¿Cuántos años habían pasado? ¿Tres? ¿Cinco? La voz de Sam era cada vez más profunda. Pero no sabía si se debía a la vejez o al cansancio. Podía ser cualquiera de las dos.

Cas, por favor. Perdóname. Sé que te recuerdo a Dean. La sola mención de su nombre lo dejó exhausto. Sé que no quieres verme, pero… eres la única familia que me queda. No sé si puedo seguir haciendo esto solo.

No era la primera vez que oía una plegaria de ese tipo. El menor de los Winchester había hecho todo lo posible para que Castiel volviera a casa. Le había implorado, gritado, insultado e incluso llorado en sus plegarias. Pero aquella vez, en su voz, Castiel distinguió algo diferente. Un sentimiento en el que se veía reflejado. La derrota, o la falta de esperanza. Claro que sabía cómo se sentía Sam. Su corazón se había hundido en aquel sentimiento.

Pero en un humano… era peligroso. Demasiado peligroso. Los Winchester no habían sido educados de manera que pudieran considerar el suicidio, ni siquiera como una opción, ni siquiera por un momento. Sin embargo, aquella derrota en el tono de Sam despertó una alerta en el adormecido cerebro de Castiel.

¿Sería capaz? Sam estaba pensando en quitarse la vida, de eso estaba seguro.

La preocupación cogió fuerza en el interior de Castiel; la suficiente como para espabilarle un poco. Recordó todas y cada una de las veces en que Dean había gritado el nombre de su hermano menor con aquella preocupación paternal que lo caracterizaba. Recordó la infinidad de veces que le había oído decir que su verdadero trabajo era proteger a Sam.

En unos segundos recordó todo aquello.

Sus alas se desplegaron sin que él se diera cuenta.

Sam era la única conexión que lo ataba a aquel mundo.

No. Sam era lo único que le quedaba de Dean.

Desapareció del fondo del mar como si nunca hubiera estado allí. Los peces no le echarían de menos. Las corrientes seguirían su curso. Y la arena se asentaría en el lugar que él había dejado. Nada de todo aquello importaba. Por primera vez des de la muerte de Dean, sentía que debía estar allí.

Allí, en algún lugar. Buscó el alma de Sam. No le fue difícil encontrarle. Las inscripciones que tiempo atrás había grabado en las costillas de los hermanos habían sido cambiadas, por él mismo, para que fuera el único ángel de la creación que pudiera encontrarlos.

Batió las alas con más fuerza. Solo tardaría unos segundos.

Aterrizó en la entrada del búnker con tanta fuerza que dejó un círculo limpio de tierra y hojas a su alrededor. Asió la puerta y entró. La preocupación se había transformado en miedo, y le corría por las venas con más intensidad que la adrenalina.

—¿Sam? ¡Sam!

Por pura costumbre, más que por una fe real en su padre, empezó a entonar en su interior: por favor, por favor, por favor, por favor… Rezó sin rezar por que no hubiera pasado nada, por qué hubiera llegado a tiempo, por qué Sam aun estuviera vivo. Pero nadie le contestaba. Abrió las alas y recorrió el búnker como una exhalación. Las habitaciones, la cocina, el arsenal, la mazmorra, la librería. Nada. Hasta que llegó al baño grande del fondo del búnker. Ese en el que Dean solía pasarse horas sin darse cuenta. Estuvo a punto de derribar la puerta en su afán de llegar a tiempo. De salvar a Sam. De salvarse a sí mismo.