Capítulo 16

La luz taladró la conciencia de Naruto.

Abrió lentamente los ojos y parpadeó. Su cuerpo latía como si lo hubieran lanzado a un ring de boxeo y hubiese hecho cincuenta asaltos con un peso pesado.

Hinata estaba curvada a su lado, todavía dormida. Sus facciones estaban suaves, relajadas y la satisfacción alzaba las comisuras de sus labios.

Estaba desnuda. Él estaba desnudo. Y a su cuerpo le gustaba el contacto.

Dios mío, era preciosa. Su piel estaba perlada de rocío como un melocotón matutino, sus largas piernas perfectamente cubiertas. Su cintura hundida y sus caderas brillando deliciosamente. El vello en la unión de sus muslos era suave, negro azulado y rogaba por su toque.

Combatiendo el fuego repentino en su sangre, le apartó un mechón de pelo de la mejilla. Los acontecimientos de la última noche atravesaron rápidamente su mente.

Casi la había perdido. Este inocente y pequeño melocotón casi había muerto. El solo recuerdo hizo que le sudaran las palmas. En su escaso tiempo juntos, ella había llegado a significar mucho para él. Más que cualquier mujer que hubiese tenido.

Ahora estaba a salvo, se recordó a sí mismo relajándose. Eso era todo lo que importaba.

Llegados a este punto, estaría malditamente satisfecho si hacía un mejor trabajo cuidando de ella. Jugársela con los Formorians había sido arriesgado, debió haberlo pensado mejor. Sólo había querido obsequiarle algo comprado honestamente y el deseo había nublado su sentido común. Lo cual, demostraba que sus razones para no involucrarse estaban bien fundadas.

El brazalete estaba en el fondo de su mochila, sabía que estaba allí. Sólo que no sabía cuándo "o si" iba a dárselo. Tenía que permanecer enfocado en su trabajo, y si él le daba el regalo ahora, quizás pensara que significaba más de lo que en realidad representaba. Como que se quedaría con ella o algo por el estilo.

—Despiértate, bella durmiente.

Quiso despertarla con un beso, pero no se atrevió. Si la besaba, no dejaría de hacerlo hasta que la tuviera debajo de él, su pene deslizándose dentro de ella. Tenían cosas de las que hablar y tenía cosas por hacer. Era el momento de que se acordara de eso y pusiera las cosas en perspectiva.

Hinata se movió y se desperezó como un bebé recién nacido, ronroneando desde el fondo de su garganta. Los sonidos navegaron por sus terminaciones nerviosas como una caricia erótica. Abrió los ojos, sus largas pestañas aleteando. Él estuvo repentinamente sediento de ella.

— Naruto —dijo ella, sentándose cautelosamente—. ¿Va todo bien?

—Sí —obligó a su mente a permanecer en el asunto en cuestión—. ¿La aventura de anoche nos apartó mucho del camino a Byakugan?

Ella se apartó el pelo de la cara, se dio cuenta de que estaba desnuda, y agarró la sábana ahora seca, tirándola hacia ella.

—En absoluto. El templo está a sólo un día y medio de camino desde aquí.

Un paseo tan largo sonaba tan divertido como si le depilaran el cuerpo entero. Él hizo una mueca y se pasó una mano preocupadamente por la mandíbula.

—Voy a preguntarte algo y quiero que me respondas honestamente. No me respondas con otra pregunta. Sólo dime la verdad, ¿vale?

Sus ojos encontraron los suyos, sus pensamientos dando vueltas en su cabeza.

Renuentemente ella asintió.

—¿Por qué estoy ansiando sangre?

Un suspiro suave escapó de ella.

—Cuando el vampiro y el demonio te mordieron, dejaron pedazos de ellos mismos dentro de ti.

Entonces, las leyendas habían sido en esa parte ciertas. Repulsión, temor y furia martillearon a través de él.

—¿Me estoy volviendo igual a ellos? —las palabras eran sombrías, arrancadas de su garganta. Quería aullar negándolo. Eran malvados, él no. Creía en la verdad y la justicia, protegiendo a los débiles—. ¿Exactamente como ellos?

—Sólo algunas características. No sabremos cuáles hasta que las experimentes.

—¿Y no hay manera de detener los cambios? ¿Voy a volverme malvado?

—No, nunca malvado.

—Lo dices con mucha seguridad, pero también dices que cambiaré.

—Quién eres por dentro nunca cambiará.

Él se consoló con eso, inhalando y exhalando, entonces apartó resueltamente el asunto de su mente. Se ocuparía de cada cambio cuando se presentara y sin preocuparse por ello de antemano. Ahora mismo, necesitaba comunicarse por radio con el OBI para hacerles saber que estaba bien. Y no quería que Hinata oyera la conversación. Mientras se esforzaba por sentarse, la inmovilizó con una mirada aguda.

—¿Por qué no vas al río y te lavas, cariño? Estás llena de barro.

—No, estás demasiado débil.

—No quería decir esto —dijo él, cortando sus palabras—, pero me has obligado...Hueles.

A diferencia de Hinata, él podía mentir como un cosaco. Ella olía muy bien, siempre lo hacía.

Sus ojos se ampliaron y su boca cayó abierta.

—Vamos —dijo él.

Naruto apretó lo labios para evitar sonreír, la diversión ante su desasosiego sobrepasaba la oscuridad dentro de él. Quería soltar una carcajada ante su horrorizada expresión. Él se puso de pie, cada músculo y cada hueso en su cuerpo gritando en señal de protesta. Demonios, estaba herido. Recogió su mochila.

—Te escoltaré hasta abajo.

Con las mejillas al rojo vivo, enderezó los hombros y abrazó su túnica provisional más apretadamente alrededor de ella.

Acortaron a través de los árboles hasta la orilla del río y Naruto hizo una comprobación del perímetro.

—Aparentemente todo está seguro y bien.

—Entonces puedes volver al campamento —resopló ella—. No vas a mirar mientras me baño. Y si me necesitas, bien, no te molestes en gritar. No iré a rescatarte —se alejó con decisión, pero hizo una pausa y se volvió, enfrentándolo. El perla de sus ojos brillaba con malvado desquite—, Oh, y ¿Naruto? Planeo bañarme desnuda, dejando que mis manos se deslicen por mis pechos y entre mis piernas.

Verdad. Ella no podía mentir.

—Gracias por eso —respondió él con ironía, poniéndose ya duro, con las deliciosas imágenes corriendo velozmente a través de su mente.

—De nada.

Mientras ella se bañaba… desnuda y tocándose en todos los lugares que él quería tocar, ¡Maldición!... Él se arrastró alejándose unos pasos y se dejó caer tras un arbusto. Sus palabras trajeron imágenes de piel suave, color melocotón, labios separados en un jadeo, oscuro cabello desparramado como una nube de lluvia alrededor de sus hombros. Los pezones duros y pidiendo por su boca. Piernas...

—Maldición —extrajo su transmisor—. Santa a Madre.

Estática, y entonces…

—Aquí Madre.

—Tendremos el paquete en cuestión de dos días y nos dirigiremos a casa.

— Nos tienes preocupados Santa. La entrega está llevando más tiempo de lo esperado.

—Quizás la próxima vez necesites volver a pensarte las palabras "entrar y salir".

Hubo una pausa.

—¿Que quieres decir?

—¿Sabes el texto que descartamos? Bueno, es verdad.

—Quieres decir...

—Sí. Eso es exactamente lo que digo. Lee El Libro de Ra-Dracus otra vez y sácame una lista de las debilidades de cada criatura —no sabía por qué no había pensado antes en el Ra Dracus—. ¿Has descubierto alguna otra cosa?

—Encontramos algo, pero no estamos seguros de haberlo traducido bien.

—Dímelo de todas formas.

—Básicamente, quien intente arrancar el aliento de vida de la Joya Hinata de Byakugan podría ganarse la más oscura furia de los dioses —su jefe hizo una pausa otra vez—. ¿Cómo puede una gema preciosa respirar? ¿Está viva?

Buenas preguntas.

Una idea completamente ingeniosa y estúpida impactó violentamente dentro de su mente y se puso rígido.

Parpadeó. No. Seguramente no. Pero... tal vez.

—Tengo que pensar sobre esto —dijo—. Contactaré más tarde por esa lista.Fuera.

Naruto colocó a un lado la radio, intentando terminar sus tareas antes de permitirse dedicarse al acertijo que se había impuesto él mismo ante las palabras de su jefe. Comprobó su sistema de GPS, sólo para descubrir que el estúpido aparato estaba estropeado. No lo entendía. No estaba dañado por el agua, no estaba hecho pedazos. Durante mucho tiempo revisó los alambres, reconectando y apretando, en vano. Asqueado, finalmente empujó el inservible pedazo de mierda en su mochila.

Porque él mismo no estaba mucho mejor, necesitaba su equipo para ascender por la ladera. Obviamente eso no iba a ocurrir. Dejó escapar un frustrado suspiro. Si él y Hinata iban a dormir a la intemperie durante una o dos noches más, tendrían que construir alguna clase de refugio, preferiblemente algo que pudiera enganchar a la espalda y llevárselo. Algo para esconderlos y protegerlos.

Su mirada escudriñó el área circundante, mentalmente catalogando lo que podía usar. Ramas, hojas, rocas. Debería haber traído una tienda de campaña, pero no había pensado que la necesitaría.

—Ese condenado Kakashi Hatake.

Naruto se puso pesadamente en pie. La cabeza le latía con agudeza y sus heridas pulsaban. Sus piernas todavía estaban débiles por la pérdida de sangre y su visión se desvanecía, pero se las arregló para quedarse en posición vertical. Realmente deseaba pasearse hasta el río y sacudir a la señorita Prudence Merryweather hasta sacarla de sus inhibiciones. Para ver momentáneamente esas largas piernas que se estiraban hasta el paraíso... ese vientre suave y esa cintura redondeada... esos pechos grandes, insolentes y esos pezones rosados como bayas que rogaban por su boca.

—No te hagas nuevamente eso hombre.

Demasiado tarde. Su cuerpo se endureció y olvidó todos sus dolores menos uno.

Pero Naruto se quedó allí... y no por ninguna tendencia caballerosa.

—Maldito refugio —masculló, añadiendo esto a su lista de enfados con Hatake.

Hinata era una contradicción andante, de boca lista, una muy rara muñequita sexual cortada con timidez e inocencia virginal. Ambos lados suyos lo intrigaban y disfrutaba observar las dos partes de su naturaleza batallar por la supremacía. A menudo se encontraba preguntándose cuál prevalecería finalmente. ¿El ángel o la tigresa? ¿O una combinación de ambos?

Cuándo se obligó a centrar su atención en los alrededores, el sonido del chapoteo del agua hizo eco en sus oídos tan fuerte como los gritos de placer. Podía muy fácilmente imaginar gotitas de agua cayendo en cascada desde los redondos pechos de Hinata, goteando sobre su estómago, reuniéndose en su ombligo, implorando por su lengua, antes de finalmente perderse entre sus piernas y...

—Otra vez no —se abofeteó la cara—. Concéntrate, hombre —se frotó la mejilla, sintiendo la barba de varios días—. Trabajo. Tienes trabajo que hacer.

Sujetando su dolorido costado, Naruto recogió ramas y hojas, enredaderas y cosas parecidas. A través de los años, había construido centenares de escondrijos. La actual construcción estaba más que probablemente incrustada en sus células. Su experta mirada encontró rápidamente la mejor localización, una zona que proveía una ruta de escape y que al mismo tiempo los escondería debajo de una colina inclinada y entre dos árboles.

Los árboles estaban apenas a metro y medio. Usando la cuerda que le había robado al centauro, amarró una larga y sólida enredadera a cada tronco, estirándola tan alto como era posible. Entrecruzó el árbol joven y las plantas trepadoras que había reunido, trabajando su camino bajo la viga, entonces hizo lo mismo al otro lado. El sudor goteaba por su frente y lo enjugó con la parte de atrás de su muñeca.

Para cuando terminó el armazón, le temblaban los brazos y le flaqueaban las rodillas. Odiaba la debilidad de cualquier clase... especialmente en sí mismo. Le dio un par de sorbos al agua de su cantimplora y se volcó de nuevo en el trabajo.

Después de cubrir las plantas trenzadas con hojas de maleza y hierba, se echó hacia atrás y estudió los resultados finales.

—Pasable —dijo con aprobación.

No era un centro vacacional de cinco estrellas, pero los escondería de sus enemigos y los protegería de los elementos. Cuando llegara el momento, desataría las plantas de los árboles y doblaría todo hacia arriba, atándolo en su mochila.

Decidiendo descansar mientras pudiera, Naruto se tumbó en el suelo. Cerró los ojos. Las piedras se le clavaban en la espalda, pero relajarse le resultó fácil. Todo a su alrededor estaba a su favor, incluso los insectos creaban una suave sinfonía. ¿Quién necesitaba un reproductor de MP3 cuando los sonidos de la naturaleza funcionaban veinticuatro horas, siete días a la semana?

Se frotó las sienes. ¿Cuánto tiempo le llevaría curarse completamente? Sabía mejor que la mayoría que era mejor mantenerse en movimiento, y hacerlo rápidamente, sin permanecer nunca demasiado tiempo en el mismo lugar. Menos oportunidades de que el enemigo te cogiera desprevenido.

—Dios mío, necesito unas vacaciones.

Una vez que regresara a casa, iría a la playa, encontraría a una mujer y se libraría de su creciente necesidad por Hinata.

Divertido asunto, sin embargo. Ninguna mujer lo atraía sino Hinata. Su cuerpo la quería a ella, y sólo a ella. Su mente la quería a ella, y sólo a ella. El pensamiento de estar con otra mujer se sentía incorrecto y el pensamiento de estar sin Hinata lo hacía sentirse enfermo. Y Naruto no creía que algunas noches, un mes, un año lejos de ella disminuyera su obsesión en ningún modo.

No le había mentido. Si se quedaba, la OBI enviaría continuamente agentes al interior de Konoha, buscando a Byakugan. La gente moriría. Byakugan podría ir a dar a las manos equivocadas. Si intentase llevársela a casa, bien, la OBI protegía el portal, así que nunca podría atravesarlo sin su conocimiento. En el momento en que la vieran, ella sería clavada, pinchada y diseccionada por científicos durante el resto de su vida. Nunca dejaría el laboratorio... no viva, al menos.

Se pasó una mano por la cara, enfurecido con su falta de elecciones. El sudor le bajó por la espalda cuando comprendió, realmente comprendió, que estos próximos días eran todo lo que él y Hinata tenían. Eso era todo. Después de eso, nunca la volvería a ver. Una risa amarga se escapó de él. La quería como nunca había querido a otra mujer. Quería su sabor, su cuerpo, su voz, y sabía que ella voluntaria y apasionadamente se entregaría a él. Podría tenerla, por supuesto, pero no podría conservarla.

—No iré contigo —la voz fiera de Hinata se abrió paso a través de sus divagaciones—. Déjame ir. He matado antes y volveré a hacerlo.

Una risa masculina flotó a través de la distancia.

La instantánea furia y preocupación ardieron en su interior. Naruto se levantó de golpe.

¡Maldito fuera todo hasta el infierno, otra vez no!

¿No podían descansar una maldita hora antes de que alguna otra cosa los atacara? Ignorando los agudos pinchazos de incomodidad —de acuerdo, de agonía—se lanzó hacia adelante, sacó el arma de la bolsa y corrió hacia el río. Mientras avanzaba, comprobó la recámara del arma. Sólo quedaba una bala. No tenía sentido. ¿Había perdido una?

Se empujó más allá de árboles y ramas, inconsciente del hecho de que le cortaban la piel. Su nivel de adrenalina lo impulsaba, proporcionándole fuerza adicional, provocando que la energía surgiera a través de sus venas. Al fin, alcanzó el borde del río, el arma apuntada frente a él. Hinata inmediatamente surgió a la vista.

Estaba en mitad del río, el agua hasta el cuello.

—Sufrirás si continúas con esto —dijo ella, su tono duro—. Veo tu muerte en mi mente.

—Nuestro rey desea tener unas palabras contigo —dijo otra voz masculina.

Mierda. Había al menos dos de ellos. La mirada de Naruto escudriñó, pero no vio a nadie aparte de Hinata. ¿Dónde estaban?

Las dos cabezas rompieron suavemente la superficie del agua y los hombres flanquearon a Hinata por ambos lados, sólo siendo visible la parte superior de sus desnudos cuerpos. Una feroz rabia cobró vida dentro de él, las llamas lamiendo a través de él mientras uno de los hombres trataba de alcanzarla. Ella le apartó las manos de un porrazo, pero logró agarrarla del hombro. Agradecidamente, mojada como estaba, se liberó.

Naruto gruñó desde el fondo de su garganta, el calor ardiendo en sus ojos. No le gustaba que las manos de otro hombre estuvieran sobre ella. Si esperaban violarla...

Su gruñido se convirtió en un silencioso y fiero jadeo mientras estudiaba a sus enemigos. Eran enormes, sus estómagos y sus brazos definidos con tendones y músculos. Su enorme tamaño disminuía la pequeñez de Hinata.

—Ven.

—Tu rey puede irse al Hades.

El agua salpicó. Un hombre gruñó. Hinata jadeó.

Naruto se puso en cuclillas, manteniendo el brazo inmóvil. Quizá, con el ángulo correcto, podría matar a ambos con una sola bala. Los hombres se fueron acercando a Hinata, deslizándose a través del agua sin esfuerzo alguno. Tan fácilmente que el agua ni siquiera ondeó. Era como si flotaran.

—Vamos, Pru —susurró Naruto—. Muévete a tu izquierda.

Por el momento, ella bloqueaba su disparo.

—Te vienes con nosotros. ¿Entiendes? Si peleas, podrías resultar herida y no deseamos lastimarte.

Continuaron acercándose a ella. Naruto maldijo en voz baja. No podía arriesgarse a dispararle a uno y darle al otro tiempo de escapar con Hinata. Dios mío, desearía haber tenido su rifle y una caja de balas de punta hueca. Dejaban un horrible hueco al entrar y un cráter al salir.

—Te lo advertí —dijo Hinata.

Frunciendo el ceño, dobló el brazo y levantó con fuerza el codo, aterrizando en un sólido golpe en la nariz del hombre que estaba más cerca.

Él bramó de dolor, el otro tipo solamente observó sorprendido como su amigo se limpiaba la sangre que escurría de su rostro.

—Me pegaste. ¡Me pegaste!

—¡Le pegaste!

— Bueno, por supuesto que lo hice. Y lo haré nuevamente si te acercas a mí.

—¡Bruja!

El idiota se lanzó sobre ella, su intención de hacerle daño presente en las líneas de expresión de su rostro.

Naruto apretó el gatillo.

El enorme sujeto cayó en el agua como un peso, una nube roja ya formándose alrededor de él.

—Brackin. ¡Brackin! ¿Qué sucede?

Cuando el hombre moribundo "o muerto" fracasó en responder, su amigo lanzó una mirada confusa a su alrededor. Su mirada chocó con Naruto, sus facciones se estrecharon y se oscurecieron.

Naruto alzó el arma como si tuviera la intención de disparar otra vez. El hombre entró en pánico, agarró a su amigo y buceó bajo la superficie del agua. Una brillante cola salpicó gotitas a los cuatro vientos.

Sus ojos se ampliaron. ¿Cola? Mierda. Se había olvidado de la gente del mar. Se levantó.

—Ven aquí, Hinata. Ahora.

Ladró la orden en el mismo tono que usaba para sus subordinados, pero no esperó a que lo obedeciera. Resopló entrando en el agua, dirigiéndose directamente hacia ella. La sacaría a la fuerza si fuera necesario.

Ella no se había movido ante el sonido de su arma cuando disparó, pero saltó ante el sonido de su voz. Con buen color, los ojos brillantes. Había esperado que estuviera asustada. En lugar de eso, parecía estar excitada.

—¿Viste lo que hice? —sonrió abiertamente—. Le pegué.

—Sal del agua —ladró él.

Su estómago se había encogido con el deseo al primer signo de esa sonrisa, y ahora no era el momento para pensamientos sexuales. La quería tan lejos de ese río y de esos tritones como fuera posible. Hinata estaba más segura en el campamento.

—¿Me oíste? Dije sal del agua.

Sin afectarle su brusquedad, nadó hacia donde podía hacer pie, encontrándose con él a medio camino. Mientras ella emergía del moteado líquido, la ropa interior blanca que llevaba puesta se agarraba a sus curvas como un amante dedicado, revelando el empuje rosado de sus pezones y el parche oscuro de vello entre sus piernas.

Él tuvo que obligarse a apartar la mirada. Cuando estuvo al alcance de sus manos, la agarró por el antebrazo y la ayudó a subir a tierra.

—No me toques. Haré que te mojes —protestó ella.

—Esa es mi línea —masculló él—. ¿Y si ya estoy mojado por qué infiernos no gritaste por mí?

Poniéndose en movimiento, la arrastró detrás de él. Echó un vistazo y la estacó con la fuerza de su mirada, sabiendo que sus ojos prácticamente chispeaban con furia.

Su sonrisa abierta se desvaneció.

—Tus heridas todavía se están curando y yo...

Su orgullo masculino rugió cruelmente en respuesta a sus palabras. No había gritado por ayuda porque lo había considerado demasiado débil para protegerla. La miró ceñudo.

—Nunca estaré tan herido para que no pueda protegerte. ¿Entiendes? Si algo como esto alguna vez ocurre de nuevo... —casi golpeó su puño en el tronco del árbol más cercano ante ese pensamiento—, ...si vuelve a suceder de nuevo algo como esto y no gritas, yo... —nada sonaba lo suficientemente violento.

—¡La próxima vez que estés en peligro —dijo, obligándose a calmarse—, por lo menos proyecta tu voz en mi cabeza para hacerme saber que ocurre algo!

—Lo intenté —dijo ella.

—¿Qué?

Se detuvo a medio paso y la enfrentó. Su sentido de urgencia inmediatamente comenzó a gritar y retrocedió dando un respingo.

—¿Qué quieres decir con que lo intentaste?

—Ya no puedo alcanzar tu mente —tomó aire lentamente—. En el interior del bar fue la última vez, y entonces sólo pude proyectar mi voz, no oír tu respuesta. Era como si la habilidad se hubiera debilitado con cada momento que pasaba y ahora se ha ido completamente.

Alcanzaron el campamento, él la condujo a un tronco y la sentó. Cruzó los brazos sobre el pecho y bajó la mirada hacia ella. Nunca le hubiera dejado salir de su vista, en la ciudad y mucho menos aquí, si lo hubiese sabido.

—No te alejarás de mi lado. Ni por un solo momento. ¿Entendido?

—¿Por qué estás tan enfadado? —sonrió orgullosamente—. ¿No viste la forma en que lo golpeé?

Naruto asintió con renuente respeto. Sus manos ardieron por atraerla a su abrazo, mantenerla cerca y asegurarse de que estaba bien.

—Deberías haberme dicho que había criaturas en ese agua.

Ella se encogió de hombros, golpeando las rocas con los dedos de su pie descalzo.

—No sabía que me molestarían. Antes no lo habían hecho.

Él casi maldijo mientras su atención se volvía a concentrar en su pie. La había arrastrado a través del bosque sin unos zapatos. Se inclinó y sujetó su tobillo en sus manos.

—¿Qué estás haciendo? —jadeó ella.

—Debería haberte llevado en brazos.

Sus huesos eran pequeños y delicados, su piel suave y húmeda. Le alzó el pie y lo inspeccionó. Ningún corte, gracias Dios. Ninguna magulladura. Simplemente motas de polvo. No quería dejarla ir, pero gentilmente volvió a dejarlo en el suelo.

Un músculo latió en su mandíbula. Si no hacía algo para cambiar su futuro, esta especie de juego del escondite era la vida que le esperaría, siempre corriendo, siempre cazada por una criatura u otra. Ella se lo había dicho. Había sabido que era cierto, pero el conocimiento nunca había sido más real que ahora mismo. ¿Pero qué infiernos podría hacer?

Inesperada, su mirada volvió de nuevo sobre ella. En realidad, no podía hacer nada. Ella era como una fuerza magnética. Esas deliciosas curvas, esa piel suave. Le observaba igual de intensamente, el deseo en sus ojos.

Quería besarla, casi temblaba por la necesidad, pero no lo hizo. No podría detenerse. Y si no se detenía, el deseo por beber su sangre se alzaría dentro de él, mordiéndolo, consumiéndolo, haciéndolo desear ardientemente la misma sustancia que la mantenía viva. Le hundiría los colmillos en su cuello, sabía que lo haría. Sólo había que ver lo cerca que había llegado a estar de eso en la posada.

Mientras se podía perdonar por morder al Formorian, nunca se perdonaría a sí mismo por lastimar a Hinata. Se suponía que era su protector, no su atormentador.

El aire estaba más frío de lo usual y mojada como estaba, Hinata tenía que tener frío. Una gotita de agua serpenteó desde su frente hasta su labio superior. Ella la lamió, tal como quería hacerlo él. Su pene se había endurecido en el momento en que la había sacado del agua, o tal vez nunca había perdido su excitación, y no había disminuido desde entonces. Ante la vista de su rosada lengua, ardió aún más por ella.

Su mente transmitió una visión de todas las cosas que le gustaría que ella le hiciera con esa lengua.

—Tienes que cambiarte y ponerte algo seco —masculló él, su tono rudo.

Buscó y le lanzó su camisa.

Sus párpados caídos a medias, la excitación de la pelea convirtiéndose en excitación sexual. El aliento emergiendo desde ella agitadamente.

—Tal vez podríamos... ya sabes, y...

—Cámbiate. Ahora.

Después de una pesada pausa, su mirada devorándolo todo el tiempo, Hinata se movió detrás de los árboles para quitarse la ropa mojada y ponerse su camisa.

Algunos momentos más tarde regresó, y la vista de ella lo golpeó como un puñetazo bien encajado en los intestinos. La camisa le llegaba hasta mitad de los muslos, pero era su camisa y ella la estaba usando, la visión casi los deshizo.

Sudando ahora, rebuscó nuevamente en la mochila y sacó dos barritas energéticas. Sus provisiones escaseaban. Si no salía pronto de este infernal y profundo hoyo, se vería forzado a cazar y comer las criaturas de aquí... y un soufflé Formorian no era su idea de una buena y nutritiva comida. Desafortunadamente no podían arriesgarse a regresar al pueblo.

—Es hora de desayunar.

Le dio una de las barras a Hinata y se dejó caer de golpe encima de una roca.

Ella se acomodó a su lado, envolviéndolo en su dulce aroma, mordisqueando los bordes de la barra. Él tragó, refrenando el deseo de escapar de su atractivo.

—Gracias —dijo finalmente, aunque sonó a cualquier cosa excepto agradecida—. Creo que estas barritas energéticas son las cosas más horribles que he comido nunca.

—Te mantendrán viva, así es que cómetela.

—Tengo bayas y carne que compré en la ciudad.

—Guardaremos eso para más adelante.

Arrugando la nariz, se terminó la barra. Se turnaron para beber del agua de su cantimplora. Ella lanzaba continuamente miradas en su dirección. Lo sabía porque podía sentir la fuerza de ello. Finalmente suspiró, enviando un ligero soplo de aire contra su hombro y apartó la mirada. Suspiró. Lo miró otra vez. Suspiró.

¿Qué diablos le estaba pasando por la cabeza?

Él se puso de repente en pie y caminó hacia el árbol más alejado, incapaz de manejar la cercanía. Sus pantorrillas estaban desnudas, pero sus tobillos estaban cruzados. Ella dobló sus manos en su regazo. Una posición muy femenina. Sus ojos, sin embargo, contaban otra historia. Estaban llenos de tristeza y deseo, esperanza y necesidad.

—Deberíamos irnos —dijo él entre dientes—. Tenemos una buena cantidad de terreno que...

Sin previo aviso, unas oscuras y extrañas sombras se cernieron sobre el bosque.

Los insectos cesaron su canto. El aire se espesó con sal.

—Ah, infiernos —gimió Naruto—. Supongo que hoy no nos daremos prisa en llegar a ningún lado —esto era lo mismo que había ocurrido en su primera noche aquí, así que sabía lo que se avecinaba—. Debería haberlo esperado. Lo que tenga que ir mal, saldrá mal. Cojonudo. ¿Te ha dicho alguien, alguna vez, que eres un encanto de mala suerte?

—Sí.

Oyó el agravio en su expresión y juró en voz baja.

—Lo siento.

—¿Por qué te disculpas? Has conocido un desastre tras otro desde que me conociste.

—No todo ha sido malo.

Algo de eso había sido asombroso.

Con un bufido agridulce, ella se movió a su lado. Él se agachó y levantó la mochila y sus mojadas ropas, entonces, unió sus dedos con los suyos y tiró de ella al refugio que había erigido. Todavía no lo había desarmado.

—¿Lo construiste tú? —preguntó ella, un poco atemorizada mientras estudiaba el cobertizo de ramitas y hojas.

—Sí. Y antes de que se te ocurra alguna idea, no es La Cabaña del Amor.

Sacó la túnica de la mochila y la colocó enrollada como una almohada, entonces metió el paquete en la esquina de la choza.

—Entra.

Tuvieron que acostarse y gatear ayudándose con los codos, pero ambos lograron entrar donde había más espacio para moverse. La cúpula de cristal rechinó abriéndose, retumbando como un truenos y empapando la tierra entera con rocío del océano. Naruto sabía que debería guardarse las manos para si mismo, pero atrapados como estaban en la tienda de campaña, ni siquiera merecía la pena intentarlo. Cedió eventualmente, y mejor ahora que después. No podía no tocarla cuando estaban así de cerca. Envolvió el brazo alrededor de la cintura de Hinata, el sonido de la lluvia creando un ritmo aullador.

—¿Por qué no duermes un poco? —dijo—. Has tenido un día agitado.

Ella arrastró los dedos sobre su mejilla.

— Gracias —le dijo suavemente.

—¿Por qué?

Cada lugar de su piel que era tocada por sus dedos, ardía cálidamente.

—Por salvarme de los Tritones. Por... todo.

La lluvia tamborileó contra las hojas mientras él sopesaba sus palabras. Le había salvado la vida algunas veces, sí. Pero era él quien se sintió repentinamente agradecido.