Capítulo 19
—El rey Tritón nos ha enviado un mensajero.
Neji se acarició la mandíbula y arqueó las cejas mientras esperaba la reacción de Sara.
La reina demonio holgazaneaba tendida en su cama de pieles, sus brazos doblados tras el cuello. En vez de armadura, llevaba un suave y diáfano vestido que apenas cubría su seca y verde piel.
Ellos estaban en el bosque, justo a las afueras de Ciudad Central, planeando hacer la guerra contra los Dragones y ella parecía lista para irse a la cama. Neji nunca había encontrado una criatura más vana y repulsiva. Su ejército era igual de malo.
Conocían lo fundamental de la guerra pero, incluso ahora, estaban ocupados atiborrándose de carne de animal, olvidándose de todo lo demás.
—¿Y? —dijo ella, reconociendo por fin su presencia. Suspirando, se tumbó sobre el estómago, exponiendo los pequeños cuernos—. ¿Qué ha dicho?
—El Rey Tritón encontrará al humano que ha destruido tu palacio y huyó con su animal doméstico favorito.
Sara se sacudió y se giró hacia él, sus diabólicas facciones brillando con excitación.
—¿Dónde están?
—De camino a la ciudad.
En segundos, estuvo de pie y acortó la distancia entre ellos.
—No podemos permitir que los Tritones los encuentren. Ella me pertenece y él morirá por mi mano.
Abrumado por el empalagoso olor del azufre que siempre rodeaba a la reina, Neji se deslizó retrocediendo un paso. Dos. Cruzando toda la ciudad no estaría lo bastante lejos, la verdad.
Esta mujer a la que enfrentaba y pretendía tener algo de respeto era particularmente responsable de la muerte de su amada. No había dado el golpe mortal, no. Los Dragones eran culpables de ese pecado. Pero Sara había observado a aquellos bastardos con aliento de fuego asar viva a Tenten y no había hecho otra cosa que reírse.
Pagaría poderosamente por aquella risa.
Neji no tenía otro propósito en la vida que destruir a aquellos que habían tomado parte en la muerte de Tenten.
Ella había sido—y todavía lo era—todo para él. Había sido humana, uno de los raros humanos condenados aquí por los dioses a ser comida de los habitantes de la ciudad.
—El hombre posee a Byakugan. ¿Realmente crees que los Tritones lo capturarán?
Neji arrastró las palabras.
—Eso es por lo que el rey envió un mensajero. Necesita nuestra ayuda para la captura del hombre porque sabe que no puede luchar con el propietario de Byakugan por si mismo — Neji se pasó una elegante mano sobre la camisa negra que llevaba, una camisa que cubría un peto resistente al fuego—. Honestamente, dudo que podamos capturarle.
Sus afilados dientes se cerraron.
—Tenemos nuestros ejércitos a nuestra disposición. Por supuesto que podemos capturarle.
—¿Por qué perder nuestro tiempo y energía intentándolo siquiera? Juntos podemos vencer a los Dragones y eso es todo lo que me importa.
Le encantaba burlarse de ella.
Su lengua, como la de un lagarto chasqueó en un silbido.
—Nuestra victoria será segura si capturamos la Joya.
Mientras al propio Neji le gustaba la idea de poseer nuevamente la joya, no quería esa maldita cosa cerca de Sara. La Reina la había poseído durante un año y ésa era la única razón que había tenido Neji para no actuar nunca en contra de ella.
Ahora podía usarla —y traicionarla—y nunca lo sospecharía. Hasta que fuese demasiado tarde.
—No seré capaz de luchar con los Dragones aún con mis mejores habilidades sin ella —sonrió ella con afectación—. Estaré demasiado afligida.
Él se obligó a mantener una expresión neutral en vez de sonreír ante su obvio intento por manipularle.
—Entonces, por supuesto, será un placer para mí capturarla para ti.
—Enviaré también a mis hombres a través de la ciudad. No quiero que olvides decirme que la has conseguido.
Mientras ella sonreía con satisfacción, Neji se deslizó fuera de su tienda de campaña. Los demonios estaban por todos lados. Se desperdigaban alrededor de la cañada, sus risas y nocivo olor hicieron que se le tensaran los músculos.
Caminó hacia el acantilado al borde del campamento. La luna llena le saludó, picando en su piel. Alguna de su gente no podía tolerar la luz. Los más ancianos, como él mismo, podían caminar durante el día, pero no cómodamente. Él y Tenten habían pasado días como el de hoy, tendidos en la cama y haciendo el amor hora tras hora.
Dioses, la extrañaba. La música de su risa, la suavidad de su contacto. El amor en sus ojos marrones. Su dulce sangre inocente.
Sus párpados se entrecerraron y dirigió su mirada hacia abajo, a la ciudad. Sus vampiros estaban estratégicamente situados en las cimas de los edificios y ocultos a lo largo de las calles.
Eran guerreros, sus hombres. Y estaban hambrientos por sangre de demonio.
Pronto. Sonrió él. Pronto.
