Capítulo 13

Hinata se arrastró tras de Naruto cuando irrumpió a través de las puertas dobles y entró en el bar. Los suaves sonidos de una flauta se elevaban por encima de la risa y el parloteo que llenaban la sala. Los centauros estaban dispersados en todas direcciones, algunos sentados a las mesas, descansando en sus cuartos traseros, otros haciendo cabriolas en la pista de baile en una maraña de pieles castañas, rubias y carmines. Varias sirenas también estaban presentes, con sus pieles brillando incandescentes, su sedoso y fluido cabello negro.

Entonces… Todos se detuvieron, pararon y se voltearon a mirarlos fijamente.

Incluso la música cesó, cortándose de raíz. Hinata se removió inquieta.

Naruto dio un paso adelante, y varias personas jadearon murmurando "Humano."

En el momento en que él se metió completamente en su rol de dios, sus cejas se elevaron y sus labios formaron un arrogante rictus. Él agitó una mano en el aire.

—He llegado, —dijo él, su voz de superioridad rompiendo el silencio—. ¿Por qué no se inclinan? ¿Se atreven a faltarme el respeto?

La fluidez de sus palabras, como si él hubiera hablado el lenguaje de ella toda su vida, todavía la asombraba. Ella nunca antes había considerado sensuales las abruptas sílabas, pero cuando Naruto las pronunció, un hambriento temblor atravesó su columna.

—Realmente no puedes esperar que nos inclinemos ante ti, humano, —espetó un enorme centauro, lanzándose hacia adelante amenazadoramente. Sus brazos estaban bronceados, gruesos y musculosos, su pecho desnudo y surcado de cicatrices.

La boca de Hinata se secó. El centauro planeaba partir a Naruto a la mitad como una ramita. Ella podía leerlo muy claro en su mente.

—Soy Adonis, —dijo Naruto, sobreponiendo capa tras capa de poder en su voz—, y os inclinareis

Ésa voz….persuasiva y enigmática, hipnótica, investida con toda esa autoridad que no dejaba lugar a dudas. La mitad de las personas en la sala jadeaban y se acercaban a él, queriendo tocar al dios que había caminado entre ellos. La esperanza los embargaba. Había pasado tanto tiempo, pensaban, su excitación iba en aumento, y no habían sido olvidados como habían supuesto.

El centauro titubeó en su certeza de que Naruto no era más que un humano, pero aún se aferraba a sus dudas.

—Pruébalo, —gruñó el hombre—caballo.

Su nombre es Bradair, susurró Hinata en la mente de Naruto. Ella no había sido capaz de llegar a él de ésta manera desde su enfermedad, y no tenía forma de saber si esta vez funcionaría.

—¿Debería derribarte con una descarga astral, Bradair? ¿Debería convertir tu carne en cenizas?

¡Había funcionado! El por qué, no lo sabía. Ella sólo estaba feliz de que así hubiera sido.

El color desapareció de la bronceada cara del centauro, revelando un fino trazo de venas.

—¿Cómo supiste mi nombre?

Le teme a las serpientes, añadió Hinata.

Naruto nunca dejaba pasar una oportunidad.

—¿Debería lanzarte a un pozo de serpientes?

—Yo… yo…

Lista para terminar con esto, Hinata cerró sus ojos y proyectó sus pensamientos al interior de las mentes de los clientes, haciéndoles pensar que Naruto estaba flotando, que salía fuego crepitando desde su cabeza, y chispas luminosas desde sus dedos.

Bradair cayó de rodillas, balbuceando

—Siento tanto haber dudado mi señor. Por favor perdonadme. Soy un hombre tonto, y me despreciaré a mi mismo durante toda la eternidad por atreverme a cuestionaros.

—Estás perdonado. Asegúrate de que no vuelva a suceder.

—Sí, sí. Gracias, gracias.

—Una mesa, sillas. —Demandó Naruto con una palmada, obviamente disfrutando su papel—. Tengo inmediata necesidad de ellos.

Centauros y sirenas se apresuraban a complacer al hombre, o mejor dicho al dios junto a ella. Una mesa fue limpiada rápidamente, lo que estaba encima fue barrido al suelo con entusiasmo, y arrastraron dos sillas al frente de la misma.

—Vuestra mesa, oh Señor de Señores.

Él caminó a zancadas con un arrogante pavoneo, con todo aquel que pasaba tratando de tocarlo. Él ayudó a Hinata con su silla y luego se desplomó junto a ella.

Nadie parecía inclinado a irse; ellos permanecían alrededor de la mesa, con expresiones absortas. Un centauro hembra con una sedosa crin de cabello rojizo dio un paso al frente. Su pecho estaba desnudo, y los grandes senos se balanceaban con sus movimientos.

Las manos de Hinata formaron puños a sus costados al tiempo que luchaba contra el impulso de cubrir los ojos de Naruto.

—Por favor permitidme serviros, Única Divinidad. Será mi mayor placer.

—Dos de lo mejor que tengas. — Naruto le echo un vistazo a Hinata y notó que su silla estaba varias pulgadas más allá. Él agarró el borde de la silla y la arrastró más cerca, hasta que sus muslos se rozaron.

Ella jadeó ante el contacto, caliente y electrizante. Su mirada se cruzó con la de él, y sus labios lentamente formaron una burlona media sonrisa. Cada vez que lo miraba o lo tocaba, sentía como si su alma fuera expuesta. Como si estuviera expuesta y vulnerable, y oh, tan necesitada.

—Así está mejor, —le dijo a ella, luego, dirigiéndose a los demás—, continuad con vuestros asuntos.

Gradualmente, con reticencia, ellos obedecieron, sin embargo todos mantuvieron reverentes miradas sobre él.

—Nunca esperé que anunciaras tu divinidad de ésa forma. Pensé que lo mencionaríamos, nada más. — Hinata hizo una pausa—. Siempre me sorprendes…

—Esperemos sorprenderlos a ellos.

Hinata debatía su atención entre la calurosa intensidad de su mirada y en echar un vistazo alrededor. Las paredes estaban pintadas con hermosos murales de centauros danzando, prados exuberantes y capullos en flor. La amplia gama de colores quitaba el aliento, e iba desde el más brillante azul celeste al más pálido rosa.

Sus bebidas fueron puestas en la mesa un momento después.

—¿Hay algo más que pueda traeros, Oh, Glorioso? ¿Algo? ¿Cualquier cosa? —Al tiempo que hablaba, el dedo de la centauro trazaba la línea exterior de su pezón.

—Nada más, —espetó Hinata. Si alguien iba a invitar a Naruto a la cama, iba a ser ella. Hinata.

La hembra se alejó trotando, con expresión desolada.

—¿A qué ha venido todo eso? —preguntó él, torciendo ligeramente los labios.

—Como si no lo supieras. ¡Pervertido!

—Guarda las uñas, Blaze. Sólo hay una mujer en la que estoy interesado en este momento. Su estómago se contrajo deliciosamente, pero ella apenas tuvo tiempo para explorar la maravillosa sensación antes de que él empujara un vaso de vidrio delante suyo diciendo—. Bébelo, realmente no podemos quedarnos aquí mucho tiempo.

Curiosa e insegura, ella sorbió con cuidado el líquido ambarino. La helada bebida era dulce con un sabor a manzana.

—Mmm. —Ella apuró el resto y a pesar de estar frío, el líquido la calentó por dentro.

Naruto volvió a tomar un trago, luego paró e hizo un gesto.

—¿Qué es esta cosa? —Sostuvo el vaso y lo examinó con suspicacia. Él incluso olfateó el borde— Es puro azúcar.

—Yo nunca había probado nada tan delicioso.

Su mirada cayó y se entretuvo en los labios de ella, intoxicante y embriagador.

Sus mejillas estaban cálidas teñidas de rubor, ésa única mirada la afectaba como una caricia, moviéndose por su piel. Sus pezones endurecieron. ¿Cómo sería si él la lamiera allí? ¿Cómo sería si sus dedos exploraran entre sus piernas, untándose con su humedad y deslizándose dentro de ella?

Ella se estremeció.

¿Cómo sería sujetar su pene entre las manos y acariciarlo suavemente hacia arriba y abajo? Tantas veces ella había soñado con esto, rezado por esto.

Desesperada por ello. ¿Lo haría realidad alguna vez? ¿Querría verdaderamente hacerlo realidad alguna vez?

La mirada de ella se desvió a los centauros que bailaban en el centro del lugar.

Sus brazos estaban sujetos alrededor del otro, sus pezuñas balanceándose a derecha e izquierda, sus colas girando, y la visión le provocó un profundo dolor por la añoranza.

—¿Estás lista para iniciar tus lecciones de baile?

—He estado lista por años, —dijo ella, luego apretó sus labios.

No había querido decirlo tan alto. Ella no quería que Naruto supiera cómo se sentía respecto a él. El afirmaba que prefería las relaciones cortas, sin enredos, pero ella habría visto el número de mujeres que se habían enamorado de él sólo con solo mirarle el trasero mientras se alejaba.

Él no era un hombre que aceptara fácilmente ataduras.

Poniéndose en pie, entrelazó los dedos y levantó sus brazos. Los callos en sus manos encendían una fricción inexorable. Todos miraban cómo el la conducía a la pista de baile. Él se giró encarando a la multitud, con su espalda atrapada en la esquina, y la hizo dar vueltas. La atrajo hacia sus fuertes brazos.

Sus pestañas aletearon hasta cerrarse. Descansó su cabeza sobre el hombro de él y respiró su esencia. Sus manos lo rodearon, anclándose en su espalda baja, justo sobre sus nalgas y debajo de su mochila. Ella sintió la fuerza de sus músculos, el calor de su piel, y quiso no dejar nunca ése lugar.

La música siguió sonando, suave y lenta, y ellos se balancearon con el seductor ritmo. Se sentía tan maravilloso estar en los brazos de él. Tan…perfecto.

—Tienes un talento natural, —la elogió él, con su voz ronca. Él enterró su nariz en el hueco de su cuello, inhalando profundamente—. Hmm, hueles bien. ¿Has oído hablar de Dirty dancing?

—No.

—¿Quieres que te enseñe? —Las piernas de él se abrieron un poco, ajustando las de ella entre los dos, y sus caderas empezaron a mecerse hacia delante, rozándola y retirándose, la tensión de su erección contra su centro.

Impresionantes olas de placer se dispararon a través de ella, haciendo chispas como la descarga que Naruto había amenazado con usar contra el centauro, y ella emitió un grito ahogado. Cada punto de contacto la quemaba.

—Mueve tus caderas contra las mías.

Ella lo hizo, moviéndose en la dirección opuesta y conectándose en la mitad.

—Es… es… —Las palabras quedaron atrapadas en su garganta, suspendidas por una sacudida de pura carnalidad. Cada vez se movían más y más rápido, arqueándose el uno contra el otro.

—Perfecto. Dios, lo sé.

Una de sus manos se dirigió a las nalgas de ella, agarrándolas, y la otra mano subió por su cuello para enredarse en su pelo. Él presionó más profundamente su abrazo hasta que sus bocas estuvieron a un aliento de distancia. Sus miradas se cruzaron con sensual intensidad, él movió una de sus piernas para que los muslos de ella quedaran a horcajadas contra él.

—Oh, dioses. —Otro jadeo escapó de ella. Si ellos seguían hacienda esto por mucho más tiempo, ella iba a explotar. Ya su cuerpo urgía buscando ir hasta el final. Una espiral de placer. Una búsqueda de liberación.

—Te quiero esta noche. —dijo él—. No debería, pero lo quiero. Te quiero tanto que estoy adolorido por ello. Me dije a mí mismo que no te arrastraría en el camino, que solo jugaría un poco, pero eso no va a ser suficiente. Ni de cerca. Ahora mismo, no puedo hacer que las consecuencias me importen. Te quiero esta noche, —repitió él.

Te quiero para mí por siempre, pensó ella ofuscada. Su probada de libertad hoy había roto algo al interior de ella. Una aceptación, una pasividad. Ella se merecía un mío por decisión propia, una vida de amor y felicidad. Podía ser diferente, pero poseía un corazón muy humano. Ella quería a Naruto en su vida ahora y siempre.

Quería desnudarlo y darle la bienvenida dentro de su cuerpo, una y otra vez, noche tras noche, sus miembros entrelazados.

Él la quería sólo esta noche.

—¿Qué sientes? —Le preguntó Naruto, sus palabas susurradas como una caricia—. ¿Cómo te están haciendo sentir mis brazos?

—Fuego. Siento que me estoy abrasando.

—Eso es bueno. Realmente bueno. —Sus ojos eran agua líquida, vivos con…algo que ella estaba casi temerosa de nombrar. Era una mirada que ella nunca había visto en él, en sus visiones o en la realidad, casi brutalmente tierno.

Ella movió sus manos hacia el pecho de él, posando una sobre su corazón. Su corazón tronaba, latiendo con fuerza. Rápido.

—Estas a punto de ser besada, dulzura, ¿Lo sabes, verdad? Pero no podemos. Si te beso, no podré parar. Eres un infierno de distracción, y aún cuando estas personas piensan que soy un dios, no puedo permitirme estar distraído aquí. —Su mano masajeó la parte de atrás de su cuello—. Nadie más ha olido nunca como tú, como tormentas y luz de luna.

—Dijiste que no podía ir contigo Naruto, pero tal vez…tal vez tú puedas quedarte aquí. —Ella lo abrazó aún más fuerte, su mejilla frotando la de él—. Quédate aquí conmigo.

Los párpados de él se entrecerraron, y sus labios recorrieron la línea de su mandíbula, su lengua lamiendo en caliente y decididas caricias.

—No puedo. OBI enviaría a otro agente, tal vez más, y aquellos hombres morirán o matarán a las personas aquí. Te quiero Hinata. De veras. Más de lo que alguna vez he querido a alguna mujer, pero te dejaré. No importa lo que pase, me iré a casa. Nunca te permitas creer lo contrario.

Había honestidad pura en su voz, una convicción hasta los huesos. Él no albergaba una sola duda respecto a sus palabras; él creía en ellas con todo su corazón. Si ella se lo permitía, él la besaría, quizás le haría el amor esa noche, pero cuando su misión finalizara, también lo haría su relación.

Ellos nunca se verían de nuevo. Nunca hablarían el uno con el otro.

Ésa certeza la hirió más profundo que cualquier cuchillo.

Sabía que él se negaría, por supuesto. Al momento en que habló, supo cuál sería su respuesta, pero la esperanza era una cosa extraña, terca, y ella había sido incapaz de guardarse las palabras.

Solo se presentaban dos opciones. Aprovechar el tiempo que tenían juntos o mantenerlo a distancia. De cualquier manera, ella terminaría con el corazón roto.

Una le dejaría hermosos recuerdos que podrían destruirla. La otra le traería remordimiento, pero sobreviviría.

—He sido honesto contigo desde el principio, —dijo él, suavizando su tono para calmar el escozor de sus anteriores palabras.

—Te dije antes que no tenías que explicarme tus razones. —Ella intentó ocultar su dolor, pero no tuvo mucho éxito—. Soy muy consciente de cómo eres.

Él estudió su rostro. Lo que sea que él vio en su expresión lo hizo enojar, porque frunció el ceño, la tomó de la mano y la arrastró de vuelta a la mesa. Su ceño permaneció mientras él pedía otras dos bebidas. Él no habló hasta que se las trajeron y el camarero desapareció.

La noticia de la presencia de Naruto debía haberse esparcido, porque el bar prácticamente reventaba con centauros y sirenas que acababan con todo el espacio.

Cada pocos segundos, alguien tocaba su cabello o acariciaba su hombro. En su mayoría él los ignoraba.

—¿A qué te refieres con que sabes cómo soy? —Él apoyó sus codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante mientras ella daba un sorbo a la helada y dulce bebida.

Ella se encontró con su mortal mirada, sus ojos estrechos, la sangre hirviéndole con su propia sensación de creciente rabia.

—Te deshaces de tus mujeres muy rápidamente.

—Eso no es cierto, cariño. Yo no tengo encuentros de una noche.

—No en tu mente, no, Tú mantienes a las mujeres a tu alrededor durante un rato, pero nunca das mas de ti mismo que el más mínimo brillo. En el momento en que comienzan a acercarse, las abandonas.

Las fosas nasales de Naruto se agrandaron. Su último noviazgo había durado seis meses. Seis meses de monogamia y compromiso. A él le había gustado ella, había disfrutado pasando tiempo con ella…pero la noche en que ella le dijo que lo amaba fue la última noche que pasó con ella, ahora se daba cuenta de eso.

Él parpadeó, haciendo un rápido repaso mental de sus otras amantes. Maldita sea, Hinata tenía razón. Al principio, su última amante había estado contenta con verlo los pocos días del mes que él estaba en casa y con habar esporádicamente por teléfono. Habían tenido una vida sexual grandiosa, en la que ambos encontraban diversión. Entonces ella había empezado a dar indicios de que quería algo más. Más de su tiempo, más de él. Ella había empezado a dejar ropa en su casa. No obstante, la mierda explotó, cuando encontró tampones en su botiquín. Tampones, por el amor de Dios. Había sido sólo en ése momento, que se dio cuenta que estaba en una relación a largo plazo.

Había sudado durante un par de días, pero no había dejado de verla. Se había estado preguntando por qué no sentía la inclinación de contarle a ella sobre su vida.

Y por qué no había querido presentarla a su familia. Si lo hubiese hecho, quizás esa cosa del "te quiero" no lo habría tenido balanceándose sobre el borde. Odiaba las relaciones de una noche, o al menos siempre se había dicho eso así mismo.

Básicamente, eso era lo único que había tenido. Relaciones de una noche que duraban varios meses. Nunca le había dicho a una amante que la amaba, nunca había vivido con una mujer, tampoco. Nunca le habló a ninguna mujer sobre su vida, su trabajo o su familia. Él sacudió su cabeza con incredulidad.

No era como si él quisiera permanecer soltero para el resto de su vida. De hecho le gustaba la idea del matrimonio, niños y vivir felices por siempre. ¿Entonces cuál era el problema? ¿Por qué no se permitía a sí mismo enamorarse?

Una sola respuesta le saltó a la mente. No había conocido a la mujer correcta.

Frunció el ceño, considerando la validez de ése pensamiento. Si ése desagradable cliché era cierto, eso significaría que había una sola persona, un solo amor verdadero, para cada uno.

Su padre y su madre pensó él, habían sido almas gemelas. Luego su madre había muerto, y aunque su padre permaneció soltero por mucho tiempo después, había encontrado a otra mujer, una a la que amó más de lo que había amado alguna vez a la madre de Naruto.

Naruto no estaba molesto con su madrastra, Francis por eso, pero aquello había afectado su concepción del amor. ¿Estaba esperando por una conexión más profunda de la que había tenido con cualquiera de sus mujeres? ¿Habría sabido él de alguna manera que no podría tenerla con ellas?

¿Podría tenerla con Hinata?

Sí, rugió una voz dentro de su cabeza. Él rápidamente la silenció. Una de las cosas más difíciles que había hecho alguna vez. Eran de dos mundos diferentes, y nunca podría dejarse olvidar eso. No estaban destinados a estar juntos. Simplemente había demasiadas complicaciones.

No podía negar que la quería, pensó. Dios, sí la quería. Con desesperación. Le encendía la sangre, calentándolo y enfureciéndolo. Haciéndolo sudar, dispuesto a suplicar por ello. Hacía elevar sus hormonas. Por ella. Sólo ella.

Sólo Hinata parecía excitarlo ahora. Su amabilidad lo sacudía continuamente. Su sonrisa lo deslumbraba continuamente. Estaba más consciente de ella de lo que había estado de ninguna otra. Quería protegerla y cuidar de ella. Quería poseerla, marcarla.

Quería conservarla.

Naruto se pasó una mano por la cara.

Joder, mierda, maldición.

Quería mantenerla consigo, ahora. Siempre. Quería envolverse a su alrededor hasta que él fuera todo lo que ella sabía. Su parte más primitiva demandaba que la marcara con su esencia para que ella nunca olvidara exactamente a qué hombre pertenecía. Para que cada hombre supiera a quién pertenecía ella.

No. No. No permitiría que significaran nada más que unas pocas noches de placer. Él la tendría—eso no podría evitarse, se daba cuenta él ahora, pero no la conservaría. Esta noche, él reclamaría su cuerpo, satisfacer el hambre que los arrasaba, y la purgaría de su sistema.

—Se está haciendo tarde, —interrumpió él—. Y está demasiado lleno de gente aquí.

El pensamiento de tenerla ya lo excitaba, calentando su sangre y consumiendo sus sentidos. En la pista de baile, él había estado cerca de venirse en sus pantalones como un adolescente. Ella se había sentido tan malditamente bien, encajaba perfecto contra él. Dios sabía cuánto mejor se sentiría ella desnuda, debajo de él, sus piernas envueltas alrededor de su cintura.

—Deberíamos irnos.

Ella levantó su vaso y vació el contenido. Él tiró varios dracmas sobre la mesa, luego se levantó, Hinata lo siguió con gusto. Él no se atrevía a tocarla ahora mismo. La deseaba demasiado y su control se balanceaba precariamente sobre la total aniquilación.

Fuera de hábito, su mirada buscó movimientos amenazadores y sombras que se movieran sigilosamente al tiempo que él seguía hacia la puerta. Desde que se había unido a la OBI, él había vivido su vida de ésa manera, siempre buscando por aquellos que quisieran dañarlo. Ésa inclinación lo había salvado en varias ocasiones.

—Regresad cuando gustéis, —dijo alguien.

—Haré un sacrificio en su honor, —gritó alguien más.

Afuera, él mantuvo la concentración de su mirada mientras escaneaba la calle vacía. La noche había caído por completo. Algunas antorchas resplandecían desde las paredes irregulares.

—La posada esta por allí, —dijo Hinata, señalando un edificio que lucía mas como un establo que como un hotel.

Él habría preferido una cama de seda y satín para su primera vez con Hinata, pero tomaría cualquier cosa que pudiera obtener. Además, pensó él con esperanza, tal vez la posada no fuera tan primitiva en el interior como él temía.

Incorrecto.

Una vez que pisó el umbral, sus botas se hundieron en una gruesa capa de heno.

Lo envolvió el aroma a sudor y animal. Un viejo centauro macho con una larga barba gris atendía el sitio.

—Me gustaría un cuarto, —le dijo Naruto, deslizando el último de sus dracmas sobre la marcada superficie de madera que los separaba.

—Sois Adonis, —jadeó el hombre—. Ellos dieron que habías venido, pero no les creí. Ruego perdón por haber dudado.

Naruto inclinó la cabeza.

Su dinero fue regresado de vuelta a él.

—Es un grandioso honor para mí el hospedarlo, gran señor. Por favor, por favor. Seguidme. Si necesitáis algo, solo tenéis que pedirlo y yo personalmente veré que sea vuestro. Si deseáis una cabalgata matutina, con mucho gusto os sentaré sobre mi propia espalda.

Él los llevó a una acogedora, gran habitación. Había una cama de verdad, completa con suaves sábanas azules. Había una tina y suficientes almohadas esparcidas por todo el suelo como para usarlas de trampolín.

—Puedes irte, —dijo él.

—Como vos deseéis. —El centauro salió del cuarto caminando de espaldas, haciendo profundas reverencias—. ¡Gracias, dulce señor! Gracias.

La mirada de Hinata iba nerviosamente de Naruto a la cama, luego a la tina, y a Naruto de nuevo. Él la miró de arriba abajo, imaginando sus manos por toda ella.

Ella tragó.

—¿Vamos a ir a la cama ahora?

En lugar de responder, él dijo, con la voz ronca por la fuerza de su necesidad,

—Por qué no te das un baño aquí, mientras yo hecho un vistazo alrededor. — Necesitaba buscar una ruta de escape, sólo por si acaso, y ella necesitaba tiempo a solas. Si su repentino nerviosismo quería decir algo, sabía lo que iba a pasar, lo deseaba, pero necesitaba tiempo para aceptarlo.

Cuando él regresara, ellos iban a poner sus deseos en la cama. Varias veces.