Capítulo 20
— Hinata.
La voz la llamaba desde un largo y oscuro túnel. Intentó responder, pero sus pulmones se negaban a cooperar.
— Hinata.
Ella abrió la boca, seguramente la cosa más difícil que había hecho jamás, pero de nuevo no emergió ningún sonido.
— Hinata. Ven, bebé. Háblame.
Naruto. Reconocería ese timbre sexy en cualquier lugar, en cualquier momento.
Sonaba preocupado y muy enfadado. La niebla que cubría su mente era espesa, pero se las arregló para abrirse paso a través de ella y…
Sus párpados aletearon abriéndose.
Naruto se inclinaba frente a ella, sus ojos azules remolineando con una amalgama de emociones: preocupación, alivio, temor.
Ella parpadeó y se lamió los labios, orientándose. ¿Dónde estaban? ¿Qué era lo que le asustaba a él? Pálidos mechones de pelo le caían por la frente. La suciedad manchándole las mejillas.
Él le acarició la nariz con la punta del dedo.
—No vuelvas a hacer eso o yo… Sólo no lo hagas. ¿Entendido?
¿Hacer el qué? Ella echó un vistazo a su alrededor, advirtiendo los edificios de piedra franqueándole por delante y por detrás, la gravilla sobre la que se tendió una vez y la capucha bajada sobre su cabeza. El sonido de la charla de la gente, los relinchos de los caballos y los olores mezclados de comidas y frutas se filtraron en su comprensión.
—Estamos en Ciudad Central —dijo ella.
Recordó estar en el río, los Tritones atacándoles y entonces… Había tenido una visión, se dio cuenta con una sacudida de cabeza. Siempre perdía la noción del tiempo y el lugar.
—¿Cómo hemos llegado aquí?
Sus mejillas ardieron con un brillante rojo.
—Yo, uh, digamos que volamos. Primera clase —añadió con ironía.
—¿Con alas? —ella de incorporó de golpe y sólo experimentó un momento de confusión—. ¿Te crecieron alas?
—Hice esa cosa de levitar —su mandíbula inclinada hacia un lado en un aire de "no te atrevas a contradecirme"—. Esos pescados andantes están por todos lados. Nos siguieron hasta aquí —le cogió la barbilla y le volvió la cabeza hacia él—. Estabas catatónica y dijiste que aquí encontraríamos un escudo.
Suspirando se echó hacia atrás sobre sus cuclillas.
—Tenemos que encontrar un lugar seguro. También descubrí demonios y vampiros.
Ella frunció el ceño.
—Ellos raramente se aventuran aquí. ¿Estás seguro?
—Nunca olvido a una criatura que quiere hacerme su desayuno —su irónica expresión hacía juego con su tono.
Ella se rió entre dientes, pero su diversión se esfumó rápidamente.
—No debería reírme. Estamos en peligro.
—Está bien encontrar el humor en momentos como este —su brazo serpenteó alrededor de la cintura y la levantó—. ¿Estás bien?
La observaba con mucha atención, buscando en su cara… algo. ¿El qué?
—¿Quieres decirme qué te ha sucedido? —le preguntó él.
Ella tragó, lamiéndose los labios. ¿Cómo podía explicarle lo que le había sucedido sin revelar demasiado?
—A veces pierdo la conciencia. Yo…
Se oyó un chapoteo y Naruto giró la cabeza a un lado. Un pequeño pájaro bebía de una poza. Cuando se dio cuenta de que no les habían descubierto, dijo.
—No tienes que explicarlo ahora. No debería haber preguntado. Después habrá tiempo para hablar.
Las palabras de esperanza colgaron silenciosas en el aire, vagando con un ligero toque de inquietud. Ella sabía que él no temía por sí mismo. El hombre vivía para el peligro. Prosperando en ello. ¿En cuántas misiones se había lanzado incondicionalmente, impaciente de los sucesos que le esperaban? Eran innumerables.
Lo cual quería decir… ¿Temía por ella? Oh, dioses. A él le importaba. La sorpresa, el placer y la felicidad la mantuvieron inmóvil. Antes lo había apartado y había pensado que había descubierto su amor por él y no quería tener nada que ver con ella. Le importaba. El conocimiento estaba allí en sus ojos, brillando alegremente.
Reyes y Reinas habían luchado por poseerla, por esclavizarla y dirigirla, por usarla, pero este hombre procuraba protegerla. Concederle lo que quería.
—Salgamos de aquí —dijo él.
Hinata no le dio indicación de sus intenciones. Simplemente se lanzó a sí misma contra él. Su respiración incluso trastabilló cuando sus fuertes y musculosos brazos la envolvieron.
—Eres un hombre maravilloso, Naruto Namikaze —le besó la mejilla—. Sé donde podemos encontrar un refugio para pasar el día.
Él le ofreció una tierna sonrisa, pero dio un paso atrás alejándose de ella como si no se atreviera a sostenerla demasiado tiempo.
—Estaría realmente asombrado si no supieras a dónde deberíamos ir.
Hinata recorrió la curva de su cuerpo y movió sus manos, bajándolas, cubriendo sus nalgas. La conciencia chisporroteó a lo largo de sus terminaciones nerviosas.
Habría permanecido felizmente donde estaba para el resto de su vida, pero le dio un suave apretón antes de liberarse.
—Sobreviviremos a esto por ninguna otra razón para mí que la de conseguir tenerte en mi cama.
Sus pupilas se dilataron y su mirada se posó en su cuello. Él tragó y retrocedió otra vez, su expresión endurecida. Justo cuando su gentil y burlón amante se fue, un frío guerrero ocupó su lugar.
—Sígueme —le dijo ella, sin permitirse experimentar dolor por su repentino cambio.
Él se preocupaba por ella. Eso es todo lo que importaba.
Cuando entraron en el corazón de la ciudad, las sombras de la ciudad se decoloraron y se vieron rodeados por una brillante y luminosa luz. Los soldados Tritón marchaban del umbral de un edificio al otro.
Sabiendo lo reconocible que era ella, Hinata se puso la capucha bajándola sobre la cara, después echó un rápido vistazo sobre el hombro para asegurarse que Naruto había hecho lo mismo. Así era. Pero podía ver que sus ojos estaban irritados y acuosos, como si la luz fuera más de lo que podían soportar. Probablemente lo fuera. Algunos vampiros nunca aprendían a tolerar la luz.
Ella entrelazó sus manos. Sus largos dedos abrigados alrededor de los suyos más delicados, su piel rugosa donde la suya era lisa. La ciudad pulsaba con actividad, al igual que antes. Tabernas, posadas, tiendas alineadas en las calles, cada una a rebosar de criaturas de cada raza. Se detuvo cuando dos centauros pasaron haciendo cabriolas, sus elevadas risas haciendo eco tras ellos. Los puestos fluían con sedas y trajes de cada color. Los vendedores vendían de puerta en puerta aves asadas.
—Un día, no tendré que vigilar cada uno de mis movimientos —dijo ella con determinación.
—Un día —concordó él.
Los ojos de Naruto ardían por la luz. Se encontró contemplando a Hinata, como siempre. Su cara estaba parcialmente cubierta, pero podía ver sus facciones irradiando vida, anhelo y resolución. Tan diminuta como era, debería haber parecido frágil y fina.
Con todo, había un corazón de fuerza que irradiaba de ella.
Tres demonios se precipitaron calle abajo, abriéndose camino a través de delicadas sirenas, musculosos cíclopes y grifos que se perseguían la cola. Los demonios exploraban continuamente las caras. Naruto enderezó los hombros, todos sus instintos de matar—o—morir saltaron en alerta. No redujo la marcha mientras extraía el cuchillo de entre los pliegues de su túnica, apretando el mango.
Una mujer minotauro cuya peluda cara le era familiar se detuvo de un patinazo cuando vio a Hinata. Su mirada se ensanchó y cambió el bulto de ropas de un brazo a otro.
—Erwin —dijo Hinata, obligando a Naruto a detenerse—. ¿Cómo está tu hijo?
—Está bien, gracias a ti —sonrió Erwin—. Vinieron a por nosotros, tal como dijiste.
—Señoras, ¿podéis continuar esta conversación más tarde? —tan discretamente como le fue posible, Naruto colocó a Hinata tras de él.
Uno de los demonios, varios metros por delante de ellos, se detuvo y olisqueó el aire. Se volvió rápidamente, sus ojos rojos buscando y escudriñando. Su mirada se cerró sobre Naruto.
—¡Humano! —silbó la escamosa criatura parecida a una serpiente.
Sin quedarse a esperar por la fiesta del comité de bienvenida, Naruto se puso en acción, arrastrando a Hinata con él.
—Hemos sido descubiertos, bebé.
La gente jadeó cuando él pasó a través de ellos. Qué no daría por algunas balas de punta hueca. Quizás una granada. Desafortunadamente no tenía ninguna. Su única arma era su cuchillo. Los demonios podían volar, así que no había ninguna razón para intentar esa pequeña hazaña otra vez. Además, les iría mejor si se perdían entre la muchedumbre. Si pudiera encontrar a un vendedor de túnicas, podría robar dos, cambiando los colores de las que llevaban él y Hinata.
La muchedumbre mermaba demasiado rápido. Los centauros huían galopando. Los Minotauros cavaron madrigueras, encontrando refugio bajo montículos de suciedad. Los guijarros volaban bajo las botas de Naruto.
La mujer, Erwin, los siguió, corriendo a su lado.
—Iros —dijo ella—. Yo los distraeré.
—No —respondió Hinata al mismo tiempo que Naruto decía "Gracias".
—Estamos enterrados en mierda, así que cogeremos toda la ayuda que podamos —añadió él, saltando sobre un carro de comida vacío—. Salta —exigió.
Ella saltó, su túnica ondeando a su alrededor como un nubarrón. Su capucha cayó y su pelo se derramó por su espalda en un brillante río negro. Miró por encima del hombro para ver a Erwin lanzar su atado de ropa a los demonios, ocultando momentáneamente su visión antes de huir.
Naruto continuó corriendo entre edificios y callejones. Sabía que los demonios se estaban acercando más y más. ¡Y mierda! Doblaban su número con cada paso. Sus dientes eran amarillos y agudos, goteantes de saliva.
—Allí —gritó Hinata, señalando.
El siguió la dirección de su dedo y vio una hembra centauro que trotaba delante de ellos, completamente inconsciente del tumulto detrás de ella.
—No —dijo Naruto, sabiendo lo que quería que hiciera.
—Sí. Es la única manera.
Él frunció el ceño.
—Sólo salta y cabalga. No seas un bebé.
Si no lo supiese mejor, juraría que Hinata parecía excitada, más que temerosa por su vida. No podía creer que estuviera contemplando esto… No se oponía a montar a una mujer, pero santo infierno. Prefería que fuera a Hinata.
Incrementando su velocidad, se acercaron furtivamente a la mujer caballo.
Su pálido pelo como luz de luna ondeaba tras ella. Sin advertencia alguna, Naruto agarró un puñado de ese pelo y se impulsó a sí mismo a subir, arrastrando a Hinata tras de él. Inmediatamente, la centauro intentó desmontarlos. Cuando eso no funcionó, ella agitó el trasero.
—Arre, caballito —dijo él.
—Quítate de encima —se volvió, intentando morder la pierna de Naruto. Cuando ella le vio, sus ojos se abrieron desmesuradamente y se sorprendió—. ¡Adonis! Mis más profundas disculpas, Gran Señor. Gracias por este honor. Yo nunca…
—Solo muévete.
Sin otra palabra, ella empezó a trotar, su ágil cuerpo poniéndose en movimiento.
El viento enredaba su pelo mientras corría limpiamente entre la gente, atravesando callejones y saltando sobre carros.
La adrenalina rugió en sus venas, inundándole con la fuerza de una avalancha.
Había experimentado más subidones de adrenalina desde que entrara en Konoha y conociera a Hinata que en todos esos años que llevaba con OBI.
Con sólo pensar en su jefe hacía que le sudaran las manos. Se estaban poniendo ansiosos, lo sabía. Era sólo cuestión de tiempo que enviaran a alguien más a través del portal, buscándole. ¿Qué le sucedería entonces a Hinata?
La hembra centauro se detuvo, sus cascos hundiéndose en el rocoso suelo.
Él frunció el ceño.
—Sigue moviéndote. ¡Vamos!
—Mi señor de Señores. Hay vampiros bloqueando el camino en la parte de delante y los demonios bloquean el camino por detrás —su voz temblaba con temor.
— Neji —jadeó Hinata.
Naruto desmontó, manteniendo su mirada fija en el trío de vampiros. Llevaban extraños ropajes negros y oscuros sobre su piel demasiado pálida. Sus inhumanos ojos grises eran… igual que los de Hinata, se percató.
¿Qué demonios?
Parpadeó, pero la sorpresa no lo abandonó con facilidad. Hinata intentó desmontar. La detuvo con un firme apretón en el muslo. Un coro de siseantes risas erupcionaron tras él.
—Cuando te lo diga, lárgate —le susurró a la centauro—. Ponla a salvo. Encontraré una manera de recompensarte.
Su única respuesta fue un aterrado relincho.
Apartando su mano, Hinata se deslizó de la montura y se quedó a su lado.
—Si tú te quedas, yo me quedo.
Sus ojos se encontraron, anclándose y chocando. Al momento siguiente los vampiros y los demonios entraron en acción, yendo directamente hacia ellos.
