Final
—No entiendo lo que significa, —dijo Hinata.
Habían pasado dos días desde la batalla y Naruto no había encontrado la fuerza para dejarla ir. Así que, aquí estaba, a buen recaudo en el palacio dragón, sentado sobre la cama con Hinata mientras ella estudiaba las tablas rotas y descoloridas que los dragones habían encontrado en la ruinas del Templo de Cronos.
Se había pasado toda la noche pegando las pequeñas piezas igual que un puzle, trabajando diligentemente durante horas y horas.
—¿Ves esas palabras? —Ella indicó una línea de ajados símbolos.
Ella se veía tan adorable. El pelo cayéndole sobre la espalda. El color floreciendo brillante en sus mejillas, y sus labios estaban llenos y magullados de su reciente relación.
—Los veo. —dijo él.
—Dicen que soy un dragón.
A él no le sorprendía.
—Tienes los mismos de Sasuke.
—Pero aquí dice que soy vampiro.
Frunciendo el ceño, Naruto se enderezó.
—Y aquí dice que soy Centauro. Aquí, minotauro. Aquí, sirena. Aquí, Nimph. Aquí…
—Lo tengo. Mierda, bebé, tú lo eres todo. —¿Cuántas veces la había mirado y había pensado que poseía ciertas cualidades de otras razas diferentes?
—No lo entiendo, —repitió ella.
—Estás hecha de cada criatura.
—Eso es… eso es imposible.
—¡Ha! He aprendido que nada es imposible. ¿Qué es lo que dice?
—Que soy la hija de Cronos. Naruto, —dijo ella, volviéndose rápidamente, mirándole con ojos asombrados—. Él es el Rey de los Dioses. O lo era hasta que su hijo, Zeus, lo mató y usó su sangre para crearnos. —la última palabra la dijo con un triste y roto jadeo—. Él está muerto. Mi padre está muerto. Pero… ¿Cómo fue que lo vi ese día? Me abrazó. Me sostuvo en sus brazos.
—Quizás no fue tu padre quien te sostuvo.
—Zeus, —dijo ella—. Era Zeus. Mi… hermano. Me dijo que lo lamentaba y yo asumí que lo decía por ignorarme. Pero Zeus se disculpó por matar a nuestro padre. ¿Cómo pude no haberme dado cuenta? Ahora está tan claro. —ella descansó su cabeza sobre su hombro, y él sintió su cálidas lágrimas deslizarse bajando por su brazo—. Es tan duro. Esperaba tantas cosas, pero no esto. Nunca esto.
Él la abrazó contra él durante más de una hora, simplemente sosteniéndola y dejándola llorar. Le susurró cosas al oído, cosas dulces, amorosas, todo lo que quería que supiera pero nunca tendría otra oportunidad para decírselas.
Cuando cesaron sus lágrimas, él apretó con fuerza los ojos.
Tengo que irme.
Se le oprimió el pecho. Ahora todo estaba completo. Ella conocía su pasado, sus mayores enemigos habían sido vencidos y ella estaba a salvo. Era hora de decirle adiós. Como le habría gustado pasar su vida a su lado, haciéndola olvidar su tristeza por su padre.
Consolándola. Amándola simplemente.
Él debió haberse puesto rígido o dejado de respirar por ella de repente se apartó de su contacto, sin mirarle.
—Tienes que marcharte ya.
¿Cómo podría vivir sin esta mujer? Ella lo era todo para él, y él no estaba completo sin ella. Pero se obligó a sí mismo a decir.
—Tengo que hacerlo.
Su mirada permaneció al frente.
—Llévame contigo.
—No.
—Entonces, quédate aquí.
Si solo pudiera.
—Tengo que irme. No dejaré que te de caza ningún otro agente. No puedo.
—Regresa a por mí.
Él le acunó la mandíbula y le besó ligeramente los labios. Se sentía hecho pedazos por dentro. Ella poseía su corazón. Para salvarla, sin embargo, haría lo que fuera necesario.
Incluso dejarla.
—Voy a cerrar el portal, bebé. Voy a asegurarme que nadie pueda entrar jamás.
Y entonces, antes de que ella pudiera decir otra palabra, le hizo el amor por última vez, moviéndose dentro y fuera de ella con lentitud, saboreándola entera. Su sabor. Su olor. Sus sentimientos. Gravando su esencia en todas sus células.
Tiempo después, cuando ella dormía, se vistió rápidamente. Sentía el estómago como si tuviese un peso de plomo alojado en el estómago, arremolinándose contra las náuseas.
Obligándose a poner un pie frente al otro, salió caminando de la habitación. Las lágrimas llenaban sus ojos. No había llorado desde la muerte de su madre, pero ahora lo hizo. Y no estaba avergonzado de sus lágrimas.
—Adiós, Pru. —susurró él, y casi lo mata el decirlo.
No se permitió mirar atrás cuando fue tras Sasuke. El Rey dragón estaba esperándole y lo escoltó al portal. Naruto lo atravesó.
Hogar.
Miseria.
.
.
.
Sorprendentemente el portal por el que salió no le llevó a la misma localización desde la que entró.
Naruto se encontró en Brasil. OBI no sabía de este portal, y planeaba que se mantuviese de la misma manera.
Trabajó furiosamente durante días, bloqueando la entrada del portal con rocas.
Tiempo después, se dirigió a Florida y se comunicó por Radio a la base. Cuando lo alcanzaron, le entregó el enorme diamante que había robado de la pared de Sasuke a su jefe y con una decidida y estoica expresión dijo que era Byakugan.
Le preguntaron por su misión, y mintió. Le preguntaron cómo había evitado a los guardias del portal, y también mintió sobre ello. Sometido a un detector de mentiras, mintió como un bellaco. Y lo pasó. Les habló de los monstruos, solo para evitar que enviaran a alguien más al interior. Pero no les dijo nada acerca de Hinata, nada acerca de la enorme riqueza y nada acerca de sus nuevas tendencias vampíricas.
Estaban tan excitados por lo de Byakugan, que lo enviaron alegremente a casa, dándole las vacaciones que le habían negado durante el pasado año.
Sus vacaciones apestaban. Nunca dejó su casa. Y ahora, dos semanas en el interior de ella, se quedó en su gimnasio, sacando el infierno a puñetazos de su saco de arena.
No tenía vida sin Hinata. Diablos, no quería vivir una vida sin ella.
¿Qué estaría haciendo? ¿Estaba a salvo? ¿Le extrañaba? ¿Había pasado cada noche yaciendo despierta, imaginando sus manos sobre ella, deseando sus labios sobre los suyos?
—¿Qué va mal contigo, tío?
Naruto bufó. Le dio algunos puñetazos más al saco. Sus hermanos habían descendido esta mañana hasta él en masa y se negaban a marcharse.
—Nada. —gruñó. Era la misma respuesta que les había dado las otras mil veces que habían preguntado.
Sin embargo, ellos continuaron insistiendo, y en varias ocasiones estuvo cerca de golpearles. Él pensó que sus ojos quizás se habían vuelto rojos una vez por que sus hermanos también le habían preguntado—mil veces—si necesitaba ver un médico. Él todavía deseaba sangre, sí, pero solo la de Hinata. Solo su dulzura.
Al menos no había levitado. ¿No habría sido divertido explicarlo? Se había preguntado algunas veces por qué no se había debilitado desde que había dejado Konoha, ya que ahora poseían algunas características muy Konohakures, pero la única respuesta que encontraba es que había nacido humano y sus mayores lazos estaban aquí.
—Te creo. —dijo Nick. Le echó un vistazo a Erik—. ¿Tú le crees?
—Yo creo que es un problema con una mujer.
—Tenía que serlo, —dijo Denver—. Nada más podría sacudirlo de esa manera.
—Cállate la jodida boca.
—Bien, finalmente dice algo más que nada.
Naruto no podía contárselo. Ellos no sabían nada acerca del OBI. Por más que quisiera describir cada detalle de la adorable Hinata, no podía.
Dioses, tenía tenerla de vuelta.
Descansó la frente contra el saco de arena. Tenía que hacer algo, cualquier cosa, para bloquear el portal de Florida pero no había sido capaz de hacerlo. Quizás no lo había intentado. Él no quería tener que servirse de ese último vínculo con Hinata y destruir toda esperanza de verla de nuevo.
Al segundo día de estar en casa, encontró una piedra con imagen en ella dentro de la mochila y había dado un puñetazo a la pared abriéndole un agujero. Había estado tan lleno de añoranza que casi echa abajo toda su casa.
Haciendo una mueca, pensó en el siguiente instante. Había tenido suficiente de esta tortura. Iba a regresar.
Iba a volver a Hinata.
La OBI no conocía el portal de Brasil; quizás pudiera encontrarlo otra vez. Aunque, tendría que ser cuidadoso. Ellos mantenían una estrecha vigilancia sobre sus empleados, siempre cautelosos de deserciones.
Si lo hacía, saldría de esta rutina, tendría que decir adiós a su familia para siempre. ¿Podría? Por Hinata, daría cualquier cosa.
Voy a hacerlo. Voy a volver a ella.
Él sonrió por primera vez desde que regresó.
—¿Viste eso? —dijo Nick—. ¿Qué causó el cambio?
Él estaba a punto de responder cuando una seductora de pelo salvaje irrumpió en el gimnasio.
— Naruto Namikaze—, dijo ella, su pelo negro azulado volando tras de sí—. He estado aquí durante dos semanas y he sobrevivido. Puedo vivir en la superficie. —Ella vio a sus hermanos, les sonrió débilmente y murmuró. —Hola. —Antes de volver de nuevo su atención a Naruto—. ¿Ahora qué tienes que decir a eso?
Casi se le doblan las rodillas cuando la sorpresa lo golpeó. ¿Era una alucinación?
—¿Hinata?
Con el corazón latiéndole aceleradamente, corrió a ella y la atrajo a sus brazos, cerrando los ojos cuando su aroma lo rodeó.
Dios, ella era real.
—¿Qué crees que estás haciendo? Nunca deberías haber arriesgado tu vida de esa manera. —Él era incapaz de poner énfasis en la regañina.
—Te lo dije. —murmuró Erik.
Antes de que pudiera responder, Naruto le llenó la cara de besos, más feliz en ese momento de lo que había estado nunca. Rogándole al Señor por la mujer que se había revelado.
—Iba a ir por ti, dulzura. No podía permanecer alejado de ti. —Más besos—. Ahora, tienes mucho que explicar. ¿Dónde te has estado quedando? ¿Por qué no te debilitaste?
—Atravesé el portal y te seguí aquí. Sasuke se dio cuenta de lo que había hecho y me encontró. Me llevó al pueblo más cercano y alquiló una habitación. Me estuvo comprobando cada par de días pero nunca me debilité, así que finalmente me transportó aquí. —ella hizo una pausa para respirar—. Soy parte de cada criatura, lo cual me hace parte humana y debe permitirme existir en la superficie. Y esta humana quiere estar contigo.
Sus labios se estiraron lentamente hacia arriba. Como amaba a esta mujer.
—¿Cómo me seguiste sin que me diera cuenta?
—¿Cómo crees? Finalmente he utilizado mis poderes para algo que yo quería.
Sus hermanos estaban murmurando acerca de la extraña conversación.
¿Humanos? ¿Tele transportado? ¿Poderes? Ellos ni siquiera sabían que su cuñado era un alien. Naruto tendría muchas explicaciones que dar después, pero ahora mismo, tenía a Hinata y eso era todo lo que importaba.
—Cásate conmigo. —No era una orden, pero estaba lo bastante cerca. Era un ruego.
—¿Quieres decir? —Chillando, saltó y envolvió las piernas alrededor de su cintura—. ¡Sí, sí, sí! Te amo.
—Y yo te amo a ti, Hinata, Prudence, Blaze.
—Es Sra. General Happy para ti.
Él se rió.
—¿Qué te parece Hinata de Konoha?, Joya de mi corazón.
FIN
La historia verdadera se llama la Joya de Atlantis de Gena Showalter.
