¡Hola!

Me olvidé de contarlo, pero, en una versión vieja del fic, no iba a estar la chica de la poketienda, sino que iba a ser una enfermera Joy. Incluso iban a tener sexo y todo, pero decidí que esta versión quedaba mejor.

AlenDarkStar: Nada es fácil para ellos. Y, una pregunta, ¿por qué el mail nunca me notifica tus reviews?

Slash Torrance: Si, hay un poco de maldad en mi, no lo voy a negar. Y si, lo de los fósiles pasa en el animé.

Este capítulo está basado en Operación Chansey. Y desde ya advierto que cambié muchas cosas en el capítulo. Esto no es "kids friendly".

Capítulo nueve

Operación Fracaso

Después de muchas horas en la oscuridad, muertos de hambre y de miedo, el Equipo Rocket volvió a sentir la caricia del viento de las montañas enredándose en sus cabellos, gracias a que Arbok pudo hacer un túnel para salir al exterior.

Jessie había creído que volando el Monte Abuelo con explosivos, iba a desenterrar montones de fósiles para venderlos en el mercado negro. Lo único que consiguieron fue quedar enterrados en una cueva subterránea, rodeado de unos furiosos Pokemón que se creían extintos. De no ser porque Arbok sabía el movimiento Excavar, habrían terminado con sus huesos masticados por un Aerodactyl.

Ahora estaban en la superficie, hambrientos y sucios, pero vivos. Habían perdido el rastro de los bobos en el Monte Abuelo y ahora no sabían por dónde ir. Para colmo, no faltaba mucho para que anocheciera.

Fueron en búsqueda de su globo, intentando encontrar un tramo de terreno conocido en medio de las montañas. Cuando la noche cayó completamente sobre ellos, aún no lo habían hallado y tuvieron que dormir sobre las piedras, sin luz, sin agua y sin comida, con sus sueños plagados de pesadillas sobre Aerodactyl hambrientos desgarrándoles la carne de sus huesos como si fueran una pieza de pollo.

Recién pudieron encontrar el globo a la mañana siguiente, escondido detrás de una de las numerosas rocas que moraban en las montañas. Comieron y bebieron lo poco que tenían y se dispusieron a alejarse lo más rápido posible de allí. Próximo destino: Ciudad Ocre.

—¿Alguna señal de los bobos? —Jessie miraba por sus prismáticos, recorriendo la carretera.

—No —respondió James, enfrascado en la misma tarea.

—Lo único que veo es un camión —comentó Meowth.

—¿Camión de qué?

—No lo sé, pero dice: "Peligro: contiene pokemón"

Jessie sonrió.

—Fracasamos en el Monte Abuelo, pero no vamos a fracasar en esto. Vayamos más rápido: vamos a robar ese camión.


Kyle dio una última calada a su cigarrillo y lo apagó en el cenicero. Viajaba por la carretera, llevando en la parte trasera una carga valiosa: unos treinta pokemón de todo tipo y tamaño. Estos habían sufrido mucho maltrato de parte de sus entrenadores, pero ahora tendrían una vida larga y tranquila en una reserva pokemón.

Siguió manejando sin ningún inconveniente, cuando de pronto vio un bulto al costado del camino.

—¡Dios mío!

El conductor desaceleró (si frenaba de golpe, podría dañar a los pokemón que tenía atrás) hasta detenerse por completo. Apagó el motor, dejó la llave dentro y bajó del vehículo. Se acercó al bulto con cuidado.

Era un Arbok imponente, de más de tres metros de largo, tendido al costado del camino. Había sangre sobre él y chorreaba por el costado de su cuerpo hasta el pavimento. Probablemente algún otro camión lo habría atropellado y abandonado a su suerte o un entrenador bastante hijo de puta que había decidido abandonarlo.

—Pobrecito —murmuró. Debía tener cuidado. Los Arbok eran conocidos por su agresividad y podían aplastar un barril de acero con la misma facilidad que una persona estrujando una lata vacía de refresco. Se arrodilló al lado de pokemón—. Tranquilo, todo va a estar bien, amigo.

El Arbok abrió un ojo y lo miró. No parecía ser una amenaza, dado a su estado.

—Todo va a estar bien.

—¡Ahora, Arbok!

El pokemón se movió tan rápido que Kyle no pudo reaccionar a tiempo. Cuando pudo procesar lo que pasaba, el Arbok estaba usando constricción contra él.

—¡Suel… suéltame! —intentó gritar Kyle, pero el Arbok no le estaba dando mucho lugar para respirar. Escuchó unas risas cerca de él y se dio cuenta de lo que pasaba: unos ladrones le habían tendido una trampa —¿Quiénes son ustedes?

—Prepárense para los problemas —dijo una mujer pelirroja saliendo de los arbustos. Al ver la letra R en su ropa, supo que eran del nefasto Equipo Rocket.

—Y más vale que teman —un hombre de pelo color lavanda apareció a su lado.

—Para proteger el mundo de la devastación.

—Y unir a los pueblos de nuestra nación.

—Para denunciar los males de la verdad y el amor.

—Y extender nuestro reino hasta las estrellas.

—Jessie…

—James…

—El Equipo Rocket viajando a la velocidad de la luz.

—Ríndanse ahora o prepárense para luchar.

—¡Meowth, así es! —dijo un Meowth, posicionándose en medio de los dos.

Jessie se acercó a Kyle, con una sonrisa bastante malvada.

—¿Vieron? Diluir pintura roja con agua para que parezca sangre funciona. Arbok, afloja un poco, pero no lo sueltes. Si hace un movimiento brusco, ya sabes que hacer.

El Arbok obedeció a su entrenadora y sintió como la presión disminuía un poco. Sentía que cada centímetro de su cuerpo le dolía. Sin ningún reparo, Jessie le revisó los bolsillos y sacó su pokebola.

—¡Mi Pidgeotto! —Kyle intentó agarrarla, pero el Arbok lo apretó tan fuerte que sintió que crujían sus huesos.

—Una vez más que hagas eso y mi Arbok usará picotazo venenoso contra tu cara —amenazó Jessie —. Vámonos.

—Saqué a Weezing para nada —se quejó James.

—Déjalo afuera, nos servirá por si viene la policía —dijo el Meowth parlante.

—Arbok, ya puedes soltarlo

El pokemón se desenrolló y Kyle cayó al piso. Le dolían tanto los músculos que no podía moverse aunque quisiera. Solo pudo ver, impotente, como se subían al camión y se perdían de vista en el horizonte.


Estaban algo apretados en la cabina, pero con un montón de pokemón en la parte trasera. Al fin, después de meses, algo les había salido bien.

—¡Ganamos, ganamos! —festejaban los tres. Incluso Arbok parecía feliz, apoyando su cabeza en el hombro de Jessie y refregándose en su cara.

—Eres adorable, Arbok —Jessie le acarició la cabeza, algo sorprendida. Hacía diez años que tenía a su pokemón y le era muy fiel, pero rara vez era cariñoso.

—Chabok —le lamió el cuello, provocándole cosquillas.

—Estás muy raro —le dijo, riéndose.

—Vamos a celebrar —dijo James, quien conducía. Sacó la vista del camino y, con una sola mano, intentó manipular el estéreo .

Meowth se inclinó hacia adelante.

—Deja que yo elija la radio —dijo, mientras intentaba cambiar el dial.

—El que maneja elije la música.

—Eso lo acabas de inventar.

—No voy a dejar que pongas tu música deprimente. Estamos de fiesta.

—¡Cuidado! —gritó Jessie.

Un Tauros estaba en medio del camino. James quiso frenar y esquivarlo a la vez, pero solo logro que el camión terminara volcando y girando sobre sí mismo. Jessie y James tenían puestos los cinturones de seguridad, pero sus pokemón y Meowth no y salieron despedidos por el parabrisas, quebrándolo en mil pedazos. Dieron varias vueltas hasta que, finalmente, se detuvo en medio de la carretera, quedando de costado. Jessie estaba casi encima de James, sujetada por el cinturón de seguridad.

Se quedaron unos momentos en el camión, en estado de shock, pero milagrosamente ilesos. Solo el llanto de dolor de los pokemón, tanto de los que iban en la parte de atrás del camión como el de los suyos propios, los hicieron reaccionar.

—¿Estás bien, Jessie? —le preguntó James.

Ella asintió.

—Sí, estoy bien. Salgamos de aquí.

Jessie se sacó el cinturón y abrió la puerta del camión para poder salir. Miró hacia la parte de atrás de la camioneta.

Era una escena horrible. Un número indeterminado de pokemón estaban desparramados por el pavimento, apenas pudiendo moverse. Había sangre derramada por todos lados, bajo un irónico cielo azul y despejado.

Jessie se desentendió de ellos por el momento. Necesitaba saber cómo estaba Arbok y Meowth y eso era su prioridad ahora.

Ambos estaban a un costado del camino, a unos cincuenta metros. Meowth lloraba y se agarraba la frente, justo donde debía estar el amuleto, y se le escurría la sangre de entre los dedos. Arbok estaba hecho un nudo y solo soltaba lamentables gemidos. Weezing parecía el más ileso, aunque botaba humo de sus orificios y mostraba algún que otro raspón.

—Meowth, déjame ver tu cabeza —le dijo, intentando mantener la calma. Ponerse histérica ella no iba a servir de nada.

Meowth no dio muestras de oírla, solo seguía llorando y agarrándose la frente. Jessie intentó sacarle la pata para ver que tan grave era la herida.

El amuleto no estaba. En su lugar, tan solo había un agujero donde manaba sangre a borbotones. Era peor de lo que esperaba.

—Sigue sosteniendo la herida —dijo ella, de la manera más profesional posible. En su adolescencia, había estudiado enfermería pokemón, pero nunca se había graduado y mucho menos ejercido. Y, aunque fuera una enfermera, no tenía ni siquiera un algodón a mano. A veces curaba ella misma a Arbok, Weezing y Meowth si no era algo grave pero esto ameritaba ayuda médica. No le importaba ir presa después.

Se dio vuelta para volver al camión y casi se chocó con James.

—¿Cómo están? —preguntó.

Jessie lo abofeteó con todas sus fuerzas.

James casi se cayó de costado por el impacto. La miró estupefacto, agarrándose la mejilla golpeada.

—¡Estarían bien de no ser porque fuiste un maldito irresponsable al volante! ¡Pudiste habernos matado a todos! ¡Vaya a saber si hay algunos pokemón muertos ahí atrás! —lo agarró con fuerza de los hombros, clavándole las uñas y comenzó a zarandearlo como si fuera un muñeco de trapo.

Mientras discutían, un auto que venía de la mano contraria frenó al ver la escena catastrófica. Jessie dejó de sacudir a James y fue corriendo hacia el vehículo para pedir ayuda.


Las ambulancias llegaron enseguida. Arbok, Weezing y Meowth viajaron en la misma ambulancia, junto con Jessie, James y una Chansey. Jessie acariciaba la cabeza de su pokemón, diciéndole que todo estaría bien y que saldrían en pocas horas. James, en cambio, estaba en silencio, probablemente pensando en las cosas que Jessie le había dicho, con la mirada fija en su Weezing. Meowth estaba siendo atendido por una Chansey y estaba tan débil por la pérdida de sangre que ya no tenía fuerzas para llorar.

Para sorpresa de todos, no fueron a un centro pokemón, sino a un hospital de personas. Había tantos pokemón heridos que no había lugar para atenderlos. Cuando entraron al hospital, Jessie se dejó caer en un sillón de la recepción, agotada. James no se animó a sentarse a su lado, como si fuera indigno de ella. En su lugar, se recostó contra la pared, mirando como las camillas entraban una tras otra.

Estuvieron menos de cinco minutos sin dirigirse la palabra, rodeados de caos y dolor por cada rincón que miraran hasta que Jessie se levantó de golpe.

—No lo soporto más. Voy a buscar a mi Arbok —dijo y se adentró en los pasillos a zancadas, esquivando las camillas. James la siguió, casi corriendo.

No tardaron mucho en encontrar a Arbok, ya que era el único que había en el hospital. Estaba compartiendo la camilla con un Raticate que tenía los dientes rotos. Él y Arbok se miraban con odio y parecían listos para pelear en cualquier momento:

—¿Alguien puede llevarse a ese Raticate? —gritaba Jessie, al borde de la histeria. James estaba detrás de ella y cada tanto tenía que esquivar su cabello cada vez que sacudía violentamente su cabeza —¡Insiste en tratar de morder a mi lindo Arbok!

—Espera… tranquilo —James intentaba calmar a Raticate, pero no con mucha convicción.

—Los dientes de Raticate están rotos, no podría morder nada aunque quisiera —un médico de unos treinta años, alto y moreno apareció detrás de Jessie. Por un extraño motivo, a James no le gustó el tipo —. Solo péguenle los dientes con supergoma, gracias —agregó, dirigiéndose a una Chansey. El pokemón enfermera levantó a Raticate por encima de su cabeza y se lo llevó a una de las habitaciones.

—¿Quién es usted? —le preguntó Jessie, de manera hosca.

—Soy el doctor Procto —se presentó el médico—. ¿Qué tal una pizza conmigo después de curar a estos pokemón?

—Apuesto a que es un gran doctor —lo halagó Jessie, dejando su tono agresivo de lado. Incluso sonaba seductor. James lanzó un gruñido.

—Pues sí, si lo soy.

—Después hablamos de la pizza, pero ahora tiene que ayudar a mi Arbok —continuó Jessie, sin perder su sensualidad.

—Está bien —dijo Procto, mientras se puso a examinar a Arbok. Por un momento, James deseó que la serpiente le pegara un buen mordisco en la mano.

Después de un rato, el doctor Procto dio su diagnóstico:

—Su propio veneno está circulando por su cuerpo, tendré que extraerlo rápidamente —acto seguido, se llevó a Arbok a otra sala, acompañado de una Chansey. Jessie y James los siguieron, casi corriendo, donde otros dos doctores los esperaban.

Solo que esos dos no eran doctores.

Eran los bobos.

—¿Ustedes? —gritó el bobo .

—¡El bobo! —gritó Jessie.

—¿El bobo es un doctor? —preguntó James, aterrado. O había una gran escasez en profesionales de la salud para seres humanos en Kanto o se habían tropezado con una máquina expendedora de diplomas universitarios. De algo estaba seguro: esos dos no iban a tocar a su Weezing ni con un palo de tres metros.

—¿Qué plan tonto tienen esta vez? —dijo el bobo, acercándose a ellos de manera amenazante.

—Luego —dijo Jessie, dejándole de prestar atención y volviéndose al médico—. Doctor, estaría muy agradecida si ayuda a mi Arbok —le dijo, usando otra vez su tono seductor. Dios, como odiaba que usara ese tono con otros hombres. Sentía que se revolvía el estómago.

—No confíe en ellos, doctor. Ellos dos son del equipo Rocket —recriminó el bobo.

—¿Y qué? Arbok está herido —le dijo Jessie, de manera tan amenázate que el bobo retrocedió.

—¡Somos malos, pero no insensibles! —agregó James, a los gritos.

El médico, ignorando la pelea, llamó a una Chansey.

—Chansey, trae una hipodérmica con anestesia —le dijo.

El pokemón no tardó en regresar con una jeringa. El médico la tomó y se acercó a Arbok.

—¡Doctor! —intentó decirle Ash, pero Procto no lo escuchó y le inyectó la anestesia a Arbok, justo en la parte anudada de su cuerpo.

Arbok se levantó de golpe y soltó un grito, cosa que asustó a todos excepto al médico. Después de un par de segundos de agonía, Arbok se dejó caer en la camilla, como si lo hubieran noqueado de un solo golpe.

—¡Quería que lo curara, no que lo matara! —exclamó Jessie, al borde de querer golpear al médico.

—Solo está durmiendo, para que yo pueda curarlo —le dijo, mientras intentaba desenredar a Arbok. Los músculos del pokemón estaban relajados y ya se podía trabajar con él.

—Doctor, ¿por qué los ayuda? Ellos son del equipo Rocket —insistía el bobo.

—Para un doctor, un paciente es un paciente. Aquí no hay gente buena ni mala, Ash —le explicó el médico, sin dejar de atender a Arbok. Miró al bobo—. El trabajo de un doctor es curar, no juzgar.

Aunque James sintiera antipatía por el doctor Procto, no pudo evitar sentir cierta admiración por lo que le había dicho al bobo. Pero no lo iba a demostrar.

—Lo siento —se disculpó el bobo.

Dos Chansey entraron a la sala, empujando una camilla cada una. En la primera, estaba sentado un Poliwhart con una herida en su estomago y en la segunda un Weepinbel con un Voltorb dentro de su boca. James sintió un ramalazo de culpabilidad en medio del pecho.

—Vienen más en camino —murmuró el bobo.

—Aún tengo que trabajar con Arbok. Tal vez le pueda pedir a esta joven y bella dama que nos ayude —dijo el médico, refiriéndose a Jessie. Ella lo miró, ligeramente sonrojada, lo cual encendió la furia de James.

—Supongo que se refiere a mi —sonrió Jessie. El médico le devolvió la sonrisa y James sintió unas fuertes ganas de borrársela de un puñetazo.

—Así es.

—Haré lo que pueda.

James se adelantó un paso hacia él.

—Yo también —dijo, con sinceridad —. Díganos que debemos hacer y lo haremos.


Ni en sus sueños más delirantes, James había imaginado ser un doctor pokemón y mucho menos trabajar junto con "el bobo mayor", como había decidido llamar al adolescente moreno que viajaba con los otros dos. Pero ahí estaba, intentando curar a un Pinsir que estaba sentado en una camilla con una de sus pinzas rotas. El bobo mayor estaba pegando la pinza con pegamento, mientras que James lo sostenía para que no se moviera.

—No dejes que se mueva —le dijo el bobo mayor, mientras pegaba la pinza.

—Eso intento —James estaba asustado. Su rostro estaba a unos escasos centímetros de la poderosa mandíbula del Pinsir y sabía muy bien que ese tipo de pokemón era agresivo.

El bobo mayor terminó de colocar la pinza .

—Perfecto, esto quedará muy bien —dijo, muy satisfecho de sí mismo—. Trata de no moverte mucho hasta que el pegamento seque —agregó, dirigiéndose al Pinsir.

El Pinsir comenzó a mover sus mandíbulas y a hacer ruido, cosa que asustó a James.

—Quédate tranquilo —le dijo, temblando de miedo.

El bobo mayor se rió.

—Solo te está dando las gracias, James.

—Ah —respondió, no del todo seguro—. ¿Ya lo puedo soltar?

—Sí, creo que sí.

James lo soltó con cuidado y se acomodó un mechón de pelo. En eso, sintió un llanto de un pokemón.

Era un pequeño Odidsh, al que le faltaban algunas hojas de su cabeza y mostraba moretones en su cara. Su preferencia a los pokemón planta lo hizo dirigirse hacia él, a pesar de que había otros más graves que él.

—¡Oddish! —lloraba, empapado en lágrimas y no era para menos: el pokemón usaba sus hojas como si fueran manos y ahora estaba lisiado.

—Espera un momento —le dijo. Buscó a una Chansey y la mandó a buscar un poco de poción. No tardó en regresar con una pequeña botella de plástico verde con un pulverizador.

—Cierra los ojos —le dijo al Oddish, con suavidad. El pokemón lo miró y dejó de llorar, aunque todavía su cuerpito se convulsionaba. Tardó un poco en hacerle caso.

James le aplicó la poción en los lugares donde veía magullado. Después de un rato, los moretones sanaron.

—Todo va a estar bien —le dijo, mientras lo alzaba en brazos y lo acunaba. El Oddish se acomodó en su pecho, agradecido por los cuidados. Al cabo de unos pocos minutos, estaba profundamente dormido.

James lo puso de vuelta en la camilla, lo tapó con una sábana y se inclinó para darle un beso, como si lo hiciera con un niño pequeño. Al darse vuelta, su mirada se cruzó con la del bobo mayor.

—Tienes mano para esto —le dijo, algo sorprendido.

James sintió como sus mejillas se teñían de rojo.

—Lo traté como se le trata a un niño. Al fin y al cabo, tener pokemón es casi como tener hijos —comentó, como si no le diera importancia al asunto.

—Hay muchos que no tienen ese concepto en claro.

James comenzó a buscar de manera frenética un pokemón del cual ocuparse. No estaba acostumbrado a ser sociable y se sentía muy incómodo sin Jessie y Meowth cerca suyo.

Y hablando de Meowth…

—Mi amuleto…

James reconoció de inmediato la voz de su amigo. Se dio vuelta y lo vio caminando entre las camillas, como si fuera un zombi. Ya no sangraba, pero seguía sin tener un amuleto. En su lugar, tenía puesta una gasa sujetada con cinta.

—¡Meowth! —James corrió hacia él y lo sujetó justo antes de que se cayera—. ¡Vuelve a la camilla!

—Mi amuleto —seguía llorando.

James lo alzó en brazos y se lo llevó casi corriendo, buscando la camilla de donde se había bajado. Casi chocó con el doctor Procto cuando doblaba una esquina.

—Con que aquí estaba —comentó, con calma.

—Sí, se escapó —murmuró James, con rabia contenida.

Procto le echó un vistazo al historial médico que tenía en la mano.

—Este Meowth perdió mucha sangre. Necesita una transfusión —dijo —. Ya me encargué de pedirla al centro pokemón hace unos cinco minutos —una Chansey pasó por el costado y Procto la detuvo —. ¿Serías tan amable de llevar a Meowth a su camilla? Y cuida que no se escape otra vez.

James no tuvo otra opción que entregarle a Meowth y ver como la Chansey lo alzaba en brazos para llevárselo de allí. Una transfusión sonaba a algo serio y James sintió un poco de preocupación por el felino.

Procto se fue a atender a otros pokemón. James decidió imitarlo y hacer lo mismo con ayuda del bobo mayor, ya que parecía que sabía lo que estaba haciendo. No fue tan malo como creía. De hecho, ayudar a pokemón heridos le hizo sentir muy bien consigo mismo, por primera vez en mucho tiempo.

—Brock —el bobo apareció en el lugar donde trabajaban—. Te necesitamos por aquí.

El bobo mayor miró a James.

—¿Puedes quedarte aquí solo?

—Sí, creo que si —dijo James, mientras aplicaba unos vendajes a la pata de un Tauros.

—Perfecto.

Los dos se marcharon y James quedó solo con los pokemón. Terminó de vendarle la pata al Tauros y se sentó en un banco, agotado. No sabía cuántas horas había estado allí. Todavía era de día, al juzgar por el cielo claro y limpio del exterior. Tal vez unas cuatro horas.

Se levantó después de cinco minutos, tomó un vaso de agua y siguió atendiendo, a pesar de que sus conocimientos médicos eran casi nulos. Pero era bueno tranquilizando a los pokemón. Con ayuda de un par de Chansey, pudo atender con más eficiencia.

Pasaron como dos horas más. Para ese entonces, la mayoría de los que estaban con él ya habían sido atendidos. Decidido a tomarse un descanso más largo, fue a ver a Meowth. Se sorprendió al ver que Jessie estaba con él. Y no estaban solos: habían otros pokemón, en igual o peores condiciones que él.

—¿Cómo está? —le preguntó a Jessie. Meowth estaba dormido.

—Ya le hicieron la transfusión —respondió —. Está mucho mejor ahora.

—¿Pudiste ver a mi Weezing?

—Lo atendieron hace rato y ya está mejor .

—Me alegro.

— Ya me estoy hartando de hacer caridad —gruñó Jessie, cruzándose de brazos—. Aprovechemos para robar los pokemón. Y esta vez manejo yo.

James dudó. Ni se le había cruzado por la cabeza volver a robarlos. Lo único que quería hacer era marcharse y hacer otro plan.

—No podemos hacer eso.

Jessie lo miró, con los ojos chispeantes.

—¿Qué?

—Lo que oíste: no podemos hacerlo.

—¿Y por qué no?

James se apretó el puente de la nariz y comenzó a enumerar con los dedos.

—Uno: no tenemos el camión. Dos: No tenemos ningún medio de transporte lo suficientemente grande para llevarlos. Tres: nuestros pokemón siguen heridos y los de los bobos no. Cuatro: llevarlos en ese estado es muy peligroso. Y cinco: el jefe no va a querer pokemón heridos.

Jessie parpadeó.

—¿Y qué pretendes que hagamos?

James se encogió de hombros.

—Seguir curando a los pokemón que faltan.

Jessie enarcó una ceja.

—¿Y si no quiero?

—Nadie te retiene. Aunque sería una lástima que pierdas la "pizza" con el doctor —agregó, de manera mordaz.

—¿Sabes? Tienes razón. No me voy a perder la pizza con Procto.

—Sí, ahora se le llama "pizza".

—Estás siendo un idiota, James —le dijo Jessie y se marchó, casi empujándolo al pasar por su lado.

Así que así están las cosas, pensó James, sentándose en la camilla. Sabía que no tenía derecho a tener celos, pero no podía evitarlo. Era como un fuego que se extendía desde su garganta hasta la boca del estómago. No quería que Jessie estuviera con otro hombre, simplemente su corazón se negaba a dejarla ir.

—¿James? —Meowth se había despertado.

—Acá estoy, Meowth —le dijo, sentándose en la camilla—. ¿Cómo te sientes?

—Mejor —se tocó la frente y profirió un quejido al notar que su amuleto no estaba.

—Cuando salgamos de aquí lo buscamos, ¿sí?

Meowth asintió.

—¿Cuándo nos vamos?

—No lo sé, supongo que hoy.

—¿Dónde está Jessie?

—Se enojó porque le dije que no era conveniente robar los pokemón otra vez.

Meowth permaneció en silencio durante casi un minuto antes de responder.

—Supongo que tienes razón. Tenemos mucho a nuestra contra. Supongo que no lo entendió.

—No. Pero ya volverá —James se levantó.

—¿Adonde vas?

—Voy a buscar al doctor y preguntarle si ya nos podemos ir

—No me dejes —dijo Meowth, de manera atropellada.

James respiró hondo.

—No lo haré.

Alzó a Meowth en brazos, como si de un bebé se tratara.

—¿Puedes quedarte así?

—Sí, pero es muy humillante.

James salió de la sala, caminando un poco más lento de lo habitual, para no sacudir demasiado a Meowth. Pasó por la recepción y se cruzó a los tres bobos que iban en dirección contraria.

—¿Meowth está bien? —le preguntó el bobo mayor, deteniéndose.

—¿Eh? Ah, sí, mejor —respondió, deteniéndose también. Meowth, quien normalmente le gustaba participar en todo, giró su cabeza hacia el pecho de James, evitando las miradas. Tal vez no quería que se burlaran por no tener su amuleto.

—¿Dónde está Jessie?

James se encogió de hombros.

—No lo sé.

—¿Qué están planeando? —preguntó el bobo, de manera hosca.

—¿Yo? Preguntarle al doctor el estado de Weezing y de Meowth, para ver si ya podemos irnos.

—Me temo que no podrá ser ahora —dijo el bobo mayor—. Procto se clavó una jeringa con un sedante hace un rato y ahora está dormido.

Meowth giró la cabeza hacia el adolescente, más dormido que despierto.

—No puede ser —dijo, somnoliento.

—¿Por qué no? —preguntó el bobo.

—No basta con clavarse una aguja. Hay que inyectar el líquido que lleva adentro. Si me lo preguntan, les vio la cara de bobos y ahora se está tomando una siesta mientras ustedes trabajan.

—¡No creo que el doctor Procto haga algo como eso! —saltó el bobo.

—Aunque, desde que llegamos, se estuvo quejando de que quería descansar —agregó la boba, pensativa.

Los tres se quedaron inmóviles, como si analizaran la situación. Luego el bobo mayor murmuró en voz baja algo que sonaba parecido a "grandísimo hijo de puta" y regresó por sobre sus pasos, casi a las corridas y apretando los puños. Los otros dos dudaron un momento antes de ir tras él.


Varias horas después, James caminaba por el bosque junto a Meowth y Arbok, buscando el globo y, de paso, a Jessie. Weezing estaba dentro de su pokebola y totalmente recuperado de las lesiones. No podía decir lo mismo de Arbok, quien se deslizaba como si estuviera borracho, producto de la anestesia. Procto le había dicho que era por usar un anestésico humano y que tardaría un rato largo en que el efecto se fuera. Insistió en que se quedaran, pero James, temiendo que una oficial Jenny descubriera la verdad sobre el accidente, prefirió marcharse a pesar del estado de Arbok. Como Jessie tenía la pokebola, no podía contenerlo. En cuanto a Meowth, le había crecido un amuleto nuevo y ahora no podría estar más feliz.

James tenía a Meowth cargado en su hombro y a un atontado Arbok a su derecha, el cual tenía la manía de estrellarse contra algún árbol de manera aleatoria. James intentaba evitar que se golpeara, pero no con mucho éxito.

Después de lo que le pareció una eternidad, encontró el globo. Jessie estaba sentada en el suelo, con las rodillas recogidas hasta el mentón. Al verlos, se paró de un salto.

—¡Arbok! —exclamó, ignorando a los otros dos. Lo abrazó con fuerza, mientras que su pokemón refregaba su cabeza contra ella de manera torpe—. ¿Estás bien?

—Aún bajo los efectos de la anestesia, pero bien —gruñó James, mientras Jessie lo metía de vuelta a su pokebola—. ¿Por qué demonios te fuiste? ¿Sabes lo difícil que fue arrastrar a Arbok hasta aquí?

Jessie apretó los puños.

—Estabas actuando como un imbécil.

—¿Yo? ¡Nos dejaste tirados a los tres! Si no querías hacer nada, te hubieses tirado a dormir por ahí, pero no irte del hospital.

—Ya cállense —dijo Meowth, desde el hombro de James. Parecía sentirse mejor —. Vámonos antes de que anochezca.

Dispuestos a no hablarse, Jessie y James armaron el globo y viajaron durante casi tres horas en el más hermético silencio. Meowth fue el que decidió donde bajar, al ver que lo de no hablarse iba en serio. Por suerte, encontraron una pequeña cabaña a menos de doscientos metros y decidieron dormir allí, al ver que estaba deshabitada.

Era como una de las muchas cabañas que habían visto y habitado a lo largo de su vida: solo una habitación grande con baño tradicional y cocina a leña, con algunos pocos muebles y objetos como mesas, sillas, futones y utensilios de cocina. Era lo justo y necesario para ellos.

Una vez que se instalaron, se tomaron un baño y comieron pan tostado con arroz y té verde. La tensión dentro de la cabaña era tan fuerte que Meowth apenas comió la mitad del plato.

—Voy a ver la luna —dijo, rompiendo el silencio. Se bajó de la silla y se marchó por la puerta.

Apenas se cerró, James miró a Jessie, furioso.

—¿Tanto te cuesta admitir que yo tenía razón?

—¿En qué?

—En que los pokemón ya no se podían robar.

—¿Y acaso la culpa fue mía? Yo no estaba manejando.

La verdad lo sacudió como un baldazo de agua fría, pero no pensaba perder.

—¿Y por eso tuviste que dejarme solo con Meowth y Arbok, solo porque resalté que querías revolcarte con Procto?

Las pupilas de Jessie se dilataron.

—¿Y qué te importa a ti con quien me acuesto? Tú no eres mi dueño.

James se mordió los labios. No quería ser su dueño, quería ser algo más que su maldito compañero de cama.

—Es cierto, no me importa —dijo. Luego, sin poder evitarlo, porque sabía que la haría hervir de rabia, agregó por lo bajo —. Vieja bruja.

La reacción fue tan inmediata que casi no la vio venir. Jessie se abalanzó sobre James y lo tiró al polvoriento piso. A duras penas la pudo sujetar por las muñecas para evitar ser golpeado.

—¡Maldito desgraciado! —chillaba, mientras intentaba zafarse del agarre de James. Como pudo, James logró voltearla a un costado y ponerse encima de ella para reducirla.

No supo exactamente que pasó, pero de repente comenzaron a besarse con furia, casi como si quisieran devorarse el uno al otro. La rabia que sentían se había transformado de alguna manera en una pasión incontenible.

James prácticamente le arrancó la parte superior del uniforme, dejando sus hermosos y blancos pechos al aire. Los comenzó a chupar y a morder en ocasiones, mientras Jessie le arañaba la espalda, dejando surcos ardientes en su piel.

Metió una mano bajo la falda y le sacó la ropa interior, tirándola a un costado. Metió dos dedos adentro de la cavidad húmeda, provocando gemidos incoherentes de parte de Jessie, mientras le mordía el hombro en una manera primitiva de marcarla como suya.

Sacó los dedos del interior de Jessie. Apenas lo hizo, ella logró incorporarse y tirarse encima de James, tirándolo al suelo. Le bajó el pantalón y el bóxer hasta las rodillas, dejando ver su miembro, ya totalmente excitado.

James volvió a arrojarse sobre Jessie, para tenerla bajo control. Le separó las piernas y se metió dentro de ella. Sin esperar un segundo, comenzó a moverse con fuerza, arrancando gemidos cada vez más fuertes. Jessie envolvió las piernas alrededor de la cintura de James, para poder sentirlo aún más hasta que, finalmente, llegaron al orgasmo los dos al mismo tiempo por primera vez.

James salió con cuidado del interior de Jessie y se acostó a su lado, agitado y agotado. No tenía ni idea por qué habían tenido sexo cuando antes estaban peleando.

—¿Estás bien? —le dijo James, después de que sus palpitaciones regresaron a la normalidad.

—Sí, sí, estoy bien —respondió ella, mirándolo a los ojos. James esquivó su mirada.

—Lo siento, no sé qué pasó.

—Tuvimos sexo enojados, eso es todo. A veces pasa.

James la volvió a mirar a los ojos.

—Lo siento por lo del accidente. Fue mi culpa que hayamos chocado.

—Y la de Meowth.

—También.

—Y yo lo siento también por dejarte solo. Arbok me debe odiar.

—No digas eso, Arbok te ama.

—Ya hablaré con él mañana y le pediré disculpas… ¿Y Meowth?

—En el techo —James se levantó y comenzó a vestirse—. Mejor lo voy a buscar.

—Yo voy a sacar los futones del armario en un rato.

James se terminó de vestir y salió a la intemperie, sintiendo la brisa nocturna. Había sido una noche muy loca. Ojalá todas las reconciliaciones fueran así, pensó. Pero aún seguía sintiéndose vacío.

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