El vapor que se había ido apropiando del ambiente del baño fue disipándose rápidamente en cuanto Castiel abrió la puerta.

Y lo que encontró lo paró todo. Paró su corazón, su respiración y su cuerpo. Paró el tiempo, el que pasaba a su alrededor y el que pasaba sin que se dieran cuenta. Paró la tierra, el planeta y el sol. Lo paró absolutamente todo, durante un segundo.

Sam estaba en la bañera, totalmente vestido y empapado hasta el cuello. En la mano derecha sostenía un cuchillo de caza. El brazo izquierdo le sangraba copiosamente, pero no parecía darse cuenta. Estaba intentando levantarse y alejarse a la vez, fallando estrepitosamente por culpa del agua y la sangre. Patinaba hasta hundirse hasta la cadera y volvía a aquel extraño baile de contorsionista.

El vapor se hundió en el suelo y reptó hasta escapar completamente por la puerta.

—¿Sam?

Dios. Por favor, no. Aquella voz no. Padre, por favor. No sobreviviría a una ilusión, a una mentira.

—Tranquilo…

Castiel movió la cabeza con tanta lentitud que podrían haber pasado eones en aquel sencillo gesto. En el otro extremo del baño, Dean tenía los brazos levantados en gesto conciliador y miraba a Sam intensamente.

Castiel seguía parado. Ninguno de los dos Winchester se había dado cuenta de su entrada, fuera por el vapor o por la situación en la que se encontraban. Y él no se sentía capaz de pronunciar sonido alguno. Sus ojos recorrían el perfil del supuesto Dean buscando una explicación. Su pelo, su rostro, aquellos ojos esmeralda, la nariz recta, los labios perfectos, los hombros anchos, los brazos fuertes, las manos encallecidas. Fijó la mirada más allá de la ropa y de la carne, buscando su alma. Necesitaba saber que era él, necesitaba verle de verdad. Pero había algo que no le dejaba… no exactamente…

—Sam, por favor. Baja el cuchillo.

Dios, su voz.

—¡Aléjate de mí! ¡Estoy harto de estas alucinaciones! ¡Fuera! —Gritó Sam, blandiendo el cuchillo.

—Sammy… —Había cierta reprimenda en la manera en la que llamó a su hermano.

—¡No me llames así! ¡Solo Dean puede llamarme así!

—Escúchame… no puedes hacer esto. Sabes que no puedes. Debes vivir… deja el cuchillo y hablémoslo.

—¡Fuera! Estoy harto de esta soledad. ¡Estoy harto de sentirme tan vacío!

—Sammy, si te suicidas no te dejarán entrar en el cielo. Lo sabes. ¿Quieres volver al infierno? Sammy…

—¡Me da igual! Sufrir aquí o allí, qué diferencia hay… incluso en el cielo seguiría sufriendo. ¿Qué sentido tiene?

—Sam, por favor, baja el cuchillo.

Lágrimas de pena caían en la bañera, gotas de sangre manchaban el agua. El hombre consiguió estabilizarse al fin, sin volver a patinar. Movió el cuchillo en su mano y apoyó la afilada punta en el centro de su torso. Una amenaza sin palabras. Castiel vio cómo el supuesto Dean daba un paso adelante a la vez que levantaba más las manos.

Fue entonces, fue cuando dio aquel paso que notó que había alguien en el marco de la puerta. Sus ojos se encontraron. Verde y azul. Tristeza y confusión. Y amor, mucho amor. ¿Era realmente Dean?

Éste lo miró intensamente.

—Ayúdame… —Dijo tan quedamente que Castiel tuvo que leerle los labios.

Acto seguido, Dean volvió a centrar toda su atención en su hermano. Al romperse el contacto visual, tuvo la sensación de que el gélido aire del invierno, que jamás le había molestado antes, lo barría por completo. Pero Dean le había pedido ayuda. Lo había mirado y le había pedido ayuda. Y en qué mundo, en qué universo, en qué historia, Castiel no respondería de inmediato.

Se enfrentó a Sam y levantó las manos al igual que lo hacía el hombre al que amaba.

—Sam. —El aludido al fin se dio cuenta de que estaba allí, y pudo ver un pequeño destello de esperanza. Dolorosa esperanza.

—Catsiel… Castiel, cúrame. No puedo más. No quiero tener más alucinaciones. Dile que se vaya… no puedo soportarlo más… cúrame.

Sin darse cuenta, Sam había relajado la mano en la que sostenía el cuchillo. La esperanza era, sin duda alguna, lo más peligroso que existía.

—Castiel… mátame. Envíame al cielo. Quiero ver a mi familia. No quiero estar solo…

Aquello le estaba rompiendo el corazón. Todo era culpa suya. Debería de haber estado allí.

—Sam, suelta el cuchillo. Yo te ayudaré.

En un abrir y cerrar de ojos, aprovechando el momento en el que Sam había apartado la vista de él, Dean se materializó a su lado y le quitó el cuchillo. Antes de que Sam pudiera reaccionar, le apoyó dos dedos en la frente y el gigante se desmayó en sus brazos.

Castiel estaba tan sorprendido que no dijo nada hasta que Dean no se paró ante él, con su hermano en brazos como si no pesara nada.

—Es imposible…

Dean le sonrió, alegre y jovial, de aquella manera con la que sonreía cuando se hacía gracia a sí mismo.