Bueno, Pues aquí teneis otro capítulo. Es muy largo y pasan muchas cosas. Espero que os guste. Si me cazais cualquier falta de ortografía o gazapo, por favor mandadmela por PM para corregirla. Un saludo y dejad comentarios, alegran el día.

Este capítulo se lo dedico a Leydhen que la pobre me aguanta todas las tonterias y me refrena para que los personajes no me salgan aún más OoC.

~ . ~ . ~ . ~ . ~ . ~ Libro 5 - Capítulo 2 ~ . ~ . ~ . ~ . ~ . ~

Hermione terminó de hacer la maleta y volvió a comprobar la lista por tercera vez. Iba a pasar los quince últimos días de vacaciones con los Weasley. Iría con ellos a la estación, de modo que tenía que preparar también todo lo que se llevaría al colegio.

Se sentó en el escritorio donde un pergamino a medias la esperaba. Llevaba todo el verano intercambiando cartas con Draco, su correspondencia tan frecuente que casi se podría decir que le escribía más a él que a su diario.

El Slytherin estaba pasando las vacaciones en Francia con unos familiares lejanos. Su madre quería alejarse de todo el ajetreo que había supuesto el reingreso de Lucius en Azkaban y llevaba todo el año pasando más tiempo en su casa del otro lado del canal que en la propia Mansión Malfoy, a la que apenas había vuelto en navidades para estar con su hijo.

Le había mandado algunas fotos mágicas de la casa, los terrenos, incluso una en la que salía con dos de sus primas francesas, Christelle y Angélique. Se notaba el parecido familiar, los mismos rasgos finos y aristocráticos. Muchos siglos de casarse entre familiares, había pensado Hermione con cierta envidia mal contenida al ver lo hermosas que eran las chicas. Christelle tenía el pelo castaño, cortado en melena por el hombro, suavemente ondulado. Mientras que Angélique era tan rubia como Draco. Dejó caer la fotografía dentro de la carpeta donde guardaba todas las cartas mientras soltaba un bufido, malditas ranas*. Ojos de ranas, bocas de rana y asquerosa manía de comerselas. Igual que la pija insoportable de Fleur.

Se dejó caer en la cama y miró el techo tapándose la cara con las manos, ella no era así. Volvió a coger la fotografía. Miró a Draco sonreirle de medio lado y no pudo evitar devolvérsela. Era divertido. Sus cartas, sus dobles sentidos, su manera tan snob de verlo todo. O sus estúpidos detalles. Quizás era simplemente que por una vez no tenía que competir con nadie para ser el centro de atención y eso era bueno. No eran Harry, Ron y Hermione la latosa. No. Draco la consideraba interesante, inteligente y sexy.

Enrojeció violentamente. Ella, la consideraba sexy a ella. Tenía catorce años, pronto cumpliría quince y sus hormonas estaban en plena ebullición. Era agradable que alguien la mirase como algo más que la amiga a la que copiar los deberes.

Suspiró sonoramente mientras se levantaba. ¿Cómo iba a explicárselo? ¿Cómo decirle que después de todo el verano escribiéndole prácticamente durante cada noche estaría quince días sin saber de ella? Suficientes problemas tenía con Ron y su correspondencia con Krum para añadirle además cartas a Malfoy.

¿Por qué tenía que ser todo tan complicado? Pero con Ronald Weasley nada podía ser sencillo, ni tranquilo. Todo era locura, gritos y pelo rojo. Y ser demasiado guapo para su propio bien. Y alto. Y brazos. Y si seguía pensando en él tendría que darse una ducha fría... porque Hermione Jane Granger era racional hasta que pensaba en él, entonces su perfectamente funcional cerebro se volvía una escarola hervida que no servía ni para hacer una simple ensalada.

Pasó el resto de la tarde alternando esfuerzos entre tirarse de los pelos y terminar la carta. Al final, un poco antes de las seis, finalizó la tarea, lacró el pergamino y lo envió con su lechuza.

Solo entonces se permitió sentarse frente al ordenador, conectarse mediante el modem a internet y ver si Harry le había respondido a su último mail.

Hermione solía aprovechar el verano para muchas cosas, entre ellas ponerse al día en las nuevas tecnologías a las que no tenía acceso cuando estaba en el mundo mágico. Por eso cuando Harry les contó a ella y a Ron que no podrían estar en contacto durante el verano porque él se iba al San Francisco muggle, ella sonrió, lo llevó una tarde a casa y le dió una clase rápida de informática. Harry era buen alumno cuando estaba motivado y de esa manera no se habían perdido la pista. Pero desde la casa mágica los ordenadores no eran una posibilidad, así que los correos tendrían que parar. Aunque no pensaba que su amigo fuese a tardar mucho en volver a Inglaterra.

Miró su bandeja de entrada y vio que, efectivamente, tenía un nuevo mail. Lo leyó con avidez, echaba mucho de menos a su mejor amigo y le alegraba ver que no lo estaba pasando tan mal en Estados Unidos como creía en un principio. Era bueno que hubiese conocido gente... y a una chica. Lo sintió un poco por Ginny, pero se alegró mucho por él. Además, no era algo que fuese a durar.

Le escribió la respuesta, desconectó el modem y bajó a pasar el resto del día con sus padres.

Debía de haberse quedado dormida leyendo, pero no fue consciente de ello hasta que un golpe en la ventana la despertó. Era una lechuza, SU lechuza. A pesar de que la ventana estaba abierta no había entrado, esperaba en el alféizar golpeando el cristal distraídamente, intentando llamar su atención. Hermione se acercó, retirando el papel que traía atado en la pata y, tras darle unas chucherías para lechuzas, la dejó ir. Imaginaba que iría a descansar a alguna parte del Londres mágico antes de volver a Francia al día siguiente, o quizás, siendo un ave nocturna, volvería aquella misma noche.

Volvió a la cama y desenrolló la nota con cuidado.

"Querida Hermione. Puedo ser muy compasivo y entiendo que durante tu estancia con los Weasleys no podrás seguir escribiéndome como hasta ahora. Pero tu también deberás entender que tanta bondad y comprensión por mi parte merecen una justa y merecida recompensa.

Siempre tuyo, Draco Malfoy"

Hermione se quedó con la carta en la mano. La leyó otras seis veces antes de darse por vencida y reconocer que, por mucho que lo hiciese, no iba a cambiar su contenido. ¿Qué le pediría? Apagó la luz, resignada, y volvió a dormir convencida de que esa noche soñaría con el Slytherin.

A la mañana siguiente sus padres la llevaron lo más cerca que pudieron de Grimmauld Place. Contrariamente a lo que todos pensaban, a los Granger no les hacía la más mínima gracia ceder parte del poco tiempo que pasaban con su hija para que se fuese con otros. Pero, aunque era difícil para ellos, también entendían que con los Weasley tenía una libertad para investigar ese nuevo mundo al que ahora pertenecía que en casa de sus padres no disfrutaba. Era duro, pero lo aceptaban. Sabían que era la mejor forma de seguir siendo parte de la vida de su hija. Tenían que saber adaptarse.

Se despidieron hasta las vacaciones de Navidad con besos y abrazos. Volvieron a marcharse en el coche preguntándose una vez más si no hubiesen preferido una hija un poco menos especial. Y una vez más la respuesta fue no. Esa era su Hermione, su niña, y no la cambiarían por ninguna otra.

Hermione se quedó allí de pie, acompañada por los gemelos y la señora Weasley, mientras veía alejarse el coche de sus padres. Los chicos se hicieron cargo del baúl, pero ella se aferró a su maleta. En ella iban las cartas de Draco y no pensaba dejar que ese par pusiese sus cotillas manos en ellas.

Entraron en la casa y pasaron en silencio frente al retrato de la madre de Sirius, pero antes de subir la escalera alguien atrapó a Hermione en un enorme abrazo.

— Te he echado de menos.— Ahora eran de la misma altura y podía ver que la menor de los Weasley pronto la sobrepasaría—. Está bien eso de tener otra chica por aquí.

Hermione sonrió. Al principio ella y Ginny no terminaban de conectar, pero poco a poco fueron conociéndose y forjando una amistad.

— No acapares, Ginny. Yo la vi primero.— Ron apartó a su hermana abrazando a su amiga de aquella forma torpe y rara que sólo reservaba para ella. Como si tocarla le quemase, pero a la vez no hacerlo fuese doloroso. Hermione le devolvió el abrazo, dándose cuenta de lo mucho que había cambiado en apenas dos meses que hacía que no se veían.

—¿Has crecido?

— Un poco.— El chico parecía algo avergonzado por el tema y, viendo la cara de Fred y George, podía imaginar que llevaban unos días molestándole con ello—. Déjame llevar eso a tu habitación.

Le quitó la maleta, empezando a subir las escaleras sin mirarla. Hermione lo siguió hasta el cuarto que compartiría con Ginny.

—¿Qué tal el verano?

—Aburrido.— Depositó la maleta con cuidado y se sentó en la cama de su hermana, mirándola—. Desde que vinimos aquí nadie nos cuenta nada y mi madre nos tiene limpiando como a elfos domésticos. ¿Qué tal el tuyo?

—Estudiando. Pasando tiempo con mis padres.— Se sentó en su propia cama mirándose los pies. Las palabras nunca eran fluidas entre ellos, siempre parecía haber una especie de muro que los separaba.

—¿Sabes algo de Harry?

—¡Sí! — ¡Un tema seguro y conocido! — Le encantaron vuestros regalos de cumpleaños, me pidió que te lo dijera. Hemos estado escribiéndonos por mail un par de veces a la semana. En su cumpleaños incluso le llamé por teléfono.

A Ron se le iluminó la cara al oír eso.

—¿Crees que podríamos llamarlo?

Hermione iba a negarse, pero al ver su cara no pudo hacerlo. Quizás necesitaba un poco de planificación, pero incluso podía considerarse una buena idea traer algo de diversión inesperada al número doce de Grimmauld Place.

—Está bien. Esto es lo que necesitaremos y deberemos pedir ayuda a Fred, George y Ginny.

—Cuenta con ello.

Harry

Entró en el local quitándose las gafas de sol. Hacía mucho calor, sobre todo comparándolo con los veranos en Inglaterra. Habló brevemente con el encargado y este le indicó con un gesto qué ordenador podía usar. El chico se sentó frente al número siete y accedió a su correo.

Tenía un nuevo mensaje. A pesar de que sabía que su amiga estaba con los Weasley en el cuartel general de la orden, no había perdido las esperanzas de que encontrase la manera de ponerse en contacto con él. Como siempre, Hermione no le había defraudado. Le pedía un número de teléfono, un día y una hora para hablar con él. Harry rápidamente hizo los cálculos de las diferencias horarias y le mandó la respuesta.

Esperaba junto a uno de los teléfonos del hotel. Había dejado dicho en recepción que esperaba una llamada y que se la pasasen allí. A las dos en punto de la tarde, con la esperada puntualidad británica, el aparato empezó a sonar.

—¿Diga?
—Harry, tío ¿me escuchas?
—Ron, no hace falta que grites.— La voz de Hermione sonaba clara a pesar de la distancia.
—Pero está muy lejos.

—Eii, dejad de discutir.— La sonrisa de sus labios se ensanchó al oírlos, este par no cambiaba nunca—. Allí son las diez de la noche ¿os habéis escapado?

—Más o menos —contestó Hermione, evasiva—. Los gemelos y Ginny nos cubren. Hemos hablado y estamos de acuerdo en que no es justo que te tengan a oscuras. Aunque también es verdad que a nosotros tampoco nos cuentan nada.

— Es una mierda, tío, nos tratan como a críos.
Los tres se quedaron en silencio un momento. Racionalmente podían entender que, con solo quince años, aún no eran adultos de pleno derecho, pero tampoco eran adolescentes normales.

Ron y Hermione le fueron contando las noticias de las que disponían, que no eran muchas.
—Os echo mucho de menos. Peleas incluidas.
—Y nosotros a ti, Harry.
—Colega, antes de que esto se ponga más moñas... ¿qué tal las americanas?

—Ron, no seas soez —se escuchó un breve silencio en la linea—. Vale, lo admito. Me muero de curiosidad. ¿Qué tal con Natalie?

—Bien.
—¿Natalie? Hermione Jane Granger, ¿llevas tres días compartiendo casa conmigo y no me has dicho que Harry tiene novia?
—Ronald Billius Weasley, deja de gritar en este momento. No es algo mío para contártelo. Imaginaba que Harry lo haría al volver.
—Si quereis cuelgo y así discutís sin interferencias por mi parte. —No sabía si reír o llorar.
—Bueno, a lo importante: ¿hasta donde has llegado co..? AUCH.. ¡Hermione, no me pegues! —El golpe fue tan sonoro que hasta Harry se encogió involuntariamente de dolor.

—Dejad de pelearos. Por favor. —La risa y la nostalgia se mezclaban en el pecho del muchacho haciendo un cóctel bastante raro—. Se llama Natalie, como bien te ha contado Hermione, es de Alaska y tiene diecisiete años.
—Guau, una chica mayor. —El tono reverente del pelirrojo hizo escapar una carcajada a sus amigos.
—La conocí en la playa. Estaba con mi madre y Sirius, más aburrido que una ostra, y ella se acercó a invitarme a jugar con sus amigos al voleibol. Y, si no os molesta, prefiero dejar el tema.

El silencio volvió a llenar la línea.

—Bueno, tío, ¿y cuándo vuelves?
—Volvemos la próxima semana, el lunes.
—Genial.
—Tenemos muchas ganas de verte, Harry. Debes estar muy moreno.

—No creas. Mi madre es pelirroja, pregúntale a Ginny sobre la piel de los pelirrojos. Te diría que le preguntases a Ron, pero seguís pareciendo incapaces de mantener una conversación normal. —La risa escapó de sus labios.

—Harry, se nos está agotando el dinero. —Hermione, práctica como siempre, era la única que había reparado en ese detalle—. Os dejo para que os despidáis. —Pudo oír perfectamente como la chica metía todas las monedas que le quedaban en la cabina y salía, cerrando la puerta.

—Ron, dile a todos que gracias por los regalos y las cartas de cumpleaños. Me gustaron mucho.
—Se lo diré, compañero. No te haces idea de cuanto te echo de menos. Esto es muy aburrido sin tenerte a ti para meterme en líos.

—Yo también tengo muchas ganas de volver a verte y hablar de quidditch. —El rubor cubrió sus mejillas—. Y chicas.

—Ya queda poco. Y espero detalles. —Ambos rieron, avergonzados.

—El lunes. Ya sólo quedan cuatro días.

—Los cuento con impaciencia, Harry.

—Yo también, Ron.

Colgaron, separados por miles de kilómetros, echándose tanto de menos que casi les dolía. Sin saber muy bien cómo manejar esos sentimientos que se les agolpaban en el pecho. Porque cuando tienes quince años, es a tu colega a quien más quieres, aunque no sepas cómo decírselo.

Hermione.

La puerta de la cabina volvió a abrirse y la pequeña mano de Hermione se coló en la enorme palma de Ron apretándolo con fuerza.

—Lo echas de menos.

—Tu también. —La voz de ambos era muy suave mientras se miraban los zapatos sin moverse.

—Pero para ti es diferente, tú …

Ron la miró sonriendo, divertido.

—Ya sé que no soy bueno con esto de los sentimientos, pero no hace falta que me expliques lo que yo siento. A eso llego.

Hermione soltó una risita avergonzada ante el leve reproche de su voz.

—Tienes razón. —Tiró de su mano, que todo este tiempo había permanecido sujeta a la suya—. Te invito a un helado.

—Pero es tarde, deberíamos volver.

—Diez minutos más no van a matarnos, Ron. ¿Dónde está tu espíritu aventurero? —lo pinchó ella.

Él sólo sonrió, apretándole la mano mientras se mezclaban con los muggles de camino a la tienda de helados.

Cuando volvieron, Ginny casi los mata, pero ningún adulto se había percatado de su ausencia, así que se fueron rápido a la cama antes de que la racha de buena suerte se les acabase.

Los cuatro días que faltaban para el regreso de Harry se hicieron a la vez muy largos y muy cortos. Hacía años que Sirius no residía en la mansión familiar, decía que le traía muy malos recuerdos. Pero tampoco se resignaba a venderla, así que la ofreció como nuevo cuartel de la Orden. Pero tras veinte años cerrada y con un viejo elfo doméstico como único cuidador, el polvo y las plagas se la estaban comiendo.

Por supuesto, nada de esto desanimó a la voluntariosa Molly Weasley que, armada de varitas, cubos, fregonas y trapos, se dispuso a hacer de aquel cuchitril un sitio habitable (y así de paso mantener a sus hijos y los amigos de estos ocupados mientras los adultos discutían asuntos importantes). Hacía levantarse a los chicos temprano para que la ayudasen con todas aquellas habitaciones infestadas de todo tipo de bichejos. No podía quitarle ojo a sus hijos medianos, que siempre habían sido por los que más había tenido que preocuparse. Había recibido más cartas de Hogwarts por aquellos dos, que por todo el resto juntos, incluido Ron. Suspiró, subida a una escalera, mientras intentaba limpiar un rincón difícil con la varita. No sabía cómo acabaría todo aquello.

Llamaron a la puerta revolucionando toda la casa, llevaban toda la mañana esperando la llegada de Harry desde el aeropuerto y los niños se subían por las paredes.

El timbre sonó a pesar de las advertencias, por supuesto Fred y George se aparecieron con fuertes crujidos y Hermione bajó corriendo, todo a la vez. Las cortinas del retrato de la madre de Sirius se abrieron justo cuando este cruzaba el umbral, así que la mayor parte de su ira se concentró en él.
—Cuánto tiempo, madre. Veo que sigue tan encantadora como siempre.
—DEBERíA HABERTE AHOGADO CUANDO NACISTE, ERES UNA VERGÜENZA PARA TU ESTIRPE, HAS LLENADO MI CASA DE TRAIDORES A LA SANGRE, HíBRIDOS Y SANGRES SUCIAS.
—Tranquilizaos, madre. —Sirius le sonrió, tranquilo, sin perder la compostura en ningún momento, en parte ayudado por la pequeña mano que apretaba la suya con fuerza dándole ánimos. Suspiró, y sin dilatarlo más cerraron las cortinas para silenciar al cuadro. No era fácil para él volver a esa casa después de tantos años.

Los gemelos ayudaron a Sirius a subir las maletas mientras Lily entraba en la cocina con Molly para ponerse al día. Hermione abrazó a Harry con todas sus fuerzas, en silencio.

—Le partirás una costilla. —Ron los miraba con una sonrisa desde la escalera—. Será mejor que subamos antes de que esa loca vuelva a despertar. —Tras decir esto terminó de bajar y abrazó brevemente a su amigo—. Bienvenido a casa, tío.

Una vez en el cuarto que compartían, los gritos no se hicieron esperar.

—TÍO, ESTÁS ENORME.

—Y TÚ MORENO.

—CALLAOS LOS DOS, YO SIGO BAJITA Y BLANCA.

Los tres amigos se miraron y estallaron en carcajadas. La verdad es que estos dos meses sin verse los habían cambiado. Ron estaba aún más alto, como Hermione bien había apreciado al verlo hacía una semana, y empezaba a perder esa sensación que daba de ser solo brazos y piernas, como si su cuerpo empezase a estabilizarse, decidiendose a crecer a la vez y no por partes como había hecho hasta ahora. Eso se traducía en un ensanchamiento de la espalda, que lo hacía parecer menos una escoba y más un ser humano.

Harry también había crecido, no tanto como su amigo, claro. En eso se parecía a James (como en todo lo demás) que fue de los últimos en terminar de crecer, pero aún así se le notaba un verano entero pasado al aire libre y haciendo deporte (a pesar de sus constantes protestas acerca de la piel blanca), lo cierto es que había conseguido un tono dorado que hacía resaltar aún más sus ojos verdes. Hermione lo miró sintiendo una pena enorme por Ginny, iba a morirse al verlo.

Por otra parte, Hermione más que crecer se había estilizado, sus caderas se habían redondeado aunque no demasiado, nunca llegaría a ser una belleza escultural. Siempre sería estilizada y de curvas suaves. Pero eso no quitaba que el cambio que había comenzado el pasado año comenzase a hacerse notorio y más que evidente.

La puerta se abrió, dejando paso a una sonriente Ginny.
—Hola Harry. Pues es verdad que estás moreno.

Un par de fuertes crujidos anunciaron a Fred y George, que parecían haberse olvidado por completo de andar.
—Dejad de hacer eso, parecéis tontos —los regañó su hermana menor.
—Eso ha sonado un poco a envidia, Ginevra.
—No Fred, es un hecho. Parece que hayáis olvidado cómo se baja por las escaleras, y eso es de retrasados.
—Punto para ella, chicos —señaló Harry con una sonrisa—. Bueno, os he traído unos cuantos regalos. No son gran cosa, pero espero que os gusten.

Se acercó a su maleta y empezó a repartir los paquetes. A Hermione y Ginny les había traído unos colgantes de plata antigua, largas cadenas con relicarios orlados de diminutas flores con sus nombres grabados. Natalie le ayudó a elegirlos, lo llevó a una pequeña tienda donde el artesano los hacía uno a uno. No eran caros, pero sí únicos. Al ver las caras de las muchachas al abrirlos, sus grititos emocionados al ponérselos, supo que había sido una gran idea.

A los gemelos les trajo un disco Black Album de un grupo llamado Metallica, muy famoso en todo el mundo pero sobre todo en San Francisco. Un amigo de Natalie lo había puesto en una de las fiesta y pensó que a Fred y George les gustaría el sonido de aquella música. Tendrían que hablar con el Señor Weasley para encontrar algún reproductor de CDs compatible con el mundo mágico, mientras les dejaría el suyo. También les regaló un par de camisetas donde ponía Gred y Feorge, que por supuesto les encantaron.

Sacó el último regalo.
—Bueno Ron, esto es para ti. —El muchacho le entregó una bolsa enorme llena de lo que parecía ropa—. Espero que te guste. Yo elegí la chaqueta, el resto es cosa de mi madre, que decía no sé qué de que te debe un regalo. Tendrás que probártela, y si no te está bien, iremos a cambiarla antes de marcharnos a Hogwarts.

Ron estaba alucinado. Nunca había visto tanta ropa nueva junta. Empezó a vaciar la bolsa que parecía tener algún hechizo agrandador, pues había una cantidad enorme de ropa ahí metida. Pantalones, camisetas, jerseys, camisas, aquello parecía no tener fin hasta que llegó a la famosa chaqueta. Era vaquera, de esas que llevan relleno por dentro, apropiada para el frío de Escocia.
Todos miraban el montón de ropa en un silencio un poco incómodo.
—Tío, Harry.
—Ron, te juro que no tengo ni idea de qué cojones le ha dado a mi madre. No es normal en ella.
—Esto no es propio de Lily —comentó Fred, con un tono neutro.
—Creo que iremos a la cocina a enterarnos de lo que pasa. —Los gemelos se miraron asintiendo, y desaparecieron a la vez.
Ginny se acercó y cogió la chaqueta de las manos de un todavía alucinado Ron.
—Vamos pruébatela, quiero ver como te queda.
—Sí, pruébatela.

Hermione apoyó a su amiga, intentando aligerar un poco el ambiente tenso que se había generado en la habitación. Todos tenían la sensación de que en esa casa se guardaban demasiados secretos de los que nadie les contaba nada y Lily, como una de las personas de confianza de Dumbledore, era conocedora de muchos de ellos. Por eso, cualquier comportamiento extraño por su parte los ponía a todos muy nerviosos.

En cuanto Ron terminó de probarse su nueva prenda de vestir, Hermione decidió que estaba más guapa callada, o quizás muerta. Sintió como un rubor furioso subía a sus mejillas. Notó la mano de Ginny sujetando suavemente la suya y la apretó de vuelta. Esa noche la habitación de las chicas iba a ser un festival de lágrimas y hormonas. Pero es que nadie merecía ser tan guapo. Ahí estaba, con su camiseta blanca una talla demasiado pequeña para la salud mental de Hermione, el pelo pelirrojo despeinado y quizás demasiado largo que ella se moría por tocar. Los vaqueros desgastados haciendo equilibrios sobre las estrechas caderas. La sonrisa bailándole en los labios mientras hablaba con Harry. La maldita chaqueta que le sentaba como un guante, marcando sus hombros, resaltando los brazos. Tenia que parar. Respirar.

—Hermione, ¿estás bien?
La miraba fijamente y fue incapaz de responder. Porque más allá de manos, pecas o cara, lo que más le fascinaba de Ronald Weasley eran sus ojos. Profundamente azules. Sinceros, como un reflejo perfecto de todo lo que se ocultaba detrás. De todo lo que ella amaba. De todo eso que nunca lograría entender y que jamás podría tener.
—Parece un poco mareada. Será el calor de verte con esa ropa de invierno. —El brazo de Ginny rodeó sus hombros justo a tiempo—. Vamos, te llevaré al baño a que te refresques.
—Sí, claro.
Los chicos las miraron extrañados por un momento, pero pronto dirigieron su atención a otra parte.

Una vez en el pasillo, Hermione volvió a respirar con normalidad. Pero aún así su amiga siguió sujetandola, entraron en el baño y cerraron la puerta. Era el único sitio donde podían confiar con unas mínimas garantías en hablar tranquilas.
Abrieron el grifo de la ducha y se sentaron en el suelo la una frente a la otra.
—¿Cómo estás?
—Mejor. Se me pasará, no esperaba verlo así. —Un suspiro escapó de sus labios—. ¿Y tú? He de reconocer que se ha puesto muy guapo este verano.
La pelirroja bajó la cabeza, sonriendo.
—He decidido seguir tu consejo. Empezar por ser amigos.
—A mí no me está funcionando muy bien.
—Mi hermano es idiota.

Fred y George estuvieron toda la tarde persiguiendo a Lily y a Molly, que se negaban en redondo a revelar el "misterio de la ropa", como los gemelos lo habían llamado. Ambas mujeres sostenían que tenían sus razones para guardar el secreto, y que antes morirían que desvelarlo. La curiosidad de los dos muchachos estaba por explotar.
Esa noche la cena fue tranquila dentro de los estándares de Grimmauld Place, estaban cansados del viaje y no tenían muchas ganas de celebración, además de que todavía estaban amoldándose a los nuevos horarios. Al final sólo estaban los Weasley, Sirius, Remus, Tonks, Hermione, Lily, Harry y Lupin, que se quedaba con ellos en la casa siempre que no tenía una misión para la Orden.
Hermione se reía con Ginny de las narices que Tonks les ponía y pronto comenzaron a pedir sus preferidos pero, al ver como Harry y Ron reían con las cabezas juntas, la envidia empezó a recorrerla. Estaba un poco harta. Desde el año pasado las cosas habían ido empeorando y los chicos la relegaban. Debía reconocer que esa era la razón por la que había terminado por ser amiga de Draco. Estaba cansada de sentir cómo estorbaba entre aquellos dos.

Se acercó hasta donde estaban, sentándose a su lado.
—Chicos.
—Dinos, Hermione. —Harry la miró con una sonrisa sincera y parte de su enfado se fue. Quizás sólo eran imaginaciones suyas.
—¿Sabéis como nos llaman todos?
—El trío dorado de Gryffindor —contestó Ron bebiendo un sorbo de zumo de calabaza—. O eso es lo que he oído. Estás muy rara. Incluso para ser tú.
— Muy agudo, Ronald. —Hermione cogió aire y lo soltó lentamente, poniendo sus pensamientos en orden mientras el aire salía de sus pulmones—. ¿Sabeis lo que es un trío?
— Nos presentamos voluntarios —contestó Fred sentándose al otro lado de Hermione y sujetándola suavemente por la cintura. Habiendo oído de pasada la pregunta de la chica completamente fuera de contexto y, siendo quien era, la broma era demasiado jugosa como para dejarla pasar.
—¿Para qué nos presentas voluntarios con tantos ánimos, Freddie? —George se sentó cerca de los chicos, cortando la única vía de escape de Hermione, que se quería morir.
—Baja la voz. Hermione le preguntaba a estos dos por un trío y he creído nuestro deber como hombres maduros y experimentados ofrecerle una alternativa mejor.
—Creo que has hecho bien.
Harry iba a empezar a reírse, pero entonces miró la cara de Hermione y cualquier alegría que pudiese haber sentido se evaporó al instante. Quería a aquella chica como a una hermana y aquel par de paletos la estaban destrozando. Le dió un codazo a su amigo para señalárselo pero vio que ya se había dado cuenta de todo.
— Fred, George. Os lo diré una sola vez. —El susurro fue tan grave que le asustó incluso a él—. Pedidle perdón a Hermione ahora mismo. La estáis asustando, sólo tiene catorce años. ¿Qué sois? ¿Animales? ¿Qué educación os ha dado nuestra madre? —Ron alargó una mano, limpiando suavemente una lágrima que caía por la mejilla de Hermione.

Los gemelos la miraron horrorizados, querían a la muchacha, sólo era una broma. Rápidamente se deshicieron en disculpas, pero Ron los apartó con un gesto y se la llevó a la habitación, cogiéndola suavemente por los hombros.
—Harry, cariño. ¿Está bien Hermione?
—Sí, señora Weasley. Sólo un dolor de cabeza. Ha sido un día largo. Ron la acompaña a su habitación, no se preocupe.
Los adultos asintieron. volviendo a lo suyo, y los gemelos decidieron marcharse a la cama, con gesto compungido y andando para variar.
—Has estado rápido, Potter —comentó Ginny con admiración mientras se sentaba junto al muchacho.
—Es la práctica, Weasley. —Ambos sonrieron—. Veo que ahora me hablas.
—Sí. Espero que perdones mi asqueroso comportamiento pasado. —Ella lo miró poniéndose un dedo sobre los labios—. Creo que "olvidar" sería el término exacto.
—Como desees. Hagamos borrón y cuenta nueva. —Le tendió una mano—. Me llamo Harry. Harry Potter.
—Ginevra Weasley. Aunque todos me llaman Ginny. —Ella estrechó su mano con energía.
—¿Te importa si te llamo Gin? —Clavó sus ojos verdes en ella que, con la suave iluminación de la cocina, parecían iluminados desde dentro.— No sé, "Ginny" se me hace demasiado infantil para ti.

—Gin esta bien. —La pelirroja asintió—. Me gusta.

—¿Qué has hecho durante el verano?

—No mucho. Pasamos unos quince días en la Madriguera y después vinimos aquí a empezar a adecentar esto para la Orden. No nos han dejado salir mucho. Hermione tuvo que escaparse para lo de los ordenadores y el teléfono.

—Imagino que ha debido de ser aburrido.

—De muerte. Tengo ganas de que lleguen las cartas, por lo menos iremos a comprar los libros al callejón Diagon. O eso espero.

—¿Tan mal están las cosas?

—Peor. No sé cuánto te han contado Ron y Hermione. Pero por aquí los adultos nos tratan como si fuésemos de cristal. Son capaces de decirnos que nada de compras.

—Pues sería un fastidio. Me gustaría ir a dar un paseo antes de encerrarme nueve meses en el colegio.

—Bueno, quizás si Hermione y tú se lo pedís a mamá cuando lleguen las cartas como favor, nos deje ir a todos a comprar los libros.

—¿Por qué iba tu madre a hacernos caso especial a Hermione y a mí? —Harry la miraba genuinamente desconcertado.

—Este año entráis en quinto, se nombran a los nuevos prefectos. Imagino que seréis tú y Hermione.

Harry empezó a reír despacio.

—¡Por Merlin! Espero que no. Odiaría ser prefecto con toda mi alma, Gin. Ya tengo demasiadas "responsabilidades" que no he pedido como para querer una más y mi madre lo sabe. A lo mejor nombran a Dean.

—O a Ron.

Esta vez ambos estallaron en sonoras carcajadas.

A la mañana siguiente, las cartas por fin llegaron con las listas de los libros. Los gemelos se aparecieron en la habitación de los chicos y empezaron a hablar del nuevo libro de Defensa contra las Artes Oscuras. Harry no les prestaba mucha atención, estaba aliviado de que su carta fuese liviana, señal inequívoca de que no llevaba dentro una insignia de prefecto. Pero, por si acaso, la abrió y revisó a conciencia. En ese momento entró Ginny. Se acercó a ella en silencio, negando imperceptiblemente, y ambos compartieron una sonrisa.

—Ron, ¿nos estás escuchando?

—¿Qué?

—Muy bonito, Ronnie. ¿Qué es eso que miras?

—Mi insignia.

Ginny miró a Harry y Harry miró a Ginny. Se acercaron al muchacho con pasos apresurados y miraron el reluciente broche con la P claramente visible.

—Enhorabuena, Ron. Serás un gran prefecto.

—Vamos, Ginny, voy a ser un prefecto de pena. Deberían haber nombrado a Harry.

—A mí no me mires. —El aludido dio un paso atrás—. Si quieres renunciar hazlo, pero a mí no me metas. De hecho, no acerques eso a mí. Por favor.

—Harry es de los nuestros. —George sostenía a Fred, que parecía aún un poco alucinado, por los hombros.

Justo entonces, Hermione irrumpió en la habitación y vio a Ron con su insignia. Por un momento, un montón de sentimientos cruzaron por su cara, el de sorpresa varias veces, pero al final ganó la alegría.

—A mí también, Ron. —Corrió hacia el muchacho y lo abrazó—. Verás qué bien lo pasamos haciendo las rondas.

—Suena divertidisimo.

—Cállate, Fred.

—¿Vas a castigarme, Ronnie?

Antes de que las cosas se pusieran peor la señora Weasley entró trayendoles la ropa limpia.

—Ron, voy a tener que comprarte nuevos pijamas, estos te quedan como quince centrimetros cortos ¿De qué color los prefieres?

—Cómpralos rojos y dorados. A juego con su insignia.

Molly se quedo parada mirando a George, intentando procesar lo que acababa de salir de sus labios.

—¿Te han nombrado prefecto?

Ron asintió sonriéndole a su madre. Esta soltó la ropa con delicadeza sobre la cama y después lo abrazó largamente.

—Como todos en la familia. Qué orgullosa estoy, Ronnie.

—¿Y nosotros qué somos, los vecinos de enfrente?

—¿Qué quieres de regalo?

—¿Regalo?

—Claro, como recompensa. —La mirada de Molly se iluminó con el entendimiento—. Por eso Lily te compró tanta ropa, ella ya sabía esto.

—¿Puedo pensarlo?

—Claro, cielo. Avísame cuando lo sepas.

Quedaban cuatro días para volver al colegio, no eran muchas las oportunidades de ir de compras.

—Hermione, Ron. Si queremos oler el aire fresco antes de pasar nueve meses en Hogwarts, la única oportunidad que tenemos es que vosotros dos le pidáis específicamente a mi madre que quereis ir a comprar al Callejón Diagón. —La menor de los Weasley tenía el semblante serio.

—Estoy con ella. Me gustaría pasar por Artículos de Calidad para Quidditch, necesito un par de cosas para mi escoba—. Harry miró a Ginny, apoyándola con una sonrisa.

—¡Eso es! ¡UNA ESCOBA! Quiero una escoba.

—Nos vendría bien una salida. —Fred volvió a sonreír.

—El Callejón Knockturn tiene tiendas muy interesantes. —George asintió.

—Ni vosotros sois tan inconscientes. —Hermione los miró incrédula.

Los gemelos sólo se inclinaron ante ella, cogiéndole cada uno de una mano y besándosela con exquisita cortesía, antes de desaparecer con un ¡ploff! Después del patinazo del día anterior, se comportaban como auténticos caballeros con ella.

—Vale. Se lo pediremos a Molly —concedió Hermione—. ¿Alguna sugerencia?

Harry y Ginny se miraron y, asintiendo, exclamaron a la vez:

—¡Sirius!

Tenían razón, desde luego. Una vez que Sirius Black desplegó todo su encanto, Molly Weasley no tuvo nada que hacer y más teniendo en cuenta que, viendo lo cansada que estaba la matriarca de los Weasley, el último de los Black la mandó todo el día a descansar a un Spa mientras él, Remus, Tonks y Lily se hacían cargo de Ron y Ginny (todos eran conscientes de que nadie podía controlar a Fred y George). Pasarían un día todos juntos. Además, para terminar de hacer redondo el regalo, Sirius se había ofrecido a ayudar a Molly y sus fondos exiguos para comprarle a Ron una Saeta de Fuego.

Molly se había negado, por supuesto. Entonces él había sonreído seductor.

—Querida Molly, te desvives por nosotros. Has limpiado esta casa, has luchado con cada habitación y nos has cuidado como una madre. Crees que no nos damos cuenta, pero sí lo hacemos. Sin ti, estamos perdidos. Déjanos devolveros a ti y a Arthur una pequeña parte de lo que nos dais.

Al fondo de la sala, un moreno y una pelirroja sonreían satisfechos, mientras entrechocaban las manos.

Así que todo quedó arreglado y, un par de días antes de salir hacia el colegio, Arthur y Molly se fueron a pasar un día a solas por primera vez en más de veinte años, mientras que el resto salió de excursión hacia el Callejón Diagón.

En un primer momento, pensaron ir a la manera muggle, pero eran demasiados, así que fueron por red flu hasta el Caldero Chorreante y, desde ahí a través de la pared, ya estaban en el paraíso del consumismo mágico.

Hermione andaba medio ida. Malfoy le había mandado una nota preguntando cuándo irían a por los libros y ella, tras mucho debatirse, se lo había dicho. Esperaba que no le diese por hacerse el encontradizo con todos los Weasley tan cerca o aquello sería una auténtica batalla campal.

Les pidió permiso a Lily y Sirius para adelantarse hasta Flourish and Blotts mientras el resto miraban embobados y babeantes en la tienda de Artículos de Calidad para Quidditch. Estaba feliz por Ronald, pero si volvía a oírle recitar las características de la Saeta de Fuego iba a estrangularlo. Lo entendía, era su sueño, pero a ella las escobas le daban igual. Y por desgracia esta era una de esas situaciones en las que no podía contar con Ginny. Ella era tan obsesa de las escobas como los demás.

Necesitaba un poco de aire, estar sola y así de paso podría poner un poco en orden sus pensamientos. Llevaba quince días encerrada día y noche con un montón de gente ruidosa que apenas sí la dejaban oírse pensar.

Una mano le tapó la boca, mientras otra la agarraba de la cintura, y antes de poder decir "expeliarmus" ya estaba empotrada contra la pared y unos labios ansiosos la devoraban. No tardó más de dos segundos en reconocerlo y tuvo que debatirse entre enfadarse o responderle. Las hormonas ganaron.

—Un "hola ¿qué tal tus vacaciones?" se hubiese agradecido. —Clavó la vista en sus zapatos, incapaz de mirarle a la cara. ¿Por qué había crecido? ¿Por qué todos crecían? ¿Era una enfermedad?

—Hola, Minou. —Maldita sonrisa—. ¿Qué tal tus vacaciones? —Sus labios se perdieron en el hueco del cuello de Hermione.

—He extrañado esto. —Su voz apenas se distinguía entre los suspiros.

Draco se apartó para mirarla, apoyándose en la pared de enfrente en el estrecho y oscuro callejón.

—¿Me has echado de menos? —La sonrisa seductora se tornó en otra triste—. ¿A mí?

Hermione se dejó caer contra piedra mirándolo de los pies a la cabeza. Iba impecable, como siempre. Se acercó poniéndose de puntillas y enterró los dedos en su pelo.

—Vamos Malfoy, no te me pongas filosófico o tendré que pensar algo urgente. —Depositó un suave beso en el labio inferior del muchacho, que volvía a sonreír—. Para distrae... —Draco se comió el resto de las palabras en un beso lento que hizo temblar las piernas de Hermione. Qué bien besaba, por Merlin.

Se cogieron de las manos, mientras hablaban de todo y de nada. De las ranas* de las primas de Draco, de los estudios de informática de Hermione. De esas cosas que ya se habían contado en las cartas, pero que necesitaban oírse decir a viva voz.
Hermione jugaba con los larguísimos dedos del chico cuando oyó como Harry la llamaba. Inmediatamente se tensó.
—Tengo que irme.
—Podría saludar a Potter.
—No hagas bromas, Draco. Las cosas estan difíciles. —Y era cierto. Con Voldemort vivo de nuevo era solo cuestión de tiempo que los bandos se definiesen y que ellos volviesen a encontrarse en lados opuestos de las barricadas.
Hermione puso las manos en su cuello, se acercó a sus labios y lo besó castamente. Pero él no pensaba conformarse con eso, así que con una sonrisa profundizó transformándolo en algo mucho más carnal.
—¿HERMIONE?
La chica notó como la soltaban con delicadeza y cuando abrió los ojos estaba sola en el callejón. Con esa mezcla de diversión, enfado y profunda insatisfacción que sólo Draco Malfoy le provocaba.
—ESTOY AQUÍ —contestó, mientras volvía con sus amigos y se recordaba que solo quedaban dos días para volver a verlo.

*N.d.A: Los ingleses llaman Frogs (ranas) a los franceses, por la costumbre que tienen estos de comer ancas de ranas.