Capítulo 1

Se suponía que iba a ser una misión fácil.

Un trabajo de entrar y salir.

Una extracción de un día.

Su jefe lo había alimentado con esa línea de estupideces, y Naruto Namikaze estúpidamente le había creído. Sin embargo, en su primera entrada en esta exuberante tierra verde, besada por el mar, conocida como Konoha, Naruto se dio cuenta que tendría más suerte intentando vender un frigorífico a un maldito esquimal.

A un precio condenadamente elevado.

Konoha.

No era un mito. Maldición. Él había esperado otra cosa.

Frunció el ceño. En una mano, sostenía la señal aguda e intermitente de un diminuto GPS programado con las coordenadas encontradas en un mapa. Un actual y honesto buen mapa de Konoha que su jefe había descubierto en un alijo de un ausente millonario. Ahora mismo, la señal del GPS vinculado al centro magnético de la tierra, le ayudaba a navegar a través de esa selva Konoha. En la otra mano, esgrimía un machete. La afilada hoja plateada cortaba el grueso follaje que bloqueaba su camino.

No, Konoha no era un mito. Este parecía ser el hogar de la mayor parte de las repugnantes criaturas con las que se había topado alguna vez.

Y como un empleado de OBI, la Agencia de Investigaciones del Otro Mundo, se había encontrado de todo.

Haciendo que se preguntara por que se había unido a la agencia.

Sin embargo, conocía la respuesta y no era porque hubiese visto (en secreto) Star Trek a los diez años y supiera hablar Klingon.

—Heghu'meH QaQ jajvam —suspiró él. Hoy es un buen día para morir.

Cuando él había descubierto (para su horror) que realmente había otros mundos colonizados en la enorme extensión de la galaxia, había dejado su trabajo como detective con el DP de Dallas y empezó a buscar una operación tipo Los Hombres de Negro. Cuando OBI finalmente contactó con él, firmó inmediatamente. Él creía fielmente en la necesidad de aprender sobre los pobladores de otros mundos y proteger su propio planeta de ellos.

¿Cómo podía haber sabido que las más aterradoras criaturas residían aquí, en su propio planeta? ¿Simplemente enterrados bajo el océano, protegido por algún tipo de cúpula de cristal?

Cuando esquivó una flácida rama, apretó los dientes.

— Konoha —murmuró él—. Alias, Infierno.

Después de entrar en un remolino y gelatinoso portal que OBI había descubierto bajo el agua en Florida, se había encontrado a si mismo dentro de un enorme palacio de cristal custodiado por enormes hombres con espadas.

La suerte había estado de su lado cuando se coló furtivamente ante ellos, pasando desapercibido y entró en la puerta.

Eso fue cuando el beso de la voluble Dama Suerte le dijo adiós.

Durante las pasadas dos noches, un vampiro chupasangre, un dragón con aliento de fuego y un hambriento demonio alado, alias El Comité de Bienvenida, lo habían estado persiguiendo, cada uno afilando mentalmente sus tenedores y cuchillos.

Los recuerdos le hacían sentirse interiormente caliente y confuso.

Ahora él conocía la rutina. En menos de una hora, la noche caería y esas… cosas emergerían otra vez. Le darían caza. Intentarían comerle a jodienda. Y no de una manera buena.

Su sangre corría fría ante el pensamiento, y ni siquiera el húmedo aire caliente podía calentarle. Durante cuarenta y ocho horas había estado pegado en ese laberinto aparentemente interminable, y durante catorce horas, él había seguido el mismo patrón: las criaturas rastreaban, Naruto las evadía.

La primera noche, él había intentado dispararles con su Beretta. Había conseguido darle al dragón entre los ojos, pero sus otros perseguidores habían esquivado las balas, rápidamente y sin esfuerzo.

La segunda noche, cuando habían aparecido las dos criaturas restantes, Naruto utilizó sus habilidades de combate y le cortó la garganta al vampiro. Un placer, tenía que admitirlo, pero no había salido indemne. Cinco profundos rasguños y la herida de una mordedura adornaban su cuello y muslo, palpitando constantemente. Sin supurar, pero tampoco curándose completamente.

Cómo había escapado del demonio después de eso, no lo sabía. Herido y débil como había estado, habría sido fácil dominarlo. Diablos, su sangrante cuerpo debería haber sido un delicioso bufet de comida. Muchas veces se había preguntado si el demonio lo había dejado ir a propósito, disfrutando un poco de más de la emoción de la caza.

Bueno, el demonio no era el único que iba a disfrutar esta noche. Una sonrisa de anticipación estiró los labios de Naruto. Más despierto ahora, no sería cogido con la guardia baja. Además, ya había trazado un plan, denominado afectuosamente, Operación Matar al Bastardo.

Si el OMB se desplegaba con éxito, el demonio pronto se uniría a su amigo chupasangres en el infierno. Si no, bueno, Naruto debería recurrir al Plan B: Operación Oh Mierda.

Correría como un loco y se ocultaría hasta que la luz brillara una vez más en la aparentemente viva cúpula de arriba.

Su mirada se elevó a dicha cúpula. Allí no había cielo, solo miles y miles de brillantes perlas de cristal. Las olas bañaban constantemente el lado exterior, y peces de multitud de tamaños y colores nadaban en todas las direcciones. Le gustaban más las desnudas sirenas.

Una ramita le dio en la mejilla, captando su atención, cortándole la piel y añadiendo un artículo más a su creciente lista de mierda. Él había perdido todo rastro de su buen humor. Al menos los insectos habían dejado de rodearle. Un verdadero resquicio de esperanza, pensó amargamente.

Nunca debería haber cogido este trabajo.

Dio la vuelta justo cuando su reloj de pulsera empezó a vibrar. Se detuvo repentinamente.

—Justo lo que necesito —murmuró él. Si no era una cosa, era la otra, y ahora era hora de contactar con el campo base.

Dejó caer su mochila, hurgando en el interior, retirando un pequeño transmisor negro y encendiéndolo. Si dejaba de contactar al menos una vez al día, entraría la caballería y terminaría su trabajo. Nunca había fallado en una misión, y no fallaría en esta.

—Santa a Madre —dijo, encogiéndose cuando pronunció su alias. Su unidad había pensado que era gracioso como el infierno, diciendo que caería sobre otros mundos y dejaría pequeños regalos (como bombas y cadáveres) así que el nombre le pegaba—. ¿Me recibes?

Unos pocos segundos de estática antes de oír:

—Adelante, Santa —él reconoció la voz de su jefe, Kakashi Hatake.

—Todavía no tengo el paquete, pero todo marcha bien.

—Recibido.

—Cierro —él acabó la transmisión y metió el receptor en la mochila, entonces se puso de nuevo en movimiento.

Todo marcha bien, mi trasero.

Para él sobrevivir a la Operación MAB, tenía que encontrar un pequeño claro con amplias espacios para correr, escabullirse y ponerse a cubierto. Hasta ahora, no hubo suerte. Y se le estaba agotando el tiempo, su hora se alejaba despiadadamente haciendo tic tac.

Cuando una pared de árboles bloqueó su camino, él se movió a la derecha, pero el GPS empezó a emitir señales erráticas, elevados pitidos, una señal de que había dado un giro equivocado. Gruñendo por lo bajo, Naruto dio la vuelta y desanduvo el camino hasta que el diminuto aparato se calmó. El sudor le goteaba de la frente y caía sobre su traje militar.

Le debían unas vacaciones, maldición, una oportunidad de ver a los hermanos y hermana que no había visitado en dos años. Los llamaba regularmente, por supuesto, pero no era lo mismo que abrazarlos, reírse con ellos. Estar con ellos. Quería jugar con los hijos de Katie, quería asegurarse que su marido Jorlan la estaba tratando igual que el tesoro que era.

Trabajando para OBI —lo cual se traducía en saltar constantemente de planeta en planeta a travesando agujeros de gusano— no le había permitido visitar con frecuencia su hogar. Diablos, trabajar para OBI no le permitía viajar a ningún lado excepto a planetas alienígenas. Y ahora a ciudades submarinas. Seguro como el infierno que no le permitía tener citas y pasar el rato. A menos que quisiera pasar una sola noche con una mujer alienígena con tres ojos y fangosa piel azul.

No era su caso.

Nunca le habían gustado las estancias de una sola noche, prefería múltiples noches con múltiples orgasmos.

¿Tres ojos? ¿Piel fangosa? Uh, ni hablar.

¿Había mencionado que le gustaba tomarse su tiempo con una mujer, recreándose en cada matiz de su cuerpo, saboreando su esencia, su sabor? ¿Qué le gustaba oír sus gritos sobre sus increíbles talentos sexuales?

Sonrió abiertamente pensando en sus "increíbles talentos sexuales".

Una rama le azotó la mejilla, y perdió su sonrisa. Es culpa tuya, hombre. Nunca deberías haber dejado que tu mente vagara por ese camino. Cierto. No era momento de pensar en sexo y mujeres. O tener sexo con mujeres. Él culpó al calor por su voluntariosa mente. Eso, y el hecho de que no se había acostado en mucho, mucho tiempo. Demasiado tiempo.

Muchísimo tiempo.

Porque había perdido su enfoque en lo que era importante —su supervivencia— a favor de la imagen de una mujer desnuda. Una mujer desnuda con largas piernas aterciopeladas y suaves que se enredaban alrededor de su cintura y…

Otra rama lo azotó, esta vez en el ojo.

—¡Mierda! —No parecía que él sufriera de ADD. Estás aquí por una razón, Namikaze. No pienses en nada, excepto eso.

Un momento de distracción podía ser la causa de que fallara una misión. Él lo sabía, y le sorprendía cuan fácilmente su mente seguía dando vueltas. Quizás el ser cazado por un demonio caníbal no era lo suficiente excitante para él. Si ese era el caso, necesitaba un completo examen psicológico lo antes posible.

—La misión. Piensa en la misión. —Como lo habían hecho miles de veces antes, las palabras de su jefe vagaron por su mente.

Encontramos un libro, Naruto. El libro, a decir verdad, titulado Ra Dracas. Este habla de dragones y vampiros y otros sin sentidos, pero el verdadero mensaje está oculto entre el texto, escrito en código.

—El texto sobre dragones y vampiros es un sinsentido —se burló él. La visión retrospectiva apestaba.

Una vez desciframos ese código, había añadido su jefe, descubrimos algo sobre la Joya Hinata de Byakugan, una joya tan poderosa que puede usarse para predecir el futuro. Una joya tan poderosa que puede mostrar quien está mintiendo y quien está diciendo la verdad. Quien quiera que la sostenga tendrá la habilidad de destruir a cualquier enemigo. Conquistar cualquier ejército.

Una pequeña maravilla que quería obtener desesperadamente.

Naruto iba a encontrar y robar esa preciosa joya, entonces la llevaría a casa. De todas maneras si su misión se veía comprometida, él la destruiría de modo que nadie pusiera sus codiciosas manos sobre ello.

Era así de simple.

¿Simple? Tan simple como una rutinaria cirugía cerebral. Naruto hizo una breve pausa y sorbió de su menguante cantimplora de agua vitaminada. El frío líquido se deslizó por su seca garganta, ofreciéndole un muy necesario estallido de energía antes de que volviera a ponerse en movimiento.

Durante una eternidad se obligó a avanzar, sin ir más lentamente, siempre consciente de lo que le esperaba si no encontraba un punto para realizar la Operación MAB. Su mirada voló al reloj de pulsera, la luz roja digital apenas era visible bajo la suciedad y mugre que lo cubría. Veinte minutos hasta la hora del show, así que tenía que encontrar un claro de tierra que sirviera ahora mismo. Él frunció el ceño y…

Cuidado, arenas movedizas.

Sus ojos exploraron los alrededores mientras buscaba esa voz, una mujer. Él no se puso a cubierto, ni dejó de caminar, prefiriendo estar, en cambio, en movimiento.

No quería asustarla con movimientos sorpresa.

Agarró más fuerte el machete. Las probabilidades eran cincuenta a cincuenta a que la mujer tuviera un arma, e incluso más altas en cuanto a que la usaría.

¿Me estás escuchando? ¡He dicho que tengas cuidado con las arenas movedizas!

La voz ronca, femenina, con fuerte acento, se cernió nuevamente en su mente, tan ricamente sensual y exigente que se le puso instantáneamente, no deseada, y sorprendentemente dura, antes de que él empezase a hundirse en un enorme charco de arenas movedizas.

—¿Qué demonios? —Por instinto intentó alzar las piernas, solo para causar que se hundiera más y más rápido. Se quedó inmóvil y echó un vistazo hacia el suelo, observando cómo se hundía lentamente, cubriendo sus pies… sus tobillos.

Ya la has hecho. La exasperación colgaba en los bordes de sus palabras. Quizás incluso hubiera añadido, Pedazo Burro, pero no estaba seguro. Intenté advertirte.

—¿Dónde estás? —preguntó utilizando su más educado y suave tono mientras echaba un vistazo a los exuberantes arbustos verdes que lo rodeaban. Aquí las hojas eran más gruesas de las que había encontrado nunca, apenas meciéndose con el suave viento.

No quería espantar a la mujer. Había intentado salvarle de las arenas movedizas, así que obviamente ella no quería hacerle daño. Dios sabía que ahora mismo necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir.

No había rastro de persona o ropa espiando desde los arbustos, ningún crujido o chasquido que indicara movimiento.

—Puedes salir —dijo él—. No te haré daño. Tienes mi palabra.

Piensa un momento, Naruto. No me oyes con tus oídos, si no con tu mente.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó él con brusquedad. Entonces parpadeó, sacudió la cabeza y parpadeó nuevamente. La voz permanecía, haciendo eco desde cada corredor de su cerebro. Ella tenía razón. Sus palabras estaban actualmente en el interior de su mente.

¿Cómo era eso posible?

¿Cómo diablos es eso posible?

—Soy esquizofrénico. —Esa declaración salió de su boca, demasiado atónito y surrealista para mantenerlo dentro—. Finalmente he saltado la línea de la cordura con pesas de mil libras atadas a mis tobillos. —Él había visto alguna mierda extraña en su vida, y esta finalmente lo había alcanzado.

Debería haber sabido que eso vendría bajo la forma de un desdoblamiento de personalidad. Una atractiva, como el infierno, personalidad femenina. Su rica y melosa voz… nunca había oído nada tan erótico.

Abajo, hundiéndose mientras la arena cubría sus muslos con esa engorrosa humedad. Con el olor de las aguas estancadas y podridas él arrugó la nariz. No quería adivinar lo que se pudría.

Loco o no, no había sobrevivido esos dos días y noches de tortura para morir ahogado por la arena. No importaba lo que tuviera que hacer, tenía que salvar su vida —o más bien, vidas— de este lío.

Dios, esto apesta.

Poco dispuesto a perder un solo suministro más, sacó su GPS y el machete a tierra seca. Cuidando de no empujar con demasiada fuerza o demasiado rápido, se quitó la mochila y la tiró al borde de la espada, rogando a Dios que hubiese traído un gancho a propulsión. ¿Pero por que habría necesitado tal cosa para un trabajo rápido y fácil?

— Kakashi Hatake, saco mentiroso de mierda. —Él frunció el ceño… ¿La tercera vez en cuantas horas? La expresión representaba bien su visión de Konoha.

Mientras tanto, continuaba hundiéndose, lentamente, lentamente, la húmeda arena abriéndose camino más arriba de sus rodillas, llegando a sus muslos. Los gruesos granos líquidos eran fríos, y su temperatura corporal cayó varios grados. Su presión sanguínea era la única cosa que aumentaba.

Ante las burbujas y el gorjeo de la mojada succión, escaneó otra vez sus alrededores, esta vez buscando una cuerda de salvamento. No había ninguna rama o vid cerca. Solo una enorme roca blanca, pero estaba demasiado lejos para alcanzarla con sus manos.

Sácate la camiseta dijo la sensual, te—quiero—desnudo—y—en—mi—cama, voz.

Él resopló burlonamente. Se estaba hundiendo hacia la muerte y su nueva personalidad femenina quería que se desnudara. ¿Por qué no le sorprendía?

—¿Quieres que también me quite los pantalones? —dijo irónicamente.

Al menos él había elegido una caliente bollito ninfómana para ser su compañera mental y no un anciano con voz nasal.

¡Idiota!Resolló ella, el rubor goteando de su voz. Sácate la camiseta, agarra los extremos en tus manos, y lanza el material hacia la roca.

Sus ojos se ensancharon cuando estudió la distancia de la roca otra vez. Eso puede que realmente funcionara. Por primera vez en días, él se rió con genuina diversión. Quizás fuese esquizofrénico y oscilara al borde de la locura total, pero también era un asombroso genio.

La mujer —era difícil seguir pensando en tal distintivo, pareciendo más una voz real que una simple extensión de sí mismo— suspiró. ¿Por qué tenían que escogerte los dioses?

Su desánimo causó que sonriera ampliamente.

—Podría hacerme a mí mismo la misma pregunta, bebé.

Alcanzando por detrás él cuello de su camiseta, tiró de ella sacándola por la cabeza. Con un extremo del material de camuflaje en su mano izquierda y el otro en la derecha, se inclinó hacia delante y lanzó la camiseta a la roca. Falló.

Lo intentó otra vez y falló.

De acuerdo, realmente necesitaba incrementar las horas que pasaba en las prácticas de tiro.

La arena ahora le llegaba a la cintura. Continuó inclinándose y lanzando hasta que finalmente la camiseta se enganchó con solidez. Dio un fuerte tirón y dejó de hundirse.

Ahora a tirar.

—Sé que hacer. —Él tiró, usando toda su fuerza. Sus brazos ardían por el esfuerzo. La arena le agarraba con dedos fuertes, codiciosos, manteniéndolo en el lugar.

Haciendo una mueca, continuó levantando sus doscientas libras de músculo. Sus hombros se sobrecargaban, estirando los tendones y huesos. La arena continuaba apretando su abrazo, quemándole la herida en la pierna. Las marcas de dientes en su cuello palpitaban ante el esfuerzo, quizás incluso abriendo la hendidura ya que sintió un chorrito de algo caliente y húmedo sobre su piel.

Solo un poco más… casi… está. El sonido de la fibra de algodón al romperse llenó sus oídos. Con un tirón final, su cuerpo aterrizó en la seca y sólida arena. Él jadeó respirando aliviado.

No, corre. Rápido. Los demonios ya han empezado a moverse.

Ignorándola, Naruto rodó sobre su espalda antes de dejarse caer aliviado. Cuando echó un vistazo a su reloj de pulsera, una suave brisa salada vagó por delante de él, recordándole las vacaciones en la playa que tanto ansiaba. Esta área sería tan buena como cualquier otra, supuso él. Se había quedado sin tiempo.

—Dejemos que la Operación MAB de comienzo. —Él se puso la camiseta, sacó la mochila y rebuscó en su interior.

¿Qué estás haciendo? Vuelve, estúpido.

—Necesitas un nombre —dijo él, ignorando su exigencia y continuó buscando en el interior de la mochila.

¿No tenían un nombre todos los desdoblamientos de personalidad? Si iba a volverse loco, bien podía abrazarlo por completo. Al menos, por ahora. Una vez volviese a casa y le hablase al capitán de su nueva amiga, sería agujereado con tantas agujas que lo haría parecer un extraño masaje sensual.

Quizás la llamara Conejita. O Bambi.

Por favor, lloriqueó ella. Tienes que ocultarte. Si no te herirán de nuevo y…

—No voy a huir. Voy a matarles.

Ella hizo una pausa, absorbiendo sus palabras.

Escucha, Naruto. No estás loco. No soy un producto de tu imaginación o una personalidad dentro de tu mente. Soy muy real, y puedo ayudarte. Conozco Konoha y las criaturas de aquí. Escúchame y quizás vivas un día más.

Ahora fue su turno hacer una pausa. Su exclamación tenía una extraña clase de sentido. A través de los años, él había visto y experimentado toda clase de cosas extrañas.

—¿Puedes probarlo? —casi pronunció él, pero se contuvo.

Aunque él no había hablado realmente, ella lo había oído y soltó un frustrado suspiro.

Eres tan humano. Prueba esto, prueba lo otro. ¡Uf! Estoy hablando contigo,¿no?

Varias razas alienígenas se comunicaban psíquicamente, así que ya sabía que eso podía hacerse. Solo que no había sabido que podrían hacerlo con él. El hecho era, que estaba aliviado de que su cerebro no hubiese experimentado un fundido total.

—¿Dónde estás?

Parece que en el Hades.

Él sonrió.

—¿Sí? Yo también. ¿Quieres decirme como sabes mi nombre? —Él reanudó su búsqueda en el interior de la mochila—. ¿Y cómo es que estás dentro de mi mente? —Eso le molestaba, mucho, pero tenía tantas otras cosas por las que preocuparse ahora mismo.

¿Realmente deseas discutir eso ahora? El tiempo es tu enemigo.

De nuevo, ella tenía razón. Él realmente no tenía mucho, quizás cinco o diez minutos y necesitaba cada segundo.

—Dejaré pasar esas preguntas, pero hay algo que tengo que saber. ¿Por qué me estás ayudando?

Una pausa. Sería una lástima estropear tu bonita cara.

Buena respuesta. ¿Acaso podía discutírselo?

—¿Sabes cómo acabar con un demonio? —Los mitos reclamaban el ajo, una estaca a través del corazón o agua bendita. Espera. Eso mataba a los vampiros. ¿Qué infiernos mataba a los demonios? El Libro de Ra Dracas quizás hubiese explicado las instrucciones paso a paso, pero él no había prestado atención, viendo la escritura simplemente con un camuflaje para el código oculto acerca de la joya. Estúpido.

No hay razón para pelear. Puedo llevarte a la seguridad.

—¿Veneno? ¿Dinamita? —Mientras hablaba, levantaba los artículos en cuestión.

El pesado silencio cubrió su mente.

—No voy a ir a ningún lado, cariño, así que bien podrías decírmelo.

Ante su decisión, ella finalmente dijo, aguantando temblorosamente el aliento:

Tienes que… bueno, ya sabes.

—Sí, me temo que sí —él evitó las granadas; quizás las necesitara después, y retiró cuatro cartuchos de dinamita, así como sus gafas de visión nocturna.

Esa dinamita, no te ayudará. Los demonios se fortalecen con el fuego.

—Espero que la fuerza de la explosión lo retrase lo bastante así que pueda acercarme lo bastante a él… ya sabes. —Él deslizó un clip en su arma y deslizó la munición en la recámara. Esta era su última ronda de munición, así que tendría que hacer más.

Ten cuidado. Por favor, ten cuidado.

Tantas emociones subrayaron sus palabras. Miedo, arrepentimiento, esperanza. Preocupación. Emociones que él no entendía y no tenía tiempo para sopesar.

Prométemelo.

—Te doy mi palabra —respondió él, y entonces la ahogó completamente, impidiéndole que lo distrajera de su propósito. Si quería ganar, tenía que entrar en su zona… y quedarse allí.

Sintiendo sus necesidades, ella dijo.

No volveré a hablar hasta que esto se haya acabado.

Formando un enorme círculo con la dinamita, Naruto plantó un cartucho a cada lado de los altísimos troncos. La brisa aumentó, haciendo cabriolas con renovada vida.

La oscuridad se acercaba constantemente, enhebrando sus nudosos dedos a través de los árboles. Con la adrenalina rugiendo en sus venas, se puso las gafas de visión nocturna, el mundo atenuándose en rojos y grises.

Dinamita en su sitio. Listo.

Pistola en mano. Listo.

Balas en la recámara. Listo.

Cuchillo. Él levantó el machete y lo enganchó al cinturón de sus pantalones. Listo.

Todo lo que quedaba cubría su cuerpo con una sábana de hojas, camuflándolo de la vista del demonio. Pero cuando él se dobló para unir la primera hoja, sintió un silbido al lado de la oreja, seguido de un viento perfumado de azufre y una insultante risa.

Demasiado tarde.

El demonio había llegado.

Maldiciendo mentalmente, Naruto se puso en cuclillas y aferró con más fuerza el arma. Mientras estaba allí, el sudor goteaba de su frente y sobre sus gafas, escudando momentáneamente su línea de visión. Su cabeza se movió lentamente, sus ojos escaneando de lado a lado, buscando un borroso espectro delator de calor.

¿Dónde diablos estaba? Vamos, muéstrate.

Al no encontrar ninguna señal de la criatura en el suelo, alzó la mirada hacia arriba y vio una figura que se precipitaba hacia él, bajando, bajando. Él no entró en pánico cuando esto se acercó más. Más cerca todavía. No, él estaba impaciente, de anticipación.

Casi ahí… Naruto rodó fuera de su trayectoria un segundo antes de que hiciera contacto. El demonio chocó con el suelo, y un diabólico siseo se deslizó a través de la noche. Desafortunadamente la criatura se levantó y se escondió en los árboles antes de que pudiera dispararle.

—Quieres jugar al escondite —gritó él—, jugaremos al escondite. Ven y cógeme, tú sucio bastardo. —Con el arma apuntando hacia delante, Naruto saltó poniéndose en pie y corrió.

Corrió hacia el primer racimo de dinamita, rogando que el demonio le siguiera. Cuando oyó el crujido de una capa y sintió el calor de la respiración en la parte de atrás del cuello, sonrió con satisfacción.

Oh, sí. La pequeña basura le había seguido.

Cuando Naruto pasó los árboles, él dio la vuelta y apuntó su arma.

¡Boom!

La bala impactó en la dinamita. Al instante, el fuego apareció y explotó el árbol. La ráfaga lanzó a Naruto por los aires impactando después contra el suelo, arrancándole el aire de los pulmones. Eso mismo hizo con el demonio y entre sus aullidos de dolor y furia, llovían trozos de árbol y hojas.

Le había dado, Naruto lo sabía, luchando por respirar, ¿pero lo había hecho ir más despacio?

Un hedor acre y el humo negro ondeaban a su alrededor cuando se puso en pie.

Naruto echó a correr, acortando la distancia entre él y el segundo racimo de dinamita.

Enfurecido, el demonio lo siguió una vez más; ya no más bromas ni diversión, le estaba pisando los talones. La saliva goteaba, de los demasiados blancos y agudos dientes, sobre el cuello de Naruto.

Naruto dio un giro y disparó.

¡Boom!

Una ráfaga de puro calor barrió sobre él, lanzándolo otra vez por los aires, pero esta vez lo esperaba y golpeó el suelo rodando.

El demonio se estrelló contra el tronco de otro árbol, chillando de rabia y renovado dolor, gruñendo maldiciones en una lengua que Naruto no entendía.

Naruto saltó poniéndose en pie y empezó a correr.

¡Ahora! Gritó la mujer en su mente. ¡Dispara ahora!

No había pasado todavía el tercer cartucho, de hecho estaba frente a él. Si disparaba ahora, quizás se friera a sí mismo. De todos modos, él apuntó y disparó, tirándose al suelo.

¡Boom!

El impacto lo lanzó hacia atrás, y se cubrió la cabeza con las manos. Oleadas de calor rodaron sobre él, más calientes que antes, quemándole la ropa y la piel. Un fuerte estruendo y después un jadeo en busca de aire resonó en sus oídos.

Despegándose del suelo, Naruto preparó el cuchillo. Corrió hacia el demonio. El sucio bastardo había derribado otro árbol y ahora luchaba por ponerse en pie. Sus ojos brillaban con un espeluznante y extraño rojo. Los cuernos sobresalían de todas las partes de su cuerpo escamoso. Sin pararse a pensar, Naruto levantó la hoja y la hundió.

La sangre salpicó todo.

El silencio lo saludó. El olor a azufre podrido llenó el aire.

Permaneciendo en el lugar, Naruto echó un vistazo a través del claro. El humo era más espeso ahora, más pesado y ondeaba alrededor de los árboles que quedaban igual que enfadadas nubes. Lo trozos de corteza y follaje continuaban lloviendo desde el cielo. Sus gafas se habían caído en algún momento durante la lucha, y le lloraban los ojos. Le picaban las fosas nasales, pero sobre todo le dolían las articulaciones.

Se sacó el pañuelo de la cabeza y lo aplicó contra la nariz, bloqueando el maloliente y sofocante aire.

¿Ganaste? Dijo la mujer, el temor y la alegría subyacían en su voz. Realmente ganaste.

—Nunca dude de ello —mintió él. Sin mostrar ninguna emoción, estiró cuidadosamente cada vértebra de su columna, calculando las heridas y contusiones.

Se estaba volviendo demasiado viejo para esta mierda.

Después de volver a ponerse el pañuelo de camuflaje en la cabeza, pateó los escombros hasta encontrar el sistema de GPS, sus gafas y su mochila. Cada uno de ellos estaba quemado en los bordes, pero esencialmente intactos. Le puso el seguro al arma que llevaba y la colocó en la pistolera a su costado antes de colgarse la mochila sobre el hombro. Hecho eso, limpió el machete y lo envainó también a un costado.

—Ahora —dijo él, sabiendo que su inyección de adrenalina cesaría pronto. Mejor acabar con sus asuntos con la mujer antes de que se estrellara. Se inclinó contra un delgado y aún entero tronco de árbol y se frotó la herida del cuello—. Tú y yo vamos a charlar un poco, ¿vale? Quiero saber quién eres y dónde estás. Quiero saber la verdadera razón por la que me ayudas. Tanto como odio admitirlo, tiene que haber algo más en esto que el hecho de que te guste mi aspecto.

Ella suspiró, un sonido pesado y largo. Este no es el momento.

—Claro que lo es. —La paciencia era para los ancianos y los clérigos. Naruto no era un anciano, y condenadamente seguro que no era un clérigo.

Te diré todo lo que quieras saber. Después.

—Eso es lo que dices ahora. Y por cierto, no estoy seguro de que me guste este rol inverso que estamos teniendo. Las mujeres adoran hablar y compartir cada detalle de sus vidas. Los hombres no. ¿Pero míranos? Yo quiero hablar y tú quieres cerrarme la boca.

—¿Y bien? —Apuntó él cuando ella se quedó en silencio. Él cambió el peso de un pie al otro, sin gustarle lo rápido que había perdido ella su alegre timbre.

Sólo era el comienzo.