Estaba en la playa. Sentado bajo la sombrilla leyendo un libro. Aburrido. Estaba tan aburrido que casi podía asegurar que había batido algún récord. Le preguntaría a Hermione en su próximo mail, ella seguro que lo sabía.

Llevaban una semana allí. Los primeros días fueron muy divertidos viendo cómo Sirius intentaba pasar desapercibido, como un muggle más y fracasaba estrepitosamente. Pero en poco tiempo, hasta él consiguió integrarse más o menos. Y entonces llegó el surf. Estaban en California, aprender a cabalgar las olas era una obligación moral, sin excepción. Así que lo apuntó a clases, por supuesto, sin preguntar.

Harry no había comido tanta arena en su vida. Daba gracias a dos cosas: a sus reflejos de buscador que le permitieron aprender pronto y a que las clases eran al amanecer, así que su torpeza no tenía demasiados espectadores.

Pero una vez terminada su clase de surf, acababa su día. Quería volverse a Londres, estar con Ron y Hermione, no estar en San Francisco con su madre y su padrino, quemándose al sol mientras intentaba leer un libro sin demasiado éxito. No sabía de quien había sido la genial idea de mandarlo a EEUU a pasar el verano, pero si se enteraba pensaba matarlo. Lentamente. Le daba igual que según esa persona, California fuese, en ese momento, el lugar más seguro de la tierra, también era el más aburrido.

No conocía a nadie y no era precisamente un genio en relaciones sociales. Sus dos mejores amigos los conoció el primer día en el tren y después poco a poco consiguió hacer amistad con algunos compañeros de Gryffindor. Un suspiro escapó de sus labios.

—Hola. —Una chica se sentó a su lado con una sonrisa.

—Hola. —Intentó no parecer muy sorprendido, pero fracasó estrepitosamente—. ¿Nos conocemos? —Era una pregunta estúpida, sabía que no se conocían, pero no se le ocurría nada más que decir.

—¡Eres inglés! Estaba segura. Mi nombre es Natalie. —Alargó la mano con una sonrisa y él no pudo evitar devolvérsela.

—Yo soy Harry.

—No hablas mucho, ¿verdad?

—No demasiado. —La miró detenidamente. Tenía el pelo moreno, estaba tostada por el sol y no estaba mal del todo. Las gafas de sol le tapaban media cara, así que no podía saber si era guapa, aunque por lo que dejaban adivinar lo parecía.

—¿Has terminado? —su voz fue lo suficientemente baja como para que sólo ellos dos oyesen la pregunta. Harry enarcó una ceja interrogándola con la mirada— De mirarme. ¿Te gusta lo que ves?

Tenía dos opciones, negarlo y ruborizarse, lo cual sería una estupidez ya que lo había pillado, o aprovechar la situación. Así que controló la vergüenza como pudo, volvió a sonreír y con voz igual de baja dijo:

—No estás mal. Aunque me gustaría ver qué esconden las gafas de sol. —Los gemelos estarían orgullosos, sobre todo Fred. Pero se sentía morir de vergüenza por dentro. No era fácil para él comportarse de esa manera. Sólo era una actuación.

Natalie comenzó a reír a carcajadas mientras se quitaba las gafas y lo miraba con la risa aún bailándole en los iris. Azules, sus ojos eran azules.

—Eres gracioso, Harry. ¿Por qué no vienes a jugar al voley con nosotros?

—Vale. Pero no seáis muy duros conmigo, nunca he jugado.

—Tranquilo, prometo explicarte las reglas.

Lily miró alejarse al muchacho con una mezcla de amor y tristeza difícil de explicar.

—Vamos, Lils, te invito a una Coca-Cola para ahogar las penas.

—¿Qué penas, chucho?

—Ese proyecto de femme fatale acaba de birlarnos a Harry delante de nuestras narices. —El intento de parecer fastidiado de Sirius no fue muy convincente, pero lo agradeció de todos modos.

—Crece muy rápido —suspiró sonoramente mientras se ponía en pie para ir hacia el bar que el hotel tenía en la playa—. Pero te juro que como lo pille despeinándose a propósito mientras juega con una snitch, lo mato.

—Nunca le perdonaras a Cornamenta aquello, ¿verdad?

—Nunca.


Harry volvió a mirarse al espejo, seguía sin estar convencido, pero ya no le quedaba tiempo, así que suspiró y se resignó a quedarse como iba. En ese momento vio que Lily lo miraba apoyada en el quicio de la puerta.

—¿Otra vez Natalie y sus amigos?

—Sí. —La respuesta lacónica desató todas la alarmas maternas.

—¿Qué ocurre? —Harry se sentó sobre la cama mirándose las manos, su madre lo hizo a su lado.

—¿De qué sirve, mamá? ¿De qué sirve relacionarme y hacer amigos con los que nunca podré volver a hablar?

—¿Por qué no ibas a volver a hablar con ellos?

—Madre, por favor. Ya no es sólo la distancia, son las cosas que no puedo contarle —Harry cambió al singular sin darse cuenta—. Las mentiras, sobre todo es eso, no me gusta mentirle.

Lily pasó un brazo por los hombros de su único hijo y sonrió tristemente.

—Creo que este consejo sería más propio de tu padre, pero vamos allá. —Lily se despeinó, conjuro unas gafas y alzó una ceja en una pobre imitación de su marido—. Escúchame, muchacho —empezó a decir poniendo la voz más grave—: Tienes quince años, estás en un país extranjero y tienes una amiga guapa. Deja de preocuparte y ¡vive!

Harry estalló en carcajadas al ver a su madre con esas pintas y dando ese tipo de consejo. Lily también rió mientras se quitaba las gafas e intentaba acomodarse el pelo.

—Ahora en serio. Por una vez en tu vida escucha a tu madre. Pásalo bien, todo lo que puedas, ya nos preocuparemos de qué le decimos a Natalie. Veremos como cruzar ese puente cuando lleguemos a él. ¿Vale?

—Lo intentaré.

—Ese es mi chico. —Lo abrazó con todas sus fuerzas—. Estoy muy orgullosa de ti, Harry James Potter, te estás convirtiendo en un gran hombre. —El chico se sonrojó al escucharla, abrazándola aún más fuerte durante un momento. Harry se separó azorado por tan repentina muestra de cariño.

—Bueno, debo irme o llegaré tarde.

—Sí, claro. Vas muy guapo, hijo.

—Gracias, mamá. —Harry fue hacia la puerta, cogió las llaves y cuando ya casi salía escuchó una voz que decía:

— Llévate una chaqueta que más tarde refresca.

Harry le hizo caso y se marchó pensando que, por muy guay que tratase de ser, al final era como cualquier otra madre. Y ese pensamiento era en parte tranquilizador.

—Eres una peste imitando a James, pelirroja.

—Lo sé, Sirius. Y en estos momentos lo echo muchísimo de menos y me dan ganas de ir y pegarle una paliza por dejarme sola con toda esta —Las lágrimas empezaron a fluir— mierda. —Sirius se sentó a su lado y la abrazó.

—Vamos, Lily, no llores —la consoló—. Lo estás haciendo muy bien. ¿Te imaginas que hubiese sido al contrario y nos hubiese tocado a James y a mí criarlo? Eso sí que hubiese sido un desastre.