Dean se acercó a su hermano y le colocó dos dedos en la frente. El gigantesco hombre se despertó lentamente. Abrió los ojos con confusión, intentando descifrar dónde se encontraba y qué había pasado. Estaba claro que el mayor de los Winchester había aprovechado el toque para sanarle. Sam ya no tenía la piel pálida, ni ojeras bajo los ojos, sus músculos parecían haber recobrado su fuerza y el corte del brazo había desaparecido.

—Sammy, esta vez vas a tener que escucharme.

Sam reaccionó a su voz con una profunda expresión de dolor. Y entonces miró a Castiel. Sin decir una palabra, le miró pidiendo explicaciones y compasión.

—Creo que es realmente él, Sam. —Le contestó Castiel.

—¡Claro que soy yo!

Un amago de sonrisa se dibujaba en los perfectos labios del cazador resucitado.

—Pero… estás muerto…

—¿Y desde cuándo la muerte es algo definitivo en nuestra familia?

Sam le miró confundido.

—Esta vez… esta vez, parecía real. Parecía para siempre.

Dean mantuvo el silencio durante un momento. Castiel sabía que ver a su hermano pequeño de aquella manera debía de estar destrozándole las entrañas.

—En realidad, lo era. Lo fue. O tenía que serlo. —Otra pausa.— Si no hubiera sido por vosotros dos, idiotas redomados.

—¿Qué…?

La confusión de Sam solo iba en aumento, pero al menos había vuelto a levantar la vista. Había vuelto a estar entre ellos.

—Oh, ¡venga ya! ¿Os habéis visto? —La calmada voz de Dean había sido sustituida por otra que conocían muy bien, su voz de enfado parental— Llamaros idiotas se queda corto. ¡Los dos! ¿En qué estabais pensando?

—Pero… —Empezó a contestar Sam.

—¡Shh! Aun no he acabado. —El pequeño gran Winchester bajó la vista arrepentido, como un niño al que están regañando.— Cuando seguiste cazando pensé que estaba bien, que era una buena manera de lidiar con el dolor. Bueno, no sé si exactamente sana, pero era nuestra manera. Lo que siempre hemos hecho. —Suspiró un momento antes de continuar.— Pero, ¿últimamente? Sammy… fue como verte desaparecer en vida.

El silencio se hizo entre ellos. Estaba claro que Dean lo necesitaba para volver a encontrar su voz. Castiel estaba a punto de ir a su lado y cogerle de la mano. Pero entonces, Dean se giró y le señaló con el dedo.

—¿Y tu? ¿Qué coño estabas haciendo en el fondo del océano? ¿Buscar a la sirenita?

Sam no pudo evitar soltar un resoplido de risa. Castiel estaba tan sorprendido que solo se movieron sus cejas, subiendo tanto como podían. Intentó decir algo, pero no le salió nada en absoluto. Entendió la referencia, por supuesto, pero las sirenas no vivían en el océano pacífico y, desde luego, no llevaban conchas para taparles los pechos. Así que siguió allí parado como un pasmarote ante la ira del hombre al que amaba y había creído muerto hasta hacía bien poco.

—¡No sé cual de los dos está peor de la cabeza!

Lanzó los brazos al cielo, como pidiendo comprensión de alguien que los tres sabían que no respondería. Pura costumbre, dedujo Castiel. Sam seguía sonriendo y Dean seguía refunfuñando enfadado.

—Pero… Dean, ¿cómo?

Castiel se abofeteó mentalmente por haber roto aquel momento tan cómodo. Las risas y las quejas cariñosas se acabaron con su pregunta. El ambiente volvía a estar tenso.

—Jack.

—¿Jack? —Preguntaron Sam y Castiel a la vez, las dos voces llenas de un eterno amor paternal por el nombre.

—No ha sido fácil. Pero cuando vimos que no levantabais cabeza, empezamos a trazar un plan. Al principio creímos que podríamos enviar a Jack a vivir con vosotros una temporada, hasta que… bueno, hasta que os encontrarais mejor. Pero los ángeles han encontrado a su nuevo líder y no quieren soltarlo. Al menos no tan temprano, ni por tanto tiempo.

Castiel asentía con la cabeza, aquello tenía sentido para él. Sam estaba boquiabierto. Dean continuó, pasándose de vez en cuando una mano por el pelo, rascándose inconscientemente el hombro donde Castiel había dejado la marca de su mano, o relamiéndose los labios de aquella manera que lo volvía loco.

—Así que se nos ocurrió otra locura. Una de nuestro estilo. Por lo visto nunca antes se había hecho, probablemente no volverá a hacerse. —Dejó un momento de silencio, sonriendo con picardía.— Jack me convirtió en un ángel.

—Eso es imposible. —Contestó Castiel inmediatamente.

No era posible. De hecho, casi inconcebible. Técnicamente inalcanzable… excepto que lo había hecho Jack. Y Jack era extremadamente poderoso.

—Entonces no estaría aquí.

Dean sonrió, cuadró los hombros y dejó que un brillo dorado resplandeciera en sus ojos. Era el mismo dorado que brillaba en Jack. Quizás le había dado parte de su gracia. Castiel frunció el ceño confundido. Si solo era una porción de la gracia de Jack, se acabaría agotando y el alma de Dean volvería al Cielo.

Una gran mano callosa le acarició la mejilla con suavidad y le hizo levantar la mirada.

—Tranquilo Cas. No se me van a acabar las pilas. No sé qué hizo Jack, mucho menos cómo, pero el crío me dio todos vuestros dones. Soy un ángel, igual que tú.

—¿Tienes alas? —Preguntó Sam, interrumpiendo el momento.

—¡Claro! ¿Quieres verlas? —Sonaba como un niño con zapatos nuevos.

—Espera, Dean. Vas a cegar a tu hermano si se las enseñas.

Pareció que se lo pensaba un momento.

—¿Y si hago eso de que se vean como dos sombras? Como hiciste tu la primera vez que nos conocimos.

Castiel asintió, sonriendo ante el lejano recuerdo.

Dicho y hecho, Dean dejó que el brillo dorado se expandiera por su cuerpo hasta hacerle brillar. En las paredes del búnker las siluetas de dos enormes alas se abrieron de par en par, llenando la habitación. A duras penas oyó como Sam soltaba un suspiro de asombro y admiración. Castiel estaba demasiado embelesado. Él sí podía ver las alas de Dean, naciendo de su espalda y abriéndose por completo. Le recordaron a las alas de Jack, que eran enteramente doradas, aunque las de Dean nacían negras como el carbón. Las plumas oscuras dejaban paso a las doradas abruptamente. Sin intrincados patrones, ni complicadas cenefas.

Entonces, Dean le miró. Le miró con aquellos ojos dorados, reclamando su plena atención. Castiel se la dio sin titubeos, sin pensar, sin miedo. Sus propios ojos se encendieron de azul sin que se diera cuenta, respondiendo a él hasta ése nivel. Sus alas también se abrieron, tan negras como la noche. Dean empezó a acercarse a él.

—Jack cree que tengo el dorado porqué él me dio este poder. Y el negro, porqué mi alma sigue y seguirá ligada a la tuya.

Castiel acabó de dar el último paso que los separaba y lo rodeó, con los brazos, con las alas, con todo su ser. Dean respondió de igual forma. Estuvo tentado de decirle que los ángeles no tenían alma, pero qué importaba ya eso.

Al fin volvían a estar juntos. Y lo estarían para siempre.

FIN.

Hasta aquí mi primer FanFiction! Es el final que yo haría. Uno en el que estos dos tontos puedan estar siempre juntos! Espero que os haya gustado, dejadme en reviews todo lo que queráis! No sabéis la ilusión que me hace leerlas :)