¡Hola!
Mi internet está haciendo de las suyas, así que espero no estar tres horas intentando subir este capítulo.
AlenDarkStar:
Review 1: Si los civiles estaban así de violentos, imagínate los delincuentes encerrados en la comisaria. Vivos no salían.
Review 2: Weezing tiene que ser destapado, le guste o no. En cuanto a ellos… reconocidos no sé, pero al menos no eran el hazmerreir de la organización.
Review 3: Ellos suelen ser muy cerrados con las personas. Los de afuera son dignos de desconfianza.
Slash Torrance: Meowth piensa cada cosa…
No has visto la serie, Slash. James fue embaucado varias veces a lo largo de la serie.
Nadie dijo que yo era una santa, cariño. Estoy impaciente por hacerlos llorar.
Capítulo ocho
Pánico
James había tenido varios trabajos temporales a lo largo de su vida, pero jamás había trabajado antes en una poketienda. Usaba el mismo uniforme que Rita: playera celeste, pantalón negro y un delantal rojo. No era distinto a otros uniformes que había usado.
—Te queda genial —le dijo Rita, al verlo dentro de la tienda con el uniforme puesto.
—No tanto como a ti —rió James.
Ella también rió, con las mejillas sonrojadas. ¿Por qué se sonrojaba tanto? Así había estado en la cita.
—Todavía no es nuestro turno, así que te mostraré como funciona todo.
Durante media hora, Rita le enseñó a James los distintos productos que se vendían, donde estaban y, en ocasiones, para que se usaban, mientras un par de empleados se encargaban de atender a los clientes. También se encargó de mostrarle el depósito, en caso de que hubiera que reponer los productos. También servía de sala de descanso.
—Las tardes son tranquilas, por lo general, pero las mañanas suelen ser agitadas.
—¿ Por qué?
—La mayoría de los entrenadores vienen por la mañana para comprar pociones y antídotos antes de marcharse a su siguiente destino. Hay que asegurarse que los estantes estén llenos cuando empiece nuestro turno.
Los dos empleados finalmente se fueron, saludando a Rita y a James al salir. Quedaron solos en la tienda, aunque sabía que no era por mucho tiempo. Pronto llegarían más clientes.
Pronto comenzaron a aparecer los primeros entrenadores. James sospechaba que Rita no llevaba mucho tiempo trabajando, ya que iba agitada de un lado para el otro atendiendo a la gente. Pero él ya había trabajado en puestos de comida donde los clientes y el tiempo eran su peor pesadilla. Esto era casi un descanso.
La mañana pasó volando. Almorzaron por separado, por si algún cliente se les ocurría interrumpir el almuerzo. El negocio estaba abierto las veinticuatro horas y nos los dejaban cerrar ni cinco minutos.
—¿Cómo hacías para almorzar cuando estabas sola? —preguntó James.
—Comiendo cualquier cosa que no necesitara cubiertos —respondió ella, riéndose. Era una chica muy alegre y sencilla. Le agradaba de verdad aunque, por mucho que se esforzara, no podía sentir por Rita lo que sentía por Jessie. Y sospechaba que ella sentía algo hacia él. ¿Por qué no podía corresponderle? Asco de vida.
La hora de salida al fin llegó y Rita tuvo la idea de salir a caminar juntos por el bosque. Mientras que ella se había arreglado, James solo se había sacado el delantal.
—¿Hace mucho que trabajas en la tienda? —le preguntó James.
—Tres meses. Mi padre es el dueño.
—Entonces, cuando te referías a tu jefe…
—Sí. Es que llamarlo papá dentro del horario de trabajo suena poco profesional.
—Tan poco profesional como vender un moño cualquiera y decir que es especifico para… no sé, un Ónix. ¿Quién quiere ponerle un moño a una Ónix?
Rita estalló en carcajadas. Un par de Pidgey volaron asustados de un árbol cercano y se perdieron en el atardecer.
—Hay mucha gente que lo compra, sobre todo las chicas. Es una estafa, en realidad.
Siguieron caminando por el camino principal, para no perderse. No había nadie, a excepción de algún pokemón típico de allí, como Caterpie o Weedle, trepándose a los árboles. Más adentro habría muchos más, pero lo que menos quería era toparse con un nido de Beedrill y terminar siendo aguijoneados hasta por el culo. No era una muerte digna.
—Eres encantador, James —dijo Rita, de golpe. James la miró a los ojos y la vio sonrojada y con los ojos brillantes.
—También tú —dijo, por decir algo.
—¿De verdad tienes que irte mañana?
—Te lo dije ayer. ¿Por qué insististe en que trabajara, si solo me quedaría un día?
—Solo… solo quería tenerte cerca. Porque… me gustas mucho.
El corazón de James comenzó a latir deprisa y sintió un repentino sudor frío que le chorreaba por la espalda. Lo que sentía ahora no tenía nada que ver con amor: era miedo. El miedo que creía tener superado lo golpeó justo en la boca del estómago. Ella avanzaba demasiado rápido, ¿por qué? Apenas se conocían.
—¿James?
Apenas podía oírla. Sentía los latidos de su corazón en los oídos y el pecho se le estaba cerrando de manera progresiva. De golpe, sintió que necesitaba estar con Jessie y con Meowth. Con ellos se sentiría seguro de vuelta, ¿pero dónde estaban? Tal vez habían regresado al campamento.
—James, ¿te encuentras bien?
—Yo… tengo… que irme. No… me siento bien —y se internó en el bosque a todo correr.
—¡James!
James siguió corriendo, internándose cada vez más y más entre los árboles. Quería alejarse de Rita tan rápido como fuera posible. Era una loca, una manipuladora, una desquiciada que quería manipularlo como si fuera un títere, como lo habían hecho sus padres y como lo había intentado Jessebelle. No, no permitiría que eso le pasara otra vez.
Siguió su carrera enloquecida por el bosque, sin un rumbo, tan solo quería alejarse, alejarse, alejarse. A veces sentía que lo perseguían, pero no veía a nadie. Tropezó un par de veces con las raíces de los árboles, pero aún así siguió corriendo. A la tercera vez, no pudo mantener el equilibrio y cayó de cara sobre la dura tierra. Se quedó allí tendido cual largo era, resollando, con raspones en las rodillas y los brazos. La cara le ardía y un hilo de sangre comenzó a brotar de su nariz. James comenzó a llorar como un niño pequeño, perdido en el bosque.
Necesitaba a Jessie y a Meowth. Nunca los había necesitado tanto en su vida como en ese momento.
Se levantó del suelo y, sin molestarse en sacudirse la ropa o limpiarse la nariz, comenzó a caminar sin rumbo.
Eran casi las once de la noche. A estas alturas, Meowth debería estar durmiendo acurrucado junto a Jessie y James pero en lugar de eso, estaba solo, linterna en mano, buscando a James.
Cuando regresaron del trabajo y no encontraron a James, no se preocuparon en lo absoluto. Probablemente había salido con Rita a tomar un helado, un café, o a caminar por ahí. A medida que el sol comenzaba a ponerse en horizonte y aparecían las primeras estrellas, comenzaron a preocuparse un poco, pero no demasiado. La preocupación fue mayor a la hora de la cena, tanta que apenas pudieron pasar el ramen por sus gargantas. A las diez de la noche, Jessie fue a buscarlo al pueblo, pero no tuvo suerte. En la poketienda, las dos chicas que atendían allí le habían dicho que Rita y James habían salido juntos al bosque y no tenían más información.
—Tal vez se hayan perdido —dijo Meowth. No parecía preocupado por fuera, pero por dentro quería salir ya a buscarlo. James era una persona frágil y fácilmente manipulable y propenso a caer en estafas. No temía por Rita; podría habérsela devorado un Charizard por lo que al felino le importaba. Tener empatía por los seres humanos no era una de sus cualidades.
—Mejor vamos a buscarlo —Jessie ni siquiera dio muestras de preocuparse por Rita—. Puede que no le haya pasado nada, pero… —dejó morir la frase y, en su lugar, tomó un pedazo de papel y una birome. Escribió una nota a James diciendo que habían ido a buscarlo y la pegó en el canasto del globo con cinta adhesiva. Tomó dos linternas y le pasó una a Meowth—. Vayamos por separado. No te pierdas tú también.
Meowth obedeció y se puso manos a la obra. Para ahorrar baterías, no encendió la linterna hasta que estuvo envuelto en la oscuridad.
—¡James! ¡James! —lo llamaba Meowth, sin obtener respuesta. Solo escuchaba el ruido de sus propias pisadas y el viento susurrando en los árboles.
A medida que pasaba el tiempo, el miedo invadía su corazón. La idea de ir solo le había parecido buena idea cuando estaba con Jessie, pero ahora, rodeado de árboles y oscuridad, se daba cuenta del error que había cometido. Estaba tan preocupado por James, que se había olvidado lo mucho que aborrecía la soledad. Lo hacía sentir indefenso, desprotegido ante el mundo.
Durante poco más de media hora estuvo llamándolo, cada vez con un poco más de desesperación en su voz. La luz de la linterna recorría el bosque, iluminando las hojas y ramas caídas de los árboles, pero ni rastro de James. Cuando ya pensaba en rendirse, logró vislumbrar algo anormal: una zapatilla blanca.
Con el pulso tembloroso, Meowth apuntó más arriba. Unos pantalones negros estaban unidos a las zapatillas. Siguió subiendo hasta reconocer el cabello violeta de su amigo. Al verlo más detenidamente, notó que estaba sentado, con las rodillas recogidas hasta el mentón y abrazándose las piernas. Tenía los ojos cerrados y la nariz manchada de sangre reseca, abriéndose camino hasta el mentón.
—¡James! —gritó Meowth. Corrió hacia él, se trepó a sus piernas y lo sacudió por la cabeza. James apretó los ojos con más fuerza y luego los abrió.
—¿Meowth? —preguntó, adormilado.
El felino se le tiró encima, abrazándole la cabeza como pudo, James se acomodó y lo colocó en su pecho, abrazándolo con tanta fuerza hasta casi quitarle el aliento.
—¿Qué te pasó? —le preguntó Meowth, separándose e intentando sacarle la sangre pegoteada de la cara.
—Meowth, por favor, no te alejes de mi —las palabras de James salían de forma entrecortada de sus labios —. No te separes nunca de mí.
El felino parpadeó varias veces, sorprendido. Normalmente no solían decir mucho sobre los sentimientos y cosas como esa, pero James estaba en un estado deplorable. No recordaba haberlo visto así antes, ni en los peores momentos.
—No me voy a ir. Levántate y vamos de vuelta al globo.
James se levantó con dificultad. Meowth lo condujo por el bosque en silencio, más aliviado por haberlo encontrado, pero aún estaba un poco preocupado. ¿Qué demonios le había pasado? ¿Acaso Rita le había hecho daño?
Llegaron al campamento. Jessie aún no había regresado. Se sentaron alrededor de la fogata para esperarla.
—Tenemos ramen para la cena. ¿Quieres? Nosotros ya comimos.
—¿Dónde está Jessie?
—Salió a buscarte. Ya va a regresar.
James asintió de manera casi imperceptible con la cabeza y se quedó casi en la misma posición en la que lo había encontrado. Meowth puso agua a calentar en una olla, esperando con impaciencia a que Jessie regresara de su expedición. No se atrevía a ir solo de vuelta a buscarla.
Jessie buscó y buscó por el bosque hasta que la linterna comenzó a parpadear, amenazando con apagarse en cualquier momento. No había encontrado ni rastro de James y la preocupación la estaba matando por dentro. Volvería al campamento para ver si Meowth tenía novedades y, en caso de que fueran negativas, usaría a Arbok para rastrearlo. Buscaría toda la noche de ser necesario.
Al llegar al campamento, distinguió la silueta de James y la tranquilidad se expandió en ella como un tranquilizante.
—Así que lo encontraste —dijo Jessie, intentando disimular el alivio en su voz.
James se levantó de un salto y corrió a abrazar a Jessie con tanta fuerza que la tiró de espaldas al suelo, hundiendo la cabeza en su estómago.
—¡James! ¿Estás loco? —le dijo, furiosa
James se echó a llorar en sus brazos.
—Te necesito… —murmuró por lo bajo.
Jessie se quedó de piedra, sin poder hablar. Recordó haberlo visto así en El Pico de la Doncella, cuando un Gastly se había hecho pasar por el fantasma de una chica que le daba el nombre al acantilado.
—No voy a intentar tener una relación nunca más —continuó—. No sé ni por qué lo hice. No quiero a nadie en mi vida, Jessie, a nadie. Quiero estar solo…
—Está bien —Jessie le pasó la mano por la cabeza—. Está bien, no tienes por qué estar con alguien si no quieres —miró a Meowth, algo confundida y dolida a la vez, esperando que le dijera algo coherente pero, al no recibir respuesta, volvió hacia James —. ¿Qué pasó con Rita?
Los hombros de James se convulsionaron un poco antes de hablar.
—Dijo que quería salir conmigo.
Jessie suspiró.
—Y te asustaste mucho.
James asintió.
—¿Quieres hablar de eso?
James negó con la cabeza.
Meowth sacó la pequeña olla del fuego y buscó una taza de ramen.
—Ya va a estar la comida —anunció.
James al fin se separó de Jessie y se acercó a Meowth a pasos lentos. Esperó con paciencia a que el felino pusiera el agua dentro de la taza de ramen y dejara pasar tres minutos a que estuvieran comestibles. James comió casi sin ganas y luego se acostó a dormir en el suelo. Meowth se acostó en su pecho y se durmió casi enseguida con él. Jessie tardó mucho más en dormirse. Ahora todo estaba claro: jamás podría estar con James.
A la mañana siguiente, Jessie fue sola al pueblo a comprar provisiones, dejando a Meowth y a James arreglando las cosas para viajar, a pesar de que todavía no habían visto a los bobos. Estaba haciendo un gran esfuerzo para hacer como si nada hubiera pasado. El sol seguía saliendo, el viento seguía colándose entre los árboles y ella seguía despertándose para ganarse el pan de cada día junto con sus compañeros. Que pase el siguiente.
Al llegar al pueblo, notó una actividad anormal. Había demasiada gente en las calles, con palas y picos, yendo hacia las montañas. Con curiosidad, se acercó a uno de los hombres que formaba parte de la multitud:
—¿Qué sucede? —le preguntó.
—Descubrieron fósiles en el Monte Abuelo. Estamos yendo todos a desenterrarlos.
Fósiles… Eso era mucho más valioso que el Pikachu del bobo. Compró las provisiones y volvió al globo tan rápido como pudo. Se plantó ante ellos con una sonrisa.
—Muchachos, cambio de planes.
