Capítulo 25
Su cuarto presumía de una bañera grande, una cama aún más grande, y tantas almohadas aterciopeladas que podrían ahogarse en ellas. Una explosión de floreros con diamantes y una serie de alhajas se extendían encima del mármol. Una alfombra de lana de cordero ocupaba el suelo.
— La cantidad total de riquezas es asombrosa, —dijo Naruto, girando sobre sus talones para abarcar todo. Él se quedó de pie en medio del cuarto.
—He vivido en muchas habitaciones parecidas a esta a lo largo de mi vida. — Hinata se quedó de pie a unos centímetros de él manteniéndose de espaldas.
Ella cogió la tela de su traje estrujándola entre sus dedos. Había llegado el momento de admitir qué o quién era ella. No podía esperar hasta mañana. La preocupación por su reacción se había cernido sobre ella, consumiéndola, desde el momento en que habían cerrado la puerta.
Hazlo.
—Lo siento por la destrucción del templo. —Dijo él antes de que ella pudiera abrir la boca. —Se cuanto querías descubrir la identidad de tu padre.
—Quizá un día mi padre me encuentre. —Ella apretó sus párpados cerrados, y enderezó su espalda, reuniendo coraje.
—Tenemos que hablar, Naruto. Tengo que decirte...
—Más tarde.
La ronquera de su voz la hizo temblar.
—Pero tienes que saber.
—Te quiero en una cama. —Él se movió detrás de ella, sus brazos serpentearon envolviéndola, sus manos encontrando sus pechos—. Podemos hablar más tarde.
Ella se retorció, volviéndose hacia él, y él la levantó. La llevó a la cama cubierta de seda, poniéndola suavemente encima. Sus ojos ya estaban cerrados, sus labios ligeramente abiertos mientras ronroneaba su creciente placer. Su pelo negro se derramó alrededor de sus delicados hombros.
Dios, amaba a esta mujer.
Él la tomó duro y rápido, casi salvaje en su necesidad. Se quedó sorprendido de que la necesidad de beber su sangre permaneciera inactiva cuando los lanzó al borde de la satisfacción. Inmediatamente después se puso duro otra vez. No podía conseguir lo bastante de ella, pero al menos la necesidad urgente se había saciado. Ahora podría jugar y saborear.
Él fue besando todo su cuerpo hacia abajo, incidiendo en sus tobillos, el interior de sus rodillas. Rápidamente ella se estaba retorciendo bajo su boca, gritando su nombre.
—No fuiste así de despacio la última vez. —Dijo ella con voz entrecortada.
Él escuchó cierto dolor en su voz y preguntó
—¿Qué quieres decir?
—Por lo general vas despacio con tus mujeres. Como ahora.
Se le escapó una sonrisita tensa, la abrazó cerca de él, amando la sensación de sus pechos contra su torso.
Qué inocente era.
—Bebe, eso solo demuestra que te quiero más que a ninguna, contigo pierdo el control. Contigo nada importa cuando estoy dentro de ti.
—Ah. Oh
Él fue lamiendo, dibujando un camino hacía su boca, alimentando sus besos. Ella sabía dulce, femenina, la esencia absoluta del deseo. Pasión. Deseo. Su pene palpitaba ya por la necesidad, pero iba a ir lento esta vez, aunque esto le matara.
Tan suave como si fueran plumas él fue moviendo sus dedos, bajando por el estómago y los deslizó en su calor sedoso, mojado. Atormentándola. Hostigándola. Empujándola al borde antes de detenerse.
— ¡Naruto! —Ella gritó su nombre como un rezo.
Él rodeó su clítoris con el pulgar mientras dos de sus dedos entraban y salían de ella. Cuando se tensó, preparándose para el orgasmo, él paró.
—¡Naruto! —gritó su nombre como una maldición—. Acaba. Por favor. Rápido y duro.
¿Cómo podía negarse a una petición tan deliciosa? ¿Petición? Pensó. No la mujer le había ordenado.
—Pensé que querías que fuera lento.
—He cambiado de idea.
—Me alegro, pero esto todavía requiere lentitud.
Gradualmente, pulgada a pulgada entró en ella. Ella se retorció contra él. Sus uñas hundidas en su espalda, sus manos tiraron de su pelo y acercaron su boca a la suya para un beso.
—Más rápido. —Jadeó.
—Más lento. —Entonó él.
—Ya necesito… necesito.
—A mí. Solo me necesitas a mí. —Y él la necesitaba a ella.
Cuando estuvo introducido totalmente en ella, fue saliendo tan despacio como había entrado, yendo hacia atrás. Sus caderas se arquearon en respuesta. Todo dentro de él gritaba por acelerar el ritmo para encontrar la liberación, pero no lo hizo.
—Voy a saborearte. —juró él.
—Saboréame más rápido. —Sus pezones eran como perlas que chocaban contra su pecho, que rozaban contra él en cada movimiento.
—Tsk, tsk, tan impaciente. —¿Cuánto más podría contenerse?
Tan despacio.
Cuando ella jadeó su nombre su control casi se rompió. Sus músculos se fueron contrayendo con la tensión.
—Te quiero. —Gimió ella.
Era todo lo que necesitó; su control se hizo añicos completamente. Con un gruñido de necesidad se enterró completamente dentro de ella, retrocediendo rápidamente, solo para palpitar más profundo dentro otra vez.
Repetidas veces, una y otra vez, él se hundió en ella, amando la sensación de su humedad caliente. Cuando ella gritó su liberación por segunda vez, él se derramó profundamente en su interior, su orgasmo lo sacudió entero.
Desnuda encima de la cama, Hinata se acurrucó entre los brazos de Naruto, completamente segura de que nunca se había sentido más satisfecha. Ni siquiera el conocimiento de que el Templo de Cronos había sido destruido, que su padre sería un eterno misterio, podían estropear su lasitud. Entonces…
—Ahora hablemos. —Dijo Naruto, su voz ronca por todos los gruñidos que había hecho. Rodó a un lado, mirando hacia ella y apoyando la cabeza en una mano.
Ella suspiró mentalmente, diciendo adiós a su momento de relajación.
—¿Qué me quisiste decir antes?
El temor hizo que su estómago se contrajera, pero ella se obligó a que las palabras salieran de su boca. Merecía saber la verdad. Le había prometido la verdad.
No importaba su reacción, no importaba lo que decidiera hacer con ella, había prometido decírselo.
—Soy… soy la Joya Hinata de Byakugan.
Esperó que jadeara, la apartara, o resoplara de incredulidad. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, esperando su reacción horrorizada.
Reacción que no se produjo.
Él suspiró, y el sonido hizo eco del suspiro de ella.
—Eso imaginaba.
Confusa, aturdida, se tambaleó.
—¿Eso imaginabas? ¡Eso imaginabas! ¿He estado enferma por la preocupación, y eso imaginabas? ¿Por qué no me dijiste nada?
—Cariño, solo era cuestión de ordenar ciertos hechos. —Tiró de ella hacia atrás hasta abrazarla—. Es más, soy un genio. Me dijiste que el protector de la joya quería guardarla a salvo, pero la daría con mucho gusto para destruirla. ¿Ese protector soy yo, verdad?
—Sí, ¿No estás enfadado? —Preguntó débilmente, todavía incapaz de creer que lo había aceptado tan fácilmente—. ¿No quieres destruirme?
— Por supuesto que no. Para ser un ser omnisciente, estás reaccionando de forma muy exagerada. Eres la Joya. Podemos tratar con ello. No voy a matarte, y no voy a entregarte al OBI. Ellos te harían daño, y no puedo permitirlo. Te quiero demasiado para eso.
—¿Qué? —El corazón latía con fuerza en su pecho, se tambaleó de nuevo.—¿Qué has dicho?
—Te quiero.
Sus ojos se ensancharon. Chispas de felicidad culebrearon por todas sus células.
Él la quería. Naruto Namikaze la quería. Él nunca le había dicho esas palabras a nadie, pudo escuchar la verdad en su voz. De todas las cosas que se había imaginado que podían ocurrir, esto nunca se le había pasado por la mente.
—Esto es… esto es un sueño, ¿verdad? —Se restregó los ojos, bloqueando momentáneamente la visión del maravilloso brillo que tenía en ellos—. Despertaré pronto.
—Perdona. —Dijo él enigmáticamente—. ¿No hay nada que quieras decirme?, lo has dicho antes, pero justo estabas en medio del placer, por eso no cuenta.
Con un grito, se lanzó en sus brazos.
—Te quiero, siempre te he querido.
Él la cogió y ahuecando las manos en su mandíbula, dijo
— Eso está mejor. —Una de sus manos enroscó su pelo alrededor de sus dedos—. Sabes que vendrás a la superficie conmigo, ¿verdad? Ni se te ocurra si quiera decir que no. Pensaré algo para decirle a mi jefe, incluso si hace falta robaré una de estas joyas y se la llevare afirmando que es Byakugan. —Hizo una pausa, su expresión era reservada—. Todavía quieres venir conmigo ¿verdad?
— Te seguiría a cualquier parte. —Lamió su clavícula, deleitándose en el sonido de su brusca inhalación de aliento—. Tenemos tiempo antes de que nuestra presencia sea requerida. ¿Crees que puedo mantenerte ocupado hasta entonces?
—Creo que me podrías mantener ocupado para siempre.
