¡Hola! Está lloviendo hace dos días seguidos, así que mejor publico ahora, antes de que se corte la luz.

Slash Torrance: Me esforcé al máximo con Meowth para que pareciera gracioso. Sé que no conoces el fandom, así que me sorprende que te haya gustado.

Está demostrado científicamente que dejar reviews no causa calambres ni túnel carpiano, así que no sean tímidos (?)

Capítulo seis

Cien yenes

¿De qué servía encontrar a los bobos si no podían vencerlos?

Eso era lo que pensaba James mientras viajaba en el globo por el bosque junto a sus compañeros, casi al anochecer. ¿Cómo iban a saber que los tapones no servirían contra Jigglypuff? El plan de dormir a todos los habitantes de Ciudad Neón para robarse los pokemón había fracasado de manera miserable, como de costumbre. ¿Hasta cuando iban a estar así? Ese condenado mocoso y su Pikachu les estaban dando mala suerte. Antes de conocerlos, no les iban tan mal. Tenían sus fracasos, si, pero también éxitos. Ahora, solo era un fracaso tras otro. Si seguían así, terminarían muertos en cualquier momento. Y eso si tenían suerte.

Hacía varios días que se habían cruzado con el bobo por última vez y no habían visto la civilización desde Ciudad Neón. Sobrevivían en el bosque a base de bayas y un par de mochilas que robaron a un par de entrenadores tontos. Por desgracia, no encontraron mucha comida en ellas, pero les bastó para aguantar un poco.

A pesar de todo, Jessie y James se las arreglaron para tener sexo en medio del bosque en un par de ocasiones, alejados de Meowth. Ella tomaba el rol dominante y lo tocaba de maneras que James jamás había imaginado. Era como ir al cielo y rozar las nubes con los dedos cuando sus caderas se movían sobre él de manera lasciva, drenándole la cordura cada vez que escuchaba sus gemidos de placer, murmurando su nombre como si fuera la única manera de seguir con vida

Pero, al final, cuando todo acababa, le tocaba bajar a la tierra y estrellarse como un cometa contra el suelo, dejando un vacío en el medio de su pecho. Podría tener a Jessie en la cama las veces que quisiera, pero jamás podría conquistar su corazón…

—¿James? —la voz de Jessie interrumpió sus pensamientos pesimistas.

—¿Si?

—Estás con la cabeza en las nubes, ¿qué pasa?

—Nada, solo… pensaba en cuando llegamos al próximo pueblo.

Meowth le echó un vistazo al mapa.

—No debe faltar mucho. Tal vez lleguemos hoy o mañana a mas tardar.

—¿Cómo se llama el pueblo?

—Creo que se llama Pueblo Carmesí. Está cerca de unas montañas…

James se estremeció ligeramente. Pueblo Carmesí… Pasando las montañas había un lugar llamado Ciudad Ocre y cerca de allí estaba…

—Mejor acampemos —dijo James apresuradamente—. Ya prácticamente es de noche. Busquemos un claro antes de que no podamos ver nada.

Los otros dos le hicieron caso y no tardaron en encontrar un lugar despejado para poder aterrizar. Bajaron y empezaron a armar un campamento.

Meowth fue a buscar una de las mochilas que habían robado. Rebuscó en ella y encontró un paquete de arroz y latas de atún.

—Bueno, es lo que hay —suspiró Meowth—. Aunque se nos acabe el atún, tenemos arroz para varios días.

El felino tomó las riendas y comenzó a preparar la comida. Jessie y James no pusieron objeciones. Cocinaba a nivel de restaurante y estaba orgulloso de ello, aunque no tanto como por su habilidad de pilotear un globo. Más de una vez, James se había preguntado si Meowth en realidad no era un humano condenado a pasar el resto de sus días como un pokemón, pero nunca se había atrevido a preguntarle. Su capacidad de hablar y manejarse por la vida como una persona más estaba envuelta en un misterio. Pero todos allí tenían sus secretos y, si no preguntaba, a él no le preguntarían nada. Mejor dejar las cosas como estaban.

—La comida está lista —anunció Meowth, sirviendo la comida en tres platos. Era casi todo arroz, salpicado con un poco de atún, pero no estaban para ponerse exigentes a estas alturas. Debían dar gracias que habían encontrado un paquete de sal y media botella de aceite para condimentar en una de las mochilas.

—Gracias por la comida —dijeron los tres, pero antes de empezar a comer, Jessie miró el plato de Meowth con el ceño fruncido.

—Tu plato tiene más atún que el nuestro —señaló Jessie, con ira contenida.

—¿No se habrán comido el atún primero para hacerlo parecer así? —preguntó Meowth, con indiferencia.

—¡Pero si todavía no empezamos a comer! —casi gritó Jessie.

El felino soltó un gruñido.

—Yo soy el que cocinó, así que me merezco tener más atún en el plato.

Jessie se levantó del suelo, apretando los puños.

—Si ese es el motivo, YO me merezco tener más atún en mi plato porque fui YO la que se robó las mochilas.

—Pero YO hice de señuelo para que TÚ robaras las mochilas. Y además cociné, así que me merezco más atún.

—¡Eres un maldito gato desagradecido!

Antes de que Jessie pudiese golpearlo, James se hizo oír.

—Ya me he comido la mitad de mi plato. Si se siguen peleando, me voy a comer las raciones de los dos, así que cállense y coman.

—Pero…

—Solo quiero que cenemos los tres en paz, ¿ok? —James abrió otra lata de atún y le puso un poco en el plato de Jessie y luego un poco más en el suyo propio—. Listo. Ahora comamos. Sin pelear —agregó lo último apretando los dientes.

Los tres comenzaron a comer en silencio su ración, pero aún con un poco de tensión en el aire. Era malo comer así y James sentía que le costaba tragar la comida.

—¿Cómo pasamos a esto? —Soltó de golpe—. Pasamos de ser unos ladrones profesionales a unos muertos de hambre que roban mochilas y se pelean por un poco de atún. De verdad damos asco —agregó, dejando a un lado su plato a medio comer—. Coman de lo mío, si quieren. Espero que no se arranquen los ojos por eso.

—James… —Meowth se acercó a él y apoyó sus patas delanteras en la rodilla de su compañero.

—La situación ya va a mejorar —agregó Jessie, palmeándole el hombro.

James sacudió la cabeza.

—¿Cuántos meses venimos escuchando lo mismo, Jessie? Estamos cada vez peor y lo sabes. Es cuestión de tiempo que terminemos presos o muertos. No quiero morir como un delincuente.

Jessie hizo un gesto con la mano.

—Sí, estamos pasando una mala racha, lo sé, pero todo se acabará cuando atrapemos a Pikachu.

James sintió esas palabras completamente huecas, pero hizo un esfuerzo por fingir estar mejor.

—Tienes razón —dibujó una falsa sonrisa en su rostro y tomando su plato de comida. No tenía hambre, pero hizo un esfuerzo para tragarse el arroz con atún.

—Lavaremos los platos mañana, cuando lleguemos al siguiente pueblo y encontremos una canilla —dijo Meowth, ya guardando los platos sucios en una bolsa y poniéndolos en el canasto.

Se acurrucaron los tres alrededor de la fogata para dormir. Meowth se colocó en medio de los dos, en señal de que su enojo había pasado. No tardaron mucho en quedarse dormidos.


Cuando se despertaron a la mañana siguiente y revisaron el globo, se dieron cuenta que tenían menos de la mitad de combustible.

—¡Weezing, sal! —James tiró su pokebola y su pokemón salió flotando obedientemente, aunque con un pequeño problema.

Weezing flotaba en el aire, si, pero inclinado levemente hacia la derecha, señal de que alguno o algunos de sus agujeros de ese lado estaba tapado. James negó con la cabeza.

—Bueno, es hora de destaparte —dijo, mientras revolvía en el globo en busca del juego de destapadores.

—¡Weezing, weezing! —sonaba asustado, como siempre que James decía esa frase. Incluso podía ver sacudiendo su cabeza de un lado a otro en gesto de negación, a pesar de que estaba de espaldas a él.

—Sé que no te gusta, pero lo hago por tu bien— siguió buscando dentro del globo, pero no encontraba lo que necesitaba. ¿Dónde estaban los condenados destapadores? No lo encontraba por ningún lado. Comenzó a sacar las cosas del globo, para ver si así lograba aparecer.

—¿Qué pasa? ¿No los encuentras? —preguntó Jessie.

—No, no sé donde están. Pero tienen que estar aquí.

—¿Cuándo fue la última vez que los usaste?

James reflexionó

—Hace un mes.

—El globo salió despedido más de tres veces en ese tiempo. Puede que se hayan perdido y no te hayas dado cuenta hasta hoy.

James se agarró la cabeza con una mano.

—Los destapadores para Weezing no es barato. Tendré que hacer algo para conseguir unos nuevos.

—¿Por qué no compras un destapador de inodoros? —preguntó Jessie.

—Sería lo mismo que decirte que te compres un tenedor para que te peines —la retó James. Giró hacia su Weezing que, a pesar de que conservaba su imagen triste y desolada de siempre, parecía contento, con la cabeza ladeada —. Tú no te hagas ilusiones. Voy a buscar unos destapadores nuevos en la poketienda y vas a quedar derecho.

—Weezing —su pokemón miró hacia abajo.

—Regresa —le dijo, metiéndolo a su pokebola—. Vamos al pueblo y veamos si puedo comprar…

—¿Comprar? ¿Con qué dinero? Roba uno —le dijo Meowth, como si fuera la cosa más obvia.

James negó con la cabeza y volvió al globo para sacar una bolsa llena de chapitas de botella. Para los demás podía ser basura, pero para él representaba uno de los pocos momentos felices de su traumada niñez. Odiaba separarse de ellas, pero tenía que hacerlo por el bienestar de su pokemón.

—Subamos al globo —dijo—. Aún podemos volar un poco más y acercarnos a Pueblo Carmesí.

El viaje no iba a ser fácil. Quedaba poco combustible y no paraban de vigilar la garrafa, por temor a que se acabara mientras estuvieran en el aire y terminar estrellados contra los frondosos árboles. Cuando ya estaban buscando donde aterrizar, vislumbraron un conjunto de casitas a lo lejos.

—Ya era hora —dijo Jessie, mientras aterrizaban en un claro. Hicieron lo de costumbre: ocultar la canasta entre los arbustos para evitar a otros ladrones y caminar un trecho de aproximadamente un kilometro hasta llegar al pueblo.

Era un pueblo pintoresco y muy tranquilo, comparado con Ciudad Neón. Incluso parecía irradiar paz en cada esquina, aunque eso fuera tal vez una ilusión por el caos donde habían estado unos pocos días atrás. Caminaron un poco por las calles, hasta llegar a una plaza con una fuente en el centro. Había unos pocos niños jugando con sus pokemón. Los más pequeños estaban siendo vigilados por sus padres o hermanos mayores. Allí decidieron separarse: Jessie y Meowth irían a buscar un trabajo o un lugar donde podrían robar algo, mientras que James iría a vender sus preciadas chapitas e ir a la poketienda. Acordaron volver a reunirse en la plaza.

Para suerte (o desgracia) de James, encontró una tienda de coleccionistas donde pudo vender algunas de sus chapitas más comunes a mil cuatrocientos yenes. Aún así, el vendedor casi tuvo que arrancárselas de la mano al momento de la transacción. James anotó en un papel la dirección del lugar, por si algún día regresaba y tuviera la oportunidad de recuperarlas y se dirigió a la poketienda.

Era un lugar pequeño, no muy lejos de la entrada del pueblo. Blanca, de tejado azul y un cartel con el símbolo de una pokebola sobre la puerta corrediza de vidrio. En todos los pueblos y ciudades eran iguales, siendo más grandes en el segundo.

—Buenos días —lo saludó una chica desde el mostrador. Era de unos veinte años, de cabello corto y oscuro —. ¿Qué necesita?

—Busco unos destapadores para Weezing —respondió James.

—Ah, sí. Está en el pasillo…

Unos ruidos la interrumpieron. Venían del fondo de uno de los pasillos y sonaba como si alguien estuviera revolviendo pelotas en un canasto.

—Oh, no, otra vez —murmuró la chica y salió del mostrador para dirigirse al origen de los ruidos. James la siguió.

Había un canasto grande y transparente en el fondo, lleno hasta arriba de pelotas de todos los colores, tamaños y diseños. Encima de ellas, había al menos tres Meowth cachorros, como de un año de edad, saltando y jugando. La chica estaba intentando sacarlos de allí, pero con poco éxito.

—Despacio… despacio… —decía, extendiendo sus manos hacia el Meowth más cercano. El felino se dio vuelta hacia ella apenas logró tocarlo y le dio un buen rasguño en la mano—. ¡Ay!

Podría haber aprovechado el momento para buscar los destapadores e irse corriendo como alma que lleva el diablo, pero la chica le daba un poco de lástima, así que James se acercó a ella.

—¿Estás bien? —le preguntó.

La chica se dio vuelta, mientras se sostenía la muñeca rasguñada. Unas gotas de sangre se deslizaban sobre la herida.

—Es solo un rasguño. Los Meowth suelen entrar aquí y se ponen a jugar con las pelotas y a querer robarlas. Le dije a mi jefe que cubriera el canasto, pero claro, el no es el que recibe los rasguños —sonrió de manera amarga.

—Hay un truco fácil para sacarle una pelota a un Meowth sin que te rasguñe. Permíteme.

James se acercó a los gatitos. Con mucho cuidado, extendió la mano hacia uno de ellos pero, en lugar de agarrarlo, comenzó a rascarle la oreja.

—Nya… —el Meowth se relajó enseguida y se dejó acariciar, cerrando los ojitos y refregando la cabeza en su mano. En menos de cinco minutos, se había quedado profundamente dormido encima de las pelotas.

Hizo el mismo operativo con los otros dos, quienes estaban tan fascinados por estar rodeado de tantas pelotas que no se daban cuenta de lo que pasaba a su alrededor. No tardó mucho en dormirlos también.

—Wow —la chica observó el trabajo, asombrada—. ¿Cómo lo hiciste?

—Tengo un Meowth, así que ya tengo experiencia en alejarlo de la pelota sin que me ataque —dijo James, frotándose la cabeza—. ¿Cómo está tu mano?

—Ya me curé mientras estabas con los Meowth —la chica mostró la parte herida cubierta por una gasa —. Ahora, tengo que sacarlos de la tienda antes de que se despierten.

Puso a los tres Meowth con mucho cuidado dentro de una caja de cartón y salió de la tienda. James no pudo evitar sentirse extraño, a causa de ver como se trataba a los Meowth como pokemón corrientes, pero no tuvo tiempo de pensarlo mucho, ya que la chica regresó enseguida.

—No sé como agradecerte lo que has hecho por mí.

—No es nada —James intentó no sonrojarse, en vano. No estaba muy acostumbrado a los halagos. De pronto, recordó a lo que había venido—. Necesito los destapadores para Weezing.

—¡Oh, cierto! Está en el sector de pokemón venenosos. Tercer pasillo.

James se dirigió al lugar donde la chica le señaló y comenzó a buscar entre las estanterías.

—Antídotos, máscara antigás, pulidor de escamas, afilador de colmillos… ¿Afilador de colmillos? —Pensaba James en voz alta, a medida que caminaba —- ¡Ah, destapadores para Weezing!

Se parecía a un destapador de inodoros, solo que venían tres en un paquete, de diferentes tamaños. Dos eran para las cabezas y la más pequeña era para la cámara de gas que las unía. Estaba a punto de tomarla, hasta que vio el precio.

—Mil quinientos yenes —murmuró James. Le faltaban cien para llegar a esa cantidad. Maldijo por no haber ido primero a la tienda antes de vender las chapitas y decidió irse. Con suerte, los otros dos ya habrían conseguido algo y podía pedirles prestados los cien yenes. Al fin y al cabo, los tres se beneficiaban con su pokemón.

—¿Qué pasa? ¿No lo vas a comprar? —preguntó la chica, quien se encontraba de vuelta detrás del mostrador.

—No, es que no me alcanza.

La chica pareció recapacitar.

—¿Cuánto te falta?

—Cien, pero…

—Trae los destapadores. Yo pagaré la diferencia.

James negó con la cabeza.

—No puedo aceptar eso. Volveré más tarde.

—¿Qué son cien yenes hoy en día? —sonrió la chica, ya saliendo de detrás del mostrador para ir a buscar el producto.

—Espera, yo… —quiso decir James, pero enseguida se calló. No soportaría tener que vender más chapitas, por mucho que los sacaran de apuros económicos.

La chica regresó enseguida con el juego de destapadores, volvió a su puesto y pasó el producto sobre el lector de barras.

—Mil cuatrocientos yenes —dijo la chica, con una sonrisa radiante.

James sacó un billete de mil yenes y cuatro monedas de cien. Las contó delante de la empleada y lo puso sobre el mostrador.

—¿Estás segura? —le preguntó.

—Ya dije, no es nada. Me ayudaste con esos Meowth y ahora sé cómo sacarlos de la tienda sin que me lastimen.

—¿No tienes un pokemón?

—Tengo una Pikachu, pero no quiero herirlos. Son apenas unos cachorros.

—Entiendo.

La chica puso el producto en una bolsa y se lo entregó.

—Muchas gracias por su compra.

James le sonrió, un poco incómodo.

—De nada, gracias a ti.

James iba a irse, pero ella lo llamó.

—Espera, por favor.

James se dio vuelta, a apenas un paso de la puerta.

—¿Si?

La chica se acercó a él, con un leve sonrojo en sus mejillas.

—Disculpa mi atrevimiento, pero… Me gustaría invitarte a un café, cuando salga del trabajo. Claro, si quieres. No te preocupes, yo invito.

James cerró los ojos al imaginarse la bebida humeante en una taza. Casi podía sentir el olor. Hacía meses que no probaba café y ya se estaba hartando de tomar té, agua y refresco barato. Se sentía humillado por ser invitado por una chica, pero ya había caído tan bajo que un par de metros más no le iban a hacer daño.

—Está bien —dijo. La chica parecía simpática y hacía mucho tiempo que no conversaba con alguien que no fuera Jessie o Meowth —. Pero… No sé tu nombre.

—Oh… Mi nombre es Rita.

—James.

—Encantada de conocerte, James. A las cinco salgo. Pásame a buscar.

—D- de acuerdo.

James salió de la tienda, apenas entendiendo lo que había pasado. Había entrado a la tienda para comprar unos destapadores y ahora tenía una cita. No le pareció aterrador, eso quería decir que sus traumas se habían alejado. Tal vez valiera la pena intentar algo con ella, porque con Jessie jamás podría tener una relación normal.

Sé que en inglés los Meowth dicen Meowth y en japonés dicen Nya, pero pasa que suena tan tierno la onomatopeya japonesa que no lo puedo imaginar de otra manera.

Todo review se agradece.