Esta vez me he portado, menos de un mes, que no es un record, pero bueno.

Hemos perdido a Eponine por el camino, espero que vuelva a leernos y le guste el capitulo.

Este se lo dedico a Just a little Shooting Star que se leyó el fic en apenas un par de días y me comento en todos ellos.


Angelo acababa de terminar con su última revisión después de la vuelta al colegio. Caminaba sin prisa rumbo a las mazmorras cuando alguien lo empujó a una clase vacía y empezó a comérselo a besos.

No sabía quien era. Se notaba que llevaba un hechizo para alterar su apariencia, pero aún así le resultaba muy familiar.

La chica compensaba su inexperiencia con ganas y el Slytherin se dejó llevar durante un rato, pero pronto su curiosidad pudo más y apartó a la muchacha de su cuerpo con suavidad. Había empezado a desabrocharle la camisa y decidió parar antes de que le fuese imposible.

—No me entiendas mal —empezó a decir— me encanta ser el objeto de tus atenciones, pero mi curiosidad me lleva a intentar averiguar quién eres —Angelo miraba con los ojos entrecerrados a la extraña intentando recordar dónde la había visto antes.

—No… no puedo decírtelo —tartamudeó ligeramente.

—No soy tan superficial, ¿sabes?

—No es... no es eso —volvió a negar con la cabeza—. Por ahora es mejor así.

Angelo la miró con los ojos entrecerrados. Sabía que la conocía, pero no terminaba de unir las piezas.

Ella se dio la vuelta cabizbaja, dirigiendo sus pasos lentos y derrotados hacia la puerta. Una mano sobre su muñeca la detuvo y Angelo la cogió por la cintura, besándola con delicadeza. Tomándose su tiempo para descubrir sus labios, mordiendo para un segundo después lamer. Al italiano le encantaba besar y se lo estaba demostrando. Para cuando su lengua pidió paso, haciendo el beso más profundo, ella ya estaba perdida. En ese momento fue cuando Angelo movió su varita realizando un "Finite Incantatem", revelando el pelo color fuego y unos ojos azules que al saberse descubiertos se abrieron como platos.

—¡Mamma Mia! —se apartó de ella como si su solo contacto le quemase—. Ostia puta, Silvercrown… ¿Qué te he hecho para que intentes joderme la vida?

—No… no... —respiró hondo intentando controlar su tartamudeo—. No es lo que crees.

—¿Y qué creo, Riva? —Se dejó caer en el suelo, apoyando las manos en las rodillas y mesándose los cabellos—. Dímelo, porque ahora mismo no entiendo nada.

La pelirroja se arrodilló junto al chico.

—Angelo, escúchame.

—Vete pelirroja, déjame matarme en paz… porque cuando Skie se entere de que he osado tocarte, me va a despellejar.

—¿Y quién es ella para hacer eso? —La suavidad de la voz de la Raven no engañaba a nadie—. Tiene novio… y no creo que se dedique solo a jugar al ajedrez con él. —El tartamudeo había sido sustituido por una seguridad fría.

—¿Y por eso me usas? ¿Para vengarte? —Levantó la vista, cruzando sus miradas.

—¡No! —Alargó la mano, posándola en su mejilla.

—Explícamelo, dame otra razón.

—¿Sabes cómo me he sentido este último año? —bajó la cabeza, incapaz de seguir mirándolo—. Soy incapaz de dormir, de comer, casi de respirar. Sólo pienso en ella. En cómo la necesito, cómo me duele el no poder tocarla. Echo de menos el tacto de su piel, su sonrisa … todo.

—Eso no me aclara nada. Sólo que sois un par de estúpidas.

—Es sencillo, Angelo. En todo este año sólo he conseguido dormir una noche completa… la que pasé con tu amigo Scott.

—¿Has pensado en ir a la enfermería a por una poción?

—Tengo miedo de depender demasiado de ellas.

—¿Y no hay más chicos en el colegio?

—Ninguno en el que confie. Y, para qué mentir —dijo soltando una risita—, eres el más guapo. El único por el que me siento atraída.

—Lo tuyo con los Slys empieza a ser preocupante —bromeó, intentando quitarle hierro al asunto—. ¿Y qué propones hacer?

—No me había parado a pensarlo —reconoció ella—. Pero no quiero nada "serio", ni "romantico"... sólo algo sencillo, sin complicaciones, ni obligaciones.

Se quedaron unos minutos en silencio. Angelo la cogió por el mentón obligándola a mirarlo.

—¿Estás segura de que quieres esto?

—Sí.

—¿A pesar de las consecuencias?

—Sí.

El muchacho suspiró.

—Está bien —se levantó y le ofreció una mano a Riva, que la aceptó poniéndose en pie también—. Ahora ambos volveremos a nuestras respectivas casas, y mañana antes del desayuno te daré mi respuesta.

—Vale —aceptó ella, dirigiéndose a la puerta.

—Por cierto, pelirroja, una última cosa.

—¿Sí? —su mano sujetaba ya el pomo.

—Tú también me pareces preciosa.

Respondió con una sonrisa ruborizada y, sin decir nada, salió por la puerta, perdiéndose en la oscuridad de los pasillos.

Angelo entró en la habitación de Skie sin llamar, nunca lo hacía. Y se la encontró sentada en la cama leyendo. Lo miró alzando una ceja.

—¿Qué pasa? —dio un par de golpecitos en la cama junto a ella, invitándole a sentarse. Angelo le hizo caso.

—Prométeme que no te vas a enfadar y que vas a escucharme hasta el final.

—Claro —cerró el libro poniéndolo a un lado—. Has conseguido despertar mi curiosidad.

Tomó aire y empezó a relatarle todo lo ocurrido. Esperaba algún grito, incluso una bofetada, lo que nunca se hubiese imaginado es que ella solo se quedase mirándolo con calma.

—¿No vas a decir nada?

—¿Qué quieres que diga? —Se recostó en la cama con las manos tras la cabeza—. No voy a ser una hipócrita y decir que no me molesta. Pero ella tiene razón, ya no estamos juntas, puede hacer lo que quiera. Y, siendo sincera, prefiero que esté contigo a con cualquier imbécil.

Angelo se la quedó mirando.

—Estáis locas, las dos.

—Si tú lo dices.

El muchacho se levantó y se marchó sin despedirse. Al cerrar la puerta a sus espaldas hizo una cuenta atrás desde cinco. Al llegar a cero, pudo oír con claridad como algo se hacía añicos dentro de la habitación. Eso le hizo sonreír. Al final Skie no estaba tan serena como quería aparentar.

Al día siguiente, cazó a Riva justo en entrada del gran comedor.

—Tú ganas, aguilucho. Pero tengo condiciones.

—Desembucha, espagueti.

—Primero es que me niego a esconderme. Llevaremos esto con total normalidad.

—Puedo intentar eso.

—Segundo —se acercó, mirándola a los ojos desde muy cerca—. No me llames espagueti, es insultante.

—Eso va a costar más, Alexandretti.

—Prueba con mi nombre.

—Angelo.

—¿Ves? No es tan difícil.

—Y tercero, tienes que ir a la enfermería. Iré contigo y te acompañaré en cada paso, pero no puedes seguir sin dormir.

—Vale. Lo haré, pero prometeme que estarás conmigo.

—Claro que sí, pelirroja, para eso están los amigos.

—¿Eso somos? ¿Amigos?

El Slytherin puso su sonrisa más maligna.

—Con derecho a roce, los llaman ahora.

Riva sonrió divertida y, antes de pararse a pensarlo demasiado, se puso de puntillas, sellando el acuerdo con un beso. Provocando, con ese simple gesto, que las bocas de aquellos que los vieron se descolgasen de asombro.

Harry y Ginny bromeaban mientras desayunaban de espaldas al resto de las casas. Pero en un determinado momento, la cara desencajada de Lavender los hizo girarse y la pelirroja deseó no haberlo hecho. Michael y Violet iban muy acaramelados hacia la mesa de Ravenclaw.

—¿No es ese tu novio? —Parvati estaba tan molesta como su amiga, que parecía a punto de levantarse y hechizar a la pareja.

—Ex. Cortamos al volver de las vacaciones.

Tras unos minutos de silencio incómodo, la normalidad volvió poco a poco a la mesa de Gryff, pero la pelirroja había perdido las ganas de bromear.

—¿Estás bien? —el susurro de Harry la sobresaltó.

—Sí, supongo —se encogió de hombros antes de darle un bocado desganado a su tostada.

—Pero…

—No sé, podría haber esperado más de quince segundos antes de aparecer con su nueva novia delante de todos. Es humillante.

—Yo no me siento humillado.

Ella se lo quedó mirando con una ceja alzada.

—¿No es raro que nuestros ex salgan juntos?

—Simetría universal, supongo —Harry le quitó importancia con un gesto—. ¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?

—¿Hechizarlos?

—Tengo una idea mejor.

El muchacho se puso en pie ofreciéndole una mano a la chica, que lo miraba confundido.

—¿Confías en mí?

—Siempre —respondió, tomando su mano.

Una vez que ambos estuvieron de pie, Harry la tomó por la cintura y allí, delante de todo el comedor (incluidos sus hermanos), la besó.

Los silbidos, risas y gritos no tardaron en aparecer, haciendo que todos los mirasen durante un instante. Pero la llegada de las lechuzas con el correo los salvó.

Ginny se sentó aún en shock. Tenía la cara encendida de rubor y era incapaz de mirar a su lado. Sintió cómo la mano del muchacho sujetaba la suya con fuerza.

—No iba a permitir que te humillasen, ¿verdad?

—¿Gracias? —luchó con todas sus fuerzas por evitar que las lágrimas salieran. Empezaba a estar harta de las señales confusas—. No quiero tu pena, Potter —Sacudió la mano, intentando librarse del agarre.

—No… no quería decir eso —impidió que se soltase, temiendo que se fuese corriendo—. Soy un torpe con estas cosas, Gin. No es pena, ni simpatía, ni nada de eso. Es sólo mi patética manera de decirte que me da igual lo que hagan Violet y Michael. Desde lo que pasó en fin de año, sabía que tenía que dejarlo con ella, sólo puedo pensar en ti.

Justo en ese momento, antes de que Ginny pudiese decir nada, Hermione soltó un grito, quedándose lívida.

—¿Qué pasa? —preguntaron Harry y Ron a la vez.

Por toda respuesta, Hermione colocó el periódico sobre la mesa, delante de sus dos amigos, y señaló diez fotografías en blanco y negro que ocupaban la primera plana; eran las caras de nueve magos y una bruja. Algunas de las personas fotografiadas se burlaban en silencio; otras tamborileaban con los dedos en el borde inferior de la fotografía, con aire insolente. Cada fotografía llevaba un pie de foto con el nombre de la persona y el delito por el que había sido enviada a Azkaban.

«Antonin Dolohov, condenado por el brutal asesinato de Gideon y Fabian Prewett», rezaba el pie de foto de un mago con la cara larga, pálida y contrahecha, que miraba sonriendo burlonamente a Harry.

«Augustus Rookwood, condenado por filtrar secretos del Ministerio de la Magia a Aquel- que-no-debe-ser-nombrado», rezaba el pie de foto de un individuo con la cara picada de viruela y el cabello grasiento, que estaba apoyado en el borde de su fotografía con pinta de aburrido.

Pero la foto que más llamó la atención de Harry fue la de la bruja, cuya cara había destacado entre las demás en cuanto él miró la página. Llevaba el cabello largo y era castaño, pero en la fotografía tenía aspecto de desgreñado y sucio, aunque él lo había visto bien arreglado, denso y reluciente. La bruja miraba a Harry fijamente con ojos de párpados caídos y una arrogante y desdeñosa sonrisa en los finos labios. Como Sirius, conservaba vestigios de la antigua belleza que algo, quizá Azkaban, le había robado.

«Bellatrix Lestrange, condenada por torturar a Frank y Alice Longbottom hasta causarles una incapacidad permanente.»

Hermione le dio un codazo a Harry y señaló el titular que había encima de las fotografías, que Harry, concentrado en la imagen de Bellatrix, todavía no había leído.

FUGA EN MASA DE AZKABAN

El Ministerio de la Magia anunció ayer entrada la noche que se había producido una fuga en masa de Azkaban. Cornelius Fudge, ministro de la Magia, fue entrevistado en su despacho y confirmó que diez prisioneros de la sección de alta seguridad escaparon a primera hora de la noche pasada, y que ya ha informado al Primer Ministro muggle del carácter peligroso de esos individuos. «Una huida de esta magnitud sugiere que los fugitivos contaron con ayuda del exterior. Estamos haciendo todo lo posible para capturar a los delincuentes, y pedimos a la comunidad mágica que permanezca alerta y actúe con prudencia. No hay que abordar a ninguno de estos individuos bajo ningún concepto.»

—Ya está, Harry —dijo Ron, atemorizado—. Por eso estaba tan contento anoche.

—No puedo creerlo —gruñó Harry—. ¡Fudge es un idiota, no dice nada útil!

—¿Qué otras posibilidades tiene? —comentó Hermione con amargura—. No puede decir: «Lo siento mucho, Dumbledore ya me advirtió que esto podía pasar, los vigilantes de Azkaban se han unido a lord Voldemort...» ¡Deja de gimotear, Ron! «... y ahora los peores partidarios de Voldemort se han fugado.» Hay que tener en cuenta que Fudge lleva seis meses diciendo a todo el mundo que Dumbledore y tú sois unos mentirosos.

Hermione abrió el periódico, haciéndole un sitio a Ginny que se sentó a su lado y empezaron a leer la crónica interior mientras Harry recorría el Gran Comedor con la mirada. No entendía por qué sus compañeros no parecían asustados ni comentaban por lo menos la espantosa noticia de la primera plana, aunque lo cierto era que muy pocos recibían el periódico todos los días, como Hermione. Allí estaban, hablando de los deberes, de quidditch y de los últimos cotilleos, a pesar de que fuera de aquellos muros otros diez mortífagos habían pasado a engrosar las filas de Voldemort.

Miró hacia la mesa de los profesores. Allí todo era diferente: Dumbledore y la profesora McGonagall estaban en plena conversación, y ambos parecían sumamente serios. La profesora Sprout tenía El Profeta apoyado en una botella de ketchup y leía la primera plana con tanta concentración que no se había dado cuenta de que de la cuchara que tenía en suspenso delante de la boca caía un hilillo de yema de huevo que iba a parar a su regazo. Entre tanto, al final de la mesa, la profesora Umbridge atacaba un cuenco de gachas de avena. Por primera vez los saltones ojos de sapo de Dolores Umbridge no recorrían el Gran Comedor, tratando de descubrir a algún estudiante que no se estuviera portando bien. Tenía el entrecejo fruncido mientras engullía la comida, y de vez en cuando lanzaba una mirada maliciosa hacia el centro de la mesa, donde conversaban Dumbledore y la profesora McGonagall.

—¡Oh, no...! —exclamó Ginny, sorprendida, sin apartar los ojos del periódico.

—¿Y ahora qué? —preguntó rápidamente Harry; estaba muy nervioso.

—Es... horrible —respondió Hermione, conmocionada. Dobló el periódico por la página diez y se lo pasó a sus amigos.

TRÁGICO FALLECIMIENTO DE UN FUNCIONARIO DEL MINISTERIO DE MAGIA

Anoche el Hospital San Mungo prometió llevar a cabo una investigación en toda regla, tras ser descubierto muerto en su cama el funcionario del Ministerio de la Magia Broderick Bode, de 49 años, estrangulado por una planta. Los sanadores que acudieron en su ayuda no lograron reanimar al señor Bode, que unas semanas antes de su muerte había sufrido un accidente laboral. La sanadora Miriam Strout, que estaba a cargo de la sala del señor Bode en el momento del incidente, ha sido suspendida de empleo aunque no de sueldo, pero ayer no quiso hacer declaraciones; no obstante, un mago portavoz del hospital declaró lo siguiente: «San Mungo lamenta profundamente la muerte del señor Bode, cuya salud estaba mejorando notablemente antes de este trágico accidente. «Existen estrictas directrices sobre los objetos decorativos permitidos en nuestras salas, pero al parecer la sanadora Strout, ocupada con las celebraciones navideñas, no reparó en el peligro que suponía la planta de la mesilla de noche del señor Bode. A medida que el paciente recuperaba el habla y la movilidad, la sanadora Strout lo animó a cuidar él mismo de la planta, sin saber que no era una inocente flor voladora, sino un esqueje de lazo del diablo que estranguló al señor Bode en cuanto éste, convaleciente, se acercó y lo tocó. »Hasta el momento, San Mungo no ha podido explicar la presencia de la planta en la sala y ruega a cualquier mago o bruja que tenga alguna información que se ponga en contacto con el hospital.»

—Bode... —dijo Ron—. Bode. Me suena de algo...

—Lo vimos —comentó Hermione en voz baja—. En San Mungo, ¿no te acuerdas?.

—Estaba en la cama de enfrente de Lockhart, ¿verdad? —dijo Gin, buscando confirmación en el resto—, tumbado, contemplando el techo. Y vimos cómo le llevaban el lazo del diablo. La sanadora dijo que era un regalo de Navidad.

Harry volvió a leer la crónica. El horror subía por su garganta como la bilis.

—¿Cómo puede ser que no reconociéramos el lazo del diablo? Hemos visto esa planta otras veces... Pudimos impedir que sucediera.

—¿Quién se imagina que van a meter un lazo del diablo en un hospital disfrazado de inocente planta de interior? —replicó Ron—. ¡Nosotros no tenemos la culpa; el responsable es el que la envió! Menudos imbéciles, ¿por qué no miraban lo que estaban comprando?

—¡Ron, por favor! —dijo Hermione con voz temblorosa—. No creo que nadie sea capaz de poner un lazo del diablo en un tiesto sin darse cuenta de que esa planta intenta matar a quien la toque. Esto..., esto ha sido un asesinato, y un asesinato muy inteligente... Si enviaron la planta de forma anónima, ¿cómo van a averiguar quién lo hizo?

Pero Harry no pensaba en el lazo del diablo. Estaba recordando que el día de la vista había bajado en ascensor a la novena planta del Ministerio y que un hombre de rostro cetrino se había subido en la planta del Atrio.

—Yo conocí a Bode —dijo despacio—. Lo vi en el Ministerio cuando fui allí con tu padre.

Ron se quedó con la boca abierta y miró a su hermana.

—¡Nosotros también hemos oído a papá hablar de él en casa! ¡Era un inefable! ¡Trabajaba en el Departamento de Misterios!—exclamaron los pelirrojos.

Se miraron un momento; entonces Hermione recuperó el periódico, lo cerró, observó con repugnancia la portada con las fotografías de los diez mortífagos fugados, y se puso en pie.

—¿Adónde vas? —le preguntó Ron, sorprendido.

—A enviar una carta —contestó Hermione, y se colgó la mochila del hombro—. Bueno, no sé si... Pero vale la pena intentarlo... Y soy la única que puede hacerlo.

—No soporto que se comporte así —refunfuñó Ron mientras él, Ginny y Harry se levantaban también de la mesa y salían más despacio del Gran Comedor—. ¿Qué le costaría, por una vez, explicarnos lo que se propone? Sólo tardaría unos diez segundos más... ¡Eh, Hagrid!

Hagrid estaba de pie junto a las puertas por las que se accedía al vestíbulo, esperando a que pasara un grupo de alumnos de Ravenclaw. Todavía estaba muy magullado, como el día en que había regresado de su misión con los gigantes, y tenía un nuevo corte en el caballete de la nariz.

—¿Todo bien, chicos? —les preguntó intentando sonreír, aunque sólo consiguió una especie de dolorosa mueca.

—¿Y tú, Hagrid? ¿Estás bien? —inquirió Harry, y lo siguió cuando el guardabosques echó a andar pesadamente tras los alumnos de Ravenclaw.

—Sí, sí —contestó Hagrid con falsa ligereza; luego agitó una mano y estuvo a punto de dar un porrazo a la asustada profesora Vector, que pasaba en aquel momento junto a él—. Un poco liado, ya sabéis, lo de siempre: tengo que preparar las clases, hay un par de salamandras a las que se les están pudriendo las escamas... y estoy en periodo de prueba — murmuró.

—¿Que estás en periodo de prueba? —dijo Ron en voz alta, y unos cuantos estudiantes que pasaban por allí giraron la cabeza con curiosidad—. Lo siento... ¿Estás en periodo de prueba? —repitió en un susurro.

—Sí. Pero la verdad es que ya me lo imaginaba. No sé si os fijasteis, pero la supervisión no dio muy buen resultado, ¿sabéis? En fin... —Soltó un hondo suspiro—. Será mejor que vaya a ponerles un poco más de chile en polvo a esas salamandras o dentro de poco se les van a caer las colas. Hasta luego, chicos...

Se alejó caminando con dificultad, salió por la puerta del castillo y bajó la escalera de piedra que conducía al húmedo jardín.

Los tres se quedaron mirando como se marchaba, con un extraño peso oprimiéndoles el pecho.

—Lo de Hagrid es una mierda —Ron le dió una patada a una pelusa inexistente—. Pero, no creáis que todas estas malas noticias juntas me hacen olvidar lo que he visto en el comedor. —Clavó la mirada en los otros dos que no sabían donde meterse—. ¿A qué cojones jugáis vosotros dos? ¿Ahora estáis juntos?

—¿Y a ti qué mierda te importa? —toda la frustración de la chica explotó en una bomba de ira filial.

—¡Eres mi única hermana!

—¡Basta! —Harry no tenía el ánimo como para aguantar una mini guerra entre pelirrojos—. Tú —dijo, señalando a Ron—, a clase, ahora te alcanzo. Y tú —añadió bajando la voz y eliminando por completo el tono autoritario—, esta tarde terminaremos la conversación que Hermione ha interrumpido. ¿Te parece?

—Vale —respondió la chica, sin mostrarse muy convencida, y empezó a andar por un pasillo camino a sus clases.

—Tío, ¿cómo has hecho eso? —Ron miraba a Harry como si midiese siete metros.

—¿Qué?

—Calmar a Ginny. Después de lo que acabas de hacer retiro cualquier problema que tuviese con vuestra relación. En serio, tío, prometeme que te vas a casar con ella, ¡POR FAVOR!

—Vete a la mierda, Weasley.

—A eso vamos, nos toca Pociones.

—¿Alguien puede matarme?

—¿Me llamabas? —Draco se acercó a los dos amigos cuando estaban llegando a la clase de Snape—. Vamos, Potter, te daré un poco de acónito y así acabaremos con tu heroico sufrimiento.

—Estáis todos en mi contra —replicó el muchacho, cabizbajo, mientras sus amigos lo acompañaban al interior del aula.

Era ya de noche cuando Diana y Riva salieron de la biblioteca. Habían aprendido la lección, estaban cansadas de que los prefectos las abroncasen, así que iban con tiempo antes del toque de queda.

—En serio, Riv, ¿Alexandretti? ¿Tenía que ser Alexandretti?

—¿Me meto yo con tus gustos respecto a chicos?

—Continuamente.

—Da igual, Di. Es sólo un rollo, no hay nada serio, sólo pasar el tiempo.

—Qué racionales sois los Raven.

—La inteligencia es nuestra maldición —suspiró con falsa resignación la pelirroja, haciendo que ambas estallasen en carcajadas.

Sus caminos se separaron al pie de las escaleras que llevaban a Gryffindor. Riva se despidió de su amiga, que aprovechó para hacerle unas cuantas bromas de mal gusto que la hicieron huir a la carrera.

—Riva, espera —la voz, demasiado conocida, la detuvo, pero se negó a volverse.

—¿Qué quieres?

—Hablar. Creo que hay un par de cosas que tenemos que aclarar —la notaba mucho más cerca. Pero siguió sin volverse.

—Sk...Hidden, tú y yo no tenemos nada que decirnos.

—Au contraire mon cheri.

—¿Desde cuando hablas francés, galesa? —no pudo evitar girarse y mirarla.

—¿Puedes dejar de comportarte como una niña y acompañarme civilizadamente a un lugar menos concurrido?

—No me gustó la última vez que lo hice.

—Joder, Riva. Deja de montarme rabietas.

La pelirroja se la quedó mirando, luchando por hallar una razón para no acompañarla, pero al final sólo se encogió de hombros y la siguió en silencio.

En un castillo tan grande como el de Hogwarts hay miles de lugares en los que encontrarse, rincones olvidados, aulas que no se usan desde hace décadas, incluso pasillos a los que las escaleras casi nunca conducen. Así que las muchachas no tuvieron que ir muy lejos para encontrar un poco de intimidad.

Riva se apoyó en la pared más cercana, con los brazos cruzados y aire desafiante.

—¿Vas a darme la charla por lo de Angelo?

—No —Skie se recostó contra la pared contraria y cerró los ojos, cansada—. No soy quién para decirte con quién salir.

—No estamos saliendo.

—Vale —La volvió a mirar—. No es por eso, necesito contarte algo.

—Tú y tus necesidades regís mi vida.

—Sé la verdad, así que puedes dejar de comportarte como una banshee conmigo.

—¿Qué verdad? —inclinó el cuerpo de forma inconsciente hacia la otra muchacha, olvidando por un momento que tenía que ser desagradable.

—Tu hermano y su amenaza.

Riva ahogó un grito con su mano. ¿Quién podría habérselo contado?

—¿Cómo?...¿Tú?

—Scott.

—No puedo creer que te lo contase —su tono volvió a ser frío y cortante.

—No me lo contó.

Riva se la quedó mirando esperando una explicación que no llegaba. Al final su paciencia se agotó y se acercó a Skie intentando parecer amenazante.

—Deja de hablar en enigmas, galesa.

—Es simple, Silvercrown, él no tuvo que contarme nada. Tú lo hiciste… yo soy Scott.

Se quedó helada. Era imposible, Skie Hidden no podía ser Scott Hi… joder, claro que podía, hasta había conservado las iniciales de su nombre. Por eso él conocía su cuerpo a la perfección; las piezas empezaban a colocarse en su lugar y no le gustaba la imagen que formaban.

—¿Cómo? No fue multijugos, no tomaste nada aparte del agua que yo misma bebí durante toda esa noche.

—Es largo de explicar.

—Haz el esfuerzo.

Y Skie se lo contó. La poción sacada de un antiguo libro de la familia Alexandretti, lo reticente que fue al tomarla, que nunca pretendió dañarla… el precio pagado y la enfermedad posterior. No se guardó nada mientras la Ravenclaw la oía sin siquiera pestañear.

—¿Dos años? —dijo cuando la historia terminó—. ¿Has sacrificado dos años de vida por estar una noche conmigo?

—Y volvería a hacerlo.

—Estás loca —pero algo se rompió en su interior al saberlo, dejando salir todo lo que sentía y que llevaba un año reteniendo. La abrazó con fuerza y desesperación.

Skie puso una mano en su mejilla.

—Te prometo que encontraré la manera, Riv. Pero mientras tanto es mejor que nos mantengamos alejadas.

—Sí, por muy difícil que sea ahora que sabes la verdad.

—Seguro que Angelo te ayuda a pasar el tiempo —respondió, mordaz.

—¿Quieres que olvide eso?

—¡No! —sacudió la cabeza con fuerza— es un buen tío. No quiero que estés sola y es la mejor alternativa. Además, no soy quién para juzgar.

—¿Lo dices por el chico con el que sales, ese que cualquiera podría confundir con mi hermano?

—Exacto.

Se quedaron allí un rato, rozándose las puntas de los dedos, conscientes de que si empezaban no serían capaces de parar. Después cada una se fue por su lado, con el corazón un poco menos herido, seguras de que juntas podrían encontrar una solución.


Era tarde, pero con todo lo sucedido Harry no había encontrado ni un momento para hablar con Ginny. Bajó a la sala común esperando tener la suerte de encontrarla, pero no fue así. Se sentó frente a la chimenea, pensando alguna manera de avisarla, cuando vio a Hermione bajando por la escalera.

—¿A dónde vas a estas horas?

—¿Eres mi padre?

—Vaya… insolencia. No pienso permitir eso, jovencita. A tu cuarto, ahora —Harry hacía infructuosos intentos por contener la risa ante la cara de su amiga, pero al final no pudo aguantarse y empezó a reírse.

—No le veo la gracia.

—Eres demasiado seria, Hermione —Se acercó a ella y le puso la mano en el hombro—. Con Umbridge paseando por ahí es fácil meterse en líos ¿Quieres la capa? Estaría más tranquilo si te la llevas.

—¿De verdad?

—Claro, sólo necesito que me hagas un minúsculo favor a cambio —el muchacho puso sus dedos muy juntos, indicando el ínfimo tamaño de lo solicitado.

—Era de esperar —comentó con fastidio—. ¿Qué quieres, Potter?

—Te juntas demasiado con Malfoy, Granger. Sólo quiero que avises a Ginny, tenemos que terminar la conversación que esta mañana interrumpiste.

—Esta bien —dijo, dirigiéndose a la escalera mientras lo miraba con suspicacia—. Ahora vuelvo.

Harry corrió hasta su cuarto, cogió la capa y volvió a la sala común en menos de dos minutos, a tiempo para ver a las chicas bajar.

Hermione cogió la capa y se fue sin hacer ningún comentario, lo que, conociéndola, debía haberle costado un enorme esfuerzo.

No sabía cómo empezar aquella charla. Esa mañana había metido la pata hasta el fondo, cuando en realidad pretendía hacerla sentir mejor.

—¿Piensas tenerme mucho rato aquí, en silencio? Es que hace frío, y para no decir nada, puedo hacerlo en mi cuarto metida bajo las mantas —Decir que su tono fue helado sería quedarse corto.

—Veo que estás enfadada.

—Qué listo llegas a ser, Potter… ni que fueras el elegido.

Estaban sentados cada uno en un extremo del sofá más cercano a la chimenea; Harry se acercó un poco.

—Perdóname, Gin. Lo de esta mañana ha sido una estupidez.

—Estoy cansada. De tus señales confusas, de que me beses y te alejes como si nada hubiese pasado, de tus normas que te saltas cuando te da la gana. Teníamos un trato… y no lo has cumplido.

Harry se acercó un poco más.

—Soy idiota.

—Y un capullo insensible.

—Tienes razón.

—¡No me des la razón como a una tonta! —le gritó, con los ojos acuosos.

Harry cerró la distancia que los separaba y la abrazó.

—No te doy la razón, Gin. Es que la tienes. Perdóname —La abrazó un poco más fuerte, y con los labios en su pelo siguió hablando—. No debí besarte y correr en fin de año, ni debí besarte esta mañana como si te hiciese un favor. No tenía derecho a darte señales confusas. Y por encima de todo nunca debí romper nuestro trato con mis reglas estúpidas que siempre me salto.

Perdóname, Gin. Perdóname y permíteme hacerlo bien.

—Una última oportunidad, Potter.

—Hace un tiempo te prometí que si las cosas se volvían menos complicadas entre nosotros, te lo diría.

—Lo recuerdo.

—La verdad, es que son aún peores…

—Pero…

—La necesidad de estar contigo es demasiado fuerte —suspiró—. Quiero intentarlo, Gin.

—Pídemelo bien.

Harry se arrodilló frente a ella y le cogió una mano.

—¿Serás mi novia, Ginevra Weasley?

—No sé —contestó ella, mirándose las uñas—. Quizás reciba una propuesta mejor.

—¡Gin!

La pelirroja empezó a reír ante la cara del chico y se lanzó sobre él dejándolo tumbado en la gruesa alfombra, frente al fuego.

—Claro que saldré contigo, cuatro ojos.

—Tú y Hermione os juntais demasiado con Malfoy.

—¿Celoso de Draco?

—¿Debería?

—En absoluto —respondió con rotundidad mientras lo besaba.

Allí frente al fuego con el castillo, en silencio, sus manos y sus labios por fin se sintieron libres de hacer lo que llevaban tanto tiempo deseando. No tenían prisa, no después de todo lo que habían tenido que esperar, así que, tras un rato, se detuvieron, y con una sonrisa enorme en el rostro volvieron a sus respectivas habitaciones, a soñar, el uno con el otro.


Hermione andaba rápido bajo la capa de invisibilidad. Llevaba todo el día nerviosa por Draco y no había podido hablar con él cuando coincidieron en Pociones. Él se sentaba con Harry y ella con Ron… y Snape no era precisamente el profesor con el que uno se arriesga a pasarse notitas.

Fue derecha a las mazmorras, esperando tener la suerte de que alguien le abriese la puerta. Vió a Hidden llegando a lo lejos y, despojándose de la capa, se acercó a la Premio Anual.

—Hola, Skie—la saludó, con la respiración entrecortada por la carrera.

—Buenas noches, Hermione. ¿No es un poco tarde para ti?

—Necesito hablar con Draco —sus ojos bajaron hasta sus manos—. Estoy preocupada por él, después de las noticias de esta mañana.

—Entiendo. ¿Quieres que lo avise para que salga? ¿O quizás has traído esa capa tan útil que Harry tiene?

—¿Cómo sabes…? —pero en ese momento ató cabos, ella salía con Ron, él debía haberla usado para verse a escondidas—. Sí, la he traído.

—Pues cúbrete y sígueme.

Hermione obedeció, y la otra chica la guió con eficiencia a través de las profundidades de las mazmorras hasta una puerta a la que llamó.

—¿Sí? —La voz de Theo respondió desde dentro.

—¿Esta ahí Draco?

El aludido abrió la puerta, mirando extrañado a su prefecta.

—¿Pasa algo, Skie?

—Te traigo visita.

—¿Quién? —Draco miraba a ambos lados del pasillo vacío.

—Yo —respondió Hermione desde dentro de la habitación. Skie cerro la puerta sin despedirse y entonces la Gryffindor se quitó la capa, haciéndose visible.

—Guau —Nott la miraba alucinado mientras se incorporaba en su cama, donde había estado leyendo.

—¿Estás loca? Si alguien te pilla aquí, se nos cae el pelo.

—No creo que sea la primera ni la última Gryff que visita las mazmorras.

—Creo que mejor me voy —Theodore se levantó para marcharse, pero Hermione lo detuvo.

—No, espera, venía a veros a los dos. Me teníais preocupada.

Los chicos se miraron sin terminar de comprender.

—Vuestros padres. Azkaban.

—¡Ah! Eso —Draco se dejó caer sobre la cama, sentándose—. Estamos bien, ¿verdad Doré?

—Estupendamente —confirmó el otro chico, negando con la cabeza mientras señalaba a Draco—. Y ahora si me perdonáis, iré a ver a Tori, la echo de menos.

—Pensaba que habíais cortado —Draco lo miró con los ojos entrecerrados.

—Vaya, siento oírlo —intervino Hermione—, hacéis muy buena pareja.

—No te preocupes, aún somos amigos, ha sido todo muy pacífico.

—¿Te la sigues trajinando?

—¿Trajinar? Qué cosa más dulce, querido Draco. Eres todo buenos modales.

—¡No esquives el tema, Doré!

—Era mi manera elegante de hacerte saber que no te importa una mierda lo que yo haga o deje de hacer con Astoria. —Inclinó la cabeza ante la estupefacta muchacha—. Nos vemos, Hermione —y salió de la habitación dejando a su compañero con la palabra en la boca.

—Maldito imbécil.

—¿Te gusta Astoria? —la chica se acercó, sentándose en la cama a su lado—. Nunca te había visto ponerte así.

—No, Minue, Astoria no me interesa de esa manera —se pasó la mano por el pelo—, es sólo que nos hemos criado juntos y no quiero que le hagan daño.

—Y ahora, ¿me dirás cómo estás? No quiero pensar que he tenido que correr todos estos riesgos para nada.

Draco se tumbó en la cama con los pies aún en el suelo, tapándose la cara con el antebrazo. Ella se tumbó a su lado, mirándolo.

—No lo sé, Minue. Es complicado —se destapó los ojos—, no me gustaba que mi padre estuviese en Azkaban, a pesar de lo ocurrido, lo quiero. Es mi padre —suspiró—, pero con él allí estaba a salvo, fuera del radar. Ahora que mi tía Bellatrix y él han escapado con el resto de los mortífagos, vivo con el temor de que una lechuza llame a mi ventana.

—Lo siento.

—No es tu culpa. Theo y yo sabíamos donde nos metíamos.

—Tienes quince años, no deberías tener que tomar esas decisiones.

—Cuéntale eso a Harry. Si lo mío es jodido, no quiero imaginarme lo suyo.

El silencio se posó lentamente sobre los jóvenes, como negras nubes tan densas como sus pensamientos.

—Acabo de darme cuenta de una cosa —Draco dio un par de palmaditas en al colchón—. Estás en mi cama —alzó las cejas un par de veces en tono conspirativo.

—¡Estás como una cabra! Nott puede volver en cualquier momento.

—Eso tiene fácil solución.

El chico cerró las cortinas de su cama y se disponía a lanzar un hechizo cuando Hermione lo detuvo.

—¿Pasa algo?

—He tenido una idea… bueno, más bien es algo en lo que llevo pensando un tiempo. Bueno, no sé si pensar es el término, es como que he estado... —su cara enrojecía con cada palabra y parecía incapaz de mirarlo a la cara—. Bueno, quizás no sea tan buena idea.

—¿Me lo traduces?

—No.

Draco alzó una ceja, desconcertado.

—Sea lo que sea, puedes contármelo.

Hermione farfulló algo tan, tan bajo, que era incomprensible.

—Estás consiguiendo que me enfade.

—No puedo.

—A ver, dímelo al oído. —Ella se acercó y le susurro algo al oído haciendo que las mejillas del Slytherin se encendiesen de emoción—. Justo cuando creo que ya no puedes sorprenderme más, me vienes con estas. Eres increíble, ojalá pudiese embotellarte, me haría rico.

—Ya eres rico.

—En eso tienes razón. —Se la quedó mirando con una sonrisa traviesa en la cara—. Ve adelantándote, ahora mismo te sigo. Ella asintió y se encaminó hacia el baño privado que había en la habitación.

Encendió el agua de la ducha y empezó a cotillear por allí, sin darse tiempo a pensar en lo que hacía. Era cierto que había fantaseado un par de veces con ducharse con Draco, pero eran eso, fantasías. Quizás debería parar todo aquello ahora que aún estaba a tiempo.

Se acercó y metió la mano para comprobar la temperatura, ajustándola un poco para dejarla a su gusto. En ese momento, alguien la empujó, dejándola bajo el agua, empapando su ropa por completo.

—¿Qué haces? Me has empapado.

Draco no contestó, se acercó a ella, silenciándola con un beso ardiente al que la chica no tardó en entregarse con entusiasmo.

Era excitante besarlo bajo el agua templada, le daba a sus labios un sabor especial. Se fueron desvistiendo, lanzando la ropa fuera de la mampara sin pararse a pensar dónde podía caer.

—Déjate la corbata —pidió ella con la voz ronca de deseo.

—Pervertida —gimió él, arrancándole la falda sin contemplaciones, con una sonrisa cómplice.

Cuando estuvieron desnudos Draco se llenó las manos de jabón y le pidió a Hermione que se pusiese de cara a la pared, dándole la espalda. Empezó a enjabonarla por los hombros, dándole un ligero masaje, para luego deslizar las manos por la espalda y la cintura. Después se centró en las caderas, bajó por las piernas, llenándolas de espuma. Cuando terminó, subió de nuevo aprovechando para pegar su cuerpo al de Hermione, que ni siquiera intentaba silenciar sus jadeos.

Empezó a acariciar sus pechos, mientras unía sus caderas una y otra vez con parsimonia.

—¡Oh, Dios! Draco.

—Eres tan suave.

—Por favor, por favor.

—¿Qué quieres? —sus palabras eran apenas jadeos entrecortados.

—A ti, dentro.

—No —Draco paseó sus dedos por su vientre hundiéndose entre sus rizos, húmedos de agua y fluidos. Separó con delicadeza sus labios vaginales, rozando desde atrás toda la zona con su miembro endurecido, acariciando su clítoris a la vez.

Las respiraciones cada vez más aceleradas rebotaban en los azulejos del baño, mientras los movimientos se tornaban más rápidos y desesperados… hasta que un grito lleno de placer fue seguido por un gruñido gutural indicando que ambos habían alcanzado el orgasmo.

Se quedaron allí, abrazados bajo el agua caliente, un poco sorprendidos por lo que acababan de vivir.

Un rato después (y varios hechizos complicados) estaban secos y sonrientes, cogidos de la mano, hablando en susurros, tumbados en la cama de Draco. Se decían todo y nada, demasiado satisfechos como para hilar pensamientos coherentes. Entonces, seguido de una llamada cortés, y con los ojos cerrados, entró Nott.

—¿Estáis visibles?

—Claro que sí, Doré, nunca sería tan descuidado de dejar la puerta abierta si no fuese así.

—Qué pedante eres, Draco —Theo abrió los ojos y se acercó a la cama con la cara más seria de lo habitual—. McGonagall quiere verte.

—¿A mí?

—¿Conoces algún otro Draco Malfoy?

—No.

—Entonces, sí, a ti.

Se levantaron de un salto, se pusieron las túnicas (y en el caso de Hermione, la capa), y se apresuraron a acudir a la llamada de la Subdirectora. Llegaron al despacho en un tiempo récord y, ahora ambos visibles, llamaron a la puerta.

—Adelante.

Entraron en el despacho, y lo que vieron allí los dejó atónitos.

—Señorita Granger, no recuerdo haber solicitado su presencia.

—Déjala quedarse, Minerva, después de todo me arriesgaría a decir, sin temor a equivocarme, que la amistad de mi hijo con ella es lo que nos ha llevado a la situación actual.

—Como quieras, Lucius —asintió la mujer con magnanimidad—. Pasad y cerrad la puerta, chicos, estáis dejando que se cuele todo el frío del castillo.

Ambos entraron, obedeciendo aquella orden, incapaces de entender qué era lo que estaba ocurriendo.


Que montón de cosas han pasado en esta entrega. Os dejo muchas cosas para pensar, pero conociendoos, solo os fijareis en la última escena (panda pervertidillas :P )

Dejando las bromas de lado, espero que os guste como va evolucionando la cosa. Nos vemos en el siguiente capítulo.

Emma Felton

Hola, ¿que tal las navidades? Espero que bien :) ¡qué bien que hayas actualizado!

Gracias, espero que tus navidades también hayan ido bien y que los Reyes Magos se hayan portado :)

Uf, estoy algo liada con Skie, a mi me gustaría que se quedará con Ron, para que Hermione y Draco se quedarán juntos, pero Riva... Skie está enamorada de ella.

Normal que estes liada, hasta ella lo esta. De todas formas, que Ron este o no con Skie no asegura que Draco y Hermione se queden juntos :P

Thedore y Astoria también me gustan mucho, pero por lo que veo tampoco acaban de cuajar :( Espero que se equivoquen y lo vuelvan a intentar.

Ella es muy joven, solo tiene 13 años y aunque es bastante madura para su edad, yo creo que aún no esta preparada para una relación.

Y el sueño de de Hermione jijiji ai, que ganas de que se decida a ir más allá con Draco, porque espero que sea con Draco, por fi, por fi, por fi. Echaba de menos escenas de ellos juntos.

Ella esta MUY decidida a ir más alla con Draco, es él el que le dice que NO.

¿Violet y Harry? vaya, yo no me acuerdo de que eso ocurriera... A mi me gusta Harry con Ginny.

Salieron juntos por primera vez en la salida a Hogsmeade en la que se formo el ED

Un beso muy grande y hasta el próximo capitulo que lo espero con unas ganas que flipas.

Bueno, espero que no te haya decepcionado. Un beso. Ada