Capítulo 9

Hinata se paró al borde del río, con su túnica recogida en la cintura y el agua chapoteándole los tobillos. En sus manos tenía una vara larga y afilada; se había quitado los zapatos y tenía los pies sobre piedras cubiertas de musgo. La bóveda estiraba ya sus dedos calientes haciéndola sudar bajo el fino material de su ropa. Se quedó con la mirada fija en el agua transparente, observando, a la espera de que un pez regordete nadara hacia ella, después de todo nunca había hecho algo como eso, ni había vivido de lo que conseguía de la tierra. Sólo rezaba para tener éxito.

Pronto un remolino largo y grueso de colores brillantes pasó entre sus tobillos, el corazón le dio un salto. ¡Por fin! Agarró con fuerza la vara mientras el pez continuaba nadando a su alrededor, cuando se cansó de jugar con sus poco divertidas piernas extendió sus aletas del color de arco iris y las agitó para irse.

Ella tiró la vara… y falló.

Se había escapado un mordisco suculento.

—Maldición —gruñó, sonando muy parecida a Naruto.

Durante la siguiente media hora cuatro peces más, con un aspecto delicioso, nadaron a su alrededor y ella falló cada tiro, su vara caía inútilmente al agua.

—Puedo hacerlo. Puedo hacerlo.

Pasaron otros quince minutos antes de que otro hermoso pez estuviera a su alcance. Ella se quedó mortalmente quieta, sin respirar siquiera. Contó mentalmente, uno, dos, ¡estaba a punto de pasar por su lado… tres! Lanzó la vara.

¡Sí! La punta dio en el blanco.

—Lo hice —dijo dando saltos y salpicando agua a los cuatro vientos —. ¡Lo conseguí!

Sonrió levantando la lanza para inspeccionar el pez sintiéndose orgullosa y complacida por la pieza. Nada de barritas energéticas hoy, muchas gracias.

Volvió al campamento y apoyó la vara contra un árbol. Naruto todavía dormía, su expresión era relajada dándole un aspecto de muchacho que la calentaba. Su pálido cabello le caía por la frente y tenía un brazo sobre la cabeza, el otro descansaba sobre su pecho desnudo.

Sus manos ardían por tocarle y acariciar su plano abdomen y los músculos que descendían, abajo… abajo… tragando saliva se obligó a recoger leña para preparar un buen fuego, cuando lo tuvo listo usó el encendedor de Naruto para encenderlo. En cuanto el fuego ardió con fuerza ella se dedicó a limpiar el pez lo mejor que supo, lo atravesó con el palo y lo puso a cocer hasta que se deshizo en láminas en sus manos, aunque el exterior estaba quemado.

Poco después, Naruto bostezó y se desperezó haciendo una mueca cuando sus heridas protestaron por el movimiento tan repentino.

Se tensó y revisó rápidamente los alrededores antes de fijarse en ella. Se levantó hasta quedar sentado.

—No tenía intención de quedarme dormido, lo siento.

—Lo necesitabas, se te ve mejor ahora.

—Me siento mejor. ¿Qué es eso? —dijo, indicando con la barbilla el pez.

—Nunca había cocinado antes, pero lo he visto hacer, así que tendrás que decirme cómo lo he hecho.

Usando una hoja grande a modo de plato, puso una porción de pez encima y se la dio a Naruto.

Él aceptó con una ceja levantada.

—¿Y qué pasa si no tengo hambre?

—Te lo comerás de todas formas porque no quieres lastimar mis sentimientos después del trabajo que tuve para pescarlo y cocinarlo.

—Una buena respuesta.

Tomó un mordisco tentativo, masticando lentamente y con una expresión indescifrable.

Ella estaba a punto de preguntarle qué le parecía cuando algo que había en la mochila empezó a hablar. Era un voz real, humana. Hinata dio un salto con los ojos increíblemente abiertos.

Naruto dejó a un lado su plato y buscó en la bolsa.

—Cristo —masculló, pasándose la mano a través del pelo—. Es hora de avisar.

—Ah, tu comunicador —dijo ella cuando él sacó una caja negra y pequeña.

Le había visto usarla en alguna de sus misiones, sus compañeros podían hablar con él y él con ellos. Su aprensión desapareció.

—Madre, aquí Santa —él habló directamente a la caja—. Adelante.

—¿Dónde estás? —dijo una voz profunda de hombre.

—La recogida se ha demorado —respondió Naruto.

—¿Debemos enviar a otro mensajero?

Él frotó una mano por su cara.

—No, he programado otra recogida para dentro de unos días. Corto.

—Corto y fuera.

—Fuera.

Naruto metió la caja en la mochila y recogió su plato. Comió un bocado como si no acabara de tener una conversación con su caja… o jefe… o quien fuera, mantuvo su expresión velada mientras masticaba.

Ella optó por no indagar sobre su trabajo, podía adivinarlo. El paquete: Byakugan.

Lo que era incapaz de adivinar era qué pensaba él de la comida, se quedó esperando a su lado para oír su alabanza.

—¿Qué tal?

—Sabe a pollo —dijo él y no parecía contento.

—Oh —no era lo que ella hubiera querido oír porque recordó cómo él se había quejado del pollo en una de sus visiones. Había esperado que lo encontrara delicioso, jugoso o sabroso—. Es bueno para ti, así que cómetelo te guste o no.

Preparó otra hoja para ella, se recostó y mordisqueó las escamas quemadas, no era ninguna maravilla pero desde luego no tan mal como esas barritas energéticas.

—Ojalá tuviéramos pizzería con servicio a domicilio. Siempre me he preguntado cómo debe saber esa cosa redonda y pegajosa.

Su mano se congeló en el aire quedando suspendida justo delante de su boca por un momento antes de que la bajara.

—Primero sabías de aspiradoras, entre otros artículos de la superficie, después supiste de mi hermana Katie y ahora conoces la pizza pero no sabes cómo es que lo sabes. Sé que dijiste que no querías hablar de ello pero tengo que saberlo. ¿Cómo puedes conocerlos pero no haberlos probado? Dijiste que nunca habías visitado la superficie.

Ella no quería contestar, podría alejarse de él otra vez, dudaba de que él fuera capaz de entenderlo, pero sabía que insistiría la próxima vez que la viera, la palabra determinación rezumaba por cada uno de sus poros.

Él ya se había alterado al enterarse de que ella podía leer su mente, así que ¿cómo reaccionaría al saber que ella había visto cómo se desarrollaba su vida durante tantos años?

Sin importar la respuesta a eso, él merecía saberlo.

Ella cerró sus ojos y reunió coraje, entonces se obligó a decir las palabras.

—He tenido visiones de ti durante años —hecho, había confesado y el resto pareció salir por si solo—. Te vi de niño y convertirte en un hombre.

—¿Qué? ¿cómo? —esas simples y únicas preguntas salieron de él como un látigo.

—No lo vi todo —le tranquilizó—, sólo algunos momentos.

Pasó un momento en un pesado silencio mientras él asimilaba su revelación.

—Visiones de qué, ¿exactamente? —su tono ahora estaba desprovisto de ningún tipo de emoción y en cierta forma eso aún asustaba más.

—Vi a tu familia, tu casa, tus… —tosió apartando la mirada—, mujeres.

—Eso a mí me parece más que una visión —dijo, aún sin expresar emoción alguna.

—No tenía ningún control sobre eso. Intenté detenerlas, cerrar mi mente, pero cuanto más lo intentaba, más visiones recibía.

Él estrechó sus ojos.

—No me gusta que me espíen.

—No te espié —dijo ella—. Espero por los dioses que hubieras tenido visiones sobre mí, así esto no parecería tan unilateral y equivocado.

Abrió de golpe los ojos y se quedó con la boca abierta.

—No hay vuelta de hoja, ahí es donde te he visto.

—¿Qué? —levantó la cabeza—. ¿Dónde?

—Te he visto antes, te lo dije. ¿Recuerdas que te pregunté si nos habíamos visto antes? —Todas las piezas cuadraron en su sitio y el pez que Naruto había comido de pronto se sintió como plomo en el estómago.

¿Por qué no la reconoció inmediatamente? Ella le había parecido familiar desde el primer momento en que la vio.

A través de los años había soñado con ella. Le había restado importancia a los sueños durante un tiempo pensando que eran meramente productos de su imaginación sobre-activa y las cosas extrañas que había encontrado, pero ahora volvió a rememorar algunos.

Hinata encadenada en una pared con su cuerpo vestido con una túnica azul, su negro cabello cayendo a su alrededor. Hombres y mujeres desfilaban enfrente de ella, condenando a algunos, teniendo piedad de otros.

Hinata siendo sujetada mientras alguien le cortaba el pelo de un tajo, "un castigo" dijo el que manejaba el cuchillo, "por omitir detalles".

Hinata intentando escapar de una torre, cayendo al suelo y rompiéndose la pierna.

Él negó con la cabeza, las imágenes le hacían chisporrotear de furia, una furia oscura, potente. Era tan difícil de aceptarlo, casi imposible, de hecho. Sólo rezaba por estar equivocado y que no hubiera soñado con su vida real.

—Déjame verte la pierna —pidió suavemente.

Su cara mostró confusión.

—Déjame ver la parte inferior de tu pierna derecha —él recordaba cómo se había abierto la carne con un pequeño sonido explosivo al atravesar el hueso roto la piel, cómo había llorado por el dolor y las horas que habían pasado antes de que alguien la encontrara. Entonces la habían castigado, se había visto forzada a observar cómo mataban violentamente a un hombre inocente. La herida física de alguna y milagrosa forma se había curado días más tarde, pero había quedado otra cicatriz—. Por favor, cariño. Enséñame la pierna.

La sorpresa brilló intermitentemente en sus ojos, pero se levantó y alzó su túnica.

Sintió cómo se le oprimia el pecho y pasó una mano por su cara. Allí, en su espinilla, estaba la cicatriz. Sus sueños de la infancia habían sido reales, había tenido visiones de su vida y él no había podido detenerlos, aunque lo había intentado. Dios supo que había probado prácticamente todo para deshacerse de las imágenes obsesivas de la vida trágica y torturada de la mujer de su sueño, terapia… hipnosis…

Hinata había sufrido una crueldad tras otras, había sido suficientemente malo cuando pensaba que sólo eran sueños, pero saber que fueron reales, que Hinata verdaderamente había vivido esas cosas horribles… él quiso abrazarla y cuidarla durante el resto de su vida.

—He visto suficiente —dijo él, en un tono quebrado.

¿Cómo pudo sobrevivir?

¿Cómo consiguió mantener esa inocencia?

¿Cómo podía ver todavía belleza en el mundo?

Ella dejó caer su túnica y se recostó en el suelo recogiendo su plato y reanudando la cena.

—¿A qué ha venido eso?

—No es unilateral —le dijo en un tono plano.

Ella hizo una pausa, se miró la pierna y luego a él.

—¿Has tenido visiones sobre mí?

Él asintió con la cabeza.

Ella se sonrojó y su boca formó una pequeña O.

—¿Qué me viste hacer?

Obviamente a ella tampoco le gustó saber que había sido observada.

—Esto y aquello —contestó el vagamente— ¿Qué estaba pasando cuando te vi por primera vez en carne y hueso? Esas personas eran obligadas a desfilar por delante de ti y luego llevadas fuera o asesinadas por demonios.

Poniéndose pálida ella dejó la hoja a un lado.

—Conoces mi habilidad para leer mentes.

Él se tensó porque de pronto supo adonde quería llegar ella.

—Cualquiera que me posea en ese momento trae ante mí a sus ciudadanos y enemigos a la vez, ordenándome que busque a fondo a cualquier traidor. La primera vez que me negué a hacerlo tuve que ver cómo moría un hombre de forma horrible. He intentado mentir para proteger a la gente, pero no puedo hacerlo. Mentir me invalida por alguna razón que no comprendo, las palabras quedan congeladas en mi garganta, y a veces me veo forzada a admitir cosas que no quiero sobre algunas personas.

—Lo siento —dijo él, tratando de alcanzarla, esperando tener más palabras tranquilizadoras que pudiera darle.

—Tantas veces esperé que simplemente me castigaran en lugar de so, podría haberlo soportado, pero nadie quiso lastimar a quien tenía las respuestas que tanto deseaban.

—¿Has tenido siempre esta habilidad?

—Siempre.

—Tu padre y tu madre, ¿eran como tú?

—Mi madre no, ella era de la raza de las sirenas y aunque era poderosa no podía leer las mentes ni predecir el futuro. No sé quien fue mi padre.

—¿Así que eres una sirena? — Naruto buscó en su mente, pero no recordó ninguna visión de la infancia de Hinata o de su familia, aunque, sin embargo, eso explicaba el atractivo sexual de su voz.

—Parte sirena, no sé lo que es la otra mitad. Mi madre y yo vivimos en un pueblo de criaturas amantes de la paz y cualquiera de esas criaturas pudo haber sido mi familia.

—¿Porqué no vives aún en ese pueblo?

—Un ejército de humanos lo atacó, matando a todos y destruyéndolo todo a su paso.

—Lo siento —dijo otra vez, imposibilitado para hacer nada más.

—Gracias.

Él arrugó la frente.

—Un ejército humano, ¿has dicho? —Cuando ella asintió con la cabeza, continuó— ¿Cómo vinieron?

—De la misma forma que tú, a través de los portales. Muchos Konohakures creen que los Dioses los han enviado.

—¿Estamos cerca de un portal ahora?

Ella asintió.

—Los dragones los protegen ahora, matando a quien osa entrar.

Naruto recordó a los guardas que habían estado preparados en el palacio al que había entrado. Eran grandes y fuertes, pero se habían visto humanos, no dragones. No como el dragón alado que le atacó en el bosque.

Se obligó a comer el resto de su pez, aunque se había quedado frío y sabía a ceniza, después apartó la hoja a un lado.

—Me pregunto cómo es que aquí parecéis saber tanto de los humanos, desde luego no he visto muchos. ¿Qué les sucedió?

—Por primera vez desde la creación de Konoha, cada raza se unió para combatir y destruir el enemigo, pero aunque si esos humanos no hubieran invadido nuestra tierra, habríamos sabido de vosotros. Como dije antes, a veces los dioses nos envían humanos a los que quieren castigar. Esos criminales son una fuente nutritiva para los demonios y vampiros.

—Eso explica porqué me han odiado tanto y que esté en la lista de mierda de todo el mundo — Naruto se estremeció, recordando demasiado fácilmente que él mismo había estado en el menú—. ¿Cómo sobreviviste al ataque?

—No estoy segura —ella se rió, pero sin ningún tipo de humor—. Puedo predecir el destino de todo el mundo excepto el mío. Después del ataque los dragones me encontraron vagando por el bosque, me cuidaron durante muchos años antes de que los vampiros me secuestraran.

—¿Y tu padre? ¿También murió?

—Nunca le conocí y mi madre raramente hablaba de él.

La tristeza tiñó su voz y brilló en sus ojos, él sabía lo que era perder a un padre, añorarles, su madre había muerto cuando él era apenas un adolescente, fue una muerte larga y dolorosa mientras el cáncer destrozaba su cuerpo. Durante años había intentado comportarse como se supone que lo hace un hombre y simular que no le afectó, pero por las noches, cuando estaba sólo con sus pensamientos recordaba su voz, la forma en que le cantaba canciones de cuna, la forma en que le leía cuentos y lloraba esperando que sus suaves brazos le rodearan.

Una vez se había debilitado e intentado hablar con su padre sobre eso, pero su padre había salido el fin de semana, a emborracharse. Después ya no dejó que su padre viera su dolor, ni dejó que sus hermanos se enteraran. Él era el hermano mayor y tenía que ser fuerte, aunque su padre no se lo hubiera repetido montones de veces, ya sabía que estaba destinado a ser el fuerte. La roca en quien ellos se podrían apoyar y contar para seguir adelante.

Hasta el día de hoy, sin embargo, él había perdido a su madre junto con todo su interior.

—Mi papá será fuerte y maravilloso —decía Hinata, centrada en sus pensamientos—. Y estará encantado de verme.

Una esperanza desesperada y vacía inundó su tono. Quería que estuviera de acuerdo con ella, que no le dijera que el hombre no había querido tener nada que ver con ella o ya la habría encontrado sin importar los obstáculos.

—Estoy seguro de que estás en lo correcto.

Relajó los hombros recuperando su expresión de fe.

—Me pregunto si me parezco a él, mi madre tenía el pelo pálido, ojos verdes y piel tan translúcida que resplandecía.

—Bueno, honestamente espero que no te parezcas ni de lejos a tu padre porque eso le convertiría en un chico ardiente y eso no es precisamente correcto.

A ella se le escapó una risa cascabelera.

El sonido de esa risa calentó su sangre y le recordó el beso que casi habían compartido más temprano.

—Mencionaste que cuando tuviste visiones de mi, que me viste con mujeres.

La expresión de Hinata perdió todo astro de humor, apretó los labios y asintió con la cabeza, su ojos se vieron nublados.

—¿Qué estaba haciendo con ellas?

Ella se sonrojó bellamente de nuevo y esta vez el color se extendió hacia su cuello… y por debajo de su túnica.

—Hablabas con ellas, reías, bailabas y hacías… uh… otras cosas.

Él sonrió abiertamente, las esquinas de sus labios elevándose lentamente, había algo en su tono mojigato que le divertía.

—Suenas escandalizada. ¿Has bailado alguna vez?

Ella enderezó la espalda, poniéndose totalmente recta.

—Para tu información, no, no lo he hecho.

—¿Te refieres a bailar o a tener relaciones sexuales? —él tuvo que taparse la boca con una mano para evitar reírse.

—Ambos —contestó ella en un gruñido.

Su sonrisa desapareció.

—¿Me estas diciendo que nunca has bailado con un hombre?

—Correcto.

—¿Nunca te ha abrazado un hombre? ¿Nunca has visto un hombre desnudo?

—No —ella apartó la mirada.

La posesividad le consumió, ajustándose al mismo nivel de su deseo. Sabía que no debería sentirse así, sabía que debería sentir lástima por ella. Dios sabía que ella se había perdido un montón de cosas pero la compasión no podía superar su necesidad de ser el primero. Quería ser quien él quien le enseñara… pues bien, todo. Quería ser el primer hombre en chupar sus pechos, el primer hombre en saborear la pasión entre sus piernas. Quería ser el primer hombre en oir su nombre en sus labios durante su orgasmo.

Por descontado, él no se permitiría acostarse con ella, sin importar cuanto lo quisiera, pero diablos si no la iniciaba en todo lo demás. No había ningún mal en eso.

—En nuestro camino para encontrar la Joya Hinata de Byakugan —dijo él con la voz ronca—, ¿pasaremos por un pueblo?

—Sí —dijo mordiéndose el labio inferior.

Su cuerpo se endureció con el pensamiento.

—¿Tiene ese pueblo un bar? ¿Música?

—S-I —esta vez alargó la palabra, letra a letra.

Sonó tan indecisa… como si supiera dónde quería llegar él con esta línea de preguntas pero sin atreverse a esperarlo. Él no tenía tiempo para lo que estaba a punto de sugerir pero era tan incapaz de evitarlo como de ignorar al siempre persistete General Happy.

Descansa, soldado.

—Haremos una parada en el bar y te enseñaré.

Ampliando sus ojos perlas ella dijo.

—¿De verdad?

—De verdad. ¿Cuánto nos falta para llegar a la ciudad?

—No mucho. Estamos muy cerca, casi en las afueras.

—¿Y el templo?

—A dos días, tal vez tres.

Una oleada de anticipación casi le electrificó, en pocas horas estaría abrazando a Hinata, enseñándole algunos de los placeres más pícaros de la carne. Y en dos o tres días tendría a Byakugan en su mano, aún no había decidido si lo destruiría o se lo llevaría a su jefe.

Cualquier decisión que tomara, sería misión cumplida… en ambos frentes.

Naruto se levantó, respingando por el dolor de cada una de sus heridas.

—¿Qué haces? —demandó ella levantándose, corrió a su lado, haciendo flotar en el aire una suave brisa de brillo de sol alrededor de él.

—Necesito eliminar la rigidez de mi cuerpo, después empacarlo todo para que podamos dirigirnos al pueblo.

—Aún no te has curado.

—Necesitamos algunos suministros, comida, más ropa… armas.

—Sí, pero…

—Nada de peros, ahora me toca ganar a mí, tú ganaste la última discusión. Fuiste testaruda, si recuerdas, y te rehusaste a relajarte contra mí en el agua. Ahora es mi turno.

Ella rechazó sus palabras con un gesto.

—No tenemos dinero. ¿Cómo propones que compremos esas cosas?

Él sostuvo en alto sus manos y meneó sus dedos.

—No necesitamos dinero.

—No podemos robar, esas criaturas trabajan duro y necesitan cada centavo.

—Y nosotros necesitamos nutrición y protección. Haré cualquier cosa que sea necesaria para mantenernos alimentados y fuertes.

—Pescaré algo más.

—Eso llevará más tiempo del que tengo. Deja de discutir, estás desperdiciando el alieno.

Ella rechifló de frustración.

—Muy bien. Estírate o lo que sea que necesites hacer, mientras limpiaré el campamento.

—¿Has visto qué fácil es? —sonrió abiertamente y se dirigió a un árbol caído cercano diciéndole por sobre su hombro—. Me alegro de que empieces a ver las cosas a mi manera.

Hinata quemó sus platos de hoja, removió las cenizas y las brasas con una vara mientras observaba a Naruto. Su piel tenía más color, así que el pez había ayudado, tenía las palmas apoyadas en el tronco del árbol, mientras hacía unas flexiones, cuando las acabó se levantó lentamente contorsionando la espalda. El pelo rubio le caía por la frente y las sienes completamente despeinado, había perdido la gorra verde y negra hacía tiempo.

El simple hecho de observarle hizo que el pecho se le encogiera de anhelo y saber que le quería enseñar a bailar intensificó la sensación. Ella no se lo había pedido, al contrario, él se había ofrecido, con un deseo verdadero grabado en la voz.

—¿Has visto alguna vez la Joya Hinata de Byakugan? —le preguntó acercándose a ella.

La pregunta la puso nerviosa pero intentó de no mostrar reacción alguna.

—Muchas veces. ¿Por qué?

—Por curiosidad. ¿Cómo es?

Ella buscó las palabras correctas.

—Algunos dien que se parece a las perlas o diamantes —Cierto. Se encogió de hombros con un gesto casual y burlón—. Otros dicen que se parece a un nubarrón negro.— Cierto.

El arqueó las cejas tras sus crípticas palabras.

—¿Algunos dicen… pero qué dices tú?

Midiendo muy cuidadosamente su respuesta, dijo.

—Digo que se ve amargada y vulnerable.

—Nunca he oído una descripción así para una piedra preciosa.

—Un día tendrás tu propia opinión sobre a qué se parece.

Cuando el fuego quedó totalmente apagado, ella recogió la mochila y el maletín, metiendo el segundo dentro del primero, junto con todo lo demás que podrían necesitar, algunas rocas afiladas, un puñado de bayas que había descubierto en un arbusto cercano.

La única cosa que no empacó fue la cantimplora que llevó al río, rellenó de agua y se colgó del cuello. Naruto y ella realmente entrarían en el pueblo, la recorrió una sacudida de excitación y sus manos temblaron de nerviosismo. Su corazón latia excitado.

Ella siempre había atravesado las ciudades bajo un manto de oscuridad, custodiada por los guardas de no importa qué gobernante la poseyera en ese momento. Los perfumes y sonidos siempre la habían tentado y asombrado, sobre todo los de las tabernas, siempre trajinando con prisas, música y risa. Y ahora, por fin, iba a entrar en una. Iba a bailar. Con Naruto. Se le agitó el pulso.

—Necesitaré una túnica con capucha —dijo—. De lo contrario me reconocerán.

Él le echó una mirada rápida antes de señalar al suelo donde había estado unos momentos antes, algo caliente quemando en sus ojos.

—Ponte la mía.

—Te reconocerán como humano sin ella.

—Cariño —dijo con la boca crispándose en una sonrisa abierta —, robé dos.

—Oh.

Hinata rebuscó de nuevo en la mochila y justo, había otra túnica, esta de un suave amarillo. La sacó y pasó la ropa sobre su cabeza.

—Tenemos que acordarnos de ser precavidos. No confiamos en nadie salvo nosotros, ¿comprendes?

Ella asintió con la cabeza.

—Si vemos a un demonio o vampiro, traemos nuestro culo de vuelta a este bosque. Tanto como me gustaría conseguir un cuarto en la ciudad y cobijarnos de los elementos esta noche, preferiría enfrentarme al clima que a esos bastardos del infierno.

Naruto acabó de hacer los estiramientos y cerró la distancia entre ellos, tomó la bolsa y buscó sus armas. Quizás ella no debería haberlo empacado todo tan eficazmente. Él se ató un cuchillo a la cintura y otro al tobillo, entonces se colocó la túnica azul oscuro sobre sus hombros. A ella le preocupaba un poco que él hiciera un viaje duro a través del bosque, pero el hombre era un testarudo y no habría forma de hacerle cambiar de idea.

Él la miró y sus miradas se encontraron en un momento cargado de conocimiento llenando el espacio entre ellos.

—Hagámoslo.