Capítulo 2: La pesadilla de Izbran
El muchacho no demoró en hacerle un hogar a su nuevo huésped: Mortimer, el mercader. Como signo de su agradecimiento, el señor le obsequió una cama para que así sea capaz de dormir. Mista, aprovechando, compró veinte pociones de maná menores, pese a los reiterados avisos de Izbran de no hacerlo... Discutir con la maga era como nadar contra la corriente si ella estaba determinada a algo. Por ello, se marchó hacia su casa a colocar la nueva cama, y luego a lo de Jacob en busca de consejos.
—Muchas gracias, jovencita. Por favor, ¡vuelve en otra ocasión! Posiblemente tenga algún objeto nuevo para ofrecer.
—¡Lo haré! ¡Gracias a ti también!
Tras despedirse, se retiró de la nueva casa del mercader y encaminó hacia lo del guía. Mientras Mista estaba entusiasmada de sus nuevas pociones, las cuales le serían de mucha ayuda a la hora de pelear, Izbran se enteraba por Jacob de la existencia de varias espadas mucho más fuertes que la que tenía en manos. Y si bien ya se había encariñado un poco con ella... Era hora de renovarse para así hacer frente a la hostilidad tan exagerada en Terraria.
—¿Y dónde es que puedo encontrarme esa tal Espada Encantada?
—En zonas cercanas a la costa es posible que te topes con pequeños hoyos en el suelo, de los cuales es imposible ver su fondo. Cava donde los veas, y la encontrarás clavada a una roca.
—Muy bien. Entonces me voy encamin-
—No, no. Para llegar hasta allí deberás pasar por sitios muy peligrosos, en los cuales muy fácilmente serías desmembrado.
—¿Y con qué pretendes que progrese si no me arriesgo? Por el amor de dios, que con esta espada apenas puedo defenderme a la noche.
—Mira, te sugiero que antes de meterte en esos lugares te prepares bien. Ve al subterráneo a extraer metales: hierro, plata y oro. El cobre no te será muy útil. Y con ellos, hazte una preciada espada y una armadura. ¿Te parece? Sería una sabia decisión. Luego, ve y consigue la Espada Encantada.
Izbran estuvo a punto de responder, pero calló. Jacob era mucho más experimentado que él, por el simple hecho de que era un nativo. Hacer lo que él decía era lo mejor, supuso luego de unos segundos en silencio.
—...bien, eso haré —respondió el espadachín.
—Entiendo tu desesperación, pero entiéndeme tú a mí también, Izbran. No eres el primero de los extranjeros en Terraria, y todos los que han venido hasta ahora sufren el mismo destino por caprichos como el de prestar una visita al desierto. Lo hago por tu bienestar, ¿sí?
Mista entró sin previo aviso a la casa del guía para hallarse a ambos con cara seria, mirándose entre sí.
—¿Y por qué tan serios ustedes?
—No es importante, la verdad. Básicamente dijo que no toquemos el desierto —respondió secamente Izbran—. Ven, tengo en planes ir a hacer algo de minería en el subterráneo, y supongo que puedes sacar provecho de eso tú también. ¿Me acompañas?
—Claro —dijo la maga—. Una armadura no me vendría nada mal, de veras...
—Excelente. En marcha, compañera... Y hasta pronto, Jacob.
Así fue como ambos saludaron y se fueron de la casa de Jacob, luego adentrándose en una cueva. Allí se hicieron con varios cofres de madera, en los que encontraron una Lanza, dos herretes, un radar y otra Varita de Chispas. Si bien el muchacho tenía la tentación de quedársela, la rechazó para preservar su honor como guerrero y no mancharlo usando magia. Consiguieron alguna que otra joya, y en cuanto a metales... El hierro fue lo más abundante de todo, y por mucho; habían conseguido tanto que decidieron frenar por un rato a descansar. Picar minerales era bastante más exhaustivo de lo que pensaban.
—Huff, estoy agotado —dijo Izbran, sentándose y apoyándose en una pared de piedra, la zona iluminada por una antorcha—. ¿Qué hay de ti?
—¿Yo? —preguntó su compañera—. Pues, estoy igual o peor que tú. Las tareas físicas no son mi punto fuerte, sinceramente.
—Heh, ¿uno de los síntomas por usar magia?
—¿Y quién te ha dicho que la magia afecta al usuario?
—Nadie, ¿es cierto?
—¡Absolutamente no! Es ridículo, de hecho. El uso de magia requiere un autocontrol tanto físico como mental muy grande, así que es lo contrario.
—Ahí es donde te equivocas, Jacob mencionó que hacía falta tan solo un poco de maná.
—Bueno, con maná eres capaz de utilizar magia. Pero la verdad dudo que un guerrero como tú sea capaz de controlarla correctamente.
Y ese comentario, a pesar de lo trivial que era, tocó el orgullo de Izbran quien se vio obligado a defenderlo.
—¡¿Qué?! Lo mío son las espadas, ¡pero tengo una gran facilidad a la hora de aprender otros tipos de lucha! Apuesto a que sería capaz de ganarte en un combate m...
El rostro de Mista se iluminó, y una pequeña sonrisa se le empezó a notar en el rostro. Por el otro lado, Izbran se percató que había entrado en terreno pantanoso.
—Ma... Mág...
—¿En un combate mágico? —completó ella, ahora con una pícara expresión, disfrutando del nerviosismo de su colega—. ¿Quieres probar?
¿Qué diablos hago ahora?, se preguntaba Izbran. Sabía perfectamente que iba a perder, no solo porque creía a la magia como algo falso hasta su llegada a Terraria, sino porque la chica que tenía en frente vivió rodeada de ella desde que nació, criada en el único pueblo mágico de todo el planeta. Pero, ver su orgullo dañado...
Eso era más grave para él.
—Eh... Claro, per-
—¡Excelente! —festejó Mista—. Que el combate sea en la superficie, ¡andando!
Sin esperar respuesta, la maga sacó una poción de recuperación y la bebió, desapareciendo. El guerrero permaneció unos segundos en silencio, cerró los ojos y suspiró.
—Ah, en qué me he metido —se dijo a sí mismo, para sacar una poción como la de la joven y beberla. En cuestión de milisegundos ya se encontraba frente a la casa del guía, exactamente en el punto donde había despertado cuando apareció en este mundo tan peculiar. Y en frente suyo se encontraba la chica, Varita de Chispas en mano.
—¿Te parecería hacernos equipos con los metales que hemos conseguido? —propuso la futura contrincante, para sorpresa del espadachín, quien se esperaba un orbe de la varita en la cara.
—Oh, por supuesto... El horno está por aquí, detrás de lo de Jacob. Sígueme.
Ambos fueron y crearon lingotes de los tres metales que extrajeron: muchísimo hierro, algo de plata y casi nada de oro. Por alguna razón, Mista le pidió algunos lingotes de plata de más a Izbran a cambio de una buena cantidad de hierro, a lo que él aceptó extrañado. El espadachín hizo una armadura de hierro completa, una Espada Larga del mismo material, un radar y varios cuchillos arrojadizos. Quién sabe, quizá los necesitaría... Ahora se sentía mucho más poderoso, con una fuerte armadura y un arma igual.
—Mista, hay un problema... —dijo el guerrero, a lo que su compañera lo miró expectante—. No tengo armas mágicas.
—¿Eh? Oh, cierto que no nos quedamos con la otra varita. No te preocupes, ten —dijo la rubia, arrojándole su propia Varita de Chispas a su rival, quien la atrapó en el aire.
—¿Qué? Esta es tu varita, ¿cómo lucharás sin ella?
—Es sorpresa —respondió, con la misma expresión de picardía que mantenía desde el subterráneo. Algo no andaba bien—. ¿Estás listo?
El muchacho demoró en responder, pero cuando lo hizo, lo hizo con un tono ligeramente determinado... El cual ocultaba algo de inseguridad a su vez, en realidad.
—Estoy listo.
El dúo volvió al punto de aparición, en un terreno libre de árboles, despejado. Ahí es cuando la chica mostró su nueva arma... Se trataba del Báculo de Zafiro, hecho de plata y obviamente zafiro.
—Eso es nuevo...
—¡Que el combate... comience! —dio la señal Mista, posicionándose y apuntando el báculo hacia Izbran. Acto seguido, empezó a disparar proyectiles azules.
El guerrero respondió arrojando unas pocas chispas en parábola hacia su rival, para luego hacerse a un lado del camino de los proyectiles de zafiro. Sin embargo, ya había otro que iba en dirección a donde se movió, y le dio en el pecho. Vaya que dolía más que la varita esa cosa...
Pero la armadura servía, eso hubiera sido más dañino de no ser por ella. Acortando distancia y lanzando chispas de la varita a todo lo que daba su maná, Izbran realmente deseaba devolverle el golpe a la maga. Llegó un momento que la tenía a una distancia muy corta, a lo que sonrió y alzó la varita.
—¡Te tengo! —exclamó, para luego azotar el aire con su arma, emitiendo una chispa hacia ella. Pero contra todo pronóstico, se deslizó hacia su derecha, y lo siguiente que supo Izbran... Fue que un proyectil azul le impactó en la espalda, arrojándolo al suelo—. ¡Ugh!
—Vamos, ¿dónde está tu agilidad? —dijo burlonamente Mista.
—Ah ya verás... —aseguró el joven, poniéndose de pie y acortando distancia nuevamente. En respuesta, su rival lanzó otra tanda de rayos azules, los cuales fueron esquivados todos exitosamente. Y cuando el espadachín se disponía a hacer la ofensiva, notó que la maga estaba desconcentrada mirando el cielo—. ¿Eh?
—Aguarda, frenemos y mira el cielo.
Izbran hizo caso a lo que su compañera dijo, y lo que vio fue su peor pesadilla... Slimes... Cientos... No, ¡miles de ellos, cayendo desde el cielo y de todos colores!
—¡Oh, no!
—Saca tu espada, vamos a lidiar con lo que sea esto... ¡Vamos! —ordenó la chica, y luego empezó a disparar hacia los slimes más próximos. Para apoyarla, el guerrero desenfundó su nueva Espada Larga de Hierro, y azotó a todo slime que se le cruzaba. Estuvieron así un buen rato, sufriendo algún que otro daño menor, en el caso del espadachín, golpes inesperados en el rostro... Hasta que eventualmente, los slimes se empezaron a hacer mucho menos frecuentes.
—Ya se están acabando... —avisó el joven.
—Me he dado cuenta. Ya era hora, ¿no?
—Uff, sí —contestó, para luego azotar al presunto último slime.
Sí, presunto...
—Y ya está. El genocidio slime ha concluido.
—No, siento que algo vendrá...
—...sabes, tengo la misma sensación que ti, Mista.
Y no estaban equivocados... De repente, unas vibraciones se empezaron a sentir en el suelo, como si se tratara de los pasos de un gigante. El dúo revisó a sus alrededores, y no había nada, hasta que unos metros delante, una nube de color azul claro se hizo aparecer. Esta crecía más y más, desprendiendo pedacitos de gel en ocasiones... Hasta que en un momento se disipó, y reveló a la verdadera peor pesadilla de Izbran.
Se trataba de un colosal slime azul, con una adornada corona arriba suyo y una armadura ninja dentro de su gelatinoso cuerpo. Era el mismísimo Rey Slime.
—Oh no, esto es muy malo... ¡Muy malo!
Desafortunadamente, Mista se hallaba en el mismo estado de pánico que su colega.
—¡Sí! ¡Muy malo!
El gran slime dio un salto, y se dejó caer encima de los humanos, quienes por puros reflejos lograron esquivarlo. Como instinto, el guerrero lanzó una estocada hacia el cuerpo gelatinoso, lo que hizo que un slime azul de tamaño normal se desprenda del Rey.
—¿Eh? ¿También genera slimes?
Izbran no tuvo tiempo de conseguir respuesta, ya que el Rey Slime no paraba de dar saltos gigantescos para dejarse caer en alguno de los dos combatientes y se vio obligado a seguir esquivando. La maga hacía un buen trabajo disparándole con el Báculo de Zafiro, pero su punto débil eran los pequeños slimes que el Rey desprendía. De estos se ocupaba el guerrero, quien poco a poco se fue sintiendo más inútil. Al ritmo que peleaban, el Rey estaría vivo hasta la noche. Por lo que decidió probar algo nuevo...
Con los cuchillos arrojadizos que había creado, tomó distancia y empezó a atacar al Rey y sus slimes con ellos. Los resultados eran mucho mejores que aquellos conseguidos con la espada; el Rey recibía más daño por los nuevos ataques del guerrero, y los pequeños slimes apenas tenían tiempo de vivir, ya que los cuchillos caían en picada luego de impactar con el gigante y los mataba. Todo parecía ir mejor que nunca, hasta que el gran slime desapareció en la nube azul que vieron al principio.
—¿Uh? ¿Qué sucedió? —preguntó confundido Izbran.
—¡Detrás tuyo! ¡Cuidado! —gritó su colega para advertirle, pero era muy tarde. El Rey Slime ya estaba demasiado cerca de él, y dio un salto, embistiendo fuertemente al espadachín por la espalda, enviándolo alto por los aires. La víctima del golpe luego cayó secamente al suelo sobre su espalda, causándole bastante daño.
—¡Izbran! —gritó Mista, preocupada. Rápidamente corrió hacia él, lo tomó de un brazo y lo apartó del sitio de caída para evitar que el Rey lo aplaste. Sin pensar algo mejor, sacó una poción curativa menor y se la puso en la boca para obligarlo a beber. Vaya uno a saber si fue por la curación o el sabor apestoso de esa cosa, pero casi al instante el guerrero se puso de pie y, sin tener tiempo para agradecer, se dispuso a continuar arrojando cuchillos arrojadizos.
Esta monstruosidad de slime era un oponente sumamente difícil. La parábola de sus saltos era impredecible. Su velocidad aumentaba al mismo tiempo que su tamaño y salud disminuían, sus golpes resultaban muy perjudiciales y de vez en cuando se teletransportaba. Sin embargo, el método que estaban utilizando los dos humanos contrarrestaba todo lo dicho, y si seguían así, la victoria era inminente.
—Ya falta poco... ¡Vamos, sin parar!
—Acabemos esto de una vez por todas —dijo determinante Mista, tomando una poción de maná menor y la gema de su báculo brillando de forma intensa. Dando un grito de guerra, fue corriendo hacia el ya no tan gigantesco Rey Slime, hundió la punta de su bastón en él, y disparó con todo el maná que le sobraba. El gelatinoso cuerpo se paralizó como resultado, empezó a emitir un brillo azulado, y... Reventó, salpicando gel por todas partes.
El Rey Slime había sido derrotado. Tapándose los ojos por el brillo, Izbran se quejó.
—¡Eso fue demasiado arriesgado!
—Pero funcionó, ¿o no? —preguntó retóricamente la maga, cansada pero con una mueca de satisfacción—. Bueno, creo que me merezco un descanso, huff...
—Espera, esa bestia nos dejó algunas cosas.
—¿Hmm?
—Sí, mira —dijo el guerrero, señalando donde había muerto el Rey y yendo hacia allí—. Qué tenemos aquí... Una armadura algo extraña, una montura... ¿Hay caballos aquí? Un gancho de escalada gelatinoso... Gel, mucho gel, y... ¿Una pistola? Vaya, me la quedo.
—Es inútil —dijo alguien más. Cuando voltearon a ver, se trataba de Jacob—. Esa pistola, el Arma Slime, no hace daño. Simplemente ralentiza enemigos. Esa montura que ves ahí invoca un slime en el cual, lógicamente, montas; la armadura esa es de ninja, digamos que protege igual que la de hierro pero está especializada para armas arrojadizas... Y la utilidad del gancho te la dice el nombre mismo.
Los vencedores se miraron el uno al otro, sin decir nada.
—Ustedes eligen qué quedarse de eso... Por cierto, buen trabajo. Creía que demorarían más en estar listos para pelear contra él. No se confíen demasiado, de todos modos... En el Desierto los espera algo bastante más fuerte, el causante de la muerte de muchos extranjeros como ustedes cuya arrogancia los llevó a ese destino.
—¿Y eso es...?
—Es llamado el Azote del Desierto, pero no es hora de pensar en él ahora. Vayan, repartan el botín del Rey Slime, y busquen equipamiento más fuerte. Creo que ya son capaces de explorar las zonas púrpuras y rojas... La Corrupción y el Carmesí, respectivamente. Buena suerte, extranjeros- dijo el guía, volteando y dirigiéndose hacia la casa del mercader Mortimer.
—Eh, como decías... Como hoy me siento generosa, ¡puedes quedarte con la pistola! Yo me quedaré con la armadura... —bromeó Mista, y fue corriendo a tomar la armadura.
—¿Eh? ¡Oye, no! ¡Ya sabes acerca de mi fobia con los slimes, eso me lo merezco yo! —protestó el espadachín, corriendo detrás de la maga, quien reía por su reacción tan esperable.
