentarle nuestros respetos. Eso no está bien, ¿verdad? Pero ahora te los puedo ofrecer a ti personalmente.
Lo miró disgustada, incapaz de huir. La mano del brazo le cortaba la circulación, le hacía daño.
—Suélteme —consiguió decir a pesar del pánico, sabiendo que le saldría un hematoma.
—Sabes que Hamura hubiera ido a por ti si Uchiha no se hubiera vengado tan deprisa. Tenía claro que te habías ido de la lengua. Tú y la estúpida de su mujer. Vosotras le provocasteis el infarto, nos liasteis a todos.
Se sintió transportada en el tiempo. Permaneció inmóvil sabiendo que si intentaba escapar él le haría más daño. Pasado y presente se mezclaban. Nunca le había preocupado su dolor, sino el de su madre, entonces, ¿por qué le importaba en ese momento? La niebla se aclaró y Hinata se rehízo: ése no era Hamura. Había muerto. Podía manejarlo. No iba a hacerle daño. Con un rápido movimiento, se soltó y le dio un codazo en medio del pecho. Él se quedó jadeando y con la cara roja, pero aún demasiado cerca.
—Me estaba preguntando dónde estarías.
Sasuke. Sintió una enorme oleada de alivio, pero cuando se dio la vuelta se le cayó el alma a los pies. Tenía el ceño fruncido, mirando la cara ruborizada y la excesiva proximidad de Kasuga, y había llegado a una conclusión equivocada.
Tratando desesperadamente de salvar la cara, Kasuga se escabulló diciendo desagradable:
—A ver si hace algo con ella, Uchiha, siempre ha sido una gata salvaje.
Sasuke hizo una mueca y agarró a Hinata del mismo sitio que la había tenido sujeta Kasuga. Tuvo que reprimir un gemido.
—¿Quién es y por qué me conoce?
Antes de que pudiera contestar y con más dolor del que podía soportar, Sasuke la estaba sacando del edificio. Azuma se materializó con el coche en segundos. Se metieron dentro. Hinata todavía temblaba, no podía creer que Sasuke hubiera malinterpretado la situación.
—Era un amigo de Hamura... y todo el mundo te conoce —se frotó el brazo distraída.
Sasuke hacía esfuerzos para mantener la boca cerrada; no quería decir nada en el coche.
Ya en el apartamento, la puerta se cerró tras él y Hinata se dio la vuelta lentamente para mirarlo con gesto de recelo. ¿Una mirada de culpabilidad?, pensó Sasuke. Estaba deseando que así fuera. ¿Qué podía ella haber visto en semejante pervertido? Se apoyó en la pared con las manos en los bolsillos.
—Bueno... ¿vas a decirme qué pasaba? ¿Buscando ya mi sustituto... quedando con alguien que conoces y que ya sabe cómo funcionas?
—Estás enfermo, no tengo por qué escuchar todo esto...
Iba a salir de la sala, pero él la agarró del brazo, de nuevo en el mismo sitio. Ya sí que no pudo disimular el dolor.
—¿Qué pasa? —preguntó él cortante al ver la palidez en el rostro de ella.
—Nada —murmuró, pero no pudo disimular las lágrimas.
—Hinata ¿qué demonios pasa?
—Nada, Sasuke —dijo como un latigazo—. Si fueras capaz de ver lo que tienes delante de tus narices, entonces no necesitarías una explicación —se soltó y se fue al dormitorio.
Él la siguió.
—¿Qué pasa? ¿Estás enfadada porque he adivinado la verdad? ¿Cómo puedes...? Ese hombre es odioso... Dime, ¿lo has besado? —los celos le nublaban la visión, las ideas—. Claro que lo has hecho, me miró como si fuera un tipo de ésos que busca bronca...
Lo único que hizo que dejara de hablar fue la terrible quietud que invadió los miembros de Hinata. Sus ojos eran enormes estanques de insondable dolor, su boca estaba abierta de horror. Se dio cuenta de que había ido demasiado lejos y se acercó a ella. Hinata se echó para atrás de una sacudida y se cayó a la cama. En un segundo Sasuke estaba ahí, inclinándose sobre ella, levantándola. De nuevo el dolor en el brazo, Hinata se sintió mareada.
—¿Qué pasa...? —preguntó Sasuke con urgencia.
—El brazo... me haces daño en el brazo...
Lo soltó inmediatamente y la sentó en la cama.
—Hinata, ¿te he hecho daño? Déjame ver...
Ella negó con la cabeza.
—Tú no... él...
Sasuke maldijo y con mucho cuidado, le bajó el hombro del vestido y murmuró de nuevo un juramento cuando vio las marcas de unos dedos en la piel.
—¿Por qué no me lo ha dicho...?
—La verdad es que no me has dado muchas oportunidades.
No, no lo había hecho. ¿Cómo podía haber juzgado tan mal la situación? Nunca habría pensado en una mujer vapuleada por un indeseable. Y esa mujer era Hinata. Sintió deseos de salir a buscar a Kasuga y darle una paliza.
—¿Qué ha pasado, Hinata?
Ella evitó la pregunta.
—Tengo que ponerme árnica o irá a peor.
—Te la traeré —dijo levantándose de un salto.
Fue a buscarla y volvió. Con una ternura infinita se la extendió por la piel. De nuevo las lágrimas empezaron a llenarle los ojos, no pudo contenerlas. De pronto estaba demasiado cansada de ser el objeto de la cínica desconfianza de Sasuke.
Cansada de tener que mantener siempre una fachada. Además no estaba segura de ser capaz de continuar con aquella charada.
Pero entonces... cuando él tomó su rostro con las manos y lo volvió hacia él, y la acarició en la mandíbula mientras le secaba las lágrimas con los pulgares y susurraba un «perdón», sintió que se derretía por dentro. Sí, podía decirle la verdad. Podía contarle exactamente lo que había pasado. Si lo hacía no tendría que enfrentarse a su censura nunca más. Pero eso sería... su fin. Sólo podría despreciarla si supiera que ella se había enamorado.
Y en ese momento, cuando estaba siendo tan tierno, tan cariñoso, besándola con esa dulzura, el cansancio se esfumó y todo lo que deseó fue agarrarse a él... un poco más.
Esa noche no hicieron el amor. Sasuke sólo la abrazó con cuidado y la mantuvo entre sus brazos. Cuando actuaba así hacía incluso más difícil mantener la distancia. Al día siguiente, volvería a levantar la muralla, pero en ese momento... se dejaría llevar por su sueño... y lo hizo.
Una semana después Hinata estaba pintando en la terraza. Era un precioso día de verano. Pensaba en aquella noche de una semana antes. Desde entonces había pillado a Sasuke un par de veces mirándola con algo... algo luminoso que no podía definir, pero en cuanto lo miraba, él echaba las persianas. Pero algo había cambiado definitivamente entre ellos. Había una especie de tranquilidad. Una especie de veneración cuando hacían el amor... aunque a lo mejor sólo era su ridícula imaginación.
Apretó furiosa el pincel contra el lienzo como si así pudiera librarse de sus pensamientos. Cuando oyó sonar el teléfono fue a atenderlo aliviada, contenta por la distracción. Cuando lo colgó tenía el ceño fruncido. Sasuke quería verla en su despacho. Sintió un escalofrío en la espalda. Se cambió de ropa y se recogió el pelo en una coleta.
Cuando llegó al último piso del edificio de oficinas, la seca Ivy se había convertido en la sonriente Ivy.
—Hinata, ¿no? Por favor pase, el señor Uchiha la está esperando.
Entró. Sasuke estaba de pie mirando por la ventana. Se dio la vuelta y Hinata quedó impactada por lo serio que estaba. La puerta se cerró y Sasuke la miró.
—¿Qué pasa? —dijo ella con una risa nerviosa—. Sasuke, me estás asustando... —pensó en algo—. ¿Es Azuma? ¿De nuevo el corazón?
—No... no es Azuma. Está bien y te agradece que te ocuparas de él. Estaba más asustado de lo que decía. Lo he mandado a su casa de Londres a recuperarse.
Ella se encogió de hombros, un poco avergonzada.
—No fue nada.
Sasuke rodeó la mesa y se acercó a ella.
—Tienes pintura en las mejillas.
Ella se ruborizó y se echó una mano a la cara para limpiarse.
—Nunca me miro al espejo.
No era capaz de interpretar la expresión de la cara de Sasuke.
—Hinata, he terminado mi trabajo aquí, mañana vuelvo a Londres.
«Oh, Dios mío, era eso... se marcha».
Se volvió todo borroso. Había una silla detrás de ella y se sentó intentando que no pareciera que se había caído encima, lo que en realidad había pasado. Trató de contener la emoción. Eso era exactamente lo que ella quería. Alzó la vista y se encontró con los ojos de Sasuke. Estaban sombríos. ¿La estaba mirando con lástima?
No era posible.
—¡Oh! Así que era eso. Me estás dejando ir...
Sasuke apretó los labios.
—Bueno, técnicamente, podría insistir en que vinieras a Londres conmigo; falta una semana para que finalice el contrato.
Hinata se puso en pie a causa del impacto sintiendo cómo la bilis le subía a la garganta. Sasuke notó en ella la misma palidez que cuando vio el contrato.
—Por lo que yo recuerdo, el contrato establecía dos meses o la duración de estancia en Dublín... así que técnicamente, si tu estancia se acaba mañana, entonces te sales de las condiciones del contrato.
La miró fijamente un momento. No podía engañarla.
—En realidad tengo que confesarte algo. Ese contrato era falso... —Hinata se quedó boquiabierta—. Cuando me lo recordaste en Montecarlo lo escribí en mi ordenador. Era sólo para garantizarte que iba a mantener mi palabra.
Y lo había hecho. Su madre ya había firmado los papeles.
—Así que... ¿nadie más lo ha leído?
Sasuke negó con la cabeza. No estaba segura de cómo tomárselo, cómo reaccionar.
—Bueno... gracias —se colocó detrás de la silla—, pero entonces... si no hay contrato... no hay nada que me impida marcharme...
—Supongo que no —dijo lentamente.
—Mañana te marchas...
—Sí.
La miró. Se estaba mordiendo el labio. Quería abrazarla, deslizar su lengua entre esos suaves labios... pero, por alguna razón, no podía. La estaba dejando marchar, ¿por qué se sentía como si le estuvieran arrancando el corazón del pecho? ¿Por qué parecía como si aquélla fuera la única mujer del mundo a la que había deseado?
—Ya está... —dijo ella encogiéndose de hombros.
—Hinata —buscó sus ojos—, podrías venir a Londres conmigo... Esto no tiene por qué terminar aquí. Ahora que tu madre tiene la casa... podríamos seguir... podrías vivir conmigo...
Hinata se echó para atrás sacudiendo la cabeza.
—Nunca —dijo con un hilo de voz—. Nunca. Nunca confiarás en mí, Sasuke. Nunca me respetarás. Y no calentaré tu cama hasta que ocupe mi lugar la siguiente. He pagado mi deuda.
Sasuke se puso rígido para que ella no notara el efecto de sus palabras. Se encogió de hombros como si no le importara nada.
—Como tú quieras, Hinata.
Algo brilló en los ojos de ella, una especie de desesperación.
—Lo que quiero es irme hoy. Me voy ahora mismo a recoger mis cosas. Cuando vuelvas, me habré ido. No puedo quedarme otra noche —hizo una pausa—. Por favor, no me hagas...
¿Quería alejarse de él tan desesperadamente? Sintió como si un bloque de granito le cayera en el pecho.
—Si quieres haberte ido cuando vuelva, yo también lo prefiero.
Hinata fue hacia la puerta. Le temblaban las piernas. Se dio la vuelta por última vez y lo miró.
—No quiero volverte a ver jamás —dijo y salió por la puerta.
El corazón de Sasuke parecía un tambor cuando entró en el apartamento. Había visto el Mini Cooper aparcado fuera... ella no se había ido... ¿Significaba eso que había querido quedarse como su amante? Pero en cuanto atravesó la puerta supo que no estaba, el sitio parecía plano, sin energía. Vio las llaves del coche en la mesa junto una nota.
No puedo aceptar el coche... ni nada más. Te deseo lo mejor, Sasuke.
Hinata
El papel se le cayó al suelo. Seguro que cuando entrara el dormitorio se encontraría toda la ropa en bolsas y todas las joyas estarían en sus cajas. No se había quedado con nada. ¿Por qué?
Se sintió mareado. Si se hubiera llevado algo, como esperaba, se hubiera sentido justificado. Se sentó pesadamente en la cama. Desde el principio lo había sorprendido actuando de un modo distinto a como esperaba. Salió a la terraza. Por primera vez en su vida se sentía perdido, sin saber qué hacer... impotente. Quería a Hinata. Tan desesperadamente que no podía soportarlo. Estaba tan enamorado, desde Londres, que nunca podría salir de ahí.
Y ella no quería volver a verlo jamás.
Entró en el apartamento cerrando la terraza de un portazo.
Al día siguiente, en el avión que lo llevaba a Londres, tenía una cara tan sombría, tan dura, que nadie se atrevió a hablar con él.
