Hola! No, no me he muerto. Y no, no es una inocentada. Aquí tenéis el nuevo capitulo de BEO. Se que he tardado mucho en actualizar, pero he estado bastante enferma y ahora que ando mejor pues sigo con esta locura.
Este capítulo se lo dedico a Lady_Cisne que mañana es su cumple. A Dryadeh que le tengo prohibido leer esto hasta que lo acabe. A Iris que siempre está ahí. Y como siempre a mi maravillosa beta Neon_Letters, te quiero, Snow.
Ron entró en el baño de prefectos guiando a Skie, Riva y Angelo. Habían sido los más rezagados y Hermione se había ido con Ginny, Astoria, Luna y Theo.
Se quedaron en silencio, esperando no ser descubiertos. La BI podía entrar sin problemas, pero, por suerte, parecía que habían cazado la presa que ansiaban.
Riva se dejó caer junto a la piscina. Estaba bastante pálida y Skie se acercó a ayudarla.
—¿Estás bien?
—Sí, debe ser el calor. —Se retiró el sudor de la frente con una mano temblorosa—. Esta maldita piscina tiene el agua siempre demasiado caliente.
Ron se acercó con una toalla, la empapó en un grifo y sin decir nada se la puso en el cuello. La chica le sonrió agradecida antes de cerrar los ojos y apoyarse contra él; empezaba a sentirse bastante mareada.
—Creo que es algo más que eso. — Angelo se apoyó en los lavabos, consiguiendo la atención de todos los presentes—. Weasley siento que tengas que oír esto, ha sido mala suerte que precisamente hoy te quedes encerrado con nosotros. Pero de alguna manera, como novio de Skie, también te afecta.
—¿Y qué es eso que tan grave que ocurre, Alexandretti? —preguntó, haciendo hincapié en el apellido. Le molestaba cuando el premio anual empezaba a dárselas de enterado, y eso era lo que estaba haciendo en aquel preciso momento.
—Riva está embarazada.
—¿QUÉ? —Skie se levantó y lo amenazó con la varita mientras los dos pelirrojos lo miraban atónitos. Ron, continuaba en cuclillas detrás de la chica, aún sujetando el paño frío en el cuello.
—Eso es una estupidez, Angelo —contraatacó la Ravenclaw—. No asustes a la galesa, sabes que es impresionable.
—Conozco tu cuerpo, pelirroja. Ha cambiado. —Cerró los ojos, masajeándose el puente de la nariz—. Estás embarazada.
—Eso es imposible.
—Vale. Tengo el test aquí mismo, lo llevo encima hace días solo esperando la oportunidad para dartelo—. Se lo tendió muy serio—.Háztelo y hazme quedar como un completo idiota. Todo son ventajas.
Riva se levantó con la ayuda de Ron que los miraba a todos con los ojos como platos. Angelo sujetaba un vial transparente y se lo tendía a la pelirroja con la obvia intención de que lo llenase con su orina.
—Se te va la olla, espagueti, solo voy a hacerlo para demostrarte que te equivocas. —La chica lo miró con los ojos entrecerrados en una obvia mirada llena de rencor—. Eres un… No mereces que termine la frase.
Se encerró en uno de los cubículos mientras los otros tres se miraban sin decir palabra. El silencio era tan pesado que podía cortarse con un cuchillo. Cuando SilverCrown por fin salió y le entregó el vial a Angelo, que lo recogió con sumo cuidado, todos aguantaron la respiración.
El chico repartió el líquido amarillento en tres recipientes y fue vertiendo diferentes líquidos en ellos.
El primero se volvió de color lila oscuro, el segundo formó un diecisiete con números dorados y el tercero se tiñó de rosado.
Angelo levantó la cabeza, mucho más pálido de lo normal.
—Felicidades, pelirroja. Estás de diecisiete semanas y va a ser una niña.
Lo que pasó a continuación fue todo muy rápido. Skie se lanzó contra Angelo dispuesta a matarlo, mientras le gritaba barbaridades. Este, a su vez, se defendía vociferando cosas aún peores. Y Riva… Ella solo era capaz de mirar el pequeño vial que contenía los números dorados. Lo había cogido y lo sujetaba con cuidado entre entre sus finos dedos mientras las lágrimas no dejaban de caer por sus mejillas.
Ron se acercó, ignorando la batalla campal de los Slytherin.
—¿Estás bien?
—No… no lo sé. —Lo miró sin verlo—. No estoy preparada para ser madre, Weasley. No con ellos —señaló a la masa de brazos, piernas y maldiciones que se retorcía en el suelo— como posibles padres. Solo tengo dieciséis años.
—Un momento. —Ella solo asintió, oyéndolo a medias.
Ron dio un par de zancadas hacia los premios anuales y sacó la varita.
—"Petrificus totalus". —Cuando los dos quedaron petrificados, se aproximó de manera que solo ellos pudiesen oírlo—. Me llevo a Riva con De la Rosa, par de anormales, me habéis decepcionado tanto que no sé ni cómo decirlo con palabras. Os doy una hora para calmaros y averiguar cuál de los dos es el padre. —Deshizo el hechizo y se quedó mirando a su novia—. Por cierto, Hidden, por razones más que evidentes… hemos acabado.
—Ron, yo… —empezó a decir la chica, pero el pelirrojo la cortó con un gesto.
—Skie, no quiero oírlo. Tenéis una hora. —Se levantó y, sujetando a la aún llorosa Riva de la cintura, se la llevó de allí susurrándole todo el tiempo palabras tranquilizadoras.
Angelo y Skie se quedaron mirando cómo los pelirrojos se marchaban. El chico se acercó a su mejor amiga y sin ningún miramiento la agarró por los hombros y la sacudió.
—¿Qué haces, tarado?
—No me cabe ninguna duda de que el hijo que lleva la pelirroja es tuyo. Hace diecisiete semanas yo aún no la había tocado y ella era virgen cuando estuvo contigo: Scott es el padre.
Skie se quedó mirándolo, asumiendo las palabras y lo que aquello significaba. Sé dejó caer sin fuerzas, con la cara oculta entre las manos.
—La he cagado, Angelo. Se supone que la ventaja de estar con otra chica es que estas cosas no pueden pasar. — El italiano se arrodilló a su lado, abrazándola.
—¿Y qué piensas hacer al respecto?
Lo contempló por un segundo y, en aquel baño, abrazada a su cuello, le contó paso por paso su plan.
Mientras tanto, Hermione se había encerrado en el baño de Myrtle con Ginny, Astoria, Theo y Luna.
La Ravenclaw y el Slytherin estaban al fondo del baño cogidos de las manos, mirándose a los ojos, incapaces de ver nada más.
—¿Sabías eso? —preguntó Gin a Astoria, señalando a la pareja abrazada.
—¿Saberlo? Luna me pidió permiso antes de "pedirle una cita". —La chica sonrió divertida al recordarlo—. Incluso le ayudé a preparar la mega-moñada que le regaló para San Valentín. —Se encogió de hombros—. Son monos, y Theo no para de sonreír desde que están juntos.
Las dos Gryffindor la miraban como si le acabase de salir otra cabeza.
—¿No te importa? —Hermione se había apoyado en una pared.
—¿Debería? Es mi amigo, lo intentamos, no funcionó. —Se miró las uñas con interés—. Quiero que sea feliz. No voy a negarte que en ocasiones siento una punzada, desearía encontrar a alguien con quien compartir lo que ellos tienen, pero no tengo prisa.
Se quedaron pensando un momento en las palabras de Greengrass, en silencio.
Fueron a buscar a Diana a la biblioteca, la Gryffindor pasaba más tiempo allí que en su propia habitación.
Ron dejó a la pelirroja con su mejor amiga y se fue a buscar al grupo B para ver como les había ido.
Riva apenas podía mirarla a la cara, se sentía tan estúpida y avergonzada. ¿Cómo había podido pasarle aquello? Ella era la responsable, la que siempre lo pensaba todo… y había caído en lo más básico. Embarazada. Se llevó las manos a la cara, incapaz de contener las lágrimas que volvían a fluir. Se lo contó a Diana entre sollozos y su amiga lo escuchó todo sin decir una palabra. Avisó a Robert de que la pelirroja la necesitaba y se la llevó derecha a la enfermería, no es que no confiase en el test de Alexandretti pero en estas cosas lo mejor era tener una segunda opinión.
La enfermera confirmó el estado de Riva.
—Eres menor, tendré que informar al jefe de tu casa y a sus padres.
—Lo entiendo. —Silvercrown se miraba los pies como si sus zapatos fuesen lo más interesante del mundo—. Creo que escribiré a mis padres esta misma noche.
—Niña —Poppy se acercó y se sentó a su lado tomándola de la mano—, sé que la decisión que te espera no es fácil, pero hay alternativas. Puedo ayudarte si es lo que quieres.
Riva la miró, pensándolo durante un momento, y negó con la cabeza.
—Siempre he pensado que cada chica o mujer tiene derecho a decidir en ese caso. —Miró a Diana, que le sonrió y asintió. Era algo de lo que habían hablado muchas veces—. Pero creo que por difícil que sea lo que me espera prefiero tenerlo.
—Aún tienes dos semanas para decidir por si cambias de idea. —Poppy le sonrió y la abrazó—. Por ahora, hasta que decidas qué hacer, lo mantendremos entre nosotras.
—Muchas gracias.
Las chicas se fueron y, mientras ordenaba sus cosas la enfermera, deseaba con todas sus fuerzas que la pequeña Ravenclaw cambiase de idea, no era la primera vida que veía destruida por un embarazo y la chica siempre le había caído bien. Suspiró y se giró al oír la puerta, otro estudiante la necesitaba.
Tras un rato de búsqueda el pelirrojo por fin dio con ellos.
—¿Estáis todos bien? —preguntó con la preocupación pintada en la cara. Sus ojos buscaron los de Hermione y hasta que esta no asintió, no se relajó. Ginny se acercó a él y buscó su refugio. Ron la abrazó sin hacer preguntas—. Estará bien, enana, ha sobrevivido a cosas peores que esa tipa repugnante —le susurró mientras besaba su pelo—. La gente se quedaba con los gritos y los desplantes, pero en los momentos de necesidad los más pequeños de los Weasley siempre habían sido un apoyo el uno para el otro.
Ron le pidió a Theo que se llevase a las chicas a Slytherin ante la mirada de desaprobación de Astoria.
—No necesito que nadie me lleve, zanahoria.
—Pues llévalo tú a él, princesita —respondió, extremadamente cansado—. Lo único que quiero es que no vayáis solos con Zabini y su panda dando por el culo en los pasillos.
La pequeña de los Greengrass lo miró, a punto de soltarle una réplica, pero al final se la tragó y asintió.
—Bien, tú ganas, llevaré a Julieta a Ravenclaw y luego al cabeza hueca de mi mejor amigo a nuestra casa, pero por tu bien no vuelvas a llamarme princesa o juro que te arrancaré algo.
—De acuerdo, princesa —contestó Ron alzando una ceja, desafiante.
Para cuando Ginny, Hermione y Ron volvieron a la sala común, Harry ya estaba allí, mirando el fuego fijamente. Él y Ginny se abrazaron ante la fingida desaprobación de Ron (que ya nadie se creía). Harry les contó lo que había ocurrido y todos se fueron a dormir con la cabeza llena de pensamientos lúgubres.
POR ORDEN DEL MINISTERIO DE MAGIA
Dolores Jane Umbridge (Suma Inquisidora) sustituye a Albus Dumbledore como director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Esta orden se ajusta al Decreto de Enseñanza n.°28.
Firmado: Cornelius Oswald Fudge
Ministro de la Magia
Se despertaron con la mala noticia y, por si fuese poco, andando por los pasillos descubrieron que Blaise y su grupo, además de tener nombre oficial, ahora podían quitarles puntos. Cuando creía que el día no podía ir a peor el conserje le dijo a Harry que la directora los buscaba a él y a Malfoy.
Se encontró con el Slytherin en la puerta del comedor y ambos fueron juntos a ver a Umbridge.
—No tomes nada de lo que te ofrezca.
—¿Qué? —Harry lo miró sin entender nada
—Tiene fama de poner Veritaserum en las bebidas —Le aclaró Draco con una sonrisa un poco sádica.
—¿Y qué hago si insiste?
—Joder, Potter… ¡Pues finges beber y lo tiras en una planta, como hacemos todos!
La reunión fue más o menos como se habían imaginado, Umbridge intentando sonsacarles información y ellos haciéndose los idiotas y tirando el té a la mínima oportunidad. Era cierto que no sabían donde estaba Dumbledore, pero la directora parecía creer lo contrario. Un repentino ruido que hizo temblar el castillo entero distrajo a Umbridge, que se sujetó a la mesa, impresionada.
—¿Qué ha sido eso?
—¡Volved al comedor! —gritó la profesora Umbridge levantando la varita y saliendo muy deprisa del despacho. Le dieron unos segundos de ventaja y salieron tras ella para ver cuál era el origen de tanto alboroto.
Un piso más abajo reinaba un caos absoluto. Alguien (y Harry tenía una idea bastante aproximada de quién se trataba) había hecho explotar lo que parecía un enorme cajón de fuegos artificiales encantados.
Por los pasillos revoloteaban dragones compuestos de chispas verdes y doradas que despedían fogonazos y producían potentes explosiones; girándulas de color rosa fosforito de un metro y medio de diámetro pasaban zumbando como platillos volantes; cohetes con largas colas de brillantes estrellas plateadas rebotaban contra las paredes; las bengalas escribían palabrotas en el aire; los petardos explotaban como minas allá donde Harry mirara, y en lugar de consumirse y apagarse poco a poco, esos milagros pirotécnicos parecían adquirir cada vez más fuerza y energía.
La profesora y el conserje se pasaron el resto de la tarde corriendo por el castillo intentando ocuparse de los fuegos artificiales de los gemelos, que esa noche fueron los auténticos héroes de la sala común de Gryffindor. Incluso Hermione, que solía mirar con mala cara sus bromas, esta vez les felicitó. En ese clima de alegría, Harry se fue a dormir con una sonrisa y soñó con la misteriosa puerta. Se despertó por una explosión y, mientras sus amigos corrían a verla, él se quedó muy quieto esperando a que el dolor remitiese y a que se le pasara la decepción. Le parecía que le habían privado de un placer fabuloso en el último momento... Esa vez había estado muy cerca.
Al día siguiente tenía la tutoría de Oclumancia con Snape. Aunque gracias a la ayuda de Malfoy había mejorado un poco, delante del profesor se bloqueaba. Cuando iban a empezar, un alumno de Slytherin vino a buscar al profesor y lo dejó a solas para ir a atender al otro muchacho. Harry estaba guardando sus cosas para irse cuando algo le llamó la atención: allí, en una esquina, estaba el pensadero. No pudo evitar preguntarse qué era aquello que Snape se esforzaba tanto en ocultarle. La curiosidad pudo más que la prudencia, y al final hundió su cara en el líquido plateado.
En el recuerdo Harry vio a su padre, a Sirius y a Remus haciendo el TIMO de DCAO, pero eso no fue todo, el recuerdo avanzó y para su eterna vergüenza vio como James y su mejor amigo iniciaban una pelea con el joven Snape. Ellos lo atacaban primero con burlas hasta que este perdía los nervios. Fue una pelea corta y sucia, no podía creer que su progenitor hubiese sido ese tipo de persona. Entonces llegó su madre defendiendo a Severus y gritándoles de todo al par de Merodeadores. Dejó el recuerdo cuando su madre le dijo a su padre que nunca saldría con él, y salió corriendo de allí con el alma en los pies.
Draco lo esperaba para ver cómo le había ido con Snape, y al verlo en ese estado se lo llevó al despacho. Harry le contó todo lo que había visto y este se quedó pensando, dándose cuenta de que si él mismo no hubiese tomado la decisión de hacerse amigo de Hermione en tercero, probablemente estaría en el lugar de Blaise haciendo el mismo tipo de cosas que a Harry tanto le habían molestado.
—Habla con ellos —terminó por aconsejar—. Ellos estaban allí y podrán decirte su versión, los recuerdos no siempre son exactos, Potter, ni siquiera en un pensadero.
Se quedó pensando sobre ello y decidió que a la más mínima oportunidad hablaría con Sirius y su madre.
Era el primer día de las vacaciones de Pascua y, por mucho que lo había intentado, le había sido imposible localizar a Lily. No podía enviarle una lechuza, pues todas eran interceptadas, y el espejo que Sirius le había dado no funcionaba por alguna causa desconocida, aunque sospechaba que el hechizo de la Inquisidora bloqueaba cualquier artefacto del estilo.
Hermione y Ron estaban preparando sus exámenes. Desde que el pelirrojo había cortado con Hidden, aquellos dos pasaban todo su tiempo en la biblioteca con Riva y Diana. Draco los acompañaba cuando no tenía que enseñar Oclumancia a Harry, así que la mayoría de sus amigos estaban volviéndose una panda de empollones.
Sin el quidditch ni el ED para distraerse solo le quedaba estudiar como los demás, y los pocos ratos que podía estar con Ginny. Fue en uno de esos momentos, los dos solos en la sala común, cuando le confesó a la chica su frustración.
—Deberías haber acudido antes a mí, Potter.
—¿Debería?
—Ajá, dejame un par de días, seguro que se me ocurre algo.
—Es imposible, Gin, las comunicaciones están cerradas a cal y canto.
—Lo bueno de crecer con Fred y George es que acabas pensando que cualquier cosa es posible si tienes suficiente coraje —dijo Ginny con aire pensativo.
Harry la miró detenidamente, a veces se lo olvidaba lo increíble que era su novia.
—Lo dejo en tus manos, pero no ahora. —Una sonrisa asomó a sus labios y se acercó a la chica.
—¿Tienes algo mejor que hacer?
—Seguro que puedo pensar en algo —le dijo besándola con cuidado.
Con las clases empezaron las presiones para decidir a qué dedicarse, el año que viene tendrían que cursar las materias específicas para cada carrera y todos estaban bastante perdidos.
—A mí me gustaría estudiar pociones o medimagia —dijo Draco mientras se comía una manzana— pero supongo que alguien tendrá que llevar las empresas de la familia. —Se encogió de hombros, resignado.
—Deberías estudiar lo que te guste, Draco. —Hermione leía varios folletos sin tener muy claro por qué camino enfocar su futura carrera.
—A mí me gustaría ser estrella del quidditch, pero no soy tan bueno —bromeó Ron, mirando sus opciones—. Aunque Auror también me gustaría.
—¡Auror! —exclamó Harry—. Podríamos ir juntos a la academia y ser compañeros. —Levantó el puño y Weasley se apresuró a chocar el suyo con el del moreno.
—Buscaos un hotel —dijo Draco al ver la escena, y se escondió detrás de Hermione para evitar el aluvión de bolas de papel que se le vino encima.
La reunión con McGonagall fue bastante "divertida", ella y la profesora Umbridge se enzarzaron en una pelea épica y, aunque sabía que aquello era bastante serio, no pudo evitar salir del despacho sonriendo.
Entraba en la sala común cuando se cruzó con los gemelos.
—Nos han dicho que necesitas comunicarte con el exterior.
—Sí —confirmó Harry—, me gustaría.
Los gemelos se miraron.
—Mañana crearemos una distracción, podemos darte unos veinte minutos, en ese tiempo tendrás que entrar en el despacho de Umbridge y usar su chimenea. —Hermione empezó a protestar, pero al final se encogió de hombros y siguió con lo suyo. Era consciente de que nada de lo que dijese los haría cambiar de idea.
—¿En qué consiste la maniobra de distracción? —preguntó Ron.
—Ya lo verás, hermanito —dijo Fred mientras él y su gemelo se levantaban—. Solo tienes que estar en el pasillo de Gregory el Pelota mañana a eso de las cinco.
El jaleo empezó cuando estaban en clase de DCAO, la profesora salió corriendo del aula dejando a los alumnos confundidos.
Ron y Hermione le desearon suerte con un gesto y Harry salió corriendo hacia el despacho con la capa de invisibilidad y la navaja regalo de Sirius en el bolsillo. No tuvo problemas en acceder al despacho y se acercó a la chimenea que, por suerte, estaba encendida.
—¡Número doce de Grimmauld Place! —dijo Harry con voz fuerte y clara.
Fue una de las sensaciones más extrañas que jamás había experimentado. Había viajado mediante polvos flu en otras ocasiones, desde luego, pero siempre había sido el cuerpo entero lo que le había girado y girado en medio de las llamas por la red de chimeneas mágicas que se extendía por el país. Esta vez, en cambio, las rodillas de Harry permanecían firmes sobre el frío suelo del despacho de la profesora Umbridge, y sólo la cabeza le volaba a toda velocidad por el fuego de color esmeralda...
Y entonces, tan bruscamente como había empezado a suceder, la cabeza dejó de darle vueltas. Harry, que se sentía muy mareado y como si llevara una bufanda muy caliente alrededor de la cabeza, abrió los ojos y vio que miraba desde la chimenea de la cocina de Grimmauld Place hacia la larga mesa de madera, donde había un hombre sentado leyendo detenidamente una hoja de pergamino.
—¿Sirius?
El hombre se sobresaltó y miró alrededor. No era Sirius, sino Lupin.
—¡Harry! —Estaba absolutamente desconcertado—. ¿Qué haces tú...? ¿Qué ha pasado? ¿Va todo bien?
—Sí —contestó él—. Sólo quería... Bueno, me apetecía charlar un poco con Sirius.
—Voy a buscarlo —dijo Lupin, y se puso en pie sin cambiar aquella cara de absoluta perplejidad—. Ha subido a buscar a Kreacher, que al parecer ha vuelto a esconderse en el desván...
Harry vio cómo Lupin salía a toda prisa de la cocina. Ahora no podía mirar otra cosa que no fueran las patas de las sillas y la mesa. Se preguntó por qué su padrino nunca había comentado lo incómodo que era hablar desde la chimenea; empezaban a dolerle las rodillas a causa del prolongado contacto con el duro suelo de piedra del despacho de la profesora Umbridge.
Lupin regresó unos minutos más tarde con Sirius.
—¿Qué pasa? —preguntó éste con apremio, apartándose el largo y oscuro cabello de los ojos y sentándose frente a la chimenea para ponerse a la altura de Harry. Lupin se arrodilló también; parecía muy preocupado—. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?
—No —contestó Harry—, no pasa nada... Sólo quería hablar... de mi padre.
Sirius y Lupin intercambiaron una mirada de desconcierto, pero Harry no tenía tiempo para sentirse avergonzado ni abochornado; cada vez le dolían más las rodillas y calculaba que ya debían de haber pasado cinco minutos desde el inicio de la maniobra de distracción; George sólo le había garantizado veinte. Por lo tanto, abordó inmediatamente el tema de lo que había visto en el pensadero.
Cuando hubo terminado, ni Sirius ni Lupin dijeron nada durante un rato, pero después Lupin dijo con voz queda:
—No quisiera que juzgaras a tu padre por lo que viste allí, Harry. Sólo tenía quince años...
—¡Yo también tengo quince años! —protestó Harry.
—Mira, Harry —intervino Sirius con tono apaciguador—, James y Snape se odiaron a muerte desde el día que se vieron por primera vez, sentían aversión mutua, eso lo entiendes, ¿verdad? Creo que James tenía todo lo que a Snape le habría gustado tener: amigos, era bueno jugando al quidditch... Era bueno en casi todo. Y Snape no era más que un bicho raro que se pirraba por las artes oscuras, y James siempre odió las artes oscuras, Harry, eso te lo puedo asegurar.
—Ya, pero atacó a Snape sin motivo, sólo porque..., bueno, sólo porque tú dijiste que te aburrías —concluyó con un deje de disculpa en la voz.
—No me enorgullezco de ello —se apresuró a decir su padrino.
Lupin miró de soslayo a Sirius y dijo:
—Mira, Harry, lo que tienes que entender es que tu padre y Sirius eran los mejores del colegio en todo. Los demás pensaban que eran insuperables, y si a veces se dejaban llevar un poco...
—Si a veces éramos unos chulos arrogantes, querrás decir —lo corrigió Sirius.
Lupin sonrió.
—Se despeinaba el pelo continuamente —comentó Harry, apenado.
Sirius y Lupin rieron.
—Se me había olvidado que tenía esa costumbre —comentó Sirius cariñosamente.
—¿Estaba jugando con la snitch? —preguntó Lupin.
—Sí —respondió Harry, y vio con estupor cómo Sirius y Lupin sonreían con nostalgia—. Pero... me pareció que era un poco idiota.
—¡Pues claro que era un poco idiota! —admitió Sirius—. ¡Todos lo éramos! Bueno, Lunático no tanto —añadió con justicia mirando a Lupin.
Pero éste negó con la cabeza.
—¿Os dije alguna vez que dejarais tranquilo a Snape? ¿Tuve alguna vez el valor de comentaros que creía que os estabais pasando de la raya?
—Ya, pero... —replicó Sirius—. A veces conseguías que nos avergonzáramos de nosotros mismos, y eso ya era algo.
—¡Y no paraba de mirar a las chicas que había en la orilla del lago para ver si ellas lo miraban a él! —prosiguió Harry, obstinado. Ya que había ido hasta allí, decidió soltar todo lo que tenía en la cabeza.
—Sí, bueno, siempre hacía el ridículo cuando veía a Lily —afirmó Sirius encogiéndose de hombros—. Cuando ella estaba cerca, James no podía evitar hacerse el chulo.
—¿Cómo puede ser que mi madre se casara con él? —preguntó Harry muy afligido—. ¡Lo odiaba!
—No, no lo odiaba —respondió Sirius.
—Empezó a salir con él en séptimo —concretó Lupin.
—Cuando a James ya se le habían bajado un poco los humos —añadió Sirius.
—Y ya no echaba maleficios a la gente para divertirse —dijo Lupin.
—¿Tampoco a Snape?
—Bueno, Snape era un caso especial —admitió Lupin—. Verás, él tampoco desaprovechaba jamás la oportunidad de echar una maldición a James, y lo lógico era que James se defendiera, ¿no?
—¿Y a mi madre no le importaba?
—La verdad es que no se enteraba —repuso Sirius—. Como podrás imaginar, James no se llevaba a Snape a sus citas con Lily para embrujarlo delante de ella. —Sirius miró con la frente fruncida a Harry, que todavía no parecía convencido—. Mira —dijo—, tu padre era el mejor amigo que jamás he tenido, y una buena persona. Mucha gente se comporta como si fuera idiota cuando tiene quince años. Pero James maduró con el tiempo.
—Está bien —aceptó Harry, apesadumbrado—. Es que nunca pensé que podría sentir lástima por Snape.
—Oye, por cierto —terció Lupin, y frunció un poco el entrecejo—, ¿cómo reaccionó Snape cuando se enteró de que habías visto todo eso?
—Salí de allí corriendo antes de que me pillase —contestó Harry con indiferencia.
Ambos adultos rieron ante su tono.
—No suelo aprobar la huida, pero creo que en este caso fue lo más acertado —lo apoyó Lupin con una sonrisa.
—¿Y mi madre? —preguntó el chico con curiosidad, se alegraba de que Lily no hubiese presenciado la conversación anterior, pero la echaba mucho de menos.
—En una misión, volverá esta noche —contestó Sirius—. ¿Quieres que le digamos algo?
—Que la echo de menos —dijo, bajando la voz.
—Ella piensa en ti constantemente, está deseando que sea verano para iros de vacaciones. Ya le ha dicho a Dumbledore que agosto es vuestro, y que como le ponga una misión lo mata. —Remus sonreía, repitiendo las palabras de la pelirroja.
—Me lo creo de ella. —Harry se sintió un poco mejor ante la idea de hacer un viaje con Lily.
—¿Harry, por qué no has usado el espejo? —preguntó su padrino, curioso.
—Lo intenté, pero por algún motivo no parece ser capaz de atravesar el muro que ha puesto Umbridge.
—Mmmm —se quedó pensativo—, Lunático y yo veremos si podemos hacer algo, si es que tiene tiempo para mí. Últimamente solo piensa en la adorable Tonks.
—¡Sirius!
—¡Remus!
El hombre lobo empujó con su hombro el de su amigo, riendo. Y Harry, al verlos, entendió lo que su padre y aquellos dos habían sido los unos para los otros. Sí, se habían empujado a hacer locuras, pero también eran la familia que de otro modo nunca hubieran tenido. Se despidió de sus "tíos" antes de que lo pillasen y se fue del despacho de Umbridge corriendo, quería ver lo que los gemelos habían preparado.
La situación era muy parecida a la del día que despidieron a la profesora Trelawney. Los estudiantes estaban de pie formando un gran corro a lo largo de las paredes (Harry se fijó en que algunos estaban cubiertos de una sustancia que parecía jugo fétido); además de alumnos, también había profesores y fantasmas. Entre los curiosos destacaban los miembros de la Brigada Inquisitorial, que parecían muy satisfechos de sí mismos, y Peeves, que cabeceaba suspendido en el aire, desde donde contemplaba a Fred y George, que estaban sentados en el suelo en medio del vestíbulo. Era evidente que acababan de atraparlos.
—¡Muy bien! —gritó triunfante la profesora Umbridge, que sólo estaba unos cuantos escalones más abajo que Harry y contemplaba a sus presas desde arriba—. ¿Os parece muy gracioso convertir un pasillo del colegio en un pantano?
—Pues sí, la verdad —contestó Fred, que miraba a la profesora sin dar señal alguna de temor.
Filch, que casi lloraba de felicidad, se abrió paso a empujones hasta la profesora Umbridge.
—Ya tengo el permiso, señora —anunció con voz ronca mientras agitaba el trozo de pergamino que Harry le había visto sacar de la mesa de la profesora Umbridge—. Tengo el permiso y tengo las fustas preparadas. Déjeme hacerlo ahora, por favor...
—Muy bien, Argus —repuso ella—. Vosotros dos —prosiguió sin dejar de mirar a los gemelos— vais a saber lo que les pasa a los alborotadores en mi colegio.
—¿Sabe qué le digo? —replicó Fred—. Me parece que no. —Miró a su hermano y añadió—: Creo que ya somos mayorcitos para estar internos en un colegio, George.
—Sí, yo también tengo esa impresión —coincidió George con desparpajo.
—Ya va siendo hora de que pongamos a prueba nuestro talento en el mundo real, ¿no? —le preguntó Fred.
—Desde luego —contestó George.
Y antes de que la profesora Umbridge pudiera decir ni una palabra, los gemelos Weasley levantaron sus varitas y gritaron juntos:
—¡Accio escobas!
Harry oyó un fuerte estrépito a lo lejos, miró hacia la izquierda y se agachó justo a tiempo. Las escobas de Fred y George, una de las cuales arrastraba todavía la pesada cadena y la barra de hierro con que la profesora Umbridge las había atado a la pared, volaban a toda pastilla por el pasillo hacia sus propietarios; torcieron hacia la izquierda, bajaron la escalera como una exhalación y se pararon en seco delante de los gemelos. El ruido que hizo la cadena al chocar contra las losas de piedra del suelo resonó por el vestíbulo.
—Hasta nunca —le dijo Fred a la profesora Umbridge, y pasó una pierna por encima de la escoba.
—Sí, no se moleste en enviarnos ninguna postal —añadió George, y también montó en su escoba.
Fred miró a los estudiantes que se habían congregado en el vestíbulo, que los observaban atentos y en silencio.
—Si a alguien le interesa comprar un pantano portátil como el que habéis visto arriba, nos encontrará en Sortilegios Weasley, en el número noventa y tres del callejón Diagon —dijo en voz alta.
—Hacemos descuentos especiales a los estudiantes de Hogwarts que se comprometan a utilizar nuestros productos para deshacerse de esa vieja bruja —añadió George señalando a la profesora Umbridge.
De entre la multitud de curiosos salió alguien, una chica morena vestida con el uniforme de Slytherin.
—¿Teneis sitio para mí? —preguntó, acercándose a Fred.
—Por supuesto, Hidden.
La chica sonrió y se acercó a Riva, que lo miraba todo desde primera fila. La sujetó por el cuello y la besó.
—Esperame, Silvercrown. Volveré a por ti —le dijo antes de girarse y montarse en la escoba con George.
—¡DETENEDLOS! —chilló la mujer, pero ya era demasiado tarde.
Cuando la Brigada Inquisitorial empezó a cercarlos, Fred y George dieron un pisotón en el suelo y se elevaron a más de cuatro metros, mientras la barra de hierro oscilaba peligrosamente un poco más abajo. Fred miró hacia el otro extremo del vestíbulo, donde estaba suspendido el poltergeist, que cabeceaba a la misma altura que ellos, por encima de la multitud.
—Hazle la vida imposible por nosotros, Peeves.
Y Peeves, a quien Harry jamás había visto aceptar una orden de un alumno, se quitó el sombrero con cascabeles de la cabeza e hizo una ostentosa reverencia al mismo tiempo que los gemelos daban una vuelta al vestíbulo en medio de un aplauso apoteósico de los estudiantes y salían volando por las puertas abiertas hacia una espléndida puesta de sol.
Respuestas a los no logueados.
Emma Felton chapter 23
Gracias como siempre por comentarme y espero que este capitulo te haya gustado tanto como el anterior.
Nianis chapter 23
Muchisimas gracias por tu comentario y nada de testamento. Puedes stalkear todo lo que quieras XDDDD. La verdad es que hace mucho que no subo nada nuevo, pero es porque me he propuesto que hasta que no finalice BEO no voy a subir nada más.
Guest chapter 23 . Nov 17
No siggue
Bueno, aqui tienes el siguiente.
