¡Hola! Iba a esperar hasta el domingo, pero soy un poco impaciente, ¿saben?

¡Tres reviews! Más de lo que esperaba.

Axeex: Dudo muchísimo de volver a Crash, ya que no tengo la más pálida idea sobre qué escribiría. Como mucho, haría un oneshot. Pero me alegro que quieras seguir esta historia.

AlenDarkStar: Creo que nadie (en español al menos) suele escribir sobre la vida cotidiana del equipo Rocket. Ojalá hubiera historias así.

Plushy-Berry: Me estás haciendo sonrojar. Te juro que tenía miedo de hacerlos OoC, pero al parecer mis temores fueron infundados, que alivio.

Comportamiento exótico, ja ja. Así es James, que se le va a hacer. Y en cuanto a Jessie… Malditos corporativos que hacen mal todo. Yo ya tengo una idea sobre la personalidad de Jessie y la voy a mantener así.

Los harems… si he visto algunos por aquí. Soy muy nueva en el fandom, así que me sorprendí por la cantidad de esa clase de fics. Bueh, cada fandom tiene su cruz.

Disfruten el capítulo

Capitulo dos

La decisión

Jessie, James y Meowth se despertaron con los primeros rayos del sol, que caían de forma oblicua a través de las hojas de los árboles. Medio dormidos, se lavaron la cara en un arroyo cercano y se repartieron las galletas de jengibre. Aún les quedaban las latas de comida pokemón, pero no querían llegar a esos extremos.

—Hay que buscar a esos bobos —gruñó Jessie, mientras acomodaba las cosas en el globo.

—Yo estoy más preocupado por la comida —Meowth sostenía una lata de comida pokemón en cada pata y las sopesaba.

Jessie se giró hacia él,

—¿Cómo podemos ir a buscar comida y a los bobos a la vez? —espetó ella —. A menos que le robemos las mochilas con la comida, además de a Pikachu.

James, quien estaba viendo un mapa, negó con la cabeza.

—No creo que sea necesario. Vayamos al pueblo más cercano y vemos que conseguimos ahí. Los bobos tienen que parar a comprar provisiones y curar a sus pokemons en algún momento.

—Ellos van caminando y nosotros en el globo, así que llegaremos mucho antes —razonó Meowth.

—Les llevaremos medio día de ventaja, o tal vez más, dependiendo del viento —murmuró Jessie, ya dibujando una sonrisa en su rostro—. Pues bien, ¡a toda marcha!

Tenían suficiente combustible para viajar varias horas seguidas y el pueblo no estaba tan lejos para quien tuviera un medio de transporte, así que, con los ánimos renovados, inflaron el globo con ayuda de un ventilador y un pequeño generador eléctrico (recargado gracias a los constantes Impactruenos de Pikachu), lo calentaron con el quemador y ascendieron hacia el despejado cielo matutino.

A pesar de la escasez de alimentos, el buen humor de Jessie contagió a los varones del equipo. Se turnaban para manejar el globo y mirar el suelo a través de los prismáticos en busca de algo interesante, pero solo veían a los árboles agitando sus hojas y algún que otro pokemón que carecía completamente de interés para ellos. James pensó por un momento que podría arriesgarse a atrapar un Pidgey o un Weedle, pero se sacudió la idea de encima con la misma rapidez con la que surgió. ¿Qué les daría de comer? A duras penas les alcanzaba para ellos y a los pokemons que tenían como para tener otra boca que alimentar. Con dos pokemon (tres contando a Meowth) y dos personas en el equipo era más que suficiente.

Después de tres horas de viaje, vislumbraron entre los arboles las tejas de algunas casas, señal de que estaban acercándose a un pueblo. Una ciudad les habría venido mejor, pero era mejor que nada.

—Bueno, ese lugar debe tener al menos un almacén —razonó Meowth, usando sus prismáticos—. Podemos saquearlo esta noche y usar lo que robemos para armar un puesto de comida.

—Es lo mejor que podemos hacer, sería un error adelantarnos demasiado a los bobos y perderles el rastro —le dio la razón Jessie

—Pero primero hay que echarle un vistazo al lugar —razonó James.

Aterrizaron el globo a un kilometro del pueblo, lo escondieron con ayuda de unas ramas y se abrieron camino por el bosque hasta llegar a la civilización.

Pueblo Terracota no llegaba ni a los quinientos habitantes, al juzgar por un cartel que encontraron. Ni siquiera tenían un centro Pokemón; el más cercano se encontraba a unos veinte kilómetros. Una poketienda, un pequeño hospital, una posada, un almacén, unas pocas decenas de casas hechas de madera y no mucho más. Al fin y al cabo, solo era un lugar de paso hacia Ciudad Neón, un lugar mucho más grande y llamativo, conocido por sus casinos y espectáculos. Para llegar allí desde Pueblo Terracota había que cruzar un pequeño lago y un desierto.

—Esto es lo que mantiene vivo a este pueblo —decía James mientras caminaban por las calles y miraba a su alrededor —. Este es el poblado más cercano a Ciudad Neón y se tarda dos días en llegar a pie desde aquí. Todos tienen que parar en el pueblo para comprar provisiones y descansar.

El estómago de Meowth gruñó.

—Tenemos que conseguir comida y rápido —los apuró el felino —. Preferentemente algo que no sean esas galletas de jengibre con sabor a cartón.

—Claro que sabían a cartón, estaban vencidas —respondió James.

Jessie paró en seco en medio de la acera.

—Miren hacia allí —señaló, al otro lado de la calle. Los otros dos miraron hacia donde apuntaba.

Era una posada de dos pisos de altura, vieja y destartalada, como si no le hubiesen dado mantenimiento desde la inauguración, cuando las calles todavía eran de tierra. Daba la impresión de que podría venirse abajo en el próximo temporal que castigara al pueblo. Al lado de la puerta, clavado en la pared, yacía un tosco cartel que rezaba: "Se necesitan empleados"

—Bueno, no creo que tengamos que robar nada, al fin y al cabo —comentó James, intentando que no se notara el alivio en su voz.

—Un par de días bastarán para poder conseguir provisiones para el viaje —sonrió Jessie, ya cruzando la calle para entrar a la posada. Los otros dos tuvieron que apresurarse para alcanzarla.

El interior no estaba mucho mejor que el exterior. El lugar era oscuro, con más de la mitad de las lámparas de pared apagadas, como si los focos estuvieran quemados. Solo habían cinco mesas, pequeñas, viejas y desvencijadas, las cuales dos estaban ocupadas por un par de entrenadores jóvenes que estaban desayunando. La recepción estaba en el lado opuesto donde se encontraban las mesas. Detrás de ella, había una puerta que probablemente daba a la cocina.

Los tres se dirigieron al mostrador y Jessie tocó tres veces el timbre que estaba sobre la madera. Al ver que nadie aparecía, tocó otras tres veces, con más fuerza.

De la puerta apareció una mujer de unos cuarenta y cinco años, de baja estatura. Su cabello negro, atado en un elegante rodete, ya se estaba tornando blanco, como un tronco azabache salpicado de nieve. Vestía una yukata negra decorada con dibujos de flores de cerezo y un cinturón rojo. La mujer los miró con sus pequeños ojos verdes y mostró una sonrisa cálida.

—Buenos días, ¿en que los puedo ayudar? —preguntó la mujer.

—Buenos días —dijo James de manera atropellada, mientras inclinaba la cabeza de tal modo que casi chocó la frente contra el mostrador—. Yo soy James y ella es Jessie. Vimos el cartel en la entrada que decía que necesitaban empleados.

—Yo soy Momoko, la dueña de la posada. Y sí, estoy buscando empleados —respondió ella.

—Pero solo podremos trabajar un par de días. Tenemos que ir a Ciudad Neón. ¿Le sirve igual?

—Toda ayuda es bien recibida.

—Y todo dinero es bien recibido —agregó Meowth, desde el suelo.

—¿Quién dijo eso? —pregunto la mujer, sorprendida, ya que no podía ver al felino por culpa del mostrador

Meowth se trepó con rapidez a la espalda de James para hacerse ver.

—Yo lo dije —le respondió, con la cabecita asomando desde el hombro de su compañero

La mujer juntó las manos y lo miró con tal asombro, que parecía que había visto a un pokemón legendario, como Moltres o Articuno.

—¡Pero qué maravilla! ¡Un Meowth que habla!

—La verdadera maravilla es que se calle —comentó Jessie, ganándose una fugaz mirada de odio de parte del felino.

—Y no es lo único que puedo hacer. Sé cocinar, trapear y lo que usted quiera —soltó Meowth con un tono arrogante.

—No digan más. Los tres están contratados. Pasen a la cocina, por favor —les dijo, mientras se daba media vuelta y entraba por la puerta por la cual había aparecido.


El Equipo Rocket y Momoko discutieron los detalles del trabajo en la pequeña cocina. Apenas disponía de cuatro hornallas, una pileta, una arrocera, una tostadora, un refrigerador, una alacena, unos canastos con verduras, un aparador viejo donde se guardaban los platos y los cubiertos, una larga y desgastada mesa de madera y dos sillas. Era obvio que Momoko no tenía empleados que la ayudaran a mantener en pie la posada y hacía bastante tiempo que había contratado al último.

Meowth se encargaría de la cocina, James de la limpieza y Jessie de atender a las personas del comedor. Momoko se encargaría del mostrador y de supervisar a los otros. Podían comer en la cocina y dormir en una de las habitaciones y cobrarían mil yenes cada uno por cada día de trabajo. No era mucho, pero bastaba para comprar provisiones y tal vez hasta sobrara un poco, si eran cuidadosos.

El cuarto que les asignaron era pequeño, pero les pareció un lujo. Contaba con una mesa, dos sillas, un armario donde se guardaban los futones, una cajonera y dos mesas de luz. Incluso tenía una chimenea, aunque no tenían intenciones de usarla, dado a que no era época de frío. Dentro del ropero, estaban las yukatas blancas a rayas azules que Jessie y James usarían como uniformes. No había ninguno para Meowth, pero el felino se las arregló para conseguir un gorro de cocinero

El trabajo de por si era sencillo, pero a James le tocó el trabajo más duro. No solo tuvo que limpiar los pisos y los muebles, sino que tuvo que arreglar las goteras en los techos, cambiar las lamparitas rotas por otras funcionales, destapar algún que otro inodoro, cortar leña y otros trabajos extra que él no tenía planeado hacer. James planeaba protestar, hasta que llegó la hora del almuerzo y se encontró con que Meowth había preparado arroz con curry para los tres. Eso hizo que se le bajara el enojo y comiera bien por primera vez en semanas, al igual que sus compañeros.

Pero en esos momentos era donde James podía pensar con más tranquilidad sobre la propuesta de Jessie sin que lo molestaran. Si, él sentía cosas hacia ella desde hacía años, pero tenía miedo, mucho miedo. Jessie podría burlarse de él y rechazarlo si llegara a confesarle sus sentimientos. O podría transformarse en un monstruo horrible, como Jessiebelle, la chica que lo había empujado a escaparse de casa con tan solo ocho años por lo insoportable que era con el tema de los modales, la alta sociedad y Dios sabe que más. Estar con ella era un equivalente a casarse con su madre y seguir siendo manipulado como si fuera un títere de trapo.

Esa única experiencia con una chica lo habían transformado en una persona asexual, con un nulo interés al romanticismo, hasta que conoció a Jessie. Físicamente se parecía a Jessiebelle (exceptuando que Jessie tenía la voz más gruesa y sus ojos eran azules, no verdes), pero con una personalidad tan distinta que ni siquiera pensaba en ese detalle cuando la miraba.

Si aceptaba la propuesta de Jessie, tal vez podría romper esa barrera hecha a base de traumas infantiles y poder conquistarla. Tal vez…

Cuando terminaron la jornada, hacía horas que la noche había caído sobre ellos. Los tres se habían dado un buen baño y ya estaban con el pijama puesto, listos para ir a dormir.

James abrió el armario y sacó el futón blanco. Se quedó de piedra, observándolo.

—¿Qué pasa, James? —preguntó Jessie.

—Nada, solo que… solo hay un futón de dos plazas.

—Oh —Jessie lo miró como si no comprendiera el dilema de James.

Meowth soltó una risita.

—Momoko debió pensar que ustedes dos son una parejita.

—¿Eh?

—Si vas a quedarte ahí parado como un idiota, dame el futón —Jessie le arrancó el futón de las manos y lo arrastró hasta el centro de la habitación.

—¿Y dónde está mi futón? —preguntó Meowth, asomando su cabeza en el ropero.

—Creo que es este —Jessie señaló una canasta de mimbre con una almohada a modo de colchón y una sábana en el rincón de la habitación.

Meowth se cruzó de brazos.

—¿Pero quién se habrá creído que soy?

—¿Un pokemón? —aventuró Jessie, con una media sonrisa.

Meowth soltó un gruñido y miró por la ventana. El cielo estaba cálido, despejado y con una hermosa luna llena, la primera del mes.

—Oh, que hermosa —murmuró Meowth, mientras abría la ventana.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó James.

—Voy a observar la luna —dijo, como si le preguntaran si su amuleto era real.

—Ah, no —dijo Jessie, con las manos en las caderas —. Vas a pasarte toda la noche cantando a la luna, vas a quemar el desayuno y nos van a despedir por tu culpa.

—No voy a quemar el desayuno. Voy a subirme al techo y voy a cantarle a la luna como un Meowth decente, ya que quieren que me comporte como un pokemón. Buenas noches —agregó de manera brusca y salió por la ventana

Jessie hizo además de seguirlo, pero James la tomó del brazo.

—Déjalo. Yo mismo lo voy a ir a buscar más tarde…

—O volverá cuando los vecinos lo agarren a pedradas. —Suspiró—. Bueno, me da igual.

Jessie se acostó en el futón, pero James no lo hizo. Se acercó a la ventana abierta y se sentó en el marco. Desde donde estaban se podía ver el lago, totalmente inmóvil, a excepción del salto de algún Goldeen. No podía ver la otra orilla, pero sabía que el desierto cruel los esperaba del otro lado.

—¿No tienes sueño, James? —preguntó Jessie.

—No mucho —respondió —. Solo quiero ver el paisaje un rato antes de acostarme, es todo.

—Bueno, pero date prisa o te voy a arrastrar para que te duermas.

James le dedicó una sonrisita y volvió a mirar el lago. Podía escuchar la voz de Meowth, cantando hacia la luna que tanto amaba. Inclinó la cabeza para escuchar mejor.

Tantas veces fuimos corriendo

Por el bosque bajo las lluvias de enero

He vivido varias vidas en un día

Vidas que duran una brisa

No te rías de mí

No me mires así

A Meowth le gustaba mucho cantar, sobre todo en luna llena. Normalmente lo que cantaba reflejaba su estado de ánimo. Pero no sabría decir como estaba. ¿Melancólico? Tal vez. Por lo menos su tono lento lo reflejaba así.

Giró la cabeza y vio a Jessie tendida en el futón blanco, haciendo resaltar su largo cabello rojo. ¿La propuesta seguía en pie? Tenía mucho miedo. Casi prefería estar en una pileta con un montón de Pikachus enojados.

—James, en serio, no te desveles —le dijo Jessie.

—En un momento…—tomó aire—- .Jessie…

—¿Si?

—Sobre lo que me dijiste anoche… ¿Era cierto?

Jessie se sonrojó ligeramente.

—Sí, ¿por qué?

—Quería saber si… si… si sigue en pie.

Jessie sonrió, mucho más segura de si misma.

—Si. ¿Acaso quieres…?

—Sí.

Respecto a la canción…. En realidad, como está prohibido poner canciones en FF, por el Copyright, yo agarro una letra que me gusta y le modifico un poco la letra. La de este capítulo está basada en una llamada Bedshaped, de Keane.

¡Hasta la semana que viene! Espero sus reviews.