El día había amanecido soleado, uno de esos pocos días que debían de quedar antes de que Escocia los hundiese de lleno en las lluvias a las que los tenía acostumbrados en esas fechas. Era domingo, así que, aunque Harry tenía una montaña de deberes por hacer, pensó que seguro que podía robar un par de horas para salir a volar. Necesitaba descargar un poco de energía después de la semana de mierda que llevaba. La mano aún le ardía por el castigo de Umbridge, a pesar de la insistencia de Ron y Hermione se había negado a irle con el cuento a su madre. Ella tenía cosas más importantes de las que ocuparse.

Bajó a desayunar al gran comedor con sus amigos. Se sentó en la mesa de Gryffindor y, como cada día desde que habían vuelto al colegio, Ginny le acercó un vaso de zumo de forma casual; y, como cada día, ocultando una sonrisa, bebió.

Sabía que no era ningún filtro amoroso, pues no había desarrollado ninguna obsesión insana por la pequeña de los Weasley, no se sentía diferente, además de que el zumo estaba buenisimo, pero su curiosidad pudo más. Así que, cuando terminaron de desayunar, aprovechó que Hermione se marchaba a estudiar con Draco y Ron se iba a la biblioteca refunfuñando algo de amigas traidoras que no dejan copiar, para arrinconar a la pelirroja.

—Confiesa, Ginevra. —La tenía atrapada contra una pared. Con los brazos a ambos lados de la cabeza y ligeramente inclinado sobre ella para que pudiese oírlo a pesar de hablar apenas en murmullos.

—No me intimidas, Potter. Tengo seis hermanos mayores, los gemelos entre ellos. —A pesar de la brabuconada, Harry pudo ver cómo se ponía nerviosa.

—Sólo quiero saber qué me pones cada mañana en el zumo, Weasley —continuó, empezando a alejarse, pero la mano de ella lo cogió por el jersey, manteniéndolo en su lugar.

—¿Qué crees que es? —Sus narices se rozaban y Harry podía notar el dulce aliento de la muchacha.

"Es la hermana pequeña de tu mejor amigo y sólo tiene catorce años."

—No es un filtro amoroso.

—¿Cómo estás tan seguro? —Ella sonreía, divertida.

—Estamos aquí, hablando, en lugar de metidos en un armario escobero.

"Quizás sí que hubiese algo de poción en mi zumo, ahora mismo me muero de ganas de meterla en un escobero y comérmela a besos."

—Cuéntame sobre esos armarios. —Seguía sonriendo... ¿Por qué seguía sonriendo así? Las chicas de catorce años no deberían sonreír de esa manera, no cuando son las hermanas pequeñas de tu mejor amigo y eso está empezando a darte igual.

—Nunca he estado en ninguno. —"Muy bien, Harry, mantén la calma como si hablases del tiempo"—. Pero me han comentado que son sitios muy frecuentados por las parejitas de Hogwarts.

—¿Sí? —Ginny abrió muchísimo los ojos, fingiendo inocencia—. ¿Y qué podrían ir a hacer allí?

"Merlín, ayúdame."

—He oído rumores. —Su tono se volvió conspirador.

—Interesante. —Ginny se apoyó cómodamente contra la pared y se puso una mano bajo la barbilla—. Tengo una idea. ¿Te animas a un experimento a lo Ravenclaw, Harry?

—Explícate.

—Ninguno de los dos ha estado nunca en uno de esos famosos armarios, vayamos a uno, entremos, y descubramos qué es lo que los hace tan especiales. —El tono desenfadado de la muchacha casi lo engañó. Casi. Pero era la ocasión perfecta para divertirse un poco. Le gustaba la nueva Ginny y quería saber hasta dónde era capaz de llevar la "broma" antes de pararle los pies. O eso se repetía a sí mismo, que era la única razón por la que quería hacer aquello.

—Me parece una idea estupenda. Ahora mismo me apetece muchísimo ver un armario por dentro.

Encontraron uno un poco más abajo en ese mismo pasillo, esperaron a que no pasase nadie y se metieron dentro. Era bastante estrecho, no demasiado cómodo, y más si intentabas no rozarte demasiado con la otra persona.

—Quizás si nos acercamos un poco. —Apenas podía ver a Ginny en la oscuridad, pero su voz le llegó nerviosa, al tiempo que sus manos se aferraban a su jersey.

—Claro. —Le costaba tragar. Debería ponerle fin a aquello. Iba a ponerle fin a aquello. Solo necesitaba un par de minutos más.

La puerta se abrió, deslumbrándolos por completo.

—Estoy seguro de que hay una razón perfectamente válida para que vosotros dos estéis encerrados aquí. —Ron sonaba más divertido que enfadado, y eso fue un alivio para todos—. Pero entenderéis que es mi deber como prefecto y hermano advertiros de que os dejeis de tonterías y salgáis ahora mismo.

—¿Tu deber? Venga, Ronnie, no me hagas reír. Soy tu hermana, a mí no me engañas.

—Vale, me aburría en la biblioteca —confesó el pelirrojo—. Por eso he vuelto a buscaros y os he visto meteros aquí.

—Eso ya me suena más creíble. ¿Puedes darnos diez minutos más a Harry y a mí?

—Que sean cinco —respondió, cerrando la puerta—. Y nada de besos —les llegó su voz amortiguada por la madera.

Ambos rieron, azorados.

—Bueno, Potter, ¿ya has averiguado qué es lo que pongo en tu bebida? —La muchacha conjuró un Lumos y se quedó mirándolo, con una sonrisa.

—La verdad es que no lo sé. —Se separó de ella un poco, intentando recuperar el aire que había abandonado sus pulmones.

—Es una tontería. Me da un poco de vergüenza decírtelo. —Harry alzó una ceja animándola a continuar, sonriendo al ver cómo se ruborizaba—. Ayuda a mantener tu... bueno, tu... —La mano de la chica se posó sobre su mejilla, acariciando, distraída, su piel.

—¿El bronceado? ¿Todo esto es para que no se me vaya el bronceado? —Harry empezó a reír sin querer ni poder evitarlo.

—¿Sabes lo difícil que es para una pelirroja tener ese tono de piel?

—Sí, mi madre es pelirroja, lo he heredado —Le recordó él, dejando de reír.

Se quedaron mirándose.

—Acéptalo, Gin. En un par de semanas volveré a estar paliducho, con poción o sin ella. —Harry abrió la puerta, cediéndole el paso con caballerosidad—. Pero tengo una idea. Conociendote, habrás comprado como para un año. Así que haremos lo siguiente: ambos la tomaremos, y cuando empiece a hacer buen tiempo iremos juntos a entrenar al exterior. De esa manera venceremos los genes pelirrojos. ¿Trato hecho? —Harry extendió la mano, con una amplia sonrisa.

—Trato hecho —contestó ella, dándole la mano con energía.

Pasaron el resto de la mañana haciendo trabajos en la biblioteca, pese a los continuos bufidos de Ron. Harry quería salir a volar esa tarde después de comer y sabía que el único modo de sacar tiempo era adelantando algo del trabajo acumulado.

No vieron a Hermione en el Gran Comedor. No era la primera vez que se saltaba alguna comida y, al no ver al Slytherin en su mesa, Harry imaginó que habrían pasado a primera hora y habrían cogido algo fácil de llevar para seguir estudiando en su "guarida", como Ron la llamaba. Vaya par de empollones. Las notas de Draco hasta el año pasado habían sido como las suyas, mejores en unas asignaturas, mediocres en otras, pero desde que él y Hermione se habían hecho amigos, la influencia de la chica se había dejado notar, y ahora el Slytherin tenía casi tan buenas notas como su amiga.

Miraba por la ventana, distraído; el exterior parecía llamarlo, hacía demasiado buen día como para ignorarlo.

—¿No es esa Hermione? —La voz preocupada de Ginny se coló entre sus planes de huida, y giró la cabeza justo para ver cómo su amiga se dirigía hacia ellos con cara preocupada, acompañada de Malfoy, que no parecía estar mucho más contento.

En apenas un minuto llegaron a donde se encontraban reunidos.

—¿Estás bien, Hermione? —Ron miraba al rubio con ira mal disimulada.

—Yo estoy bien, cuéntales lo que me has dicho.

—Se te han olvidado las palabras mágicas, no soy un elfo doméstico, a los que tratarías con más cortesía.

—Draco, por favor, repíteles lo que me has contado —El tono cansado de la chica dejaba poco lugar para las bromas.

—Muy bien —Hizo una pausa dramática—Nos han comunicado que se nos va a unir una nueva alumna a la casa de las serpientes. Viene trasladada desde Alaska.

Hermione clavó su mirada en Harry, y este tragó saliva. No podía ser, era demasiada coincidencia, y, sobre todo, ella era muggle. Claro que, para Natalie, el propio Harry era un chico normal y corriente, no vas por ahí confesando que eres un mago a la primera de cambio.

—Continúa, por favor, Draco. —La voz de la muchacha era apenas un susurro compungido.

—Ah, sí. Su nombre es Natalie, Natalie Mattews.

Sintió cómo la sangre abandonaba su cara. Era su nombre. Tenía que ser ella. ¿Natalie en Hogwarts? ¿En Slytherin? Tuvo que apoyarse contra el muro para no caerse. Cerró los ojos, tomando aire profundamente, y fue entonces cuando empezó a oír las carcajadas.

Abrió los ojos de golpe. A la primera que vio fue a Hermione, que se tapaba la boca con las dos manos, intentando tapar sin éxito las carcajadas, mientras buscaba apoyo en el brazo de Malfoy, que lo miraba todo con irónico interés; los hermanos Weasley estaban a un paso de caerse al suelo y rodar de la risa.

—Sois unos cabrones —dijo el moreno, volviendo a recuperar el color poco a poco—. Casi me matáis del susto. Hermione, no me esperaba que colaborases en algo así.

—¿Colaborar? ¡Ha sido idea suya! —Ron ayudaba a su hermana a calmarse, dándole suaves palmaditas en la espalda—. Pero hay que reconocer que sin Malfoy no hubiese colado.

El aludido alzó una ceja y aumentó su sonrisa, haciendo su petulancia aún más patente.

—Malfoy, has estado genial, choca esos cinco. —La pequeña de los Weasley se acercó al rubio con la mano en alto, y por un momento pareció que se iba a quedar sola en el gesto.

—¡Por Circe! Ver la cara de Potter ha merecido la pena, venga esos cinco, pelirroja. —Ginny saltó, y chocaron las manos sin dejar de reír.

—Bueno, panda de malos amigos —hizo una pausa, aún sonriendo— y Malfoy. —Le dedicó una inclinación de cabeza educada, que el otro devolvió—. ¿Quién se viene al campo de quidditch a pagar por esta ofensa? Podemos hacer dos equipos.

—¿Te animas, Sly? Vamos, ayúdame a patearles el culo a estos inútiles. —Ginny le sonreía, animándolo.

—No pueden. —La voz de Hermione sonó tajante.

—¿CÓMO? —Una cabeza rubia y una pelirroja se volvieron a mirarla.

—Angelo ha convocado una reunión extraordinaria, tenemos que ir —explicó ella, despacio, como si hablase con niños.

Los chicos se miraron, desolados; hacía un día genial, probablemente el último, y no tenían ganas de pasarlo encerrados en una reunión escuchando a los delegados decir estupideces, era tan injusto. De pronto, algo brilló a la vez en los ojos grises y en los azules, como si hubiesen compartido una idea.

—Podríamos pelearnos. —Ron sonreía ante la idea.

—Nada exagerado. —Draco asintió, masajeándose la barbilla.

—Sólo una pequeña bronca.

—Nos castigarían unos cuantos viernes.

—Pero valdría la pena. —Ron miró por la ventana al decir la última frase, dejando escapar un suspiro soñador.

Ambos sonreían satisfechos, y empezaron a echar manos a sus varitas.

—Os estoy escuchando, tarados. —Hermione se puso de puntillas, agarrando a cada uno de una oreja—. Iréis a esa reunión, y no quiero oír más estupideces de peleas, ¿me habéis entendido?

—Sí —contestaron los dos mirando al suelo.

—Pues vamos, andando.

Se marcharon por el pasillo. Hermione bastante enfadada, seguida por los dos chicos, cabizbajos.

—¿Entiendes ahora por qué no quería ser prefecto?

—Totalmente.

—¿Una carrera, Weasley? —preguntó Harry, cogiéndola por el cuello y alborotándole el pelo—. Podemos coger prestada la Saeta de tu hermano, no creo que vaya a necesitarla.

—Me parece una plan perfecto, Potter —respondió la muchacha, radiante de felicidad.


Llevaban casi un mes de curso, las clases de la tarde del viernes habían terminado, dando paso a un fin de semana lleno de posibilidades. Draco avanzaba a paso rápido por los terrenos del castillo. A pesar del hechizo repelente del agua y del enorme paraguas, la tormenta lo estaba empezando a calar en algunos puntos. Pero tenía que hablar con Angelo. Las cosas se estaban volviendo cada vez más raras con Hermione y evitar hablar del enorme elefante presente en la habitación no hacía más fácil no tropezar con él a cada paso. Además, la primera salida a Hogsmeade se acercaba, y ella le había pedido que se uniese a su loco club; y aunque debía reconocer que le apetecía mucho, estaba hecho un auténtico lío.

Llegó a las cercanías del campo de quidditch; Angelo estaba apoyado de forma indolente contra uno de los palos que sujetaban los aros de gol, mientras miraba moverse a Skie, sin verla, totalmente perdido en sus propios pensamientos. No entendía aquella costumbre que tenía la principessa de bailar bajo las tormentas, debían de ser costumbres galesas y, bueno, comparadas con algunas de las cosas que hacían sus familiares, no era quién para juzgar.

Se acercó a Angelo con una sonrisa.

—Buenas tardes, Alexandretti. ¿Qué tal el espectáculo?

—Empieza a tornarse repetitivo. Pero sospecho que tú no has venido por eso.

—No. ¿Estás solo? —Malfoy miró alrededor. Desde el ataque sufrido por los premios anuales el verano pasado, algunos Slytherins se turnaban para no dejarlos solos cuando estaban en el exterior.

—Nott y Greengrass están al otro lado del campo. —El italiano señaló a través de la lluvia un par de siluetas borrosas sentadas muy juntas en las gradas, bajo un enorme paraguas.

—¿Daphne? —Draco estaba bastante asombrado de que su compañera prefecta hubiese salido como apoyo. Siempre criticaba a Skie por aquellas "costumbres de Diva" como ella las llamaba, decía que de tanto oírle decir a Alexandretti que era una princesa al final se lo había creído. Una de las veces, la propia aludida, al escucharla, no había podido evitar darle la razón, pero había seguido con sus manías.

—No, la pequeña. Astoria.

—¿Has traído a una cría de tercero como refuerzo?

—Esa cría de tercero podría patearte el culo. Los Greengrass no escatiman en tutores para sus niñas. —Angelo se giró a mirarlo—. ¿Has venido a criticarme o querías algo más?

Draco le contó lo que Hermione planeaba, sus dudas respecto a unirse a ellos ¿De qué serviría luchar ahora con los buenos si el día de mañana los obligaban a unirse al otro bando?

—Yo me uniré a ellos —dijo el premio anual con seguridad—. Y seguro que ella hace lo mismo. Ojalá nosotros hubiésemos estado preparados en su momento. —El muchacho suspiró hondo—. Te aseguro que si llega el día en que tengas que enfrentarte a ellos agradecerás todo lo que Potter haya podido enseñarte, es el único que le ha pateado los cojones al Lord.

—Por mucho que me joda reconocerle nada a cara rajada, eso es cierto.

—Creo que es hora de que la casa de las serpientes empiece a reclamar su parte de heroicidad, no podemos dejar que el resto de las casas nos roben todo el mérito.

—Eso jamás —contestó el rubio, haciendo gala de todo su orgullo Malfoy.

Esa noche, Angelo dio un pequeño discurso en la sala común. Había llegado el momento en que los Slytherins dejasen de dividirse en dos grupos: partidarios y neutrales, a partir de ese momento, serían como cualquier otra casa, donde los tres grupos bullían en un enorme crisol del que podía salir cualquier cosa.

Las noches empezaban a ser más frías en el castillo, y eso se notaba en las rondas. Ron reía con las historias que le contaba su compañera; no podía creer que se sintiese tan a gusto con una chica que no fuese su hermana o Hermione. Al principio se enfadó cuando ella le contó que había sido idea de los gemelos que le ayudase un poco en las tareas de prefecto, pero ahora, después de conocerla, estaba casi por agradecérselo, casi. Ser el más pequeño de los varones Weasley era una auténtica pesadilla, siempre a la sombra de sus "talentosos" hermanos. Pero cuando estaba con Skie se podía permitir ser él mismo; además, ella le ayudaba a tener la seguridad en sí mismo que siempre le había faltado, sobre todo frente a Blaise y Pansy, que ese año estaban especialmente pesados.

—Mierda. —La chica paró de caminar en seco, haciendo que el pelirrojo casi la arrollase. Levantó la vista para comprobar qué había alterado tanto a su nueva amiga. Doblando la esquina venían Diana De la Rosa, una compañera de Gryffindor de sexto; y una chica que le sonaba, pero no conseguía localizar.

—¿Tienes algún problema con Diana? Es bastante maja.

—Con ella no. Con la chica que la acompaña. Riva Silvercrown. —Hay muchas maneras de decir un nombre. Con cariño, como él decía el de Harry, con esa amalgama de adoración y vergüenza que esconde mil sentimientos que aún no se tienen claros, como decía el de Hermione, o con una aleación perfecta de amor incondicional y fastidio, como decía el de sus hermanos. Pero nunca había oído pronunciar un nombre con el sonido del más puro dolor resonando en cada sílaba, como Skie acababa de decir el nombre de esa chica.

Ron no era bueno con los sentimientos, Hermione se encargaba de recordárselo continuamente, pero hasta él se dio cuenta de que ahí había pasado algo gordo. Por desgracia, era tarde como para correr en dirección contraria.

—Buenas noches, Diana, Riva. Es un poco tarde para andar fuera de vuestras salas comunes, chicas. —La voz de Skie sonó cordial, sin rastro de nada que no fuese sincera preocupación.

—Lo siento, Skie. Nos hemos entretenido, fuimos a la biblioteca después de cenar, ya nos íbamos. —Diana le contestó con una sonrisa conciliadora—. Buenas noches, Ron. ¿Cómo llevas lo de la prefectura?

—Es un poco latazo a veces, pero con una profe como Skie, no puedo quejarme. —Ron le sonrió de vuelta, intentando disolver un poco la incomodidad.

—Si, todo el colegio sabe lo que te esta enseñando. —El murmullo fue perfectamente audible, dejándolos a todos helados.

—Riva, como premio anual me debes un respeto. —El tono era gélido.

—No recuerdo haberte dado permiso para tutearme. —La Ravenclaw salió completamente de entre las sombras, y fue la primera vez que Ron pudo verla bien. Era preciosa. Alta, no tanto como su amiga, pero casi, tenía un buen cuerpo (para qué negarlo) que se apreciaba a pesar del jersey dos tallas más grande. Su pelo era largo, liso y tan pelirrojo como el del propio Ron, y sus ojos igual de azules. Tenían que ser familia, aunque si era sangrepura, seguro que eran primos de algún tipo. Ahora entendía a lo que se refería Angelo: Riva era la pelirroja que se le había atragantado a Skie.

—Como prefieras. Me debes un respeto, Silvercrown, ahora soy Premio Anual. Ya sabes, por servicios al colegio.

—¿Ahora llaman así a abrirse de piernas?

El golpe fue tan bajo, tan repentino, que el silencio se volvió denso. Diana estaba atónita. Riva estaba rara desde final del curso pasado, ¿pero quién no con todo lo que había ocurrido? Aun así, esto era demasiado incluso para ella...

Ron se acercó a Skie, sujetándola suavemente por la cintura; necesitaba tener las manos ocupadas o ahogaría a aquella pelirroja insoportable. Conocia la "reputación" de Skie, siempre corrían rumores acerca de las Slytherins y más si eran tan guapas como ella, pero cualquiera que conociera mínimamente a la chica sabría que todas aquellas tonterías eran mentira.

—Diana, cuéntaselo... —La voz de Hidden no mostraba ni la más mínima tonalidad fuera de su sitio, como si estuviese hablando del tiempo.

—No quiero escucharlo. —Riva ardía de furia contenida, por mucho que intentase demostrar lo contrario.

—Muy bien, cincuenta puntos menos para Ravenclaw. —La pelirroja se dio la vuelta como si aquello no le importase—. Y, por supuesto, cincuenta puntos menos para Gryffindor.

Dios mío... van a matarme. —El susurro de Diana, medio en castellano, era de puro terror. Era una estudiante media, no jugaba al quidditch, ni destacaba en nada, lo prefería así. Después del año anterior (mejor conocido como el de los prefectos) prefería confundirse con los ladrillos de las paredes; no había modo en que pudiese recuperar esos puntos.

Riva se volvió, fulminando a la Slytherin con la mirada; la conocía demasiado bien, sabía que no dejaría a su amiga en la estacada de esa manera, y su sonrisa de suficiencia lo demostraba.

—Está bien. Oiré vuestra "apasionante historia".

—Skie —Diana suspiró sonoramente—. No tengo ningún problema en contarlo, si es lo que deseas, pero la mitad de un pasillo no me parece el mejor lugar. Ya sabes que nos pidieron discreción. Podríamos ir a algún lugar más apartado.

—Iremos a la sala de prefectos, nadie nos molestará allí.

Los cuatro se encaminaron hacia la habitación donde solían celebrarse las reuniones.

Skie abrió la puerta, se sentaron; tras aclararse la voz un par de veces, Diana comenzó a hablar.


Finales del curso pasado, Torneo de los Cuatro Magos.

La mayoría de, por no decir todo, el colegio estaba sentado en el antiguo campo de quidditch ahora convertido en laberinto, animando a sus campeones. Debería estar ahí, debería animar a Harry junto al resto de su casa, pero no se sentía con demasiadas fuerzas. Así que estaba sola, en el otro extremo del castillo, con la vista perdida entre las páginas de un viejo libro, haciendo como que leía.

Todo era demasiado reciente: el dolor, la humillación, el sentirse usada y terriblemente estúpida. "Se supone que los Gryffindor no tienen prejuicios, que están por encima de ellos. Una mierda. Somos tan capullos como todos los demás, con nuestra alta moral y nuestros ideales, mirando por encima del hombro y juzgando demasiado pronto al resto sólo por el color de su túnica". —Sus pensamientos corrían cada vez más veloces y furiosos—. "Pues ahí lo tienes, De la Rosa. Dejaste de lado a un túnica verde por miedo al que dirán y te fuiste con el chico bueno de azul, que no sólo te usó para vengarse del primero sino que además te puso tantas veces los cuernos que podrían crear un nuevo animal mitológico en tu honor llamado ciervauro. Muy bien, Diana. Muy bien". —Empezó a aplaudirse a ella misma con lentitud.

—Debe de ser una gran escena para merecerse tu aplauso, Leoncita. —Esa voz, ese modo de llamarla y esa chulería sólo podían significar una cosa: Gawyn McLogan, prefecto de Slytherin (alias túnica verde en sus pensamientos), se había acercado en silencio, pillándola, como siempre, en el peor momento. Intentó recomponerse lo mejor posible.

—Era un aplauso irónico. La protagonista acaba de tomar una decisión bastante estúpida. —"Buenos reflejos". No levantó la mirada del libro, no se veía capaz de enfrentarlo.

—Parece fascinante, cuéntame mas.— El muchacho se sentó junto a ella en el banco, mirando el libro con interés. "Joder, qué bien huele. Se me había olvidado. Respira Diana, no, mala idea, contén el aire. Aparenta normalidad. Míralo. HAZ ALGO". Llevaba sin verlo casi dos meses, desde que había roto con Aidan O'Neill, prefecto de quinto de Ravenclaw, capullo integral (alias túnica azul en su cabeza). Aprovechó para encerrarse en la biblioteca a preparar los TIMOs, y en el comedor se sentaba de espaldas al resto de las mesas. Seguía siendo tan guapo como lo recordaba. Su pelo seguía siendo rubio, sus ojos azules y su sonrisa tenían ese punto canalla que tanto le había llamado la atención desde el principio.

—Ella se está dejando guiar por lo que le han contado los demás. —comenzó a explicar Diana, intentando mantener la calma—. Piensa que él es un arrogante, que la juzga inferior a causa de su familia. —No pudo evitar sonreír, divertida. No sería la primera vez que él la llamaba sangre sucia en una discusión acalorada—. Entonces comete el error de confiar en el hombre equivocado, todo palabras bonitas y traición. —La humillación y la ira habían vuelto con fuerza.

—¿Cómo se llama el libro?

—Orgullo y prejuicio, es de una escritora muggle llamada Jane Austen.

—Buen título, Leoncita. —Gawyn comenzó a reír, jovial—. Muy apropiado.

—Sí, lo es. —La risa consiguió llevarse parte del enfado—. ¿Qué haces aquí, no deberías estar en el Torneo con los demás?

—No tengo muchas ganas de gente. —Miró al suelo por un momento—. Además, podría preguntarte lo mismo.

—No quiero ver a O'Neill. —La voz salió como un susurro furioso, y Gawyn le cogió la mano, despacio, intentando calmarla.

—Aidan es gilipollas, Diana. —Su voz fue un murmullo—. Pero debemos reconocer nuestra parte de culpa en lo que pasó. La mía por ser un snob más preocupado de tu estatus de sangre que de lo que sentía, y la tuya...

—La mía por fiarme más de un capullo Ravenclaw que de un Slytherin —terminó de decir. Parecía que, al ponerlo en palabras, por fin, una parte de la ira se hubiese marchado.

—He esperado a que las cosas se calmasen un poco para venir a hablar contigo.

—¿Hablar conmigo?

—¿Crees que podríamos intentarlo, mo cridhe? —La voz de Gawyn se había tornado apenas un susurro al decir la parte en gaélico. Diana notaba que el corazón se le iba a salir del pecho, ¿estaba pasando de verdad? ¿Podrían al fin tener su oportunidad?

—Apuesto a que ella le dice que no. —La voz de Alexandretti llegó, burlona, desde el camino.

—Si escucha la apuesta, no tiene sentido hacerla, estúpido. —Hidden lo empujó con el hombro.

—Angelo, Skie, siempre tan oportunos, queridos amigos. —Gawyn reía a pesar de sus palabras—. Íbamos a Hogsmeade a tomar algo, ¿vienes, Diana?

—¿Hoy hay salida?

—Vamos a escaparnos aprovechando todo lo del Torneo —confesó Angelo, conspirador—. Volveremos antes de que nadie se dé cuenta.

—Pero... ¡vosotros dos sois prefectos! —Gawyn y Skie la miraron, sonriendo, mientras se encogían de hombros.

—Vamos, De la Rosa, ¿qué podría pasarnos? —Angelo la cogió por los hombros, y se la llevó medio a rastras hacia el pueblo.

Una vez que asimiló lo que estaban haciendo, se lo pasó genial. Fueron a Las Tres Escobas a tomar algo, y después a Honeydukes, donde compraron provisiones para la vuelta al colegio. Iban ya por el camino hacia Hogwarts, siguiendo a Angelo y Skie, que se habían adelantado un poco (imaginaba que para dejarles hablar), cuando todo sucedió.

Eran sólo cuatro, pero, al verlos, la sangre de Diana se heló por completo. Ella, como hija de muggles, era su principal objetivo. Sus amigos se agruparon de manera inconsciente a su alrededor. Sólo tenía quince años, aún había muchos hechizos que desconocía, mientras que ellos... Bueno, provenían de familias que llevaban entrenándolos para esto desde que habían podido sostener una varita.

Las máscaras plateadas reflejaban los últimos rayos de sol, y las túnicas negras se mecían al ritmo fúnebre del inexistente viento. Nadie hacía nada, sólo aguardaban a que alguien hiciese el siguiente movimiento.

—Buenas tardes, chicos. Creo que sabéis a qué hemos venido. —La voz opacada por la máscara sonaba casi risueña.

—No, la verdad es que no. Pero volveremos tranquilamente al colegio y aquí nadie dirá que os ha visto, ¿verdad? —Angelo sonó mucho menos divertido de lo que pretendía.

— No te hagas el listo conmigo, Alexandretti. Es hora de tomar partido. Eres casi un hombre.

—Déjanos en paz. —Skie salió en defensa de su amigo—. Mi padre sabrá de esto.

—Tu padre YA sabe de esto, preciosa. —La máscara se movió mirándola de arriba abajo—. Me han dicho que tienes cerebro. Una lástima, serás una bonita esposa para Alexandretti y parirás muchos hijos sangre pura, como debe ser. No hace falta que termines el colegio.

Los aludidos se miraron, mudos de asombro. Habían venido a por ellos, a reclutarlos; no es que no se lo esperasen hasta cierto punto, pero muchas cosas habían cambiado ese año. Y después de todo, sólo tenían dieciséis, esperaban contar aún con un último año de gracia antes de enfrentarse a la decisión de qué hacer con su vida.

—Irán sólo si quieren ir. —Gawyn parecía dispuesto a todo por defender a sus amigos.

—Vaya, vaya. McLogan se nos ha vuelto chulito. Ya nos había contado tu padre que tenías un año difícil, pero no te preocupes, nosotros te llevaremos de regreso al buen camino.

Estaba aterrada. Podía ver las enormes vallas que marcaban las lindes del colegio desde allí, tan cerca, como burlándose de su estupidez por haberse escapado. Los tres chicos mayores parecían pensar algo parecido, pues poco a poco habían ido desplazándose hasta formar una barrera entre ella y las puertas.

—Corre, De la Rosa —susurró Skie—. El colegio esta lleno de aurores, trae a alguno antes de que nos maten a todos.

Empezó a correr, no por cobardía, sino porque sabía que era la única oportunidad que tenían de sobrevivir. Corrió como nunca, sacó su varita e invocó a su escoba, como Potter había hecho unos días atrás en el Torneo. Volando iría más rápido, volar era lo único que De la Rosa hacía realmente bien. Buscó a McGonagall, explicándole atropelladamente lo que ocurría, y en menos de quince minutos estaban de vuelta con unos diez aurores para cubrirles las espaldas.

No habían querido matarles, por eso seguían vivos. Sólo castigarles. Aun así, se notaba que habían dado más problemas de los que se esperaban, las señales de lucha estaban por todas partes. Los aurores redujeron a tres de ellos con facilidad, pero el líder escapó sin mirar atrás; los mortífagos no eran de hacer sacrificios por sus compañeros: si caías, te quedabas solo tirado en el suelo.

Estaban los tres desmadejados en el camino, como títeres a los que han cortado las cuerdas, tan pálidos, tan quietos... tan pequeños. "Tienen dieciséis años", se recordó Diana a sí misma, con un dolor en el pecho agudo y punzante, como si una aguja caliente acabase de atravesarle el corazón. Cuando los veía riendo, caminando por Hogwarts, creyéndose los reyes del mundo, parecían medir seis metros de alto, ser invulnerables.

—De la Rosa, volvamos al laberinto, los aurores se encargarán de llevarlos a la enfermería. Avisaré al jefe de su casa...

—No, profesora, quíteme doscientos puntos si lo desea, pero no pienso apartarme de su lado, me han salvado la vida. Estos tres sangre pura, Slytherins para más señas, me dieron tiempo para huir, arriesgando sus vidas, sabiendo que yo no tenía ninguna oportunidad... ¿Qué clase de persona sería yo dejándolos aquí tirados como si fuesen mierda? —Diana estaba tan alterada que de forma inconsciente había dicho la última palabra en su idioma natal, el castellano, pero aun así el tono no dejaba lugar a dudas sobre su significado.

McGonagall la miró durante un segundo, decidiendo pasar por alto el comportamiento de su alumna.

—Vaya con ellos entonces, yo avisaré a Snape. —La jefa de Gryffindor empezó a andar hacia el castillo, pero en el último momento se dio la vuelta—. No creo que sea necesario decirlo, De la Rosa, pero por si acaso, sería de agradecer que mantuviese este incidente dentro de la más estricta confidencialidad.

—Sí, profesora.

Estuvo tres días en la enfermería. La primera noche trajeron a Lily Potter y a Cedric Diggory, que había salido muy malherido del laberinto. Más tarde, por la noche, Robert, que era el prefecto de quinto de Hufflepuff, pasó a ver a su amiga después de la ronda, y le contó lo ocurrido. Le relató entre susurros lo que Harry había salido gritando de la última prueba, y que se había organizado una buena.

Conocía a Bobby desde primero, cuando tuvieron que hacer un trabajo juntos en Herbología, materia que compartían. Más tarde, en verano, se enteró de que la familia muggle de su padre veraneaba en Mallorca, y no le costó demasiado convencer a sus padres de hacer lo mismo, así que pasaron quince días juntos. Y lo hacían cada verano desde entonces.

—Bueno, te toca, dime qué le ha pasado a la panda de serpientes.

Diana se lo contó. Ambos se quedaron en silencio, mirándolos dormir; al rato Robert se despidió, era muy tarde y tenía que volver a la sala común.

Angelo y Skie estuvieron un par de días más en la enfermería antes de ser trasladados a San Mungo para su convalecencia. Gawyn no sobrevivió al tercero.


Diana se quedó callada mirando al infinito, como absorta en la tormenta que azotaba con fuerza los terrenos del castillo. Riva deslizó su mano en la de su amiga, ofreciéndole consuelo.

Ron miró a su alrededor sin saber qué decir. Su amiga se veía muy desdichada, y De la Rosa no parecía estar mucho mejor. En el tren su hermana y Luna habían dicho que Gawyn estaba desaparecido... pero, por lo que acababa de oír, había sido otro su destino. Ayudó a Skie a levantarse, se dirigió a la puerta, abriéndosela con caballerosidad; pero, antes de irse, no pudo evitar volverse una última vez.

—Para ir juzgando a la gente con tanta ligereza, jodes a tus amigas con ganas a la más mínima oportunidad. Buen trabajo, Silvercrown. —Y sin darle tiempo a responder cerró de un portazo.

—¿Qué le has dicho? —Parecía que Hidden acababa de despertar de un sueño no demasiado agradable.

—No importa —respondió el pelirrojo, sujetándola por la cintura—. Acompáñame, creo que te vendrá bien tomar algo, no tienes buen aspecto.

—Quizás tengas razón.

—Alguna vez tenía que pasar. —Ron sonrió, guiándola hacia la entrada secreta de la cocina, donde esperaba convencer a los elfos domésticos de que les dieran algo de comer.

Riva apoyó las manos en la mesa, enterrando la cara en ellas.

—Tiene razón, soy una zorra.

—No digas eso, Riv. —Diana le puso una mano en el brazo, componiendo una sonrisa a duras penas—. Anda, te acompaño a Ravenclaw.

—Di, no hace falta. —Riva se pasó las manos por el pelo, dejando traslucir algo de la desesperación que la embargaba.

—Ahora no podría volver a mi casa, necesito despejarme. Anda, vamos...

—Como quieras, morena, cuando te pones así, no hay quien hable contigo.

Las dos muchachas fueron caminando lentamente por los pasillos desiertos del colegio. Tenían mucho que asimilar, así que iban en silencio, cogidas de la mano.

—Riva, hay algo más que tengo que contarte de aquel día. Algo que no quería decir delante de Ron.

—Sorpréndeme.

Parecía que decir aquello estaba costándole mucho.

—El jefe de los mortifagos.

—¿Si?.

—Era William.

—William, ¿como en William mi hermano? —Riva estaba empezando a hiperventilar ligeramente. Diana le apretó la mano un poco más, mientras con la otra le daba suaves pasadas por la espalda. Prefirió no decir nada. Se quedaron allí unos minutos hasta que la muchacha volvió a respirar con normalidad, y emprendieron de nuevo el camino hacia sus salas comunes.

—¿Lo sabe Sosoman?

—No lo llames así.

—Lo que sea. ¿Sabe él lo de Gawyn?

—Sí, Riva. —Diana sonrió en la penumbra de los pasillos—. Robert lo sabe. Es mi mejor amigo desde primero, siempre se lo he contado todo, y que desde este verano salgamos juntos no cambia eso.

—¿Qué le ves? Es muy aburrido. —La pelirroja jugaba con los dedos de su amiga, escondiendo una sonrisa a duras penas.

—No es aburrido en absoluto. Es un chico tranquilo. El otro día me estuvo contando muchísimas cosas curiosas sobre constelaciones y estrellas.

—Perdona —Riva simuló que despertaba—, me había quedado dormida sólo de pensarlo.

—¡Silvercrown!

—¡De la Rosa!

—Eres imposible. —Diana empezó a reír sin poder evitarlo. Su amiga siempre se había mostrado muy territorial, y le daba igual que conociese a Bobby desde hacía más tiempo; desde el primer momento lo había catalogado como aburrido y no había nada que la hiciese cambiar de opinión. Tampoco ayudaba que Robert, con su extraño sentido del humor, aprovechase cada momento que pasaba con la Ravenclaw para simular tener el mismo carisma que una ameba.

Llegaron a las escaleras que conducían a la torre de Ravenclaw, donde sus caminos se separaban. Riva empezó a subir las escaleras con paso cansado, tras despedirse de su amiga, segura de que esa noche el sueño no le iba a visitar pronto.

—¡Eh! ¡Pelirroja! ¿Quieres saber por qué salgo con Robert? —Volvió la cabeza y asintió con curiosidad ante la pregunta de la morena, que sonreía de oreja a oreja—. Tiene un "toque" mágico, y no hablo de encantamientos —respondió, carcajeándose, al tiempo que se daba la vuelta y emprendía el camino hacia su propia torre.

—Demasiada información... ahora tendré que lavarme el cerebro —susurró la muchacha mientras seguía subiendo las escaleras con paso cansado.

En las cocinas, Ron sujetaba una cerveza de mantequilla de la que apenas había bebido la mitad, mientras que Skie ya iba por su tercer whiskey de fuego. El encontronazo con las dos chicas y el posterior relato de De la Rosa la había dejado destrozada.

Bebía de manera maquinal, a pequeños sorbos, pero sin apenas degustar el fuerte licor. Ron no quería pensar en el número de reglas de debian estar rompiendo en ese momento, pero tenían que ser bastantes.

—Siento haberte metido en toda esta mierda, Ronald.

—Tranquila, no ha sido cosa tuya. —El chico soltó un suspiro—. Parece que esa Riva no puede resistirse a tocarte las narices.

— No debí seguirle el juego. Pero es superior a mí, esa pelirroja me saca de mis casillas. —Skie apretó los dedos alrededor del vaso, haciendo que se pusiesen lívidos.

—¿Por qué? ¿Qué tiene ella para alterarte así? — Ron estaba desconcertado, no terminaba de entender lo que había ocurrido entre las dos muchachas. ¿Se habrían peleado por un chico?

— Ella y yo... —Hidden bebió un largo trago del vaso, como dándose ánimos—. Riva —suspiró sonoramente, cerrando los ojos—. Estoy enamorada de ella.

—¿QUÉ? —La botella se resbaló de sus dedos, haciéndose añicos contra el suelo—. ¿Por eso te odia? ¿Se lo dijiste y ella no siente lo mismo?

—Lo curioso, Weasley, es que durante todo el año pasado estuvimos saliendo juntas. —Skie miraba al suelo mientras las lgrimas rebotaban silenciosas contra la piedra—. Pero desde el día que pasó lo que ha contado Diana, algo cambió, y empezó a tratarme como lo ha hecho esta noche. Sin explicaciones.

Ron se acercó a Skie, le quitó el vaso de las manos, y la abrazó. No se le daba muy bien eso de consolar, pero sabía qué era eso de que la persona que más te importa se aleje de ti sin entender muy bien qué has hecho para merecerlo. Estuvieron así un rato, abrazados en silencio.

Skie enterró la nariz en el hueco del cuello del pelirrojo, inspirando su olor, ranas de chocolate, champú, y algo que no lograba identificar del todo. Estar así con él la hacía sentir tranquila, en paz. Sin pensarlo demasiado, alargó la mano, hundiéndola en el pelo del chico, que en un primer momento pensó en protestar, pero al final sólo cerró los ojos, abandonándose a la caricia.

—Ronnie.

—Mmmm.

—¿Quieres que te bese?

—Sí. —La respuesta salió directamente de sus labios sin pasar por su cerebro. Tampoco era que este fuese a poner demasiados problemas. No pudo pensar mucho más antes de que los labios de Skie se moviesen suavemente sobre los suyos. Se sentía realmente genial.

Las manos del chico se movieron como poseídas por vida propia, acariciando la espalda de Hidden. Un delicado gemido escapó de los labios entreabiertos de la chica, haciendo que el pelirrojo parase y la mirase, algo asustado.

—¿Estás bien?

—Claro que sí.

—Pero has gemido, y yo... Bueno, yo sólo he tocado tu espalda. —Era tal su desconcierto y confusión, que Skie no pudo hacer más que volver a besarlo.

—Ronnie. Hay muchas partes del cuerpo sensibles. En cada persona son ligeramente diferentes. —Volvió a pasar sus manos por el pelo del muchacho, acariciando de paso su nuca—. En mi caso, el final de la espalda es una de esas zonas.

Estuvieron un rato más besándose con toda la calma del mundo, Hidden lo guiaba con dulces gestos y delicadas palabras llenas de paciencia; parecía disfrutar enseñándole.

Horas más tarde, un sonriente Weasley apareció en el cuarto de los chicos de Gryffindor. La mayoría de sus compañeros dormía, pero Harry aún estaba despierto leyendo un libro.

—¡Eh, tío! Llegas tardísimo.

Ron se puso el pijama con cara ausente, sin que la sonrisa abandonase su cara; parecía estar bastante lejos de allí. Su amigo, intrigado, dejó el libro sobre la mesita de noche y se levantó de la cama para acercarse a él.

—¿Estás bien?

—Harry, tío. Creo que tengo novia. —Su voz estaba llena de asombro.

—¿Cómo que crees? —Tenía unas ganas enormes de reír, pero conocía a su mejor amigo y sabía que no era una buena idea.

—Bueno, estoy seguro. Skie me lo ha pedido.

—¿Y por eso tienes la cara de tonto? —Por mucho que Potter intentó evitarlo, una pequeña sonrisa se le escapó entre los labios.

—No, amigo, la cara de idiota es por la sesión de besos y caricias previos. —Ron consiguió que aquello sonase terriblemente obsceno.

—Eres un cabrón con suerte. —Harry le palmeó la espalda con admiración, Skie era una de las chicas más guapas de colegio.

—Lo sé.


Bueno, pues muchas gracías por llegar hasta aqui, por leerme y todas esas cosas. Os recuerdo que he creado una web donde podeis verle la cara a los nuevos personajes y a algunos a los que JK no les puso cara en su momento.

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Un besito y dejadme vuestros comentarios, ya sabeis que me ponen una sonrisa en la cara :)