¡Hola! Estaba muy ansiosa por publicar este capítulo. Espero que les guste y cumpla con sus expectativas. Le puse el título a último segundo

AlenDarkStar: Supongo que tu mail está maldito o FF tiene algo en tu contra.

¿En serio creíste que iban a tener suerte en un capítulo llamado Operación Fracaso? No, no, no. Me alegro que te hayan gustado los cambios.

Capítulo diez

Los titiriteros

James, junto a Jessie y Meowth, observaban a los bobos subiendo a una limusina en medio del camino de tierra y desapareciendo de su vista. Él era el único que no tenía ánimos para seguirlos. Preferiría sacudir una maraca frente a un nido de Beedrill antes que seguir la limusina.

Jessie y Meowth salieron de su escondite apenas el vehículo se perdió de vista y observaron el cartel de madera que los bobos habían estado examinando momentos antes. James, con resignación, salió de entre los arbustos y se unió a ellos.

—Ese chico se parece a ti —le dijo Jessie.

El cartel, en forma de casa, mostraba una vieja fotografía suya, tomada del torso para arriba. Debía tener unos ocho años de edad. Llevaba un saco azul, una camisa blanca y un pañuelo verde lima. De fondo solo había una sólida pared de ladrillos color gris. James pudo advertir la tristeza que reflejaba en sus ojos, una que recordaba muy bien.

—¿Tú lo crees? —mintió James—. No se parece a mí. Tiene la nariz torcida.

—Yo creo que se parecen mucho —opinó Meowth.

—Es cierto. Debemos investigar —aprobó Jessie y salió corriendo junto con Meowth.

James se quedó clavado en el suelo. Ir con ellos significaría su perdición. Pikachu no podría estar más ausente en su cabeza. Es más: renunciaría a seguir a los bobos si eso significaba no ir a…

—¡James! —gritó Jessie.

—¿Qué estás esperando? —bramó Meowth.

—Yo me quedo aquí —musitó James.

—¡No puedes! —le gritaron los dos a la vez y lo llevaron a rastras por el camino.

Caminaron por casi una hora entre los árboles, casi sin parar para descansar. Las suplicas de James fueron ignoradas olímpicamente por los otros dos. Él no quería que ellos supieran la verdad. Había estado ocultándola de ellos durante años y ahora todo se desplomaría. Desde Pueblo Carmesí estaba temiendo ese día.

Su caminata fue interrumpida cuando vieron un paredón amarillo con un portón negro en el medio del camino, flanqueado por dos columnas. James sugirió marcharse, pero Jessie no quería echarse atrás. Con ayuda de Arbok, lograron escalar la pared y siguieron de largo.

James miró a su alrededor. Los recuerdos invadían su mente y la mayoría de ellos no eran agradables. Intentó concentrarse en los pocos momentos felices que había pasado allí, pero en vano. Con cada paso sentía una sensación de angustia que le atravesaba el pecho.

Jessie y Meowth se maravillaban con las cosas que veían a su paso, como el lago artificial, las fuentes y las glorietas preparadas para tener una bella tarde de té, pero a James no le interesaban nada de esas cosas. Solo quería correr, de la misma manera que había huido de Rita.

Al fin, se encontraron con dos mansiones imponentes. La que estaba al frente de ellos era la más grande, de cuatro pisos de altura, blanca con tejados verdes e incluso tenía algunas torres. La que estaba de costado, mirando al camino era de la mitad del tamaño que la otra. Era blanca y amarilla, de tejado color azul. A pesar del tamaño, no dejaba de ser imponente.

Por primera vez en diecisiete años, estaba en su casa.

—Esto es a lo que yo llamo lujo—dijo Jessie, admirando ambas mansiones junto a Meowth —¡Ya somos ricos!

James suspiró. Si supieran el precio que tendría que pagar por toda esa vida de lujos, ya estarían dando la media vuelta. Pero no quería decir nada.

—Entremos por el balcón que está por encima de la entrada principal—dijo Meowth, ya acercándose a la mansión más grande. Jessie tomó a James de la muñeca y lo arrastró hasta la entrada principal. Tuvieron que usar a Arbok una vez más para lograr su objetivo, haciendo que se trepe por una de las columnas y agarrarse con fuerza de la baranda, sirviendo así de soga. James no quería subir, así que, bajo las órdenes de Jessie, Arbok lo agarró de la cintura y lo subió a la fuerza.

Meowth levantó el pestillo usando las uñas en la pequeña abertura situada entre las dos hojas de las ventanas. Así lograron entrar a la mansión.

Se encontraron con un vestíbulo casi desierto. Pero lo que vieron los perturbó.

Había dos ataúdes de madera, separados por un metro y con una corona de flores encima de cada féretro. Estaban semi enterrados en un montón de pétalos blancos contenidos en una especie de caja a rayas blancas y negras, para evitar que se desparramaran al suelo. Contra la pared, fuera de la caja, había una mesada con dos jarrones de flores, también blancas. Encima de la mesada, colgado de la pared, yacía un cuadro de la familia de James.

Había sido pintado en los jardines de la mansión, si mal no recordaba. La madre de James era una mujer de cabello morado y lacio hasta la cintura y ojos marrones, sentada en un asiento de mimbre. Llevaba un simple vestido rojo hasta los tobillos, de mangas largas y zapatos del mismo color. Llevaba en sus manos una sombrilla amarilla.

El padre era un hombre de cabello violeta muy oscuro y un poblado bigote. Sus ojos eran idénticos a los de James, de un color verde brillante. Vestía una camisa blanca, chaleco rojo, saco azul oscuro al igual que su corbata, pantalones celestes y zapatos negros. Estaba de pie, apoyado en un bastón que sostenía en su mano izquierda.

James estaba en el medio. Su ropa casi no se veía, puesto a que sostenía un Growlithe que lo tapaba casi todo, pero recordaba estar usando la misma ropa que en el cartel que habían visto fuera. En ese cuadro también reflejaba la misma tristeza, buscando a alguien que realmente lo comprendiera.

—Mi amo y mi ama solo tenían un hijo —la voz del mayordomo podía oírse desde la ventana abierta—, un muchacho llamado James. Esta mañana sus padres fallecieron y ahora toda esta mansión es suya.

—¿Entonces todo esto le va a pertenecer a James? —preguntó el bobo.

James no sintió absolutamente nada al escuchar la noticia sobre el fallecimiento de sus padres. Sabía que eran unos tramposos y el funeral bien podría ser un sucio truco para atraerlo hacia la mansión. Si realmente estaban muertos, no podría importarle menos.

—¡James! —exclamó Jessie, para inmediatamente taparse la boca con ambas manos.

—¿Esto es realmente tuyo? —preguntó Meowth, en voz baja.

—Pues sí, supongo —murmuró James. Se sentía muy incómodo.

—Esto es terriblemente trágico —siguió hablando el mayordomo, con una profunda pena—. Luego de que el amo James huyera, sus padres ya no tuvieron fuerzas para continuar. Su corazón estaba roto.

—Es muy triste —se oyó decir a la boba.

—Y ahora ellos están… espero que encuentren pronto a James.

—¡Pronto no es suficiente! —gritó el mayordomo—. El testamento de sus padres dice claramente que el amo James debe casarse con su prometida antes de las veinticuatro horas de su fallecimiento. Si no, todos los bienes serán donados a la caridad. Debo encontrarlo cuanto antes.

James dejó de escuchar y les dio la espalda a sus compañeros. Sus padres podrían enterrarse con el dinero si lo deseaban; él no quería ni un yen de parte de ellos.

Jessie le tocó la espalda.

—¿James, estás bien?

—¿Ah? Si, perfectamente.

—¿Seguro? —preguntó Meowth—. Porque tus padres acaban de morir.

—No me interesa si están muertos o no —dijo James, con odio—. Solo vayámonos de aquí y olvidemos que vimos esta mansión.

—¿Estás loco? —le dijo Jessie—. Todo esto es tuyo. Solo debes casarte…

James se levantó y comenzó a retroceder de espaldas al balcón.

—No pienso casarme con esa maldita psicópata —balbuceó James, preso del pánico—. Jamás voy a volver con ella. Jamás, jamás, jamás…

—¡Cuidado!

James no se dio cuenta que retrocedía hacia el balcón hasta que tropezó con la baranda en la parte baja de la espalda. Jessie y Meowth intentaron agarrarlo, pero también terminaron siendo arrojados por encima de la baranda. Los tres terminaron cayendo frente a la entrada de la mansión, a un par de metros de las escaleras.

James se levantó, dolorido, e intentó huir, pero Jessie lo agarró por los tobillos y lo arrojó al piso.

—¡James, si te casas vas a ser rico! —le dijo.

—¡No podemos dejar pasar esta oportunidad, solo porque odias a tus padres! —agregó Meowth, subiéndose a su espalda.

—¡Basta! —la voz del bobo mayor se hizo oír desde las escaleras—. Los padres de James acaban de fallecer.

—Él tiene que ir a su funeral —agregó el bobo.

—¡Jamás! —gritó James. No quería ver a sus padres ni nada que tuviera que ver con ellos, vivos o muertos.

Jessie lo miró, enojada.

—Mira, James, nos estamos enojando mucho contigo.

—¿No quieres ser el chico más rico del mundo?

—Me duele la cabeza —mintió James, mientras hacia una pose muy parecida a la de Psyduck—. ¡No puedo recordar nada!

—¿Qué pasa? —preguntó la boba.

—Tal vez James sufra de amnesia —razonó el bobo mayor.

James tuvo que hacer uso de sus mejores tácticas para que lo dejaran ir. Recordó que era muy bueno inventando historias y hacer que los demás la sintieran reales.

—Todo está muy borroso de la época en la que viví aquí —siguió mintiendo—. Mi recuerdo más antiguo es cuando tenía unos ocho años y caminaba con mi Growlithe en una noche fría en medio de la nieve, muerto de hambre. Me derrumbé frente a un templo y sentí que mi vida estaba a punto de extinguirse. Le dije a Growlithe que continuara sin mí y que me recordara por siempre. Lloró toda la noche y me encontraron muerto a la mañana siguiente, completamente congelado.

Funcionó. Por muy inverosímil que fuera la historia, todos estaban llorando y lamentando su muerte, a pesar de que estaba ahí parado, delante de sus propias narices. Ya estaba retirándose cuando la boba gritó:

—¡James está todavía aquí!

James se quedó congelado en su lugar. Con lo bien que estaba saliendo…

—¡Estoy confundido! —gritó, pero era obvio que no iba a funcionar dos veces.

—¿Qué importa? ¡No me interesa lo que recuerdes, solo toma el dinero! —le dijo Jessie, irritada.

—Pero James no puede recibir el dinero si no se casa con una chica dentro de veinticuatro horas —le recordó el bobo.

—Fingiremos una boda y nos quedamos con todo —le replicó Jessie, con indiferencia.

— Eso es ridículo —la contradijo James, aunque le hubiese gustado heredar de esa manera.

—¿Ridículo? ¡Ja! Toda esta mansión será tuya.

James se echó a correr por el camino principal, alejándose de la mansión y de sus compañeros Que se fueran todos al diablo, nada ni nadie iba a obligarlo a casarse…

O eso creía.

—¡Arbok, constricción!

James no tuvo tiempo de nada. La serpiente se enroscó en su cuerpo velozmente y lo aprisionó, tirándolo al suelo.

—No lo mates, Arbok, lo necesitamos vivo —dijo Jessie, mientras se acercaba a él.

—¡Oigan, no pueden obligarlo a casarse! —le gritó el bobo. Para variar, estaba de su lado.

—Cierra la boca —le dijo Jessie, cortante.

—Guárdense sus tontas opiniones —agregó Meowth. Se dirigió a Jessie—. Tengo un plan. Yo iré a traer el globo. Tú quédate aquí con James.

—De acuerdo.

James vio a Meowth correr por el camino principal, con los ojos llenos de lágrimas. Estaban firmando su sentencia de muerte.


James no tuvo idea cuanto tiempo pasó, pero no creía que fueran más de tres horas. Jessie le sacó el uniforme, lo vistió con un traje azul marino y lo amordazó con un pañuelo. Ellos dos se vistieron de negro, como si fueran a un funeral (y de hecho, estaban yendo a uno). El caso era que Meowth le había dicho a Jessie que los trajes negros se usaban para ser invisibles en los teatros y que seguramente funcionaban en el aspecto de la vida diaria. Ella aceptó la idea, entusiasmada.

—James, entiendo que estés asustado, pero no tienes por que vivir con ella—intentó tranquilizarlo Jessie—. Apenas te cases, meteremos mano en tu fortuna y nos iremos como alma que lleva el diablo.

James intentó hablar, pero la mordaza lo impidió. Quería decirles que, una vez que pisara la mansión, jamás volvería a salir. No con vida.

Ahora los dos estaban detrás de James. Ella le sujetaba los brazos y Meowth las piernas, como si fuera un títere. Ella lo obligó a tocar el timbre y a esperar.

—Sí, ya voy —dijo el mayordomo desde el otro lado.

El anciano abrió la puerta y lo miró a James, sorprendido.

—¿Puedo ayudarle?

—Soy yo, James, he vuelto —dijo Jessie, haciendo una mala imitación de la voz de su compañero.

El mayordomo abrió los ojos como platos.

—¡Bienvenido a casa! —dijo, asombrado—. Sus padres estarán muy agradecidos de que haya regresado. Por favor, pase —agregó, abriendo la puerta del todo para permitir su ingreso.

—Gracias.

Los tres pasaron al vestíbulo y el mayordomo los guió hasta los ataúdes que se hallaban al fondo.

—Todo está bien ahora, amos, su pequeño James ha regresado a casa como ustedes lo deseaban —dijo el mayordomo, dirigiéndose a los difuntos.

—Mami, papi, es cierto, al fin he vuelto a casa para recibir mi dinero —dijo Jessie, de modo muy sobreactuado.

—¿Qué? —preguntó el mayordomo.

Error típico de Jessie, pensó James. Jessie le sacudió la cabeza de un lado a otro, negando las palabras que había dicho.

—¡Ya se te olvidó el guión! —la retó Meowth, mientras obligaba a James a arrodillarse.

—Me voy a casar, como dicen en su testamento. Y quiero el efectivo en un cheque.

—¿Qué dijo?

—Yo… solo estoy bromeando, desde luego. Mamá, papá, ojalá hubiera venido antes.

La actuación de Jessie le daba vergüenza ajena y cerró los ojos, como si así pudiera callarla. No tenía ni idea a lo que se enfrentaban.

Unas risas comenzaron a escucharse. Parecían venir desde los ataúdes.

—¿Quiénes son? —se preguntó Meowth.

Las tapas de los ataúdes se abrieron con fuerza y dos personas, idénticas a las del cuadro colgado detrás de ellos, emergieron de allí. James sacudió la cabeza. Que sus padres estuvieran muertos era algo demasiado bueno para que fuera real…

—¡Son fantasmas! —chillaron Jessie y Meowth, cayendo hacia atrás de la sorpresa y tirando a James con ellos.

—Oh, James querido, estamos tan contentos de que volvieras a casa —dijo su madre, con ese tono de dulzura fingida que no engañaba a nadie. Parecía que había estado años ensayando esas líneas.

—Y vistiendo de traje —agregó su padre.

—O están vivos… —dijo Jessie.

—O son unos fantasmas muy vivos —agregó Meowth.

James se sacó la mordaza de la boca y miró a Meowth con odio.

—¡No son fantasmas, maldito gato pulguiento! —se dirigió a Jessie—. Solo me estaban poniendo una trampa para que yo regresara a casa.

Meowth entrecerró los ojos.

—Eso significa…

—¿Qué no tenías amnesia?

Mierda…

—¿Dónde estoy? ¿Yo quien soy? —gimió, pero era demasiado tarde para arreglarlo.

—Pero si tú eres James y estás a punto de casarte —dijo su padre.

—Hopkins, que empiecen los preparativos.

—Si —asintió el mayordomo. Con una fuerza que no concordaba con su edad, levantó a James del suelo y lo arrastró escaleras arriba. Meowth se trepó a la cabeza de su amigo para no perderlo. Jessie se levantó de un salto y corrió tras ellos.

El mayordomo llevó a James por un corredor lleno de cuadros y candelabros. Intentaba hacer memoria de por dónde iban, pero habían pasado diecisiete años de la última vez que había estado en esa mansión y no recordaba mucho.

Entraron en una habitación y el mayordomo lo obligó a sentarse a una silla que miraba hacia la puerta. Jessie entró un par de segundos después y se apresuró a taparle la boca a James. Sus padres entraron casi de inmediato.

—Estoy orgulloso de ti —dijo su padre, cruzándose de brazos—-. Entendiste que hay que seguir con la tradición familiar

Oh, sí, la tradición. Casarme con una muchacha de buena familia y tener hijos para mantener vivo el apellido, pensó, de manera amarga.

Su madre dio un paso hacia adelante.

—Como nuestro hijo y heredero, tienes ciertas responsabilidades, la más importante de ellas es casarte y continuar con la línea familiar.

—Si —respondió Jessie, intentando emular la voz de James. Él logró sacarse la mano de la boca.

—¿Tengo el deber de ser manipulado? —les gritó James, pero no pudo decir mucho más, ya que Meowth y Jessie le volvieron a tapar la boca.

—No sé de qué estás hablando —replicó su padre.

—Tu padre y yo queremos lo mejor para nosotros… quiero decir, para ti —se corrigió su madre.

—Un hombre que no puede asentarse es como un avión sin alas que no puede volar en la vida.

—Aprenderás a ser un caballero cuando conozcas a la chica correcta — su madre se acercó y giró violentamente la silla para el lado de la pared—. Y aquí está ella.

James vio a una chica que estaba sentada en una silla de mimbre, a tres metros de distancia, con un vestido color rosa oscuro hasta las rodillas, con mangas blancas y un collar púrpura. Su rostro estaba cubierto por un abanico bordó con detalles dorados que sostenía en su mano. James sintió que toda la sangre se iba de su rostro. Deseaba morir.

—Como esposa de James, será tu deber en convertir a un inútil bueno para nada en un caballero respetable, mi querida Jessebelle.

—Como tú quieras, madre —la voz suave de Jessebelle le puso la carne de gallina. No era la misma voz de niña que recordaba, pero le seguía dando miedo.

—Nya, su voz es música para mis oídos —dijo Meowth, admirado—. Eso es a lo que yo llamo una dama y no una chica grosera y salvaje como tú, Jessie.

Jessie lo golpeó en la cabeza.

—Yo te enseñaré lo es ser grosera y salvaje —gruñó.

Jessebelle comenzó a bajar suavemente su abanico.

—Mi único deseo es ser tu devota, amorosa esposa y compañera —cerró de golpe su abanico y lo colocó en su regazo —, y también enseñarte los deberes propios de un caballero.

Era muy parecida a Jessie, aunque con algunas diferencias. Su cabello caía en bucles hasta sus hombros y era de un tono rojizo más oscuro que el de Jessie. Sus ojos eran de color verde agua y no azules. La voz de ella era suave y melodiosa, comparada con la de Jessie, más gruesa.

—¡Se parece a Jessie! —exclamó Meowth, pero James casi no lo oía, estaba demasiado ocupado observando el rostro de sus pesadillas.

—¿Cómo te atreves a compararme con esa boba? —escupió Jessie.

—¿No lo ves? Las dos tienen la misma cara.

—No es cierto.

—Dejen de discutir y sáquenme de aquí, por favor —rogó James, más cercano a la ira que a la súplica.

Jessie volvió a taparle la boca.

—No seas ridículo. ¿Cómo vamos a tener tu herencia si no te casas? Tienes que terminar con esto.

—Si no quieres casarte por ti, hazlo por el equipo Rocket. Contamos contigo para que seamos millonarios, no seas así.

—¡Al diablo con el equipo! ¡No lo haré! —pataleó James, en un intento por zafarse.

—¿Qué te sucede? ¿Por qué no dejas ya de hablar solo, James? —le dijo Jessebelle, con total calma. Luego, se levantó y golpeó sus palmas—. ¡Ya sé! Bajemos a la bóveda para contar todo lo que vas a heredar.

Era una trampa a todas luces. Incluso fingían que Jessie y James no estaban ahí. Intentó huir otra vez, pero fue impedido una vez más. Estaba condenado.


Jessebelle, Jessie, James y Meowth bajaban por las tenebrosas y húmedas escaleras de piedra del sótano. Más que sótano de mansión, parecía la de un castillo. A James nunca le había gustado ese lugar cuando era niño. Ahora mucho menos.

Jessebelle iba al frente, iluminando con una farola el camino hacia el sótano. Jessie, James y Meowth iban unos cuatro escalones detrás de ella. Sus padres se habían excusado de ir, alegando tener cosas que hacer. Todo lo que se oían eran sus propias pisadas y el goteo perpetuo del agua que caía de alguna cañería.

—Cuando desapareciste, tu madre y tu padre estaban tan preocupados como yo, pero yo sabía que algún día volverías.

James estaba en pánico. Casi prefería tirar a Jessie por las escaleras, pero no podía. Los dos idiotas no daban en sí de felicidad.

—Perdón por haber huido —dijo Jessie, imitando la voz de James—. Pero todo va a estar bien ahora que he vuelto aquí por mi dinero.

—¿Qué?

—Quiero decir, aquí contigo.

Terminaron de bajar las escaleras. A unos tres metros de distancia, había una enorme puerta de metal, con un dispositivo electrónico al lado.

—Ya llegamos a la bóveda. Vamos a entrar. Tu herencia está adentro —anunció Jessebelle, dando un paso al costado y apretando un botón del circuito.

Ni siquiera se había abierto la mitad, cuando Jessie y Meowth salieron disparando hacia adentro, arrastrando a James, antes de ver su contenido.

No, no era dinero. Tampoco joyas, lingotes de oro o títulos de propiedad. El lugar donde se encontraban parecía más un lugar de torturas que habían convertido en un lugar de gimnasia. Había artículos como banco de pecho, tabla para abdominales, cinta para correr y demás cosas, mezclado con cosas como mazos con pinchos, cuchillas y un inquietante tiro al blanco con un muñeco atado de las muñecas, tobillos y cintura.

Meowth fue el primero en pegar un grito.

—¿Qué es toda esta basura?

—¿Qué clase de herencia es esta? —agregó Jessie, furiosa.

—¡Es solo equipo de gimnasio!

James al fin pudo soltarse del agarre de ambos. Los enfrentó, mientras el odio parecía brotar por cada poro de su piel.

—¿No lo ven, tontos? ¡Jessebelle los engañó para que bajaran aquí!

—¿Qué? —Jessie tenía varias expresiones mezcladas en su cara: sorpresa, decepción y miedo.

—¿Pero cómo nos vio? —preguntó Meowth, trepado a la cabeza de Jessie.

—¡Par de tontos…! —comenzó a gritar James, pero su rostro palideció al ver a sus padres entrando a la habitación, seguida de Jessebelle.

—Tu madre y yo estamos cansados de esperar que tú madures —dijo su padre.

—James, es hora de que enfrentes la realidad.

Jessebelle se dirigió a una mesa y tomó un largo látigo que estaba allí. Se giró hacia James, con una sonrisa psicópata. Hizo chasquear el látigo a sus pies.

—Ya no harás lo que te dé la gana —volvió a chasquear el látigo. Parecía saber muy bien cómo utilizarlo—. Ahora obedecerás a Jessebelle. ¡Que empiece la doma!

Meowth miró a Jessie.

—Aunque no lo creas, empiezas a gustarme más que ella.

—Gracias por el cumplido.

Los padres fijaron su vista directamente a Meowth y a Jessie, cosa que los puso nerviosos.

—Creo que ya nos vieron —dijo el felino.

—¿Creen que somos unos estúpidos? —dijo su padre.

—Solo los ignoramos hasta que trajeran a James aquí abajo en este calabozo.

—Nos ven —murmuró Meowth.

—Y ahora no nos ven —Jessie sacó una bomba de humo de su bolsillo y la arrojó a sus pies, llenando todo el lugar de un humo blanco.

James, con los ojos llorosos a causa del humo, comenzó a tantear a ciegas, buscando a sus amigos.

—¡Jessie, Meowth! ¡No me dejen aquí! —comenzó a gritar. Un golpe seco en la mandíbula fue toda la respuesta que recibió. James casi cayó hacia atrás, pero logró mantener el equilibrio. Jessebelle apareció justo delante de él. Al parecer, ella lo había golpeado con el mango del látigo.

—Por fin estamos juntos y estoy muy feliz —dijo, mientras el humo comenzaba a disiparse.

James entró en pánico. Aunque todo estaba más claro, no lo era lo suficiente. Chocó contra un par de artefactos de gimnasia, mientras ella intentaba alcanzarlo con su látigo.

—No escaparás de mi esta vez, James —le canturreó ella, mientras lo perseguía. Sus padres solo lo miraban, divertidos.

—¡Si ustedes no fueran tan malos padres, detendrían a esta loca! —les decía. En ese momento. Jessebelle enganchó con su látigo el tobillo de James y cayó de cara contra el suelo. Se irguió a medias, saboreando el sabor de la sangre mezclada con el polvo. Recién ahí pudo ver a Jessie y a Meowth, tirados al lado de la puerta. Parecía que estaban inconscientes.

—James, yo sabía que vendrías por mi —le dijo Jessebelle, mientras sacaba una pokebola—. ¡Yo te elijo, Vileplume!

James pegó la espalda contra una caja, aterrado. Jessebelle tenía un Oddish cuando era niña. Obviamente esa era la evolución final de ese pokemón.

—Vileplume, usa Paralizador para detener a James y evitar que escape.

—Vileplume —dijo el pokemón. Apuntó su flor hacia James y arrojó un chorro de un gas brillante de color marrón. James intentó huir, pero ya era tarde: sus músculos se endurecieron y no tardó mucho en caer al suelo.

Jessebelle se acercó a él, sonriendo.

—James, querido, yo haré de ti un caballero aunque tenga que destruirnos a ambos. ¡Hopkins!

—¿Si? —dijo el mayordomo, detrás de él.

—¿Quieres por favor traer una escoba grande para sacar toda esta basura?

—Si —respondió el mayordomo. James sintió el ruido como de objetos pesados que eran arrastrados y alejándose de él.

Jessebelle se dirigió a sus padres.

—Déjenme con James a solas. Me encargaré de él.

—Como digas, querida —respondió su madre y salieron ambos de la habitación.

Solo quedaron los dos solos.

—Vileplume, regresa —le dijo a su pokemón, regresándolo a su pokebola. Se agachó para poder ver a James de cerca—. Vas a ser mío.

Agarró a James por debajo de los brazos y lo arrastró hasta el sillón rojo para hacer abdominales. A pesar de que él era peso muerto por culpa de parálisis, Jessebelle logró levantarlo sin mucho esfuerzo. Una vez había escuchado decir que los locos tenían el doble de fuerza que una persona normal.

—Lamento que tenga que ser en estas circunstancias, mi querido James… Pero ya esperé demasiado.

Jessebelle se subió encima de él, sobre sus caderas. ¿Qué pretendía hacer? Solo se le ocurrió una cosa…

—No —dijo, de manera casi inaudible. Sus brazos y piernas se negaban a obedecerlo.

—Si —sonrió ella, acercando su rostro al suyo—. Eres un hombre, James, no le puedes decir que no a una flor delicada como yo.

Lo besó en los labios, importándole poco la sangre que había en ellos. Metió su lengua dentro de la boca, sin que él pudiera impedirlo. Ella se acercó a su oreja.

—Eres tan hermoso —le susurró al oído y le mordisqueó el lóbulo de la oreja. James soltó un gemido, mientras las lágrimas comenzaron deslizarse hasta su sien. Ella lo estaba violando y a nadie le importaba. Nadie vendría en su ayuda, nadie.

Jessebelle dejó de jugar con su oreja y comenzó a morder y a chupar su cuello. Cuando se cansó del juego, se apartó un poco de él.

—Deberías estar agradecido que una mujer como yo se fijara en ti —le espetó, mientras abría su saco y le desabrochaba uno a uno los botones de la camisa—. Te gustará y luego me lo vas a agradecer, lo sé —acarició su pecho, arañándolo con fuerza—. Vamos a ser muy felices juntos.

Sus dedos bajaron hacia los botones de su pantalón. James cerró los ojos con fuerza. No quería ver como esa psicópata lo violaba.

De pronto, sintió como alguien corría en dirección a donde se encontraban, seguido de un grito de terror de parte de Jessebelle. El peso sobre sus caderas había desaparecido.

James abrió los ojos. No veía lo que pasaba, ya que estaba acostado boca arriba y solo podía mirar el techo. Pero escuchaba los gritos de Jessebelle en el suelo, mezclado con unos gruñidos que le eran muy familiares.

—Growlie —apenas pudo pronunciar las palabras. Los gruñidos se detuvieron y sintió algo como unos dientes que le tiraban del saco hasta que cayó del sillón pero, en lugar de caer al suelo, cayó encima de alguien.

Recién ahí pudo ver a Jessebelle. Estaba sentada en el suelo, gritando y aferrándose el brazo derecho por encima del codo, el cual estaba bañado en sangre. Pero solo pudo verla durante un momento, ya que lo que tenía bajo su vientre comenzó a alejarse del lugar.

Subieron las escaleras a paso normal, para que James no se cayera. Al terminar de subirlas, Growlie comenzó a correr por el pasillo. En una parte, pegó un salto hacia una ventana, rompiendo los cristales. Sin detenerse, siguió corriendo hasta entrar a lo que identificó como la segunda mansión: la perrera de Growlie.

El pokemón lo depositó como pudo encima de un sillón de dos cuerpos de color verde .De inmediato, comenzó a escuchar unas voces a su alrededor.

—Debe haber sufrido los efectos de la parálisis también—dijo la voz que identificó como la del bobo mayor—. ¿Dónde está el antídoto?

—Yo lo tengo —respondió una voz inconfundible: la de Jessie.

Ella se inclinó sobre su rostro, con los ojos llenos de angustia y vergüenza. Meowth estaba equivocado: no se parecía en nada a Jessebelle.

Le hizo tomar algo de una pequeña botella y no tardó en hacer que sus músculos volvieran a aflojarse. Se sentó en el sillón, con un quejido.

—No te esfuerces —le dijo Jessie, tomándolo del brazo con ambas manos.

James echó un vistazo a su alrededor. Estaban en una pequeña sala de estar con una chimenea. En un sillón a su izquierda, estaban sentados los tres bobos, mientras que Meowth estaba sentado solo del otro lado.

Growlie se sentó al lado de James, agitando la cola. Tenía un poco de sangre en el hocico, que le pertenecía a Jessebelle. James se la limpió con la manga del traje.

—Me salvaste, Growlie. Gracias —le dijo. Growlie ladró y le lamió toda la cara, feliz. Una vez que terminó, se dirigió a los otros — ¿Qué hacen aquí?

—Bueno —el bobo mayor sonaba incómodo—, los seguimos hasta el sótano y el paralizador de Vileplume nos afectó a nosotros. Tu mayordomo nos echó a la puerta de la mansión junto con Jessie.

—Nosotros íbamos a recatarte, James, pero nos desorientamos con el humo y terminamos chocando de frente contra una pared y perdimos el conocimiento, además de la parálisis —agregó Jessie.

—Yo me recuperé primero —explicó Meowth—. Estábamos en la puerta de la mansión y el bobo mayor me dijo que había una poción anti paralizante en la mochila y así todos se recuperaron. Luego escuché a tu pokemón, que estaba encerrado aquí y lo ayudamos a salir.

Jessie le ayudó a abrocharse los botones de la camisa, con una expresión rara en su rostro, como si quisiera adivinar el motivo por el que estaba así. Despegó los labios, como si quisiera preguntarle, pero miró de reojo a los bobos y dijo:

—Te digo algo, James: esa prometida tuya es despreciable.

— Les dije que era como Jessie —opinó Meowth

Jessie apretó los puños.

—Sigue así y vas a perder el amuleto de vuelta —lo amenazó.

James suspiró.

—Ella es la razón por la que huí de esta mansión. En cuanto fue anunciado nuestro compromiso, ella comenzó a seguirme a todos lados, tratando de cambiarme. Nada le gustaba. Cuando me metieron en el tecnológico y desaprobé, aproveché para huir y ser libre por primera vez en mi vida.

"Desde que era niño siempre odié como las clases altas tenían reglas para todo. Jessebelle era muy estricta y casarme con ella hubiera sido el peor error de mi vida. Growlie fue mi único amigo en esta mansión"

James acarició a su pokemón de fuego, el cual cerró los ojos, disfrutando las caricias. Pensó en llevárselo, pero sabía que no podía. Se había criado toda la vida como un Growlithe mimado y llevarlo a una vida de delincuencia y hambre no era justo para él.

—Tener mucho dinero no siempre te hace feliz, supongo —comentó la boba.

—¿Quién dijo que ser tan rico era tan malo? —cuestionó Meowth.

La puerta de la sala se abrió de par en par y apareció Jessebelle y su Vileplume. Parecía una imagen sacada de una pesadilla. Por si su rostro psicópata no era suficiente, su brazo ensangrentado, tiñendo de rojo la manga blanca de su vestido, la hacía mucho más temible.

—Mi dulce James, no puedes escapar de mi —sonrió, como si no le doliera la herida.

—¡Déjame en paz! —le gritó James, parándose de golpe. Growlie se puso al frente, gruñendo.

—¡Arbok, yo te elijo! —gritó Jessie, lanzando su pokebola.

—¡Chabok!

En lugar de enfrentarse al Vileplume, se dirigió a Jessie y comenzó a lamerle la mejilla.

—¡Arbok, no es tiempo para jugar, tenemos una batalla en frente! —lo retó Jessie. Arbok entendió y se puso delante de ella, a la defensiva.

—¡Vileplume, paralizador!

—¡Picotazos venenosos!

—¡Pikachu, Impactruenos! —gritó el bobo.

—¡Growlie, lanzallamas!

Los tres ataques se fusionaron en uno solo y le pegaron de lleno al Vileplume, el cual se incendió. Jessebelle pegó un grito de horror y salió corriendo, mientras su Vileplume lo perseguía.

—Eres el mejor —le dijo James a su Growlie, quien comenzó a ladrar, satisfecho con el resultado. Se dirigió a los otros—. Mejor salgamos de aquí, antes de que regrese. Síganme.

James los guió hasta el exterior, por la puerta de servicio. No había nadie, solo los árboles y algunos Pidgey revoloteando alrededor de las copas.

—Si siguen en esa dirección, encontraran un muro, lo habrán visto cuando entraron. No es difícil de escalar, con el pokemón adecuado.

—¿Y ustedes? —preguntó el bobo.

—El globo no está lejos de aquí y aprovecharemos que Jessebelle está asustada para escapar. Ahora váyanse, antes de que alguien los vea.

Los bobos no se hicieron de rogar y salieron corriendo por el jardín, perdiéndose entre los árboles.

James se agachó y acarició a su Growlithe. Probablemente fuera la última vez que lo hiciera, pero era mejor que condenarlo a tener su vida.

—Nos volveremos a ver algún día, Growlie. Debo irme.

El pokemón lanzó un aullido de dolor. James cerró los ojos. No quería ver esos ojillos marrones llenos de lágrimas y reproche.

—Entiende, Growlie, no puedo llevarte conmigo. La vida que llevo… no es para alguien como tú. No te preocupes, sé cuidarme solo —se levantó del suelo—. Chicos, al globo.

—¡Espera! —lo detuvo Meowth—. ¡Que venga con nosotros!

—¿Y que se muera de hambre ? No, Meowth, no se lo deseo ni a los bobos.

—Escucha, James: Growlie le dio un buen mordisco a la loca en el brazo. ¿No crees que ella quiera vengarse?

James tragó saliva. No había pensado en eso.

—¿Sabes la peor manera de matar a un pokemón? —siguió Meowth—. Poner vidrio molido mezclado en la comida. Eso te desgarra todo el sistema digestivo y es una muerte lenta y dolorosa. Créeme, ya lo vi.

James miró a su Growlie, temblando ante la posibilidad de que eso pasara.

—Ahora que lo pienso —se metió Jessie—. Cuando yo era niña, una Nidorina de un vecino atacó a un niño y los padres del chico lo obligaron a que se deshiciera de ella. No sé si se refirieron a abandonarla o a matarla, pero ningún escenario es bueno.

—Dejarlo aquí sería una sentencia de muerte, James, piénsalo. Trabajaremos duro para poder llegar con la comida, ¿sí?

James miró a Growlie, quien no despegaba la vista de él, a la expectativa.

—¿Quieres venir conmigo?

Growlie ladró, moviendo la cola.

—No creo que tenga que traducirte eso, ¿no? —sonrió Meowth.

—Claro que no —dijo James, acariciando la cabeza de Growlie y sacando una pokebola vacía de su bolsillo—. Bienvenido al equipo, compañero.


Viajaron casi todo el día en el globo, solo parando una vez para recargar el combustible y recoger agua y bayas para comer. No se detuvieron hasta el crepúsculo, donde decidieron acampar en el bosque.

James había estado muy callado desde que salieron de la mansión y Jessie no se atrevía a hablarle. Se había cegado tanto ante la posibilidad de ser millonaria que no había pensado en James y su fobia a las mujeres. Claro, Jessebelle había sido quien le había provocado el trauma y probablemente lo que había pasado en la mansión lo había acentuado aún más. No había ignorado las marcas en el cuello y la camisa desabrochada. ¿Qué tanto habría pasado en el tiempo que estuvieron solos en el sótano?

Growlie y Meowth dormían juntos alrededor de la fogata. Era increíble como los dos se habían hecho amigos en tan poco tiempo. Bueno, era el más sociable del equipo, a diferencia de ellos dos, que apenas podían hablar con otras personas sin sentirse incómodas. En cuanto a James, estaba cosiendo una rasgadura en la manga de su uniforme. Al costado tenía una pila más de ropa, lo cual quería decir que no tenía intenciones de dormir.

—¿James? Puedes coser la ropa mañana. Te va a hacer mal a la vista.

James no respondió. Siguió cosiendo como si no la hubiese escuchado. Jessie soltó un suspiro.

—Lamento lo que pasó, James. No creí que la situación fuera tan grave. Creí que estabas exagerando.

James resopló por la nariz.

—Supongo que el dinero era demasiado tentador —murmuró James, sin levantar la vista.

Jessie torció la cabeza para no mirarlo.

—Cuando la vi con el látigo, me preocupé en serio. Quise sacarte de allí, pero me desorienté y me golpeé la cabeza. Y luego me sacaron de la mansión.

—Debí haberles contado la verdad, aunque tal vez no hubiera servido de nada —respondió James, con la voz apagada.

Jessie se acercó a él a pasos lentos y se arrodilló.

—James… ¿Qué pasó en el sótano?

Los hombros de James se crisparon.

—No tienes que contarlo si no quieres, pero guardarte cosas no le hace bien al alma.

James terminó de coser su uniforme y se quedó quieto.

—Ella me arrastró a un sillón de abdominales, se me subió encima y… —James cortó la frase en el aire. De todos modos, no era necesario continuar.

—Voy a buscar a esa desquiciada y la voy a desmembrar viva para que Arbok se la trague.

—Olvídalo, Jessie. Con estar lejos de ella es suficiente.

—¡Pero no puede quedar así! Ella…

—No llegó a hacerlo, Growlie me salvó. Todo está bien. Lo único que me interesa es alejarnos de mi casa y olvidarnos que esto alguna vez pasó.

Jessie se puso a su lado y lo abrazó, enterrando su cabeza en el cuello.

—Lo siento, James —murmuró ella. James le correspondió el abrazo—. No volveré a obligarte a nada nunca más.

— Está bien, Jessie, ya pasó.

Jessie levantó la cabeza, confundida y algo enojada.

—Se supone que yo tengo que consolarte a ti, no al revés.

James se rió. El sonido de su risa fue música para los oídos de Jessie. A pesar de toda la situación, tenía fuerzas para sonreír.

—Jessie, necesito decirte algo.

—¿Si?

James se retorció los dedos. Parecía que le costaba mucho hablar.

—Jessie, desde que conocí a Jessebelle le tengo pánico a las relaciones y a las mujeres. Estuve escapando toda mi vida de ellas… Pero…

—¿Pero?

James se remojó los labios.

—Tú eres la única a la que puedo abrazar y no sentir miedo en absoluto, a pesar del carácter que tienes —Jessie frunció el ceño y James soltó una risita—. Siento que eres la única mujer en mi vida, Jessie.

El corazón de ella latía a toda prisa. No se atrevía ni a respirar, por miedo de que James se callara y no volviera a hablar.

—Creo que no puedo ocultarlo más. Estoy… Estoy enamorado de ti, Jessie. Desde hace mucho tiempo.

Jessie se quedó congelada en donde estaba. Ni siquiera podía pestañar. Si era un sueño, no quería despertar.

—Sé que no soy el hombre soñado. Solo soy un delincuente que renunció a su fortuna a cambio de la libertad. Sé que soy poca cosa para ti. Si quieres, podemos hacer que nunca dije esto y podemos seguir siendo amigos con derechos y no volveré a …

Jessie se tiró encima de él y lo calló besándolo en los labios. James tardó un par de segundos en corresponderle y acariciar su espalda.

—Siempre te amé, James —le respondió ella cuando se separaron—. Eres un hombre único, diferente de todos los idiotas que pasaron por mi vida. No me importa si eres rico o no, pero no quiero perderte nunca. Eres todo lo que necesito.

James sonrió y le besó la punta de la nariz.

—¿Somos novios, entonces?

—Me parece que sí.

—Sí, sí, los felicito, ¿pero me pueden dejar dormir de una maldita vez? —gruñó Meowth, desde su posición.

—Cállate, Meowth —dijeron ambos al mismo tiempo y se acurrucaron en la fogata, pasando así su primera noche como pareja.

Bueno, ya está, son pareja. ¿Felices? Espero que sí.

Pero esto apenas empieza gente. Apenas empieza (imagínenme frotándome las manos como Randall, de Recreo).

Todo review se agradece.