Capítulo 23

Hinata yacía completamente vestida en el hueco de los brazos de Naruto. Había querido quedarse desnuda con él toda la noche, pero él había insistido en que estuviesen listos para cualquier indeseable visitante nocturno.

Ahora mismo, su profunda y relajada respiración le aseguró que dormía profundamente. Su cuerpo estaba saciado y relajado, pero su mente se negaba a descansar. Lo que habían hecho juntos había sido maravilloso. Tan maravillosamente satisfactorio. Cuando la mordió, oh, ¡Qué placer! Casi demasiado para soportarlo. Pero algo acerca de sus cópulas estaba empezando a preocuparla.

Él no se tomaba tiempo con su cuerpo igual que lo hizo con otras mujeres. La había tomado salvajemente, con rapidez. No le susurró eróticas palabras al oído; gruñó, refunfuñó y pronunció cosas guturales. Adoraba eso, dioses, lo adoraba, pero no podía hacer otra cosa que preocuparse de si, quizás, él no disfrutaba tanto con ella como había disfrutado con las otras.

Hinata suspiró y se obligó a dormir. Él estaba allí, en sus brazos y le importaba. Eso tendría que ser suficiente por ahora.

Naruto se despertó lentamente, las imágenes de hacer el amor con Hinata frescas en su mente. Yacía sobre una musgosa orilla, su mujer protegida en la seguridad de sus brazos. Le encantaba la manera en la que se había desbocado por ella. Adoraba la forma en la que ella se había vuelto salvaje con él, amaba la manera en la que le clavaba las uñas y le mordía. Adoraba la ferocidad con la que había gruñido su nombre.

La amaba a ella. Punto.

No se iba a ir a casa sin ella. Encontraría una forma de llevarla con él. La encontraría.

Él no podría vivir sin ella. Quizás incluso ahora llevase a su hijo. No habían tomado precauciones, ni esta vez ni antes. Quizás los humanos y los Konohakures pudieran procrear, quizás no, pero le gustaba el pensamiento de que su mujer llevara a su hijo.

De cualquier manera, tenía que regresar, lo cual quería decir que ella tendría que ir con él; no podía quedarse aquí y permitir que la OBI enviase otro agente. La única razón por la que todavía no lo habían hecho… ¿O lo habrían hecho? Diablos, no lo sabía. Ellos querían que la menor gente posible supiera acerca de la joya.

Afortunadamente, esa preocupación los estaba reteniendo. No querían dar la oportunidad a otro gobierno para que lo descubriese.

Después, él y Hinata iban a tener una seria conversación. ¿Era ella la Joya de Byakugan? Si no, ¿cuál era su conexión? Y había una conexión, lo sabía.

Constantemente oscilaba entre el sí y el no. Sí, ella era Byakugan. No, no lo era.

Ella era una mujer, por Cristo santo, una viva y sensual mujer que respiraba. No una piedra. Pero podía predecir cuando se aproximaba el enemigo, también conocía el plan de batalla de los adversarios. Podía leer las mentes y diferenciaba la verdad de la mentira.

Todo lo que Byakugan podía hacer.

¡Mierda! Frustrado, rastrilló la mano a través del pelo.

—No te muevas de nuevo, humano.

La profunda y rasposa voz hizo eco a través de la oscuridad. Permaneciendo perfectamente quieto, Naruto posó su mirada a través de la noche. Había estado tan perdido en sus divagaciones, que había permitido que alguien se le acercara.

¡Maldito infierno!

Pronto vio al intruso tan claramente como si el sol brillara sobre sus cabezas. Se le enfrió la sangre. Los ojos dorados de un guerrero que tenía una espada apuntando a su corazón.

—Deja ir a la mujer —le dijo.

Se levantó lentamente, presionando su piel contra la punta de la hoja. Era afilada y pinchaba, pero fue capaz de colocar a Hinata detrás de él, escudándola con su cuerpo.

Lenta, muy lentamente, estiró la mano a su cintura y sujetó la allí la hoja.

—Y quizás te deje vivir.

El guerrero de pelo oscuro se rió.

—Me gusta tu espíritu, humano. ¿O vampiro? ¿Demonio? Hueles a los tres. Ahora, despierta a la mujer. Deseo hablar con ella.

—Estoy despierta, Kiba.

Naruto dejó escapar el aliento que ni siquiera sabía que había estado conteniendo.

Hinata sonaba calmada, completamente confiada, y el hecho de que ella conociese al guerrero por el nombre minimizaba la preocupación por su seguridad. Eso no le detuvo de agarrar su espada y sujetarla por si las moscas.

—Aparta tu arma de Naruto, por favor —dijo ella, sentándose—. Si le haces daño, encontraré la manera de hacerte la vida miserable durante toda la eternidad.

Advirtiendo la manera en que su blanco vestido flotaba sobre sus exquisitas curvas, Naruto se sintió inmediatamente agradecido de que hubiera insistido en que se vistieran después de su manera explosiva de hacer el amor en el río. No quería que nadie que no fuera él la viese desnuda.

El guerrero Kiba hizo como se le ordenó y enfundó su arma con un largo suspiro de resignación.

—¿Nunca se me permitirá divertirme?

—Con mi hombre, no.

A Naruto le encantaron esas palabras en sus labios.

—¿Vas a robarme de nuevo? —preguntó ella.

—La verdad es que no.

Hinata se relajó.

—Es la verdad —dijo ella.

Naruto se puso en pie, no queriendo darle al bruto ningún tipo de ventaja.

—¿Quieres decirme por qué estás aquí y amenazándome a punta de espada? — preguntó, manteniendo su voz en tono de conversación.

El enorme guerrero, que era tan alto como Naruto, hizo una mueca.

—No, particularmente, no.

— Kiba —dijo Hinata, su expresión tan severa como una profesora de escuela—. Dínoslo o te leeré la mente. Entonces contaré todos tus secretos.

Él se encogió de hombros.

—Primero, entrasteis en territorio Dragón. Entonces os vimos en Ciudad Central con los Tritones persiguiéndoos. Después os atacaron los demonios, y si eso no fuera suficiente, vimos como os salvaron los vampiros. ¿Te has unido a ellos? —la pregunta fue disparada con un agudo y peligroso borde.

—Por supuesto que no.

—Entonces, dinos por favor, que está pasando.

—¿Nos? ¿Nosotros? —exigió Naruto, escaneando ya el bosque.

La luz empezó a filtrarse desde la cúpula de cristal, haciendo a un lado las sombras cuando otros cuatro hercúleos guerreros aparecieron desde detrás de los árboles. Naruto puso los ojos en blanco. No sólo había sido descubierto por un hombre, si no también por sus cuatro amigos. Por qué no poner una señal sobre los árboles en la que se leyera, HUMANO, POR AQUÍ. SEGUID EL SENDERO.

Hinata chilló feliz, saltando a ponerse en pie. Corrió hacia los hombres, se lanzó a si misma a sus brazos uno por uno.

—¡Hinata! —empezó a ir tras de ella, cada posesivo y protector hueso en su cuerpo gritando en protesta.

Quería apartarla de ellos, pero no lo hizo. Se obligó a quedarse en el sitio, embrujado por la visión de su felicidad. Los hombres eran amables con ella cuando pasaba de uno al siguiente.

No le gustaba que nadie —especialmente esos guerreros llenos de testosterona—pusieran sus manos sobre su mujer. Y ella era suya. Ella le había dado su amor y él la había reclamado, así que podría acostumbrarse a ello.

¿Cuándo se había convertido en un macho alfa?

Los ojos de Kiba se iluminaron con diversión.

—Tienes suerte de que ella no quiera separarse de ti.

Él se cruzó de brazos.

—Exactamente, ¿cuánto tiempo habéis estado merodeando por los alrededores?

Aumentando la sonrisa, el guerrero dijo.

—Os dimos privacidad para vuestro acto, si es eso lo que quieres saber —sin embargo, su diversión murió rápidamente—. ¿Qué clase de criatura eres tú?

Naruto se encogió de hombros, no estaba dispuesto a responder o explicar.

— Hinata —la llamó, alejándola del extraño. Había estado apartada de él demasiado tiempo—. Ven aquí. Por favor.

Con paso ligero, ella reclamó su posición a su lado. Su expresión irradiaba brillante, luminosa.

—Esos hombres pertenecen a Sasuke de Uchiha —explicó ella—. Él es el rey de los Dragones y los Dragones son lo más cercano que he tenido por amigos.

Él casi gruñó. Frunció el ceño.

—¿Dragones?

Muy fácilmente recordaba como uno de su raza le había dado la bienvenida aquellas primeras noches en Konoha.

—Esos hombres son honorables —ella miró al castaño más alto—. ¿Cómo está Sasuke y su nueva esposa?

El guerrero, Shikamaru , arqueó las morenas cejas, apuntando—. Lo verás por ti misma.

Su sonrisa se desvaneció.

— Kiba me dijo que no me ibais a robar. Había verdad en sus palabras.

—No voy a robarte. Simplemente vendrás conmigo por propia voluntad.

—No —dijo Naruto—. No iremos.

—Tenemos que alcanzar el Templo de Cronos —añadió Hinata.

—El Templo de... — Kiba, quien ahora permanecía cerca del moreno, frunció el ceño—. El templo fue destruido hace meses cuando los humanos llegaron a través del portal.

El cuerpo de Hinata se paralizó completamente, sus pulmones negándose a tomar aire. Seguramente estaba equivocado. Con seguridad lo habría sabido, habría sentido algo.

—Estás equivocado —se las arregló para jadear.

—Fue diezmado y allí no queda nada. Digo la verdad.

Sí, la decía, se dio cuenta, su estómago encogiéndose dolorosamente. Vio una imagen de destrozadas piedras y casi dejó escapar un grito. Eso era lo que sus sentimientos de presagio le habían indicado cuando le pidió a Naruto que la llevase al templo. Lo había ignorado, se había negado a contemplarlo porque entonces habría perdido la esperanza de encontrar a su padre.

Pero todo ese tiempo, sus esperanzas habían sido en vano. Se llevó una temblorosa mano a la boca, cubriéndose los trémulos labios. Deseaba una familia tan desesperadamente, quería encontrar a su padre y sentir sus brazos a su alrededor.

Quería algo como lo que Naruto había tenido con sus hermanos y hermana.

Un fuerte brazo se ancló alrededor de su cintura y la atrajo a un igualmente fuerte pecho. La masculina esencia de Naruto le alcanzó la nariz.

—Estoy aquí, bebé.

Lágrimas al rojo vivo ardieron en sus ojos y el temblor se extendió hasta su mandíbula. Hundiéndose en él, se refugió en su fuerza y se volvió a tragar su angustia.

No debería venirse abajo emocionalmente en frente de esos hombres. Ella era fuerte.

Sobreviviría.

Ahora mismo tenía a Naruto, y ella aprovecharía el poco tiempo que estuvieran juntos, sin dejar que nada lo corrompiera.

Le dio un ligero abrazo, entonces se obligó a si misma a soltarse. Se enfrentó a Shikamaru directamente.

—¿Por qué desea verme Sasuke?

Dirigió la conversación hacia el Rey Dragón, casi ahogando el conocimiento de que nunca encontraría a su padre.

Shikamaru chasqueó la lengua.

—Sabes que sólo él puede decírtelo. ¿Estás lista para marcharnos?

Naruto se enderezó y sabía que su sangre se estaba calentando, preparando su cuerpo para la batalla.

—Había prometido hacer algo por Naruto —dijo ella—, y esa promesa está antes que tu rey.

—Lo que sea que debas hacer por tu hombre, puedes hacerlo en nuestro palacio.

Sí, podría, se dio cuenta con alegría y desánimo. Eso le daría más tiempo para que Naruto y ella comprendieran la prueba. Ella lo miró.

—Sé que tienes prisa por encontrar a Byakugan —suspiró ella—, y sé que tu gente necesita que regreses pero, ¿podrías quedarte? ¿Sólo un día más? —conteniendo la respiración, añadió—. Byakugan será tuya ahora o después, decidas lo que decidas.

Él buscó en su cara, su expresión reservada.

Ella esperaba que le preguntase cómo podía adquirir la piedra ahora que Cronos fue destruido, pero no lo hizo. Asintió y dijo:

—Un día más.

El alivio la atravesó, cubriendo su pena y su miedo.

—Gracias.

—Caballeros —dijo él, sin apartar nunca la mirada de ella—. Parece que me uniré a vosotros.

—Es una pena que hayas accedido tan fácilmente —dijo uno de los dragones, el más alto del grupo—. Me habría gustado convencerte de alguna otra manera —el hombre realmente sonaba desilusionado.

—Estarás a salvo con los Dragones — Hinata entrelazó sus dedos con los de Naruto—. Son muy fieros, pero muy protectores y Sasuke… —de detuvo, sus palabras se detuvieron en seco. Una oscura premonición le atravesó la mente—. Está en problemas.

Los Dragones no la cuestionaron sobre su intuición. Conocían sus poderes de primera mano y sabían que nunca mentía. Rugieron simultáneamente creciendo a lo largo y a lo ancho, metamorfoseándose en su forma de dragón, garras, cola y alas brotando desde sus cuerpos y rasgándoles las ropas. Escamas que reemplazaron la piel, agudos colmillos reemplazaron los dientes. Expelieron fuego de sus bocas.

Naruto intentó agarrarla y empujarla tras él.

—Está bien —dijo ella—. No nos lastimarán.

—Mi dios. Había visto mierda extraña, pero esto…

—Nos llevarán volando al palacio de los Dragones —lo guió hacia delante—. Monta y disfruta de la cabalgata.

—Dios querido.

Agarró su mochila del suelo y se la colgó al hombro antes de montarse tentativamente sobre la espalda del dragón. Afortunadamente este permanecía inmóvil, permitiéndole acomodarse sobre él. Sus acciones eran lentas y estudiadas.

—¿Qué te está llevando tanto tiempo? —los labios se Hinata se estiraron, una sonrisa colgando de los bordes.

Esa sonrisa hacía que fácilmente le doliera el estómago, un dolor que cobró vida cuando había hablado sobre Cronos y la había visto palidecer, observando las lágrimas cayendo de sus ojos. No había podido hacer nada por ella.

—Aunque realmente quiero tocar algunas cosas, no se supone que lo haga. Creo que deberíamos caminar.

Incluso mientras hablaba, ya estaba descolgando una pierna, listo para bajarse de un salto.

Ella se rió, su erótico sonido se extendía sobre él en sensuales olas.

—Eres un hombre. Sólo recuerda, cuanto antes lleguemos allí, antes podré hacer de las mías contigo.

Más rápido de lo que pudo parpadear, él se inclinó, le agarró el brazo y la aupó detrás de él.

—Ponte en marcha, Shikamaru. Estamos listos para despegar.