Este capítulo me ha costado la vida. Se me ha atascado MUCHISMO, pero POR FIN lo he logrado y aquí lo tenéis.
Se lo dedico a Sam Wallflower por ser genial y seguir dándome ganas de escribir aun cuando tiro la toalla.
A Dryadeh por dejarme usar el patronus de Draco

Y como siempre a Lane ZQ, porque no hay amor entre las estrellas más grande que el nuestro Snow… y lo sabes.


Skie miraba las tiendas con desgana mal disimulada. Después de siete años en el colegio, se conocía Hogsmeade como si lo hubiese construido. Llevaban más o menos una hora dando vueltas por el pueblo y empezaba a temer que si veía otro corazón mataría a alguien.

—¿Estás bien? —Ron la hizo detenerse y mirarlo.

—No... Bueno, sí... —suspiró—. No sé. No me gusta mucho este rollo de San Valentín.

—Pues es una pena. Te había preparado una sorpresa, pero si no la quieres...

—¡Sí, sí que la quiero!

Ron rió al verla tan emocionada y, cogiéndola de la mano, la llevó a un callejón entre dos edificios.

—Vamos a tener que romper un par de reglas.

—Menudo par de prefectos.

—Lo primero será Aparecernos cerca de tu apartamento en Londres. —Ella lo miró, alzando una ceja—. ¿Aún quieres la sorpresa?

Skie hizo el hechizo de Aparición conjunta y un segundo después estaban en Londres. Ron la cogió de la mano y la fue guiando sin dejar de consultar un mapa, hasta que por fin llegaron al Camden Arts Centre.

—¿Qué hacemos aquí?

—Había pensado tomar un café y ver una de las exposiciones.

Skie miró al chico con desconfianza.

—¿Desde cuando te has vuelto un modernillo, Ronald Weasley?

—¿Desde cuando me hablas igual que mi madre? —respondió él con una sonrisa—. Venga, deja de hacerte la víctima y sígueme un poco la corriente.

Entraron en el edificio, aún riendo.

—¿Qué quieres hacer primero: visitar los jardines, ir a la cafetería o ver las exposiciones?

—Mmmm. El jardín, por ahora hace un buen día para ser febrero, pero quién sabe cuánto durará.

—Buena elección.

Salieron al jardín y pasearon un rato cogidos de la mano.

—Tú tramas algo.

—¿Yo? —preguntó Ron con fingida sorpresa—. Para nada.

—A ver, Ronnie, no me creo que me hayas traído hasta Londres saltándonos unas veinte normas del colegio, para pasear por un jardín.

—En realidad te he traído a la exposición, lo del jardín ha sido cosa tuya.

Lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Intentas hacerte el graciosillo conmigo?

—¡Vale, vale! —cedió al fin—. Vamos dentro y verás cómo todo se aclara.

Lo siguió refunfuñando y volvieron al interior. La llevó casi a rastras a la exposición de fotografía que había programada. Entró sin muchas expectativas, pero pronto sus reticencias se fueron vencidas por lo que iba viendo.

El trabajo del artista era increíble. No se consideraba ninguna experta, pero no creía necesitar serlo para apreciar lo que las imágenes le transmitían.

—Me ha gustado mucho, Ron —le dijo al terminar el recorrido—, ha sido una bonita sorpresa.

—Esa no ha sido la sorpresa.

—¿No? Entonces…

—Creo que la sorpresa soy yo —respondió divertida una voz a sus espaldas. Una voz que llevaba años sin oír. Y, al girarse, allí estaba Kloud mirándola con una sonrisa—. Hola, hermanita.

Pasaron el resto de la mañana y toda la tarde con Kloud, poniéndose al día. Pero antes de lo esperado se hizo la hora de volver, ya que debían llegar a Hogwarts antes de que notasen su ausencia. Skie se despidió de su hermano mayor, prometiendo mantener el contacto.

Se aparecieron en Hogsmeade a las cuatro y media pasadas, y como no tenían que volver al colegio hasta las seis decidieron ir a tomar un té al "sitio más hortera del universo", como le gustaba llamarlo a Skie.

—¿Cómo encontraste a mi hermano? —preguntó la chica en voz baja, una vez que estuvieron sentados en la mesa con las tazas de té delante.

—Por casualidad. El día del centro comercial, en la puerta había una chica repartiendo papeles. Cogí el que me dio sin mirarlo y me lo metí en el bolsillo. No volví a pensar en ello hasta hace más o menos un mes, que me lo encontré y al leerlo vi las exposiciones y reconocí a tu hermano por las fotos que me habías enseñado. —Tomó un sorbo de té—. Hablé con él y le propuse quedar hoy, aprovechando la salida.

—Muchas gracias. Ha sido un regalo increíble.

—De nada. Te merecias un poco de alegría, estás muy triste estos días.

—¿Cómo lo soportas?—preguntó Skie tras un breve silencio.

—¿El qué?

—Ver a Hermione con Draco.

Ron alzó la mirada del plato de pastitas.

—La verdad es que por alguna extraña razón desde Navidad ya no me afecta tanto. —Se llevó una galletita a la boca, comiéndosela de un bocado, y tomó un trago de té para ayudarla a bajar—. Estar contigo también ayuda. Reírnos juntos. Darle alguna tunda a Draco en los ejercicios del ED también. No sé.

—Ya veo.

—¿Se te hace cuesta arriba verla con Angelo?

—Sí. Bueno, no —bufó, enfadada consigo misma, y agarró la mano de Ron—. No es tanto que estén juntos, como que sean ellos. Si fuese cualquier otro chico lo pondría a parir… Pero no a Angelo. Es mi mejor amigo y por primera vez desde que Gwyn se fue lo veo feliz. No solo bien. Parece que "eso" que tiene con Riva lo está ayudando.

—¿Entonces?

—No sé —confesó, encogiéndose de hombros—, quizás es que soy una egoísta que lo quiere todo. A Riva, a Angelo... A ti. Deseo ser lo más importante.

—Eso no es muy justo, Skie.

—Soy Slytherin, lo mío es la ambición, no la justicia. —Ron alzó una ceja y sonrió incrédulo—. Vale, tú ganas. No tiene nada que ver con ser Sly, es sólo que me habéis acostumbrado mal.

El pelirrojo se rió ante la ocurrencia y pronto la muchacha se le unió.


Riva no había querido ir al pueblo. Llevaba una época de mucho estrés y le estaba pasando factura. Se dormía por las esquinas, y eso que su nivel de cafeína en sangre era cercano al noventa por ciento.

Después de la comida había ido a la habitación de Angelo. Eran las ventajas de no compartir dormitorio, podías tener invitados. Estaban tumbados en la cama tirando grageas hacia arriba e intentando cogerlas directamente con la boca. Por ahora Angelo ganaba en cantidad atrapada, pero también le habían tocado más sabores desagradables.

—¡Aggg! Me ha tocado una de cerumen. —El muchacho se incorporó con cara de asco—. Voy a probar con esta roja a ver si hay suerte y es fresa. —Se comió la otra gragea con rapidez y su cara se puso verde—. ¡Es hígado crudo! —gritó con asco.

Riva empezó a reírse sin parar y se incorporó también, mientras el chico la miraba mal.

—Ten esta azul, tiene pinta de ser de arándanos —comentó, ofreciéndosela.

—No me fío —respondió, enfurruñado—. Seguro que es sabor a bicho o algo igual de asqueroso.

—Tú te lo pierdes —contestó, encogiéndose de hombros y comiendo el caramelo—. Mmmm, tenía razón, ¡es arándanos!

Angelo la sujetó con suavidad por el cuello y la beso abriéndose paso con la lengua y robandole el dulce.

—Me encantan las de arándanos.

El Slytherin se había esperado muchas reacciones de la muchacha ante su beso, se esperaba que le gritase, quizás que lo golpease, pero desde luego nunca hubiese imaginado que SilverCrown lo iba a empujar sobre la cama e iba a besarlo de esa manera.

Hacía más de un mes de la noche donde ella le propuso aquel arreglo y él aceptó. Pero al final, en la práctica, apenas habían intercambiado un par de besos y manoseos. Sobre todo se hacían compañía, lo que significaba mucho tiempo en la biblioteca intercambiando chistes ocurrentes con De la Rosa. No sabía si Riva se había arrepentido de su oferta de ser amigos "especiales" pero no iba a agobiarla.

Los besos cesaron tan rápido como habían empezado y la muchacha se disculpó, iniciando una rápida retirada hacia el baño.

Angelo se levantó de la cama, despeinado y con la ropa arrugada. ¿Por qué se metía en esos berenjenales? Las relaciones casuales donde las dos partes sabían a qué atenerse siempre habían sido suficientes para él. Quizás fuese el ver tanta complicidad y cariño a su alrededor, tantas relaciones extrañas en esos tiempos desconcertantes lo que le hizo imaginar que quizás, por una vez, él también podría tener suerte.

Apoyó un brazo en el marco de la ventana, mirando a lo lejos, riéndose de sí mismo y de su corazón destrozado, de su necesidad patológica de cariño… de ser tan triste como para conformarse en lugar de querer más.

Riva envolvió su cintura desde atrás, colando sus manos dentro de su camisa, y besó su cuello con mucha delicadeza. No la había oído volver. No se movió, siguió mirando cómo la lluvia empezaba a caer sobre el paisaje escocés.

—Llueve —susurró ella, al rato.

—Eso parece.

—¿Crees que habrá salid…?

—No quiero hablar de ella, no ahora, no cuando me estas tocando de esa manera. —Angelo bajó la cabeza—. Pensé que podría hacerlo, Riv, pensé que cerraría los ojos y me daría igual que pensases en otra persona mientras estás conmigo. Pero no soy así. Soy demasiado egocéntrico.

—Yo… no… —empezó a tartamudear ella

—Lo siento —susurró, incapaz de mirarla.

—No —se coló bajo su brazo, cogiendo su cara con ambas manos, obligando a que la mirase—. Soy yo quien lo siente. Soy un desastre, por eso he salido corriendo al baño, he tenido miedo.

—¿De qué?

—De no ser suficiente.

—Riv, esto no es un examen.

—Me gusta cuando me llamas así. Es algo… nuestro.

Se la quedó mirando sin saber qué decir, y en ese momento se dio cuenta de que los vaqueros de la muchacha habían desaparecido. En realidad, sólo llevaba encima una camisa de pijama suya, las braguitas y unos calcetines.

—¿Te has cambiado? —estaba tan alucinado de verla casi sin ropa que no atinó a preguntar nada más relevante.

—Quie.. Quiero esto, Angelo. —Bajó la mirada, avergonzada—. Des...desde hace días. —Su tartamudeo había vuelto, como siempre que se ponía nerviosa.

—Lo estamos haciendo todo mal —susurró él juntando las frentes y sonriendo ante la estupidez de la que hacían gala—.Se suponía que esto iba a ser fácil, cómodo y fluido.

—Mmmm, quizás podríamos enfocarlo de otro modo.

—Explícate.

—Hacemos esto para relajarnos y divertirnos, ¿verdad?

—Verdad.

—¿Y que hay más relajante y divertido que aprender algo nuevo?

—¿Cualquier cosa? —contestó Angelo, alzando una ceja con diversión.

—Sígueme la corriente.

—Eso puedo hacerlo.

—Pues eso, yo quiero aprender y tú —carraspeó—, bueno, tú puedes enseñarme.

La miró en silencio durante un par de minutos.

—Lo de los Ravenclaw es un don, conseguis quitarle la diversión a cualquier cosa.

—¡Angelo!

—Buuuuuuueno, lo intentaremos a tu modo —concedió él—, si eso consigue hacerte sentir cómoda y evita que salgas corriendo imagino que habremos ganado mucho. —Le pasó un dedo por el cuello descendiendo con suavidad hasta la clavícula.

Ella suspiró, cerrando los ojos ante la caricia, que continuó descendiendo por su canalillo delineando un pecho y después el otro.

Le puso ambas manos en la cintura y fue subiendo poco a poco, delineando las costillas con los pulgares hasta que sus manos quedaron sosteniendo, de nuevo, los senos que parecían mucho más plenos y pesados que la última vez que los había acariciado.

—Están más grandes —soltó, pensando en voz alta—. ¿Te va a venir el período?

Quizás en otra situación la Ravenclaw lo hubiese mandado a la mierda por lo impertinente y poco delicado de la pregunta, pero sus manos eran tan suaves, calientes y delicadas…

—No lo sé, no tengo un periodo muy regular. —Se recostó contra la ventana echando la cabeza hacia atrás y abandonándose por completo a las caricias.

—Vaya, debe ser súper divertido y nada estresante ser tu pareja —bromeó él—, lo cual me recuerda que hay que tomar las debidas precauciones—. Se alejó con pasos largos, cogió la varita, volvió a su lado y le tendió la mano. Ella se la tomó desconcertada y él le ayudó a levantarse y ponerse frente a un espejo de cuerpo entero que había en una de las paredes.

Angelo se situó a la espalda de la muchacha, abrazándola por la cintura, acariciándole el vientre con aire distraído.

—Hay tres clases de hechizos contraceptivos, Riv. —Su voz baja y ronca junto a su oído la hizo estremecer.

—Es… es injus… to —volvió a tartamudear.

—¿Qué es injusto?

—Lle… llevas mu… mucha —tragó saliva al notar sus labios en el cuello— ropa.

—Eso es fácil de solucionar. —Un movimiento de varita y la mayoría de la ropa de Angelo era un montoncito en el suelo. Ahora ella llevaba sólo la camisa, las bragas y los calcetines, mientras que a él sólo los boxers lo separaban de la desnudez—. ¿Mejor?

Asintió, incapaz de hablar. Le clavaba los ojos, tan oscuros que parecían negros, a través del espejo, y aunque intentaba escuchar lo que decía, él se estaba esforzando por hacerlo imposible. Sus dedos, sus labios, incluso ese tono en su voz, había que reconocer que era muy bueno.

—Como te iba diciendo hay tres tipos de hechizos contraceptivos —continuó explicando—, los de habitáculo, que afectan al lugar donde se realiza el acto. Los específicos del hombre y los que solo son para la mujer. Hoy vamos a practicar los dos primeros. —Colocó la mano de Riva sobre su muñeca—. Sigue mis movimientos, debes aprenderlos bien y no equivocarte al realizarlos.

Para ser justos hay que decir que SilverCrown lo intentó con todas sus fuerzas, toda su voluntad de empollona Ravenclaw, todo su honor de alumna estrella en encantamientos intentaba aprender los movimientos del brazo derecho y las palabras susurradas de Alexandretti. Pero fue imposible. Sobre todo teniendo en cuenta que su brazo izquierdo no dejaba de sujetarla por la cintura, apretándola contra su creciente erección.

Notaba la boca seca y las bragas húmedas. Nunca en sus dieciséis años de vida se había sentido tan torturada por el deseo. Y si no fuese por el bulto que se le clavaba en las nalgas hubiese jurado que él estaba tan tranquilo, como si hablase del tiempo.

—Amor, te noto distraída.

Ella se giró, le sujetó por la nuca y poniéndose de puntillas empezó a besarlo como si la vida le fuese en ello. Lo empujó, medio escaló, intentando acercarse más, tocarlo más, sentirlo más, pero notaba como el chico se le escapaba entre los dedos, hasta que cayeron en la cama, y sin saber cómo se encontró tumbada en el colchón, mirando al techo mientras Angelo amontonaba almohadas.
—¿Qué haces?
—Voy a darte un masaje, estas muy tensa.

—Un masaje... ¡¿Un masaje?! —Estaba furiosa y cachonda. Sobre todo lo segundo, que acrecentaba de forma notable lo primero. Se puso de rodillas en la cama y lo miró con cara de pocos amigos—. ¿Te estás quedando conmigo?

—Shhh —la intentó apaciguar con un leve beso en los labios—, deja de protestar y túmbate boca abajo, verás qué bien te quedas.

—Pero, Angelo, yo quiero... —empezó a quejarse mientras él la ayudaba a recostarse en las almohadas, cuatro bajo su torso y dos bajo sus piernas.

—¿Sí?

Pero fue incapaz de decírselo, así que él le quitó la camisa y empezó a pasear sus manos llenas de aceite con olor a fresas y champagne por los agarrotados músculos de la muchacha. Se esmeró en el cuello, los hombros, y fue deshaciendo uno a uno los innumerables nudos de su espalda, bajó por sus piernas, acarició sus pantorrillas con parsimonia, primero una y luego la otra.

Riva debía reconocer que aquello era maravilloso, estaba muy relajada. Angelo había quitado las almohadas de debajo de sus piernas y, sentado entre ellas, masajeaba la parte de detrás de sus rodillas.

Sus manos ascendieron hacia sus muslos, los recorrió un par de veces y entonces coló las manos bajo la ropa interior para empezar con sus glúteos. Para cuando el primer dedo se dirigió hacia su vulva, Riva casi lloró de puro alivio, y un gemido involuntario escapó de sus labios entreabiertos.

Angelo pronto sustituyó sus dedos por la lengua. Había quitado por completo las almohadas que sujetaban la parte de abajo del cuerpo de la chica dejando un espacio perfecto para meterse debajo y degustarla a placer.

Riva mordía la almohada intentando refrenar los quejidos que se le escapaban como si no pudiese controlarlos en absoluto, se retorcía, restregándose contra la boca de Angelo, que la sujetaba con fuerza con por las caderas. Apenas duró un par de minutos antes de que el orgasmo le sobreviniese como una ola intensa que arrasaba con todo.

Angelo se acercó a ella sonriendo.

—¿Ha sido tan bueno como parecía? —Tiró de ella, bajándola del montón de cojines y haciendo que cayese sobre él.

—Ha sido muy intenso —susurró contra su pecho.

El rió bajito y empezó a acariciar su espalda en delicados círculos. Sin decir nada, solo dándole espacio para recuperarse de lo que acababa de sentir, pero Riva necesitaba más… Al igual que aquella noche con Scott/Skie, algo en su interior le pedía más.

Se alzó sobre un codo y miró al chico. Estaba relajado, con los ojos cerrados, y a pesar de que su excitación era manifiesta no parecía ansioso por calmarla. Se acercó un poco más y, con curiosidad, lo besó, un beso delicado, tentativo, que probaba un resto de ella misma en sus labios. Se acomodó a su lado, mientras seguía jugando con su boca, delineándola, dibujándola, dejando, mientras tanto, que sus dedos vagasen por su pelo.

Él se dejaba hacer, colaborando gustoso, pero permitiéndole llevar la voz cantante. Riva se tumbó de espaldas, tirando del muchacho hacia ella, notando cómo casi toda su piel se tocaba. Casi. Aún llevaba puesto el maldito boxer, pero Angelo parecía leerle la mente y, divertido por su gruñido de fastidio, se deshizo de la prenda con rapidez. Cuando volvió a descender sobre ella, y se rozaron, ambos gimieron. Era una sensación única, ya no solo por sentirlo duro, caliente y a la vez suave, entre las piernas, deslizando sin invadir, haciéndola sentir todas aquellas sensaciones. Era sentir la piel de su cintura friccionando sus muslos, aun llenos de aceite. Su pecho, su torso, todo durezas, resbalando por el suyo propio lleno de suaves valles.

Él colocó un par de almohadas bajo el trasero de la chica, alzando sus caderas, se puso de rodillas y deslizó sus manos lentamente desde su cintura, subiendo por sus costados, acariciando de pasada la delicada piel de los laterales de sus senos, y le alzó los brazos por encima de la cabeza, enlazando sus dedos con los de ella. Mientras se inclinaba para volver a besarla la fue penetrando, lentamente.

Empezó a moverse despacio, pero ella estaba tan caliente y húmeda que le era cada vez más complicado contenerse. La notaba arquear la espalda, acomodando sus movimientos a los suyos, haciendo las arremetidas más profundas, así que al final desistió y llevó una mano entre sus cuerpos acariciando su clítoris sin dejar de penetrarla hasta que notó cómo se tensaba a su alrededor y por fin pudo dejarse ir.


El partido contra Hufflepuff se acercaba y los entrenamientos en el ED se terminaban calentando demasiado debido a las tensiones entre equipos, así que al final, Harry decidió suspenderlos hasta después del partido.

Angelina estaba histérica y los había hecho entrenar tanto bajo la lluvia que consiguió que Ron se resfriase, asi que jugó el partido entre estornudos y tiritones (cualquier cosa antes que cederle su puesto al estirado de Cormac), lo que llevó a la derrota. Que los Slytherin coreasen la cancioncita inventada por Blaise y Pansy, tampoco ayudaba. Harry sospechaba que si volvía a oír "a Weasley vamos a coronar", iba a arrancarle los dientes al primer Sly que se cruzase, amigo o no. Por lo menos, gracias a Ginny los tejones les vencieron por apenas diez puntos, pero aún así el humor de los Gryffindor esa noche en la sala común no era el mejor.

—Mejor me voy —comentó Hermione al ver el ambiente—. Sabes que no entiendo mucho la pasión que os despierta este deporte y temo decir algo que consiga que me tiren por la ventana. —Harry y Ginny sonrieron y la despidieron, brindando al aire con sus cervezas de mantequilla.

Skie se había llevado a Ron a la enfermería después del partido, muy enfadada con Angelina por dejarlo jugar en ese estado, y aún no había vuelto.

—Has jugado muy bien hoy —dijo Harry, abrazando a su novia por la espalda—. Nos has salvado.

—He tenido suerte —replicó ella encogiéndose de hombros—. No era una snitch muy rápida, y Summerby está resfriado: ha estornudado y ha cerrado los ojos justo en el peor momento. Pero cuando tú vuelvas al equipo...

—Me han suspendido de por vida, Ginny.

—Te han suspendido mientras la profesora Umbridge siga en el colegio —lo corrigió ella—. No es lo mismo. En fin, cuando tú vuelvas, creo que me presentaré a las pruebas de cazador. Angelina y Alicia se marchan el año que viene, y de todos modos prefiero marcar goles a buscar.

—Estoy seguro de que lo harás bien en el puesto en el que juegues.

—¿Me estas haciendo la pelota, Potter? —alzó una ceja y se giró entre sus brazos para mirarlo

—Un poco —rio él—. ¿Funciona?

—Un poco —admitió, acercándose y besándolo.

—Coff coff. —Una voz conocida sonó junto a ellos.

—¿Interrumpimos? —siguió diciendo su eterno compañero.

—¿Me recuerdas por qué no mato a mis hermanos y me convierto en hija única?

—En el fondo nos quieres —contestaron Fred y George a la vez, fingiendo inocencia.

—¿Qué queréis?

—¿Sabéis una cosa? El quidditch era lo único por lo que valía la pena quedarse en este colegio —dijo George.

—Los ÉXTASIS no nos preocupan —continuó Fred—. Los Surtidos Saltaclases ya están listos, hemos encontrado la manera de eliminar esos granos: basta con aplicarles un par de gotas de solución de murtlap. Lee fue quien nos lo recomendó.

George bostezó y miró desconsoladamente el nublado cielo nocturno.

—Si os marchais del colegio sin hacer los EXTASIS, mamá os matará.

—Esa idea es lo único que aún nos retiene aquí, hermanita.

—Lo único.

El lunes por la mañana entraron en el Gran Comedor para desayunar en el preciso instante en que llegaban las lechuzas con el correo. Hermione no era la única que esperaba con avidez su ejemplar de El Profeta: casi todos los estudiantes estaban ansiosos por saber más noticias sobre los mortífagos fugitivos, quienes todavía no habían sido detenidos, pese a que muchas personas aseguraban haberlos visto. Entregó un knut a la lechuza que le dio el periódico, y lo desplegó apresuradamente mientras Harry se servía zumo de naranja; como sólo había recibido un mensaje en todo el curso, cuando la primera lechuza aterrizó con un golpe seco delante de él, creyó que se había equivocado.

—¿A quién buscas? —le preguntó apartando lánguidamente su zumo de naranja de debajo del pico de la lechuza, y se inclinó hacia delante para leer el nombre y la dirección del destinatario.

Harry Potter

Gran Comedor

Colegio Hogwarts

Harry frunció el entrecejo y se dispuso a coger la carta, pero, antes de que pudiera hacerlo, tres, cuatro y hasta cinco lechuzas más llegaron volando y se posaron al lado de la primera disputándose un sitio, al mismo tiempo que pisaban la mantequilla y tiraban el salero en sus intentos de entregarle, antes que las demás, la carta que llevaban.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Ron, asombrado, mientras los demás ocupantes de la mesa de Gryffindor se inclinaban para mirar y siete lechuzas más aterrizaban entre las anteriores, chillando, ululando y agitando las alas.

—¡Harry! —exclamó Ginny sonriéndole a Hermione, que a continuación hundió las manos en la masa de plumas y levantó una lechuza que llevaba un paquete largo y cilíndrico—. Creo que sé lo que esto significa. ¡Abre ésta primero!

Harry retiró el envoltorio de papel de color marrón y encontró un ejemplar fuertemente enrollado del número de marzo de El Quisquilloso. Lo desenrolló y vio su cara, que sonreía tímidamente en la portada. Sobre la imagen de Harry había unas grandes letras rojas que rezaban:

HARRY POTTER HABLA POR FIN: «TODA LA VERDAD SOBRE EL-QUE-NO-DEBE-SER-NOMBRADO Y LA NOCHE QUE LO VI REGRESAR»

¿Te gusta? —le preguntó Luna, que se había acercado a la mesa de Gryffindor y se apretujaba en el banco entre Fred y Ron—. Salió ayer. Le pedí a mi padre que te enviara un ejemplar gratuito. Supongo que todo esto —añadió señalando las lechuzas, que seguían buscando un lugar frente a Harry— son cartas de los lectores.

—Lo que me imaginaba —dijo Hermione con entusiasmo—. Harry, ¿te importa si...?

—Tú misma —repuso él con expresión de desconcierto.

Ron, Ginny y Hermione empezaron a abrir sobres.

—Ésta es de un tipo que cree que estás como una cabra —dijo Ron mientras leía la carta que había cogido—. Ah, bueno…

—Esta mujer te recomienda que hagas un tratamiento de hechizos de choque en San Mungo —comentó Ginny, decepcionada, y arrugó su carta.

—Pues ésta no está mal —afirmó Harry despacio, leyendo por encima una larga carta de una bruja de Paisley—. ¡Eh, dice que me cree!

—Éste está indeciso —terció Fred, que se había apuntado con entusiasmo a abrir cartas—. Dice que no cree que estés loco, pero que no le hace ninguna gracia pensar que Quien— vosotros-sabéis ha regresado y por eso ahora no sabe qué pensar. ¡Vaya, qué manera de malgastar el pergamino!

—¡A éste también lo has convencido, Harry! —exclamó Hermione, emocionada—. «Después de leer tu versión de la historia, he llegado a la conclusión de que El Profeta te ha tratado injustamente... Aunque no me guste pensar que El-que-no-debe-ser-nombrado ha regresado, no tengo más remedio que aceptar que dices la verdad...» ¡Es fantástico!

—Otro que cree que has perdido la cabeza —comentó Ron, y tiró una carta arrugada por encima del hombro—, pero ésta dice que la has convencido y que ahora piensa que eres un verdadero héroe; ¡hasta ha incluido una fotografía suya! ¡Toma!

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó una voz infantil y falsamente dulzona.

Harry, que tenía las manos llenas de sobres, levantó la cabeza. La profesora Umbridge estaba de pie, detrás de Fred y de Luna, y examinaba con sus saltones ojos de sapo el revoltijo de lechuzas y cartas que había encima de la mesa, enfrente de Harry. Y él se dio cuenta de que muchos estudiantes los observaban con avidez.

—¿A qué se debe que recibas tantas cartas, Potter? —le preguntó la profesora Umbridge lentamente.

—¿También es delito recibir correo? —inquirió Fred en voz alta.

—Ten cuidado, Weasley, o tendré que castigarte —respondió la bruja—. ¿Y bien, señor Potter?

Harry vaciló, pero no sabía cómo iba a mantener en secreto lo que había hecho; seguramente, sólo era cuestión de tiempo que un ejemplar de El Quisquilloso llegara a manos de la profesora Umbridge.

—La gente me escribe cartas porque me han hecho una entrevista —contestó Harry—. Sobre lo que pasó en junio.

Cuando pronunció esta frase, dirigió la vista hacia la mesa de los profesores sin saber por qué. Harry tuvo la extraña sensación de que un instante antes Dumbledore lo había estado observando, pero cuando miró al director lo vio enfrascado en una conversación con el profesor Flitwick.

—¿Una entrevista? —repitió la profesora Umbridge con una voz más aguda y alta que nunca—. ¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que una periodista me hizo preguntas y que yo las contesté. Mire…

Y le lanzó un ejemplar de El Quisquilloso. La profesora Umbridge lo cogió al vuelo y se quedó contemplando la portada. Inmediatamente, su blancuzco rostro se cubrió de desagradables manchas violetas.

—¿Cuándo has hecho esto? —le preguntó con voz ligeramente temblorosa.

—En la última excursión a Hogsmeade —contestó Harry.

La profesora lo miró rabiosa mientras la revista temblaba entre sus regordetes dedos.

—Se te han acabado los fines de semana en Hogsmeade, Potter —susurró—. ¿Cómo te atreves..., cómo has podido...? —Inspiró hondo—. He intentado mil veces enseñarte a no decir mentiras. Por lo visto, todavía no has captado el mensaje. Cincuenta puntos menos para Gryffindor y otra semana de castigos.

Se marchó muy indignada, con el ejemplar de El Quisquilloso contra el pecho, y los estudiantes la siguieron con la mirada.

A media mañana aparecieron colgados enormes letreros por todo el colegio, no sólo en los tablones de anuncios, sino también en los pasillos y en las aulas.

POR ORDEN DE LA SUMA INQUISIDORA DE HOGWARTS

Cualquier estudiante al que se sorprenda en posesión de la revista El Quisquilloso será expulsado del colegio. Esta norma se ajusta al Decreto de Enseñanza n.°27.

Firmado: Dolores Jane Umbridge

Suma Inquisidora

Por algún extraño motivo, a Hermione se le iluminaba la cara cada vez que veía uno de esos letreros.

—¿Se puede saber por qué estás tan contenta? —le preguntó Harry.

—¡Ay, Harry! ¿No lo entiendes? —exclamó Hermione—. ¡Si algo puede haber hecho la profesora Umbridge para tener la certeza absoluta de que hasta el último estudiante de este colegio lee tu entrevista, es prohibirla!

Como había pronosticado Hermione, antes de la hora de la comida todo el colegio había leído El Quisquilloso, y para la cena Luna se acercó a decirle que su padre preparaba la reimpresión. Eran muchos los alumnos que habían parado a Harry, Ron, Hermione y Ginny por los pasillos para, entre susurros, mostrarle su apoyo y decirle que le creían. Muchos volvían a pensar que era un héroe.

Esa noche en la sala común los gemelos organizaron una fiesta, agrandaron la portada del quisquilloso, así que ahora, la enorme cara de Harry presidia la sala común mientras gritaba consignas estúpidas contra Umbridge o el Ministerio. Al principio resultaba gracioso, pero pronto se hizo pesado, más aún cuando la magia empezó a debilitarse y las palabras empezaron a tornarse inconexas y la voz cada vez era más chillona.
Había sido un día largo, así que Harry se fue a dormir pronto y cayó rendido apenas puso la cabeza en la almohada, sin realizar los ejercicios que Malfoy le había enseñado.

Soñó con Voldemort y sus mortifagos. Volvió a ponerse en su piel, volvió a sentir su odio irracional, su frialdad, su desprecio por la vida, así que cuando Ron lo despertó sacándolo del lío que se había hecho con sus propias mantas, se sujetó un momento a su mejor amigo, incapaz de hablar, intentando volver a la realidad.

Le contó lo mejor que pudo lo que había pasado y todo lo que había visto en su "conexión".

—Tío, pensaba que estabas mejor. —Ron se sentó a su lado en la cama, bajando la voz cuando Dean, Seamus y Neville entraron por la puerta. Disimuló alargándole un vaso de agua—. Todas esas fiestas de pijamas que haces con Malfoy parecían servir de algo.

—¡Y lo hacen! —aseguró Harry—. Es sólo que estaba tan cansado que olvidé cerrar mi mente.

—Tienes que contárselo.

—No, Ron. Creerán que las clases con Draco no están funcionando y volverán a ponerme con Snape y no podría soportarlo.

—Vale, vale. Cálmate, no diré nada. —Ron se levantó—. Ahora lo mejor será que volvamos a dormir, mañana hablaremos con Hermione y Malfoy ¿vale?

—Está bien. —Harry se tumbó de medio lado, mirando a su amigo, que dejó las cortinas abiertas y sonrió dándole ánimos. Entonces a Harry empezó a arderle la cicatriz y mordió con fuerza la almohada para no gritar. Sabía que en algún lugar estaban castigando a Avery.

Al día siguiente se reunieron en un rincón del patio con Hermione, Draco y Ginny mientras Harry volvió a relatarles todo lo que había visto. Lo escucharon con muchísima atención y sacaron algunas conclusiones sobre la muerte del Señor Bode.

—Potter, creo que vamos a tener que sacar tiempo de donde sea y empezar a dar dos clases a la semana de Oclumancia —terminó por decir Draco, muy serio—. Además, te recomendaría que una vez cada tres semanas tuvieses una clase con el Profesor Snape. —Paró las protestas del muchacho alzando la mano—. Sé que no te hace mucha gracia, pero escúchame. Él es mucho más fuerte que yo, será como un examen. Entrenarás conmigo y tendrás una sesión de control con él. Además, imagina lo bien que te sentirás si consigues contenerlo.

—A mí me parece una buena idea —dijo Ginny, apretándole la mano.

—Sí, tío, por mucho que me jorobe darle la razón al hurón, cuando la tiene, la tiene.

—¿Nunca olvidaremos lo de hurón?

—Es mi momento feliz —respondió Ron con una sonrisa, cerrando los ojos.

Todos rieron mientras Draco golpeaba en el brazo al pelirrojo a modo de broma.

Harry sonrió y decidió que quizá sería bueno intentar lo de Snape, después de todo, había mejorado mucho.

Llego el uno de marzo y con ello el cumpleaños de Ron. Se levantó más temprano de lo habitual, mientras el resto aún dormía tranquilamente en sus camas. Cogió sus cosas, de dio una ducha y se fue a ver amanecer desde la ventana de la sala común.

—Buenos días, Ron. —Hermione se puso a su lado. Al otro lado de la ventana todavía sólo se distinguía oscuridad.

—Buenos días —contestó, sin mirarla—. ¿Qué haces levantada? Es temprano.

—Quería ser la primera en felicitarte —Apoyó las manos en el alféizar—. Feliz cumpleaños.

—Ah —se quedó callado un momento—, gracias.

Las palabras seguían sin ser fáciles entre ellos. Nunca lo habían sido. Parecían incapaces de comunicarse si no era a través de gritos o por medio de Harry. Además, desde Navidad ambos notaban que algo raro pasaba, como si algo les faltase. Así que simplemente miraron al horizonte mientras el sol salía, dando comienzo al primer día del decimosexto cumpleaños de Ronald Weasley.

La clase con Snape no fue tan bien como Draco había esperado, ni tan mal como Harry había temido. Sobretodo porque a mitad de la clase unos gritos les llamaron la atención y terminaron por hacerles salir al patio. Allí presenciaron la expulsión de la profesora Trelawney del castillo, que aunque no era santo de la devoción de Harry tampoco se merecía ser tratada de aquella manera. Quizás por eso, casi aplaudió a la profesora McGonagall cuando la rescató. Pero, desde luego, lo más impactante de todo fue la presentación del nuevo profesor de Adivinación, el centauro Firenze.

Cuando salieron de la primera clase con el centauro, lo mejor que podían decir es que había sido interesante. Pero las palabras de advertencia para Hagrid aún resonaban con fuerza en la cabeza de Harry, las cosas no estaban como para andarse con estupideces y por desgracia, sabía que su amigo a veces no hacía gala de un gran sentido común.

Tardó unos días en poder transmitirle la advertencia, ya que Umbridge acudía a todas las clases, pero cuando por fin pudo decírselo el semigigante no se lo tomó tan bien como uno hubiese esperado.

Los TIMOS se acercaban, y entre las clases con Malfoy, estudiar y pasar el poco tiempo que podía con Ginny, casi agradecía no estar en el equipo de quidditch, o hubiese tenido que dejar de dormir. Algunos compañeros como Hannah Abbott ya habían tenido que recibir alguna poción sedante por parte de la enfermera, y aquello solo podía ir a peor.


Hermione estaba súper estresada, echaba muchísimo de menos el giratiempo que había tenido en tercero. Le hubiese venido fenomenal en estos días.

Sus pasos resonaban rápidos por el pasillo vacío. Era la hora libre después de la comida, que por cierto hoy se había saltado, e iba hacia la biblioteca para cambiar unos libros antes de comenzar las clases de la tarde, que, para colmo de males, eran dos horas de Historia de la Magia. Que no era que a ella no le gustase, pero entre que se había leído el temario dos veces y el profesor era soporífero, a veces hasta a ella se le cerraban los ojos, y más con el cansancio que arrastraba esos días.

Llegó a la biblioteca e hizo el cambio de libros sin problemas, se hubiese quedado a hablar un poco con la Señora Pince, pero vio a Draco haciéndole gestos frenéticos desde la parte de atrás, así que se despidió y lo siguió.

Sin decir una palabra, la cogió de la mano y la llevó a la zona más alejada, entre unas estanterías llenas de polvo, junto a una ventana, donde nunca iba nadie. Y le dio un bocadillo envuelto en una servilleta.

—Se supone que aquí no se puede comer —empezó a decir ella en voz muy baja, pero antes de que Draco añadiese algo retiró el papel y le dió un enorme bocado al sándwich—. Gracias, me moría de hambre.
Le pasó una botella llena de té frío de la que ella bebió un gran sorbo, y siguió devorando el bocadillo. Cuando terminó, él le pasó una mandarina.

—No deberías saltarte comidas.
—Lo sé —convino ella, terminándose los últimos gajos. —Estaban sentados en el suelo de la biblioteca, un poco de sol invernal se colaba por la ventana regándolos con su luz, haciendo aún más especial ese momento robado—. Es sólo que estoy desbordada. —Se recostó contra la pared, soltando un suspiro, y cerró los ojos lo que le pareció un momento. Pero al abrirlos estaba recostada sobre el regazo de Draco, tapada con su capa. El chico tarareaba algo muy bajito mientras le acariciaba el pelo.

—¿Qué hora es? —preguntó, despertando de golpe al darse cuenta de la situación.

—Has dormido más o menos una hora —contestó él, encogiendo una pierna y apoyándose sobre ella—. No podía despertarte.

—¡Pero me perderé Historia de la Magia!

—Pensaba pedirle los apuntes a Skie, pero si corres aún podrás llegar con apenas unos minutos de retraso.

—¿Tú no vienes?

—No, creo que me quedaré aquí sentado, disfrutando del sol y del libro.

Ella se inclinó a mirar el título y alzó una ceja.

— "Etiqueta y costumbres en la corte muggle de Enrique VI" —leyó con evidente ironía—. Suena apasionante.

—Es tu culpa por quedarte dormida en la parte más aburrida de la biblioteca—contraatacó él, cerrando los ojos y volviendo el rostro hacia el pálido sol invernal—. Corre o llegarás aún más tarde.

Pero ella era incapaz de correr, apenas si se veía con fuerzas para respirar. De tanto tener cerca a Draco, tendía a olvidar lo bello que era. No sólo guapo o sexy. En ocasiones era como mirar una escultura del más puro mármol de Carrara. El pelo ligeramente despeinado le caía sobre los ojos cerrados, el sol iluminaba su rostro de rasgos cincelados. Los labios entreabiertos, el de abajo ligeramente más lleno que el de arriba, con un suspiro o puede que un beso aún prendido entre ellos. El primer botón de la camisa desabrochado dejaba entrever el inicio de su cuello y su clavícula. Y, justo entre ambos, ese lugar donde le encantaba hundir su nariz y aspirar su olor.

—¿Ya me has mirado suficiente? —preguntó, rompiendo el hechizo.

—Supongo que sí. —Se acercó, apoyando la cabeza en el hueco de su hombro—. Pensaba en lo bien que hueles siempre.

Noto la risa bajo su mejilla y no pudo evitar sonreír a su vez.

—¿Y a qué huelo exactamente, Minue?

—A una mezcla de cosas. No sé.

—Has despertado mi curiosidad. —Cogió una de sus manos y empezó a jugar con sus dedos—. Haz el esfuerzo.

—A manzanas. Manzanas verdes.

—Normal —su risa acompañó las palabras—, me encantan las manzanas y las como siempre que puedo.

Cerró los ojos, acercando la nariz e inspirando suavemente.

—Hay un rastro de pergamino y un toque sutil a tinta.

—Creo que eso puede ser porque mi mejor amiga es una rata de biblioteca y siempre me obliga a estudiar más de lo que un tío tan listo y sexy como yo necesita.

—¡Draco! —lo regañó, golpeándolo en un hombro.

—No grites —le puso un dedo en los labios, tapando su sonrisa incipiente—, recuerda que estamos en una biblioteca. —Volvió a recostarse, pero ella aún podía notar sus dedos, mientras volvía a posar su cabeza en el mismo lugar, justo ese que olía tan bien y que en ese instante se moría por besar—. ¿Y eso es todo? Esperaba algo más exótico.

—Hay algo más —sus labios recorrieron el lugar, logrando que se estremeciera—, es sólo que me cuesta identificarlo. —Paseó la nariz, lo mordisqueó un poco, jugando con él—. Me recuerda a la madera.

—Debe ser aliso —su voz sonaba mucho menos segura de lo que quería aparentar—. Es mi árbol de nacimiento, así que mi madre lo pone en todos mis artículos de aseo. Desde el champú al after shave.

Hermione se apartó de golpe y se quedó mirándolo como si le hubiese salido otra cabeza.

—¿Usas after shave?

—Sí, claro. Como todo el mundo. —Dudó un momento—. ¿Los muggles no tienen after shave?

—¡Claro que sí! Pero lo usan después de... afeitarse—dijo, sintiéndose un poco estúpida por lo obvio de la frase.

—¿Y para qué crees que lo uso yo? —Draco se la quedó mirando mientras una sonrisa torcida se instalaba en sus labios—. Ya sé que tú no te peinas, pero eso no significa que el resto no hagamos cosas normales.

A favor de los reflejos del Slytherin hay que decir que cogió al vuelo el libro que ella le había arrojado.

—Hermione, dejando las bromas de lado. Tengo quince años, no sé por qué te extraña tanto que me afeite. No es que lo haga todos los días, pero sí que lo hago varias veces a la semana, o iría por ahí con una pelusa tan ridícula como la de Finnigan —terminó de decir, con un estremecimiento horrorizado.

Se puso de rodillas y avanzó hasta quedar frente a él. Y se puso a mirarlo, analizando todos los cambios que se habían producido en el muchacho. Claro que había crecido, todos lo habían hecho. Por supuesto que se había dado cuenta, la primera vez que casi tuvo que subirse a una escalera para besarlo, cuando sus rasgos empezaron a afilarse y perdieron por completo todo rastro de grasa infantil. Pero no había querido asumir lo que todo aquello implicaba. Y ahora mismo no estaba preparada para asumirlo. Así que se centró en la parte frívola del asunto.

Sus dedos vagaron por la barbilla de Draco notando, ahora que se fijaba, un leve (muy leve) rastro de la barba incipiente.

—Pensé que usarias un hechizo —musitó.

—No, uso espuma y una navaja.

—¿Lo haces después de la ducha?

—Sí, Hermione. Por la noche, después de ducharme. — Sujetó su mano, tirando de ella hasta que su boca estuvo junto a su oído—. Normalmente vestido solo con una toalla. Ella gimió suavemente ante la mezcla de su cercanía y la imagen que acababa de formarse en su cabeza.

Se sentó a horcajadas sobre el Sly y, sin esperar invitación, lo asió de la corbata y, acercándolo, empezó a besarlo con auténtica desesperación. Durante el resto de la tarde se quedaron allí, juntos en aquel rincón perdido de la biblioteca, donde parecía no existir el tiempo.


Este año estaba siendo duro para Harry en muchos aspectos. Apenas sabía nada de su madre y Sirius, Umbridge le había quitado el quidditch, y el colegio, que siempre había sido su refugio, se estaba convirtiendo poco a poco en una cárcel. Una de las pocas cosas que hacía sus días más llevaderos era las sesiones en la sala de Menesteres; allí trabajaba duro, pero al mismo tiempo se divertía muchísimo y se enorgullecía al contemplar a los otros miembros del ED y comprobar cuánto habían progresado. En ocasiones Harry se preguntaba cómo reaccionaría la profesora Umbridge cuando los miembros del ED recibieran un «Extraordinario» en sus TIMOS de Defensa Contra las Artes Oscuras.

Por fin habían empezado a trabajar en los encantamientos Patronus, que todos estaban deseando practicar pese a que, como Harry insistía en recordarles, no era lo mismo lograr que un Patronus apareciera en medio de un aula intensamente iluminada y sin estar bajo ninguna amenaza, que conseguir que apareciera si se tenían que enfrentar a algo similar a un Dementor.

Con más o menos éxito todos lo habían conseguido, y la sala de los Menesteres era un hervidero de humo plateado más o menos formado.

Cho tenía a su cisne, Hermione acababa de descubrir a su nutria y Ginny reía alborozada haciendo cabalgar a su precioso corcel, perseguido por el zorro ártico* de Draco. Pero Ron parecía preocupado mirando a su patronus. Harry se acercó a él y le puso una mano en el hombro.

—¿Qué pasa?

—Ha cambiado, Harry

—¿De qué hablas?

—Mi patronus ha cambiado.

Y era cierto. Las primeras veces que el pelirrojo lo había invocado se había materializado en forma de terrier, pero ahora, mirándolos con aire noble, había un gran perro lobo.

—Tampoco has salido perdiendo.

—Imagino.

Una conmoción en el otro lado de la sala llamó su atención, Draco sostenía a Dobby impidiendo que se hiciese daño, mientras el pequeño elfo intentaba decirles algo. Se acercaron corriendo y con gran esfuerzo consiguieron sacarle que Umbridge y la Brigada Inquisitorial por fin había dado con ellos.

Harry se enderezó y echó un vistazo a los inmóviles y aterrados alumnos que miraban al elfo, que no paraba de retorcerse.

—¿A QUÉ ESPERÁIS? —gritó—. ¡CORRED!

Salieron en estampida, Draco se quedó de los últimos ayudando a que los más pequeños saliesen, sólo Harry iba detrás de él. Entonces oyó el golpe y al echar la vista atrás lo vio en el suelo, mientras Blaise lo apuntaba con la varita.

No pensó, si lo hubiese hecho se habría puesto a salvo, pero frenó en seco. Delante suya Hermione y Ron, uno a cada lado hicieron lo mismo.

—¡Seguid corriendo! ¡Os quiere a vosotros! Ayudad a los otros, separaos y poneos a salvo —gritó y, volviendo sobre sus pasos, fue a ayudar a Potter.

Para ser justos hay que reconocer que casi lo consiguieron. Casi. Pero al final Umbridge los cazó a ambos y los llevó al despacho del director. Cuando llegaron, aquello estaba lleno de gente, entre ellos el Ministro y uno de los Weasley, no conseguía recordar el nombre, este año había estrechado lazos con Gin, Ron y los gemelos, pero seguía confundiendo a los mayores.

Marietta también estaba allí y a juzgar por su cara, había contado lo de las reuniones. Bueno, para ser más exactos, reunión, ya que ella solo había acudido a aquella primera en "Cabeza de Puerco".

Al final, Dumbledore se las apañó para librarlos de todo, echarse toda la culpa y encima hacerlo con muchísimo estilo. El director era todo un figura. Lo malo era que ahora los había dejado solos con la cara sapo como directora del colegio y aquello se lo ponía todo muchísimo más difícil.


* La idea de que el patronus de Draco sea un zorro ártico la saque de un fic de dryadeh Y POR SUPUESTO le he pedido permiso para usarlo en este fic.

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Andrea G

Si supieras que he encontrado tu historia y me la he leído toda de un solo tirón.

Muchas gracias :)

Me ha encantado, la trama, los personajes, tanto los nuevos como los conocidos y este aspecto más adolescente que le has dado a su diario vivir, amo los comentarios de Draco y los de Ginny y es que mi sentido del humor se parece a el de ellos y me veo muchas veces respondiendo como ellos aunque me abría gustado que algo pasara entre ellos ahora que Gin está con Harry no lo aceptaría.

Bueno yo a Draco lo shippeo con todo, pero esta historia es más bien Harry/Ginny, así que he preferido ponerlos como amigos.

Espero que actualices pronto, me gustaría que pusieras un poco más sobre Lily y Sirius porque aún no termino de verlos juntos y tal vez con más escenas sobre su relación pueda empezar a visualizarlos.

Quiero poner más escenas sobre ellos, pero el fic trata sobre los chicos, por eso no salen mucho, son personajes tangenciales.

Espero que actualices pronto, me he enganchado mucho con el fic :)

Siento decepcionarte. Soy una patata con ojos y actualizo muy de tarde en tarde. Prefiero tardar más y ofreceros un trabajo de una "mínima" calidad que ir con prisa y publicar una mierda. Lo siento.

Emma Felton

Hola Adarae!

Hola Emma!

No me esperaba que volvieras tan rápido, pensé que estarías sin publicar como un año. Estoy muy contenta por esta vuelta inesperada.

Pues aqui me tienes otra vez! :)

El capitulo me ha gustado mucho :D Me gusta tu forma de escribir tan franca y cercana.

Me alegra leer eso

Oi, espero más acercamiento entre Draco y Hermione... lo siento, soy una pesada con el tema, me temo.

Las Dramioneras es lo que teneis… que os gusta el dramione. Espero que te haya gustado su escena en este capítulo.

Pero que sepas que me rio mucho con las escenas de Draco y Ginny, me gusta la dinamica que les has dado, me mola un montonozado su amistad, siempre me he imaginado a Ginny chinchando a Draco por cosas como lo que aparecen en tus capitulo y por cosas relacionadas con Hermione.

Es que yo me imagino así a Ginny… y si a Draco le quitas la cara de asco del canon, creo que podrían haber sido muy buenos amigos.

Aaaahh! Y tengo que decir que tus personajes inventados me parecen muy chulos y super currados. Hay veces que, buenoooooooooo, la mayoria de las veces, los personajes inventados en los fic no me llaman casi nada la atención, pero los tuyos a mi me enganchan.

Gracias, me hace mucha ilusión que pienses así :)

Un besoooo muy muy fuerte y espero poder leerte de nuevo!

No ha sido pronto. Pero espero que la próxima actualización no tarde tanto. Un beso.