Capítulo 18

Hinata flotaba a través de las nubes, tan enamorada de Naruto, que pensaba que nunca podría caer. Una sonrisa curvó sus labios. Lo que Naruto le había hecho a su cuerpo... magia pura, dejándola decadentemente satisfecha. Los recuerdos de la manera en la que él la reclamó le darían pábulo a sus sueños durante el resto de su vida. Hacer el amor con él le había dado un sentido de consumación y satisfacción que no había soñado posible.

La noche había caído y la lluvia se había detenido. El suelo debajo de ella era duro, suavizado ligeramente por el musgo y las hojas, pero la presencia de Naruto compensaba de sobra cualquier incomodidad. Lanzó un saciado suspiro, amando la manera en la que estaba acunada en sus brazos, acurrucada contra él.

Ésta era la vida que siempre había soñado para sí misma. Cada vez que había sido castigada, cada vez que alguien había muerto por sus predicciones, ella se había imaginado envuelta en la seguridad del abrazo de Naruto.

Había estado tan cerca de gritar su amor por él. Él le había preguntado si lo amaba, varias veces y, cada vez, había tenido que luchar por detener las palabras. Si él se hubiera apartado de ella... se estremeció.

Él pronunció una serie de palabras ininteligibles, cortando a través del silencio de la noche. Su cuerpo se estremeció y Hinata se sacudió erguida.

—¡Oww!

Gritó cuándo su frente se estrelló contra el techo del refugio. Hinata se recostó de nuevo y empujó ligeramente. Debería haber sido difícil, si no imposible, ver en la oscurecida tienda de campaña. Después de todo, el domo no emitía absolutamente ninguna luz. Mientras, se quedó mirando hacia Naruto, viendo cada matiz de su cara, y su mandíbula se dejó caer abierta en un jadeo.

Sus ojos estaban abiertos y resplandeciendo con ese rojo brillante, extraño, otra vez. Su piel estaba pálida y el sudor se derramaba de su cuerpo acalorado. Su estómago anudado en mil giros diferentes. Más cambios estaban ocurriendo dentro de él.

— Naruto —dijo.

¿Qué podría hacer ella? ¿Cómo le podría ayudar a aceptar lo que ocurría?

Si él peleara, sólo se volvería más débil. Inclinándose hacia abajo, ella susurró en su oreja.

—Estoy aquí. Te mantendré a salvo. Nada malo ocurrirá. Lo prometo.

Lentamente sus músculos se relajaron.

—Estoy aquí —repitió—. Estoy aquí.

El color se extendió por su piel, regresando a su bronce natural. Sus ojos dejaron de resplandecer, perdiendo intensidad en tonos graduales. La tienda de campaña se oscureció y ella dio un suspiro de alivio.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó.

—Puedo ver en la oscuridad —contestó rotundamente—. Y como puedes ver, no estoy usando mis lentes de visión nocturna. Tengo que conseguir salir de aquí.

Naruto rápidamente se vistió y salió a toda prisa de la tienda. Una brisa fría, salada, lo besó, burlona en su dulzura. Sin perder el tiempo con sus botas, agarró su transmisor y caminó impetuosamente hacia el río, contemplando la belleza de la tierra.

El tono negro le saludó, pero veía todo como si lo hiciera a la luz brillante del día. Las hojas temblaron y flotaron en el aire en los árboles verdes brillantes. El agua clara del río ondeó contra el viento. Bancos de peces color arco iris nadaban más allá, sus aletas salpicando en la superficie.

Sintiendo en la oscuridad, que era un truco frío de súper héroe, sí, uno que él sabía que había llegado a gozar. Eso no era lo que le molestaba. Mientras estaba acostado en la tienda de campaña, con Hinata en sus brazos, su cuerpo saciado de su amor, había sido golpeado por otro deseo, morder su cuello y beber su sangre. Esta vez, la necesidad casi había sido inextinguible. Imparable. Más fuerte que nunca antes.

Con Hinata, cuanto más la tocaba, más quería morderla.

Él era humano. Un hombre. No un demonio o un vampiro, el epítome de la maldad, y todo en él luchaba en contra. ¿Pero cuánto tiempo podría mantenerse firme? Había pensado que su necesidad de protegerla sería suficiente para hacerlo mantener sus dientes para sí mismo.

Había creído mal.

—Santa a Madre —dijo al transmisor.

Tal vez su jefe podría ayudar.

Kakashi Hatake estuvo en línea momentos más tarde y discutieron sobre Ra— Dracus y la lista que Naruto había querido. Aparentemente, los vampiros odiaban el fuego, los demonios odiaban el frío, los Formorians podían ver en la oscuridad, y la lista seguía. Cosas que en su mayoría ya sabía.

—¿Hay alguna forma de volver a los vampiros de nuevo a humanos?

—Ninguna que nosotros hayamos encontrado.

—Mantente indagando.

Naruto terminó la transmisión y movió bruscamente una mano a través de su pelo.

Hizo una pausa. No había dolor en su brazo. Ningún dolor en su cuello. Movió su mano hacia el cuello. Ninguna herida. Su mirada se movió de un tirón a su brazo. Ninguna allí tampoco.

Estaban completamente curados.

Un jadeo sonó detrás de él y miró alrededor. La boca de Hinata colgaba abierta y sus etéreos ojos perlas se quedaron mirando abajo, hacia sus pies. Sostenía una vara incandescente, sus facciones iluminadas por su halo de luz.

—Estás flotando.

—¿Qué? —su mirada se movió rápidamente al suelo y su boca cayó ampliamente abierta.

Dios mío. Sus pies estaban revoloteando unos metros por encima de la hierba.

—¿Cómo consigo bajar? —ladró.

—¿Visualizas tus pies tocando el suelo?

Una pregunta, no una respuesta.

Su atención tropezó con ella.

—¿No sabes?

Sin ofrecer una respuesta, tentativamente cerró la distancia entre ellos, envolvió los dedos alrededor de sus tobillos y tiró fuertemente. Él flotó hacia abajo, hasta que, gentilmente, golpeó una base sólida.

—Pensé que podría manejar los cambios cuando se originaran —dijo rudamente.

—Estás vivo. Nada más importa.

—Me estoy volviendo uno de ellos.

—No, eres aún Naruto. Mi Naruto.

Inesperadamente, su mirada viajó hasta su cuello, al pulso errático allí.

—Lo dices porque no puedes entrar en mi cabeza ahora mismo.

Su mano se extendió y se movió sobre su pecho, deslizándose a lo largo de las cordilleras de los músculos del estómago, haciéndole inhalar de un tirón. Haciendo a su piel vibrar. Tal como él le había hecho a ella, encontró sus pezones y los rodó entre sus dedos.

—Eres Naruto —dijo ella otra vez—. Eres duro, ardiente y maravilloso. No eres un monstruo.

Su sangre se calentó con deseo e hirvió de necesidad. Más deseo, más necesidad de las que alguna vez había sentido, porque todos sus sentidos estaban repentinamente intensificados. Su perfume místico lo empapó. Su calor pulsaba en él.

Su deseo y su necesidad lo bombardearon, nadando y mezclándose con el suyo.

Su boca se hizo agua. Tal vez, si él se permitiera probarla, sólo un sorbo de su sangre... Se alejó de un tirón de ella. Diablos, no. Si la tomaba en sus brazos, su tentativo control se rompería.

El agravio y la vergüenza cruzaron sus facciones delicadas de camafeo.

Él casi la atrajo por su espalda, pero logró resistir.

—No me toques otra vez.

Sus ojos se ampliaron con sorpresa herida, y ella dio un paso atrás.

—¿Pero... por qué?

El domo comenzó a emitir un ligero rayo de luz, pasando rápidamente sobre árboles y rocas. Él la ignoró tan resueltamente como ella había ignorado sus preguntas de amor anoche.

—Dejemos todo preparado. Necesitamos ponernos en movimiento si queremos alcanzar al Templo de Cronos de acuerdo a lo planificado.

Mientras él hablaba, los cabellos de la parte trasera de su cuello se levantaron.

La esquina de su ojo percibió un parpadeo de movimiento, y cada instinto que él poseía gritó para agazaparse. Agarró a Hinata por los antebrazos y los impulsó a ambos al suelo. Una lanza surcó a través del aire, pasando por el lugar en que él había estado de pie y estrellándose contra un tronco de árbol grueso.

—Queremos a Byakugan, humano. Si nos lo das, tu muerte no será tan dolorosa para ti.

La voz masculina, profunda, resonó tan fuerte como el trueno... y llegó desde el agua.

Naruto olvidó todo menos proteger a su mujer. Al mismo tiempo, catalogó su ruta de escape y evaluó a sus enemigos. Había al menos cincuenta tritones en el agua, con las lanzas alzadas. Si allí hubiera habido más luz, Naruto sabría que esas lanzas estarían incrustadas en su espalda. La urgencia de combatirlos estaba allí, pero no se arriesgaría a que Hinata saliera herida.

—Vámonos —le dijo, poniéndose rápidamente en pie y sacudiéndola con fuerza hacia arriba con él. Mantuvo su cuerpo escudado con el suyo.

La empujó a las sombras del bosque, agarró su muñeca y comenzó a correr. Las rocas se clavaron en sus pies desnudos, pero él se mantuvo en movimiento.

—Esto es por mi culpa. Tendría que tener mejor criterio que ir al río.

—Debería haber sabido que regresarían —ella balbuceó—. Debería saber al menos lo que planeaban.

—Al menos tienen que permanecer en el agua.

Una rama desnuda se extendió y abofeteó su mejilla. Él la bajó justo delante de la tienda.

Hinata negó con la cabeza casi violentamente.

—Después de una tormenta, pueden caminar por la tierra.

Por supuesto que podrían.

—No puedo creer que esto esté ocurriendo —ella comentó, la contrariedad profunda se notaba en las tonalidades bajas de su voz.

—Habla bajo. Eres como un faro ahora mismo, señalando cada una de nuestras maniobras —con movimientos rápidos y precisos, él desensambló su tienda y la enganchó a su mochila—. ¿Cuánto tiempo tenemos?

Hinata guardó misteriosamente silencio.

Naruto brincó sobre sus botas y se apresuró alrededor del campamento, agarrando todas sus cosas y apretándolas dentro de su bolsa.

—¿Por dónde deberíamos ir?

Agarró la muñeca de Hinata y se escapó hacia los árboles, usando la ruta de escapada que había diseñado ayer. Se esmeró en hacer sus huellas tan invisibles como fuera posible.

Ella no contestó. Su cuerpo estaba rígido, y ella se movía apenas, retrasándolo, prácticamente haciéndole arrastrarla. Él lanzó una mirada sobre su hombro. El perla de sus ojos remolineaba.

—Están ahora dejando el agua.

Su voz era tan desapegada del mundo como sus ojos. Surrealista. Como mil voces estratificadas en una. Sus facciones estaban tan vacías que parecía estar en trance.

—Piensan buscar por todo este bosque hasta que seas encontrado y destruido.

—Cariño, eso lo sé. Lo que no sé es hacia dónde ir. Necesitas dirigirme.

Silencio.

Sus pies tropezaron con una rama caída, y cayó hacia adelante. Su cuerpo estaba demasiado rígido para doblarse y aliviar la caída. Él la agarró, absorbiendo su peso.

Dios mío. ¿Qué le estaba ocurriendo?

No sabiendo qué más hacer, Naruto la levantó encima de su hombro. Él irrumpió una carrera corta.

—¿Hinata?

Otra vez silencio.

Palmeó su trasero.

—Recóbrate de eso, bebé, y dime hacia dónde ir.

Ella instantáneamente respondió a la orden directa.

—Viaja hacia Ciudad Central. Allí encontrarás un escudo para protegerte.

—¿Un escudo? ¿De qué estás hablando?

Doblando hacia la ciudad, él apresuró su velocidad. Aun no pensaba en ponerla en el suelo. Estaba tan quieta como los muertos, su voz todavía estratificada con esa inflexión extraña. Estaba preocupado por ella, quería asegurarse por sí mismo que estaba bien, pero no podía disminuir la velocidad.

Algo que el tritón le dijo le molestó... ¿pero qué? Volvió a reproducir la voz del hombre pez en su mente mientras maniobraba entre los árboles y se metía rápidamente debajo de ramas.

Queremos a Byakugan, humano. Dánosla.

Él parpadeó. Pensaban que él tenía la joya. ¿Por qué pensaban eso?

A menos que...

A menos que su suposición anoche, cuando había estado hablando con su jefe, hubiese sido correcta. Byakugan podía respirar, le había dicho Kakashi.

Los brazos de Naruto se apretaron alrededor de la mujer en su hombro. Como Byakugan, Hinata sabía lo que su enemigo planeaba y sabía cómo dirigirlo a la seguridad.

Y ella le había dicho que Byakugan estaba protegida por un hombre que quería destruirla. Proteger. Destruir. Los dos eran opuestos completos. Naruto quería proteger a Hinata, pero quería vencer y destruir a Byakugan.

Negó con la cabeza. Seguramente no. No. No era posible. Pero la aprensión reptó a través de él y la idea se rehusó a irse. Su Hinata no era la Joya. La Joya de Byakugan era una piedra.

Por favor Dios, deja que la joya Hinata de Byakugan sea una piedra.

El bosque se estaba poniendo más claro, pero Naruto se esmeró en permanecer en las sombras. Había estado corriendo durante lo que le pareció una eternidad. Su aliento emergía harapiento, y odió que Hinata rebotara arriba y abajo en su hombro como un costal de patatas. ¿Estaba lastimándola? Ella nunca pronunció una protesta.

Una lanza surcó más allá de su oreja, entonces otra, apenas rozándolo. Sólo sus reflejos nuevos, veloces como el rayo, los salvaron. Naruto inclinó una mirada rápida, hacia atrás. Los tritones se iban acercando a él. Rápido. Sus colas se habían dividido en dos, dándoles refulgentes piernas escamadas. ¿Cómo diantres se suponía que iba a despistarlos?

—¿A dónde voy, Hinata? ¿Dónde estarás a salvo? ¿Cómo nos saco de aquí?

—Vuela. Los tritones no pueden volar —dijo—. Tú puedes.

¿Volar? En el río, él había flotado, pero no había sido a propósito. No sabía cómo hacerlo por si mismo. Otra lanza zumbó detrás de él.

En realidad la oyó atravesar el aire y fue capaz de inclinarse a un lado antes de ser golpeado. Aquí abajo, así, Hinata estaba corriendo peligro. Eso cerró la cuestión.

Tenía que intentarlo.

—Oh, mierda —masculló, entonces se imaginó a sí mismo volando.