Harry despertó al sentirse zarandeado. Había vuelto a tener la pesadilla del pasillo lleno de puertas y la cicatriz le dolía.
Ron lo miraba con preocupación al lado de su cama, la mano aún en su hombro, no era la primera vez que tenía que despertarlo.
—¿Tío, estás bien? —La voz del pelirrojo sonaba cargada de sueño.
—Sí, no te preocupes, deberías volver a la cama, yo bajaré un rato a la sala común a despejarme.
—Deberías hablar con tu madre y con Sirius de esta mierda, colega —Ron volvió a meterse entre las sábanas y, apenas apoyó la cabeza en la almohada, volvió a dormirse.
Harry sacudió la cabeza, divertido, le tenia muchisima envidia a la capacidad de su mejor amigo para dormirse al instante. Pensó en su consejo de hablar con Lily y su padrino mientras se ponía la bata y las zapatillas, pero la desechó tras considerarlo un momento. Estaban ilocalizables. Dumbledore los había mandado a una misión para la Orden a principio de curso, quizás por eso Umbridge se mostraba tan liberal al castigarlo, este año estaba solo. Suspiró mientras empezaba a bajar las escaleras hacia la sala común. Era muy tarde, así que no esperaba encontrarse a nadie, pero allí, sentada en uno de los sillones frente al fuego, estaba otro de sus dolores de cabeza reincidentes: Ginevra Weasley. Desde el asunto del armario había intentado comportarse normal con ella, pero algo había cambiado, era imposible volver a verla sólo como la hermana pequeña de Ron y obviar la evidente atracción que fluía entre ellos. Pero su vida ahora mismo era demasiado complicada como para meterse en un relación con alguien como Ginny, alguien con quien si la cagaba, la jodía también con la única familia que, aparte de Sirius y su madre, alguna vez había considerado suya. Y estaba Ron, no podía arriesgarse a perderlo.
— Llevas más de un minuto parado ahí, puedes acercarte, Potter. No voy a hacerte daño —La chica dijo todo esto sin apartar la vista del fuego, mientras bebía de una taza—. Por lo menos, por ahora.
—Muy graciosa, Weasley —Harry se sentó a su lado en el sofá, intentando sonar desenfadado. Tenía que hablar con ella y este parecía un momento excelente—. ¿Qué estás tomando?
—Soy inglesa. La duda ofende.
—Perdone Usted —Harry alzó una ceja, divertido ante su tono petulante.
—Es broma —Ella le sacó la lengua—. Es chocolate caliente, ¿quieres un poco?
—Claro.
Ginny hizo aparecer una taza con el escudo de Gryffindor, llenándola a continuación con el contenido de la jarra que reposaba en la mesa y ofreciéndosela al chico, que la miraba con admiración.
—¡Ei! Eres buena. Mis tazas siempre tenían escapes a tu edad.
—¿A mi edad? —La chica alzó una ceja de manera interrogante—. Harry, me sacas un año, no veinte.
Ambos se quedaron callados mirando al fuego, con demasiadas cosas que decirse pero sin saber cómo empezar a formar las frases.
Gin tomó su mano, aún marcada por las frases que había tenido que copiar esa misma tarde, acariciando la piel magullada, con cuidado.
—¿Te duele?
—No, ya no. La solución de murtlap que me preparó Hermione hace milagros.
Volvieron a quedarse en silencio, la mano de él entre las de ella. Sabía que tenía que decírselo, pero se sentía bien tenerla cerca, sentir sus dedos acariciándolo... Ser él a veces era una mierda.
—Gin. Yo. Esto... nosotros —Las palabras se atascaban en su garganta como si estuviesen hechas de plomo. No quería decirlas, no sabía lo que empezaba a sentir por su amiga pelirroja, pero quería descubrirlo con todas sus fuerzas. Y sabía que si terminaba de decir aquel maldito discurso, quizás hubiese perdido la ocasión para siempre.
—Espera, Harry. Por favor —Ginny posó sus finos dedos sobre sus labios, impidiéndole continuar—. Me he dado cuenta de lo raras que se han vuelto las cosas entre nosotros desde lo del armario —Bajó la mirada, avergonzada—. Me ha costado mucho ser tu amiga para que ahora todo se vaya a la mierda por una estupidez.
—Gin —La voz le salió apenas como un susurro. Sujetó la barbilla de la muchacha, haciendo que lo mirase—. Sé que esto te sonará estúpido, pues en mi cabeza me lo parece, pero en el fondo sé que es lo correcto. Eres demasiado importante para mí, y estoy demasiado confundido con todo lo que esta pasando en mi vida. No puedo arriesgarme a joderla, no contigo. Hace media hora pensaba que era por tu familia, por tu hermano, pero ahora —sonrió, acariciándole la cara con suavidad— ahora sé que es por ti, pelirroja. No podría soportar cagarla y perderte.
—Eres gilipollas, Harry Potter.
—Dime algo que no sepa, Ginevra.
Seguían allí, mirándose a los ojos, con todas las razones por las que sólo debían ser amigos flotando entre ellos deshaciéndose como un terrón de azúcar en un vaso de agua.
—Michael Corner me ha invitado a ir con él a Hogsmeade.
—¿Vas a aceptar?
—Sí. Me gusta Michael. Es divertido, guapo...
—¿Tiene algún hermano? Lo vendes tan bien...
No se habían movido ni un ápice, separados apenas por unos centímetros, perdidos en los ojos del otro.
—¿Me prometes algo, Harry?
—Lo que quieras.
—Si algún día las cosas se vuelven menos complicadas...
—Serás la primera en saberlo.
—Gracias.
—Es lo mínimo.
Harry vio cómo ella hacía acopio de toda su fuerza de voluntad para levantarse de aquel sofá y separarse de su lado. Hasta el último momento no desligaron sus manos, y justo cuando la muchacha iba a comenzar la ascensión hacia los dormitorios de las chicas, algo dentro de Potter estalló, nublándole el poco juicio que le quedaba.
—¡Gin, espera! —Saltó por encima del sofá agarrándola de la muñeca.
—Dime, Harry —La chica se volvió, subida al primer escalón, quedando así a la misma altura.
—Sellemos nuestra promesa.
Ginny alzó una ceja ante sus palabras, pero antes de que pudiese preguntarle nada, Harry la había sujetado por la cintura y la besaba.
Fue un beso muy dulce, lleno de ternura y emoción. El beso que cualquier chica sueña que le dé su príncipe azul, su héroe, su primer amor.
Se separaron, reticentes, intentando alargar ese momento robado al destino que se habían impuesto, ser amigos, no estar juntos. Pero al final, sus manos volvieron a separarse e, incapaces de decirse una palabra, ambos subieron las escaleras, sabiendo, en el fondo de su corazón, que ese beso los había cambiado para siempre.
Las calles adoquinadas estaban mojadas, haciendo que sus pasos apresurados sonasen mucho más fuerte de lo deseado. Había anochecido, y tras su guardia en aquel tugurio de mala muerte, se dirigía hacia la pensión donde se quedaba con sus dos amigos. Se arrebujó un poco más en la capa, intentando librarse de la humedad, y apretó el paso tratando de llegar lo más rápido posible al abrigo de la pequeña habitación.
El muchacho rubio subió las escaleras tras saludar a la dueña de la pensión con una educada inclinación de cabeza, se quitó la capucha empapada mientras subía los escalones, y con una mano se revolvió el pelo que apenas le llegaba por la barbilla. Los cambios de aspecto eran desconcertantes. Llamó a la puerta usando el código que habían acordado y sólo debió esperar un poco antes de que un Remus medio muerto de preocupación abriese la puerta, lo hiciese entrar y cerrase a sus espaldas.
—Llegas tarde.
—Lo sé —El hechizo comenzó a desvanecerse, haciendo que el rubio se tornase pelirrojo, y debajo del jovenzuelo empezó a surgir Lily Potter estirándose como un gato—. ¡Merlín! Cómo odio ser hombre.
—No te pases, pelirroja —Una voz surgió desde la esquina—. Además, a eso en lo que te transformas difícilmente se le puede llamar hombre, muchachito, como mucho.
—Lo que sea, Sirius. ¿Queréis oír las noticias o seguimos haciendo chistes?
Llevaba todo el día pegada a tres posibles mortífagos, intentando recabar algo de información. No había sido fácil, pero al final en el bar uno de ellos dijo algo que podía considerarse interesante.
—Van a intentar rescatar a algunos de los suyos de Azkaban. Aún no se sabe ni la fecha ni la hora —La mujer se sentó en una de las dos camas de la habitación.
Remus suspiró, cansado, abrazó a Lily, se tomó la poción para parecerse al chico moreno del que se disfrazaba, y se despidió cogiendo su capa y saliendo a la fría noche.
—¿Cómo lo hacéis, pelirroja?
—¿De qué hablas, perro? —Lily secaba con una toalla su pelo mientras se quitaba las botas con aire distraído.
—Tú y Remus. ¿Cómo seguís siendo amigos? —Se acercó, sentándose a su lado en la cama, mirándola con auténtica curiosidad.
—¿Estás enfermo? —Tocó su frente, comprobando su temperatura—. Remus y yo somos amigos desde que tenemos trece años, ¿por qué, según tú, debería cambiar eso?
—Bueno, ya sabes —Se removió inquieto en la cama y bajó la mirada—. Tú, él, en el tercer año de Harry.
—¡Por Merlin! A veces pareces más crío que los chicos —Se levantó, crispada, empezando a pasear sin rumbo.
—Joder, Lily. Es curiosidad, soy incapaz de estar en la misma habitación que ninguna de mis ex y vosotros —Se pasó las manos por el pelo, nervioso—. Vosotros os comportáis como si nunca hubiese sucedido nada.
—Eres idiota.
Algo impactó en la cabeza de Sirius. Algo mojado. Cuando se agachó a recogerlo, vio que Lily había enrollado sus dos calcetines para usarlos como proyectil. Alzó la mirada, y la vio descalza y con el pelo aún a medio secar, vestida con la ropa de pilluelo que solía llevar para las misiones (que se apretaba demasiado a su recuperada anatomía femenina), apoyada en la pared, mirándolo con una mezcla de cabreo y diversión.
—Pelirroja...
—No, en serio. Eres imbecil. Llevas dos años con eso metido dentro, ¿por qué no nos has preguntado?
—No quería ser indiscreto.
La carcajada de incredulidad fue inmediata.
—Ve a otra con ese cuento, Black. A una que no te lleve aguantando tantos años —Lily dio dos pasos hacia él—. Está bien, Señor discreto, te contaré el secreto. Entre Remus y yo no hubo nada.
—¿Nada? —Sirius se levantó de la cama quedando frente a ella—. Harry me escribió muchas cartas, Lily. Sobre reuniones, cenas y citas.
—Ajá —Ella avanzó un paso más—. Mi hijo de trece años te habló sobre lo que él creyó ver, yo te hablo sobre lo que viví. Remus y yo lo intentamos. Pero al tercer beso nos dimos cuenta de que debajo de aquello que creíamos que era atracción sólo había una gran amistad, así que lo dejamos correr —Lily suspiró—. Así que ese es el secreto, Sirius, seguimos siendo amigos, porque nunca dejamos de serlo. Ahora, si me disculpas, voy a quitarme esta ropa empapada, antes de cazar una pulmonía.
—Claro. Por supuesto —Sirius volvió a dejarse caer en la cama mientras Lily entraba en el baño con una muda de ropa. Empezó a oír el agua de la ducha caer mientras asimilaba que sus dos amigos nunca habían estado realmente juntos. Se alegraba, la verdad era que cuando Harry le escribió aquellas cartas no se tomó muy bien la noticia, lo había visto como una traición a su mejor amigo muerto. Pero ahora podía estar tranquilo. Se tumbó en la cama mirando al techo con las manos detrás de la cabeza y le prometió a James, una vez más, que siempre cuidaría de su familia.
Lily salió del baño con el pijama y el pelo aún mojado.
—Chucho, ¿te has acordado de comprar la cena?
—¿Sí? —Sirius se incorporó apoyándose en los codos, intentando disculparse con una de sus encantadoras sonrisas.
—Cuando pienso que ya no puedes ser más inútil, consigues superarte —El tono de admiración fingida llegó acompañado de una lluvia de ropa mojada—. Sabes que no puedo salir una vez que cambio. La posadera piensa que aquí nos quedamos tres hombres.
—Como mucho dos hombres y un muchacho.
—¡Sirius!
—¡Lily! —Imitó el tono con tal perfección que aunque ella trató de no reírse, terminó por ceder ante sus instintos.
—Maldito seáis tú y tu encanto, Black. Ve a por algo de cena mientras termino de secarme el pelo o juro que te llevo a un veterinario y te castro.
—¡No serías capaz!
—Pruébame —contestó ella con una sonrisilla, volviendo a entrar en el baño y cerrando la puerta a sus espaldas. Cuando salió media hora después, la mesa estaba servida, y Sirius la esperaba bebiendo una copa de vino.
—Su cena, Madam. De primero tenemos crema de setas del bosque con nata —El hombre destapó teatralmente los dos platos al tiempo que su acompañante se sentaba y comenzaba a comer.
—Delicioso —Comió otra cucharada y, entornando los ojos, miró a Sirius por encima de la sopera con una sospecha abriéndose paso por su mente—. ¿Qué tal andan Molly y Arthur? —Su pregunta fue hecha en tono casual.
—Muy bien. Echan de menos a los chi... —Sirius paró de hablar y miró a la pelirroja, que echaba fuego por los ojos.
—¿Has saqueado a los Weasley para la cena?
—Claro que no, Lily. Yo, bueno... —Alzó las manos en señal de rendición—. Le he prometido a Molly que mañana no se me olvidaría la cena y se ha compadecido de mí —Un trozo de pan impactó en su cabeza—. Deja de tirarme cosas, pelirroja. A veces "eres mas cría que los chicos".
—No te atrevas a escupirme mis palabras, Black.
—Come o me chivaré a Molly y te castigará sin salir por lo menos tres fines de semana.
Lily lo miró, intentando no reírse, pero al ver su sonrisa pícara y su ceja alzada supo que la batalla estaba perdida. Por mucho que intentase estar enfadada con él, al final siempre conseguía que lo perdonase. Maldito encanto.
Cenaron las delicias que Molly les había enviado, guardando parte en la cesta para cuando Remus volviese de su guardia. Recogieron todo y al final se quedaron sentados frente a la chimenea con una copa de vino cada uno, mirando las llamas.
—Lils —La voz de Sirius era muy baja y suave.
—¿Mmm? —contestó medio dormida, arropada por una manta.
—¿Y yo, soy tu amigo, como Remus? —Se había acercado, ella se apoyó en su hombro mientras pensaba en la respuesta a aquella pregunta. Siempre había sido el amigo de James, su hermano, el padrino de Harry...
—No sé, Sirius. Nunca me lo he planteado —Hizo una pausa, intentando aclarar un poco las ideas entre la nube de cansancio y vino que enturbiaba un poco sus sentidos—. Pero sí, claro que eres mi amigo. No como Remus, porque no sois iguales.
Sirius se quedó callado un rato, pensando, quería aprovechar que Lily estaba tan relajada y comunicativa para aclarar unas cuantas dudas, pero cuando fue a preguntarle lo siguiente se percató de que dormía profundamente. Una sonrisa dulce se instaló en sus labios al observarla descansar, le gustaba verla así, sin toda esa preocupación marcándole la frente de arrugas prematuras. Le retiró la copa de la mano antes de que derramase el vino y, cogiéndola con cuidado en brazos, la llevó hasta la cama.
— Duerme, pelirroja, nos esperan días oscuros —Y sin saber muy bien la razón, depositó un beso en sus labios antes de darse la vuelta y meterse en su propia cama para intentar arañar unas horas de sueño.
El primer fin de semana de Octubre llegó, y con él la salida a Hogsmeade. Estaba sentado en la mesa de Gryffindor cuando notó cómo alguien se sentaba a su lado. Harry no necesitó mirar para saber quién era; un vaso de zumo se deslizó por la mesa hasta su mano, lo cogió, y sólo entonces alzó la mirada para cruzarla con los ojos chocolate que lo contemplaban, risueños.
Alzaron las copas, brindaron y, como cada mañana, se bebieron su contenido de un solo trago.
—¿Qué bebéis vosotros dos todos los días? —Ron los miraba con desconfianza.
—Una poción que nos hará más listos —La pelirroja ni pestañeó al mentirle de esa forma a su hermano.
—¡Qué guay! Dadme un poco.
—De eso nada. No pienso malgastar poción inútilmente. De donde no hay no se puede sacar —Ginny le sacó la lengua a Ron—. Pídele a Hermione que te lo explique.
El muchacho, con un cabreo considerable, se volvió hacia su amiga, que, con una sonrisa, le acarició la mano para calmarlo.
Mientras, Harry aprovechó para llamar la atención de la pelirroja.
—Gin —Su voz era apenas un susurro.
—Dime, Potter.
—Chang me ha preparado una encerrona con una tal Violet. Quería que lo supieses por mí.
—Es lo justo —Ginny sonrió, un poco triste—. ¿Un minuto de sinceridad brutal, Potter?
—Siempre, Weasley.
—Es la nueva buscadora de Ravenclaw ahora que Cho se ha apartado del juego, es un poco estirada, demasiado guapa para mi salud mental, y a la que ahora mismo odio.
—Bueno, yo tengo que esforzarme cada minuto del día para no hechizar a Corner por la espalda, así que imagino que estamos a mano.
—Alguien podría decir que somos muy estúpidos.
—Ese alguien posiblemente tendría toda la razón, Gin.
Se despidieron a la salida del Gran Comedor. Se verían más tarde en el Cabeza de Puerco, donde Hermione había citado a los "pocos" amigos a los que había invitado a unirse a su "grupo de estudio".
Llegaron los primeros, pidieron tres cervezas de mantequilla, y Harry casi mató a Hermione cuando aquello empezó a inundarse de gente. Mientras, Fred pedía con desparpajo veintisiete cervezas de mantequilla más al mal encarado camarero, que no hacía más que resoplar al tiempo que limpiaba con un trapo que había conocido días mejores la destartalada barra, y sacaba las botellas llenas de polvo, mirando con mala cara a aquella panda de estudiantes que había inundado su local.
—¡Salud! —exclamó Fred mientras las repartía—. Soltad la pasta, yo no tengo suficiente oro para pagar todo esto...
Todos comenzaron a buscarse en los bolsillos, pasándole el dinero al gemelo, que lo recibía con una sonrisa. Cuando todo estuvo pagado se acomodaron, girados hacia donde Harry se sentaba. Este no sabía muy bien qué hacer, miró a Hermione y, en voz baja, le susurró:
—¿Qué les has dicho? ¿Qué esperan?
—No te preocupes, primero hablaré yo, pero aún no ha llegado todo el mundo.
Ron sujetó a su amigo justo a tiempo, sabía a ciencia cierta que nunca se perdonaría a sí mismo haber estrangulado a su amiga en un arrebato de ira.
—Tranquilo, colega, tienen que estar al caer y no creo que sean más de tres o cuatro como mucho —El moreno le dirigió una mirada incrédula.
—Estáis tarados, los dos.
La conversación en murmullos se vio interrumpida por Cho, que se acercó sonriente con sus dos amigas. Una de ellas lo miraba todo con mala cara, como si prefiriese estar en cualquier lugar excepto allí.
—Hola, Hermione, Ron... Harry —saludó Chang con educación.
—Muchas gracias por venir —dijo Hermione—. Sé que has animado a algunos de los otros Ravenclaws a hacerlo.
—Soy más consciente que nadie de lo necesario que es estar preparado, Hermione. Si no llega a ser por Harry no sé qué le hubiese ocurrido a Cedric.
—Vamos, no te pongas triste —Ron se levantó, palmeándole con suavidad el hombro mientras se acercaba, conspirador—.Te hemos preparado una sorpresa.
—¿A mí? ¿Qué es?
—Ya lo verás —El pelirrojo sonreía, pícaro, mientras Hermione no podía apartar sus ojos de él. Harry le dio un codazo disimulado a su amiga, que se puso colorada al instante.
—¿Qué le pasa, Harry? El año pasado casi se desmaya cuando tuvisteis que invitar a las chicas al baile, y ahora le hace bromas a la mismísima Cho Chang —El susurro, mitad incrédulo, mitad dolido de la castaña hizo que se le encogiera el corazón. Pero la puerta al abrirse, dejando paso a los últimos invitados, le evitó contestar.
Cedric apareció, sonriente, creando una gran expectación entre los Hufflepuff presentes que siempre lo habían adorado, venía enzarzado en una agradable conversación con los dos Premios Anuales, seguidos de Draco, Nott y una desafiante Astoria.
—Tu sorpresa acaba de entrar, Cho. Lo invitamos a la reunión —La chica se soltó del brazo del pelirrojo y salió corriendo hacia los brazos abiertos de su novio, que la recibió con un beso.
—¿Qué hacen aquí las serpientes? No son de fiar.
Daba igual quien hubiese dicho las palabras, era lo que pensaba la mayoría, los Slytherin no solían mezclarse demasiado con las otras casas, no creaban vínculos, encerrados tras murallas de elitismo y poder.
—No es momento de dividirnos por estupideces —Hermione se puso en pie acercándose hacia donde el grupo de recién llegados esperaban, Ron la siguió un par de pasos por detrás—. Recordad lo que nos dijo el Sombrero Seleccionador. Tenemos que permanecer unidos. Invité a Draco, porque confio en él.
—Yo invité a Skie —El pelirrojo pasó justo a su lado sujetando la mano de la muchacha—. Gracias por venir.
—Esto es absurdo —Diana se levantó, mirándolos a todos—. Aquí nadie esta pidiendo referencias, dejad de caer en estereotipos estúpidos, sentaos y que los chicos digan lo que tengan de decir.
—Habló la que solo sale con prefectos —comentó una de las Ravenclaws con una risilla.
—¡Repite eso! —Angelo y Riva hablaron a la vez sacando sus varitas.
—¡Guardad eso, estúpidos! —les gritó Diana—. Soy capaz de defenderme yo solita. Pero no hemos venido a insultarnos ni a pelear, sino a escuchar lo que Hermione y Harry tienen que decirnos, y eso es lo que pienso hacer —Volvió a sentarse junto a Robert, que le cogió la mano, susurrándole un par de cosas al oído.
Tras unos minutos el revuelo volvió a calmarse, la reunión por fin pudo comenzar. Hubo muchas preguntas, Harry respondía a las que podía. Veía todo aquello absurdo, sobredimensionado. Él no era el héroe que todos intentaban vender, era sólo un chico de quince años con una vida llena de cosas que no había pedido con las que lidiaba lo mejor que podía; la mayoría de las veces salía vivo más por cuestión de suerte que de habilidad.
Empezaron a discutir cómo, cuándo y dónde se reunirían, pero al ver que las cosas se ponían difíciles de concretar con prefectos y horarios de entrenamiento de equipos de quidditch de las cuatro casas, Hermione dijo que cuando se decidiese la fecha de la primera reunión les mandaría un mensaje.
Después sacó un pergamino de su mochila y les pidió que pusieran su nombre en él como un compromiso de que no iban a ir divulgando la reunión por ahí, ni corriendo a contársela a Umbridge, y con más o menos reticencias, al final firmaron todos.
El local se fue vaciando poco a poco, los chicos querían disfrutar del resto del día en Hogsmeade y aprovechar para hacer sus compras. Ron se despidió de sus amigos con una enorme sonrisa, mientras Skie, que lo sostenía fuertemente agarrado de la mano, seguía los pasos de Alexandretti.
—Bueno, pues imagino que tendremos que pasar la tarde los dos solos —Hermione suspiró mientras terminaba de cerrar su mochila.
—Esto... en realidad... yo...
—¿Harry, vienes? —Cho y Cedric lo esperaban junto a la puerta, acompañados por una de las amigas de la asiática.
—Un momento, esperadme fuera —Se agachó junto a Hermione, haciendo como que la ayudaba.
—¿Te han preparado una cita con Violet?
—Sí. Pero no pienso dejarte sola, ven con nosotros.
—No, Harry, me sentiría ridícula acompañando a todas partes a dos parejas.
—Entonces no iré, me quedaré contigo.
—No, de verdad. Estaré bien.
—Aunque es apasionante cómo ambos intentáis convencer al otro de lo nobles y abnegados que sois, me aburro —Draco los contemplaba con displicencia, desde una silla cercana—. Ve a tu cita, Potter, yo cuidaré de nuestra querida Hermione.
—No necesito que nadie me cuide —contestó, alzando la cabeza, orgullosa—. No soy un gato.
—Vale, pues entonces cuida tú de mí. Me da igual, pero deja al pobre Potter que acuda a su cita, con esa cara tampoco tendrá muchas más oportunidades.
—Malfoy, no te pases —advirtió el moreno.
—Mis más sinceras disculpas —El rubio hizo una reverencia exagerada—. Bueno, Hermione, ¿me harás el honor de acompañarme a recorrer las calles de este pueblucho?
La chica lo miró un par de segundos, después se puso en pie y cogió el brazo que el Slytherin le ofrecía.
—Pero sólo porque me lo has pedido educadamente.
—Por supuesto —contestó Draco, muy serio, mientras le abría la puerta a la muchacha, cediéndole el paso.
Harry meneó la cabeza, sonriendo sin poder evitarlo. A veces el jodido Malfoy tenía mucha gracia.
Caminaron en silencio hasta la tienda de plumas donde Hermione quería ir primero; estuvo admirando varias de ellas hasta que se decidió por una negra y dorada de faisán. Se acercó al mostrador y pagó los quince sickles con dos knuts que costaba.
—¿Estás enfadada conmigo?
—No —Salieron de la tienda y continuaron con su paseo por el pueblo, alejándose poco a poco del centro donde se agolpaban la mayoría de sus compañeros, y acercándose a las afueras, paseando hacia la casa de los gritos—. ¿Por qué iba a estarlo? ¿Por volver a ser un buen amigo y salvarme de quedarme sola todo el día, o aún peor, de hacerle de sujetavelas a Harry?—Lo miró con una sonrisa bailándole en los labios—. Ardo de ira contenida, Malfoy.
—No lo he hecho por eso, Granger —Llevaba las manos metidas en los bolsillos del pantalón, mientras caminaba mirando al suelo.
—¿Entonces?
—Me apetecía dar una vuelta contigo. Pasar tiempo juntos.
—Siempre estamos juntos —Hermione se había parado y lo miraba.
—No así, siempre estamos juntos como prefectos, o estudiando, o rodeados de tus amigos... nunca tú y yo.
—Entiendo —La chica miró a ambos lados de la calle y antes de que fuese consciente de lo que ocurría lo había empujado hacia el interior del bosquecillo que rodeaba la población. Una vez a salvo de miradas curiosas, lo empujó suavemente contra un árbol y, poniéndose de puntillas, lo besó—. Yo también te he echado de menos, Sionnach.
Draco la abrazó por la cintura, dejándose atrapar por su beso, correspondiendo a él mientras resbalaba poco a poco, hasta quedar sentado en el suelo con la chica en su regazo.
Hacía poco menos de dos semanas que Hermione había cumplido los quince años, pero había estado tan ocupada que apenas si les permitió celebrarlo. Por eso quería dar ese paseo con ella a solas, quería entregarle su regalo fuera del castillo, fuera de la "guarida" y, por supuesto, sin la mitad de Gryffindor mirando con una sonrisa burlona. Así que, con todo el dolor de sus hormonas paró el apasionado beso durante un segundo, lo justo para hablar.
—Minue, dame un segundo para respirar —Le acarició suavemente la mejilla—. Además, te he traído algo.
—¿Algo? ¿Para mí?
—Sí, por tu cumpleaños.
—Ya me regalaste algo por mi cumpleaños, Draco —Ella lo miraba con fijeza. Recordaba perfectamente el libro maravilloso que le había regalado.
—Ese era el regalo público, Minue, este es el que verdaderamente deseaba hacerte.
Metió la mano en el bolsillo, sacando una bolsa de terciopelo verde oscuro. Hermione la cogió, abriéndola con manos temblorosas; en su interior había un relicario redondo con la cabeza de un zorro en relieve, de plata. Una sonrisa asomó a sus labios al darse cuenta de lo que aquello significaba. Él había ganado. Había descubierto el significado de su apodo en poco más de un mes. Sionnach, zorro en gaélico.
—Hay una inscripción —Tomó la joya entre sus manos y giró la cabeza del animal, haciendo que se abriese el interior. Allí podía leerse:
Pase lo que pase
siempre podrás
contar conmigo.
~Sionnach~
Hermione leyó las frases una y otra vez; para ella eran mucho más importante que vacías promesas de amor adolescente. Aquello que Draco había escrito era un juramento de apoyo, de amistad más allá de lo que fuese a llevarles aquel juego de besos que se traían. Y para la niñita solitaria que, a veces, aún vivía en ella, aquello era más valioso que todo el oro del mundo.
Lo miró con los ojos húmedos y se abrazó a su cuello con fuerza.
—Gracias, es precioso —Su voz sonaba ahogada contra el cuello de su abrigo.
—Minue, quiero que me escuches con atención. Esta noche voy a hacer algo durante la cena que quizás te moleste, pero quiero que recuerdes este momento y que me des la oportunidad de hablar, ¿me lo prometes?
—Te lo prometo —dijo ella a la ligera, comenzando a enredar los dedos en su pelo; le encantaba sentir aquellas hebras de seda deslizarse por sus manos. Y, mientras se acercaba para capturar de nuevo el aliento del chico con sus labios, por un segundo su cerebro se preguntó qué sería aquello que Draco iba a hacer en el Gran comedor.
Harry salió del Cabeza de Puerco, aún sonriendo para sí mismo. Allí le esperaban sus amigos, con un par de añadidos de última hora.
—Harry, les hemos pedido a Robert y Diana que nos acompañen a tomar algo a las Tres Escobas, ¿los conoces? —Cedric sonreía, abrazando a su novia por la cintura.
—De la Rosa es compañera de casa, no somos tantos en Gryffindor —Sonrió a la muchacha, que le devolvió el gesto con una inclinación de cabeza.
—Pues te presentaré al resto. Esta chica tan guapa —El aprendiz de medimago señaló a la chica que estaba de pie junto a Cho— es Violet. —Esta le saludó, dándole la mano con estudiada coquetería, Potter empezó a sudar—. Y el rubiales es mi querido amigo de Hufflepuff, Robert.
—Puedes llamarme Bobby, todos lo hacen —dijo, afable, mientras le tendía una mano que Harry se apresuró a estrechar.
Una vez terminadas las presentaciones, se encaminaron hacia las Tres Escobas, donde a duras penas consiguieron una mesa para los seis. Harry se sentó entre Violet y Diana, mientras los Huffles iban a por las bebidas, negándose en redondo cuando se ofreció a ayudarles.
Empezó a hablar con las chicas, al principio le costaba, no era alguien muy dado a la palabrería, pero con la ayuda de Cho, con la que tenía más confianza, se fue animando, y cuando los chicos volvieron, estaba riendo con las muchachas mientras les contaba sus desventuras con el surf durante el verano.
Pasaron un par de horas geniales en el bar, donde pudo olvidarse de todo, ser un chico normal por un rato. Se despidieron para pasar cada uno un rato a solas con su pareja y, mientras el resto estaban distraídos, Harry aprovechó para hablar con su compañera de casa acerca de algo a lo que llevaba dando vueltas desde la reunión de aquella misma tarde.
—Diana, ¿puedo preguntarte una cosa?
—Claro —La chica se acercó.
—Lo que dijiste antes sobre que los Gryffindor tenemos tantos prejuicios como el resto...
—Sí, ¿qué ocurre?
—No sé, yo sólo tengo prejuicios contra la gente de Slytherin —comenzó a defenderse.
—¿Seguro? La mayoría de la gente piensa que los Hufflepuff son tontos incapaces de hacer la o con un canuto, la casa de los perdedores. Luego tenemos a las águilas —hizo una pausa y una mueca se instaló en sus labios, algo que intentaba pasar por una sonrisa— tan inteligentes. Tan por encima de todo. ¿Quién no los ha llamado alguna vez empollones, sosos o aburridos? Piénsalo, Potter, personalmente, nadie me ha tratado peor que los propios Gryffindor. Nadie me ha juzgado tan rápido ni tan a la ligera, sin ni siquiera escuchar mi versión. Seremos valientes, Harry, pero eso de creernos los héroes nos ha vuelto una panda de gilipollas de cuidado.
Se la quedó mirando durante un momento, mientras veía brillar las lágrimas contenidas en sus ojos. Nunca se había fijado en lo triste y herida que parecía Diana. En ese momento, se acercó Bobby, que sujetó a su novia de la mano y le susurró algo al oído; esta negó un par de veces con la cabeza, volviendo a sonreír.
Cuando los dejaron a solas, todavía estaba un poco pensativo por la conversación. Violet le dijo que fuesen a Honeydukes y él asintió, un poco distraído. Pero pronto la charla animada de la chica disipó los nubarrones de su cabeza, había salido a divertirse y por una vez en la vida iba a olvidarse de todo y hacerlo.
Pasaron el resto de la tarde paseando por el pueblo, conversando sobre los más diversos temas, conociéndose. Debía reconocer que se lo estaba pasando genial con ella, era una chica muy divertida y simpática, con la que era fácil hablar, se alegraba mucho de que Cho se la hubiese presentado. Incluso se atrevió a tomarle la mano de camino al castillo, y cuando se separaron a la entrada del comedor, prometieron volver a verse pronto.
Se sentó en su lugar habitual en la mesa de Gryffindor, todos sus amigos habían llegado ya, menos Ron, que se despedía en ese momento de Skie en la puerta con un beso que no dejaba lugar a dudas sobre su relación.
—¿Qué tal tu cita con la "buscadora"? —Ginny interrumpió los pensamientos de Harry con un susurro sarcástico.
—No ha ido mal. ¿Y la tuya con "Connie"?
—También bien.
Se quedaron mirando durante un momento, pero aún dolía demasiado.
—Me ha gustado el juego de palabras con lo de buscadora.
—Tú has estado rápido con lo de Connie.
—Somos la mar de chistosos.
—¿Sabe algo Ron de lo vuestro?
—No, tendré que darle las gracias a Skie por mantenerlo ocupado. No tengo ganas de que me monte una escena en plan "hermano mayor" —bufó, descontenta, y él no pudo evitar soltar una carcajada.
Comieron entre bromas, bastante más alegres de lo normal, la reunión les había levantado el ánimo a todos y esa noche los elfos domésticos se habían superado a sí mismos preparando una cena absolutamente deliciosa.
Cuando estaban terminando el postre, oyeron una pequeña conmoción en la mesa de Slytherin, y volvieron su atención en aquella dirección. Draco Malfoy se había subido al banco, y con un "sonorus" pedía la atención de sus compañeros.
—Queridas compañeras, compañeros. Estimados profesores. Potter —Las risas resonaron por el comedor—. Esta noche me veo en la obligación de hacer algo que ningún Malfoy ha debido hacer desde hace incontables generaciones —pausa dramática cerrando los ojos—: pedir perdón. Y para más ignominia para mi perfecta genealogía, debo pedirle perdón no a cualquiera, sino a un Weasley —Su teatral gesto de dolor volvió a despertar las risas en el auditorio—. Como habréis podido observar todos aquellos que tengáis ojos, Ronald Weasley ha conseguido lo imposible, la gesta más heroica desde que Salazar Slytherin logró hacerse con las atenciones de la mismísima Helga Hufflepuff —Otra pausa dramática—. Ha conseguido conquistar a la princesa de Slytherin... Skie "corazon de hielo" Hidden —Una ovación se levantó entre el sector masculino del gran comedor—. Vamos, Ron, levántate y recibe el aplauso que tu público te dedica—. El aludido intentaba por todos los medios pasar desapercibido, pero sus propios hermanos lo obligaron a ponerse en pie, lo que hizo que las ovaciones y los aplausos aumentaran durante un minuto, hasta que el rubio volvió a imponer silencio—. He de confesar que es algo que me sorprende. Vamos, Skie si te gustan los jovencitos nos tienes a Nott y a mí a un par de puertas de distancia —miró a la chica, con un guiño—. Así que tendré que creer que Blaise y Pansy sabían de lo que hablaban cuando cantaban aquello de "A WEASLEY TENDREMOS QUE CORONAR" —Las risas no se hicieron esperar.
—Señor Malfoy, baje de ahí ahora mismo —La profesora McGonagall lo miraba con cara de pocos amigos.
—Un minuto y ya acabo, profesora —dijo el muchacho, con desparpajo—. Bueno, todo esto, además de felicitar a Weasley y a Skie, me lleva a otro punto. Ya que ellos han roto la regla no escrita de que un Gryffindor y una Slytherin no pueden estar juntos —bajó de la banqueta y comenzó a andar entre las mesas— empecé a pensar. Debo reconocer que me dolió un poco —Más risas—. Pero al final llegué a una conclusión sorprendente. Si ellos pueden, ¿por qué nosotros no? —Se quitó el "sonorus", parándose junto a la mesa de Gryffindor, y arrodillándose a continuación, con una sonrisa—. ¿Me harías el gran honor de salir conmigo, Hermione Granger?
Bueno, hasta aqui llega el capítulo de hoy. Recordaros que en adarelatos(punto)wordpress(punto)com en la pestaña de besos en la oscuridad podeis encontrar información adicional :)
