Capítulo 14
Hinata se remojó en la bañera, entregándose al lujo del dulce perfume en el agua.
Se había vertido aceite de orquídea dentro la cual suavizaba su piel. El aire a su alrededor era frío, pero el agua estaba caliente, y los dos hacían una embriagadora combinación. Ella se restregó de pies a cabeza, lavando los rastros de los últimos días.
Su mirada continúo moviéndose nerviosamente a un lado. Había colocado un biombo adelante de la bañera, para que Naruto no la pudiera ver si entraba. Aunque... ella se hundió más profundamente en el agua, llegándole el líquido hasta el cuello. Una parte de ella temía que a él no le gustara lo que veía, pero otra parte, la más salvaje, sospechaba que la encontraría sensualmente bella. Irresistible.
Antes de que él saliera, había habido un intenso calor brillando en sus ojos. La había mirado, demorándose en sus pechos y entre sus piernas. Había sentido el mismo dolor que siempre sentía cada vez que la observaba. Donde nada más importaba salvo Naruto, su voz, su contacto.
Ahora eso la asediaba. Mordiendo su labio inferior, pasó rozando una mano por sus pechos y pezones endurecidos. Sus dedos descendieron, deslizándose sobre su estómago lustroso por el aceite, de la misma forma que ella había visto a Naruto tocar a otras mujeres. Sus dedos se deslizaron de nuevo arriba y rodearon sus pezones. Un temblor corrió velozmente a través de ella.
Su mirada se dirigió otra vez al biombo. Lo oiría si él entraba; no había razón para preocuparse.
— Naruto —gimió, cerrando los ojos e imaginando los sensuales planos de su cara.
Ella le había visto hacer también otras cosas, cosas que siempre la habían fascinado.
Amasó sus pechos, simulando que eran las manos de Naruto tocándola. Su sangre se calentó, y jadeó en un soplo entrecortado de aire.
Moriré si no te toco, dijo él dentro de su mente.
Sus manos se arrastraron debajo de su estómago otra vez, deteniéndose en el pequeño triángulo de vello entre sus piernas. ¿Qué le haría Naruto si estuviera aquí?
Lentamente sus manos se movieron más abajo. Él la tocaría... justo... ahí. Jadeó mientras un golpe de puro placer la golpeaba. Sus dientes mordieron más agudamente su labio, movió sus dedos otra vez, dando vueltas esta vez, lentamente, lentamente.
Ella gimió. En su mente, vio a Naruto besando camino arriba por su cuerpo. Besándola detrás de sus rodillas. Besando el interior de sus muslos. Y chupando el camino entre sus piernas, su lengua exactamente donde sus dedos se movían.
—Ahh —gritó ella, arqueando las caderas. El agua lamió los lados de la bañera, entonces cambió de dirección y la lamió a ella, acariciando su piel como olas acariciando una playa. Mientras imaginaba su boca devorándola, también imaginó sus dedos resbalado y deslizándose sobre su cuerpo, pellizcando sus pezones. Su lengua los rodeó más rápido, lamiendo y chupando.
—Oh, dioses —gimió ella. El placer se intensificaba, tan intenso ya que estaba al borde de la locura—. Naruto —susurró ella—. Naruto.
Naruto atravesó el pasillo a zancadas, dirigiéndose a su cuarto, determinado a encontrar a Hinata y por fin terminar lo que habían empezado. Le había dado tiempo de acostumbrarse a la idea, le había dado tiempo de calmarse y aceptarlo.
Ese tiempo se había acabado.
Después de que la dejara, había encontrado una ruta de escape, y luego un lugar para bañarse. Su pelo estaba todavía húmedo, su bata se pegaba a su piel húmeda.
Pronto podría...
Una imagen de él y Hinata pasó como un relámpago por su mente, y se detuvo bruscamente, la bota se paró en el aire. Estaba desnuda, extendida en una bañera, y él estaba sobre ella, entre sus piernas, dándole placer con su boca, bebiendo su dulce esencia.
Instantáneamente su cuerpo se puso duro como una piedra, el deseo más intenso que cualquier cosa que alguna vez hubiera experimentado presionaba a través de él. Casi se dobló por su fuerza. Casi podía saborearla en su boca, y supo que nunca había saboreado nada más dulce, más caliente. Casi podía sentir su piel llena de aceite debajo de sus manos, y sabía que nunca había sentido nada tan suave.
En su mente, miró hacia ella. Moriré si no te toco. Su cabeza estaba echada hacia atrás, sus ojos cerrados, sus dientes mordiendo su labio inferior. Los oscuros cabellos flotaban alrededor de ella, y su piel estaba ruborizada, como un ramillete de fresas, melocotones y crema.
Quería comérsela.
Una de sus manos agarraba un lado de la bañera, la otra estaba enredada en su pelo. Él nunca había visto nada más erótico.
A solas en el vestíbulo, se apoyó contra la pared. Un brillo de sudor brotó sobre él, goteando de sus sienes. Sus labios se pusieron tensos.
—Mierda santa. —gruñó. La visión en su mente era tan real, era como si en realidad estuviera allí.
En verdad podía oírla gimiendo su nombre. Ella arqueó sus caderas, y su erección se sacudió con fuerza. Él pasó una mano por su larga y dura longitud, deseando que fuera su mano. Su boca.
Tenía que meterse dentro de ella. En la visión, en realidad, no importaba. Tenía que meterse dentro de ella. Tenía que... entrar... en ella.
Apretando los dientes por el dolor de su despertar, caminó por el pasillo. Sus puños estaban apretados con fuerza mientras entraba en la habitación y cerraba la puerta tras él, sus ojos la buscaban. Ella no se veía por ninguna parte, pero podía oír el sonido de su respiración, superficial y errática. Había un biombo delante de la bañera, y caminó hacia el sin una palabra.
Cuando él rodeó el biombo, hizo un alto. Aspiró de golpe. Casi se vino. Allí estaba ella, extendida en el agua, justo como en su visión, su mano entre sus piernas. Sus caderas se arqueaban, su cara resplandecía por el placer. Sus pezones eran rosados y duros, su boca hacia agua por ellos. El vapor flotaba en el aire alrededor de ella, creando una bruma nublada.
Estaba al borde de orgasmo. Pero no quería que se viniera sin él, ni él quería venirse sin ella. Se movió al borde de la bañera, cada nervio en alerta, cada célula calentándose.
— Hinata. —susurró entrecortadamente.
Sus ojos se abrieron lentamente.
— Naruto. —dijo, y no pareció asombrada o avergonzada por encontrarle allí. La excitación había alcanzado su punto álgido. Era todo en lo que podía pensar, todo lo que podía sentir—. ¿Qué me está ocurriendo?
—Necesitas a un hombre. Me necesitas.
—Sí. —dijo ella—. Sí. Por favor.
Se quitó de un tirón la bata y se arrancó el uniforme militar, sus movimientos fueron cortos y rápidos, desesperados. Desabrochó las cuchillas de sus muñecas, cintura y tobillos y las dejó caer al piso con un golpe. Debería haber prescindido del arsenal después de su baño, pero no lo hizo. Ahora se maldijo por el tiempo que le estaba sacando, tiempo en el que podría estar tocando a Hinata.
Finalmente estaba desnudo, su erección destacaba hacia adelante mientras entraba en el agua, el líquido caliente tragó sus tobillos. Se hundió hasta que el agua le llegó a la cintura. Pasando su mirada sobre él, ella gimió y arqueó las caderas, sus dedos todavía trabajando en su clítoris.
El momento había llegado.
No pensar más en ello, no preguntarse más si sería la decisión correcta. Ninguna preocupación más sobre sus diferentes mundo. Todo lo que importaba era el aquí y el ahora. Todo lo que importaba era estar con Hinata, aunque sólo fuera durante poco de tiempo.
Él la alcanzó, incapaz de estar otro segundo sin ella en sus brazos. Agarró su mano, la mano que estaba dando placer, y la colocó al lado de la bañera. Después extendió sus piernas y dio un paso entre ellas. Sin embargo, no entró en ella. No, quería saborearla primero. Quería tocarla y saborearla como lo hizo en su visión.
Pero todo dentro de él gritaba que se apresurara, que la tomara ahora y la tomara duro.
—¿Estabas pensando en mí cuándo te tocabas a ti misma? —Preguntó, asombrado de que aun pudiera soltar las palabras. Estaba tan hambriento de ella.
Ella asintió.
—¿Qué viste en tu mente?
—Tu boca. —susurró ella susurró—, saboreándome.
—¿Aquí? —Sus dedos rodearon su clítoris, y ella jadeó. Él levantó su pelvis, inclinó la cabeza y la lamió, deslizando su pulgar abajo y presionando contra su centro.
Su dulce, dulce sabor le tentó.
—Sí, ahí mismo. —Las palabras fueron poco más que un gemido.
Si la lamiera ahí de nuevo, se vendría. Y aún no quería que se viniera. Quería que se viniera en su polla. Irguiéndose, deslizó un dedo en su funda caliente y apretada.
Ella lo sintió tan bueno, tan malditamente bueno. Él se inclinó hacia abajo, y lamió con la lengua alrededor de uno de sus pezones, después el otro, saboreando el néctar, de no importa qué flor, que la daba sabor al agua.
Sus manos se agarraron con fuerza a los lados de la bañera, ayudándola a sostenerla.
— Naruto —jadeó ella—. Me siento tan... ardiente. Haz que se detenga. No, no te detengas. Necesito más. No, más no. Tengo que saborearte. Todo de ti...
Sus ojos eran salvajes, se levantó sobre él y lo empujó hacia atrás contra la bañera antes de que él pudiera protestar. No es que lo fuera a hacer. Entonces la pequeña señorita Prudence bajó sobre él, chupando su longitud de arriba abajo, metiendo sus dientes y lengua en el juego, su mano ahuecando su saco.
Antes de que su cuerpo completara el último espasmo, estaba duro otra vez.
Listo para ella. Ansiándola, como si nunca se hubiera venido. Como si darle su semen sólo hubiera sido el aperitivo. Una sensación de urgencia se creó dentro de él, empujaba contra su acostumbrada necesidad de ocio, para desplegarse completamente. Él siempre iba despacio con las mujeres, siempre se tomaba su tiempo, nunca se permitía ir rápido y apresurarse. Pero su sangre estaba calentándose, cerca de hervir, a punto de explotar, y de repente él no estaba seguro de su control.
Él subió arriba su cuerpo. El agua chapoteó. Su mirada se desvió y se demoró en su cuello, en el pulso palpitando allí. Su boca se hizo agua. ¿Cómo sería hundir sus dientes en su vena, dejando a su sangre fluir por su garganta? Besó el camino entre sus pechos, se demoró en su clavícula, entonces lamió su cuello.
Ella se arqueó contra de él, contorsionándose. Sus manos volaron a su espalda, apretándolo, arañándolo. Iba a morderla... tenía que morderla... e iba a hacerlo mientras la llenaba con su polla. Estaba indignado consigo mismo, pero no podría detener la creciente necesidad. Quería entrar en ella y morderla al mismo tiempo, tomando todo de ella, todo lo que tuviera para darle. La necesidad era tan fuerte, que no podría controlarla.
Si no la mordía pronto, moriría. Si no entrara en ella pronto, moriría. Si no derramara su semilla dentro de ella pronto, moriría. Tenía que tenerla, la tendría, nada podría detenerlo.
—Dime que estás lista. Dime que me puedes tomar.
—Sí, sí. Ahora. Por favor ahora. Por favor, por favor, por favor.
— Hinata. Mía. —Él acababa de llegar y abrir la boca, sujetando su erección, equilibrándose para entrar, cuando oyó la puerta abrirse de golpe.
