Capítulo 6
¿Qué demonios le estaba ocurriendo?
Un pensamiento aterrador atravesó la mente de Naruto a una velocidad vertiginosa. Intentó mirar a su alrededor pero no podía abrir los ojos. No podía abrir sus jodidos ojos.
El conocimiento lo golpeó, y su cuerpo se sacudió, reteniendo el aire en los pulmones. El rápido pensamiento le aguijoneó el pecho, y se dio cuenta de que ni siquiera iba a tener fuerzas para sacar una molécula de aire. Dios mío, iba a morir.
Cada instinto de supervivencia que poseía le gritó que luchara, que tomara medidas. Que hiciera algo. Cualquier cosa. Todo lo que necesitaba era aliento. A medida que los segundos pasaban, la falta de oxígeno lo abrasaba como fuego. Las llamas lo comían, lo consumían. Lo devoraban. Colores relampaguearon en su mente, muchos colores, todos ellos brillantes por su intensidad.
Pero con los colores llegó la calma. No a la aceptación, nunca eso, pero una sensación de saber que su dolor desaparecería completamente si se hundía en el vacio sin fin de la oscuridad que esperaba lo llamaba. Qué atractivo era el vacío, igual que la última cerveza fría en el Sáhara.
Una parte de él anhelaba caer en el pacífico abismo. La otra parte, la parte que negaba ser un fracasado... fracasado… ¿había sido la voz de Hinata lo que había oído?
Luchó para llegar a ella, rechinando los dientes unos contra otros, apretando los músculos y cerrando las manos con fuerza en forma de puños.
¿Dónde estaba?
Siseos y gruñidos de furia se hicieron de repente eco en sus oídos, reclamando su atención; su propia muerte goteaba de cada timbre, los malvados sonidos helaban cada una de sus células. Y con los sonidos, una necesidad de probar sangre, cálida y palpitante sangre, creció dentro de él. Ansiaba beber el dulce néctar carmesí de la garganta de alguien. Sí, lo necesitaba, se moriría si no lo hacía.
¿Qué demonios le estaba pasando? ¿Y a su alrededor? ¿Y en su interior? Sus párpados eran pesados, demasiado pesados para abrir los ojos y mirar. Escuchó el ruido de... ¿espadas? ¿garras? Las entonaciones se volvían más fuertes a medida que él se volvía más débil. Su pecho se contrajo, haciéndolo más consciente de su necesidad de respirar.
— Naruto. —La suave súplica se desplazó por encima del caos que lo embargaba, ahogando la horrible batalla de sonidos—. Naruto.
Hinata.
Reconoció su acento sexy. Ella parecía estar más cerca que antes. Alcanzable. La necesidad de probar sangre lo abandonó por la necesidad de ver a Hinata. Con cada gramo de fuerza que poseía, consiguió finalmente abrir los párpados —no, los párpados no, pero sí su ojo mental—, un acto que era incluso más importante que hacer un disparo.
En un destello de luz blanca, Hinata se materializó.
Paredes oscuras la rodeaban, y se dio cuenta de que ya no estaban en el bosque.
Estaban en alguna especie de tierra de sombras.
—Tu mente —dijo ella—. Estamos en el interior de tu mente.
La vio flotar hacia él, con sus caderas meciéndose seductoramente. Su inmaculada túnica blanca susurraba alrededor de sus tobillos, un claro contraste con el sedoso pelo negro que caía en cascada sobre su espalda. Parecía un ángel.
Sus labios, como pétalos rojos, le dirigieron una dulce sonrisa fácil.
— Naruto —dijo otra vez—. Respira conmigo.
No puedo, quiso decirle. Sus labios se negaron a obedecerlo.
—Respira conmigo —repitió ordenándoselo duramente—. Dentro. Fuera. Abre la boca. Dentro. Fuera.
Nunca nada le había parecido tan imposible. La parálisis afectaba tanto a la mente como al cuerpo, dejándolo completamente helado.
—Quizá haya otra manera, la forma en la que tú me ayudaste en el agua — Hinata cerró el resto de la distancia que quedaba entre ellos, se acuclilló, y le abrió la boca con los dedos.
Ella acomodó sus suaves, suaves labios sobre los de él. Su pelo colgaba como una cortina alrededor de ellos mientras soplaba su propia esencia en la boca de Naruto. La dulzura de su aliento se filtró por su garganta y, poco a poco, sus pulmones aceptaron el oxígeno.
La fragancia de las tormentas de mar y de la magia flotó en el aire hasta su nariz.
La fragancia de Hinata. Tan cautivadora. Tan necesaria.
—Dentro, fuera, dentro —dijo cuando él empezó a respirar por sí mismo—. Lo estás haciendo maravillosamente bien.
Con la cara de ella cerniéndose sobre la suya, sus labios hormigueaban por el roce de los de ella, no podía colaborar pero recordaba cómo se había encendido cuando ella había hablado sobre tener relaciones sexuales en una cama de agua, la forma en la que él quería ser ese hombre malo que le hiciera todas esas cosas, tocarla entre los muslos, hundir sus dedos en su caliente y húmeda vaina. Llevarla al clímax mientras ella gritaba su nombre.
Dos nubes negras como ciruelas sobrevolaron silbando por encima de su hombro y se estrellaron contra un lejano muro de su mente. En el momento en que golpearon, el cuerpo de Naruto se sacudió, y sus músculos parecieron tener espasmos. El poquito aire que había logrado retener se evaporó, y una vez más, la maliciosa oscuridad deslizó los dedos a su alrededor. La imagen de Hinata se perdió.
—¿Qué está ocurriendo? —graznó él.
—No te preocupes por eso ahora —lo apaciguó con una gentil mano sobre su frente—. Concéntrate en mí.
Sí, pensó Naruto. Hinata. Pensar solo en Hinata. Su mirada encontró la de ella, azul fantasma contra plata, y se sintió abrumado por la necesidad de hacer cualquier cosa que ella quisiera. Ella era su salvavidas.
En un remolino de color obsidiana de azufre y fétido olor a sangre, las nubes giraron y se solidificaron hasta formar dos criaturas separadas, dando círculos uno alrededor del otro. Un vampiro de colmillos alargados y saliva chorreando de su boca.
Un demonio de garras afiladas y de ojos color rojo sangre.
La impresión lo dejó helado de pies a cabeza.
Las dos criaturas saltaron la una hacia la otra, olvidándose de todo salvo la destrucción de la otra. Mientras intentaban cortarse en rodajas, morderse y darse patadas, era Naruto el que estaba experimentando el dolor. Era Naruto el que sentía el daño de cada golpe.
Sus formas combatientes maniobraron hacia Hinata, y por un largo y prolongado momento, ella estuvo envuelta en un manto de irregularidad que la protegió de su mirada. Cuando Naruto perdió el reflejo de su hermosa cara, su cuerpo sufrió unos espasmos horribles. Punzantes. Como si unos cuchillos lo estuvieran cortando. Luchó contra el dolor, determinado a salvar a Hinata.
Gruñendo por lo bajo y pasando por alto sus heridas, se puso en pie y atacó con todas sus fuerzas. Utilizó las únicas armas que poseía en ese momento, los puños y las piernas. Pero cada vez que soltaba un puñetazo o una patada, la nube salía escopetada, muriéndose de risa.
—Aléjate de ellos —le ordenó Hinata.
—Sal de aquí. —Cuando el par de contendientes pasaron zumbando junto a él, saltó sobre la espalda del demonio, envolviendo a la criatura alada en un fuerte agarre por la garganta.
— Naruto —gritó ella, frenética—. No puedes luchar solo contra ellos, pero yo no puedo hacer nada mientras estés en medio. Déjame ayudarte.
El demonio se lo quitó de encima. Inmediatamente Naruto saltó y se lanzó encima del vampiro rasgándole la garganta a la vez que los dientes y las garras del monstruo le destrozaban la espalda. La respiración de él era rasgada, inestable. Sacudió sus miembros cuando aumentó el letargo. Había dedicado toda su vida a defender a los más débiles, primero patrullando las calles de Dallas como policía, luego como detective, y después vigilando los otros mundos como agente del OBI.
No podía parar ahora. Mataría a esos bastardos del infierno aunque tuviera que morir para hacerlo.
—Por favor —gritó Hinata, era un sonido distante—. Por favor, aléjate de ellos. Déjame ayudarte.
La desesperación y el miedo de ella penetraron en su rabia asesina, pero se negó a hacer lo que ella le había pedido. Si no acababa con las criaturas, podrían atacarla a ella y eso él no lo iba a permitir. Sin saber qué más hacer, usó la última fuerza mental que le quedaba para sacarla de su mente.
Él no la pondría en riesgo.
—¡Déjame! Ahora —gritó él.
Y con una explosión de luz blanca, ella desapareció.
Un toque de tristeza permaneció donde ella había estado, haciendo que su pecho se apretara. Sus más profundos instintos masculinos solo querían su felicidad.
Querían concederle todos sus deseos. Pero si su deseo la ponía en peligro, él se negaría todas las veces que hicieran falta.
Usando la distracción de él para sacar ventaja, las criaturas se acercaron, y lo desgarraron haciéndole sangre.
Abruptamente, Hinata se encontró de pie.
El pánico la atravesó, un pánico que no podía dominar. De verdad, Naruto la había echado de su mente, y ella había sido incapaz de quedarse allí. Ahora su cuerpo físico estaba sentado a su lado, sacudiéndose cada pocos segundos cuando las criaturas lo atacaban.
El bastón de oro todavía brillaba, desterrando los persistentes toques de sombras de la noche. Mientras se forzaba a que su corazón dejara de latir tan fuerte, lo estudiaba. Su piel tenía la tonalidad verde de la enfermedad, y varios cortes en el rostro y el pecho sangraban abundantemente. Tenía magulladuras en la curva bajo los ojos.
¿Cuánto tiempo le quedaba a él? No lo sabía. Pero no mucho, pensó.
Se hizo eco la terrible advertencia a través de ella. No mucho.
Con mano temblorosa, se acercó a él, envolviendo los dedos alrededor de la muñeca. La piel estaba fría, el pulso débil. Ante sus ojos apareció un corte en su frente, desde la ceja hasta la línea del cuero cabelludo. Cada herida que recibía internamente se reflejaba externamente.
Toda la vida, él había sido su ancla, su única fuente de felicidad. Viendo su vida se dio cuenta de que había sido su mayor alegría. Si había alguna esperanza de ayudarlo, ella tenía que encontrar la manera de volver a entrar en su mente.
Piensa, Hinata, piensa. ¿Cómo podía derribar sus barreras mentales?
Se dio cuenta un momento después de que en realidad no había forma mágica de entrar. Tendría que intentarlo aún más fuerte, encontrar una manera de volver a entrar, a través de un método que garantizaría su atención.
Hinata inspiró profundamente y mientras lo liberaba, se situó encima de él, con las piernas puestas a horcajadas sobre su cintura. Enredó los dedos en el pálido y sedoso cabello de Naruto, y el pulso en la base de su cuello saltó.
¡Él había notado su toque!
Cerró los ojos e inspiró otra vez. El aire contenía las fragancias del verano, a follaje, rocío y flores. Muy lentamente, bajó la cabeza hasta reunir sus labios con los de él. La lengua de ella empujó a través de sus dientes para introducirse en su boca. Su masculino sabor consumió sus sentidos, haciendo que su sangre se calentara y que le doliera entre los muslos.
Las ventanas de la nariz de él llamearon, su boca se ensanchó y la devolvió el beso.
Sus alientos se mezclaron, el sentido de la conciencia de ella viajó a través de Naruto como las nubes de una tormenta moviéndose de una ciudad a otra. Físicamente, las manos y los pies de ella se fueron quedando fríos, su estómago se adormeció.
Espiritualmente, fue creciendo la calidez. En una suave y casi incandescente exhalación, su mente abandonó su cuerpo completamente. En una fuerte y forzada inhalación, entró en Naruto.
Hinata se encontró en la mente de él por segunda vez, rompiendo la barrera pieza a pieza. Sus ojos se abrieron por completo cuando vio la esencia de él peleando contra aquellas criaturas. Estaba notablemente más débil, sus puñetazos y sus patadas eran inefectivos y se tambaleaba en sus pies.
— Naruto. —Tenía que alejarlo de los combatientes.
Él se dio la vuelta hasta que quedo frente a ella.
— Hinata —entrecerró los ojos—. Márchate. Antes de que vayan a por ti.
—Ven aquí. —dijo ella usando su voz más seductora.
—¡Te he dicho que me dejes, mujer!
—Ven aquí. —ella se lamió los labios, emulando una acción que las mujeres del mundo de él utilizaban para llamar la atención de los hombres—. Quiero besarte.
—Ahora no es el momento. —sacudió la cabeza y se giró de nuevo a la oscura niebla, a puñetazo limpio.
—Bésame. Ahora es el momento perfecto. —Ella fue hacia él—. Creo en tu filosofía de no importa cuándo ni dónde. Y ahora quiero tu lengua en mi boca.
Un hambre caliente y llameante planeó por la expresión de él. Y algo frío y duro al mismo tiempo. Entonces las criaturas se arremolinaron a su alrededor y se rieron como niños traviesos, y él lanzó otra patada con las piernas. Falló, ganándose otra risa de sus enemigos.
—Aquí estás en peligro. —gruñó, sonando más fuerte, más como él mismo.
—Mis pezones se han puesto duros solo de pensar en nuestro beso. Hay un dolor entre mis piernas y necesito sentirte allí. Tócame.
Él inspiró profundamente, y por un momento dejó de luchar y le dio la espalda a la niebla, evaluándola con una ardiente mirada fija que viajó por todo su cuerpo, desde la elevación de sus pechos a la unión de sus muslos.
Dio un paso hacia ella, y entonces se paró.
—No, no. —Con un gruñido se giró para seguir combatiendo contra el vampiro y el demonio, con hilos de oscuridad moviéndose a su alrededor. Echó hacia atrás el brazo y golpeó la cara del demonio con el puño.
La criatura voló hacia él, tirándolo hacia atrás, mordiéndole ruidosamente la garganta. Hinata jadeó y casi se cae de rodillas. Gracias a que el vampiro se lanzó contra el demonio y lo apartó de Naruto. Le salvó la vida.
—Soldado. —lo llamó desesperadamente—. Te ordeno que me beses.
Debido a su formación militar, la necesidad de obedecer las órdenes de su comandante en jefe estaba muy arraigada. El tono de ella lo paró, y sacudió la cabeza, como si intentara aclarar los pensamientos, concentrarse. Se resistió.
La lucha continuó a su alrededor.
—Todo esto es surrealista. —se masajeó las sienes—. Ilógico y sin sentido.
—Puedo hacerte sentir mejor. Solo tienes que confiar en mí.
Él hizo una mueca y se agarró un lado, encorvándose cada vez más, y de repente jadeó en busca de aire.
—Es casi como... si estuviera viendo una pintura de Dalí, donde el mundo... de la realidad se derrite y gira en torno a sí mismo. ¿Qué es real? ¿Y qué no lo es?
—Yo soy real. Tócame y míralo.
—Quiero hacerlo, Dios, claro que quiero, pero no puedo —dijo entrecortadamente—. No puedo. Debo... detenerlos. Soy un agente del OBI y lucharé... para protegerte.
Frenó el impulso de dejarse caer de rodillas y llorar. Sus instintos protectores eran tan profundos que tal vez nunca podría atravesarlos. Y el moriría. Garras afiladas de desesperación se sujetaron a su alrededor, cortándola profundamente. Sus ojos se estrecharon. Él podía resistirse a la promesa de un beso pero ¿podría resistirse a la forma femenina desnuda?
Rápidamente desató la túnica de sus hombros. El material cayó sobre su cintura mostrando sus senos, sus apretados pezones, y su plano estómago.
Los ojos de Naruto se ensancharon.
—Me estás distrayendo. Me estás distrayendo seriamente.
—Tócame.
—No. Soy una agente del OBI y lucharé para protegerte. Soy un agente del OBI y miraré el par más hermoso de pechos que alguna vez he visto. —Sacudió la cabeza pero su mirada fija permaneció sobre ella—. Soy un agente del OBI… tus pechos se desbordarían en mis manos.
La piel de ella se calentó.
—¿Por qué no lo compruebas?
Lentamente, él redujo la distancia que los separaba, cojeando todo el camino
pero sin detenerse. Cuando se encontró frente a ella, sus brazos se acercaron para acariciar sus senos, Hinata tembló con anticipación. Quería tanto aceptar su toque, pero no podía. Aún no, y así, hizo algo que pensó que nunca haría. Enganchó la pierna en la parte de atrás de la rodilla de Naruto y lo empujó, fuerte. Ya debilitado, cayó con expresión conmocionada. Hizo una mueca de dolor, y permaneció en el suelo tratando de coger aire.
Con Naruto fuera del camino, cerró los ojos y levantó las manos, dispuesta a detener a las criaturas. Los sonidos de la batalla retrocedieron, el aire a su alrededor se espesó y cesó todo movimiento a su alrededor hasta que solo hubo una absoluta quietud.
Sus párpados revolotearon al abrirse, una sorprendente escena la saludaba. El demonio y el vampiro seguían en guerra entre ellos, sí, pero se movían muy despacio, como si sus acciones fueran a cámara lenta. Una gota de sangre negra se derramó del demonio y salpicó el suelo. Ella vio todos y cada uno de los movimientos.
—Ahora, Naruto. —gritó—. Mátalos ahora. —No podía bajar los brazos y ayudarlo a levantarse porque temía que una vez lo hiciera, las criaturas volverían a moverse con una velocidad vertiginosa.
Naruto se puso decidido, aunque temblorosamente, sobre sus pies. Se frotó los ojos con la mano en un intento de aclararse la visión antes de cojear hacia las criaturas. Luego, con una profunda y arraigada habilidad, atacó. Las criaturas le sisearon y le mordieron, haciéndole incluso más sangre, pero él continuó luchando hasta que les rompió el cuello y dejó caer sus cuerpos.
Estaba allí de pie, respirando fuertemente, con las heridas abiertas y sangrando.
Una ola tras otra de alivio la atravesó.
—Lo hiciste —dijo ella asombrada con las manos en los costados.
—No, lo hicimos.
Sus labios se levantaron en una sonrisa, y de repente, un ramalazo de deseo le llenó los ojos, unos ojos que estaban mirando sus pechos haciendo que su propio deseo volviera a la vida —en realidad nunca había muerto— y dejándola sin aliento, haciendo que se sintiera todavía más expuesta.
—Si recuerdo correctamente —continuó él, más fuerte a cada segundo que pasaba—. Me prometiste un beso antes de que me tiraras sobre mi trasero.
Un dolor erótico la recorrió al imaginarse los labios de él sobre los de ella. Las manos de él moviéndose sobre ella. Quizá apretando y dándole vueltas a sus pezones con los dedos.
—¿No estás demasiado débil?
—¿Para un beso? Nunca. —Se acercó a ella en tres lentos y acechantes pasos—. ¿Estás tú demasiado débil?
—Por supuesto que no.
Él se rió entre dientes ante su respuesta. Su color de piel era cada vez más brillante, más dorado.
—Me dijiste una vez que los humanos pedían pruebas por todo. Bueno, tenías razón. Pruébamelo. Prueba que estás lo suficientemente fuerte como para ocuparte de mí.
Ella tragó aire, no sabiendo por dónde empezar. ¿Tocándolo? ¿Probándolo? ¿Ambos? Sus palabras podrían haber sido valientes hoy, pero ella jamás había estado con un hombre antes. Sus dedos se posaron sobre él para moverse por todas partes.
Su boca inflamada, deseando probar cada pulgada de su cuerpo.
—¿Vas a besarme o no?
—No sé por dónde empezar —admitió.
Sus ojos celeste líquida irradiaban un hambre que la sacudió. Él bajó la cabeza.
—Empezaremos por aquí —dijo, tocándole con las puntas de los dedos las comisuras de los labios—. Y de aquí nos desplazaremos hacia abajo. —Dos de sus dedos hicieron círculos sobre los pezones de ella consiguiendo que se endurecieran más.
Los labios de ella se separaron y de ellos escapó un gemido de placer.
Y entonces él ya estaba allí, con los brazos alrededor de su cintura, con sus labios sobre los de ella. Como su boca estaba abierta, él deslizó fácilmente la lengua en su interior. Él probó su calor, hombre y sabor la intoxicaron. Ella se derritió contra él, su camisa abrasó deliciosamente sus pechos, su toque alimentó sus sueños. Forjando sus fantasías.
—Bésame otra vez —musitó él.
—No sé cómo. Exactamente —le confesó en un susurro, negándose a mirarlo.
Ella había visto besos, pero nunca los había experimentado por sí misma.
Él empujó ligeramente hacia arriba, levantándole la barbilla, y mirando fijamente sus ojos. De él irradiaba posesividad.
—Solo mueve tu lengua contra la mía. Chúpala. Lámela.
Eróticos escalofríos bailaron a través de ella. Las imágenes que sus palabras suscitaron eran embriagadoras, apasionantes. Humedeciéndose los labios, bajó la mirada a los labios de él.
—Estoy lista.
—¿Segura? —A él se le escapó una tensa risa antes de depositar un suave beso en la punta de la nariz de ella, en su mentón, en el borde de su boca. Cada roce la abrasaba, tejiendo una red seductora en su mente.
—Déjame tener tu lengua otra vez —dijo ella, desesperada. Dolorida. Necesitada—. Quiero chuparla, justo como me has dicho.
—Dios, me encanta una estudiante impaciente. —Él la complació y una vez más, su lengua entró en la boca de ella.
Hinata gimió al primer contacto. La erección de él se frotó entre las piernas de ella, gruesa y dura. Ella lo quería; siempre lo había querido. Se había convertido en una obsesión a través de los años y ahora su cercanía estaba envuelta en un manto de sensualidad.
Mientras sus lenguas bailaban y se peleaban, ella se arqueó contra él. Y él la besó como si estuviera completamente absorto en ella, como si nada importara más que tenerla y darle placer.
Las manos de él encontraron los pechos de ella y los amasó. Un calor puro se instaló en su núcleo más profundo. Su sangre se electrificó. Cómo anhelaba gritar su amor por él, pero recordaba con demasiada facilidad su reacción cuando las mujeres superficiales lo habían hecho. No había sido capaz de largarse lo bastante rápido.
—Mira. Se me escapan de las manos.
—Quítate la ropa —susurró ella—. Quiero sentir tu piel contra la mía.
Esta vez, él gimió. Su deseo se hizo más intenso, ahogándola con sensaciones más ricas que la miel más dulce. Entonces...
Los pensamientos de él llenaron la mente de ella.
La quiero. Dios, la quiero. Sabe tan malditamente bien. La necesito. Yo… ¿Qué diablos estás haciendo Namikaze? Ella no es para ti. Apártala. Apártala, es peligrosa.
Hinata se apartó de su abrazo, con el aliento rasgado. Las palabras ella no es para ti, apártala hicieron eco en su mente. Herida, se cubrió los hinchados y húmedos labios con la mano, y luego rápidamente se ató la túnica y cubrió su desnudez. El rechazo de Naruto hizo polvo su orgullo. Si en ese momento ellos hubieran sido solo sangre y carne, le hubiera dado un buen rodillazo en su precioso General Happy.
Le había visto tantas veces besar a otras mujeres. Nunca las apartó, nunca había pensado en apartarlas. Siempre tardaba y las saboreaba, moviéndose lentamente, prolongando el placer tanto como era posible.
¿Por qué no podía ser lo mismo con ella? ¿Por qué?
Las manos de él agarraron los antebrazos de ella, su aliento tan desigual como el de ella.
—¿Por qué has parado? No te hice nada.
Para que él no viera su expresión herida, se dio media vuelta.
—Ahora vas a vivir, Naruto. Tu cuerpo ya ha empezado a curarse. Es hora de que me vaya de este lugar.
Silencio.
Un pesado silencio se instaló sobre sus hombros. No protestó, no le suplicó que volviera a sus brazos.
¿Por qué se había tenido que enamorar de este hombre? ¿Por qué tenía que significar tanto para ella, cuando, obviamente, ella significaba tan poco para él? Pensaba que era peligrosa, de entre todas las cosas. Como si alguna vez pudiera herirlo.
—Dios mío —jadeó, liberándola completamente y echándose hacia atrás.
Había tal horror en su tono que ella se dio la vuelta otra vez y lo miró fijamente.
—¿Y ahora que va mal?
Sus ojos estaban completamente abiertos y tenía líneas de tensión alrededor de la boca.
—Puedo leer tu mente.
