Capítulo 12
Naruto y Hinata estuvieron de compras durante varias horas, compraron ropa, armas, baratijas y comida. Tras devorar tres pasteles de carne, o cualquier cosa que fuera, Naruto se sintió más fuerte de lo que había estado en días. Y necesitaba su fuerza.
Su mochila probablemente pesaba cuarenta y cinco kilos, atiborrada como estaba con las compras de Hinata.
La había observado saltar y reír de caseta en caseta como un niño ansioso, simplemente disfrutando de ella, amando la manera en que sus ojos brillaban, la forma en que sus mejillas resplandecían desde los tonos melocotones a los fresas.
Muchas veces se había acercado para apartarla de un tirón y embelesarse con su boca, desesperado por saborearla. Un sabor, eso es todo lo que él quería. Un sabor, eso es todo lo que necesitaba. Simplemente un sabor…
Nunca sería suficiente.
Las palabras impactaron ruidosamente en su cabeza, pero las apartó de un empujón con una fuerte determinación de acero. Las negó. Un sabor tendría que ser suficiente porque era todo lo que se podía permitir. Simplemente no podía arriesgarse a más.
—Quiero esto, y esto, y esto. —cantó ella—. Oh, mira esto. Lo quiero.
Te quiero. Sólo una vez le negó algo que quería. Le había pedido regresar a la primera mesa, la que tenía el brazalete enjoyado. No quería que lo comprara; quería comprárselo él. Quería sorprenderla con ello.
—No deberíamos regresar a esa zona. —dijo él, una excusa poco convincente pero fue todo lo que se le ocurrió.
Ella aceptó su negativa con un adorable mohín antes de correr hacia un puesto desbordado con sedas y encajes. Él exploró la multitud a su alrededor y no encontró ningún indicio de enemigos.
—Vengo ahora. —le dijo.
Su única respuesta fue una leve inclinación de cabeza. Él negó con la cabeza y sonrió sardónicamente. Si la mujer tuviera que escoger entre ir de compras y él, no tenía ninguna duda de quién resultaría ganador. Y no sería él.
Mientras ella regateaba el precio de una sexy túnica dorada y blanca, él se escabulló sigilosamente y le compró el brazalete, escondiéndolo en el fondo de los paquetes de modo que no lo viera.
Si ella se dio cuenta de lo que había hecho, no lo demostró cuando él se acercó a su lado. Se había movido de las ropas a una mesa apilada a gran altura con grandes rocas pintadas. Las rocas parecían ser guijarros comunes encontrados en el suelo, pero las brillantes y coloridas escenas pintadas en la superficie les daban una belleza impresionante.
La vendedora, una hembra con cara de toro y cuerpo de humano —Dios mío, nunca podría acostumbrarse a mirar a estas criaturas toro— llevaba una sucia túnica y la pintura manchaba sus dedos muy humanos. Ella no intentó convencerlos de comprar, simplemente les dejó mirar a su aire.
—Quiero una. —dijo Hinata.
—Son asombrosas. — Naruto todavía se sorprendía de la facilidad con la que hablaba el idioma de Konoha.
—Gracias. —masculló la mujer tímidamente.
—¿Los hiciste tu misma?
Ella asintió con la cabeza.
—Disfruto con mi arte.
Mientras ella hablaba, Naruto se encontró con una sensación muy extraña.
Repentina e inquietantemente, él olió su sangre. En realidad olió la dulzura de su sangre… y quiso saborearla. No de una forma sexual. Su boca se humedeció como si necesitara agua. Su mirada se disparó al cuello de la mujer, al pulso que palpitaba allí.
Pasó la lengua por sus dientes, horrorizado por el deseo e intentando fervientemente silenciarlo. Pero el dulce aroma permaneció fuerte en sus fosas nasales y la necesidad de un sabor, un único sabor, se intensificó.
¿Qué diablos estaba mal en él?
Excitado hasta la locura, intentó decirle a Hinata que la esperaría a cierta distancia. Entonces percibió una bocanada de su sangre. Ella olía a bondad e inocencia, pero además, también a poder y pasión. El hambre lo corroía, lo consumía, esta necesidad tenía una corriente oculta de sexualidad que lo hacía todo más intenso.
En su mente, casi la atacó. Casi se abalanzó sobre ella y hundió sus dientes en su cuello, llenando los sentidos con su esencia. El sudor se derramó de él mientras decididamente se quedó quieto en su lugar, manteniéndose bajo control.
Sus heridas eran las responsables de esta sed. Ayer había perdido muchísima sangre, por consiguiente su cuerpo quería reabastecerse. Eso era todo. No obstante…
Lárgate de una jodida vez, gritó su mente.
—Estaré por allí. —dijo él, las palabras fueron un mero graznido—. Grita si me necesitas. —Él dejó de golpe varios dracmas en el tablero y se marchó con paso airado.
Confundida, Hinata clavó la mirada en él. Estaba parado a una buena distancia de ella, pero permanecía a la vista, vigilándola como siempre. Su mirada azulada ahora se agitaba a un celeste tempestuoso, feroz y duro. Había líneas muy tensas alrededor de sus ojos, y su cuerpo vibraba con una especie de energía reprimida.
¿Lo había enfadado?
—Tu hombre… dile que no puedo aceptar tanto dinero. —dijo la vendedora.
Hinata desvió su atención de Naruto y se encontró con la mirada cálida y preocupada de la mujer. Espontáneamente, ella sonrió. Oír referirse a Naruto como su hombre era… apasionante.
—Nunca he visto un trabajo tan bello como este. Mereces cada pieza del dinero que él te dio. Por favor… ¿cuál es tu nombre?
—Erwin.
—Por favor, Erwin, tómalo con el corazón feliz.
Sus labios delgados se convirtieron en una sonrisa mientras colocaba los dracmas en el bolsillo.
—Toma tantas rocas como quieras.
Hinata asintió con la cabeza. Ella estudió las rocas. Algunas tenían cascadas, otras tenían bosques. Algunas tenían criaturas pintadas en la superficie. Cada escena parecía estar viva, como si de verdad ocurriera, como si las criaturas se movieran de verdad.
Una tenía dos diamantes pintados en el medio, y atrapó la mirada de Hinata. Ella alzó la piedra y jadeó, dándose cuenta de que era su cara la que veía. En el retrato, sus ojos contenían tristeza y su boca se sumergía en un triste fruncimiento. Se veía triste, sola y vulnerable.
—¿Te gusta esa? —preguntó Erwin con vacilación.
—¿Por qué… por qué pintaste a esta mujer? —sostuvo en alto la roca, mostrándole a la minotauro el semblante decorando de la superficie.
—Mírala. Ella representa el sufrimiento de todos nosotros, desesperada por librarse de la vida para la que nació.
Cuanta verdad. Excepto por estos últimos días con Naruto, Hinata no podía recordar un tiempo en su vida en el que fuera feliz. Siempre había rezado por un día, un único día, donde ella pudiera ser tan normal e ignorante como todos los demás.
—Tal vez un día la mujer y yo encontremos una vía de escape. —agregó la minotauro. Ella extendió la mano y trazó un dedo sobre la superficie, y mientras lo hacía, su yema rozó la palma de Hinata.
Hinata se sacudió con fuerza cuando una visión pasó por su mente.
Un niñito, un minotauro, era arrancado de los brazos de una mujer. Los brazos de esta mujer. La vendedora. La noche había caído y las sombras danzaban por todas las partes alrededor de una pequeña cabaña que se había construido debajo de un árbol. La madre y el hijo estaban llorando y gritando, pero el ejército demoníaco los arrastró a ambos fuera, viéndolos solamente como una fuente de comida.
Hinata parpadeó y meneó su cabeza, aclarando sus pensamientos. Su corazón golpeó ruidosamente dentro de su pecho, y un sudor frío se extendió por todo su cuerpo.
—Vives cerca de aquí. —dijo ella.
Erwin palideció, su peluda cara de toro se puso pálida.
—Eso no es de tu incumbencia.
—Has construido un refugio debajo de un árbol para ti y tu hijo.
Ella jadeó y tropezó hacia atrás, su mano revoloteó sobre su corazón.
—¿Cómo…?
—Muy pronto, la reina demonio marchará con su ejército sobre tu casa. Os cogerán a ti y tu hijo y ambos moriréis.
—¿Qué? ¿Cómo puedes…?
Hinata sabía que la mujer nunca la creería, no sin una prueba. No sabiendo qué más hacer, subió su mano e hizo retroceder su capucha, dejando a la luz apartar las sombras y revelando sus rasgos. Erwin jadeó otra vez, esta vez el sobresalto y el horror inundaban el sonido.
—¡Tú! —jadeó, ambas manos ahuecando su boca.
—Por favor — dijo Hinata, volviéndose poner la capucha—. Tú deseas librarte de tu vida, como yo lo hacía. Lo he hecho. No me lo quites gritando ahora.
La mujer asintió con la cabeza, sus ojos ampliados.
—Ahora sabes que digo la verdad. Sabes que si no te mudas del bosque, tú y tu hijo perderéis la vida.
Ella asintió con la cabeza otra vez. Con dedos temblorosos, comenzó a recoger sus cosas y cerrar su mesa.
—Nos llevaré a ambos a la seguridad —susurró ella, el horror cubriendo cada palabra—. Ahora. Ahora mismo.
La mano de Hinata se relajó en los lados.
—Todo estará bien ahora —la reconfortó—. Lo sé. Y gracias por la roca.
Con eso, se fue hacia Naruto, deseando ardientemente su cercanía, su calor. La luz del día empezaba a disiparse, el aire a enfriarse. La oscuridad pronto caería. Sería más conveniente si estuvieran refugiados dentro una habitación alquilada y no vagando por las calles. ¿O había querido él regresar al bosque?
No quería que él supiera lo que había estado haciendo, con lo que le echó los brazos alrededor, y mientras estaba distraído, dejó caer la roca dentro de su bolsa.
Él abrazó su espalda, demorándose un momento, antes de tirar de ella.
—¿De qué estabais hablando vosotras dos? —Él ya no parecía enojado. Su expresión era relajada, su cuerpo cómodo—. La mujer se veía enferma y lista para desmayarse.
—Se dio cuenta de que su hijo estaba peligro y fue a apartarlo de él.
—¿En serio? —Había abundancia de significados en esa frase, y Naruto pudo deducir la historia entera.
Hinata tuvo una visión de peligro y había avisado a la mujer.
La mujer había corrido a salvar a su hijo.
Hinata… lo asombraba.
La había visto bajar su capucha ligeramente y casi había corrido hasta ella y la había arrastrado de regreso al bosque. Pero había permanecido en el lugar, curioso por lo que ella estaba haciendo. Se había puesto en peligro a si misma, se había arriesgado a ser vista y echado una mirada furtiva a sabe Dios qué, para ayudar a una mujer que no conocía. Tal bondad era tan maravillosa como estúpida.
—Creo que has visto todas las tiendas —le dijo él—. Es muy tarde para regresar a la cañada, por lo que necesitaremos conseguir un cuarto. ¿Has terminado con las compras?
—Sí.
—Tengo sed. De agua —agregó él para su propio beneficio. Su deseo de sangre afortunadamente se había calmado, pero ahora sentía la boca seca y deshidratada—. Primero la bebida, luego habitación.
—Hay una posada aproximadamente a una milla de distancia. Podemos cenar allí, así como también pasar la noche.
—¿Qué clase de criaturas moran allí? —Él envolvió su brazo alrededor de su cintura, y caminaron suavemente calle abajo, rodeando a otros compradores.
—Centauros y sirenas. Son aliados conocidos, a menudo protegiéndose los unos a los otros. Si conservamos las capuchas sobre nuestras cabezas, puedo hacerme pasar por una sirena común y tú puedes fingir ser un…
—Nimph. —Él acarició con dos dedos su mandíbula—. Creo que sería un excelente nimph.
Hinata se rió ahogadamente.
—Apestan a sexo y tú, bien, tú hueles a delicioso humano. Además, tendrías una fila de mujeres detrás de ti si fueras un nimph.
Él dio un falso y triste suspiro.
—Así es que tengo que ser… ¿qué? ¿Un Cíclope tuerto? ¿Una Gorgona cabeza de serpiente?
—Quizá puedas pretender ser un dios. —dijo ella pensativamente.
—¿Pretender? —bufó.
—Hace años y años, los dioses nos visitaban una vez a la semana, siempre tomando una forma humana diferente y mezclándose entre nuestras filas. Hace mucho tiempo, pero tú eres lo suficientemente alto y apuesto. Como un dios, serías adorado y nadie se atrevería a intentar lastimarte.
—Ese es un plan con el que puedo estar de acuerdo. —Él levantó su mochila más alto sobre su hombro—. Siempre he querido ser adorado. ¿A cuánto está la posada?
—Cerca de una milla. Si nos damos prisa, llegaremos antes del anochecer.
Él captó la ansiedad bajo su tono.
—¿Te asusta la oscuridad, Pru?
—Esta zona del Casco de la Ciudad es para todas las criaturas, pero se ramifica completamente en secciones diferentes, una para cada raza. Si estamos en la zona equivocada en un mal momento… Una vez que alcanzamos la zona designada a los centauros, podemos relajarnos.
Él tuvo que admitir que le dolía el cuerpo, sus heridas latían, y estaba más que listo para encontrar una cama. Demonios, podría haber firmado para una excursión de una semana a la Ciudad Demoníaca si eso significaba poder dormir pronto.
—Ya añoro el ágora — Hinata suspiró—. La gente, los olores, la comida.
—Ya lo sabes —le dijo—. Cuando me vaya, tendrás tu libertad. Podrás visitar el mercado en cualquier momento que quieras. Ir de compras cada vez que quieras.
Sus hombros se enderezaron; ella conservó su mirada hacia al frente.
—Sí, es algo que soñar y esperar.
Empezaba a entender cómo funcionaba ella. Por alguna razón, no podía mentir, así es que manipulaba sus palabras para decir la verdad, pero también podría hacer asumir al oyente algo completamente diferente.
—Así que, puedes soñar sobre ello —dijo él—, ¿pero en realidad no puedes tenerlo? ¿Es eso lo que me quieres decir?
Los ojos de Hinata se ampliaron. No había esperado que Naruto comprendiera lo que estaba haciendo. Sospecharlo, sí, pero no darse cuenta.
—¿Qué le impediría a otro gobernante el capturarme? ¿Qué evitaría que alguien me matara si piensa que soy peligrosa? —Añadió ella en un tono vacío y susurrante.
Un músculo se contrajo en su mandíbula.
—Necesitas aprender autodefensa. Necesitas aprender a evadir a tu enemigo.
Ella bufó.
—¿Evadir a todo un ejército?
—Puede hacerse. Créeme.
—He visto muchas de tus misiones, y dudo que alguna vez aprenda a pelear y a evadirme como tú.
—Harás lo que tengas que hacer para sobrevivir. —Él apretó su cadera, pasando el pulgar a lo largo de la curva de su cintura.
Ella tembló.
—Fui enviado a Gillirad, un planeta donde proliferaban las guerras mágicas. Sus ejércitos tenían hechizos para todo, desde congelar a alguien en el lugar, hasta hechizos de enfermedad. Se destruían unos a otros, y me encontré en medio.
—¿Por qué fuiste allí? —Ella se quedó sin aliento, horrorizada.
—OBI me envió. Debía hacer un reconocimiento, nada más. Observarlos, averiguar cómo practicaban una magia tan poderosa, y salir. Tenía un equipo de psíquicos conmigo. Cuando uno de los ejércitos Gillradian nos divisó, lanzó una especie de hechizo sobre mi grupo, un hechizo que mató a todos excepto a mí.
Ella agarró su mano, enlazando sus dedos.
—¿Qué te salvó?
—Creo que fue el hecho de que era el único ser no mágico allí. No tenía cualidades mágicas, así es que su magia no se adhirió. Se dieron cuenta de ello y me persiguieron por todo el planeta. Escuché a uno de los altos mandos diciendo que querían estudiarme, para experimentar y utilizarme en contra de sus enemigos.
—¿Cómo escapaste?
—De la misma forma que sobreviví cuando llegué a Konoha por primera vez. Se trata de mezclarse con tu entorno, saber cuándo golpear y cuando retroceder.
—Mi cara es reconocible. Una mirada sobre mí, y todo el mundo sabrá quién soy.
—Tal vez necesitas disfrazar tu cara. Teñirte el pelo.
Sus hombros descendieron, y ella contuvo una oleada de tristeza. Una parte de ella había esperado que le pidiera que regresara a la superficie con él. Otra parte había ansiado oírle prometer quedarse con ella para siempre.
—Eso no es vida, andar escondiendo mi verdadera identidad. Eso no es libertad.
—¿Entonces, no hay nadie en quien confíes para ayudarte? ¿Para pelear en tu nombre?
—Confío en ti.
Su mano se deslizó hacia arriba, arriba, hasta el borde de su seno. Un nudo se formó en su garganta, y ella tragó saliva. El fuego ardió a través de ella, calentando su sangre.
—A parte de mí —dijo él, su voz repentinamente dura—. Alguien que conozca Konoha y a su gente.
Ella le dio vueltas a la pregunta en su mente, luego negó con la cabeza tristemente.
—Supongo que podría ir a los dragones, pero no duraría mucho. Alguien vendería mi ubicación y yo sería robada.
—¿Y tu padre?
—Como te dije, aún tengo que encontrarle. Y cuando lo haga, no puedo estar segura de que pueda ayudarme.
Naruto guardó silencio durante mucho tiempo. Finalmente dijo.
—Pensaré en algo. No te dejaré indefensa.
Ella hizo una pausa.
—Me podrías llevar contigo.
A Naruto le gustó la idea. Un montón. Más que un montón.
Le gustaba la idea de tenerla en su casa, en su cama. Sólo con pensar en ello tenía una erección; se endurecía y se excitaba. La podría desnudar todas las noches, podría hundirse en su caliente humedad. Podría disfrutar de ella en su tiempo libre.
Ser su primer hombre.
Su mano se apretó en su costado mientras el puro deseo lo estremecía. Le enseñaría la manera en la que le gustaba ser tocado, y aprendería los lugares sensibles de su cuerpo. Harían el amor en cada posición imaginable… y algunas posiciones que no lo eran.
Dios mío, estaba tentado. Tan tentado.
Sin embargo, por mucho que pudiese quererla con él, iba a dejarla aquí. OBI lo averiguaría, la tomaría, experimentaría con ella, y la encerraría, tal como la gente de su propio mundo hacía. Simplemente no había ninguna forma de hacerla pasar a través del portal sin su conocimiento. Tenían hombres situados fuera veinticuatro horas, siete días a la semana.
—Lo siento —le dijo él, obteniendo un tono forzado para ser tan inflexible como el acero—. No puedo hacer eso. Tú tienes que quedarte, y yo tengo que irme.
Sus párpados se mantuvieron cerrados durante un breve momento, y ella dejó salir un aliento tembloroso. Supo que la había lastimado, y se odió por eso.
—Ojalá pudiera, Hinata, pero es imposible.
—Lo entiendo —dijo ella suavemente—. Lo hago. No tienes que justificarte.
Frustrado, él pasó una mano a través de su pelo. El dolor se notaba en su voz, y él se dio cuenta que antes patearía su propio culo que oír eso de nuevo.
—Tú afrontarías los mismos peligros en la superficie que afrontas aquí, si no peor. Aquí, al menos, los reyes y las reinas no te lastiman físicamente.
—A veces pienso que eso sería mejor que el dolor emocional que me veo forzada a soportar.
Dios mío, ella lo desgarraba interiormente, e incluso no se daba cuenta de ello.
—Como dije, te enseñaré a defenderte. Tenemos los próximos tres días juntos. Puedo convertirte en una máquina guerrera en ese tiempo.
Llegaron a un edificio de piedra blanca, la música zumbaba desde las puertas, una suave melodía que seducía. Nadie entraba o salía del lugar, así es que Naruto no pudo conseguir una mirada más allá de las puertas. Intrigado, se detuvo y leyó el cartel.
—La Pezuña Feliz.
—Un bar centauro —proporcionó Hinata—. Con baile. —Su mirada azulada rápidamente se movió a la de ella, al mismo tiempo su estómago se apretó. Las corrientes eléctricas corrieron a través de él mientras se imaginaba sujetándola en sus brazos. Atrayéndola cerca, ajustando sus senos a su pecho, contoneándose con ella al compás de la suave melodía. En ese instante se olvidó de su cuerpo, sus brazos ansiaban sujetar a Hinata, sus palmas ardían por acariciarla. Por alejar su tristeza.
—Te prometí lecciones de baile, amor, y soy fiel a mi palabra.
