La actual presidenta del consejo estudiantil acababa de llegar al aula de los ensayos para la obra. Se podía apreciar ya igualmente la llegada de algunas de las actrices que ayudaban en ella, completamente ajenas a lo que había sucedido anteriormente, pero que permanecían en el pasillo a la espera de que las dejaran pasar al interior. En aquella sala aún se encontraban Maruta Kayo y Taniguchi Mitsuko, que seguían hablando entre ellas con cierta discreción. Mei estaba dispuesta a plantarles cara a ambas, y sobre todo a Mitsuko; tenía fama de involucrarse en asuntos que ya no eran de su incumbencia desde hacía tiempo. Yuzu, oculta detrás de una de las esquinas del pasillo y acompañada de Shiraho, necesitaba acercarse un poco más a aquella puerta del aula en cuestión, puesto que no oiría nada si Mei llegaba a entrar y cerrar dicha puerta tras de sí.
—Debemos acercarnos más, Shira-pon —advertía Yuzu.
—Quizás debería haber traído el equipo de espionaje de mi familia hoy… —se lamentó Shiraho.
—¿El qué? —la chica rubia parecía no haber escuchado del todo la intervención de su compañera.
Tal y como había temido Yuzu, vio en ese momento cómo Mei pasaba el umbral de la puerta de aquella sala y cerraba desde dentro. Era claro que desde allí no podrían escuchar nada, y menos aún si Shiraho había olvidado tan importante equipo que, según ella, poseía su familia. Sin embargo, con la entrada a la sala cerrada, podrían acercarse tanto como quisieran sin ser vistas. Así pues, ambas se aproximaron con cautela hacia aquella puerta que tanto misterio ocultaba y se colocaron una a cada lado de ésta.
En el interior, Mitsuko y Maruta habían notado ya la presencia de la joven presidenta ante ellas. Su rostro mostraba preocupación, aunque también podía percibirse cierta confusión en sus ojos color violeta. Las allí presentes guardaron silencio, señal de que le otorgaban el turno de palabra y que podía entablar conversación con ellas y, así, exponer sus pensamientos.
—¿Es cierto que hoy se había programado un ensayo para la obra? —preguntó Mei, sin dudarlo.
—Por supuesto que lo había —afirmó Mitsuko, aún menos dubitativa que la primera.
—¡Ah, cierto! —intervino Matura—. ¿Momokino-san se encuentra ya en la enfermería acompañada de la médica? Esperemos que no sea grave, ella también tenía que actuar.
—¿Y por qué a una de las actrices de la obra se le ha dicho que se ha cancelado? —Mei ignoró por completo a su subordinada y siguió su no tan amigable charla con la antigua presidenta.
—¿Te refieres a Shiraho Suzuran? —preguntó Mitsuko. Tras ver cómo Mei asentía, añadió—: Estamos considerando prescindir de su colaboración en la obra.
A la joven presidenta aquello la pilló completamente por sorpresa. ¿Expulsar a Shiraho después de que todas estuvieron de acuerdo en pedir su ayuda para la obra? Cierto era que no estaban ante la estudiante más amistosa de la academia, y tenía esa extraña afición de observar y descubrir los secretos de los demás, pero tampoco era mala persona. Incluso Yuzu la consideraba ya una amiga más. ¿Qué había cambiado entonces?
—¿Por qué? —exigió saber Mei.
—No necesitas saberlo, Aihara —respondió Mitsuko, con tanta frialdad que consiguió inquietar a la estudiante—. Limítate a representar tu papel.
Mei no daba crédito. Primeramente, por el hecho de que Mitsuko imponía su autoridad ante ella, cuando ya ni siquiera era estudiante de la academia. Y, en segundo lugar, porque veía a Maruta guardar silencio ante lo que estaba ocurriendo.
Yuzu, aún tras la puerta, pudo llegar a escuchar toda la conversación. Miró a Shiraho tímidamente, sabiendo que debía ser horrible para ella oír todo aquello. Pero, más que responder con un gesto triste, la joven de tercer año parecía mostrarse seria y concentrada. ¿O pensativa, quizás?
—Voy a entrar —habló la chica rubia, en voz baja—. No voy a dejar que lo hagan.
Y fue, como se suele decir, «dicho y hecho», pues rápidamente se irguió y abrió aquella puerta que las separaba de la discusión que las tres chicas en el interior mantenían; aquellas tres chicas que constituían, nada más y nada menos, la dirección de la obra de teatro que iban a representar.
—¡Un momento! —gritó, nada más cruzar su mirada con la de Mitsuko. Yuzu la consideraba la principal enemiga de entre las tres—. ¡No pueden hacerle algo tan cruel a esa chica!
—¿Aihara-san otra vez? —dijo Maruta, al verla presentarse allí por segunda vez ese día.
—¡No tiene derecho a hacer eso! ¡Ni siquiera es estudiante! —continuó Yuzu.
A los alaridos de Yuzu comenzaba a unirse también los susurros y cuchicheos de las estudiantes que esperaban en el pasillo. Incluso una agotada Harumi que por allí deambulaba, después de haber ido a por algo de beber para calmar un poco sus nervios ante el susto que se llevaron con la pistola de clavos, se detuvo de repente al oír la voz de Yuzu. Temerosa por lo que su impulsiva amiga podía llegar a provocar, corrió hacia lugar para intentar detenerla. Habría tenido que enfrentarse a su hermana de no ser por Mei, que tomó la palabra para interrumpir la protesta de la chica rubia.
—¡Yuzu, cálmate! —la regañó—. No tienes por qué intervenir, puedo ocuparme yo —posteriormente, la presidenta devolvió la mirada a Mitsuko para dirigirse a ella—. Y todas sabemos que nadie ajeno a la Academia Aihara puede tomar decisiones en contra del consejo estudiantil.
La prepotencia en la joven presidenta era notable, y es que así lo pretendía. Mitsuko se tomó aquello como una especie de pulso legal, pero era cierto que no podía hacer nada que no pasara antes por la aprobación de Mei. Su mirada hostil se posó en ella sin poder evitarlo.
—Déjalo estar, Micchan —le dijo Maruta a Mitsuko, llamándola por su habitual apodo—. No tienes ningún problema con que Shiraho-san ayude en la obra, ¿verdad?
—No —contestó ésta, aunque ni ella misma parecía creerse su respuesta.
—Pues no hay más que hablar —comentó Mei, con bastante seriedad y queriendo mostrar autoridad—. Y es la última vez que hablamos de este tema.
Una vez dicho esto, Mei salió para comunicar a las chicas del pasillo que podían acceder al interior y empezar con el ensayo programado para esa tarde.
Yuzu estaba conforme con la decisión finalmente adoptada, pero no podía negar que desconfiaba totalmente de la antigua presidenta de la academia. Tenía la sensación de que quería evitar que Shiraho participara en la obra, pero no alcanzaba a comprender qué motivo podría tener para ello.
—Yuzucchi —la llamó Harumi—, ¿se puede saber qué ha pasado ahora?
—Tu hermana estaba pensando en expulsar a Shira-pon de la obra —respondió ésta, aún molesta.
—Ella siempre tan radical… —se quejó Harumi.
—Nadie será expulsada mientras yo me niegue, así que no os preocupéis —habló Mei, acercándose a las tres estudiantes—. Empecemos con el ensayo de hoy.
—Gracias —le dijo Shiraho, con una leve sonrisa dibujada en su rostro. Mei asintió, aceptando así su gratitud.
Todas las alumnas pertenecientes al reparto de la obra pasaron al interior y las representaciones previstas para ese día dieron comienzo. Maruta coordinada a las actrices y organizaba la secuencia de escenas a ensayar, mientras que Mei tomaba notas de posibles arreglos o modificaciones en las mismas. Mitsuko, al no pertenecer a la institución, se despidió cordialmente y abandonó la academia un tanto malhumorada.
—¿Qué ocurrirá con el papel de Himeko? —preguntaba una preocupada Mei a Maruta Kayo. Quizás la vicepresidenta sí tenía algo en mente con respecto a la inesperada lesión de Momokino.
—Supongo que no nos queda más remedio que esperar a los resultados de sus pruebas… Espero que no sea nada grave —dijo ella, antes de dar un largo suspiro. Su tan ansiado espectáculo se veía tambalear ante la posible falta de una de sus actrices. No sabía cómo acabaría aquel indeseado contratiempo.
Era cierto que el personaje de Momokino no tenía excesivo movimiento por el escenario; los cortos desplazamientos y las breves intervenciones en el guion podían ser positivos ahora que existía la posibilidad de que tuviera que ir en muletas o silla de ruedas. En esos momentos, Mei agradecía que su personaje fuera uno de los protagonistas, y no el de su amiga. Además, el club de teatro se encargaría de encarnar el resto de los papeles más relevantes, detalle que también les permitía a las más inexpertas participar sin tener mucha influencia en el resultado final.
Mei se volvió sobre sí misma para comprobar si Yuzu y Harumi estaban listas para su práctica de ese día pero, para su desgracia, quedó embelesada al ver a su hermanastra lucir tan bello vestido. El personaje de Yuzu era una chica con carácter, disciplinada y que trataba en todo momento de no caer en los encantos de otra chica, la cual se desvivía por conseguir aunque fuera un simple beso. Mei encarnaba a esa chica que tanto intentaba conquistar al personaje de Yuzu, con una actitud confiada y despreocupada, pero que también mostraba cierta timidez ante la debilidad que le provocaba el hecho de estar enamorada. Y es que Mei, al igual que su personaje, había quedado cegada por la belleza que Yuzu desprendía con aquel elegante vestido azul.
—¡Estupendo, presidenta! —le dijo Maruta, con gran expectación. Se percató entonces de que ésta se había situado frente a ella—. Está practicando expresiones faciales para las escenas, ¿verdad? ¡Ese rostro de chica enamorada le quedó perfecto!
—¿Qué? —alcanzó a decir Mei, despertando de ese estado de ensimismamiento.
—¡Sé que será el orgullo del consejo! —continuó—. Y es por eso por lo que tiene un papel tan especial.
—Es curioso que lo llames así.
—¡Nadie en toda la academia esperará nuestro final! ¡Estoy ansiosa por ver sus caras de asombro!
La joven presidenta había perdido de vista por un instante a la chica rubia debido a la entusiasmada irrupción de la directora de la obra. Realmente le parecía que estaba preciosa, pero por el momento no se lo diría para no crear mayores distracciones... y mayor timidez a su persona.
—¡Mei! —apareció ella a su espalda, posando ambas manos sobre sus hombros. ¿Solo ella lo imaginaba o es que Yuzu de verdad parecía un ángel recién caído del mismísimo cielo?—. ¿Aún estás así? En unos minutos nos toca ensayar nuestra escena. Debes ponerte tu vestimenta de la obra.
—Ah… Sí, de acuerdo —respondió.
Mei, como era de esperar, no tardó en reaccionar. Fue hasta donde se encontraba su ropa y se dispuso a cambiarse detrás del biombo, colocado allí para que las actrices pudieran vestirse rápidamente. Su estilo para la obra era sencillo; pantalón negro y blusa blanca que le daban apariencia de habitual chica de ciudad, pero sin llegar a ser demasiado formal. Miró a Yuzu una vez más; habría deseado no sentirse tan ruborizada cada vez que posaba sus ojos en ella.
Maruta otorgó su permiso para empezar cuando ellas quisieran; era la hora de demostrar, ante todo el reparto, el beso menos sincero que ambas pudieran fingir. Yuzu, tomando el libreto con el guion de la obra para no olvidar nada, se preparó dando la espalda a Mei, como si hubiera estado huyendo de ella y acabara de ser alcanzada; Mei, por su parte, sujetó su mano con cuidado y comenzó la representación.
—«No importa cuánto me evites si, en realidad, siempre me has amado» —recitaba Mei. Parecía aún algo nerviosa por tener que aparentar esa confianza en su personaje, y que ella misma no poseía en aquellos momentos—. «Acéptalo, por favor, y seamos felices juntas».
—«¿Cómo pretendes que confíe en ti, si eres la principal sospechosa de un crimen?» —siguió Yuzu, volviéndose hacia Mei y leyendo su guion—. «Si fueras una despiadada asesina, ¿acaso no me acabarías matando a mí también?».
—«Déjame demostrarte que jamás te haría daño. Deja que te muestre lo que siento por ti» —Mei pronunció sus últimas palabras antes del gran desenlace, ese desenlace que se culminaría con el tan ansiado beso entre las dos amantes.
En esa ocasión, era la propia Mei la que debía acercarse y besar a Yuzu de improvisto. Por ello, tiró suavemente de su mano para aproximarla un poco más. Yuzu debía contenerse como lo había hecho ya en las múltiples prácticas privadas con la presidenta, y dejar que ella se acercara; estaba segura de que, gracias a ello, lo conseguirían sin mucho esfuerzo. Pero la chica rubia veía que Mei no había vuelto a avanzar hacia ella; más bien, parecía un tanto reservada. «¡No, Mei! ¡Se supone que debes ser más impulsiva, y no tímida!», meditó Yuzu en silencio, al ver la duda reflejarse en su pálido rostro. Para sorpresa de ésta, Mei casi pareció escuchar sus pensamientos, puesto que había elevado su mirada hasta encontrarse con los ojos de su hermanastra. «¡Eso es, Mei, lee mi mente! ¡No actúes como tú, actúa como yo!», seguía Yuzu, intentando que aquel mensaje especial terminara siendo recibido. La joven presidenta, atenta como pocas veces a la mirada de la chica rubia, presentaba ya una visible confusión por no comprender esa extraña secuencia de gestos faciales que su compañera realizaba ante ella.
—¿Te encuentras bien? —se atrevió al fin a preguntar.
—¡Bésame de una vez! —le respondió Yuzu, irritada.
—¡Está bien! —interrumpió Maruta, sabiendo que la escena había quedado más que arruinada. Se acercó a ellas y les habló amablemente—: Nos tomaremos un descanso, ¿de acuerdo?
Mei se alejó ágilmente y salió al pasillo en cuanto escuchó que la vicepresidenta de las gafas les daba un respiro. Quizás demasiada presión o solo su hermanastra con ese deslumbrante vestido que conseguía enloquecerla era la razón de su inestabilidad. Fuera lo que fuese, la presidenta no quiso comprobar la visible angustia en el rostro de Yuzu y evitó la confrontación. Por su parte, la chica rubia aceptó la decisión de Maruta con cierta resignación, y un nuevo mar de dudas y preocupaciones volvían a ella. ¿Por qué siempre Mei tenía que ser la culpable de sus quebraderos de cabeza? ¿Por qué no intentaba ser más abierta con las personas que la rodeaban y no provocar ese tipo de situaciones? Cierto era que había mejorado desde que la conoció, pero a veces sentía que la presidenta construía, inconscientemente, un enorme muro entre ambas.
—No se preocupe, Aihara-san —le dijo Maruta, aún presente junto a Yuzu, siendo también testigo de la extraña actuación de Mei. Podía ver fácilmente el disgusto de la chica rubia—, estoy segura de que conseguirán hacer una escena perfecta.
—¿Por qué ella y yo? —preguntó, mientras sus tristes ojos conectaban con los de la vicepresidenta—. Creo que no servimos para actuar juntas.
—No diga eso —la confortó con esa amabilidad que la caracterizaba. Posó su mano sobre su hombro en señal de apoyo y añadió—: Sentí que ustedes dos podrían transmitir todo el amor que quería que se representara en esta obra.
Aquello sorprendió a Yuzu al instante. Maruta no sabía nada sobre su idilio con la presidenta del consejo estudiantil, ¿verdad? Ya en varias ocasiones había pensado que, detrás de esas inocentes gafas, aquella chica era capaz de percibir más de lo que creían. ¿Sería acaso su incondicional fanatismo por las novelas de misterio lo que la hacía ser más perspicaz?
Si no fuera porque la estudiante mayor la tenía tomada del hombro, Yuzu habría pensado que aquello no era más que una pesadilla pues, si no eran ya suficientes los problemas con los que se habían enfrentado, uno más podía sumarse a aquella lista. Veía a cierta conocida cruzar el umbral de la puerta sin pedir cualquier permiso para entrar en la sala de ensayos. Su vestimenta informal, sus rudos modales y su afán por estar constantemente escuchando música allá donde va era suficiente para describirla. Ante Yuzu, y con una sonrisa despreocupada, se presentaba la joven Mizusawa Matsuri.
Si se habla de mala educación en Citrus, uno de los primeros personajes que se nos viene a la mente es Matsuri. Su comportamiento nunca ha sido del agrado de todos los que hemos seguido el manga, aunque hay que reconocer que finalmente se preocupaba por Yuzu e incluso la ayudaba en los momentos más inesperados.
Nada más que añadir, nos vemos en dos semanas.
Aprendiz de Agatha Christie,
Kyomori.
