Un nuevo día se presentaba la mañana siguiente, y una nueva jornada de ensayos después de las clases se avecinaba. Yuzu parecía más confiada para representar aquella escena romántica con la presidenta; las suaves y tiernas prácticas que había realizado junto a ella la noche anterior parecían haber sido de utilidad. Beso tras beso controlado, tratando de no disfrutarlo demasiado, fueron los que acabaron acostumbrando a ambas a mostrar aquel gesto de cariño en público sin sentirse cohibidas o, directamente, incómodas. Al principio, para Yuzu pareció incluso cruel el hecho de tener que aparentar normalidad ante un beso de Mei, pues se dejaba llevar y los devolvía más apasionados, hasta que era detenida por la propia presidenta. Pero poco a poco pudo ir concienciándose de lo que iban a representar juntas; no era un beso como los que se solían regalar habitualmente, sino uno mucho más mecanizado y fríamente calculado.
—Estoy segura de que todo saldrá bien hoy en los ensayos, Mei —le habló la chica rubia, mientras ambas salían de su hogar y emprendían su camino hacia la Academia Aihara—. Ayer conseguimos un beso verdadero de película y hoy podremos repetirlo para ensayar la escena completa. ¡A la vicepresidenta Maruta le encantará!
—Ciertamente… —Mei parecía estar de acuerdo con Yuzu—, aunque espero que no debamos repetirlo muchas veces.
—¿Crees que la vicepresidenta pueda no estar conforme con nuestra actuación? —preguntó.
—Está muy entusiasmada con la obra, tanto… que a veces asusta —dijo Mei, rodando levemente los ojos. Era claro que la vicepresidenta de las gafas le causaba pesadez a veces, sobre todo cuando se trataba de algo que le gustaba a tal nivel.
—Es una gran aficionada del misterio, ¿eh?
—Mucho —sentenció Mei—, y suele ser bastante molesta a veces —añadió, frunciendo el ceño.
—Pero me alegro de que tenga algo que le apasione tanto —afirmó Yuzu, provocando una rápida sorpresa en su compañera. Mei se detuvo y se giró hacia ella.
—¿Tienes algo que te apasione? —preguntó con total inocencia. Parecía preocupada al pensar que Yuzu podría sentirse vacía al no tener demasiados hobbies.
—¿Mm? —se detuvo y, en cuanto miró a Mei, supo que se estaba preocupando por ella—. ¡Tranquila, estoy bien! No tengo demasiadas aficiones, pero soy feliz. Además… —pareció pensarlo dos veces antes de continuar, pero finalmente lo hizo, dibujando la mejor de sus sonrisas—, ya soy fan incondicional de tus besos, Mei…
—Tenías razón —respondió la presidenta, visiblemente aliviada, para después mostrar indiferencia—, me estaba preocupando demasiado. Mejor no seas aficionada a nada —y acto seguido, siguió caminando.
—Me encanta cuando eres tan romántica… —comentó Yuzu con ironía, antes de seguirla.
—Afirmas cosas tan serias con tanta facilidad —se quejó Mei, sin mirar atrás.
—¡Pero eso no quiere decir que no sea verdad! —replicó la chica rubia.
Los inocentes reproches de Mei se extendieron hasta que llegaron a la misma entrada principal de la academia. No le molestaba que Yuzu a veces se expresara de aquella forma, pero la timidez la invadía por completo hasta tal punto que no sabía cómo responder. Antes que admitir su vergüenza, era más sencillo quejarse.
Ambas se dirigieron a su clase a través de uno de los muchos pasillos de la academia. Lleno de aulas hasta su final, Yuzu y Mei caminaron hasta llegar a la suya; pero, antes de poder siquiera entrar, una figura de más altura que ellas se hizo presente en mitad de su camino. El hecho de estar a contraluz por la claridad que entraba por las ventanas del aula hizo que aquella figura adquiriera cierta aura siniestra, lo que provocó un sobresalto en las dos estudiantes.
—Una reacción de lo más interesante, Yuzu-pon… —dijo Shiraho, quien se mostraba curiosa tras haber asustado a las dos chicas de segundo curso.
—Tenías que ser tú… —afirmó Yuzu, una vez recuperada de aquella sorpresa.
—¿Ocurre algo? —preguntó Mei a la estudiante de tercero, ya que era extraño verla en un aula que no era la suya.
—Sí… Se va a suspender el ensayo que estaba previsto para hoy —Shiraho se llevó su mano al rostro y mostró aquella postura suya tan característica, la cual daba a entender sin dar lugar a dudas que comenzaba a analizar la situación—. Quizás haya alguna razón que aún no sepamos…
—¡Pero no pueden suspenderlo! —replicó Yuzu. Después de lo mucho que intentó representar aquel beso con su hermanastra, no deseaba que hubiera sido en vano.
—Ayer Himeko me llamó —interrumpió Mei—. Me dijo que su futuro marido se había presentado antes de comenzar el ensayo y que tuvieron una discusión bastante desagradable. Quizás hoy se ha agravado.
—Así que la pelea de ayer a las 15:47 fue entre la vicepresidenta y su futuro marido… —murmuraba Shiraho.
—Pero ¿cómo te enteras siempre de todo? —le preguntó Yuzu a su compañera de curso superior.
—Observando… —respondió ésta.
—Por cierto, Mei —la llamó Yuzu—, no sabía que Momokino-san tenía un futuro marido.
—Muchas chicas de esta academia tienen matrimonios ya establecidos por sus familias —le explicó la presidenta.
Y aquello era cierto; incluso recordaba habérselo escuchado a Harumi en alguna ocasión. La Academia Aihara era una escuela femenina para familias de alto poder adquisitivo, y eso traía a veces enlaces empresariales disfrazados de matrimonios pactados. Yuzu nunca había entendido ese tipo de enlaces, pero las alumnas de aquella escuela parecían ya acostumbradas a ese tipo de acuerdos.
Aun así, la chica rubia no quería rendirse. Ya no era solo por el hecho de haber practicado besos insensibles con Mei, sino también porque la fecha del estreno de la obra se acercaba día tras día y debían, al menos, realizar un ensayo general con todo el reparto para posibles dudas que pudieran surgir. Así que, en cuanto las clases dieron por finalizadas, Yuzu se puso en pie la primera y, sin siquiera avisar a su amiga Harumi, salió del aula. En cuanto Harumi y Mei la vieron correr con entusiasmo a través del umbral de la puerta, supieron exactamente adónde se dirigía. Ambas se miraron entre sí, como esperando a que la otra se levantara para también ir detrás de la chica rubia y evitar otro de sus impulsos repentinos. Finalmente, Mei asintió en señal de aprobación y las dos estudiantes se levantaron de sus asientos de forma sincronizada.
Yuzu había llegado ya a la sala donde realizaban los ensayos; pero aquella puerta estaba cerrada y tampoco tenía demasiada intención de abrirla, pues se alcanzaban a oír gritos de discusión en el interior y una de esas voces pertenecía a la vicepresidenta Momokino Himeko. Mei y Harumi habían llegado pocos segundos después, pero igualmente se habían quedado paradas frente a aquella puerta.
—¿Deberíamos irnos? —preguntó Harumi a las otras dos, en voz baja.
Pero Yuzu no estaba dispuesta a aceptar aquella propuesta. Aunque nunca se hubiera llevado del todo bien con Momokino, jamás permitiría que aquel hombre le hablara de ese modo, pues los insultos escuchados desde el interior de aquella aula eran cada vez más ofensivos. La chica rubia se armó de valor y abrió la puerta de forma enérgica, queriendo llamar la atención de las personas que allí se encontraban.
—¿Qué está ocurriendo? —dijo con autoridad. Echando un primer vistazo al interior, pudo ver que no solo Momokino y su futuro marido, el señor Minami, estaban presentes, sino también la vicepresidenta Maruta y la antigua presidenta del consejo de estudiantes, la temida Taniguchi Mitsuko.
—¡He-hermana! —se sorprendió Harumi. Verla allí era lo último que esperaría ese día.
—¿Nadie te dijo que entrar sin llamar es de mala educación? —se impuso Mitsuko, visiblemente molesta.
—¡Fuera de aquí, niñata! —gritó el hombre, clavando su mirada en Yuzu como si en cualquier momento fuera a correr hacia ella para golpearla.
—¡Por favor, cálmense todos! —intervino Maruta, para luego dirigirse a las recién llegadas—. Solo estábamos debatiendo algunos detalles de la obra, por eso Micchan está aquí —dijo, refiriéndose a su amiga de confianza, Mitsuko—. Me está ayudando en la dirección del espectáculo. Y la discusión ha surgido de repente, no queríamos formar alboroto.
—Así que sí ocurría algo grave… —se oyó a Shiraho en ese instante, la cual había conseguido colocarse detrás de las estudiantes de segundo sin que se dieran cuenta.
—¡La culpa la tiene este imbécil de aquí! —gritó Momokino, mientras apuntaba con el dedo a su futuro marido. Acto seguido, se dirigió a él—. Voy a pedir la anulación de nuestro compromiso.
—Puedes anular lo que te venga en gana —respondió el hombre, al mismo tiempo que se acercaba a Momokino para intimidarla, llegando incluso a forcejear con ella—, ¡pero no mancharás el nombre de mi familia con tus juegos de adolescente!
Tanto Yuzu como Mitsuko corrieron de inmediato hacia Minami e intentaron apartarlo de Momokino. Tras ellas, Mei y Harumi se colocaron entre los dos para evitar que la alcanzara, pero ese día Momokino no parecía tenerlo todo dicho en aquella discusión; inevitablemente, vio cerca de ella una pistola de clavos, aquellas que se utilizan para fijar los decorados en las obras de teatro, y la sujetó como un arma hacia él. Maruta se dio cuenta de ello y gritó de horror, pues una pistola de clavos de esa envergadura sería capaz de atravesar partes vitales del cuerpo humano debido a su gran potencia de disparo. El grito de Maruta alertó a Mei y Harumi que, asustadas, se apartaron de su camino y elevaron sus manos en señal de rendición; Harumi, incluso, llegó a caer al suelo en su intento por cubrirse.
—¡Momokino-san, suelte eso, por favor! ¡Es muy peligroso! —advertía Maruta a voz en grito.
—¡Acércate a mí si te atreves! —le gritaba Momokino a su futuro marido, al borde de la histeria.
—¡No dispares! —se unió Harumi.
Yuzu se quedó paralizada al ver la pistola de clavos apuntando hacia ellos. Hacía varios segundos que Mei había comenzado a vociferar una y otra vez, casi ordenándole que se apartara del área de peligro que Momokino dibujaba al apuntar con aquella pistola, pero ya sus oídos no alcanzaban a escucharla.
Sin embargo, Shiraho aprovechó el estado de nerviosismo de Momokino para aproximarse rápidamente hacia ella e intentar arrebatarle la pistola de clavos. Los gritos de horror volvieron a escucharse al ser testigos de cómo la vicepresidenta se resistía a que se la quitaran y la boca de la pistola iba apuntando en todas direcciones, sin saber cuándo sería accionado aquel peligroso gatillo.
—¡Suéltame! —trataba de zafarse Momokino—. ¡Suéltame de una vez!
En aquel instante, Shiraho consiguió que la pistola de clavos fuera a apuntar hacia abajo, poniendo a salvo a los presentes. Momokino trataba de alzarla de nuevo, pero Shiraho no se lo permitía.
Y el gatillo finalmente se accionó.
Al principio parecía reinar el silencio, tan solo unos instantes. Pero todos en aquella sala pudieron después oír el grito desgarrador de Momokino Himeko, que entre sollozos se llevaba su mano libre a su zapato. Shiraho rápidamente buscó en sus bolsillos un pañuelo con el que presionar en su pie y, al levantarlo de nuevo, todos pudieron verlo manchado de sangre. La pistola de clavos había castigado, finalmente, a su propia portadora, clavando uno de sus afilados clavos en el pie de Momokino.
—Dios… mío… —dijo Harumi, aún en el suelo. Parecía haber hablado sin pensar a causa de la impresión.
—Hay que llevarla a la enfermería, ¡y rápido! —propuso la antigua presidenta, Mitsuko.
Momokino se intentó apoyar en Shiraho para ponerse en pie ella misma, pero la propia Shiraho acabó ayudándola y guiándola fuera de la sala. Yuzu se acercó de inmediato a ellas y sujetó también a la vicepresidenta para, entre las dos, llevarla a la enfermería de la academia. Himeko seguía quejándose por el dolor, pero nadie la culpaba por ello; acababa de dispararse a sí misma un clavo en el pie.
El camino a la enfermería fue lento y angustioso; Momokino se quejaba cada pocos metros y maldecía a su futuro marido sin piedad. Mei las siguió de inmediato al ver cómo Yuzu y Shiraho salían con ella de aquella sala, pues estaba realmente preocupada por su propia amiga. El susto había sido tremendo, aunque eso no impidió la marcha del malhumorado futuro esposo de Himeko que, con suma frialdad, se retiraba sin siquiera preguntar por ella.
La enfermería, sin embargo, parecía encontrarse vacía cuando las cuatro estudiantes llegaron. Mei se molestó enseguida, aunque sabía que su enfado no era justificado; más bien, eran los nervios los que hablaban por ella.
—¿Y qué si no hay médica? —dijo Momokino, tan irritada como en el resto del camino—. Yo me quedaré aquí a esperarla.
—De todas formas, en cuanto te vea, te dirá que hay que trasladarte al hospital… —comentó Yuzu, ayudándola aún a mantenerse en pie junto a Shiraho.
—¡Pues eso mismo! —respondió Momokino, liberándose de sus compañeras e intentando avanzar a saltitos sobre su pierna sana.
—Al menos parece que no ha sangrado mucho en el camino hasta aquí —dijo Yuzu.
—Yo me quedaré con ella —se ofreció Mei—. Hablaré con la médica y le explicaré lo que ha ocurrido.
—¡Ni hablar! —protestó la vicepresidenta—. ¡Tienes que coordinar el ensayo de hoy!
—¿Ensayo de hoy? —Yuzu se extrañó al oírlo, pues la propia Shiraho las había avisado a ella y a Mei anteriormente, comunicándoles que el ensayo de ese día había quedado cancelado—. ¿No había quedado suspendido?
—¿Suspendido? ¡Ojalá! —contestó Momokino, apoyándose en el marco de la puerta y girándose para responder a la chica rubia—. Si se hubiera suspendido, no tendría que haber lidiado con ese inútil —dijo, dando a entender que se refería a su futuro marido.
—Pero Shira-pon vino a nuestra aula a decírnoslo —explicó Yuzu.
—La antigua presidenta dijo eso —habló Shiraho—, que no habría ensayo.
—Pues me temo que no es así —admitió Momokino—, hoy no se ha suspendido nada.
Tanto Yuzu como Shiraho se preguntaron qué podría haber pasado para provocar aquel malentendido acerca de los ensayos de ese día. Mei no mostraba la misma expresión, pues más que extrañada estaba preocupada; ahora sabía que la antigua presidenta, Taniguchi Mitsuko, le había mentido a la estudiante de tercer año. No entendía con qué fin, pero ese detalle podría haber estropeado todo lo organizado para ese día, ya que Shiraho acudió a ellas para comunicar la falsa noticia.
—Himeko —se hizo oír Mei—, creo que no podré quedarme. Debo hablar con alguien de inmediato.
—¿Qué ocurre, Mei? —le preguntó Yuzu, dudosa.
Pero la cordial y reservada presidenta solo tuvo tiempo para decir «No es nada», antes de darse media vuelta y caminar con paso firme de regreso a la sala de ensayos. Yuzu, precavida pero curiosa, decidió seguir a Mei a una distancia prudente para no molestarla y averiguar por sí misma qué era lo que la había hecho reaccionar así. Shiraho, al ver que la chica rubia se marchaba de allí, se despidió rápidamente de Momokino y acompañó a Yuzu en su espionaje escolar.
Por aquí os dejo un capítulo más. Cualquier detalle que queráis comentarme podéis expresarlo mediante reviews públicas o mensajes privados, pues estaré encantada de recibirlos. Y sí, una pistola de clavos para decorados de teatro puede llegar a ser un arma bastante peligrosa, y más si se usa a una distancia reducida. Y bueno, por mi parte queda todo dicho. Espero que os parezca entretenido lo que venga.
Aprendiz de Agatha Christie,
Kyomori.
