Una noche de brillante luz de luna, una reunión recóndita para el ser humano, un penitente acto de los Dioses transcurría como una estrategia de poder y guerra. Un bosque de completa calma, cuyo silencio sólo era interrumpido por la suave brisa de un solsticio de verano. Descendían del cielo ángeles, tal como aquellas leyendas cristianas…
Pero poseían armaduras, como peones de batalla, eran criaturas hermosas que mostraban determinación y obediencia. Al llegar al ras del suelo, se colocaron en fila, arrodillados ante una presencia divina.
_ Diosa Artemisa, hemos llegado. – habló uno de ellos, de preciosa cabellera dorada.
_ Muy bien, deberán hacer guardia esta noche.
Aquella doncella de rostro delicado, caminó lentamente hacia una esfera de luz, de poder que encerraba algo dentro de ella.
_ Artemisa… - una dulce y aguda voz se oyó. – Diosa Artemisa…
Entonces se reveló la identidad del ser, las alas que cubrían su cuerpo se ampliaron, dejando ver a una pequeña niña asiática, de ojos grandes y tristes, nariz respingada y cabello corto.
_ ¿Vienes a dejarme salir?
_ Sabes que no puedo.
Atrás de la Diosa, una llama como el fuego se desprendió, aquel poder sólo podía ser de un ser omnipotente, una deidad también.
_ Hermano mío…
_ ¿Por qué insistes en mantenerla encerrada, Artemisa? Muestras debilidad ante tu ejército.
Ella sólo lo miró apenada, para girarse a observarla.
_ Es cruel lo que estamos haciendo…
_ No importa, Atenea se está saliendo de control, no podemos permitir que consiga un poder superior. La única ventaja, la pieza clave, es esta niña.
De pronto, se vieron interrumpidos por una ráfaga de aire que emanaba la llegada de un cosmos infinito, una presencia poderosa. Voltearon inmediatamente en dirección al sur, los ángeles se colocaron en guardia, pero Apolo les hizo una señal con la mano indicando que paren. Apareció una luz extremadamente cegadora en forma de la silueta de un hombre, para después perder su brillo y delatar su identidad.
_ ¡Abel! – corrió Artemisa a sujetarlo.
Pero él la correspondió con una energía hostil que la mantuvo alejada, ante esta acción, el Dios de la razón lo miró sospechoso.
_ ¡Me engañaron, planearon todo esto para que vaya en contra de mi hermana, querían deshacerse de ambos de esta manera…! – jadeó del cansancio. - Restringieron mi poder, ¡me utilizaron!
_ Abel…
_ ¡USTEDES NUNCA VAN A PODER DETENER A LA DIOSA DE LA GUERRA! ¡MORIRÁN EN SUS MANOS!
En ese momento tiró un ataque directamente hacia aquel resguardo de la niña, aquello generó un orificio por el cual ella se impulsó a mucha velocidad hacia el cielo, huyendo de esa situación.
_ ¡Ustedes, atrápenla! – gritó Apolo a los ángeles. - Tú, Abel. – destacó su voz de desprecio. ¡Usar tus últimas fuerzas para liberar a Niké, muy rastrero de tu parte!
_ Sabes perfectamente que sin los límites que me pusieron podría hacerte pedazos ahora mismo, hermano. – lo miró mientras agonizaba. – Después de todo, yo era merecedor del título de ser el Dios del Sol.
El pelirrojo lo miró con repudio e intolerancia, después lo apuntó con su mano mientras concentraba su poder.
_ Ojalá que tu música te consuele en el encierro eterno, Abel. – dijo eso antes de hacerlo cenizas.
_ ¡No! – gritó Artemisa.
El resto del cuerpo del efebo desapareció con el viento, mientras una sonrisa de satisfacción se lucía en su rostro.
CINCO AÑOS MÁS TARDE…
Llegó la media noche, las doce casas eran solamente iluminadas por las antorchas en las entradas. Era la hora de descansar de todos. La guardia era encargada usualmente por caballeros de bajo rango, quienes caminaban por la entrada.
_ Shiryu, estás aquí. – dijo Kanon quien estaba sentado.
_ Vine tal como me solicitaste que lo hiciera. – afirmó el dragón. – Ikki como de costumbre no estaba en su casa y Shun sigue en coma. ¿Pero siendo el patriarca por qué me nos debemos reunir en la casa de cáncer?
_ No deseo que la Diosa Atenea sea consciente de mis pensamientos, ya que temo sus ideas sean cegadas por sus sentimientos en estos momentos.
_ ¿A qué te refieres?
_ Los herreros que se han unido a nuestras tropas y fácilmente han conseguido el rango mayor, me generan desconfianza.
_ Ellos juraron que darían la vida por la Diosa Atenea, aunque no exista más presencia física del Dios Hefesto.
_ No es su palabra la que prevalece… - caminó Kanon dándole la espalda. – El caballero Fénix y yo hablamos de esto antes de esta guerra.
_ ¿Ikki?
_ Sí, me contó que ustedes fueron fácilmente vencidos por una herrera de Hefesto.
_ ¿De qué hablas? Yo no recuerdo tal cosa…
_ Eso es lo que me preocupa… - lo miró de frente. – Esta persona tiene capacidades inusuales y a pesar de su hostilidad, fue permitida como el caballero dorado de piscis. Además, Shun no ha despertado desde aquel día, en que batalló con ella.
_ Pero es por Helena que Paris decidió quedarse, así como es la hermana del más devoto de ellos… quien arriesgó su vida sin dudar por la princesa Saori.
_ Es por esto que no sé cómo juzgarla, porque tiene cuartada.
_ ¿Dices que debemos colocar un ojo en ella?
_ Por lo menos hasta descubrir de dónde viene…
_ Es hermana de Helén, ambos fueron rescatados de un robo donde ambos padres fallecieron.
_ Algo no está bien…
Una noche, murmurante, intranquila. Saori no podía sentirse en paz, su conciencia la agobiaba, su dolor la afligía… ¿Por qué el destino es tan duro? Su alma gritaba de impotencia, pero no podía ser débil, había llegado tan lejos.
Ser una Diosa, eso significaba que su vida no era solo suya, ella pertenecía a los humanos. Una mártir, una heroína, un símbolo, una religión, una cultura, una razón, una esperanza… Atenea era todo eso. Sus hombros cargaban… todo el peso de la tierra.
Volteó un poco, pero estaba en lo profundo de su sueño. Rodeada de las hermosas flores de los campos elíseos, escuchaba una risa. Levantó la vista y miró en su delante al joven trigueño de ojos claros quien le sonreía amenamente.
_ Atenea… - dijo casi en un susurro.
Ella corrió a abrazarlo, pero en ese momento desapareció. No había nada, las flores se marchitaron y se volvieron negras, la luz del día se oscureció. Una presión golpeó su pecho, ella sentía que se ahogaba, no lo entendía.
Gemía de dolor, sudaba, instantáneamente cogió con su mano su corazón que se estremecía.
_ Has vivido ignorante demasiado tiempo.
Helena estaba delante de ella, posando su mano en la frente de la Diosa. Un cosmos dorado emanaba de ella, concentrándose en el cerebro de Atenea.
_ Sabía que planeabas algo desde un principio.
La herrera se volteó rápidamente, pero no quitó su mano. Se vio amenazada por la persona que la había descubierto.
_ ¡¿Quién anda ahí?!
_ Quítale tus sucias manos a mi Diosa. – apareció Ikki de las sombras. – O te quemaré como la bruja que eres.
Ella sonrió.
_ Pero si es una ratita… o debería decir un gatito ridículo. Tu Diosa va a saber por qué ha venido a este mundo en estos momentos, voy a despertarla.
_ ¡AVE FÉNIX!
_¡TE ORDENO QUE TE DETENGAS, CABALLERO DE LEO! – se paró Saori imponente, sus iris se iluminaron por la cantidad de cosmos brotaba de ella.
Esa esencia, su poder empujó a Ikki unos centímetros; también parando toda clase de ataque que podía salir de él.
_ "¿Así que este es el poder de la Diosa Atenea en su esplendor?" – se preguntó.
_ Perdóneme, Diosa Atenea. – se arrodilló.
_ ¿¡Qué ha sucedido!? – llegó Hyoga quien estaba más cercano. - ¿Helena, Ikki?
_ ¿Quién te crees que eres para pararte delante de mí? – se volteó ella ante él.
_ Eh… - sudó el rubio completamente confundido. – Sí.
Hyoga no dudó en arrodillarse y mirar hacia el suelo. Esa persona era completamente distinta, no era la joven con la que había crecido años tempranos de su vida.
_ ¿Ikki, qué ha pasado? – susurró.
_ Silencio, Hyoga. – contestó muy bajo y con temor.
_ Eres una insolente, despertarme de esta manera y vestirte de esa forma. No has cambiado tu grotesca manera de ser, hermana.
_ Cuánta arrogancia para alguien cuya reencarnación sólo ha demostrado debilidad.
Saori comenzó a reir.
_ ¿No tienes conciencia, no es así? Has jugado con todos nosotros, te disfrazaste y dejaste morir a nuestro hermano.
_ Fue falta de prevención mía los instintos impulsivos de Ares.
_ ¿Cuál es tu treta?
_ ¡SAORI!
Seiya llegó corriendo desesperado. Miró con temor lo que sucedía, su Diosa con ojos iluminados y una expresión que desconocía en ella; Helena a su costado y sus amigos arrodillados.
_ ¿Saori, estás bien? – preguntó tímidamente.
_ Arrodíllate, Pegaso, estás dirigiéndole la palabra a una Diosa.
_ ¿Cómo?
Nuevamente miró a sus amigos, pero estos observaban el suelo. Después dirigió sus ojos castaños hacia la mujer que tanto amaba, pero ella mostró desprecio.
_ Me molesta verte. – contestó.
_ Saori… - frunció el ceño la doncella.
_ No me llames así.
El cosmos de la divinidad hizo que él no pudiese controlarse y terminara arrodillándose en contra de su voluntad.
_ ¿Qué es lo que sucede? ¡No lo entiendo!
Él se oponía como podía para observarla fijamente, le suplicaba con los ojos una respuesta, ella no se estaba comportando como la mujer que adoraba con todo su corazón.
_ ¿Te atreves a mirarme de frente?, ¿a mí, tu Diosa? – caminó hasta quedar delante de él. – Está bien, acabaré contigo.
Sus amigos abrieron los ojos completamente sorprendidos, apunto de intervenir.
_ Es suficiente, Atenea. – la miró Helena. – Controla tu carácter.
_ ¡¿Qué sucede?!
Llegaron Shiryu, Helén, Paris, Kanon y Kiarad.
_ ¿Hermana? – dijo el rubio platinado un poco incrédulo por la situación. - ¿Qué está pasando?
_ Lo lamento por todo esto, pero ya era hora de salir de esta mentira y encaminarnos a la guerra mayor.
_ ¿Qué dices…? ¿Qué está sucediendo, por qué te comportas así?
_ Helena, por favor háblanos. – dijo Paris sorprendido.
_ Te manipulé todo este tiempo, Helén. Tú y yo no somos hermanos.
Aquellas palabras cayeron como un balde de agua fría hacia el joven quien se le acercó hasta quedar al frente de la ojiverde. Todos los demás eran simples espectadores.
Una luz rodeó a Helena, haciendo que su silueta sea solo energía, para después transformarse en otra persona. Paris se tapó la boca de la sorpresa y tristeza.
La cabellera ondeada rubia platinada de la doncella era ahora pelirroja y lacia; su rostro tierno y hermoso, era sensual y precioso; sus labios delicados, gruesos; su nariz griega, fina; su cuerpo era incluso mejor que antes; y sus redondos ojos verdes, se habían convertido en afilados azules.
Helén cayó de rodillas al suelo, se cogió la frente; la noticia era demasiado fuerte de asimilar para él.
_ Usé mi etapa de reencarnación para disfrazarme de una bebé semejante a ti, sabiendo que aquellos aldeanos del bosque me adoptarían. Tu familia sólo tuvo la mala suerte de residir cerca de un lugar al que Hefesto recurría en sus etapas de humano.
_ ¿Por qué…? – susurró.
_ Aquel día en que ellos fallecieron, no fueron los ladrones que capturó Hefesto.
En ese momento Helén la miró directamente, gritando dentro de sí de que ella no dijese lo que él asumía que saldría de su boca.
_ Yo los asesiné, Helén.
Las lágrimas del joven salían sin reparo.
_ No… Helena… no puede ser verdad, yo no creo que tú… - agarró el vestido de la doncella.
_ ¡Helena, no digas esa clase de mentiras!, ¡estás lastimando a tu hermano! – dijo Paris intentando convencerse de que era falso.
_ Pobre iluso, te uniste a esta armada porque estabas enamorado, pero para mí no eres más que un juguete.
_ Vaya, qué dura eres con estos humanos. – dijo Saori.
Helén la miró después confundido por esas palabras tan frías de alguien que era el sol para él, después dirigió su vista hacia Seiya quien estaba indignado con lo que sucedía.
_ Saori basta… - dijo apenado el castaño.
Ella volteó sus hermosos iris hacia este y después perdió la energía, desmayándose. Seiya la sujetó entre sus brazos rápidamente.
_ Seiya… - acarició su rostro. - ¡Ah…! – su cabeza la hacía sufrir.
_ Regresaré a aclarar tus dudas, hermana. – desapareció Helena.
Los jóvenes corrieron al lado de Helén, tratando de ayudarle a que pudiera ponerse de pie, pero el impacto era peor que todos sus huesos destrozados. Paris lloraba, estaba muy lastimado, pero sabía que su dolor no se asemejaba al de su amigo.
El mundo de algunos había dado un giro de 180 grados. El desasosiego reinaba el santuario de Atenea.
_ ¡Atrápenla! – gritó Kanon.
Caballeros de plata lanzaron una red cósmica pero no fue capaz de agarrar nada. Miraron al cielo, había otra estrella fugaz.
_ "Sabía que no significaba nada bueno…" – pensó el excaballero de Pegaso.
Pero en esos momentos, esa energía comenzó a acercarse más y más, a miles de kilómetros por hora.
_ Ikki… - Seiya le pasó la voz a Leo, al ser ignorado trató con el rubio. – Hyoga… ¡Chicos!
_ ¡¿Qué?! – contestó amargo Paris.
_ ¡ALLÁ! – apuntó el castaño ya asustado.
_ ¡AHHHHH, CORRAN! – se impactó el herrero.
Una esfera cayó con mucha fuerza, causando un gran hoyo y un terremoto en el santuario.
_ ¡Ah! – Helén con su energía rodeó el lugar para ser protegido del desastre natural.
_ ¡Estén alerta! – mandó Kanon.
El cosmos dorado se hizo lentamente menos visible, la protección de la esfera comenzaba a disiparse, presentando a una niña muy herida.
_ Tiene…
_ ¿¡Tiene alas!? – completó Kiki sorprendido.
Ella poco a poco abrió los ojos.
_ ¿Atenea? – preguntó inocentemente.
El báculo de la Diosa empezó a brillar.
_ ¿Dónde está Atenea? ¡Llévenme con ella!
_ ¡Alto ahí! – se interpuso Hyoga. - ¡No has de pasar, no sabemos quién eres!
La niña lo miró desafiante, estiró su mano hacia el joven y con su poder comenzó a ahorcarlo de lejos. Pero un boomerang fue directo hacia ella, por lo que giró su vista y lo esquivó, éste no era más que el escudo de libra.
_ No desees pasarte de lista, has venido a un terreno protegido y estás atacando a uno de los nuestros. Si vienes en son de paz, preséntate y mantén una postura adecuada.
La pequeña se apaciguó.
_ Yo soy…
Una energía salió del cielo y rayos de luz golpearon a los caballeros dorados, uno por uno.
_ ¡Protejan a Atenea!
Helén se colocó delante, poniendo su defensa cósmica alrededor de ella.
_ ¡Deja de seguirme, ya encontré a Atenea! – gritó fastidiada la niña.
_ ¡No debiste haber venido! – sonó una voz divina.
_ No vas a retenerme para siempre, Hermes.
Él se dejó apreciar por los jóvenes, de cabellera dorada y rulosa, ojos ámbar y rasgos muy delicados. Su vestimenta era una toga clásica griega y poseía un cetro con dos alas.
