Pido perdón por la tardanza, pero entre las clases, el niño y la vida, hasta lo de respirar tengo que ponerlo en la agenda.
El capitulo se lo dedico a SamWallflower, Emma Felton, LucyTheMarauder , Eponine, KUBL, Cary Palacios y James Moriarty por comentar.
Se habían pasado de la hora del toque de queda y lo sabían. Las dos. Aunque la prudencia imponía el silencio, Riva no paraba de imitar a Violet haciéndole ojitos a Harry durante los entrenamientos del ED y Diana, aún a su pesar, se moría de la risa.
—Para, en serio, vas a matarme—se secó los ojos llenos de lágrimas mientras se apoyaba en una columna para recuperar en parte el aliento que las risas con la Ravenclaw le habían robado.
—Entonces mejor no te cuento la cara que puso Aiden con la última que le he gastado.
—¡Riva! Deja en paz a O'Neill, tu mano aún no se ha repuesto de vuestro último encontronazo.— La pelirroja le quitó importancia con un gesto, pero todos sabían que las múltiples bromas de las que era objeto el prefecto venían de ella (por lo menos la mayoría) así que él solía castigarla en lugar de quitarle puntos, ya que siendo de la misma casa eso hubiese ido en contra de sus intereses.—Es mi ex y yo paso de él ¿Por qué no puedes hacer tú lo mismo?
—¿Me aburro? ¿Sólo estudiar hace mi vida monotona? ¿Todo el mundo necesita un hobby?— La chica soltó las tres excusas seguidas con el convencimiento de que ninguna de ellas convencería a su mejor amiga.— Además, esta vez Angelo me dió soporte económico, así que creo justo y necesario que comparta la culpa conmigo.
—No sé qué voy a hacer con vosotros dos y vuestra estúpida manía de protegerme. Soy lo suficientemente mayor como para cuidarme solita y más del mierdas de O'Neill.
—Lo que tú digas, morena.—Cabe destacar que Silvercrown apenas conocía un par de palabras del idioma materno de su amiga, el castellano, exceptuando los tacos, claro. Una de ellas, era "morena" y la otra:
—No me vaciles, pelirroja— Diana le guiñó un ojo.— y cuéntame qué fue exactamente lo que tú y nuestro ilustre premio anual le hicisteis a O'Neill.
—Bien, todo empezó …
—¿No me podéis hacer una rebaja?— Riva volvió a contar sus monedas como si ese simple hecho fuese a multiplicarlas, pero no, ahí seguían siendo las mismas e insuficientes para pagarles a los gemelos la poción.
—Lo sentimos, Silvercrown…
—...Aiden nos cae tan mal que te lo hemos puesto…
—…a precio de costo. Pero si te lo…
—...rebajamos más, perderemos dinero.—Fred y George la miraban verdaderamente abatidos cuando las monedas que costaba la poción cayeron en el centro del pequeño círculo que los tres formaban.
Angelo los observaba con una sonrisa complacida.
—Esta va de mi cuenta, pelirroja, le tengo tantas ganas a O'Neill como el que más. Sólo hazme un favor.— Dijo mientras se alejaba.
—¿Cuál?—preguntó ella confusa.
—Esta vez, hazlo de manera que él no pueda sospechar de ti. Empieza a dolerme ver esa mano—Contestó sin volverse caminando por el pasillo.
Los tres pelirrojos lo vieron alejarse encogiéndose de hombros, mientras la poción cambiaba de manos y los gemelos le explicaban a Riva cómo usarla.
Por una vez, la Ravenclaw tomó las debidas precauciones para que fuese imposible relacionarla con la broma. Esperó sentada tranquilamente mientras Aiden bromeaba durante el desayuno con su "séquito", era tan patético. A su lado Violet, Chang y Marietta charlaban de forma animada, de un tiempo a esta parte. Cho la había acogido bajo su protección y su vida había dejado de ser solitaria. Debía reconocer que no era tan molesto tener compañía dentro de su casa, incluso conseguían arrancarle alguna sonrisa.
Entonces sucedió, la poción hizo efecto y la voz de O'Neill pasó de un agradable barítono a un agudo insoportable, las risas no se hicieron esperar, pero la cosa pasó pronto haciendo que aquello no quedase en más que una divertida anécdota.
—¿Has tenido algo que ver en eso, Riva?—Chang la miraba divertida
—Yonohesido—contestó la aludida bebiendo de su zumo con una sonrisa.
A lo largo del día los episodios con la voz de pito se fueron repitiendo en todas las asignaturas, apenas duraban un par de minutos. Como los gallos producidos por los cambios de voz y después la voz del prefecto volvía a la normalidad. Pero cuando le sucedió en medio de una respuesta en pociones, casi le cuesta cuarenta puntos para su casa y un suspenso. El profesor Snape se tomaba muy en serio sus clases y no permitía burlas.
Fue un día glorioso y Riva casi fallece debido al esfuerzo que tuvo que hacer por no reírse, pero ver a Aiden cenando cabizbajo y sin abrir la boca le convenció de que había merecido la pena.
—Ya recuerdo ese día, Aiden estaba muy apagado en la cena. Fue algo que me llamó la atención.
Siguieron andando por los pasillos entre bromas y risas, hasta que al doblar una esquina Riva sujetó por el brazo a su amiga intentando detenerla.
—Prefectos.
—Mierda.
Miraron alrededor buscando un sitio para esconderse, pero era demasiado tarde, la pareja se habia acercado lo suficiente como para verlas y como para que ellas, con un escalofrío, reconociesen al chico.
—Diana, Riva. Es tarde para andar por los pasillos.—Helena, la prefecta de Ravenclaw de sexto, era seria pero justa.
—A veces da la sensación de que este par se consideran por encima de peligros y normas.—El enfado del muchacho era palpable desde lejos.— Helena, acompaña a Silvercrown a Ravenclaw, yo me encargo de De la Rosa.
—¡NO!—La protesta nació desde lo más profundo de Riva.—No pienso dejarte a solas con él en ese estado.
—Tranquila, Riv, ya te he dicho antes que soy mayorcita para cuidarme sola. —Diana intentó poner una sonrisa tranquilizadora sin demasiado éxito.— No le tengo miedo.
Las muchachas se marcharon no sin ciertas reticencias por parte de la pelirroja que no dejaba de girarse para comprobar que su amiga estaba bien, como si al perderla de vista ya nunca más fuese a saber de ella.
Siguió al Prefecto por los pasillos, podía notar su enfado casi como algo palpable, le oía murmurar para sí sobre chicas cabezas huecas, inconscientes, pero prefirió no decir nada.
Iba tan abstraída que no se dió cuenta de que no se dirigían hacia la torre de Gryffindor hasta que él abrió una puerta, metiéndola en una clase vacía sin demasiadas contemplaciones.
—Ahora mismo estoy tan enfadado que podría matarte.
—No me asustas.
—Ese es el problema, Diana, que tú nunca te asustas.—Se había acercado a ella acorralándola contra la pared.—Siempre valiente, siempre leal, la perfecta Gryffindor.
Estaban tan cerca que a pesar de la semioscuridad podía percibir cada una de sus emociones reflejadas en sus ojos. Y recordó por qué se había enamorado de él, así que sin pensarlo demasiado lo sujetó por el cuello, besándolo.
No fue suave cuando la empotró contra la pared, sujetándola, mientras la devoraba con rabia. Pero ella no quería que fuese delicado, lo deseaba así, lleno de fuego y pasión, haciéndole de esa forma olvidar la realidad de lo que estaban haciendo.
—Por Merlín, Diana, me vuelves loco.— el susurro grave contra su cuello la enardeció aún más.—Di mi nombre, quiero oírlo salir de tus labios.— Sus manos fueron subiendo por las piernas desnudas hasta perderse entre los pliegues de la falda.—¡Dilo!
—Eres demasiado mandón, Robert.—Consiguió gemir ella al sentir los dedos del rubio abriéndose paso en su ropa interior.
Y allí siguieron en la semioscuridad, amándose el uno al otro, enterrando las preocupaciones en placer. La gente pensaba que eran una pareja fría, ya que nunca discutían o eran demostrativos en publico. En realidad, lo único que sucedía es que Bobby y Diana, eran discretos.
Durante las dos semanas siguientes, Harry tuvo la impresión de que llevaba una especie de talismán dentro del pecho, un secreto íntimo que lo ayudaba a soportar las clases de la profesora Umbridge y que incluso le permitía sonreír de manera insulsa cuando la miraba a los espantosos y saltones ojos. Harry y el ED le oponían resistencia delante de sus propias narices, practicando precisamente lo que más temían ella y el Ministerio, y durante sus clases, cuando se suponía que Harry estaba leyendo el libro de Wilbert Slinkhard, lo que hacía en realidad era recordar los momentos más satisfactorios de las últimas reuniones del ED: Neville había conseguido desarmar a Angelo; Colin Creevey había realizado a la perfección el embrujo paralizante; después de tres sesiones de duros esfuerzos, Parvati Patil había hecho una maldición reductora tan potente que había convertido en polvo la mesa de los chivatoscopios…
Resultaba casi imposible escoger una noche a la semana para las reuniones del ED, porque tenían que adaptarse a los horario de entrenamientos de los cuatro equipos de quidditch, que muchas veces se modificaban debido a las adversas condiciones climáticas. Pero eso no preocupaba a Harry: tenía la sensación de que, seguramente, era mejor que sus reuniones no tuvieran un horario fijo. Si alguien estaba observándolos, iba a costarle mucho descubrir un sistema predeterminado.
Hermione no tardó en idear un método muy ingenioso para comunicar la fecha y la hora de la siguiente reunión a los miembros del ED por si había que cambiarlas en el último momento, porque habría resultado sospechoso que los estudiantes de diferentes casas cruzaran el Gran Comedor para hablar entre ellos demasiado a menudo. Entregó a cada uno de los miembros del ED un galeón falso (Ron se emocionó mucho cuando vio por primera vez el cesto, convencido de que estaba regalando oro de verdad).
—¿Veis los números que hay alrededor del borde de las monedas? —dijo Hermione mostrándoles una para que la examinaran al final de su cuarta reunión. La moneda, gruesa y amarilla, reflejaba la luz de las antorchas—. En los galeones auténticos no son más que un número de serie que se refiere al duende que acuñó la moneda. En estas monedas falsas, sin embargo, los números cambiarán para indicar la fecha y la hora de la siguiente reunión. Las monedas se calentarán cuando cambie la fecha, de modo que si las lleváis en un bolsillo lo notaréis. Cogeremos una cada uno, y cuando Harry decida la fecha de la siguiente reunión, él modificará los números de su moneda, y los de las demás también cambiarán para imitar los de la de Harry porque les he hecho un encantamiento proteico. —Las palabras de Hermione fueron recibidas con un silencio sepulcral. Ella observó a sus compañeros, que la miraban desconcertados—. No sé, me pareció buena idea —balbuceó—. Porque aunque la profesora Umbridge nos ordenara vaciar nuestros bolsillos, no hay nada sospechoso en llevar un galeón, ¿no? Pero..., bueno, si no queréis utilizarlas…
—¿Sabes hacer un encantamiento proteico? —le preguntó Terry Boot.
—Sí.
—Pero si eso..., eso corresponde al nivel de ÉXTASIS —comentó con un hilo de voz.
—Ya —repuso Hermione intentando parecer modesta—. Ya..., bueno..., sí, supongo que sí.
—¿Por qué no te pusieron en Ravenclaw? —inquirió Ron mirando a Hermione maravillado—. ¡Con el cerebro que tienes!...
—Verás, el Sombrero Seleccionador estuvo a punto de mandarme a Ravenclaw —contestó Hermione alegremente—, pero al final se decidió por Gryffindor. Bueno, ¿qué decís? ¿Queréis usar los galeones?
Todos asintieron sonrientes guardandose las monedas.
—Me alegro de que al final te pusieran en Gryffindor, si no, puede que nunca nos hubiésemos conocido.—El murmullo del pelirrojo erizó su piel.
Se volvió, quedándose mirando sus ojos azules sin saber que responder a eso, demasiado inmersa en lo que sus palabras le habían producido.
—Zanahorio, vamos, no tengo todo el día para esperarte.—La voz de Alexandretti atravesó el salón rompiendo el momento en mil pedazos.
—Ya voy macarroni, no me metas prisa, tío.
—¿Qué me has llamado, enano?
—¿Eres consciente de lo ridículo que es llamar enano a alguien que es tan alto como tú?—intervino Skie separando a su mejor amigo de su novio antes de que la cosa fuese a mayores.—Tengamos la fiesta en paz.
Draco se acercó a Hermione, llamando su atención con un gesto.
—¿Puedes acompañarme? Tengo algo que enseñarte.—Parecía ausente y preocupado, así que tras un par de despedidas leves lo siguió por los corredores del castillo sin apenas fijarse por dónde iba.
Al final tras un rato llegaron a "la guarida". Draco abrió la puerta dejándole pasar galante, atravesó la puerta y una exclamación salió de manera involuntaria de sus atónitos labios.
La habitación estaba llena de velas que flotaban, de manera parecida a como lo hacían en el gran comedor, una suave música de violines empezó a sonar al tiempo que sus vestimentas cambiaban.
—Aún no soy muy bueno en esto.—Comentó intentando simular modestia Draco.—Así que los hechizos sólo duraran un par de horas, pero creo que serán suficientes.
Hermione se miraba a sí misma, vestida totalmente de color rojo, con algunos detalles en dorado. El vestido largo hasta los pies se ceñía a su pecho con un escote en uve para después caer en vaporosas capas desde su cintura. Era precioso y debía reconocerle a Draco la deferencia de haberlo elegido en sus colores. Él vestía un elegante traje negro, muy semejante al que había llevado en los mundiales, Hermione no pudo resistirse a darle su propio toque a la noche y con un toque de varita agregó un elegante chaleco verde botella y una corbata plateada.
— Buen detalle, Minue.— su reverencia impecable aunque con un leve toque burlón, hizo reír a Hermione.
— Gracias, Sionnach— respondió con otra inclinación ella.
—¿Bailamos?
—Lo estoy deseando.
La música los envolvía mientras daban vueltas por toda la habitación mirándose a los ojos. Sonreían perdidos en algún lugar fuera del tiempo, dentro de aquella burbuja tililante a la luz de las velas que el Slytherin había creado para ambos.
Pero el reloj no se detiene por nadie y tras las dos horas el encanto desapareció haciendo que la pareja se quedase abrazada en la oscuridad.
— No me has dicho qué celebramos.— Hermione rompió el silencio, susurrando sobre la suave piel del muchacho.
— Hoy hace un año que dejé de lado mis estupideces y me decidí a hablarte en aquellas gradas.
—Un año.—un beso siguió a sus palabras—a veces me parece más tiempo. Han pasado tantas cosas.
Ambos se quedaron en silencio.
—Ojalá estuviese enamorada de ti, Sly.—Dijo ella al fin hundiendo la nariz en la curva de su cuello, aspirando el perfume del chico.—Todo sería mucho más fácil.
—Ojalá yo fuese capaz de amar.—Respondió Draco alzando su barbilla para depositar un suave beso en sus labios.— El problema es que estoy rodeado de gente con el corazón roto y nunca he sido particularmente valiente.
Hermione no supo qué contestar a aquello, así que siguió besándolo hasta que ambos olvidaron por qué tenían las mejillas llenas de lágrimas.
El partido entre Gryffindor y Slytherin se acercaba, haciendo que los nervios estuviesen a flor de piel.
Ron nunca había estado sometido a una implacable campaña de insultos, burlas e intimidaciones. Cuando los de Slytherin, entre ellos algunos de séptimo curso mucho más altos que él, murmuraban al cruzárselo en un pasillo: «¿Ya has reservado una cama en la enfermería, Weasley?», Ron no se reía, sino que se ponía verde en cuestión de segundos. Cuando Blaise Zabini intimidaba a Ron dejando caer la quaffle (y lo hacía cada vez que ambos se veían), a éste se le ponían las orejas coloradas y empezaban a temblarle las manos de tal modo que si en ese momento llevaba algo en ellas, también se le caía.
Draco, a pesar de ser el buscador de Slytherin, empezaba a cansarse de las actitudes de sus compañeros de casa, había aprendido a apreciar al pelirrojo y le fastidiaba verlo a punto de vomitar de los nervios.
—Hidden—Dijo un día en la sala común llamando la atención de la morena.—¿Puedes acompañarme un momento?—La muchacha se levantó de la mesa donde ayudaba con sus deberes a un par de alumnos de segundo y lo siguió con evidente curiosidad. Cuando Draco estuvo seguro de que nadie les oía empezó a contarle las tácticas de guerrilla que los Slys estaban usando. Casi podía ver el humo saliendo de sus orejas, pero pronto una sonrisa fría asomó a sus labios.
—Así que se dedican a intimidar a Ronnie.
—Deberías oír la canción que han compuesto para el día del partido, ponen a tu familia política en muy mal lugar.
—¿Ahora eso te importa?
—Estoy tan sorprendido como tú. Pero por una vez me gustaría ganar por méritos propios y no por hacer una tonelada de trampas. Soy bueno en mi puesto, Skie, he entrenado mucho para mejorar y no quiero que las mierdas de esos estúpidos empañen mi victoria sobre Potter.
—Tranquilo, cielo, déjamelo a mi, les voy a quitar las ganas de seguir molestando a Ron para una buena temporada.
—Me das miedo.
—Eso está bien, niño. Es saludable tenerle miedo a la bruja malvada.
Draco dejó escapar una carcajada.
—No será para tanto.
—Ya lo verás, rubito, ya lo veras.—El tono amenazador no presagiaba nada bueno.
Los Gryffindors salían del comedor hablando de forma animada cuando la premio anual los interceptó.
— Hermione ¿Podría acompañarme? Necesito tu ayuda para una cosa.
—Claro.—la chica estaba algo sorprendida, nunca había interactuado demasiado con la morena.
Se despidieron de los demás y empezaron a recorrer los pasillos en silencio.
—¿Tiene algo que ver con mi tarea como prefecta?
—No, podríamos decir que es un proyecto más personal.—Skie se detuvo junto a la puerta de la biblioteca.—¿Sabías algo del acoso al que los de Slytherin estaban sometiendo a Ronald?
—Sí, bueno, siempre se comportan así antes de un partido.—Respondió titubeante.
—Pues se ha acabado.—Tras decir esto entró en la biblioteca seguida por la anonadada muchacha que no entendía nada.
Entregaron a la Señora Pince un papel que les daba el permiso necesario para entrar en la sección prohibida. La Gryffindor prefería no pensar en la de historias que habría tenido que contar Skie para obtener aquel pergamino, pero tampoco pensaba indagar demasiado. Siguieron caminando entre las mesas sumidas en sus pensamientos hasta llegar a la puerta donde las esperaba Draco.
—¿Qué haces aquí, rubito?
—Vigilarte, bruja, no me fio de tus ansias de venganza y temo que lesiones a medio equipo a unos días del partido.
—No seas burro.—Hidden abrió la puerta permitiéndoles pasar a ambos.—sólo voy a buscar un hechizo de protección que solía recitar mi abuela. Se llama "Bendición Galesa", no les hará daño a esos idiotas.
—¿Y qué efecto produce?—Hermione era una empollona después de todo y cualquier atisbo de nuevo conocimiento la volvía una hoja temblorosa y expectante.
—Muy sencillo, si alguien se acerca a Ronnie con verdadera intención de dañarle será incapaz de hablar o incluso podría llegar a olvidar a qué había ido allí en primer momento.
Draco y Hermione se miraron.
—Me parece una buena idea.—Comentó el Sly, pero el día del partido deberás retirarlo… en el juego, con la competición, uno no es completamente dueño de sus pensamientos y no sería juego limpio que la mitad de nuestro equipo se quedase embobado mirándose los pies.
—¿Lo ves bien?
Hermione tardó un segundo en darse cuenta de que era a ella a quien le preguntaba.
—Sí.—Contestó asintiendo.—Me parece lo más justo.
Se pusieron manos a la obra buscando por todos los rincones de la sección prohibida hasta que un grito de triunfo les indicó que Draco lo había encontrado.
—Aquí tienes, principessa.
—¿Tú también me vas a empezar a llamar así?
—Puede—Respondió el chico encogiéndose de hombros.
Skie metió el libro con cuidado en su mochila.
—¿Os importa cerrar aquí y devolverle la llave a Pince? Quiero irme a mi cuarto para echarle a esto un vistazo con calma.
—Claro.—Dijo Hermione alargando la mano, pero el chico fue más rápido y cogió la llave de la mano de la premio anual que salió apresuradamente de la habitación dejándolos solos.
Draco cerró la puerta con llave de forma lenta, como regodeándose en el movimiento. Después se recostó contra esta, cerrando los ojos y con su sonrisa socarrona asomándose a sus labios.
—Puede que me equivoque, Minue. Pero creo recordar que tenías ciertos pensamientos conmigo en la biblioteca.
—¡Oh! …¿Tú… lo recuerdas?—La cara de la chica ardía de vergüenza. Estaba demasiado preocupada ayudando a Skie con su problema como para percatarse de dónde se hallaban. Se había creído muy audaz cuando le confesó lo de la biblioteca, pero ahora mismo estaba aterrorizada. ¿Qué esperaba Draco de ella?
—¿Estás bien?—su voz se había tornado de provocativa a preocupada en segundos.—Te has puesto blanca. Vamos Hermione, era sólo una broma. Nunca te forzaría a hacer nada que no quisieras.— Su humor habia vuelto a girar a algo parecido al enfado. Se giró metiendo la mano en el bolsillo.
—Espera, no quiero que te enfades.—Se pegó a su espalda abrazándolo por la cintura.
—No puedo creer que aún pienses esas cosas de mi.—El susurro dolido hizo que lo abrazase más fuerte.
—Me has cogido por sorpresa, Draco.—Añadió con vehemencia.— Claro que no creo que me obligases a nada, pondría la mano en el fuego por ti. Ya lo sabes.
Draco comenzó a reír al tiempo que se giraba y la atrapaba entre sus brazos.
—Eres demasiado predecible, Minue.
—¡ESTABAS FINGIENDO!—Gritó separándose.
—Silencio, Granger, recuerda que estamos en una biblioteca.—La reprendió mientras la agarraba de la corbata y tiraba de ella para volver a atraerla. Pero ella se escapó retrocediendo hasta que su espalda dió contra la balda llena de libros.— Mira por dónde vas, podrías hacerte daño.—Su voz, una octava más grave y llena de pervertidas intenciones, pulsó un par de cuerdas en Hermione, que tuvo que hacer un gran esfuerzo y bajar la mirada al suelo para que él no leyese con total claridad lo que pensaba en ese momento.
Draco terminó de acercarse con extrema lentitud y puso una mano en la estantería, acorralándola.
—Se te han acabado los sitios a donde huir.
—¿Y quién dice que quiero seguir corriendo?—Respondió ella cogiéndolo del cinturón y pegándose a su cuerpo.—Estoy cansada de negar lo que deseo.
—¿Y qué es lo que quieres?—Preguntó en voz baja con la boca seca.
—A ti, aquí, ahora.—Sus manos empezaron a colarse entre las capas de ropa que los protegían del frío que asolaba las tierras de Escocia.
—¡Por Merlin! Qué ganas te tenía. No sabes lo que me costó no abalanzarme sobre ti el otro día mientras bailábamos.— Besaba su cuello con desesperación mientras sacaba la camisa de la cinturilla de la falda.
—Mmmm, el sentimiento fue mutuo. Ese traje te queda demasiado bien para mi salud mental.—y ya eran varios los botones desabrochados de su camisa lo que le daba acceso a su pecho, así que aprovechó para cubrirlo de besos y pequeños mordiscos.—Joder, Draco, que bien hueles.
—Her… mio… ne.—sin camisa, el sujetador blanco de algodón con un lacito rosa quedaba al descubierto.—cómo me gusta tu ropa interior.— La frase sonó tan cargada de deseo que ella no pudo resistirse a sostenerlo del cuello y besarlo con fuerza.
—Mi ropa interior es de niña pequeña.— el fastidio se dejó ver con claridad.
—Puede, pero eso hace aún más excitante descubrir el relleno.— replicó retirando la tela con exquisita lentitud y posando sus labios allí donde la piel quedaba expuesta.
Hermione tuvo que morder la palma de la mano para ahogar los gemidos cuando él comenzó a lamer uno de sus pezones, mientras su mano acariciaba el otro por encima de la tela algodonosa.
Hasta ese momento siempre que habían estado juntos la norma no escrita había sido que la ropa interior era el límite, nada de quitarla, ni apartarla. Pero en esta ocasión estaban tan excitados y el entorno era tan parecido al de las fantasías que no se pararon a pensar, dejándose llevar por sus hormonas.
Draco cogió las túnicas de ambos, arrojándolas al suelo y murmuró un hechizo para hacerlas más cómodas y mullidas. Después alargó la mano hacia la muchacha, ayudándola a tumbarse en el improvisado lecho.
Continuaron besándose con desesperación, mientras sus dedos bailaban entre la ropa desordenada. Hermione empezó a luchar contra el cinturón y el cierre del pantalón con manos temblorosas sin abandonar los labios de Malfoy en ningún momento. No sabía qué le pasaba pero ahora mismo era de vital importancia desabrochar ese botón. Al fin lo logró y pudo alcanzar su objetivo, los calzoncillos grises que a duras penas conseguían contener su erección.
—¡Oh, Dios Mío!—susurró ella entre sus labios—quiero tocarte, déjame tocarte, por favor, Draco, por favor.
—¿Por qué... iba a... negarme? — Respondió él entrecortadamente y aguantó la respiración, apretando con fuerza los ojos, mientras Hermione se deshacía de la última barrera y comenzaba a tocarlo casi con miedo.
—Es tan suave y cálido.—Exclamó sorprendida rodeandolo con su mano.
—Si… no… quieres… hacerme… llorar… no me… digas… que… es… pequeño, por… favor.—Se recostó intentando pensar en cualquier otra cosa que no fuesen las manos que lo estaban matando de placer con su infinita curiosidad.
—No me parece pequeño en absoluto.
—Si… sacas… la… cinta… métrica… te… juro… que te … mato.
Ella rió ante su ocurrencia, inclinándose sobre sus labios para volver a besarlo y justo fue ese el momento que él aprovechó para colar los dedos por el lateral de sus braguitas, comenzando a acariciarla al tiempo que ella hacía lo mismo con él.
Sus bocas se unían desatadas, bebiéndose los gemidos del otro, acelerando los movimientos de sus manos hasta que Draco explotó en un orgasmo, seguido a los pocos segundos de Hermione.
Se quedaron tumbados, en silencio, sin terminar de creerse lo que acababan de hacer. Era la primera vez que llegaban tan lejos y lo habían hecho allí, en plena biblioteca, donde cualquiera podía cazarlos en cualquier momento.
Se limpiaron entre sonrisas idiotas, mientras se ayudaban el uno al otro a acomodarse la ropa. Lo último fue recoger las túnicas del suelo y retirarles el hechizo. Draco la sujetó, galante, ayudando a Hermione a ponérsela. Sin poder ni querer resistirlo volvieron a besarse justo antes de que él abriese la puerta.
—¿Sabes lo peor?—Preguntó ella mientras paseaban por los oscuros pasillos una vez que hubieron dejado la llave a la bibliotecaria. Draco sacudió la cabeza en una negativa, cogiéndola de la mano.—Que me he quedado con ganas de más.
Él abrió los ojos mirándola con sorpresa antes de estallar en una carcajada que resonó por todos los rincones del adormilado castillo.
El siguiente viernes por la noche Skie se llevó a Ron a una de las alas más alejadas y menos utilizadas del castillo. Hacía bastante frío y la tormenta rugía en el exterior. Se sentaron en el alfeizar de un gran ventanal, abrazados, mientras veían la lluvia caer.
—Me han contado que la gente de mi casa te lo está haciendo pasar mal.
—Sí, bueno, según Harry es algo que hacen normalmente, pero como soy nuevo en el equipo… no estoy acostumbrado.—La chica pudo notar la vacilación de su voz contra su espalda. A pesar de que desde que salian y se había montado el ED Ron se había vuelto alguien bastante más seguro, aún recaía en sus complejos.
—He encontrado algo que podrá ayudarte. Los mantendrá alejados, pero sólo hasta el día del partido, ese día deberé quitarte la protección.
—No es nada ilegal, ¿verdad?
—Pasas demasiado tiempo con Hermione.—Contestó ella con una sonrisa.—Pero no, es una antigua bendición galesa. La aprendí de mi abuela, por lo menos la primera parte, he tenido que acudir a la sección prohibida para recordar con precisión la segunda.
—¿No será ningún ritual raro lleno de sangre y vísceras, típico de los sangre puras?
—No seas ridículo, mira que llegas a tener prejuicios tontos.
Skie se puso de rodillas, y cerrando los ojos y posando las manos sobre la cabeza de Ron, empezó a canturrear:
Bod y tir yn agor y ffordd i eich camau,
y gwynt chwythu bob amser yn eich cefn,
yr haul yn disgleirio gynnes ar eich wyneb,
y glaw yn disgyn yn ysgafn ar eich caeau
ac, hyd nes y byddwn yn cyfarfod eto
Llyr bob amser gadw di yng nghledr eich llaw
ac nid ydynt yn gadael eich gelynion yn dod i chi.
(Que la tierra se vaya abriendo camino ante tus pasos,
que el viento sople siempre a tus espaldas,
que el sol brille cálido sobre tu rostro,
que la lluvia caiga dulcemente sobre tus campos
y que, hasta tanto volvamos a encontrarnos,
Llyr te guarde siempre en la palma de su mano
y no permita que tus enemigos se acerquen a ti.)
—¿En qué idioma lo has dicho en primer lugar?— preguntó el chico, aclarándose la garganta, intentando disimular en parte el sobrecogimiento que lo embargaba. No estaba acostumbrado a que alguien se tomase tantas molestias por él. En parte se sentía invisible.
—Era galés.—Skie bajó las manos acariciando sus mejillas.—Mi abuela sólo hablaba ese idioma, ella me lo enseño. Con ese color de pelo cualquiera diría que estarías más familiarizado con alguna forma de gaélico.
—Mucha gente cree que somos escoceses o irlandeses, pero no, somos ingleses de pura cepa.
—Ya veo.
Ron atrapó a la muchacha abrazándola por la cintura y la atrajo hasta sus labios, besándola.
—Y tu embrujo gales ¿me hará más fuerte?¿más rápido?...
—No, en realidad no.
—¿Entonces?
—Muy simple, si alguien se acerca a ti con malas intenciones será incapaz de hablar o incluso olvidará lo que iba a hacer.
—Vamos a tener un montón de Slyterins silenciosos y despistados por todo el castillo.
—Así aprenderán a no tocar lo que es mío—Dijo Skie con tono enfadado.
—No sabía que te importase tanto.—El susurro incrédulo de él partió un trozo de corazón de Skie que aún no sabía que tenía.
—Claro que sí, Ronnie.—Le respondió abrazándose a su cuello.—Eres el unico que me da paz en estos días. Ademas, me haces reir, hacía mucho tiempo que nadie lograba eso. Tendrías que valorarte más, para mí eres una parte fundamental de mi vida.
Se quedó callado, sin saber qué responder a ese alarde de elocuencia que había derrochado la Slytherin. Siempre había sido más una persona de acción que de palabras rebuscadas, así que le mostró a la chica con actos lo importante que era ella para él.
La mañana del partido amaneció fría y despejada. Cuando Harry despertó, giró la cabeza hacia la cama de Ron y lo vio sentado muy tieso, abrazándose las rodillas y mirando fijamente el vacío.
—¿Estás bien? —le preguntó. Ron asintió con la cabeza sin decir nada. Se acordó de cuando, por error, se hizo a sí mismo un encantamiento vomitababosas; estaba tan pálido y sudoroso como entonces, y se mostraba igual de reacio a abrir la boca—. Lo que necesitas es un buen desayuno —le dijo para animarlo—. ¡Vamos!
El Gran Comedor estaba casi a rebosar cuando llegaron; los alumnos hablaban más alto de lo habitual y reinaba una atmósfera llena de vida y de entusiasmo. Cuando pasaron junto a la mesa de Slytherin, aumentó el nivel del ruido. Harry se volvió y vio que, además de los acostumbrados gorros y bufandas de color verde y plateado, muchos llevaban una insignia de plata con una forma que parecía la de una corona. Curiosamente, esos mismos alumnos de Slytherin saludaron con la mano a Ron riendo a mandíbula batiente. Intentó leer lo que estaba escrito en las insignias, pero como le interesaba mucho conseguir que Ron pasara de largo rápidamente, no quiso entretenerse demasiado.
Llegaron a la mesa de Gryffindor y recibieron una calurosa bienvenida. Todos iban vestidos de rojo y dorado, pero, lejos de levantarle los ánimos a Ron, los vítores no lograron más que minar la poca moral que le quedaba; Se dejó caer en el banco más cercano con el aire de quien se sienta a comer por última vez.
—Debo de estar loco para hacer lo que voy a hacer —dijo con un susurro ronco—. Loco de atar.
—No seas tonto —repuso Harry con firmeza, y le pasó un surtido de cereales—. Jugarás muy bien. Es lógico que estés nervioso.
—Lo haré fatal —lo contradijo Ron—. Soy malísimo. No acierto ni una. ¿Cómo se me ocurriría meterme en semejante lío?
—Contrólate —le ordenó Harry severamente—. Piensa en la parada que hiciste con el pie el otro día. Hasta Fred y George comentaron que había sido espectacular.
Ron giró el atormentado rostro hacia Harry.
—Eso fue un accidente —susurró muy afligido—. No lo hice a propósito. Resbalé de la escoba cuando nadie miraba, y en el momento en que intentaba volver a montarme en ella le di una patada a la quaffle sin querer.
—Bueno —dijo Harry recuperándose rápidamente de aquella desagradable sorpresa—, unos cuantos accidentes más como ése y tendremos el partido ganado, ¿no?
Hermione y Ginny se sentaron enfrente de ellos; llevaban bufandas, guantes y escarapelas de color rojo y dorado.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Ginny a Ron, que contemplaba la leche que había en el fondo de su cuenco de cereales vacío como si estuviera planteándose muy en serio la posibilidad de ahogarse en ella.
—Está un poco nervioso —puntualizó Harry.
—Eso es buena señal. Creo que en los exámenes nunca obtienes tan buenos resultados si no estás un poco nervioso —comentó Hermione con optimismo.
—¡Hola! —saludó entonces una vocecilla tenue y soñadora detrás de ellos.
Harry levantó la cabeza: Luna Lovegood se había alejado de la mesa de Ravenclaw y había ido a la de Gryffindor. Mucha gente la miraba sin parar, y unos cuantos estudiantes reían sin disimulo y la señalaban con el dedo. Luna había conseguido un gorro con forma de cabeza de león de tamaño natural y lo llevaba precariamente colocado en la cabeza.
—Yo estoy con Gryffindor —declaró la chica señalando su gorro pese a que no hacía ninguna falta—. Mirad lo que hace... —Levantó una mano y le dio unos golpecitos con la varita. El gorro abrió la boca y soltó un rugido extraordinariamente realista que hizo que todos los que había cerca pegaran un brinco—. ¿Verdad que es genial? —preguntó Luna muy contenta—. Quería que tuviera en la boca una serpiente que representara a Slytherin, pero no hubo tiempo. En fin... ¡Buena suerte, Ronald!
Y tras decir eso, la chica se marchó. Cuando todavía no se habían recuperado de la impresión que les había causado el gorro, Angelina fue muy deprisa hacia ellos acompañada de Katie y de Alicia, cuyas cejas habían vuelto a su estado normal gracias a la señora Pomfrey.
—Cuando terminéis de desayunar —les indicó—, podéis ir directamente al terreno de juego. Comprobaremos las condiciones del campo y nos cambiaremos.
—Iremos enseguida —le aseguró Harry—. Es que Ron todavía tiene que comer un poco.
Sin embargo, pasados diez minutos quedó claro que no podía ingerir nada más, y Harry creyó que lo mejor que podía hacer era bajar con él a los vestuarios. Cuando se levantaron de la mesa, Hermione se levantó también y, cogiendo a Harry por un brazo y apartándolo un poco, le susurró:
—No dejes que Ron lea lo que hay escrito en las insignias de los de Slytherin. —Harry la miró de manera inquisitiva, pero ella negó con la cabeza para avisarle, porque Ron se acercaba a ellos sin prisa, con aire perdido y desesperado—. ¡Buena suerte, Ron! —le deseó Hermione poniéndose de puntillas y besándolo en la mejilla—. Y a ti también, Harry…
Pareció que Ron volvía un poco en sí cuando recorrieron el Gran Comedor hacia la puerta. Entonces se tocó el sitio donde Hermione lo había besado, un tanto aturdido, como si no estuviera muy seguro de lo que acababa de ocurrir. Estaba tan distraído que no se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor, pero Harry, intrigado, al pasar junto a la mesa de Slytherin echó una ojeada a las insignias con forma de corona, y esa vez vio las palabras que había grabadas en ellas:
A Weasley vamos a coronar.
Con la desagradable sensación de que aquello no podía presagiar nada bueno, Harry se llevó a toda prisa a Ron por el vestíbulo; bajaron la escalera de piedra y salieron a la fría mañana.
Una vez fuera Skie se acercó a ellos. Tras darle un beso mareante a Ronald y desearle suerte en el partido, le susurró algo que hizo sonreír tontamente al pelirrojo.
La helada hierba crujió bajo sus pies cuando descendieron por la ladera hacia el estadio. No había ni gota de viento y el cielo era una extensión uniforme de un blanco perlado, lo cual significaba que la visibilidad sería buena, pues el sol no los deslumbraría. Harry le remarcó a Ron aquellos esperanzadores factores mientras caminaban, pero no estaba seguro de que su amigo estuviera escuchándolo demasiado concentrado en imaginar las cosas que le habia prometido su novia si ganaban.
Angelina ya se había cambiado y estaba hablando con el resto del equipo cuando ellos entraron. Se pusieron las túnicas (Ron parecía estar mucho más tranquilo, lo que hizo que Harry sonriese por primera vez en toda la mañana ); luego se sentaron para escuchar la charla previa al partido, mientras en el exterior el murmullo de voces iba aumentando de intensidad a medida que el público salía del castillo y bajaba al campo de quidditch.
—Bueno, acabo de enterarme de la alineación definitiva de Slytherin —anunció Angelina consultando una hoja de pergamino—. Los golpeadores del año pasado, Derrick y Bole, ya no están en el equipo, pero por lo visto Montague los ha sustituido por los gorilas de rigor, y no por dos jugadores que vuelen particularmente bien. Son dos tipos que se llaman Crabbe y Goyle, no sé mucho acerca de ellos…
—Nosotros sí —dijeron Harry y Ron a la vez.
—Bueno, no parecen lo bastante listos para distinguir un extremo de la escoba del otro —observó Angelina mientras se guardaba la hoja de pergamino—, pero la verdad es que siempre me sorprendió que Derrick y Bole consiguieran encontrar el camino hasta el campo sin necesidad de letreros.
—Crabbe y Goyle están cortados por el mismo patrón —afirmó Harry.
Oían cientos de pasos que ascendían por los bancos escalonados de las tribunas del público. Había gente que cantaba, aunque Harry no logró entender la letra de la canción. Estaba empezando a ponerse nervioso, miró a Ron y ambos sonrieron intentando infundirse ánimos el uno al otro.
—Ya es la hora —anunció Angelina con voz queda, consultando su reloj—. ¡Ánimo, chicos! ¡Buena suerte!
Los miembros del equipo se levantaron, se cargaron las escobas al hombro y salieron del vestuario en fila india hacia el luminoso exterior. Los recibió un fuerte estallido de gritos y silbidos entre los cuales Harry seguía escuchando aquella canción, aunque en ese momento se oía amortiguada.
Los jugadores del equipo de Slytherin los esperaban de pie en el campo. Ellos también llevaban las insignias plateadas con forma de corona, todos menos Draco, él no llevaba la chapa y ademas estaba un poco alejado del resto de los jugadores. El nuevo capitán, Montague, tenía la misma constitución que Dudley Dursley, con unos antebrazos enormes que parecían jamones peludos. Detrás de Montague acechaban Crabbe y Goyle, casi tan corpulentos como él, parpadeando con pinta de estúpidos y blandiendo sus bates nuevos de golpeadores.
—Daos la mano, capitanes —ordenó la señora Hooch, que hacía de arbitro, cuando Angelina y Montague se encontraron. Harry se dio cuenta de que Montague intentaba aplastarle los dedos a Angelina, aunque ella no hizo el más mínimo gesto de dolor—. Montad en vuestras escobas…
La señora Hooch se puso el silbato en la boca y pitó.
A continuación soltaron las pelotas y los catorce jugadores emprendieron el vuelo. Harry vio con el rabillo del ojo cómo Ron salía como un rayo hacia los aros de gol. Harry subió un poco más y esquivó la primera bludger; luego dio una amplia vuelta por el terreno de juego mirando a su alrededor en busca de un destello dorado; en el otro extremo del estadio, Draco Malfoy estaba haciendo exactamente lo mismo, pero se las apañó para acercarse a él y gritarle.
—¡Potter, como Weasley oiga la canción de las gradas se va a liar!
—¡¿Qué dice?!
—¡Nada bueno.—El rubio parecía genuinamente disgustado.—es cosa de Blaise y Pansy. Lo típico que hubiese hecho yo si siguiese juntandome con ellos!
—¡Avisaré al resto del equipo, gracias por el aviso!
—¡De nada!—Una sonrisa presuntuosa se pintó en la cara del buscador verde y plata—¡Quiero ganarte por mis propios méritos, no por que vuestro guardián este al cuarenta por ciento de sus posibilidades!
Harry le sonrió de vuelta aceptando el desafío implícito en sus palabras y fue avisando a los miembros del equipo.
El juego se desarrolló bastante mejor de lo que Harry había temido en un primer momento, aunque eso no evitó que Ron dejase pasar algunas quaffles por el aro. De todas maneras pronto dejó de preocuparse por su amigo y se concentró en su duelo con Malfoy. Había mejorado mucho desde la ultima vez que habían jugado. Mucho, quizás tenia algo que ver en que estaba centrado en el juego y no en hacerle la vida imposible. Fuese como fuese, cuando al final de un trepidante picado consiguió agarrar la snitch y así ganar, se sintió genial. Aún mejor fue cuando, tras descender al suelo a la par, Draco le dió la mano y lo felicitó por un gran partido.
Una bludger golpeó con fuerza a Harry en la parte baja de la espalda, haciéndole perder el equilibrio. El fuerte golpe le cortó la respiración. Enseguida oyó el estridente silbato de la señora Hooch, un rugido en las gradas formado por silbidos, gritos furiosos y abucheos, un ruido sordo y luego la voz de Malfoy:
—¿Estás bien?
—Claro que estoy bien —contestó Harry muy serio; le cogió la mano y dejó que lo ayudara a levantarse.
La señora Hooch volaba hacia uno de los jugadores de Slytherin que estaba por encima de Harry, aunque desde donde él estaba no pudo ver quién era.
—Ha sido ese matón, Crabbe —dijo Angelina, furiosa, acercándose a ellos—, te ha lanzado la bludger en cuanto ha visto que habías atrapado la snitch. Pero ¡hemos ganado, Harry, hemos ganado!
—Johnson, no hagas leña del árbol caído.—El Slytherin le dio la mano a la capitana y compañera del ED felicitándola por la victoria.
—Perdona, Draco, tú me caes bien, pero no puedo decir lo mismo del resto de tu equipo.
—Ahora mismo, no me caen bien ni a mi.
Harry oyó un bufido detrás de él y se dio la vuelta sin soltar la snitch: Blaise Zabini había saltado al campo. Su atezada piel se veia mas pálida de lo normal por el disgusto, pero todavía era capaz de mirarlos con aire despectivo.
—Le has salvado el pellejo a Weasley, ¿eh? —le dijo—. Nunca había visto un guardián más patoso... Pero claro, nació en un vertedero... ¿Te ha gustado la letra de mi canción, Potter?
Harry no contestó. Dio media vuelta y fue a reunirse con el resto de los jugadores de su equipo, que entonces descendían uno a uno, gritando y agitando los puños, triunfantes.
—¡Queríamos escribir un par de versos más! —gritó Zabini mientras Katie y Alicia abrazaban a Harry—. Pero no se nos ocurría nada que rimara con gorda y fea... Queríamos cantarle también a su madre, ¿sabes?
—Hay que ser desgraciado... —dijo Angelina mirandolo con desprecio.
—Tampoco pudimos incluir «pobre perdedor» para referirnos a su padre, claro..
—Para Blaise, te estas pasando—intentó cortarlo Draco.
—Es cierto, ahora que te juntas con sangre sucias y traidores a la sangre quizás deberíamos haber incluido algo sobre ti en la canción.
Entonces Fred y George oyeron lo que estaba diciendo. Le estaban estrechando la mano a Harry y, de pronto, se pusieron muy rígidos y se volvieron para mirar a Zabini.
—¡No le hagáis caso! —exclamó Angelina sujetando al gemelo que tenia mas cerca por el brazo—. No le hagas caso, Fred, deja que grite todo lo que quiera. Lo que ocurre es que no sabe perder, el muy creído…
—Pero a ti te caen muy bien los Weasley, ¿verdad, Potter? —continuó Blaise con una sonrisa burlona—. Hasta pasas las vacaciones en su casa, ¿no es cierto? No entiendo cómo soportas el hedor, aunque supongo que cuando te has criado con muggles, hasta ese tugurio de los Weasley debe de oler bien…
Harry sujetó a George ayudado por Draco. Entre tanto, Angelina, Alicia y Katie habían unido sus fuerzas para impedir que Fred se abalanzara sobre Zabini, que se reía a carcajadas. Harry buscó con la mirada a la señora Hooch, pero vio que todavía estaba amonestando a Crabbe por aquel ataque ilegal con la bludger.
—A lo mejor —añadió lanzándole una mirada de asco antes de darse la vuelta— es que todavía te acuerdas de cómo apestaba la casa de el traidor de tu padre, Potter, y la pocilga de los Weasley te lo recuerda… Puedes probar a ir a la casa de Draco, ahora que su madre aloja a su tío sangre sucia seguro que huele igual.
No supo quién habia soltado primero a quien, sólo se dio cuenta de que corría a toda velocidad hombro con hombro con Draco, seguidos de cerca por George. Harry no se detuvo a pensar que los profesores lo estaban mirando: lo único que quería era hacerle a Blaise todo el daño que pudiera; no le dio tiempo a sacar la varita mágica, así que echó hacia atrás el puño en el que tenía la snitch y se lo hundió al Slytherin con todas sus fuerzas en el estómago...
—¡Harry! ¡HARRY! ¡DRACO!¡NO!
Oía chillidos de chicas, los gritos de dolor de Blaise, a George maldiciendo pidiendo que le hiciesen sitio, un silbato y el bramido del público a su alrededor, pero nada de eso le importaba. Hasta que alguien que estaba cerca gritó «¿Impedimenta!» y cayó hacia atrás por la fuerza del hechizo, no abandonó su propósito de machacar a puñetazos a Zabini.
—¿Qué demonios os pasa? —gritó la señora Hooch cuando se pusieron en pie.
Por lo visto, había sido ella quien les había lanzado el embrujo paralizante a el y a Malfoy; llevaba el silbato en una mano y la varita mágica en la otra, y había dejado abandonada su escoba a unos metros de allí. Zabini estaba acurrucado en el suelo, gimiendo y lloriqueando, y sangraba por la nariz. George los miraba desde un poco más atrás enfadado por no poder haberle tocado un pelo al chico; las tres cazadoras todavía sujetaban con dificultad a Fred, y Crabbe reía socarronamente un poco más allá.
—¡Nunca había visto un comportamiento como éste! ¡Al castillo, los dos, y directamente al despacho de la subdirectora! ¡Ahora mismo!
Harry y Draco salieron del campo, jadeantes y sin decirse nada. Los pitidos y los abucheos del público se debilitaron gradualmente hasta que ambos llegaron al vestíbulo, donde ya no se oía nada más que sus propios pasos. Harry se dio cuenta de que todavía había algo que se movía en su mano derecha, cuyos nudillos se había lastimado al golpear a Blaise en la mandíbula. Miró hacia abajo y vio las plateadas alas de la snitch, que sobresalían entre sus dedos con la intención de liberarse.
Sin decir nada, cogió la mano de Malfoy depositando la maltrecha pelota en ella y cerrando los dedos del que hasta hace poco habia sido su némesis, a su alrededor. Se la había ganado con creces.
Tan pronto como llegaron a la puerta del despacho de la profesora McGonagall, ésta apareció en el pasillo, caminando a grandes zancadas hacia ellos. Llevaba una bufanda de Gryffindor, pero se la quitó del cuello con manos temblorosas antes de llegar a donde estaban Harry y Draco. Estaba furiosa. Tras ella y no con mejor cara apareció Snape.
Un par de horas después los chicos aparecieron en la torre de Gryffindor (donde dejaron entrar a Draco) arrastrando los pies y pálidos como fantasmas. Allí los esperaban todos.
—¿Qué ha pasado?—Preguntó Ron ansioso. No se había enterado de nada hasta que la pelea terminó. Fue a celebrarlo con Skie en cuanto bajó de la escoba y para cuando se dio cuenta del alboroto, ya era tarde.
—Nos han expulsado del equipo.
—¿Para cuantos partidos?—Angelina los miraba ansiosa.
—Para siempre.—La voz del Slytherin fue apenas un susurro que quedó ahogado por la exclamación de sorpresa de todos los presentes.
—Lo peor no es eso, es que también han expulsado a Fred y George y eso que ellos no han hecho nada.—Añadió Harry molesto.
—Eso fue porque no nos disteis oportunidad.
—De todas maneras, me parece un castigo muy duro viniendo de McGonagall y Snape… y más tratándose de vosotros dos.— comentó Alicia Spinnet extrañada.
Los aludidos se miraron.
—No fueron ellos.—Contestó Draco.
—Fue Umbridge.—Terminó de decir Harry con tono fúnebre.
—Voy a acostarme —anunció Angelina, y se puso lentamente en pie—. A lo mejor resulta que todo esto no es más que una pesadilla... A lo mejor mañana me despierto y me doy cuenta de que todavía no hemos jugado el partido... Alicia y Katie no tardaron en seguirla. Fred y George se fueron a la cama poco después y fulminaron con la mirada a todo aquel con el que se cruzaron; Hermione también se marchó enseguida acompañando a un compungido Draco. Ron, Harry y Ginny fueron los únicos que se quedaron junto al fuego.
—Debería renunciar.—Anunció el pelirrojo con vehemencia.
—No digas estupideces, Ronald, si renuncias ahora sólo quedaran tres jugadores en el equipo, no puedes hacerle eso a Angelina.—lo reprendió su hermana.—Acabo de recordar que Hermione me ha pedido que os diga que Hagrid ha vuelto.
—Creo que me ire a dormir—anunció el pelirrojo levantándose y dirigiéndose hacia las escaleras—seguro que mañana a primera hora Hermione quiere ir a ver a Hagrid y tengo una montaña de deberes por hacer.
Harry no tenía demasiado sueño, así que se quedó sentado en el sofá, frente a la chimenea, pensando en qué iba a hacer ahora que no jugaba al quidditch. Ginny le hizo compañía, pero cuando se quedó dormida por tercera vez insistió en que se fuese a dormir.
Al rato llegó Hermione, que confirmó las sospechas de Ron, al decirle que al día siguiente iría a visitar al guardabosques, pero al ver la cara de su amigo se acercó y le acarició la mejilla.
—Vamos, Harry, de cosas peores has salido.
—Ya, pero me encanta el quidditch.—respondió triste.
—Lo sé, pero míralo por el lado bueno, contigo y con Draco fuera de los equipos ya sólo tendremos que coordinar tres entrenamientos distintos antes de programar una reunión del ED.—exclamó intentando animarlo. Y aún en contra de su voluntad, Harry se vio forzado a sonreír.
Si queréis ver el vestido que Draco hechiza para Hermione: adarelatos (punto) wordpress (punto) com y luego entrad en la pestaña de Besos en la oscuridad
Desde luego no os quejaréis por la longitud del capítulo. Ahora le contesto a las no logueadas.
Emma Felton: Gracias por todo lo que me dices en tu comentario. Apoyo a Tina y vuelvo a insistirte en lo de la cuenta :) (Pesadas somos todas) Y respecto a lo otro. Este fic va a ser muy largo, no voy a contaros cómo va a acabar, mejor irlo descubriendo poco a poco :)
Eponine: Gracias por todo. Sí, en eso de las parejitas inesperadas se ve que soy la reina :) Pero la verdad es que Astoria y Theo me pegan bastante. Por desgracia, como habrás visto en este capítulo no hemos sabido nada de ellos, pero prometo contar más de las dos serpientes pronto.
Respecto a la continuación del vestido. Está pensadisima, lo malo es que apenas tengo tiempo, y ya me da palo tardar tanto en actualizaros BEO como para meterme a escribir eso de por medio. Tengo bastantes proyectos colgados porque le doy preferencia total a Besos en la Oscuridad. A ver si saco unas horas para escribirlo de una vez (le debo a una amiga un fic de Avatar que tendrá unos 10 capítulos, para su cumple … y fue en junio. Así que imagínate)
