Tormento

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«Zȳhys ōñoso jehikagon Āeksiot epi Zȳhys perzys stepagon Āeksio Ōño jorepi Se morghūltas lȳs qēlītsos sikagon Hen sȳndrorro, ōños. Hen ñuqīr, perzys. Hen morghot, glaeson»

El fuego le besó la piel con pasión y calentó la sangre en sus venas. La luz del las llamas ahuyentó la profunda oscuridad en la que estaba sumergida. Los pulmones se llenaron de aire con violencia. Se llevó las manos al pecho, encontrando la herida bajo su seno izquierdo, rozó la cicatriz con la yema de los dedos. Soltó un quejido, dolía con cada palpitar, con cada respirar. Oyó a su hijo rugir a la distancia. Sí, estaba viva...

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¿Cómo había llegado aquí? ¿Qué había pasado? Quiso hacer tantas preguntas, pero tenía la boca seca y la lengua adormecida.

Rodeada de miradas incrédulas, maravilladas y lascivas. Tormund la cubrió con su abrigo de piel, protegiéndola del frío y de los curiosos; cargándola en brazos hasta el Castillo Negro.

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Estaba en una modesta habitación. Una joven se ocupó de ella, cuidadosamente la limpió con agua caliente y hierbas perfumadas. La vistió y le preparó una infusión de sabor dulce: flores.

Había llorado como una niña. Lloró por Viserion, por Rhaegal. Lloró por la masacre, por fallarle a Barristan, a Jorah y Missandei. Lloró por Rhaego, su bebé, esperaba encontrarlo al otro lado de la vida, en las tierras de la noche dothraki de Khal Drogo, pero no hubo nada.

«Iremos al Norte, al verdadero Norte»

Había reducido una ciudad a polvo y cenizas, había carbonizado a gente inocente. Le parecía increíble que Tormund la aceptara.

«Puedes venir con nosotros»

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La daga que puso fin a su vida reposaba sobre le mesita en su habitación... Quizá era su imaginación o delirios de locura, pero Dany sintió que el arma se burlara de ella. Fue a por el arma, la tomó por el mango... aún tenía rastros de sangre, su sangre. El dolor dibujo la cicatriz bajo su pecho al recordar.

Jon... ¿Jon? No, Aegon. Aegon Targaryen. ¿Estará vivo? quizá Drogon lo quemó, quizá los inmaculados o los dothraki...

Aunque había tomado su vida, pensar en la posible muerte de su asesino no le traía ninguna dicha. Delineó el filo de la daga con la punta del dedo y se cortó la piel. Quizá debía cortarse las venas, pondría fin a los recuerdos tormentosos y a su injustificada existencia.

"Cuando un Dothraki es derrotado en combate le cortan sus trenzas para que todos vean su vergüenza" susurró lejos la voz de Viserys.

Limpió con cuidado el puñal y con un solo desliz cortó su cabellera plateada.

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Lo había visto de lejos en Invernalia, pero encontrarse con el lobo echado a su puerta sorprendió y asustó a Dany por igual. Los ojos color la sangre la miraron con intensidad.

Quiere matarme. Igual que su amo.

Por instinto dio un paso atrás. El lobo avanzó hasta cerrar la distancia que los separaba, la húmeda nariz le olisqueó la mano para luego acariciarla con la lengua. Desde esa mañana, Fantasma caminaba en silencio a sus espaldas como una sombra blanca, la abrigaba por las noches y lamía las lagrimas de sus mejillas cuando las pesadillas la hostigaban.

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Disfrutaba de la cima del Muro, aunque siempre que subía lo hacía en el montacargas. Drogon la observaba, sus ojos de lava reflejaban preocupación. Una voz le decía que subiera a su lomo y volara tan lejos al este como fuera posible. Su presencia ponía en peligro a Tormund y a la gente del pueblo libre, pero no estaba lista para montar al dragón.

No aún.

Pasaba los días limpiando y recolectando, juntando ramitas para alimentar el fuego de las chimeneas. Separaba flores y hierbas para infusiones, con cada día que pasaba despellejaba conejos y desplumaba aves con más facilidad. Incluso había encontrado refugio en algunos libros viejos de la biblioteca. Se mantenía ocupada para no pensar en Desembarco del Rey, para escapar del repicar de las campanas, de los gritos de dolor y la visión de las llamas.

Quizá sólo debía tirarse desde la cima del Muro y abrazar el final.

Dejó escapar un suspiró y su aliento se condensó en el aire.

«Hace frío para una chica sureña»

«Podríamos quedarnos aquí por mil años, nadie nos encontraría»

La cicatriz le quemó la piel.

Si miro atrás, estoy pérdida.

Se mordió el labio inferior hasta saborear la sangre. Quiso ignorar la angustia y concentrarse en las tierras de invierno, se veían hostiles, pero hermosas. No había tierra, sólo nieve: limpia, pura, brillante e infinita; extendiéndose para fusionarse con el cielo gris hasta formar un desierto blanco. El gélido del paisaje le calmó el alma.

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Les gustaba estar aquí. No se sentía una forastera, no la miraban con hostilidad y desconfianza, no buscaban hacerle sentir un vacío. Se reunían al rededor de una fogata, bajo un cielo nocturno con estrellas tan brillantes que parecían arder en fuego plateado. Compartían historias, risas y bebida.

—Vamos Reina Dragón, anda —invitó Tormund, pasándole un cuerno lleno de un pestilente líquido blanco. El olor le revolvió el estómago y Dany tuvo ganas de expulsar la comida—. Te ayudará con tus pesadillas, dormirás como un muerto.

Tormund comenzó a reír de forma ruidosa, pero se detuvo al ver que nadie más lo hacía. La expresión del salvaje fue de incomodidad al notar su pobre elección de palabras. Estuvo a punto de disculparse, pero Dany lo interrumpió al expulsar una sonora carcajada a la que toda la ronda se unió. Era la primera vez que reía en un buen tiempo. Sí, le gustaba estar aquí...

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Los recuerdos la perseguían de día bajo la débil luz del sol, pero atacaban con más ferocidad por la noche. No importaba cuánto leyera antes de dormir o cuán exhausta estuviera, las tazas de té y la repulsiva leche agria tampoco surtían efecto. En sus sueños podía oír los gritos, saborear las cenizas y oler la carne quemada.

Vomitó.

Soy un monstruo.

Fantasma fue a buscarla. Dany sonrió, sintió que el lobo la consolaba. Lo acarició como si de un perrito se tratara, le frotó el cuello y tocó con cuidado la oreja mutilada. El animal la contempló largamente.

—Regresemos a dormir.

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No tenía mucha hambre, optó por quedarse en su habitación. Intentó modificar las ropas que le habían obsequiado y descubrió que no se le daba bien la costura. Eran prendas rústicas y sencillas, sin ornamentos ni distintivos, le recordaban a su vestimenta dothraki.

Drogon había salido de caza y Fantasma se quedó a su lado. Era como si el lobo y el dragón hubieran llegado a un acuerdo para turnarse y hacerle compañía.

Alguien llamó a su puerta. Abrió: Era Kendra.

—Su cena, Reina Dragón.

Dany se hizo a un lado y le permitió pasar. La joven dejó sobre la mesa una bandeja que contenía: un plato de guiso y un vaso con agua. Era una chica amable y considerada. Le recordaba a Missandei, Irri y Jhiqui. Inmediatamente alejó el pensamiento, no quería relacionar a la pequeña con el trágico destino de sus amigas.

—Te lo agradezco, Kendra, pero no estoy hambrienta —dijo Dany dedicándole una sonrisa—. Y por favor, llámame Daenerys.

La chica pareció meditar sus palabras antes de responder:—Deberías comer mejor, Reina Dragón.

Dany sintió que Kendra tenía más para decir, pero se había marchado sin más.

Compartió su comida con el lobo hasta vaciar el cuenco.

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Caminaba por el patio de armas con Fantasma a su lado cuando un niño se detuvo frente a ellos. A Dany siempre le habían gustado los niños, pero desde lo ocurrido en Desembarco del Rey, evitaba mirarlos demasiado, su mente tormentosa la llenaba de horribles visiones negras donde los más pequeños era incinerados.

El chico extendió el brazo, descubriendo un ramito de flores.

—Para usted Reina Dragón— pronunció con timidez.

La calidez inundó el pecho y se extendió por su cuerpo. Disimuló el nudo que tenía en la garganta y respondió: —Son hermosas. Gracias. —Se inclinó y besó al niño en las frías mejillas.

Tormund tenía razón, para la gente del pueblo libre era la Reina Dragón que peleó contra los Caminantes Blancos y que había regresado de la muerte. Frotó la nariz contra los pétalos e inhaló el aroma. Dulce. Dulce como aquel beso traicionero. Dulce como el veneno que Varys ponía en sus comidas.

El sonido del cuerno y el grito de «abran las puertas» la sacaron del estupor.

Un jinete ingresó al patio de armas. Fantasma la abandonó y corrió hacia el hombre que bajaba de su caballo. La cicatriz le ardió. Dany no necesitaba verle el rostro para saber de quién se trataba. Apretó los tallos con fuerza, no sintió el dolor de las espinas clavadas en su piel, ni la humedad de la sangre manchándole los dedos.


Traducción: Pedimos al Señor de la Luz que brille. Rogamos al Señor de la Luz que comparta su fuego y encienda la vela que se ha apagado. De la oscuridad, luz. De las cenizas, fuego. De la muerte, vida.