Hola lectoras y lectores :). Este capítulo necesita una pequeña introducción. En él hablo del sistema de prefectos en Hogwarts, así que os diré cómo yo me lo imagino: tenemos dos prefectos (chico y chica) por casa y curso a partir de quinto, a los prefectos de séptimo se les llama delegados, y aparte están los premios anuales (sólo hay dos), que son los que los organizan a todos, que pueden haber sido o no prefectos. Espero que esto os aclare un poco mis visión del tema.

Por otro lado, he pensado en crear una especie de página dedicada al fic para subir el cast alternativo, las fotos de los personajes, si algún fan art me inspira en alguna escena concreta poder ponerlo... esas cosas. Mi única duda es si hacerlo en livejournal o en facebook, así que he pensado en que me digáis qué os parece mejor y es más cómodo o si tenéis alguna otra sugerencia, a mí me cuesta el mismo trabajo. Tenéis una semana desde que suba el capítulo, en el siguiente ya os pondré la dirección :)

Bueno, ya no os doy más la lata, espero que os guste el capítulo y recordad que un comentario siempre me pone una sonrisa en la cara :)


Era la mañana del uno de septiembre. Se habían levantado temprano para ir con tiempo a la estación, eran muchos y ese año irían por medios no mágicos, lo cual representaba el doble de esfuerzo.

Llegaron a la estación con una media hora de antelación. Muchos de sus compañeros ya andaban por allí. Las familias más previsoras preferían llegar con tiempo y no esperar al último minuto.

Harry echó un vistazo distraído por el andén. No buscaba a nadie en especial, pero sus ojos se fijaron en una pareja, que, cogidos de la mano, se dedicaban miradas embobadas, y casi parecían brillar. Sonrió, un poco triste. El curso anterior creyó estar enamorado de ella. Recompuso la sonrisa mientras se acercaba a ellos.

—Cedric, Cho.

—¡Harry! —La chica se acercó, abrazándolo con fuerza, después, aún sujetándolo por los hombros, lo miró de arriba a abajo—. ¡Estas guapisimo y muy moreno!

—¿Debo ponerme celoso?

—Claro, todas las chicas del mundo me preferirían antes que a ti, Diggory, ¡todas las ciegas!.

Los tres rieron divertidos, mientras Cedric saludaba a Harry dándole la mano de forma efusiva.

Hablaron sobre lo que habían hecho durante el verano, la típica charla insustancial que se daba cada inicio de curso.

—Cho, ¿te importa si te robo a Cedric cinco minutos?
—Si sólo son cinco minutos...
—Gracias —Harry sujetó al atónito muchacho, llevándoselo de allí antes de que la chica cambiase de opinión.
—¿Qué ocurre, Harry?
—¿Recuerdas el premio del torneo? ¿Los mil galeones? Me dijiste que los usase en lo que me pareciese, voy a enseñarte de lo que somos socios.

Ambos llegaron donde estaban los Weasley, que intercambiaron saludos y cortesías variadas antes de que pudiesen sacar a los gemelos de allí.

—Bueno chicos, contadle a Cedric en qué estáis empleando nuestro dinero.

Los gemelos empezaron a explicarle al estupefacto Hufflepuff sus planes, ante la atenta y divertida mirada de Harry. En cierto momento, Diggory los interrumpió, haciéndoles una observación bastante aguda sobre los efectos secundarios de cierta planta que podrían ser paliados si se sustituían por otra de similares características. Después de todo, el muchacho iba a ser medimago, y para ello hacía falta ser muy inteligente y tener muy altas calificaciones en diversas materias.

—Vaya Cedric, aunque a veces parezcas un vampiro mariquita, me alegro de tenerte a bordo —comentó George, admirado ante sus conocimientos.
—Cierto. Nos alegramos de que estés en esto con nosotros. Te iremos escribiendo las novedades. O lo hará Harry —Fred le palmeó el hombro con entusiasmo, lo que, unido al anterior comentario de su hermano, provocó una sonora carcajada en el muchacho.
—Bueno chicos, debo irme, Cho me espera y no nos queda mucho tiempo para despedirnos. Mantenedme informado.

Los tres muchachos lo miraron correr para reencontrarse con su novia. Mantenían una mirada extrañada de sano escepticismo.
—¿No os da la sensación de que cuando habla de ella brilla? —La burla de Fred quedó un poco amortiguada por algo que se aproximaba a la envidia.

—¿Por qué compararlo con un vampiro? —La curiosidad de Harry pudo más que su prudencia.

—Inspiración, supongo. No lo he pensado demasiado. Quizás porque es paliducho y delgado —El gemelo se encogió de hombros, y la llegada del resto hizo que empezasen a subir baúles al tren y a despedirse de los adultos que no los acompañarían a Hogwarts, olvidándose de Cedric por completo.

Comenzaron el viaje todos juntos, pero pronto Ron y Hermione debieron ir al vagón de prefectos para empezar a ayudar a sus nuevos compañeros en sus funciones. Se cambiaron, y con las chapas relucientes bien visibles en el pecho fueron hacia el vagón de cabeza donde estaba el resto.

Hermione llamó con los nudillos, la puerta se abrió y la cara amable de Padma Patil apareció para darles la bienvenida.

—Ron, Hermione —Su voz sonaba genuinamente alegre, después de ir juntos al baile el año anterior, entre ella y el pelirrojo había quedado una cordial amistad. Se volvió a mirar con más detenimiento al chico—. Debo confesar que me sorprende que seas tú el prefecto, pero no es una sorpresa desagradable. El verano te ha sentado bien.

—Cuidado Patil —dijo una voz inconfundible detrás de Hermione—. No reveles tus cartas demasiado pronto, mantén el misterio, eso le gusta a los chicos —La mano de Draco se posó en el hombro de la Gryffindor como por descuido, pero sus dedos largos y finos la apretaron de manera casi imperceptible. La muchacha hindú le dio un golpecito en el hombro a Malfoy y se marchó con una risita divertida.

—Así que prefecto, Weasley.
—Así es, Malfoy. ¿Algún problema?
—En absoluto. Me gusta tenerte aquí, te prefiero con mucho a la alternativa —Draco sonrió ampliamente—. Ahora, para mi registro particular... ¿Cuántas propuestas de camino al vagón?

Ron observó con disimulo a la chica que los miraba a ambos con cara anonadada, sus orejas se pusieron de color rojo encendido y levantó tímidamente una mano.
—¿Sólo cinco? Muy mal Weasley, muy mal —Draco sacudía la cabeza fingiendo enfado mientras sujetaba firmemente a Hermione por los hombros, para evitar que ésta lo matase—. Por cierto, ¿conocéis a Greengrass, mi compañera prefecta? —comentó señalando como por descuido a una muchacha rubia que hablaba con Ernie MacMillan, el prefecto de Hufflepuff.
—¿Greengrass? Pensé que sería Parkinson —Hermione miró a Ron, que asintió, y entonces ambos volvieron su atención hacia el Slytherin.
—Bueno —carraspeó Draco, fingiendo indiferencia—. Pansy dejó claro a finales de año, en una reunión con Snape, que no compartiría prefectura con un, veamos cómo lo llamó... —Se puso una mano en la barbilla como haciendo memoria—. ¡Ah, sí! Asqueroso traidor amigo de sangres sucias.

—¿Eso dijo?—preguntó Ron con furia.
—Ya conocéis a Pansy, es todo elegancia.
—¿Qué respondiste tú?
—Que prefería una hora con una amiga como Hermione que un año siendo un prefecto de mierda con una arpía como ella. Que nombrasen a Blaise en mi lugar, que seguro que estaría encantado. Hubieses estado orgullosísimo de mí, Weasel. Aunque lo dije tranquilo, parecía todo un Gryffindor cabeza hueca.

Ron se lo quedó mirando, obviando los dos insultos seguidos que le había dirigido. Alguien que defendía así a Hermione, aunque fuese Malfoy, merecía todo su reconocimiento, así que extendió la mano y se la ofreció a Draco, que la contempló con una ceja alzada.
Hermione lo empujó suavemente con la cadera, sabía lo orgulloso que era Ron y cuánto le había costado hacer aquel gesto.

Los chicos se apretaron las manos, firmando con ese gesto una tregua.
—Bueno, si todos habéis terminado de llorar viendo como Weasley y Draco se demuestran amor, tengo aqui vuestros horarios —comentó con sorna evidente una voz desde el final del vagón. Allí de pie se encontraba un chico alto, con el pelo de color negro. Su piel era aceitunada y sus rasgos exoticos anunciaban a gritos que no era totalmente inglés, lo cual se confirmaba en cuanto oías su acento—. Para los que no me conocéis, mi nombre es Angelo Alexandretti, Premio Anual y Delegado de Slytherin junto a la encantadora Skie Hidden —Señaló a una chica sentada a su lado—. Seremos vuestros responsables este año. Nosotros organizaremos los turnos, las rondas y el resto de las obligaciones. Si tenéis algún problema dirigíos a los Delegados de vuestras propias casas, ellos hablarán con Skie y conmigo y entre todos solucionaremos el problema. Pero por favor, no me asaltéis por los pasillos, no llevo bien el acoso.

—Lo que Angelo intenta decir de manera tan poco apropiada —continuó Skie— es que uséis los canales de comunicación apropiados, llevan años funcionando. Si tuviésemos que atender vuestras peticiones individualmente nos volveríamos locos. Hay muchas dudas que pueden ser resueltas por los propios Delegados. ¿Alguna pregunta?

Todos negaron, pasando a recoger sus horarios por la mesa donde estaban los los Premios Anuales, que los iban repartiendo por orden alfabético. Cuando le tocó el turno a Ron, todos habían terminado y estaban tomando algo junto a la mesa con bebidas, o hablando con los compañeros de lo que habían hecho en verano. Suspiró, dirigiéndose a la mesa. La mayoría de los encargados también se habían dispersado.

—Vete, Angelo, yo me encargo de Weasley.
—Como quieras, bellezza. Pero deberías tener cuidado, ya sabes que el pelo rojo se te atraganta.
—Piérdete, Alexandretti.
—A tus ordenes, principessa —El slytherin se alejó con una sonrisa irónica, no sin antes hacer una pequeña reverencia ante la chica, que la ignoró con majestuosidad.

Ron los miraba sin entender nada de lo que ocurria. Nunca se le había dado bien tratar con las chicas, exceptuando a Ginny y Hermione (a veces ni con ellas), y que Skie fuese una de las chicas más guapas del colegio no ayudaba. La combinación de piel pálida y pelo castaño oscuro siempre le había atraído, y que su cuerpo estuviese lleno de curvas generosas tampoco le molestaba, claro. Sacudió un poco la cabeza, eliminando tales pensamientos, e intentando concentrarse, a ver si conseguía evitar hacer aún más el ridículo.

Skie miró al desconcertado muchacho que tenía ante sí, sintiendo un poco de lástima por lo que iba a hacer, pero una deuda era una deuda y los gemelos eran muy pesados con el tema. Había conseguido esquivarlos durante gran parte del verano, pero hacía cosa de un mes la habían acorralado, y no tuvo manera de escapar.

—Nos debes dos favores, Skie —George la tenía acorralada contra una pared de una callejuela que iba desde el callejón Diagón al Knockturn.
—Y de los gordos —acotó Fred.
—Sé perfectamente el tipo de favores que os debo. No hace falta que os pongáis así de plastas. ¿Qué queréis?
—Han nombrado prefecto a nuestro hermanito.
—Y queremos que se lo pongas fácil.
—¿Cómo? ¿Habéis liado toda esta pantomima para pedirme algo que hubiese hecho por vosotros con sólo decirlo?
Los gemelos se miraron, sonriendo.
—¡SÍ!
—Sois idiotas.
— Ayúdale, Skie. Por favor.
—Sé su amiga. A veces, Ronnie es... Bueno, es Ronnie.
—Vale ya, gallinas cluecas, prometo echarle un vistazo a vuestro hermanito.
Los gemelos parecían sinceramente aliviados, y al ver sus caras la chica se dio cuenta de que, en cada curso escolar, su hermano pequeño había estado más cerca de la muerte. Quizás tenían razón al pedirle que lo vigilase.
—¿Cancelaré así mi deuda? —Después de todo, era una verdadera Slytherin.
—Una de las partes, Hidden.
—Y una cerveza de mantequilla en el Caldero Chorreante.
—Bueno, menos da una piedra —La muchacha pasó un brazo por cada gemelo y los tres se fueron a tomar algo.

Y allí estaba ahora, frente al varón más pequeño del clan Weasley, sin saber cómo empezar a hablar con él ¿Cómo ganarse la confianza de Ron? Empezó por acercarse a él en lugar de alargarle el papel. Con una sonrisa, le fue explicando los turnos, las rondas. Qué significaba cada letra y cada color. Intentó ser lo menos amenazante posible, sabía que a veces su carácter era demasiado fuerte y eso intimidaba a los chicos. Medir un metro setenta y dos centímetros tampoco ayudaba, pero con Ron eso no era problema, el chico era por lo menos seis o siete centímetros más alto que ella, y se notaba que aún no había terminado de crecer.

Ron se fue relajando, incluso hizo un par de preguntas que sorprendieron a Skie por su agudeza e ingenio. Era un chico listo, mucho más de lo que sus hermanos habían dado a entender, y se dio cuenta de que estando en su compañía durante un rato había dejado de pensar en Riva.


Harry estaba en el vagón, riendo sin parar con las ocurrencias de la nueva amiga que Ginny les había presentado a él y a Neville, que se les había unido en el vagón: Luna Lovegood. Lo primero que le había preguntado al verle era que si su color de piel se debía al picotazo de un duende con un nombre impronunciable. Cuando Harry le explicó amablemente que era bronceado, ella sólo sonrió y asintió, diciendo que esa era su segunda opción. Era muy simpática y algo excéntrica, pero ¿quién era él para juzgar?

Ron y Hermione llegaron después de que pasase el carrito con las golosinas, y entre bocados fueron contando todo lo que había pasado en la reunión.

—Pensaba que Gawyn McLogan era el prefecto de Slytherin —dijo Ginny, sorprendida.

—Desapareció a finales del año pasado —La voz de Luna surgió de detrás de la revista—. Nadie ha vuelto a verlo desde entonces.

—Es cierto —Hermione cogió otra empanadilla dulce con delicadeza—. Draco me estuvo contando la historia en la reunión. Por eso nombraron a Angelo y a Skie Premios Anuales, se ve que el año pasado pasó algo gordo con Gawyn y ellos dos ayudaron a evitar que fuese aún peor de lo que fue.

Todos se quedaron pensando en lo que la muchacha acababa de contarles, hasta que la voz de Harry interrumpió sus pensamientos.

—Así que "Draco" te lo ha contado —La malicia en su voz era tan notoria como la diversión—. ¿Para cuando haréis público vuestro noviazgo?
—Lo estamos reservando para cuando Ron y tú anunciéis el vuestro —Hermione se había cruzado de brazos y lo miraba, molesta, apoyada en una de las paredes del vagón junto a la puerta.

El pelirrojo escupió la rana de chocolate que tenía a medio comer cuando escuchó a su amiga decir aquello, y la miró, dolido.
—¡Eh! Que yo no he dicho nada.
—Tienes razón, Ron, lo siento. Es que tu amigo me saca de mis casillas con sus estupideces.
—Vamos, Hermione, no te pongas así —Harry se acercó a ella, conciliador—. Sólo era una broma. Ya sabes que Malfoy saca lo peor de mí.
—Es mi amigo, Harry.
—Lo sé —Había llegado a su lado—. Pero siempre hemos sido nosotros tres, y no llevo bien compartirte —Su voz se había tornado mucho más amigable cuando se inclinó para darle un beso en la mejilla.

La puerta se abrió, sorprendiéndolos en esa postura tan fácilmente malinterpretable.
—¿Tu madre no te enseñó a llamar a la puerta, Malfoy? —La voz de Harry se había tornado dura al decir la frase, sin dejar de mirar a Hermione a los ojos.
—¿Algo que ocultar, Potter? —La mano de Draco se cerró alrededor de la muñeca de Hermione mientras su voz destilaba veneno—. Venía a por Granger y Weasley para la ronda.

—¿Ahora vuelve a ser Granger?—Harry se estaba divirtiendo con todo aquello.

—¿Queréis dejar de portaros como un par de gilipollas? —Hermione se deshizo del agarre con un manotazo, y cogiendo a Ron de la mano salió por la puerta del vagón, diciendo maldiciones en tres idomas diferentes.

—¿Podemos hablar un momento, Potter? —Su mirada seguía fija en la espalda de la chica que se alejaba por el pasillo a grandes zancadas, seguida por el pelirrojo.
—Creo que será lo mejor, Malfoy.

Salieron al pasillo, cerrando la puerta tras de ellos, y se quedaron mirándose. Hacía muchos años que no estaban a solas. Eran prácticamente igual de altos, con una complexión parecida, frente a frente. El pelo de uno tan negro como rubio era el del otro, verde contra gris en un duelo de miradas. Demasiados reproches, demasiado orgullo, demasiado críos aún para saber que en el fondo eran muy parecidos.

—Quizás por su bien —empezó a decir Harry.
—No amigos, claro.
—Claro —se apresuró a estar de acuerdo el moreno.
—Podríamos ser cordiales.
—Creo que eso podría conseguirlo.
—Somos caballeros —Una sonrisa casi asomó a los labios de Draco al decirlo.
—Somos ingleses.
—Por Hermione.
—Porque ambos la queremos.
—¿Lo admites?
—Tengo ojos.
—Y gafas.
—No empieces.
—Viejas costumbres, Potter —El rubio lo miró evaluandolo y una sonrisa socarrona asomó a sus labios—. Por cierto, bonito bronceado.
—Muchas gracias —Por mucho que intentó contenerse no pudo evitar sonreírle de vuelta. Aquel capullo tenía gracia cuando quería.

Ambos se dieron la mano para sellar el trato. Harry volvió al vagón, mientras Draco se apresuraba, intentando alcanzar a una enfurecida Hermione.

Logró alcanzarlos tres vagones más adelante, y sólo gracias a que la chica les estaba echando la bronca a unos niños de primero por hacer demasiado ruido. No era propio de Hermione ser tan brusca con los pequeños. En ese momento vio acercarse por el pasillo a Daphne, y, dándole las gracias a Morgana, se acercó a Hermione y la cogió fuertemente de los hombros.

—Acompáñame, Granger. Greengrass y Weasley se harán cargo de esto. Tenemos que hablar.
—¡Déjame! —empezó a protestar ella, peleando ante el agarre.
—¿Este es el ejemplo que das a los pequeños? ¿Peleas injustificadas y abuso de autoridad porque estás enfadada? Tu cabreo es conmigo. Vayamos a un sitio más tranquilo y así podrás pagarla con el responsable, no con una panda de enanos que apenas si te llegan a la cintura. Muy valiente, muy Gryffindor —Ella acusó el golpe de sus palabras al instante, quedándose quieta y dejándose guiar. Llegaron a un vagón vacío y polvoriento, donde se almacenaban cosas de limpieza. Malfoy abrió la puerta, la hizo entrar y después la cerró con un hechizo. Se la quedó mirando en la penumbra, y no pasaron ni dos segundos antes de que la tuviese contra la puerta, besándola con desesperación.

—¡Por Merlín! Minue —Sus labios hicieron el camino desde su boca a su oído deteniéndose en su barbilla—. Desde el otro día en ese maldito callejón no puedo pensar en otra cosa que no seas tú —Su boca insaciable la devoraba entre susurros, y aunque una parte de Hermione quería parar y hablar, la otra hacía que sus dedos se enroscasen en su pelo, atrayéndolo hacia ella.

—Espera.
—Por Circe, no me hagas esto ahora o me moriré —La voz sollozante de Draco hizo que ella lo mirase mal por un momento.
—Tenemos que cambiarnos, Draco. Te prometo que mañana por la tarde me tendrás para ti solo. De verdad.

—Aún me debes una recompensa por la falta de cartas en verano. Quizás me la cobre entonces —respondió él, recobrando el aplomo mientras se acomodaba la ropa y volvía a peinarse—. ¿Por qué siempre me despeinas tanto?

—Me gusta el tacto de tu pelo —empezó a decir mientras se metía la camiseta dentro de los vaqueros—. Sentir cómo se desliza entre mis dedos... —Su voz bajó un poco, haciéndose más vibrante, mientras su respiración se tornaba más pesada y profunda—. Su suavidad. Es como seda...

Él la observaba, con la boca repentinamente seca. Se acercó a ella y, volviendo a sacarle la camiseta de dentro de los vaqueros, le pasó una mano lentamente por la espalda.
—¡Draco! Tengo que irme.
—La próxima vez, piénsatelo antes de describirme con detalles cómo le haces el amor a mi pelo.

Consiguió retenerla cinco minutos más de suspiros y besos dulces, pero al final tuvieron que separarse, no sin antes prometerse que volverían a verse esa misma noche, cuando todos se hubiesen ido a la cama. Aunque Hermione intentó que quedasen al día siguiente, el muchacho se mostró inflexible, o iba a verlo esa noche o él mismo buscaría la manera de colarse en la torre de Gryffindor para buscarla.

Harry bajó del tren junto con Luna, Neville y Ginny. Tuvieron que llevar entre los cuatro el equipaje de Ron y Hermione, que debían vigilar que los más pequeños subiesen a los botes. Mentalmente, se fue haciendo a la idea de lo que venía, pero nunca era fácil para él enfrentarse a los thestrals. Desde la primera vez que los vio, en su segundo año en el colegio, el momento de coger los carruajes era el más duro para él. Le recordaba por qué era capaz de ver a las criaturas cuando otros no podían, la charla que había tenido con su madre, cuando Lily le explicó que era debido a que James, su padre, había sido asesinado frente a él cuando sólo era un bebé. Tomó aire, dándose valor. Volviendo a recordarse que ser valiente no significa no tener miedo, sino hacerle frente. Y entonces, notó una mano cogiendo la suya.

—Luna también puede verlos —La voz de Ginny le llegó acompañada de su sonrisa, aun a pesar de todo el alboroto que los rodeaba. La pelirroja señaló con la cabeza hacia el otro lado, y allí Lovegood asintió, confirmando sus palabras.

—Son simpáticos, aunque tengan esa pinta tan poco amigable.

Harry sonrió ante las palabras de Luna, saber que ella los veía era en cierto modo algo que los unía. Se abrieron paso a trompicones entre la gente, hasta que consiguieron entrar en un carruaje vacío.

Ron avanzaba entre la multitud, destacando por su altura y color de pelo. Le hicieron señas para que los encontrase. Hermione venía junto a él muy agobiada, buscando a su gato, hasta que se dio cuenta de que Ginny lo llevaba. Subieron todos juntos en el carruaje y fueron hacia el colegio, hablando de lo extraño que era que Hagrid aún no hubiese regresado.

La Ceremonia de Selección y la cena pasaron rápidamente para Hermione. Sólo prestó atención al discurso de Umbridge, notando como la presión sanguínea le subía al oír a aquella arpía. Se apresuró a explicarle a Ron y a Harry lo que había querido decir con toda aquella sarta de imbecilidades. Cuando la cena acabó, acompañaron a los pequeños a la sala común, y aunque se moría por irse a la cama, se encaminó hacia el retrato de la Señora Gorda. No quedaba casi nadie en la sala común, y su insignia de prefecta le daba una cierta libertad para deambular por el colegio fuera de horas sin responder preguntas.

Se movió rápido por los pasillos, haciendo el mínimo ruido posible. Aun teniendo una excusa plausible, prefería que no la pillasen merodeando, así que cuando llegó al despacho que usaban para estudiar, entró rápidamente, cerró la puerta, y se apoyó contra la madera, respirando agitadamente.

Notó más que oyó cómo Draco se cernía sobre ella, rodeándola con sus brazos y apretándola.
—Me encanta tenerte así, Minue. Jadeante y sin aliento entre mis brazos.

—¿Te has divertido mucho llamándome así todo este tiempo? —Ella escondió la cara en su pecho—. Hasta que no vi el emblema de los Black y su "Toujours pur" no me di cuenta —Tomó aire—. ¡Me has estado llamando gatita un año!

Él no lo negó, sólo la abrazó un poco más fuerte, mientras se le escapaba la risa.

—Es un sobrenombre perfecto para ti, Minue. Y nunca intenté ocultarlo. Tenías todas las pistas justo delante de las narices.

—Muy bien, te concedo eso. Yo seré Minue. Después de todo, ya me he acostumbrado a que me llames así —concedió ella, magnánima—. Siempre y cuando tú seas Sionnach. — ¿Qué significa?

—Yo tardé un año en descubrirlo. Investiga, Malfoy, investiga —Aunque apenas había luz en la habitación, Draco pudo ver su sonrisa brillar en la penumbra. Sin poder ni querer resistirse más, se sentó en uno de los sofás que había en la habitación, y tiró de su mano, acercándola.

—Seguro que tardo menos que tú en descubrirlo.

—Yo no lo intentaba, pero acepto la apuesta. Si aciertas lo que significa antes de fin de curso...

—Me darás un día completo para mí. Sin clases, sin Potter, sin Weasley y sin estudios. Mis planes, mis reglas.

—Está bien —accedió ella tras pensarlo un momento, terminando de acercársele y sentándose en su regazo—. Tú ganas, Sionnach.

La primera semana de clase empezó mucho más fuerte de lo esperado, los profesores no dejaban de advertirles sobre la importancia de los TIMOS y el número de tareas no paraba de aumentar. Así que Draco y Hermione pasaban cada hora libre estudiando, tratando de ponerse al día, lo cual no era fácil, pues además de los deberes tenían sus obligaciones como prefectos. Y no sólo era eso, las murmuraciones acerca de Harry, el castigo que se había ganado por enfrentarse a Umbridge, la prueba de quidditch del viernes y la cantidad ingente de gorros de lana que tejía para los elfos estaban acabando con la salud de Hermione.

La tarde caía sobre Escocia, debían llevar unas cuatro horas encerrados entre pergaminos y libros, cuando Draco decidió que era suficiente.

—¿Qué ocurre? —Se levantó de la silla, se colocó tras ella y empezó a masajear su cuello—. Pareces agotada. No me gusta verte así.

—No sé si puedo hablar de esto contigo —Había cerrado los ojos, recostándose en la silla.

—Puedes hablar conmigo de lo que quieras, Minue.

—Harry lo está pasando mal por toda la basura que el profeta está diciendo de él.

—Algo he leído.

—El Ministerio se niega a reconocer que Quien-tú-ya-sabes ha vuelto... por eso nos han colocado a la sapo en el colegio.

—También he oído la que montasteis Potter, Weasley y tú en clase de Umbridge. Deberíais tener más cuidado.

Ella se giró a medias en la silla, mirándolo a los ojos, y la pregunta que desde finales del curso pasado había estado flotando entre ellos salió a relucir.

—¿De parte de quién estás tú, Draco?

—No es tan sencillo, Hermione —Bajó la mirada, incapaz de enfrentarla. No sabía cómo responder a eso. Una cosa era ser amigos en el colegio y otra, el mundo real. Las cosas eran mucho más complejas de lo que parecían a simple vista, había muchos más intereses de los que ella, con su idealismo, podría llegar a entender nunca.

—En realidad, sí lo es. Pronto tendrás que tomar una decisión. O algún día te encontrarás tras una máscara, apuntándome con una varita.

Sintió el golpe casi como algo físico. No porque fuese mentira, al contrario, por la verdad que sus palabras encerraban. Veía día a día cómo Blaise, Pansy, Crabbe y Goyle iban cambiando, transformándose en aquello a lo que él y Nott se negaban a ser. Como el plan que habían montado para amargarle el entrenamiento a Weasley esa misma tarde. Intentaba mantenerse neutral, pero veía como Slytherin se dividía, en parte por su culpa, en dos grupos: los neutrales y los partidarios. Y él ya no podía estar con el Lord.

La chica se levantó y comenzó a recoger sus cosas, metiéndolas en la mochila de cualquier manera.

—Hermione, espera, no lo entiendes...

—¿QUÉ ES LO QUE NO ENTIENDO? —Draco retrocedió un paso, era la primera vez que la veía tan alterada en mucho tiempo—. ¡Explícamelo! Tú que tienes todas las respuestas —Había empezado a llorar, y se acercaba a él amenazándolo con un dedo—. Da igual cuánto me esfuerce, lo lista que sea, las notas que saque, para los de tu clase nunca seré mejor que un trozo de mierda pegada en vuestros lujosos zapatos. ¿Sabes lo que tengo que sacrificar para estar aquí? Apenas veo a mis padres, me mato a estudiar para aprender lo que vosotros sabéis desde la cuna. ¡Pero nunca seré más que una maldita sangre sucia! —Había resbalado hasta el suelo y se habia quedado allí sentada, con la cara entre las manos y convulsionada por violentos sollozos. Draco sintió cómo su corazón se partía al verla así, pues sabía que en gran medida él era uno de los que con su estupidez había contribuido a que se sintiese de ese modo.

Se aproximó lentamente, como quien se acerca a un animal furioso y asustado. Ella lo rechazó un par de veces, dándole fuertes manotazos, pero al final dejó que la abrazase.

—Vamos, Minue, sabes que ya no pienso así —La abrazaba por la espalda, dándole pequeños besos en el alborotado cabello—. Me educaron para ser un gilipollas, dame un poco de crédito por superarlo.

—Aún tienes miedo, Draco.

—Claro que tengo miedo. Los conozco, no juegan limpio. Doy gracias a que con mi padre encerrado y mi madre en el continente estoy fuera de su radar, pero estoy acojonado de que llegue el día en que se acuerden de mí, porque no sé si tendré opción a negarme.

—Siempre hay opción —Su voz fue apenas un murmullo en la creciente oscuridad que los envolvía.

—Eso es muy Gryffindor, Minue. Muy equivocado, muy estúpido y muy Gryffindor.

Se quedaron allí, abrazados, mirando cómo el sol descendía entre las montañas, como una perfecta metáfora de sus días juntos.