Capítulo 8

Una brillante luz se derramó del horizonte cristalino, tan radiante que Naruto tuvo que entrecerrar los ojos para impedir que lloraran. Hasta los árboles se veían blancos… espera. Eran blancos.

Su cabeza palpitaba, y pasaron varios minutos antes de que él pudiera orientarse totalmente. Yacía en una cama de suave follaje. Hinata estaba arrodillada junto a él. La larga longitud de su pelo negro sedoso se derramaba por sus hombros, acariciando su piel y transportando una estela de fragancia mágica de tormenta marina. Ella tenía una expresión de intensa concentración mientras masajeaba suavemente una pasta granulada en la herida de su brazo.

La lesión ardió como si ella hubiera vertido lava derretida en de ella.

—¿Qué clase de cataplasma es esa? —Él preguntó con los dientes apretados. Su voz se agrietó con cada palabra, su garganta estaba en carne viva.

Alarmada, ella jadeó. Sus manos inmóviles y parpadeó hacia él.

—Estás despierto.

—Eso parece, ¿no? —Estirándose para alcanzar con su brazo bueno, él masajeó sus sienes, su cuello, el dolor lentamente disminuyendo.

Su mirada fija atravesó la de él, profunda y penetrante, un perla transparente en sus hipnóticos iris.

—¿Cómo te sientes?

—Como la mierda.

—Me he esmerado en ponerte más cómodo.

Tal vez debería haber mentido, pensó él, estudiando sus rasgos alicaídos. Decirle que se sentía como las rosas primaverales, o alguna otra de las madajederías románticas que les gustaba escuchar a las mujeres. Había herido sus sentimientos, y saberlo no le sentó bien. Además, él tenía su orgullo —algo más que la mayoría y del que debería— y no quería que la mujer con la que pensaba acostarse pensara que era un debilucho mariquita que no podía aguantar un poco de dolor.

Naruto frunció el ceño.

Un momento, él no iba a acostarse con esta mujer.

Pensar en ello, seguro, pero eso era todo lo lejos que él podía permitirse ir. Por mucho que él se imaginara cada toque, olor y sonido, cada suspiro entrecortado que saldría de sus labios mientras arrastraba su lengua sobre sus pezones, entre sus piernas… él cortó esa línea de pensamiento, esperando desacelerar la cantidad de sangre que bombeaba en su polla, empezar una relación sexual con una chica no terrestre no era inteligente.

Uno, él no se arriesgaría a un embarazo… ¿el ADN humano y de Konoha se podían mezclar? Y dos, él simplemente no tenía aventuras.

Lo que es más, un hombre involucrado sexualmente con una mujer tendía a relajar sus defensas y perder su concentración, no pensando en nada más excepto en tener a la mujer desnuda otra vez. Naruto bufó. Él no se había acostado con Hinata, pero pensaba en ella desnuda constantemente.

Infiernos, él ya había perdido sus defensas con ella. Se había desmayado delante de ella, por el amor de Dios. El recordatorio lo mortificó, ¿pero cuánto más relajado podría ponerse un hombre?

—Lo hiciste muy bien. Sentirme como la mierda es algo bueno —dijo él a regañadientes.

—Cierto —contestó ella después de un momento de contemplación. Su expresión se suavizó, y le ofreció una sonrisa suave, dulce—. Un hombre que se siente como la mierda es un hombre que está vivo.

Él apretó sus labios para sofocar una risa. Oír a Hinata despotricar, sin importar que las palabras sucias provinieran de una boca tan deliciosa, hecha para pecar, era como oír la boca sucia de su padre cantar un coro de aleluya. No se ajustaba a sus respectivas personalidades. Pero maldición si él no tenía un escalofrío cada vez que Hinata hablaba sucio.

Ella devolvió su atención al brazo, masajeando la pasta granulada, que se sentía como un fuego en su herida.

—¿Recuerdas algo de lo que ocurrió anoche?

—¿Quieres decir cuando me desmayé como una niñita? —Su descarga de adrenalina debía de haber sido dura—. Sí, lo recuerdo.

—¿Y después?

Él buscó en su mente y negó con la cabeza.

—No.

Diferentes emociones pasaron por su cara: alivio, decepción, resignación.

—Mientras estabas ido, mascullaste en Klingon. Algo de un Khesterex Thath… una situación jodida.

Sus mejillas enrojecieron. Él las sintió arder, y eso hacía que estuviera más avergonzado.

—¿Cómo sabes tú sobre Kling… —él frunció el ceño—. No importa. No quiero saberlo. —Desmayarse delante de una mujer era lo suficientemente malo.

Desmayarse delante de Hinata y mascullar en Klingon era asesinar su ego. Él había hecho todo lo que podía para que ella lo viera fuerte, capaz. Invencible.

Demasiado tarde ahora.

—Ayúdame —él dijo hoscamente.

—Necesitas quedar…

—Ayúdame o lo haré yo solo.

Con un gruñido, Hinata deslizó su brazo por debajo de su cuello y le aplicó presión, ayudándole a levantarse. Mientras más alto iba su cabeza, más mareado se sentía.

—¿Quieres recostarte? —Ella preguntó con aire satisfecho.

—Infiernos, no. —Él alzó sus rodillas, plantó sus codos en ellas, y se echó las manos a la cara esperando—. Sólo dame un minuto. Malditas lesiones. —Su estómago rodó en señal de protesta, y no dejó de rodar—. Sí, maldita sea. Voy a tumbarme.

Ella lo sentó en el suelo, quedándose a su lado. A él le gustaba que ella estuviese allí más de lo que debería, le gustaba la sensación de ella contra él. Le gustaba la manera en que su perfume lo envolvía.

Ella empezaba a meterse bajo de su piel.

—Sabes que podrías estar bastante peor, y si no te quedas inmóvil, lo estarás.

—Las heridas no deben ser recuperadas, deben ser conquistadas. No me preocupa. He tenido golpes peores. —Intentando no dar un respingo, Naruto señaló hacia su brazo con una inclinación de la barbilla—. La cataplasma. ¿Qué es?

—Arena —ella contestó, como si fuera la cosa más natural del mundo frotar una aglomeración potencialmente infestada por bacterias del barro en una lesión.

Él movió de un tirón su brazo lejos de ella, sus ojos anchos con espanto.

—¿Arena? ¿Has dicho arena? ¿Como la de la tierra, pisada, escupida, y sabe Dios qué más se ha hecho en ella? ¿Arena?

Confundida, ella asintió con la cabeza.

—¿Eres un poco sordo, así como terco y tonto? Sí, arena. Ahora devuélveme tu brazo.

—No. Meter suciedad en una herida puede provocar una infección y una infección puede dar lugar a que una extremidad gangrene. ¿Y cómo es que soy terco y tonto?

—La arena posee muchas cualidades cicatrizantes que tu cuerpo necesita. —Sus hombros se cuadraron, y ella despegó su mirada de él, concentrándose en la herida—. Terco porque te rehúsas a oír la razón, en lugar de eso, haces cualquier cosa que pienses que está bien. Tonto por la misma razón. —Mientras ella hablaba, enrolló una tira de tela blanca alrededor de la herida.

Él no protestó más. En lugar de eso la observó, observó la manera en que ella mordisqueaba su labio inferior mientras trabajaba. Las imágenes penetraron en el fondo de su mente. Imágenes oscuras, imágenes peligrosas. Imágenes eróticamente tentadoras.

Anoche él había soñado luchar contra un demonio y un vampiro, pero lo que más recordaba era soñar con Hinata. Besándola. Sus labios se habían movido contra los suyos, saboreando la suavidad. Su lengua se había batido en duelo con la de ella, devorando la dulzura. Todo el tiempo, los suaves montículos de sus pechos desnudos habían empujado en su pecho, sus rosados y perlados pezones creaban una fricción deliciosa.

El placer que había recibido de ese único beso de ensueño lo había asombrado.

Todavía recordaba el sabor de la luz de luna y las estrellas. Y la magia. Sí, ella había sabido a magia y posibilidades.

En su sueño, él había conocido sus pensamientos. Sabido que ella le deseaba como deseaba el aire para respirar. Sabido que ella le amaba… le amaba más que a su propia vida.

Sabido, también, que ella cargaba con un secreto que temía los destruiría a ambos.

¿Cuál había sido aquel secreto? Él no podía recordarlo, y luchó para traer la respuesta a la superficie de sus pensamientos. Sin suerte.

Ahora mismo, la mirada de Hinata era de abatimiento, sus largas y gruesas pestañas, escudaban el perla de sus ojos el cuál encontraba tan fascinante. Quizá eso era más conveniente. Ahora mismo, él no tenía fuerzas para evitar ahogarse en ellos. Sin embargo, se preguntó qué pensamientos cruzaban por su mente. Él no podía leerla como lo había hecho en su sueño.

—Hora de vendar tu cuello —dijo ella, poniendo fin a sus pensamientos—. Esperemos que esa herida esté mejor curada. —Su voz sensual pasó por encima de él, y se sintió ponerse duro. Siempre duro.

Él no era un adolescente, maldita sea. Debería tener mejor control de su cuerpo.

¿Quién era el amo? ¿Él o su polla?

Yo, dijo su polla con seguridad. Como si alguna vez lo hubieras dudado.

Oh, cállate.

Hinata dio palmadas con sus manos, de un lado a otro, produciendo que los cristales de arena volaran a los cuatro vientos.

—Vuélvete, por favor.

Él cambió de posición hacia su costado para darle un acceso más fácil, y un dolor agudo pasó desde su cuello hasta los dedos de su pie. Maldita sea, él gruñó.

—Un estúpido mordisco no debería haber causado esta clase de daño.

—Tienes razón. Un mordisco así debería haber causado un daño mucho peor. Agradece estar vivo.

—Estoy agradecido —se quejó él.

Cautelosamente sus dedos indagaron por su palpitante cuello. Ella tuvo que inclinarse más cerca de él, y el aroma propio de la mujer llenó de nuevo sus fosas nasales. Más de su pelo se deslizó sobre su pecho desnudo —¿cuándo le había quitado ella su camisa, o lo había hecho él?— y la plenitud exuberante de sus senos empujó contra su pecho.

Algo así como su sueño.

Si él hubiera tenido la energía necesaria, la habría movido de un tirón hacia él y se habría enterado de si ella sabía cómo su sueño. Como cielo e infierno, pecado y salvación. Se le hizo la boca agua; su cuerpo se tensó por el peso de ella.

No estás listo para confraternizar con los residentes, Namikaze. ¿Recuerdas?

Él sintió, realmente sintió, sus pezones endurecerse contra él, yendo desde lo blando hasta lo completamente lamible en segundos.

Ser listo estaba sobrevalorado.

Un beso no hacía una relación sexual, razonó él. ¿Sería ella incluso receptiva a él?

Él estudió su expresión. Sus labios sonrosados estaban separados; su aliento emergía un poco superficial. Dos círculos gemelos de color rosa coloreaban sus mejillas. Ella no lo podría saber, lo podría negar, pero le quería. Le deseaba ardientemente. Todas las señales estaban ahí.

Él casi, casi decidió que no importaba que no tuviera energía. Quería besarla.

Sólo la idea de que haría un pobre trabajo con ello por su debilitada condición y le haría pensar que no sabía cómo darle placer correctamente a una mujer, lo mantuvo quieto.

—¿Qué crees? —Él preguntó—. ¿Cómo se ve?

—Mejor de lo que había esperado. —Ella asintió con la cabeza con satisfacción—. Te curarás con apenas una cicatriz.

—Tal vez necesitas reclinarte y mirar más de cerca.

Su mirada saltó hacia la suya con confusión. Cuando ella vio el calor en sus ojos, el color en sus mejillas se hizo más bellamente profundo.

—Voy a comenzar a cobrar por tus invitaciones sexuales.

—Excelente plan. Te pagaré con besos.

Ella se rió ahogadamente, un ronroneo gutural que correspondía mejor a la cama que a la broma.

—Sólo será considerado pago si acepto.

—Aceptarás. —él dijo, su tono rociado con una absoluta confianza—. No tengo dudas. Incluso tengo la impresión de que me lo agradecerás.

Ella puso sus ojos en blanco. Usando otra tira de tela, comenzó a frotar arena en su cuello. Él trató de no encogerse al pensar en las bacterias y los microbios. Bien, además intentó no gritar por el ardor.

—Estás cien por cien segura que hay cualidades de sanación en esa repugnante cosa, ¿verdad?

—Sí. Bien —añadió ella con vacilación—, segura al noventa por ciento, al menos.

—¡Qué! —Él agarró su muñeca, sorprendido momentáneamente por la delicadeza de sus huesos, y le apartó la mano—. Ese diez por ciento de incertidumbre podría significar que tú masajeas enfermedad directamente en mi corriente sanguínea. Con todo, sabes que mi cuello podría gangrenarse.

Una risa resonante salió de ella.

—Bromeaba. Sólo bromeaba. No necesitas temer por la arena.

—Eres una mujer cruel, despiadada. —Su agarre se aflojó poco a poco, más por la admiración a su risa que por el alivio de sus palabras.

A diferencia de cuando ella se rió ahogadamente, su risa abierta había sido cruda y nueva, como si ella rara vez dejara paso a tal diversión desenfadada. Ella había pronunciado el mismo sonido mientras habían estado en el agua, nadando hacia la costa. Le había afectado entonces, y le afectaba ahora, calentándole cada célula.

—Yo soy el que cuenta chistes en esta relación. Tú sólo dedícate a interesarte por mis necesidades.

—¿Puedo regresar a mi trabajo ahora? —Ella preguntó con una sonrisa abierta.

—No.

—Bebé. —Sus dedos exploraron los bordes de la herida.

Mientras ella trabajaba, su uña arañó accidentalmente un lugar particularmente sensible en su oído, y un dolor agudo lo atravesó. Sin embargo, aparentemente no reaccionó. No quería que ella se apartara. Dios sabía que la dejaría abofetearle, agujerearle y pellizcarle si eso significaba que sus manos estarían sobre él.

Espera. Si él no quería que ella supiera que lo había lastimado, tenía que dejar de pensar en ello. Ella leería su mente… si no lo había hecho ya.

Él la estudió más de cerca, y su frente se arrugó. Mientras, continuó observándola, ella no dio indicios de saber lo que él pensaba. No dio indicios de saber que lo había arañado.

Interesante.

De hecho, ella no había dado señales de haber oído cualquiera de sus pensamientos desde que él se había despertado, y había tenido algunos bastante calientes.

Quiero desnudarte, proyectó él, todavía observándola.

Ninguna reacción. Sus dedos permanecieron estables.

Quiero arrastrarme por tu cuerpo, lamer cada centímetro tuyo, y degustar tu sabor.

Todavía ninguna reacción.

Empezaré por tus labios, después descenderé poco a poco, y no me detendré hasta que estés retorciéndote de placer y gritando para que Dios te salve de mi lengua.

Otra vez, nada.

Interesante, volvió a pensar él. Muy interesante. ¿Ella ya no podía leer su mente?

Durante su escapada del palacio demoniaco, ella había mencionado que había veces que era incapaz de entrar en su cabeza. ¿Qué le impedía hacerlo? Le gustaba cada vez menos la idea de esta mujer conociendo cada uno de sus pensamientos.

—¿En qué estás pensando? —preguntó ella—. Tu cuerpo se ha puesto tenso.

—¿No puedes leer mi mente? —Su mirada la examinó.

Ella hizo una pausa. Se echó hacia atrás y clavó la mirada en él.

—Suenas alterado por la sola idea. No puedo evitar lo que soy, Naruto. Estabas agradecido por mi habilidad sólo unos cuantos días atrás.

Con un suspiro de pesar, él afirmó una de sus manos detrás de su cabeza y cerró sus ojos.

—Lo sé.

—Si te hace sentirte mejor —dijo ella de mala gana—, tengo problemas para meterme en tu cabeza. Es como si tu mente hubiera construido una inmunidad para mí cuando… —Ella paró bruscamente.

—¿Cuándo? —Él apremió, luego sus párpados se abrieron de golpe cuando sus palabras confirmaran sus sospechas—. ¿Ya no puedes leer mi mente? ¿De ningún modo?

—No. —Ella sonó molesta y conmocionada—. Y créeme, lo he intentado.

Él decidió examinarla una vez más. No descansaré hasta que te haya tenido en cada posición posible. Y cuando termine contigo, tu cuerpo desnudo, empapado en sudor estará tan saciado que nunca más podrás pensar en el sexo sin imaginar mi cara.

No. Nada.

—Finalmente —suspiró él con placer—, estamos en igualdad de condiciones.

—¿Entonces por qué me siento siempre en desventaja contigo? —Preguntó ella, reanudando sus cuidados. Cuando terminó de vendar su herida, se recostó y revisó los resultados—. Estarás dolorido y débil durante varios días más, y lo lamento pero no hay remedio para ello. Lo importante es que te curarás. —Mientras ella hablaba, su estómago gruñó.

Su sonrisa abierta se extendió tan rápidamente como el color en sus mejillas.

—¿Hambrienta?

—Sí. —Ella asintió con la cabeza, frotándose la barriga—. Mucho.

—Tengo barritas energéticas en mi mochila.

—¿Barritas energéticas?

—Bocados insípidos atiborrados con todo lo que nuestro cuerpo necesita para sobrevivir.

—Suena… delicioso. —Su nariz se arrugó, pero ella se inclinó sobre él, encajando sus senos en su pecho.

Su sangre se calentó cuando el deseo se precipitó a través de él.

Ella rebuscó en la mochila colgada a la espalda.

—Tengo pan en mi cartera.

—Agarra eso, también. Las barritas nos ayudarán a mantener nuestra fuerza, pero no harán mucho para saciarnos.

—¿Es esto qué estoy mirando? —Ella preguntó, sosteniendo en alto un paquete rectangular marrón.

—Sí —dijo él, su voz más ronca de lo que le habría gustado.

Ella comenzó a apartarse.

—Tal vez deberías sacar también una para mí.

—Por supuesto.

—Sólo asegúrate de excavar hondo. —Él arqueó sus cejas hacia ella.

Sus labios se crisparon, una sonrisa aferrándose a los bordes. Ella llegó al fondo de la bolsa y retiró otra barrita energética.

–Oh, sí. Justo así.

—¿Supongo que aquí es donde exijo el pago? —Ella se deslizó lejos de él, dejando un rastro de calor, y agarró dos pedazos del duro y ligeramente desmenuzando pan—. Te advertí que pensaba empezar a cobrarte por tus pícaras invitaciones.

Él permitió que su mirada pasara rápidamente por encima de ella. El borde de su túnica era más corto donde ella había desgarrado las tiras para sus heridas, revelando la perfección de sus pantorrillas sonrosadas y cremosas. Suaves y delgadas, ligeramente musculosas. Todos los indicios de diversión le abandonaron. Aunque ella se había alejado, él sentía la marca de sus pezones hasta la médula de sus huesos.

—Te advertí que pensaba pagar con besos —dijo él, deseando que ella redujera la distancia entre ellos.

Necesitaba su lengua en su boca. Maldito fuera su cuerpo debilitado.

Ella perdió su diversión, también. Su sonrisa desapareció. El deseo iluminó sus rasgos, arremolinándose en sus ojos.

—Sí, me lo advertiste —dijo ella, jadeante.

—Vamos.

Lentamente ella movió su cara hacia la de él, tan cerca que la dulzura de su aliento abanicó su barbilla.

—No debería.

—Deberías.

—Estás herido.

—No demasiado herido. Bésame.

—Sí, yo… no. —Ella parpadeó y se incorporó, aumentando la distancia entre ellos—. No. Necesitamos comer —dijo ella, no dando ninguna otra razón para su repentina negativa.

¿Qué la había hecho cambiar de idea? Quiso exigir una respuesta, pero su orgullo no se lo permitía. Ninguna mujer se había apartado nunca de él antes, y no le agradó que una lo hiciese ahora… una que él quería más y más conforme pasaban los segundos. Una que él quería más de lo que nunca había querido a otra.

Él comió el pan primero, paladeando el sabor familiar, luego rompió su barrita energética, comiéndose la mitad de un mordisco. Hinata, también comió su pan, luego mordisqueó la barrita, arrugando su nariz de duendecillo en repugnancia.

El viento hizo crujir las hojas y levantó mechones del pelo en sus hombros a su pecho, los cuales sintió como una caricia de su mano.

Él tragó saliva.

—En realidad deberíamos ponernos en movimiento pronto. Mientras más tiempo nos quedemos aquí, más probable es que los demonios nos encuentren.

—Nunca nos encontrarán aquí. De hecho, estamos más seguros aquí de lo que lo estaríamos en cualquier otro lugar.

—¿Cómo lo sabes?

— Sara teme al dueño de esta tierra.

Él consideró eso y asintió con la cabeza.

—Así es que dime, Prudence. ¿Dónde encontraré la Joya Hinata de Byakugan?

Sus mejillas perdieron color, dejando su piel pálida.

—Necesitas descanso. No hay motivo para preocuparse por eso ahora.

—Juraste llevarme a ella. ¿Piensas incumplir tu palabra? —Él habló en voz baja.

Engañosamente tranquilo.

—No, por supuesto no. —La clamorosa mirada que Naruto le daba ahora era la mirada que él usualmente reservaba para sus enemigos. Amenazadora. Mortífera—. Tengo toda la intención de revelarte dónde está exactamente Byakugan.

Sus hombros se relajaron.

—¿Entonces donde está?

Ella se volvió hacia él, encontrándose con su mirada y sosteniéndola fijamente. El hecho de que ella estaba inmóvil combatiendo la necesidad de besarle no ayudó a la cuestión. Pero correr, ella no lo haría.

Besarle, ella no lo haría. Él no podía recordar lo sucedido dentro de su conciencia anoche, pero ella lo hacía. Ella recordaba cómo él había pensado que ella "no era para él". Recordaba que él había tenido la intención de alejarla si ella no lo hubiera hecho.

Si ella le besaba ahora, no tendría fuerzas para apartarse de él, aun si le oyera maldecirla hasta el Hades en su mente. Ella había pasado la noche entera cuidándole, bañándole cuando su fiebre se elevó, vertiendo agua en su garganta. El sueño había sido imposible cuando su supervivencia dependía de ella, con lo cual, los fragmentos de la fatiga le pasaron factura, debilitando su determinación de permanecer separada de él.

—¿Dónde está? —Exigió él otra vez.

Ella expulsó el aliento y rezó para que él tomara sus siguientes palabras como la respuesta.

—Te necesito para escoltarme al Templo de Cronos. —Un presentimiento pasó por ella. ¿Por ella? ¿Por Naruto? ¿O el templo? Ella cerró sus ojos, intentando centrar la sensación para estudiarla, pero se escapó fuera de su alcance.

Naruto mostró sus dientes con un semblante ceñudo.

—Ese no fue el trato, nena.

Él no se lo había tomado de la forma en que ella habría esperado; en lugar de eso, él había escuchado la vacilación en su voz, pillando la tristeza. Ella no le podría mentir, pero ahora tendría que decir una verdad distorsionada que él asumiría que significaba una cosa, cuando de hecho, significaba otra. Es lo que había hecho con Sara, y odiaba hacérselo a Naruto, pero tenía que llegar al templo.

El único recuerdo que ella tenía de su padre estaba dentro de ese templo. Su cara era un borrón para ella, pero recordaba cómo él descendía los escalones largos, blancos, yendo directamente hacia ella, sus brazos abiertos.

—Te saqué de la prisión — Naruto chasqueó—. Tú me llevas a Byakugan. Ese fue el trato, y lo sabes.

—¿Y si te digo que encontrarás a Byakugan en el templo?

—¿Lo haré? —Él preguntó, con sospecha.

—Lo habría dicho entonces de otra manera, ¿verdad?

Él guardó silencio por un momento largo y prolongado, luego se relajó.

—Si Byakugan está en el templo, es ahí donde vamos. Córcholis. Por un minuto lo hiciste sonar como si fueran cosas totalmente separadas.

Ella parpadeó inocentemente. Había llevado a Sara un año sospechar que cuando Hinata respondía con una pregunta, la verdad real no recaía sobre la respuesta.

Naruto iba bien encaminado a esa deducción después de sólo algunos días.

—¿Hay algo o alguien protegiéndola? —Preguntó él—. Byakugan, ¿quiero decir?

—Tiene un protector, sí.

Cuándo ella no dijo más, él añadió:

—¿Quieres decirme lo que encontraré?

¿Cómo explicarlo sin mentir?

—El protector es fuerte y valiente, pero te dejará hacer cualquier cosa que tú desees con Byakugan.

Los ojos de Naruto se estrecharon.

—¿Tal cual? —Él chasqueó sus dedos—. ¿El hombre la entregará así como así?

—Respóndeme antes a una pregunta. ¿Por qué la quieres tan desesperadamente? La joya, quiero decir.

—¿Quieres decir que no lo sabes?

—Todo lo que sé es que no tienes el deseo de conquistar y regir el mundo de la superficie, ni piensas usarla para destruir un enemigo.

Su mirada azulada le llegó hasta el alma. Hinata creía que un hombre nunca la había mirado de la manera en que Naruto lo hacía, como si fuera una fuente de algún postre misterio pero delicioso al olfato.

—¿Afectará mi razón a tu voluntad de llevarme a ella?

—No —dijo ella, y era la verdad. Ninguna distorsión. Ningún rodeo al asunto.

Él asintió con la cabeza, decidiendo confiar en ella.

—Quiero a Byakugan porque es peligrosa. En las manos equivocadas, millones de personas podrían ser aniquiladas. Quiero a Byakugan —añadió él cuidadosamente—, porque necesita ser protegida por las personas correctas o destruida.

Su estómago se anudó, la tristeza mezclándose con el temor. Ella había temido oír eso, ¿verdad? ¿Qué haría o diría si él supiera que destruir la joya la destruiría a ella? ¿Vacilaría en su determinación y quizá cambiaría de idea? ¿O actuaría sin reserva?

—Contestaré tu pregunta ahora —dijo ella, sacando las palabras a la fuerza—. El protector de Byakugan te dejará destruirla. Tal cual. —Ella chasqueó sus dedos.

—¿Por qué? —La incredulidad irradió de él.

—Él, cree como tú, que es necesario destruirla.

La frente de Naruto se arrugó.

—¿Entonces por qué demonios la protege?

—Esa es una pregunta que tendrás que hacerle tú mismo.

Él abrió su boca, sus ojos pensativos, luego cerró su boca con un chasquido. Abrió, cerró. Finalmente, gruñó.

—¿Qué llevas debajo de esa túnica?

Confundida, ella parpadeó hacia él. ¿Qué clase de pregunta era esa? Él sabía lo que ella llevaba debajo de su túnica: un delgado camisón blanco. Él lo había visto.

¿Había pensado preguntarle otra cosa y entonces cambió de idea?

Ella suspiró. Ella podría haber observado a este hombre toda su vida, pero dudaba que alguna vez lo llegara a comprender. O tal vez era simplemente que ella no comprendía a los hombres. Todas las mentes masculinas que alguna vez había leído estaban enfocadas sólo en su supervivencia. Algunos con esperanza de bloquearla de forma que quién la poseyera en ese momento no supiera de sus crímenes. Otros meramente habían estado nerviosos, queriendo que viera la verdad de forma que ella los enviara en su dirección. Pero por todo eso, ella nunca se había demorado en explorar verdaderamente el proceso de pensamiento masculino.

—¿Quieres saber qué llevo debajo de mi túnica?

—Eso es correcto.

—¿Pero… por qué? —Ella deseaba por los dioses poder leer su mente ahora mismo.

—En lugar de contestarme, ¿por qué no me lo muestras? — Naruto dejo salir un pesado aliento.

Maldita sea. Por un momento, cuando habían estado discutiendo la destrucción de Byakugan, Hinata se había visto perdida, triste, y él no había sabido que causó la transformación. Él sólo había sabido que tenía que arreglarlo.

Afortunadamente, él lo había hecho. El color floreció brillante en sus mejillas, y sus ojos brillaron como queriendo decir "llévame a la cama". El deseo volvió a la vida, pero no podría palpitar después de la repentina sensación de letargo corriendo a través de él. Suavemente estiró sus brazos sobre su cabeza, arqueando su espalda. Su boca se amplió en un bostezo.

—Tú ya has visto exactamente lo que llevo puesto debajo de la túnica. Calada hasta los huesos, nada menos.

—Tal vez se me ha olvidado. —Sus párpados se volvían pesados—. Tal vez necesito verlo otra vez.

—No, no lo haces —dijo ella remilgadamente—. ¿Qué diría Katie sobre tu comportamiento?

Oírla decir el nombre de su hermana tan fácilmente era desconcertante. Extraño y surrealista.

—¿Cómo conoces tú a Katie? —Su pregunta tenía curiosidad y sorpresa mientras él peleaba por permanecer despierto—. No he pensado en ella desde que te conocí.

—Lo siento. — Hinata mordisqueó su labio inferior—. No debería haberla mencionado.

—Está bien. —Él bostezó otra vez—. Realmente. Sólo tengo curiosidad por saberlo.

Agitada, Hinata se levantó, pero él fue incapaz de leer su expresión, incapaz de imaginarse lo que ella pensaba.

—No quiero hablar de esto —ella dijo quedamente.

Él quiso empujarla a una respuesta, pero pensó que eso no sería sabio. Ella parecía preparada para escapar y nunca regresar. Él no entendía esto… o lo que significaba.

—La joya —él dijo.

—Duerme —profirió ella, cortando cualquier cosa que él hubiera estado a punto de decir. Él se sintió extrañamente forzado a hacerlo—. Voy al río a pescar. Si nunca como otra barrita energética, moriré feliz.