Capítulo 15

Con sus instintos protectores rugiendo a la vida, Naruto luchó para atravesar la nube de lujuria que se extendía por su mente sacudiéndola. Una furia salvaje ardió en su pecho, esparciéndose y volviéndose más caliente. Se mecía en ella, vibraba con ella, lo volvía salvaje. Un bajo y bestial gruñido se desprendió de su garganta.

El agua salpicó por encima del borde de la bañera mientras saltaba hacia fuera.

Su respiración era áspera y rota, y el sudor goteaba por sus mejillas. Frunciendo el ceño, agarró dos de sus espadas del suelo.

Los ojos de Hinata estaban vidriosos de pasión y sacudió la cabeza, intentando aclarar sus pensamientos. Se enderezó, una mirada de horror iluminaba sus rasgos.

Naruto no oyó ruido de pasos, sólo el revoloteo de unas alas. No podía ver más allá del biombo enfrente del baño, así que no tenía ni idea de quién era este invisible enemigo —un enemigo que moriría dolorosamente por atreverse a interrumpirlo.

—¿Dónde están? —oyó una profunda y exigente voz.

Reconoció inmediatamente al interlocutor.

Un Formorian con el que había apostado —y al que había ganado— en el mercado.

La mirada de Naruto se estrechó. Debía haber esperado algo como esto, pero no lo había hecho. Su única preocupación habían sido los vampiros y los demonios. Y tener a Hinata desnuda.

—Qué...

—Shh. —murmuró a Hinata, dándole uno de sus cuchillos.

Ella tomó el arma que le ofrecía con dedos temblorosos.

—Quédate aquí. —murmuró él.

Encontró otra espada enterrada debajo de sus pantalones y se dio prisa en cogerla. Con cada segundo que pasaba, su furia se intensificaba. Sí, alguien iba a morir esta noche.

—Encuentra el dinero. —ladró el Formorian.

El sonido de destrucción se elevó, rompiendo madera, desgarrando tela. No sabía cuántos había, pero era sólo cuestión de segundos antes de que los divisaran a él y a Hinata detrás del biombo. Prefería mantener la acción en el centro de la habitación, lejos de Hinata.

Despreocupado por su desnudez, se agachó y miró a hurtadillas desde detrás del biombo, asimilando los detalles. Los Formorians usaban sus alas para mantenerse arriba, con su única pierna extendiéndose y derribándolo todo y su único brazo sosteniendo un garrote con púas. Había cinco de ellos. Mierda. ¡Mierda! Había estado en peores situaciones, pero habría preferido su pistola.

Mientras se mantenía agachado allí, decidiendo la mejor forma de atacar, toda su lujuria sexual se transformó en simple deseo de matar. Fue desde el calor al rojo vivo al frío como el hielo en segundos. Su mente aquietándose, enfocándose sólo en guerra y muerte. El espeso hedor metálico de sangre Formorian le envolvió.

Uno, contó mentalmente. Dos. Tres.

Con su grito de guerra atronando desde su interior, Naruto saltó desde su posición y atacó a la criatura más cercana, decidido a combatirla de la misma forma en la que había combatido con los demonios. Podía no conocer las debilidades de estas criaturas pero nada podría sobrevivir a una garganta cortada.

A causa del elemento sorpresa, pudo agarrar a la primera bestia de un brazo y una pierna desde atrás. La criatura se sacudió con fuerza y Naruto sintió como se abría la herida en su muslo. Decidido, le dio una rápida cuchillada de su hoja. La criatura se tambaleó, dejó caer su garrote y cayó al suelo, con la espesa sangre negra rezumando de su crispado cuerpo.

Uno menos, quedaban cuatro.

Para el momento en que Naruto se hubo dado la vuelta, otras dos criaturas fueron volando hacia él, la furia oscureciendo sus feas facciones. Segundos antes de que lo alcanzaran, se agachó y los agarró a los dos por el tobillo. Tiraron y lucharon contra su agarre, pero se impulsó, pateándolos con los pies, usando la elevada altura de las criaturas para anclarlo mientras los pateaba hasta dejarlos sin sentido.

Ambos cayeron al suelo. Jadeando por aire les cortó el cuello al mismo tiempo.

El líder gritó un malicioso sonido que estremeció las paredes.

—Ven y alcánzame. —le escupió.

Con el garrote en alto, el Formorian caminó impetuosamente hacia él. Los labios de Naruto se curvaron en una lenta sonrisa hasta que vio a Hinata correr desde detrás del biombo. Su sonrisa murió mientras una sensación de furia y desamparo brotó dentro de él. Ella se había envuelto la túnica descuidadamente alrededor de su cuerpo y esta se ondulaba en sus tobillos, agitándose con sus movimientos. Tenía su espada en alto, lista para pelear.

Su nombre estaba posado al borde de sus labios, listo para gritarlo y ordenarle que se escondiera, que regresara detrás del biombo. Pero no quería atraer ninguna atención sobre ella. No tenía en mente morir, pero maldito fuera si dejaba que Hinata recibiera el más mínimo rasguño.

Un Formorian sintió su presencia y se dio la vuelta, con el garrote levantado. El líder todavía volando hacia Naruto, Hinata aún corriendo hacia el otro. Naruto comenzó también a correr y, cuando casi estaba sobre el líder, saltó y golpeó con los pies en el pecho del bastardo, lanzándolo hacia atrás.

Naruto no desaceleró, pero el mundo pareció ralentizarse a su alrededor. Con una agonizante lentitud comprendió la única cosa que podría hundirle. Si fallaba, si la perdía... Hinata podía morir. Se mantuvo en movimiento, corriendo velozmente hacia ella y el último combatiente.

Los dos estaban casi uno encima del otro. El asaltante de Hinata estaba llegando de nuevo con su garrote justo mientras Naruto estiraba el brazo para arrojar su cuchillo.

De repente, fue agarrado desde atrás con una sola mano. Las afiladas uñas se clavaron en su hombro, tirando de él hacia atrás. La hoja de Naruto salió volando de su mano, pero perdió completamente su pretendido blanco. Mientras caía, observó a través de sus horrorizados ojos como Hinata se estrellaba contra la otra bestia. Su cuchillo estaba levantado, listo para golpear, pero el bastardo la golpeó primero.

El garrote impactó en la parte superior de su brazo.

Naruto chocó contra el suelo aullando de furia, una neblina roja de rabia palpitando dentro de él. El líder le saltó encima, y rodó sin pensar en sus siguientes acciones. Simplemente abrió la boca y hundió los dientes en el cuello del Formorian, la espesa sangre se deslizó bajando por su garganta, quemando el hueco de su estómago.

La criatura aulló y se estremeció contra él, pero Naruto mantuvo la mandíbula firmemente cerrada, drenando al maldito bastardo.

Cuando terminó, arrojó a un lado a la criatura sin vida y se levantó de un salto.

Gotas de sangre calientes goteaban bajando de su boca por su barbilla. Se las enjugó.

El Formorian que quedaba tenía a una inconsciente Hinata agarrada por el pelo y la estaba arrastrando fuera de la habitación. Su sangre dejaba un rastro carmín detrás de ella. El corazón de Naruto dejó de palpitar y gruñó, el sonido crudo y animal.

Se precipitó tras ellos, agachándose y agarrando uno de los garrotes abandonados mientras corría. Levantó su peso en su mano. Con un grito de guerra, levantó el brazo y golpeó, metiendo la punta con púas de un golpe en la parte de atrás de la cabeza de la criatura, poniendo toda su fuerza en el golpe.

Hinata fue puesta en libertad y cayó contra el suelo. Mientras la criatura giraba hacia él, Naruto le golpeó una y otra vez hasta que no quedó nada. Estaba jadeando por la fuerza de su furia. Sólo cuando sus brazos temblaron y sus manos latieron por las astillas dejó caer el garrote.

Su mirada encontró a Hinata. Sus ojos estaban cerrados, su rostro tranquilo, como si estuviera durmiendo. Se arrodilló y gentilmente la recogió en sus brazos. Su cabeza cayó hacia atrás, su pelo extendiéndose hacia el suelo. Algunos centauros ocuparon todo el largo del vestíbulo, resoplando ante la sangre. Jadearon al ver a Hinata.

—Es ella —dijo uno de ellos, su voz reverente.

El estúpido hombre caballo dio un paso hacia ella, extendiendo la mano.

—Tócala y muere —gruñó Naruto.

Sin otra palabra, la llevó a su habitación, pateando cuerpos y destrozos fuera del camino. Tendió a la mujer sobre la montaña de almohadas. Sus dedos encontraron el hueco de su cuello donde debería estar su pulso… latía… ¡Gracias a Dios! Sus rodillas se doblaron de alivio. Su pulso era débil y sin fuerza, pero allí estaba.

Estaba viva.

Su satisfacción era una fuerza palpable, devoradora y, en ese momento, reconoció a Hinata como su mujer, la única mujer para él. La misma sin la cual no podría vivir. Podría negarlo más tarde, pero ahora, en este momento, admitió la verdad.

Se quedó de rodillas, arrancándole la bata y buscó sus heridas. La sangre había goteado sobre de su estómago y la limpió para descubrir que no había sido herida allí.

Esa clase de herida era a menudo fatal, pero sólo encontró piel suave y sana.

La única herida que podía ver estaba en su brazo izquierdo. Había huecos del tamaño de una moneda de diez centavos hechos por las púas del garrote y la piel estaba negra y azul. Mientras observaba, sin embargo, los huecos comenzaron a cerrarse, las magulladuras empezaron a desvanecerse.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Ella estaba sanando a una velocidad sobrehumana. Su latido inseguro se desaceleró y se calmó, y la furia en su sangre menguó. Las cosas que había hecho sólo momentos antes se reprodujeron a través de su mente. Sin remordimiento alguno, había chupado la sangre del cuello de alguien. Y le había gustado. Le había dado garrotazos a alguien. Y le había gustado.

Obviamente el deseo de sangre no era porque hubiese perdido parte de la suya igual que había supuesto la primera vez. Algo cambiaba dentro de él, algo oscuro y peligroso. No lo comprendía, casi le daba miedo analizarlo, pero estaba allí.

Hinata jadeó y sus párpados se abrieron de pronto.

— Naruto.

—Rey de reyes, pronto llegarán más Formorians —dijo uno de los centauros, entrando en la habitación—. Sentirán las muertes de sus hermanos y vendrán. Debemos prepararnos —las pezuñas golpearon el suelo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él con suavidad, sin moverse de su sitio al lado de Hinata.

Podría invadirlos un ejército y a él no le hubiera importado. No dejaría este lugar hasta que estuviera cien por cien seguro de su recuperación.

—Rígida, pero bien —estiró los brazos sobre la cabeza y arqueó su espalda—. ¿Lo maté?

—Sí —mintió él, sabiendo que eso era lo que quería escuchar. Pasándole la mano sobre el rostro, demorándose sobre la comisura de sus labios—. ¿Cómo hiciste para curarte así, cariño? ¿Necesitas tiempo extra para sanar internamente?

Su cara se encogió adorablemente en su confusión.

—¿Sanar? Recuerdo que me golpeó y ardía como el fuego, pero ahora me siento bien. No debió haberme dado demasiado fuerte.

Ella no lo sabía, comprendió él. No sabía que el garrote la había cortado, atravesando hasta el hueso.

—Despacio, despacio —dijo cuando ella se sentó de golpe.

— Naruto, estoy bien —bajó la mirada y vio su desnudez. Jadeante, tiró de su túnica, apretándola contra sí—. ¡Pensé que me había tapado!

Él sonrió abiertamente. Su pequeña Prudence estaba bien. No lo comprendía.

Diablos, no comprendía montones de cosas que habían ocurrido últimamente, pero estaba bien con ello porque Hinata viviría.

Naruto plantó un rápido beso en sus labios y se puso de pie.

—Tenemos que salir de aquí.

Revolvió alrededor del cuarto, agarrando su mochila, las armas y asegurando la túnica sobre sus hombros.

Las mejillas de Hinata se encendieron cuando se dio cuenta de que la túnica no le cubriría los pechos. Los bordes estaban rasgados en jirones. Agarró la aterciopelada sábana de encima de las almohadas y la envolvió alrededor de sí misma. Cuando terminó, contempló el cuarto y la desordenada carnicería esparcida por el suelo.

—Debería haberlos sentido —dijo ella quedamente—, debería haber sabido que estaban llegando.

—Me dijiste que no puedes sentir el peligro para ti misma, ¿cómo podrías saberlo? Yo debería haber sabido que harían esto.

—No, yo...

—Asumo la culpa de esto y se acabó. ¿Estás lo suficientemente fuerte para caminar?

—Lo estoy, sí, pero ¿lo estás tú? Estás sangrando.

Preocupada, clavó los ojos en su cara, en sus manos. Frunciendo los labios, dio un paso hacia él.

—Estaré bien —acortó el resto de la distancia entre ellos y le cogió la mano—. Tenemos que regresar al otro lado del bosque.

Ella asintió.

Salieron corriendo de la habitación y entraron al vestíbulo, empujando al pasar a los centauros. Naruto siguió la ruta de escape que había trazado en un mapa, antes de bañarse. No había sabido en ese momento que lo necesitaría, pero vivía con el código de "mejor estar seguro" que "lo siento", y ahora estaba agradecido de haberlo hecho.

El camino se retorcía y serpenteaba en cada dirección, las antorchas de la pared disminuyeron en número. Tomó el pasaje más estrecho, el que conducía a una escalera. Él y Hinata bajaron ruidosamente esos escalones, y él pateó la puerta al instante en que estuvo a su alcance. Los goznes se astillaron mientras la puerta reventaba abriéndose del todo. El aire frío de la noche flotaba en el aire alrededor de él.

Sus ojos rápidamente se ajustaron a la oscuridad, más rápido de lo normal.

Mientras corría velozmente a través del abandonado callejón, una oleada de mareo le golpeó. Estaba perdiendo sangre. Había logrado olvidar sus heridas por un rato, pero ahora latían, exigiendo atención.

—Echa un vistazo tras nosotros, ¿vale? Dime si crees que nos están siguiendo.

—Los Formorians trabajan mejor en el aire, pero la línea del horizonte está despejada. No nos han detectado.

—Bueno. Eso es bueno.

Las calles estaban tranquilas y se mantuvo en las sombras, moviéndose entre edificios y carretas.

Lo que pareció una eternidad más tarde, Hinata dijo:

—Casi estamos ahí, puedo sentirlo.

Finalmente unos altos robles llenaron su visión y él corrió hacia ellos. Los insectos zumbaban y lo rodearon. Las hojas verdes cubiertas de rocío y las ramas lo golpeaban.

—Cúbrete la cara —dijo él.

—Ay —gritó ella, estirándose hasta cubrir su mejilla de las espinosas enredaderas.

—Encontremos un lugar para descansar.

El aliento le ardía en los pulmones. Sus extremidades se volvían temblorosas y una telaraña de letargo estaba tejiéndose a través de él. Había abusado mucho últimamente y ahora sentía los efectos. Se negaba a desmayarse otra vez delante de Hinata.

—Dime cuando sientas que es seguro.

Una vez que dijo las palabras, se dio cuenta cuánto había llegado a depender de ella para la seguridad de ambos. Confiaba en su juicio, en sus sentidos. Él la necesitaba.

—Dirígete hacia el río —jadeó ella.

Él escuchó el susurro del agua y viró a la derecha. Cuando alcanzaron la orilla, vio un camino ancho, rocoso.

—Los Formorians odian el agua.

—Entonces cruzaremos.

Sin esperar su respuesta, tiró de ella dentro del agua. Al principio, el líquido helado sólo alcanzó sus tobillos, pero mientras cruzaban salpicando en cada dirección, se hizo más profundo. Finalmente terminó nadando, incapaz de tocar fondo.

Hinata nadaba a su lado. Les llevó aproximadamente diez minutos nadar hasta el otro lado, y una vez que lo consiguieron, empujaron sus cuerpos empapados sobre la orilla.

—Ya hicimos esto antes -dijo él entre jadeos.

—Esperemos que esta sea nuestra última vez.

—Quiero alejarme un poco más.

Ella asintió, adelantándose torpemente. Él permanecía justo al lado de ella, gateando a través de la vegetación y la arena. Cuánto tiempo pasó, hasta dónde llegaron realmente, no lo sabía. Dejó caer su mochila, sabiendo que no podría dar otro paso.

—Aquí está bien.

—Aquí, sí.

—Sácate la ropa mojada.

Él se desnudó mientras hablaba. Una vez desnudo, hurgó dentro de su mochila, sacando ropa seca. La extendió en el suelo.

Hinata no protestó. Se despojó de la aterciopelada sábana que cayó a sus pies. Se envolvió los brazos alrededor de la cintura tratando en vano de resguardarse contra el frío.

Naruto se recostó encima de su ropa, diciendo:

—Ven aquí.

Él no debería permitirse dormir. Debería levantar alguna clase de refugio. Pero cerró los ojos, sintiendo a Hinata tendiéndose a su lado, su cuerpo contorneado contra el suyo. Ella colocó la cabeza sobre su brazo bueno. Podía sentir su errático latido tamborileando contra su pecho, palpitando en sincronía con el de él. Una sensación de satisfacción se posó en él.

Y así se quedó dormido.