No te necesito.
Catalina no necesitaba a Enrique, por supuesto que no lo necesitaba.
Lo demostraba cada vez que lord Narcisse irrumpía en sus aposentos, manifestaba resentimiento a su marido cada vez que su cuerpo era invadido por otro hombre, un semental que le hacía delirar de placer. Entonces, si realmente no necesitaba a Enrique, ¿por qué dolía tanto su indiferencia? ¿Por qué su corazón sollozaba cuando veía a la prostituta Diane de Poitiers caminar por los pasillos? Y más importante, ¿por qué permitía que ese dolor le afectase?
Catalina de Médici era una mujer fuerte. Catalina era la reina consorte de Francia y muchos respetaban su autoridad; Enrique aprendería a respetarla a como dé lugar y esa prostituta volvería a París, derrotada por una reina impotente y humillada hasta los últimos días de su vida. Haría que ellos se arrepintieran de romperle el corazón en pedacitos, ellos apagarían. Ellos caerían ante su control.
Porque Catalina definitivamente no necesitaba a Enrique; más bien, y aunque el orgulloso rey no quisiese aceptarlo, él la necesitaba a ella. Siempre sería así, y eso podía ser confirmado hasta por Diana de Poitiers.
