Capítulo 17

La lluvia duró varias horas, y de alguna manera, Hinata consiguió quedarse dormida y tranquila, a pesar de que su conciencia chisporroteaba por el hombre junto a ella. Afortunadamente su túnica se había secado completamente y estaba extendida sobre sus piernas. En algún momento durante la tormenta, le había dado la espalda a Naruto, y él había enredado su brazo sobre la curva de su cintura. Ser acunada en su abrazo protector resultó ser tan embriagador como siempre había soñado, proporcionándole el sentido de satisfacción que siempre había anhelado. Sin mencionar la absoluta carnalidad.

Mientras su cálido aliento le acariciaba el cuello, estudió su mano. Sus dedos eran largos y gruesos, con las puntas encallecidas. Había un ligero vello espolvoreado debajo de cada nudillo.

Esas manos eran capaces de una violencia letal así como también de la máxima ternura.

Dios, quería esa ternura con cada onza de su ser.

¿Por qué no la había tocado desde que habían dejado la ciudad? ¿Por qué no había tratado de hacerle el amor? Habían estado tan cerca. Tan maravillosamente cerca. Mientras recordaba, sus labios se hincharon, su boca hizo agua, y la humedad surgió entre sus piernas. Él la había besado y tocado con avidez. Ella lo había besado y lo había tocado con avidez. Su sabor decadente había inundado su boca, la fuerza y el calor de su abrazo la habían rodeado en una bruma de sensual placer.

Quería eso otra vez.

Lo quería a él.

¿Había perdido el interés en ella?

—¿Qué te pasa, Prudence? —preguntó Naruto, su voz ronca y rica llena de sueño—. Te has puesto rígida a mi lado.

Hinata obligó a su cuerpo a relajarse. Tenía que aparta su mente de Naruto, el sexo, los besos, la desnudez y... Hablaría de Byakugan. Eso siempre la centraba.

—¿Qué pasaría si te dijera que Byakugan en realidad no existe? Al menos, no de la manera que tú piensas.

Ahora él se puso rígido, su cuerpo entero apretándose alrededor de ella.

—¿Que quieres decir? —Su tono no era furioso, solo endurecido por la curiosidad.

La oscuridad era densa, ella no intentó darse la vuelta y echar un vistazo fugaz a su expresión.

—¿Qué pasaría si no fuera una piedra preciosa?

Él guardó silencio durante un largo momento, y su mano empezó a amasar su cadera, enviando oleadas de placer a través de su sangre.

—No me harías estas preguntas sin un motivo —dijo él—. Así es que déjame hacerte una pregunta. Si Byakugan no es una piedra preciosa, ¿qué es?

Un sudor frío brotó de su cuerpo. Ella acababa de conseguir sacarse a Naruto de la cabeza, ¿o no? Ahora mira lo que había hecho. ¿Cómo podía contestarle sin admitir lo que ella no quería que supiera?

—Desearía que todos lo olvidaran. Quizá cualquier mano, incluso las de tu gobierno, son las manos equivocadas para poseerlo.

—Ese es un riesgo que estoy dispuesto a asumir.

Cómo había temido, y todavía temía, esa misma respuesta.

—Tú nunca me has contestado —dijo ella suavemente—. ¿Lo destruirías?

—No puedo contestar tu pregunta hasta que contestes la mía. —Él besó la parte de atrás de su cuello, sus labios demorándose sobre el sensible tendón de su hombro.

Ella casi gritó de alivio y de necesidad ante el primer roce de sus labios, olvidándolo todo excepto a él. Excepto Naruto. No había razón para mantener su mente fuera de su amante si él planeaba darse a ella.

—Hazlo otra vez —susurró ella.

—No debería. He intentado no hacerlo. Pero te puedo oler, puedo oler tu dulzura, y estoy cansado de intentar mantenerme a raya. Cansado de pensar en todas las razones para no hacerlo. —El relámpago iluminó su tienda de campaña por unos breves segundos, mezclando luz y sombras—. Me mentiste antes, sabes —dijo él, sus dedos subiendo poco a poco y ahuecando su pecho.

Sus pezones se endurecieron. Ella arqueó la espalda, se arqueó contra él.

—Mmm, lo más seguro es que no lo hiciera.

—Sí, me mentiste, Prudence.

—No lo hice —gimió ella mientras él lamía el borde de su oreja—. Juro que no lo hice.

—No te bañaste desnuda. Sin embargo, no tienes que preocuparte —dijo él, su voz ronca y rica—. Puedo ayudarte a solucionar eso.

—¿Ahora mismo? —preguntó ella jadeante, intentando no implorar—. ¿Vas a tocarme? ¿Como antes?

—¿Quieres que lo haga?

—Sí. Por favor. —Su lengua salió en un intento de lamerse los secos labios y humedecerlos.

—He intentado preguntártelo. —Él deslizó su mano más abajo, más abajo todavía, hasta que las puntas de sus dedos jugaron con el borde de su camisa—. ¿Por qué eres todavía virgen, cariño? ¿Qué estabas esperando? ¿El matrimonio?

—A ti —admitió ella con un gemido—. Te estaba esperando.

La polla de Naruto se sacudió con fuerza en reacción a sus palabras. Durante horas, se había debatido en una desesperada guerra… tocarla o no tocarla.

¿Cuál se supone que tenía que ganar?

Él había estado completamente alerta a cada uno de sus movimientos, cada suspiro. El deseo martilleaba a través de él. Infiernos, ¿cuándo lo había dejado alguna vez? La deseaba ardientemente como una droga, y estaba indefenso para resistirse a ella. Se estaba volviendo adicto a ella, queriéndola constantemente, necesitando marcarla como suya, observarla cuando se viniera. Oír su nombre en sus labios.

Cada instinto masculino que poseía quería que cada hombre que llegara a contactar con ella supiera que le pertenecía.

Estar con esta mujer ahora mismo era un error. Se lo había dicho a sí mismo mil veces. Si no fuera por la tormenta, ahora mismo estarían fuera en el bosque, dirigiéndose al Templo de Cronos. Pero había tormenta, no estaban en el bosque y por último, hundirse dentro de ella, sería el error más placentero de su vida.

No la mordería. No se lo permitiría. Si la necesidad se encontraba con él, la controlaría, sin importar lo incontrolable que pareciera. Al menos, eso es lo que se dijo a sí mismo para aliviar su conciencia.

—Si quieres que me detenga, dilo ahora. —Se restregó furiosamente contra la hendidura de trasero—. Una vez que empiece, no voy a detenerme. Esta vez no.

—Te quiero más de lo que alguna vez he querido cualquier cosa en mi vida. No dejaré que te detengas.

La alzó sobre él, aspirando el aroma de la sal, bosque y mujer excitada, y machacando sus labios contra los de ella. Ella abrió la boca y su lengua se sumergió adentro, sus dientes chocaron con la fuerza de su entrada. Él ahuecó la línea de su mandíbula, obligándose a ser gentil cuando todo lo que quería hacer era marcarla.

Duro. Rápido.

Su necesidad por ella aumentaba con cada segundo que pasaba, intensificándose peligrosamente. Sus palmas acariciaron su pecho desnudo, aplastándolas contra sus pezones, a continuación, cerrándolas alrededor de su cuello.

—Amo tu calor y dureza —jadeó ella—. ¿Crees que alguna vez tendré suficiente?

—No, nunca. Sabes tan bien. —El sudor goteó de su frente, y su piel se tensó, instándolo a hacer más. Rogándole que aumentara el ritmo. Él siguió el rastro de sus manos sobre sus hombros, su espalda, sus pechos, pellizcando sus pezones.

Ella gimió con el placer-dolor y enganchó sus piernas alrededor de su cintura, acunando su erección tan íntimamente como era posible mientras todavía estaba vestida. Su lengua continuó su batalla con la de él. Sus dedos viajaron por el cuerpo de él.

—Quiero estar desnuda —jadeó ella.

—Yo también te quiero así. —Le mordió la barbilla, la esquina de su boca, todo el rato rozándose contra ella—. ¿Cómo lo haces? ¿Cómo haces que te necesite tanto?

Puro placer chisporroteó en sus venas cuando él alcanzó el lugar exacto en el que ella lo necesitaba.

—Otra vez —jadeó ella—. Ahí.

Él se echó hacia atrás, empujando hacia adelante. Esta vez ambos jadearon ante la insensatez.

—Algunas veces... cuando te vi en mis visiones con otras mujeres... —ella alzó la cabeza y chupo uno de sus pezones, deleitándose en el sabor masculino de su piel— imaginé que era yo la que estaba... —ella lamió su camino al otro lado y chupó—... en cambio, contigo.

Un fuerte gemido salió de él. Otro resplandor estalló en el cielo, alejando la oscuridad durante una fracción de segundo, y en ese segundo, sus ojos se encontraron. Diamante lustrado contra agua azul océano. El fuego y la pasión resplandecieron en su expresión.

Él bajó la mirada hacia ella y frunció el ceño.

—Nos hemos besado así antes —dijo él, su voz tensa—. No en la bañera, sino...

—En tu mente. Sí. —Ella trató de alcanzarlo, queriendo su boca de nuevo en la de ella, pero él agarró sus manos y las sujetó sobre su cabeza.

—Pensé que lo había soñado, pero estabas realmente allí. Combatimos a un demonio y a un vampiro, y entonces nos besamos. Realmente ocurrió.

—Sí —dijo ella, sin romper nunca su mirada—. ¿Qué importa eso ahora? —Ella lo necesitaba desesperadamente y no sabía si podría soportar que la rechazara. En estos últimos días había sido excitada demasiadas veces sin alcanzar la culminación—. ¿Eso te molesta?

—Diablos, no. Yo sólo... gracias.

Un temblor corrió veloz a través de ella, vibrando en él.

—De nada.

—Eres la cosa más hermosa, cariño. —Ella lo amaba, comprendió él, el impacto todavía martilleando a través de él. Había sabido que lo deseaba pero había fallado en comprender que ella le había entregado su corazón.

Hasta ahora.

Cuando había entrado en su mente ese día que había sido herido, había leído sus pensamientos y ella había sido incapaz de esconder su amor por él.

Amor... Lejos de hacer querer dejarla, Naruto se encontraba irrevocablemente atraído hacia ella, necesitándola todavía más.

Él quería oírselo decir. Tenía que oír decírselo.

Inclinó la cabeza para besarle el cuello cuando el olor de su dulce, dulce sangre flotó suavemente a las ventanas de su nariz. Tragó saliva. La necesidad de sangre, su sangre, se había despertado.

Tenía que frenar las cosas, traerlas a un nivel controlable mientras la complacía tan completamente que amarlo fuera la única cosa que ella supiera. La única cosa que conociera.

Deslizó la mano a lo largo de la curva de su cadera, a lo largo de su larga pierna, subiendo entonces por su muslo hasta alcanzar el dobladillo de su camisa. Arriba... arriba... subió el material. Lentamente... Casi lo mató ir despacio. Él atormentó sus terminaciones nerviosas con apenas ligeros toques, y cuando el material estuvo agrupado en su cintura, hizo una pausa. El silencio se extendió sobre la tienda. Ni siquiera podía oírse el sonido de su respiración. Quizá ambos esperaron, conteniendo el aliento, por su siguiente movimiento.

Su sangre chispeó con electricidad mientras sus dedos tocaban su cintura otra vez. Su piel era tan suave. Tan perfecta. Ella era seda y rosas.

—No quiero asustarte —susurró él con voz ronca, ya sabiendo que estaba lejos de asustarse—. Dime si hago algo que no te guste.

—Yo no...

—Explicaré todo lo que te estoy haciendo —agregó él, cortando limpiamente su protesta—. Ahora mismo, simplemente voy a hacerte un reconocimiento. Tus piernas, tu estómago, cada curva tuya y cada hueco, cada lugar sensible que te haga jadear por más.

—Sí. De acuerdo.

—Aprenderemos lo que te gusta juntos.

—Cada vez que me tocas, siento llamas lamiéndome, quemándome. Eso me gusta.

Él profirió una risa tensa y ahogada. Más sudor goteó bajando por sus sienes.

—Si no te sintieras de esa manera, querría decir que estoy haciendo algo mal. Es mi trabajo... no, mi privilegio... hacer que el fuego se vuelva un infierno. —Mientras hablaba, él trazó su nombre en su muslo.

Ella era suya, eso era todo. Sólo de él.

—Oh, sí. —Su bajo y necesitado gemido se mezcló con un suspiro de placer. Los sonidos se combinaron, emergiendo más como un ronroneo.

Hombre fiel a su palabra, Naruto se presentó apropiadamente a su cuerpo.

—Voy a acariciarte los pechos.

—¿Cómo antes?

—Como antes. —Él se demoró allí, amasando y rodando sus pezones entre su un dedo y el pulgar.

Sus caderas se arquearon, su cuerpo se curvo. Su cabeza cayó hacia atrás, su largo y sedoso pelo cosquilleaba en su pecho. Se oyó el retumbar de un trueno y la lluvia aumentó de presión, golpeteando contra el refugio. Él nunca más vería otra noche tormentosa iluminada por la luna sin pensar en Hinata.

Ella era la pasión encarnada.

Él sólo había tenido un simple atisbo de su pasión, pero estaba deseoso de más.

Cuando la había besado, ella había emergido. Así como así. Sus manos se habían movido sobre él, su cuerpo más bajo se había arqueado contra él. Cuando la tocó...

—Voy a hacer nota mental de que ambos disfrutamos esta parte. —Su voz estaba tensa, tan tensa que apenas logró conseguir sacar las palabras.

¿Había estado antes alguna vez al límite? Creía que no; no podía recordar un tiempo en el que una mujer hubiese invadido su mente por completo.

El estómago de Hinata se estremeció cuando él se detuvo para sumergirse en su ombligo. Tan suave, tan sexy. Podía haber pasado el resto de la noche allí, pero continuo su exploración.

—Voy a tocarte ahí abajo.

—Sí. Por favor —murmuró con voz entrecortada, cargada con anticipación.

Cuando alcanzó las curvas redondeadas, ella arqueó sus caderas. Él masajeó.

Se llamó un millón de tonterías mientras su mirada ascendió a su cuello, observando el pulso allí.

Gruñendo, deslizó su mano entre las piernas. Cuando comenzó a trabajar los dedos sobre la parte interior del muslo, ella gritó.

—¡Naruto, necesito... no sé! Te observé cien veces pero no sé lo que necesito.

Él se rió ahogadamente, el sonido más una boqueada sofocada que cualquier otra cosa. Ella estaba contorsionándose contra de él, implorando silenciosamente.

—Necesitas un toque más íntimo, cariño. Como este. —Él deslizó su mano a través del sedoso vello que protegía sus pliegues mojados, entonces hundió un dedo dentro de su apretada funda.

Sus caderas instantáneamente se dispararon hacia el cielo.

—Oh, dioses.

—¿Me amas? —Él tiró de su dedo fuera y untó su humedad con caricias circulares. Los últimos vestigios de su control estaban resbalando. Un sentido de urgencia estaba abrumándolo.

—¡Naruto! ¡Naruto! ¡Haz eso otra vez! —ordenó ella, ignorando su pregunta.

Su boca estirada estaba apretada por la tensión de su propio despertar, su necesidad de sangre. El sudor ya no goteaba; escurría de sus sienes. Dios, adoraba oír su nombre en sus labios.

—¿Te tocas de esta manera a menudo? —le preguntó. Tan fácilmente la imaginó extendida sobre una cama de seda y raso, azul como sus ojos, dándose placer, acercándose al clímax mientras ella imaginaba su cara.

La imagen era suficiente para hacerlo correrse, así que puso su mente en blanco.

Ella vaciló.

—Sólo esa vez. En la bañera. Mi piel se había vuelto tan caliente y apretada. Y quería experimentar tu posesión con tantas ganas.

Usando el pulgar en su clítoris, hundió dos dedos en ella.

—¿Me amas?

—Ohh —gimió ella, otro ronroneo. Ignorando de nuevo la pregunta. Ella arrojó hacia atrás la cabeza, su pelvis arqueándose y acariciando su ingle.

Él se aquietó por el placer devorador, y la dicha pura de ese contacto. Estaba duro como una roca, su respiración era entrecortada. Cuando trabajó con un tercer dedo dentro de ella esta gritó su nombre, el sonido fue un abrupto sollozo. Su cuerpo se convulsionó y apretó alrededor de sus dedos. El calor radió fuera de ella, rodeándolo con su delicioso perfume.

Termínalo, gritó su mente.

Lentamente él sacó los dedos. Se arrancó las botas y los pantalones y los pateó para sacárselos, su polla finalmente estaba libre. Él iba a ser el primero. Su primer hombre, su primer amante. Sus instintos posesivos rugieron a la vida, una poderosa avalancha se desplomó a través de él.

No podría combatir su atracción, y había sido estúpido por intentarlo, cualquiera que hubiesen sido sus razones.

¿Eran de mundos diferentes? Y qué.

¿Ella le había leído la mente? A quien le importaba.

¿Podría dejarla embarazada? Dios mío, sí. Quería que ella tuviera a su bebé. Quería llenarla con su semilla.

¿Podría morderla? Mmm…

—¿Me amas? — Naruto se ajustó en su entrada, y sus piernas se cerraron alrededor de él. Su mirada se movió a su cuello, la boca haciéndole agua—. Eres mía, eres mía, eres mía. Dime que estás lista para mí.

—Ahora. Por favor, ahora.

Meciéndose hacia adelante, se trabajó a sí mismo dentro de ella con cada atormentadora pulgada a pulgada.

—Tómala toda.

—Sí... sí...

—Toda ella. —Finalmente su himen cedió, y él se empujó el resto del camino dentro, encajándose por completo. Él rugió ante el placer, y de alguna forma, logrando mantenerse quieto—. Eres mía, eres mía, eres mía. ¿Estás muy lastimada? ¿Te lastimé?

—Más, quiero más.

Otro rugido de satisfacción surgió de él, y empezó moviéndose dentro y fuera.

Apretando el paso, aumentó las exquisitas sensaciones. Ella estaba arqueándose y moviéndose con él, contra él. Ella amasó y apretó su espalda. Arañó. Mordió el tendón de su cuello.

Estaba descontrolada por su necesidad.

Él apenas podía ver en la oscuridad, pero lo poco que podía distinguir lleno su mente. Sus parpados estaban medio cerrados, su piel sonrojada, sus dientes mordiendo su labio inferior. Mechones negros azulados como el manto del cielo nocturno se derramaban alrededor de sus hombros. Ella era la imagen del erotismo.

Ella era suya.

Su orgasmo lo balanceó, y él gritó su nombre, bombeando en ella tan profundamente como era posible. Él le dio exactamente en el lugar correcto porque gritó también, su segundo clímax saltó instantáneamente a la vida, sus paredes interiores apretándose alrededor de él. Todo el tiempo, él combatió el deseo de morderle y ganó. La necesidad estaba allí, pero su necesidad por protegerla fue mayor.

Se quedó dónde estaba hasta que el último pequeño temblor lo abandonó, entonces finalmente colapsó al lado de ella, más saciado de lo que alguna vez lo hubiera estado en su vida. Mucho tiempo después, ella lo miró a través del escudo espeso de sus pestañas. Algo en su pecho se apretó, viéndola así. Tan satisfecha. Tan preciosa.

No podría dejarla, pensó entonces. Nunca.

—Bien, mierda —dijo él. Se pasó una mano por la cara, y tiró a Hinata encima de su pecho con la otra. Ella no le había dicho que lo amaba. ¿Lo haría? ¿La había malinterpretado?

—¿Ocurre algo malo? —preguntó ella tímidamente.

—Duérmete, bebé. Hablaremos por la mañana. —Su cuerpo estaba ya ardiendo por ella, listo para la segunda ronda.

La amaba. Lo hacía. Ella era la que estaba hecha para él, la única. Su compañera del alma.

Ahí, en la oscuridad de la noche, no lo podía negar. Ningún "tal vez" o "probablemente" con que adornarlo o incluso el común "estoy preocupado por ella".

Nunca se había sentido más lleno, más saciado de lo que lo estaba en ese momento.

Eso era justamente lo que necesitaba. Otra complicación para esta fácil y jodida misión.