Prólogo
Los dioses nunca pensaron en crearlos.
Durante siglos se pasearon por los cielos, lloriqueando por su necesidad de seres a los que dirigir, nutrir y gobernar. Añoraban fervorosamente un reino desbordado con leales, agradecidos y obedientes sujetos.
Y así, nació la idea del Hombre.
El rey de los dioses fue sacrificado, su sangre se mezcló con la tierra, el aire, el mar y el fuego; formando criaturas vivas. Pero los elementos eran inestables, las medidas de las partes desproporcionadas, y el resultado fue atroz. Los seres que crearon no eran lo que los dioses habían previsto, en aspecto o carácter. No eran leales o agradecidos, menos aún obedientes. Ellos eran Dragones, Minotauros, Vampiros, Nymphs, Formorians —y demasiados más nombres—, eran rivales poderosos, usurpadores potenciales al real e inmortal trono.
El miedo hizo erupción en el cielo.
En un arranque de pánico, los dioses maldijeron a cada horrorosa creación a una vida bajo el mar, a vivir para siempre vinculados a una ciudad conocida como Konoha. El único recordatorio de su presencia era El Libro de Ra Dracas, que detallaba la creación y debilidades de cada raza.
Pasaron los siglos.
Como ocurre siempre, el tiempo envolvió a los dioses en una absolución al olvido, sepultando el recuerdo de sus errores pasados. Solo conocían su creciente necesidad de compañía e intentaron una vez más crear al hombre.
Esta vez tuvieron éxito, y la raza humana nació.
Muy pronto, comenzó la era de la armonía: los dioses se inmiscuían en la vida de los humanos siempre que lo deseaban, y el Hombre adoró a los dioses. Solo existía una tácita regla. Las dos creaciones inmensamente diferentes, humanos y los habitantes de Konoha, nunca debían encontrarse, nunca se relacionarían y nunca se enamorarían.
Alguien debería habérselo dicho a Naruto Namikaze.
