CAPÍTULO II
Nombre: Id' Rather Be…. Free
Capítulo: Everybody Changing
Personajes: Arthur Weasley, Molly Weasley, Bill Weasley, Charlie Weasley, Percy Weasley, George Weasley, Ron Weasley, Ginny Weasley, Oliver Wood, Marcus Flint, entre otros, incluyendo OC.
Advertencias: Abuso psicológico, Físico, Menciones de depresión, Suicidio y Menciones de Violación.
Disclaimer: Harry Potter no me pertenece, es completamente de la autora JotaKáRoulin.
Notas del autor: Aquí esta el segundo capitulo que nadie pidió, jaja. Estoy intentando retratar como pienso que serían las reacciones de los hermanos Weasley, perdón si hay algo de OCC con Percy o cualquiera de los otros.
Este fanfic no busca romantizar las relaciones toxicas o la violencia. Es un tema que espero tocar con la seriedad que se debe, no tengo un beta así que agradecería cualquier corrección y comentario, eso siempre anima para seguir escribiendo.
PD: Intentaré actualizar cada fin de semana, espero poder conseguirlo. ¡Dejen sus reviews!
Percy conoció a Marcus en su primer año de Hogwarts, decir que eran amigos sería una mentira obvia, en realidad, nunca tuvieron un contacto real más allá de los roces propios que existían entre las casas. Sabía de su reputación como un buen jugador de quidditch, también de su competitividad al querer golpear a Oliver cuando perdían los partidos, pero ciertamente nunca reparó en él más allá de darle algunos insultos como "troglodita" o "imbécil" cuando se portaba especialmente desagradable en los partidos.
Las pocas personas de su época estudiantil que sabían de su relación parecían escépticas, para ellos era difícil creer que el prefecto perfecto saliera con un bravucón (y mal estudiante) conocido, sin embargo, pocos conocían el lado dulce de Marcus, mismo que le mostró la primera vez que se vieron en un bar del Londres muggle hacía más de un año.
Percy recordaba claramente su mirada interesada, escuchando las quejas hacia el ministerio, la vida después de la guerra e incluso consolándolo cuando le pareció necesario, también la forma en que lo tomó cuando fueron a la pista de baile o la sonrisa encantadora en su segunda cita, cuando lo llevó a uno de los restaurantes más bonitos que había visto en años.
Quizá por eso fue tan sorprendente el primer golpe, cuando regresó a casa con uno de sus conocidos del ministerio, podía entender que quizá había dado señales falsas sin querer, pero fue especialmente doloroso cuando mencionó a su familia, "sé que eres un cínico inútil, incluso tu familia te mantiene lejos por eso, pero ¿seducir a hombres frente a tu novio, no es descarado? "dijo aquella vez. No pasaron más de dos semanas de ese incidente que dejó el ministerio, Marcus se lo había ordenado, quería mantenerlo lejos de los hombres que quería robarlo... también lo hacía por su bien, ¿no era correcto mantenerlo apartado del lugar donde trabajaba su padre? De ese modo no tendría que soportar la decepción de hijo que tenía.
Sí, las cosas habían cambiado mucho desde que conoció a su novio, ahora su vida era un poco menos oscura, ¿cierto? No importaban las marcas en su piel, las lagrimas de terror que derramaba cuando Marcus estaba enojado, como saltaba cuando escuchaba la puerta de la entrada abrirse, no... porque alguien había aceptado soportar su inutilidad, había tomado la carga que era en si mismo Percy Weasley.
Comenzó su trabajo en la librería hacia ya seis meses, después de su renuncia en el ministerio era consciente que debía encontrar algo, no quería que Marcus cargara con toda la responsabilidad de mantenerlo, él ya había hecho mucho por Percy, eso lo motiva para encontrar algo.
Por supuesto, su novio lo condicionó, no podría ser un empelo que consumiera mucho tiempo, después de todo era su responsabilidad atenderlo. Él sabía que Marcus merecía eso y más, no cualquiera podría soportar su personalidad tan molesta, ni siquiera los otros Weasley lo habían hecho.
El señor Dickens era un hombre amable, le dio la oportunidad de trabajar en su librería, un pequeño local de libros mágicos y muggle ubicado en alguna parte del callejón Diagon. Percy apreciaba al hombre, incluso cuando se comportaba de manera tan torpe e inútil (dejando caer los libros tras escuchar un ruido especialmente fuerte o de caerse de un banquillo rompiendo tumbando dos tazas junto con una tetera al estar lastimado por una golpiza especialmente fuerte de Marcus (bien merecida)), nunca le había recriminado nada.
"Los libros se puede levantar y con un reparo podremos regresar las tazas a la normalidad, lo importante es que no te hiciera daño tú" había dicho de manera afable.
Sí, Anthony Dickens era un hombre amable, del tipo de persona que sede su asiento en el metro a alguien parado con apariencia cansado o te regala la última galleta con chispas de chocolate en el plato, pero no era un tonto.
El orgulloso padre de dos aurores (fallecidos en la segunda guerra mágica) y abuelo de cinco nietos que lo visitaban cuando su agenda se los permitía, había visto muchas cosas, tanto en el mundo mágico como en el muggle, sabía que algo malo le estaba pasando a Percival, algo relacionado con ese novio que una vez fue a buscarlo bastante borracho, gritando insultos denigrantes, sin embargo, tenía la prudencia necesaria para no enfrentarlo directamente.
El pelirrojo hojeó uno de los libros de la estantería, una vieja novela de amor, una mujer que se enamora de un hombre de clase alta, uno de los clásicos de la literatura muggle, por lo que entendió. Miró la portada, era antigua, pero bastante bonita, retiró suavemente el polvo, mirando las arrugas... seguramente nadie iba a comprar algo tan maltratado, pero Percy podía ver la belleza en los libros viejos.
Seguía nervioso por todo lo que pasó la tarde anterior, su hermana lo había seguido hasta su departamento, cosa que obviamente molesto a Marcus. Había intentado explicarle la razón por la que no estaba su cena lista, pero no lo escuchó, arremetió contra él con tanta fuerza que aún le dolía caminar, pero pedir permiso para faltar no era una opción, siempre fue un chico disciplinado, especialmente con el trabajo.
Pegó un pequeño brinco cuando sonó la bandeja que el señor Dickens amablemente puso sobre la mesa, había preparado un té negro, además de abrir una caja de galletas que acomodó elegantemente en la vieja bandeja de plata.
—Es hora de tomar un descanso. —llamó a Percy con una cálida sonrisa.
—Uhm, sí.
El más joven se acomodó en la pequeña mesa, estaban en una pequeña habitación para empleados, la tienda no era precisamente grande, pero en la parte trasera se encontraban dos muebles, tres sillas y en medio una vieja mesa circular de madera, además de dos grandes libreros repletos, todo dándole una apariencia agradable y clásica.
Caminó hasta la silla, su cuerpo seguía doliendo horrible, pero con los años aprendió a disimular cuando algo le molestaba, eso incluía el apartado físico. Se mordió el labio al mover la silla, la fuerza aplicada hizo que una corriente dolorosa se esparciera por su cuerpo e igual que antes, ignoró el dolor para sentarse.
—¿Cuántos terrones de azúcar, muchacho? —preguntó el anciano.
—Dos están bien.
Con unas pequeñas pinzas tomó los terrones y los dejó caer encima de la taza del muchacho, antes de poner algunos en su propia taza, llevándosela a los labios para saborear el té.
—Percy, no me gusta ser entrometido, creo que sabes eso, pero... ¿está todo bien en casa?
El tono del hombre fue suave, no parecía querer orillarlo a hablar de un tema incomodo, sin embargo, no pudo evitar atragantarse un poco con su té antes de terminar tosiendo agresivamente. Por su parte, el señor Dickens lo miró ahora con genuina preocupación.
—Yo... sí, todo está bien en casa.
—Entiendo.
Tomó suavemente una galleta sin despegar la mirada del pelirrojo. La sensación de que algo estaba mal no salió de su estómago, no quería precipitarse, ir demasiado rápido podía ser un problema para todos, no quería alejar al muchacho pues en los meses que llevaban trabajando juntos había desarrollado una preocupación genuina.
—Las ventas han ido bien esta semana, creo que sería justo darte una comisión. —mencionó el hombre de repente. —después de todo, me has ayudado mucho últimamente, recuerdo que la tienda estaba hecha un caos antes de que llegaras, eres muy talentoso, incluso sin magia lograste ordenar todos los estantes. —reconoció.
Percy miró al hombre con los ojos abiertos, pero no dijo nada. Era extraño ser elogiado, especialmente cuando sabía que esas palabras no eran ciertas, era un bueno para nada que solo causaba problemas, incluso... su hermano murió por su culpa.
—Gracias. —fue lo único que pudo responder.
—Recuerdo que mencionaste algo sobre regalarle a tu pareja una botella de vino, ¿le gusto el regalo?
Por un momento recordó la escena de la noche anterior, la botella explotando a su lado, la sensación de miedo lo invadió por el simple recuerdo de los golpes de Marcus, se tensó a tal punto que derramó un poco de té encima de la bandeja.
—Yo... lo siento. —evadió.
El hombre no pudo aguantar mucho más, mordió su labio tomando su varita, era una varita de cedro con treinta centímetros de largo y un núcleo de pelo de unicornio, la había tenido por más de cincuenta años así que fue sencillo hacer un hechizo sin decir palabra.
La cara de Percy poco a poco fue cambiando, el hechizo que oculto sus moretones había desaparecido. No supo bien que decir o por qué lo hizo, pero negó suavemente.
—Y-yo, me caí por las escaleras... ya sabe, soy muy torpe. —trató de dar excusas a preguntas que no había hecho.
Dickens no era un niño que se tragaba las mentiras tan fácilmente, pero no podía decirle nada, su ojo estaba hinchado y tenía un moretón en el ojo, además de la frente claramente magullada por los azotes.
—Iré por el botiquín.
El hombre se dirigió al sanitario de empleados, fuera de la habitación pequeña, para ir a buscar lo necesario para curar al más pequeño. Percy miró las galletas y el té que quedaron olvidados con una expresión extraña en el rostro, una voz en su cabeza le seguía repitiendo lo molesto que era para los demás, mientras otra lo incitaba a huir, usar un hechizo para aparecer en casa o correr, pero no pudo moverse.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que, nuevamente, se sobresalto al escuchar el ruido del hombre más grande cuando acomodó el botiquín en la mesita, levitando las cosas a otro lugar.
Sacó lo necesario para desinfectar las heridas, además de una pomada para los moretones sin decir ninguna palabra. Percy sintió el ardiente liquido dando un gruñido, no pudo moverse de todos modos, no quería ser más problemático de lo que por sí mismo ya era.
—¿Lo hizo él?
—No... yo solo tropecé. — defendió a su novio, pero después de un breve silencio añadió. —E-él me ama.
El hombre pegó un suspiro bajó, moviendo su varita, sin recitar ningún hechizo ahora atrajo una botella con una poción.
—Bebe esto. Hará que el dolor se calme en un rato, pero Percival... esto... esto no son las marcas del amor — y Percy ya no supo que decir.
Después de la guerra, Ginny Weasley había tenido problemas para dormir muchas veces, era capaz de recordar vívidamente cómo se enfrentó contra Bellatrix antes de que su madre la matara, de ver el cadáver de Fred aun tirado junto a sus hermanos, incluso podía ver a Harry aparentemente muerto en los brazos de Hagrid, pero en los dos años posterior de la guerra, nunca había pensado en Percy... bueno, al menos en el último año.
No estaba segura de porque le preocupaba tanto, escuchó algo romperse en casa de su hermano, pero pudieron haber sido mil cosas, sin embargo, aún podía oír esa voz en su cabeza diciendo "Debiste quedarte". Claro, Percy era un bastardo que abandono a su familia dos veces, pero seguía siendo su hermano.
Tomó la almohada con firmeza y la pegó a su cara, removiéndose en la cama con desesperación, quería olvidar aquel sonido de algo estrellándose o el pequeño grito que pareció escuchar antes de volver al callejón Diagon.
Para ella seguía siendo extraño preocuparse por su hermano mayor, claro, durante la guerra a veces pensaba en él. Claro que estaba furiosa por la forma en que le había dicho las cosas a su padre, la manera en que se comportó con su madre e incluso se sintió traicionada, Percy era un bastardo que prefirió al ministerio de magia en lugar que su familia, pero estaban en medio de una guerra, siempre temía recibir noticias de que había muerto y estaba segura que sus demás hermanos pensaban lo mismo.
Fue la mirada aterrada de Percy la que no permitía que su sueño llegue, no era el mismo idiota que los abandonó hace ya varios años, parecía más delgado, sus ojos no tenían brillo, como si fuera de esas personas que simplemente existían sin vivir realmente.
—Pufff. —suspiró antes de salir de la cama. Era inútil tratar de dormir y eran casi las dos de la mañana como para despertar a alguien, después de todo sería preocupar a sus padres por algo que seguramente era nada.
Caminó por el pasillo de la madriguera en silencio, llegando a la cocina, Bill se mudó un año atrás con su esposa, mientras que Charlie seguía yendo y viniendo de los refugios de dragones, aunque en ese momento estaba en la madriguera, junto con George y Ron.
Preparó una taza de té, necesitaba algo caliente para relajarse, procuro usar un hechizo para silenciar la cocina y así no despertar a nadie.
—¿Qué haces despierta?
Ginny saltó con la tetera en la mano, aunque no derramo ninguna gota de agua caliente, dejó el trasto en la estufa antes de tocarse el pecho por su corazón acelerado.
—Joder, George, me asustaste. —se quejó.
Su hermano mayor le dio una sonrisa burlona, una que no era tan vivas como cuando Fred vivía. Todos habían resentido la muerte de su hermano, pero estaba segura que fue él quien más lo hizo, pasó toda su vida junto a Fred, eran inseparables... no podía imaginar lo que era perder a tu otra mitad, sin embargo, lo había hecho bien al lograr salir, al menos tanto como era posible.
—Bien, no me contestaste. —respondió ignorando el comentario.
—Es solo que no podía dormir.
—¿Pesadillas? Pensé que habías superado eso. — George quería pensar que al menos su hermana estaba a salvo de los demonios propios de la guerra, pero incluso él se despertaba gritando a veces.
—No. — murmuró. —es solo qué... — Ginny dudó terminar esa oración. No estaba segura de que tan prudente era mencionar a Percy, especialmente frente a George.
—¿Pasa algo malo? Vamos, habla. —exigió.
Si bien es cierto que de todos los hermanos mayores Fred y George parecían ser los menos "interesados", era difícil negar que se preocupaban verdaderamente por ella y George necesitaba saber si algo malo le estaba pasando a Ginny.
—¿Harry te hizo algo? ¡Por Merlín! Él sabe que no importa cuán elegido sea, si te pone un dedo encima o te lastima vamos a cortarle las pe...
—¡George! —interrumpió. —No es Harry... es, bueno...es Percy.
Su hermano pareció impactado cuando mencionó al otro. Había pasado un tiempo sin pensar en Percy, ¿cómo lo haría? El imbécil los abandonó cuando más lo necesitaban, otra vez.
Por un momento se tentó a cambiar de tema, pero no pudo.
—¿Qué pasa con él?
—Lo vi, hace dos días. Él... estaba en el callejón Diagon, no sé como llegue a su casa, todo era realmente confuso, pero... se veía extraño, tenía un moretón en el ojo y parecía más delgado, no sé.
Ambos se quedaron en silencio por un rato, ninguno sabía que decir. George mentiría si dijera que no estaba un poco (solo muy poco) preocupado por su hermano al igual que Ginny, pero su orgullo era más grande.
—Él se las puede arreglar solo. —fue su única respuesta antes de salir de la cocina.
