Feliz Año a todas y todos los que me leéis. Espero que os guste este capitulo y que no sufráis demasiados infartos.
Este capítulo se lo dedico a Leydhen que me ha ayudado mucho en un par de cosas que se me resistían.
Las noticias que les habían llegado desde el colegio no eran muy festivas. Aunque Hagrid por fin había vuelto de su viaje, Umbridge no tardó en presentarse en su clase y encontrar motivos para ponerlo en "período de pruebas", lo que tenía a Harry bastante molesto.
Lily dobló la carta de su hijo con un suspiro hastiado. Parecía que no hallasen un lugar en toda Inglaterra donde sentirse tranquilos y a salvo; Ya ni Hogwarts era el refugio que solía ser para su único hijo.
—Sirius, ¿le has mandado la carta a Harry diciéndole que pasaremos juntos la Navidad?
—¿Sí? —Salió del baño aún secándose el pelo.
—Eres un puto desastre, Black.
—Te prometo que mañana le escribo sin falta.
—Eso espero. No lo está pasando precisamente bien estos días y necesita algo que le anime.
—¿Qué ocurre, pelirroja?
—Ese monstruo de Umbridge ha castigado a Harry, Fred, George y tu sobrino Draco sin quidditch, y por si eso no fuese bastante amenaza con echar a Hagrid del colegio. —Sus manos apretaron el pergamino hasta hacerlo una bola—.Como odio a esa mujer.
—No eres la única.—Remus levantó la vista del libro que leía junto a la ventana—.A mi me hizo la vida imposible durante un tiempo debido a "mi condición". No soporta a los mestizos, por eso la ha tomado con Hagrid.
Los tres se quedaron en silencio. Deseaban estar en el colegio, poder proteger a los chicos, pero aún quedaban algunos flecos de la misión por concretar.
Sabían donde iba a producirse el ataque y quién lo iba a llevar a cabo, pero aún ignoraban el cuando. Y teniendo en cuenta que el Ministerio más que ayudarles les entorpecía, estaban desesperados por averiguar el día y la hora.
Pero no esa noche, por primera vez en meses estaban libres. Necesitaban salir, tomar unas copas y olvidar por unas horas las preocupaciones. Olvidar que eran parte de la Orden del Fénix y aunque fuese por un rato, volver a ser los jóvenes despreocupados que hacía muchos años que no se permitían ser.
Fueron a cenar a un restaurante muggle de comida italiana. Sirius se había aficionado cuando pasaron el verano en San Francisco y siempre que podía arrastraba a sus amigos a comer pizza.
—Te vas a poner gordo.
—Tengo un metabolismo privilegiado, pelirroja.—Comentó mientras comía su segundo trozo de masa sin apenas respirar—. Y que sepas que ese tono "verde" no te sienta nada bien.
—No te tengo envidia, patán.
—Camarero ¿Puede traer otra botella de Lambrusco? Por favor.— Lupin se giró hacia sus amigos que habían parado de discutir para mirarlo atónitos—. Voy a emborracharme, a ver si así dejo de oíros. Llevo aguantando vuestras discusiones estúpidas más de dos meses, o bebo o mataré a alguien.
—Pobrecito ¿te estamos empujando al alcoholismo?—Se burló Sirius.
—Más bien a la locura.— El hombre lobo cogió un trozo de pizza comiéndoselo con desgana.
—A ti te pasa algo.— Lily se lo quedó mirando —. Y no tiene que ver tanto con nuestras riñas como intentas hacernos creer.
—¡Cotilleo! —Casi eran capaces de ver la cola de Sirius meneándose ansiosa de un lado a otro. Como la de un cachorro juguetón.
—No sé de qué me habláis.
—Evitas el contacto visual, estás mintiendo. —Lo acusó Lily con una sonrisa de suficiencia.
—Desembucha, Remus, no me hagas lloriquear.
—Odio cuando haces ese sonido tan lastimoso e irritante.
—Lo sé. —Una sonrisa enorme apareció en su cara.
—¡Lo tengo!—Exclamó Lily—. Es una mujer, estás así porque te gusta alguien.
Sirius y ella se cogieron de las manos y empezaron a canturrear "Remus debajo de un árbol se besa con …"
—¿Quién es ella?
—¿Quién es quién?
—La mujer, la que te gusta.—Sirius empezó a mordisquear su cuarto trozo de pizza sin dejar de insistir.
—No tengo la más mínima idea de lo que estáis hablando—.Continuó defendiéndose Lupin con indiferencia.
Pero si algo definía a Black y Potter era su tenacidad. Normalmente no paraban de pelearse, pero si unían sus fuerzas para algo era casi imposible pararles, como multitud de mortífagos habían descubierto para su desgracia.
Unas horas después, en un pub y con muchas más copas encima, seguían insistiendo en el interrogatorio.
—Está bien, está bien. Pesados.—Se dio al fin por vencido—. Hay una chica, pero como si no la hubiese, porque es mucho más joven que yo y ademas debido a mi situación… no creo que sea justo meterme en ninguna relación.
—¿De qué situación hablas? —Lily bebía de su cerveza sin dejar de mirar a su amigo.
—Mi licantropía.
—Eso es una gilipollez.—Sentenció Sirius, que hacía un par de copas que se había pasado al whisky—.No te voy a decir que no es una mierda, pero con la poción lo tienes más o menos bajo control y el resto del mes eres un tío decente. Es más de lo que pueden decir muchas de sus maridos.
—Sin que sirva de precedente, le doy la razón al perro.
—Y ahora, dinos quién es.
Lupin suspiró, a pesar de tener el cerebro embotado de alcohol, sabía que ese par no pararía hasta sacarle un nombre, así que se encogió de hombros internamente y se rindió sin batallar.
—Es Tonks.
El silencio era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Se podía notar como la información iba calando en los cerebros borrachos de sus amigos.
—¿Nymphadora?
—¿Tonks? ¿Como en mi primita Dora?
—Sí, esa misma.
Remus no sabía si reír, llorar o salir corriendo ante la reacción de profunda incredulidad de sus amigos.
—Bueno, sólo puedo comentar una cosa.—Sirius tomó un gran trago de su copa como dándose valor—. Hace años que sospecho que estás enamorado de mí y que te hayas ido a fijar en Dora sólo confirma mis sospechas. Pero si tú eres feliz con tu ilusión de heterosexualidad, yo te apoyo.
Lily y Remus acogieron estas palabras como se merecían, con un montón de carcajadas y tirándole los frutos secos que les habían puesto como acompañamiento. Nadie como Black para quitarle hierro a una confesión como esa.
Prisión de Azkaban, 20 de Noviembre de 1996, 1:30 A.M.
Sintió como la puerta se cerraba a sus espaldas. Nunca era agradable venir a este lugar y eso que era consciente que esta parte de la prisión, donde le permitían visitarlo, era la menos lúgubre del lugar. Los carceleros aquí aún eran seres humanos, si es que a estos despojos que la desnudaban con la mirada se les podía llamar así. Siguió su camino con la frente alta y la espalda recta, no pensaba dejarles ver cuanto le impresionaban sus muros de piedra, ni el frío que se colaba de las celdas de más abajo, las que custodiaban los dementores.
Entró en la pequeña habitación apenas amueblada con una mesa, dos sillas y un destartalado camastro. Nadie sabía que estaba allí, ni su hermana, ni su cuñado, ni ninguno de sus costosos abogados. Se había prometido a si misma que no sucumbiría, que seria fuerte, pero… ¡Lo echaba tanto de menos!
La puerta volvió a abrirse y el carcelero metió al prisionero en la habitación, ella le dió la bolsa llena de galeones acordados y el hombre sonrió con avaricia desdentada.
—Tenéis tres horas.
—Muchas gracias.—contestó ella notando como la bilis le quemaba la garganta al tener que pronunciar aquellas palabras.
—De nada, preciosa, ha sido un placer hacer negocios contigo, cuando quieras.—El guardián salió contando las monedas y cerró la puerta a sus espaldas, dejándolos a solas.
—Hola—Se bajó la capucha que le cubría el pelo, pero fue incapaz de girarse y mirarlo.
—¡Por Merlin, Narcisa! ¿En qué estabas pensando al venir? — Notó como sus manos le agarraban los hombros desde atrás— ¡Estás loca, mujer!
—¡Tenía que verte!
—Cissy, Cissy.—Sus labios se posaron en su cuello, demandantes— ¿Crees que yo no te extraño? ¿Pero de qué sirve la pantomima del divorcio si te descubren aquí?
—Lo sé. —Narcisa se recostó contra su ex-marido con los ojos cerrados intentando contener las lágrimas, ella nunca se permitía llorar, era una debilidad.
—¿Recuerdas por qué lo hacemos?
—Por Draco.
—Exacto, por nuestro hijo, por su futuro. —Lucius la abrazó por la cintura—. He sido un necio, mi amor. Un imbécil que ha creído en promesas vacías y quimeras estériles. Y te aseguro que esto aún se va a poner peor.
—Shhh, calla.—Se volvió, aún entre sus brazos—. No quiero hablar más de ese tema, ni de ningún otro. Si esta va a ser la última vez que venga, quiero aprovecharla—. Narcisa se puso de puntillas y besó con deliberada lentitud al amor de su vida.
La gente de su posición no solía casarse por amor, así que cuando tantos años atrás concertaron su matrimonio, Lucius y Narcisa, no pestañearon. Lo aceptaron con aplomo, después de todo no habían esperado nada más. Ella tenía quince años, él dieciséis y se conocían desde que eran niños, lo que nunca esperaron es que al conocerse más por el compromiso, al permitirse compartir risas y confidencias, terminasen por enamorarse. Y si hay algo que todo el mundo sabe, es que cuando un Slytherin entrega su corazón lo hace para siempre.
Y así llevaban desde entonces, siendo fríos y distantes, lo que se esperaba de ellos, de puertas para afuera, manteniendo oculto el amor sincero que se tenían pues, al igual que las lágrimas, era una debilidad facil de explotar por sus enemigos.
Lucius empujó a Narcisa contra la pared más cercana respondiendo a sus besos con una mezcla de pasión y desespero. Sabía que lo que hacían era peligroso, que debía mandarla a Francia, donde estaba segura, pero necesitaba volver a sentir sus manos sobre la piel, que su calor le hiciese olvidar el infierno por el que estaba pasando gracias a su insensatez.
Podía notar el frío de la piedra atravesando el grueso tejido de la capa y el vestido, colándose hasta su espalda desnuda. Pero no le importaba, nada que no fuese las manos de su marido deslizándose bajo el vestido, jugando con las ligas, que sujetaban en su lugar las medias. Incapaz de apresurarse aún estando consumido por la lujuria. Y así era como le gustaba a Narcisa, enloquecedor en su control, frío en apariencia, cálido bajo la superficie.
Sin dejar de besarla la sostuvo por el trasero y transportó sin aparente esfuerzo hasta el camastro. Extendieron la capa para no tener que tocar las infames sábanas y allí en lo más profundo de Azkaban, Lucius y Narcisa se entregaron el uno al otro sin dejar de susurrar palabras de amor.
Un tiempo después, acallada la pasión, abrazados en la oscuridad, hablaron en voz baja sin dejar de tocarse, como dos chiquillos recién salidos del colegio.
Cuando el carcelero vino a abrir la puerta, los encontró a los dos de pie, sin un cabello fuera de lugar y con el rostro tranquilo e impasible.
Ella se marchó sin volverse a decir adiós como si el corazón no se le quedase en aquella celda, junto al hombre con el que había compartido más de media vida.
Skie intentaba dejar de carcajearse mientras arrastraba a Ron por los pasillos.
—Socorro, me secuestran, que alguien me salve de esta Slytherin malvada —. Gritaba el pelirrojo fingiendo que intentaba escapar.
Se cruzaron con un par de personas que rieron ante las payasadas del muchacho. Se habían convertido en una de las parejas preferidas del castillo, siempre parecían de buen humor cuando estaban juntos y había que reconocer que una vez superado el shock inicial, se veían bien juntos.
—Eres un escandaloso, Ronnie.
—Y tú eres preciosa. —Le respondió besándola.
Skie se lo quedó mirando, sin saber cómo responder a aquello. Le gustaba el chico en el que se había convertido Ron, divertido, mucho más seguro de sí mismo y, aún así, seguía conservando aquella inocencia que la maravillaba, esa forma de verlo todo de quien aún conserva un pie en la niñez. Esa niñez que a ella le habían robado.
—¿A dónde me llevas?
—Es una sorpresa. — La morena siguió guiándolo por los pasillos. Ya había pasado la cena y aún tenían dos o tres horas antes de irse a la cama —. Quería darte algo por lo bien que lo hiciste en el partido de quidditch.
—No es necesario que me des nada.
—Espera a ver lo que es y después ya protesta.
Llegaron a un lugar que Ron conocía perfectamente, sus orejas se pusieron del color de su pelo al entrever las intenciones de su novia.
—Esto… esto es el baño de prefectos.
—Sí. —Skie tenía una sonrisa maquiavélica en la cara—. He utilizado todas mis influencias para reservarla esta noche, ya sabes lo complicado que es.
Ron se quedo callado dejándose guiar mientras la chica decía la contraseña y entraba en la sala. Estaba bastante nervioso, no se lo había esperado para nada. Ella cerró la puerta asegurándola con un hechizo y se volvió a mirarlo.
—Sólo te tomaba el pelo, Ronnie.—Volvió a tirar de su mano guiándolo hacia la gran bañera del centro de la habitación—. No tenemos que hacer nada, solo me apetecía estar tranquilos un rato. Podemos sentarnos y meter los pies en el agua.
El muchacho se relajó de forma visible. Se sentaron en el borde de la piscina, con las piernas metidas hasta la rodilla. Empezaron a hablar, cogidos de la mano, intercambiando besos y no pasó demasiado tiempo antes de que Skie estuviese tumbada en el suelo, con las manos de su novio acariciando sus piernas.
Se mordía el labio para ahogar los gemidos, entonces sin saber la razón desvió la mirada hacia una ventana y alli reflejado vio algo que le heló la sangre. Draco Malfoy, estaba pegado a la puerta intentando pasar desapercibido mientras le tapaba la boca a Hermione Granger, seguramente para evitar que esta gritase. No podían salir debido al hechizo que ella habia puesto, apartó a Ron de forma suave.
—Dame un segundo.
—¿Pasa algo?
—Cosas de chicas. No tardo nada. —Respondió levantándose mientras daba gracias a que desde donde estaba Ron era imposible ver la salida.
Deshizo el hechizo dejando salir a los otros dos prefectos y se reunió con ellos en el pasillo.
—¿Qué… qué hacíais ahí dentro?
—Oímos un ruido mientras hacíamos la ronda. —Hermione parecía incapaz de mirarla mientras le contestaba.
—Vosotros entrasteis antes de que pudiésemos salir y la cosa degeneró muy rápido como para decir algo —continuó explicando Draco.
—Ya veo.
—Bueno, nosotros nos vamos. —El chico comenzó a andar, seguido por su amiga que no apartaba la vista de sus zapatos.
—Hermione, espera. —En un impulso la Premio Anual sujetó a la otra muchacha de la muñeca—. Perdona, no sabía que estabas ahí, siento haberte herido. Esta situación tampoco es fácil para mí.
—No es tu culpa, Skie. —Suspiró de forma lenta y prolongada—. En realidad no es culpa de nadie.
—Yo…
—No, escúchame.—Otro suspiro controlado—. Soy su amiga y aunque me duela, debo reconocer que eres lo mejor que le ha pasado. Nunca le había visto tan feliz.
—Creo que no lo entiendes…
—Buenas noches, Hidden. —La chica se dió la vuelta sin dejar a la otra terminar de hablar y siguió caminando hasta alcanzar a su amigo que la esperaba un poco más adelante.
Skie deseó darles un par de tortazos a aquel par de Gryffindors, pero se recordó que no era su problema, era el de Hermione y el de Ron. Ella ya había intentado que hablasen más de una vez y solo se encontraba con una pared de cabezoneria. Así que se encogió de hombros y volvió a donde su novio la esperaba, ella ya había hecho todo lo que estaba en su mano.
Llegó diciembre, y dejó más nieve y un verdadero alud de deberes para los alumnos de quinto año. Las obligaciones como prefectos de Ron y Hermione también se hacían más pesadas a medida que se aproximaban las fiestas.
Harry no tenía ganas de pensar en la Navidad. No había tenido noticias de su madre y Sirius y aún no sabía si tendría que pasar las vacaciones en el castillo. En un año normal eso no le hubiese preocupado, pero este curso entre la prohibición de jugar al Quidditch y lo preocupado que estaba por si ponían a Hagrid en período de prueba, le estaba agarrando fobia al colegio. Lo único que de verdad lo ilusionaba eran las reuniones del ED, y durante las vacaciones tendrían que suspenderlas, pues casi todos los miembros del grupo pasarían las Navidades con sus familias. Hermione se iba a esquiar con sus padres, lo cual provocó enormes carcajadas a Ron y Draco, porque no sabían que los muggles se ataban unas estrechas tiras de madera a los pies para deslizarse por las montañas. Ron se iba a La Madriguera. Harry pasó varios días tragándose la envidia que sentía, hasta que, cuando le preguntó cómo iría a su casa aquella Navidad, su amigo exclamó: «Pero ¡si tú también vienes! ¿No te lo había dicho? ¡Mi madre me escribió hace semanas y me dijo que te invitara a venir si no podías pasarlas con tu familia!»
En la última reunión del ED antes de las Navidades Angelina le contó que por fin habían encontrado un sustituto para él: Ginny. Se rió ante la ironía, había entrenado mucho con la pelirroja y sabía el enorme potencial que tenía, pero nunca se imaginó que fuese a sustituirlo, ella siempre había querido ser cazadora.
La llegada de los demás interrumpió la conversación que se estaba volviendo bastante incómoda. Cuando estuvieron todos empezaron a entrenar, volviendo a practicar alguno de los hechizos que ya sabían realizar, pese a las protestas de algunos.
Al finalizar los alumnos se fueron marchando en grupitos deseándole felices fiestas al despedirse.
Draco le llamó la atención con un gesto y dejó de recoger almohadones para ir a ver lo que quería.
—¿Ya te han encontrado sustituto?
—Si ¿Y a ti?
—Creo que tardaron unos diez segundos en darle mi puesto a Zabini, me extraña que aún no haya venido a arrancarme la insignia de prefecto del pecho.
—Por lo menos durante las navidades podremos jugar al quidditch. Esa bruja no puede controlar lo que hacemos en casa. —Harry se moría de ganas por llegar a La Madriguera y sabía que Fred y George también estaban deseando volver a practicar.
—Hablando de las Navidades… —Empezó a decir Draco, pero en ese momento llegó Hermione y se lo llevó a rastras aduciendo nosequé de un problema en el cuarto piso con el acebo. Harry se encogió de hombros y siguió recogiendo mientras los últimos miembros del ED terminaban de marcharse.
—Harry. —Unos brazos le rodearon la cintura en un abrazo—. Te voy a echar mucho de menos en las vacaciones.
—Y yo a ti, Violet. —Se giró para mirarla. Estaba preciosa, como siempre, con los ojos brillantes y los labios entreabiertos, que pedían a gritos ser besados. Potter nunca había sido de los que se hace de rogar, así que sosteniéndola por el cuello la besó.
Un par de horas más tarde, Harry entró en la sala común y encontró a Hermione y a Ron en los mejores lugares junto a la chimenea; casi todos los demás se habían acostado. Hermione estaba escribiendo una carta larguísima; ya había llenado medio rollo de pergamino, que colgaba por el borde de la mesa. Ron estaba recostado sobre la alfombra de la chimenea intentando terminar sus deberes de Transformaciones.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Ron cuando Harry se sentó en la butaca que había al lado de la de Hermione.
—¿Necesitas que te haga un dibujo?— Su amiga lo miraba socarrona con una ceja alzada.
—¡Ahh, claro … eso!
Harry invocó un gran vaso de agua sin molestarse en intervenir en la conversación, cuando sus amigos se ponían en aquel plan, era mejor dejarlos a lo suyo.
—Bueno, me voy a la lechucería a enviar esto —dijo Hermione cuando terminó de escribir el enorme pergamino al que se había estado dedicando.
—¿A estas horas?
—Si, Ron a estas horas. Quiero asegurarme además de que Padma y Terry han hecho lo que les pedí.— Y con estas palabras se terminó de poner la ropa de abrigo y salió por el retrato dejándolos solos.
—No sé qué habrá visto en Krum —comentó Ron cuando Harry y él subían la escalera de los chicos.
—Bueno —dijo Harry deteniéndose a pensarlo—. Es mayor que nosotros, ¿no? Y es un jugador internacional de Quidditch…
—Sí, pero aparte de eso... —continuó Ron, que parecía exasperado—. Además, creo que hace mejor pareja con Draco. Aunque moriré antes de decirselo a ella.
—Estoy de acuerdo… en ambos puntos —admitió Harry, que seguía pensando en Violet.
Se acostaron en silencio para no despertar al resto. Harry dejó abiertas las cortinas para poder mirar el trozo de cielo que se entreveía por la ventana. Aunque pasar la Navidad con la familia de su mejor amigo era una perspectiva que le atraía, esperaba recibir una carta de su madre, en el último momento, diciéndole que pasarían juntos las fiestas, hacía meses que no la veía y la extrañaba más de lo que hubiese imaginado en un principio.
Harry soñó que estaba otra vez en la sala del ED. Violet y él se besaban recostados en los cojines, sus manos deslizándose por debajo de la blusa de ella, arrancándole pequeños gemidos que lo hacían enloquecer.
Entonces el sueño cambió...
Sentía su cuerpo, fuerte y flexible. Estaba en un largo pasillo y, justo frente a la puerta donde debía ir, estaba aquel hombre. Se moría de ganas de morderlo, pero no podía, tenía otras cosas más importantes que hacer. Pero cuando el individuo comenzó a moverse medio adormilado el instinto venció y lo atacó. Pudo sentir sus costillas astillándose y el sabor de la sangre caliente inundando su boca…
A Harry le dolía muchísimo la cicatriz... Le dolía como si su cabeza fuera a estallar…
Los gritos angustiados de Ron lo despertaron. Se incorporó e inmediatamente se inclinó y después vomitó en el suelo. El dolor de la cicatriz apenas le dejaba ver u oír nada de lo que sucedía a su alrededor, pero fue consciente de que alguien habia ido a buscar ayuda.
A duras penas reunió el coraje suficiente para hablar:
—Tu padre —dijo entre jadeos—. Han... atacado... a tu padre.
—¡Qué! —exclamó Ron sin comprender.
—¡Tu padre! Lo han mordido. Es grave. Había sangre por todas partes...
—Tranquilo, Harry —lo calmó un Ron titubeante—. Sólo..., sólo era un sueño…
—¡No! —saltó Harry, furioso; era fundamental que su amigo lo entendiera—. No era ningún sueño..., no era un sueño corriente... Yo estaba allí... y esa cosa... lo atacó.
Oyó que Seamus y Dean cuchicheaban, pero no le importó. El dolor de la frente estaba remitiendo un poco, aunque todavía sudaba y temblaba como si tuviera fiebre. Volvió a vomitar y Ron se apartó dando un salto hacia atrás.
—Estás enfermo, Harry —insistió con voz temblorosa—. Neville ha ido a pedir ayuda.
—¡Estoy bien! —dijo él con voz ahogada, y se limpió la boca con el pijama. Temblaba de modo incontrolable—. No me pasa nada, es por tu padre por quien tienes que preocuparte. Tenemos que averiguar dónde está... Está sangrando mucho... Yo era... Había una serpiente inmensa.
Intentó levantarse, pero Ron se lo impidió. Temblaba mientras el dolor de la cicatriz iba remitiendo de forma paulatina. Entonces llegó McGonagall y con voz entrecortada le contó lo que había sucedido, ella escuchó sus palabras con atención y cuando terminó de hablar dijo:
—Te creo, Potter —dijo la profesora, cortante—. Ponte la bata. Vamos a ver al director.
Harry se sintió tan aliviado al comprobar que se lo tomaba en serio que no vaciló: se levantó de inmediato de la cama y se puso la bata y las gafas.
—Tú también tendrías que venir, Weasley —indicó la profesora.
Salieron con ella del dormitorio, donde dejaron a Neville, Dean y Seamus, que no se atrevieron a abrir la boca, bajaron por la escalera de caracol hasta la sala común, y en ese momento vieron a Hermione entrando por el hueco del retrato.
—Señorita Granger, asumiré que era sus deberes de prefecta lo que la tenía fuera de la cama a estas horas.—McGonagall la miraba decepcionada. —Pero no tengo tiempo para quedarme y averiguarlo. Váyase a dormir.
La profesora siguió andando con paso rápido, mientras sujetaba a un Harry pálido y sudoroso.
—Ron ¿Qué ha pasado?
—Harry ha tenido un sueño, vamos a ver a Dumbledore. —Ella lo consideró un par de segundos.
—Voy con vosotros, venga date prisa. —Y cogiendo la mano del pelirrojo empezó a correr para alcanzar a la profesora.
Harry estaba tan aterrado que tenía la impresión de que pronto el miedo se le desbordaría por las orejas, pero respiró hondo y siguió andando, si alguien podía ayudarle ese era el Director.
Cuando llegaron era más de medianoche, pero en el interior de la habitación se oían voces, como un agitado murmullo. Parecía que Dumbledore estaba reunido por lo menos con una docena de personas.
La profesora llamó y después de que la puerta se abriese sola, pasaron. El Director los miraba desde su silla, esperando a que le contasen la razón de su visita.
Entre McGonagall y Harry le explicaron lo que habia sucedido. Lo que el muchacho había visto mientras dormía, aunque estaba por completo convencido de que no había sido una pesadilla.
—¿Cómo lo has visto? —le preguntó Dumbledore con serenidad, aunque seguía sin mirarlo.
—Pues... no lo sé —contestó Harry, muy enfadado. ¿Qué importancia tenía eso?—. Dentro de mi cabeza, supongo.
—No me has entendido —dijo Dumbledore con el mismo tono reposado—. Me refiero a si... ¿Recuerdas... dónde estabas situado cuando presenciaste el ataque? ¿Estabas de pie junto a la víctima o contemplabas la escena desde arriba?
Aquélla era una pregunta tan curiosa que Harry se quedó observando al director con la boca abierta; era como si él supiera…
—Yo era la serpiente —afirmó—. Lo vi todo desde la posición de la serpiente.
Hubo un nuevo momento de silencio; entonces Dumbledore, sin mirar a Ron, ni a Hermione, que lo presenciaban todo en silencio junto a la puerta, preguntó con un tono de voz diferente, más brusco:
—¿Está Arthur gravemente herido?
—Sí —contestó Harry con ímpetu.
El director se puso de pie de un salto y empezó a impartir órdenes entre los retratos que colgaban de la pared. Mando a uno de ellos al ministerio a dar la alarma sobre el ataque y a otro, una bruja, a San Mungo a prepararlo todo para la llegada del herido.
—Everard y Dilys fueron dos de los más célebres directores de Hogwarts —explicó Dumbledore, que pasó junto a Harry, Ron, Hermione y la profesora McGonagall para acercarse al magnífico pájaro que dormía en la percha al lado de la puerta—. Sentaos, por favor. Quizá tarden unos minutos en regresar. Profesora McGonagall, ¿quiere acercar unas sillas?
El mago y la bruja volvieron al rato, Everard les informó de que habían encontrado a Arthur y Dilys les contó que había llegado al hospital mágico y su aspecto no era muy bueno. Dumbledore les agradeció a ambos sus servicios y a continuación le pidió a la profesora McGonagall que avisase al resto de hermanos Weasley.
—Ahora mismo voy. —La profesora McGonagall se dirigió rápidamente hacia la puerta y Harry miró de reojo a Ron, que parecía aterrado y se aferraba con fuerza a la mano de Hermione—. ¿Y... qué hay de Molly, Dumbledore? — preguntó la profesora deteniéndose frente a la puerta.
—De eso se encargará Fawkes cuando haya terminado de vigilar si se acerca alguien y después de avisar a Sirius— determinó Dumbledore—. Pero quizá lo sepa ya, porque tiene ese estupendo reloj…
Dumbledore hurgaba en un armario cuando llegaron el resto de los Weasley aún medio dormidos. Les explicó brevemente lo que había sucedido y les informó de que les enviaría a casa de Sirius con un traslador en cuanto este le informase de que tenía via libre.
En ese momento se produjo un fogonazo en medio del despacho; cuando se apagó, apareció una pluma dorada que descendió flotando suavemente.
—Es el aviso de Fawkes —anunció Dumbledore, y cogió la pluma antes de que llegara al suelo—. La profesora Umbridge sabe que no estáis en vuestras camas... Minerva, vaya y entreténgala, cuéntele cualquier historia…
Acto seguido, la profesora McGonagall salió por la puerta en medio de un revuelo de cuadros escoceses.
—Director, mi tataranieto me envía para informarle de que todo está preparado —afirmó una voz aburrida detrás de Dumbledore; Ésta pertenecía a otro retrato, que representaba a un mago con pinta de listillo, con barba puntiaguda, al que habían pintado vestido de verde y plata, los colores de Slytherin.
—Gracias por el aviso Phineas.
El mago no se molestó en contestar, simplemente se sentó en la butaca de su cuadro, frente al estandarte de la que había sido su casa.
—Entonces, venid aquí —les dijo Dumbledore a Harry y a los Weasley—. Y rápido, antes de que llegue alguien más.
Hermione se apresuró a unirse al grupo.
—Director, perdone mi osadía, pero no pienso quedarme aquí, muriendo de preocupación por mis amigos. —En todo ese rato su mano y la de Ron habían permanecido unidas, como por una cuerda invisible. Dumbledore pareció dudar un instante, pero al ver tan decidida a la muchacha asintió.
Harry y los demás se agruparon alrededor de la mesa del director.
—Muy bien, pero comunícate con tus padres nada más llegar —miró al resto comprobando que todos tocasen alguna parte de la ennegrecida tetera— ¿Todos habéis utilizado ya un traslador? — asintieron —. Muy bien. Entonces, cuando cuente tres, uno..., dos…
Sucedió en una milésima de segundo: en la pausa infinitesimal que hubo antes de que Dumbledore dijera «tres», Harry levantó la cabeza y miró al director (pues estaban muy cerca), cuyos ojos azules se desviaron desde el traslador hacia la cara del muchacho.
Inmediatamente, la cicatriz de Harry se puso a arder, como si se le hubiera abierto la vieja herida, y surgió dentro de él un odio espontáneo y no deseado, aunque horriblemente intenso, y tan potente que por un instante pensó que no había nada que deseara más en el mundo que golpear, morder e hincarle los colmillos al hombre que tenía delante...
—... tres.
Pese a las protestas de los gemelos, Lily y Sirius se mostraron tajantes, nada de visitas al hospital hasta el día siguiente. Pero no consiguieron controlarlos hasta que llegó una nota de su madre informado de que Arthur estaba fuera de peligro.
A la mañana siguiente fueron al hospital, pero Harry apenas era consciente de lo que ocurría a su alrededor, estaba obsesionado con lo que le había ocurrido al mirar al director. ¿Acaso estaba volviéndose loco? ¿Quizás Valdemort lo había poseído haciéndole sentir aquellas ganas de matar a Dumbledore? No podía encontrar ninguna respuesta que calmase su agitación y no se atrevía a contárselo a nadie.
Estaba en la biblioteca haciendo como que leía cuando Hermione se le acercó.
—Sería mucho más convincente si tuvieses el libro del derecho, no creo que hayas adquirido la habilidad de Luna para leer del revés. —se burló su amiga apoyándose en el respaldo del sofá.
Se apresuró a darle la vuelta al libro.
—Quizás deberías haberlo comprobado —comentó ella divertida— ahora estoy segura de que no leías. Anda, deja eso y acompáñame. Nos esperan.
—¿Quién nos espera? —Harry se levantó sin presentar mucha batalla, conocía a sus amigos cuando se ponían en ese plan y era mejor seguirles la corriente.
Hermione no le contestó, se limitó a subir las escaleras hasta la última planta de la casa. Allí había un ático al que se accedía por una trampilla y que nunca usaba nadie. Eran dos habitaciones, llegaron a la principal y, en un sofá desvencijado frente a la chimenea, los esperaban Ron y Ginny.
Al principio fue una conversación delicada, llena de silencios incómodos, pero conforme Harry empezó a hablar con sus amigos, a explicarles como se había sentido y, en lugar de encontrar rechazo, lo que vio fue comprensión, sus temores remitieron. Mas aún cuando Ginny, que sí había sido "poseída" en su día, comparó sus propios síntomas con los que padecía. Decidieron que hablarían al día siguiente con Sirius y Lily para encontrar una solución.
—¿Sabéis qué es lo peor de todo esto? —Ginny estaba sentada en un coíin junto al fuego—. Que por todo este rollo me he perdido la fiesta de Hufflepuff, prometía ser épica. Y yo era la única de todo cuarto a la que habían invitado.
—¿Te habían invitado?—Hermione la miraba sorprendida.
—Yo iba a ir con Skie.
—Yo con Violet.
—Asi que la única que no iba a la "famosa" fiesta era yo.
—Eso te pasa por juntarte con gente de nuestra edad en lugar de buscarte a alguien de un curso superior —bromeó Harry con una sonrisa.
—Pues yo no pienso quedarme sin fiesta— Ginny se levantó de un salto—. Ahora vuelvo.
No tardó demasiado y al volver traía los brazos llenos de botellas de diferentes licores.
—Esta noche, nos emborrachamos.
Hacer aquello en la casa Black con sus padres presentes no parecía la mejor de las ideas, pero estaban cansados de comportarse como adultos en miniatura, así que por una vez fueron los adolescentes que les correspondía ser.
Una hora después Harry y Ginny descansaban juntos en el sofá, dando tragos por turnos a la botella de whisky de fuego y conversando en voz baja. Parecían haber olvidado que no estaban solos.
Ron les echo una última mirada antes de levantarse de forma bastante brusca y marcharse hacia la otra habitación. Hermione no dudó en seguirlo.
Hacía frío y la habitación estaba tan pobremente amueblada como su vecina. La chica caminó de forma insegura hacia la ventana donde se había sentado el pelirrojo.
—Estás enfadado.—Quizás era el alcohol o la luz de la luna entrando por la ventana, pero se moría por acariciar su pelo, su cara…
—Sí.—Miraba por la ventana y no dejó de hacerlo para confirmarle lo evidente.
—¿Por qué?
—Son idiotas, están tan colgados en uno del otro que es casi doloroso mirarlos…
—Harry tiene sus razones.
—Gilipolleces ¿Sabes de lo que me he dado cuenta estos días?
—¿De qué?
—Que cuando menos lo esperamos, podemos sufrir un accidente y morir. Como casi le ocurre a mi padre. Y yo no quiero morir siendo un imbécil como esos dos.
—No vas a morir—.Se acercó a él cogiendo su mano.
—Eso no lo sabes.—Ron se giró para mirarla—. Intento decirte que lo que ha ocurrido estos días me ha hecho darme cuenta de que no quiero guardarme por más tiempo lo que siento por ti. Ya sé que tu estas loca por Draco y que yo no soy nadi… —Las palabras quedaron ahogadas por los labios de Hermione.
—Estoy enamorada de ti, pedazo de zoquete, no de Draco.
—¿Estás segura?
—Bastante … son mis sentimientos.
—Pero él es rico, interesante …
—En serio, Ron, por mucho que intentes venderme a la serpiente nada va a cambiar.—Aunque intentó evitarlo se le escapó una risa. La situación era bastante absurda, pero se sentía tan feliz ante la declaración del pelirrojo, que podía perdonarle que se portase como un obtuso—. Te quiero, Ronald Weasley, por mucho que te empeñes en convencerme de lo contrario.
Ron bajó de donde estaba sentado, la cogió por la cintura y sin dejar de reír empezó a dar vueltas por la habitación. Era tan típico, pero le daba igual, no quería que aquello parase, solo quería sentirse así de feliz y mareada para siempre.
Cuando él paró de dar vueltas la fue bajando lentamente, deslizándola por su cuerpo y a sus sensaciones Hermione pudo agregar: acalorada.
Se quedaron mirándose a los ojos, en la oscuridad apenas rota por la luz de luna, las risas perdidas en algún lugar. Hermione no pudo contenerse más e hizo lo que llevaba deseando hacer desde que tenía memoria, subir la mano por el cuello del muchacho y enterrar los dedos en su pelo. Fue mil veces mejor de lo que nunca hubiese imaginado, tanto que un suspiro involuntario salió de sus labios.
Ron la cogió de la mano en silencio, guiándola hasta el sofá abandonado y lleno de polvo. Ella lo empujó, juguetona, haciendo que se sentase y acurrucándose sobre su regazo acarició sus labios con el pulgar.
No habían bebido mucho, pero el poco alcohol que corría por sus venas sumado a todo el tiempo que llevaban esperando este momento hacía caer sus inhibiciones como una casa de paja ante el soplido de un lobo hambriento.
—Hace mucho que deseo tenerte así.—Ron hundió su boca hambrienta en el cuello de la chica, describiendo un camino húmedo y susurrante hasta su oído—. Lo he imaginado, lo he rogado … ¡Por Merlin, Hermione! Si esto es un sueño, no me despiertes. Por favor.
Su voz, ronca de deseo, tocaba fibras en su interior que nunca antes habían sido pulsadas. Sus palabras… si estaba dormida, ella también rezaba por no despertarse nunca.
— No creo que sea un sueño.— Apenas conseguía que le saliese la voz—. Los sueños se basan en la experiencia, hasta cierto grado, y nunca te habría imaginado haciendo lo que estás … ¡DIOS MIO!
—¿Estás bien?
—Lo estaré en cuanto continúes.— El respondió con una risa ronca y siguió acariciándola. Había metido las manos por debajo de todas las capas de ropa que llevaba y sus manos grandes y calientes la recorrían, marcándola para siempre.
En algún momento cerraron la puerta que comunicaba ambas habitaciones y pusieron un hechizo calefactor. Pero si su vida dependiese de decir cuando o como lo hicieron, morirían. Estaban demasiado ocupados besando, tocando, descubriendo todo aquello que llevaban tanto tiempo deseando conocer.
Hermione se enamoró de las pecas de sus hombros, que bajaban por su pecho. De la fina línea de vello dorado que descendía desde su ombligo hasta perderse en la cintura de sus vaqueros, haciendo promesas que se moría por comprobar.
Ron amó desde la primera caricia la suavidad de sus pechos, la curvatura de su cadera, la manera en que gemía cuando la tocaba o como se entregaba a sus besos sin guardarse nada.
Invocaron una colcha, mientras las prendas caían al suelo hasta que solo quedaron los calzoncillos y las braguitas. Ella sobre él piel con piel, acalorados por el contacto, enfebrecidos por la situación se besaban como si el mundo acabase esa noche.
Hermione empezó a bajar la ultima prenda que alejaba al pelirrojo de la desnudez, pero este la detuvo.
—Espera.
—¿Qué ocurre?
—Quiero que la primera vez que estemos juntos sea especial.
—¡Eres tú! No podría pedir nada más.
—Tener a mi hermana y a Harry a menos de dos metros, estar en un sitio oscuro y polvoriento, tumbados en un sofá donde apenas cabemos los dos … se me ocurren varias maneras de mejorar el ambiente.—Volvió a besarla con pasión.—Si hemos esperado hasta ahora un poco más no va a matarnos ¿verdad?
Asintió más dándose por vencida que mostrándose de acuerdo, pero Hermione conocía a su pelirrojo y sabía que una vez tomada la decisión nada le haría cambiarla, pero eso no le hizo detenerse.
—¡Hermione!
—Shhh, tranquilo, sólo quiero sentir tu piel.—Lo volvió a besar—. Toda tu piel.
Despojados de toda su ropa el calor empezó a subir bajo la colcha. Los besos eran cada vez más apasionados y las caricias más atrevidas, hasta que no hubo rincón que no hubiesen explorado el uno del otro.
Tras la tormenta, llegó la calma. Tumbados, con las manos entrelazadas, miraban al techo, incapaces de decir una palabra, ahitos de endorfinas y amor adolescente, el silencio les bastaba.
—Te vi con Skie — Ella rompió el silencio
—¿Cómo?
—En el baño de prefectos. Draco y yo habíamos oído un ruido y entramos, antes de que pudiésemos salir… vosotros...—Una lágrima se escapó de su ojo cayendo por su mejilla.
—No llores.— Secó sus ojos con los labios.— ¿Crees que a mi no me duele verte con Draco?
— No es mi novio —.Pero la protesta quedó ahogada por la risa del pelirrojo.
— Vamos, no engañáis a nadie, sois novios en todo menos en nombre. Pero no quiero hablar de ellos, esta noche es nuestra. Solo tú y yo.
—Tienes razón—Una débil sonrisa asomó a sus labios—. Por fin.
El amanecer los sorprendió dormidos, abrazados. Habían pasado toda la noche explorándose, hablando en los breves recesos, y cuando un rayo de sol perdido despertó a Hermione, le dolía la cara de sonreír. Hasta que la realidad la golpeó de frente. ¿Qué pasaba ahora, qué iba a ocurrir? ¿Dejaría Ron a Skie y empezarían a salir? … Skie. Era muy consciente de que en un inicio su relación había sido un acuerdo, en el que los dos se llevaban bien, algo sin amor, pero después de lo que había visto en los últimos tiempos, estaba convencida de que la Slytherin se había enamorado de Ron. La manera en que lo defendió de los matones de su propia casa, la forma en la que estaban juntos en el baño … estaba claro para ella lo que sentía. Desde luego no podía hacerle eso, no cuando ella siempre había sido tan amable y considerada. ¿Y cómo le pagaba? Birlándole el novio. Menuda mierda. No quería que su relación con Ron empezase así, no cimentada en una mentira. Ojala pudiese volver atrás y hacer las cosas de la forma correcta.
Quizás sí que podía. Se levantó con cuidado de no despertar a su acompañante y se vistió en silencio, después hizo lo mismo usando un hechizo para cubrir al pelirrojo.
Los dos olvidarían todo lo ocurrido aquella noche, hasta que se diesen un beso, entonces volverían a recordarlo. Teniendo en cuenta lo que Ron le había confesado el día anterior, no creía que eso se hiciera esperar demasiado y así, con la cabeza más fría podrían hacer las cosas de otra manera, hacerlo bien. Entonces lanzó el "Obliviate".
Se sentó en el sofá algo mareada. Recordaba haber ido con Ron a aquella habitación y haber hablado… debían haber bebido mucho si no podía recordar nada más. Decidió acostarse junto al pelirrojo, haciéndose la tonta y aprovechando la situación, hasta que el mareo se le pasase un poco.
Un par de horas más tarde los cuatro bajaron del ático con bastante mala cara, se sentaron en la cocina y por mucho que Lily les insistió no hubo manera de que consiguiese que comiesen algo, sólo querían algo de té.
Sirius los miraba sonriendo tras su taza de café sabiendo perfectamente lo que había ocurrido y reconociendo los síntomas sin problemas.
En ese momento sonó el timbre y Hermione se ofreció voluntaria a abrir, en parte para escapar al sofocante ambiente de la cocina. Recorrió el pasillo arrastrando los pies y abrió la puerta sin comprobar quién estaba al otro lado. El hechizo "Fidelius" le garantizaba que al otro lado había amigos.
— ¡FELIZ NAVIDAD! — Gritaron las dos personas cuando abrió la puerta. Y Hermione casi se muere de impresión al ver a Dora acompañada de Draco que sonreía de forma maliciosa.
Respuestas a las no logueadas:
Emma Felton:
Me alegro de que la "escenita" te gustase tanto y más aún de que entiendas que no pueda actualizar tanto como me gustaría.
Me encanta escribir escenas hot, si no meto más es porque no quiero saturar al lector :)
Intento apegarme al canon todo lo posible, pero me parecía necesario que Draco también saliese del equipo de quidditch.
Un beso enorme.
Eponine:
Como lectora sé lo complicado que es encontrar este tipo de fics. Por eso intento cuidar los detalles al máximo. Me parece absurdo escribir un fic de HP donde el nombre del colegio este mal escrito… todas las veces :(
Veo que la "escenita" os ha gustado a todas muchisimo :)
Aún nos queda mucho camino que recorrer con este fic, así que puede pasar de todo :)
Me alegro de que te gustase lo que escribí de "El Vestido"
Un beso también para ti :)
