Mizusawa Matsuri era una adolescente de unos 15 años, de baja estatura y con gusto por la vestimenta casual. A pesar de su apariencia aniñada, siempre había demostrado ser bastante astuta e, incluso, algo perversa, quizás demasiado para su edad. Conocía a Yuzu desde pequeña y la veía casi como a una hermana mayor, lo que le ha producido en más de una ocasión ciertos episodios de celos cuando observaba que la chica rubia mostraba interés por Aihara Mei.
Pero allí estaba, dispuesta una vez más a involucrarse en la vida de Yuzu.
—¿Matsuri? —la llamó, tan sorprendida como esperaría verla—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Hola, Yuzu-oneechan —respondió ésta con una sonrisa.
—Ah, Mizusawa-san, qué bien que esté aquí también —le dijo Maruta, para mayor asombro de la chica rubia.
—¡Un momento! —elevó la voz Yuzu, requiriendo la atención de las otras dos chicas—. ¿Por qué Matsuri está aquí?
—Bueno… no podemos representar la obra sin una tramoyista —comentó Maruta con total normalidad, tal y como se caracterizaba su tranquila y humilde personalidad—, y Mizusawa-san se ofreció a desempeñar ese trabajo.
—¿Cómo sabías que íbamos a hacer una obra de teatro? —interrogó Yuzu a la menor.
—¡Cómo no saberlo! —se indignó ésta—. Hay anuncios por todos los tablones.
Había pensado que ya nada más podría sorprenderla después de la llegada de Matsuri, pero aquello último puso en evidencia su habilidad para intuir hechos inesperados. Hasta ese momento, no había tenido ninguna noticia acerca de que ella sería la tramoyista de la obra; esa persona oculta que trabaja detrás de los decorados, asegurándose de que todos los mecanismos del escenario hagan su labor correctamente. Matsuri no iba a ser una de las actrices de la representación, sino que iba a ser la encargada de apoyarlas en plena escena ante el público. Era irónico que la única que podía clavarte un puñal por la espalda, se dedicara precisamente a vigilártela.
Harumi, que también permanecía por allí estudiándose su guion, miró a Matsuri con cierta repulsa; no esperaba nada bueno viniendo de ella. Incluso ofreciéndose para ayudar en la obra, no daba la sensación de ser una chica confiable en lo más mínimo.
—Ah, Taniguchi-senpai, también aquí —dijo Matsuri, al darse cuenta de su presencia, con un tono presuntuoso que no pasó inadvertido para ninguna de las estudiantes allí presentes—. ¿Se cree actriz, o algo por el estilo? —dijo, y casi pareció disparar un dardo venenoso hacia la joven de pelo castaño.
—También me alegro de verte, enana —Harumi no pretendía entrar en su juego, pero no pudo evitar devolverle el golpe de la forma más directa que pudo—. Así que tramoyista, ¿eh? ¿Acaso te crees útil, o algo por el estilo?
Yuzu no podía hacer más que observar perpleja la inquietante conversación que mantenían ambas chicas. Pensó en intervenir pero temió que, si les decía algo, no saldría ilesa de allí. Finalmente, y para alivio suyo, fue Maruta la que interrumpió la disputa para poder indicarle a Matsuri algunos detalles que debía trabajar en el escenario.
—Esa enana… —murmuró Harumi, al ver a Yuzu acercarse a ella.
—Seguramente solo quiera pasar más tiempo conmigo —sugirió la chica rubia.
—O solo quiera chantajear a alguna de las actrices para sacarle el dinero —trató de corregir. Tras un breve silencio, se acordó de Aihara Mei—. ¡Ah, Yuzucchi! ¿Qué le ocurrió a la presidenta? Sigue fuera, ¿no?
—Yo… no lo sé —respondió. Aunque mantenía conversación con su amiga, sus ojos no podían evitar de vez en cuando dirigirse fugazmente a la puerta que daba al pasillo, esa misma que Mei había tomado para salir de allí. ¿Salir… o escapar?
—Si no supiéramos ya lo estricta que es consigo misma, diría que aún no se había aprendido sus frases para la obra.
—Quizás debería salir y hablar con ella… —decía Yuzu, ignorando parcialmente las palabras de Harumi.
—¡Claro! —continuaba también ésta—. Puede que su cargo como presidenta no le deje tiempo libre para ensayar. ¡El director le da todo el trabajo! ¡Y eso que es su propia nieta!
—Sí, tienes razón, Harumin —Yuzu ya no parecía escuchar a su compañera en absoluto—. ¡Hablaré con ella ahora mismo! —dijo, y con gran determinación se dirigió a la salida del aula.
Harumi, hasta ese instante, había seguido divagando sobre la tiranía del director en la academia, e incluso había llegado a enlazarlo audazmente con su malestar por el poco presupuesto que se dedicaba a la comida de la cafetería. Al ver a Yuzu alejarse, comprendió que su amiga no la había estado escuchando como era debido. A decir verdad, ella tampoco.
—¡Yuzucchi, espera! —la llamó indignada, queriendo recibir su atención aunque fuera para su último mensaje; el más importante.
La chica rubia, ya en el umbral de la puerta y preparada para salir, se giró de inmediato. Harumi no se hizo de rogar y, con total naturalidad, dijo:
—Tráeme algo de comer cuando vuelvas, me ha dado hambre tanto hablar de la cafetería.
…
No tuvo que ir muy lejos para encontrar a Mei. Apoyada en la pared del pasillo, a algunos metros de la entrada del aula de ensayo, se mantenía cabizbaja y con los brazos cruzados. Parecía estar sumida en sus pensamientos.
—¿Mei? —caminó hacia ella e intentó hablarle afectuosamente.
Ella no se sorprendió por la cercanía de su voz, pues ya había notado su presencia desde que puso un pie en aquel pasillo.
—Estoy bien —dijo, para después girar su rostro y mirar a Yuzu con seguridad—. Lo siento, no volverá a ocurrir.
No, no estaba bien, por mucho que se empeñara en afirmar lo contrario. Yuzu lo sabía con solo ver esos ojos tristes que tanto trataban de engañarla en vano.
—No tienes por qué ocultar nada ahora, solo yo estoy aquí —le dijo, de forma amable.
Estaba tan hermosa con su vestido azul que Mei no quería pronunciar frases demasiado extensas, no fuera a ser que no pudiera decirlas con facilidad y la oyera titubear. Pero es que no era aquel vestido el que le otorgaba una belleza infinita, sino que la propia presidenta, en su camino al enamoramiento sin remedio, comenzaba a verla cada día más maravillosa. Era algo que a Mei le parecía realmente aterrador, pues le estaba dando el gran poder de hacerle daño en cualquier momento que ella quisiera. A pesar de todo, veía cómo los ojos verdes de la chica rubia seguían reclamándole una explicación para su repentina huida.
—Estuve un poco nerviosa en el ensayo, nada más —dijo, y con solo eso hizo sonreír a Yuzu.
—¿Con todo lo que hemos ensayado en casa? —preguntó ella con cierto sarcasmo, queriendo molestarla levemente.
La seria y directa mirada de Mei no se hizo esperar ante ella, pues había notado la burla en las palabras de Yuzu. ¿Qué pretendía, reírse de ella? ¿O es que era conocedora ya de lo que le ocurría?
—Vamos, Mei, solo bromeaba —le dijo, situándose frente a ella—. Si estás nerviosa, intentémoslo otra vez. Conseguiremos esto juntas.
Habría jurado que aquel pasillo era frío, uno de los más fríos de la academia, pero la calidez que sintió cuando la mano de Yuzu se posó sobre la suya le hacía olvidar cualquier mal. Veía su mirada decidida, su sonrisa deslumbrante y sus ganas de superarse a sí misma. Tuvo la irreparable necesidad de acercarse un poco más a ese alegre rostro, tanto que casi podía notar las mejillas de su hermanastra arder. Sus manos se acomodaron instintivamente en su cintura, como si tuvieran vida propia, y sus labios capturaron los de la chica rubia para dejar sobre ellos un beso profundo y fugaz. Para nada Yuzu se esperó esa reacción, quedándose completamente inmóvil ante ello.
—Volvamos a la sala de ensayos —propuso Mei, una vez que se separó de ella—, esa escena debe quedar perfecta.
Y fue así como Mei volvió tranquilamente al aula, dejando a una Yuzu petrificada en el pasillo.
Nada más cruzar el umbral de la puerta, pudo ver a Maruta acompañada de la joven Matsuri. Su sorpresa al verla fue considerable, pero consiguió disimular cualquier gesto de asombro. La vicepresidenta, al verla entrar, le explicó el porqué de su presencia allí y su trabajo a desempeñar en la obra. Más bien podría haberse mostrado irritada, pues aquella chica no se desprendía de sus auriculares ni aun siendo tramoyista.
—Es peligroso escuchar música mientras se trabaja en el escenario —replicó Mei.
—Entonces me los quitaré cuando esté en el escenario, Mei-san —respondió ella, pronunciando con excesiva claridad su nombre. Parecía que la batalla estaba servida incluso antes de empezar a representar.
—Ya tenemos a todo el personal necesario para llevar a cabo la obra. ¡Espléndido! —celebró Maruta.
—Empezaré por llevarme esto al escenario para ajustar los decorados —comentó Matsuri, recogiendo de una de las mesas la pistola de clavos que allí quedó abandonada—, aquí no hace ninguna falta.
Tanto Mei como Maruta contuvieron instintivamente la respiración al volver a ver aquella pistola de clavos; era imposible no recordar su momento de protagonismo tan solo una hora atrás. Yuzu, quien al fin despertaba de su anterior trance y llegaba de nuevo a la sala, también reconoció la famosa pistola, y se aseguró a sí misma que ver a Matsuri con ella en la mano no le inspiraba demasiada confianza.
—Yuzu-pon —la llamó Shiraho, nada más la vio entrar—, necesito… necesito hablar con ella —dijo, señalando a Aihara Mei. Ésta se dio cuenta de inmediato de que pronunciaron su nombre.
Yuzu acompañó a la estudiante de tercer año y a la presidenta del consejo estudiantil para que ambas hablaran. Parecía que Shiraho no se decidía del todo a dirigirse a ella después de lo que había ocurrido. Se situaron en una de las esquinas de aquella sala, para no molestar en los ensayos de las demás actrices.
—Yo… no quería hacer lo que hice —afirmó Shiraho con cierto nerviosismo—, tienen que creerme.
—¿Hacer qué? —preguntó Yuzu.
—Herir a la vicepresidenta en el pie…
—Sabemos que no lo hiciste a propósito —la trató de calmar la chica rubia.
—Sí, pero…
—Cree que la antigua presidenta del consejo quiere echarle de la obra por haber lesionado a una de las actrices, ¿no? —interrumpió Mei.
—¿La hermana mayor de Harumin? —preguntó Yuzu.
Shiraho asintió.
—Me disculpé con Momokino Himeko, y aceptó mis disculpas —aseguró—, pero…
—Ella no volverá a intervenir, no se preocupe —dijo Mei.
Yuzu calló. Sabía que, por mucho que la presidenta lo intentara, nunca podría apartar completamente a esa mujer de lo que ocurriera bajo el techo de la academia. Había sido alguien importante para la institución anteriormente, así que no sería difícil que volvieran a verla antes de lo que esperaban.
Había estado tan atenta a la conversación que mantenían Mei y Shiraho, que no se percató de que su amiga, Harumi, se acercó a ella.
—¡Yuzucchi! —llamó su atención, provocando que se sobresaltara y se girara hacia ella rápidamente.
—¡Harumin! —le regañó—. ¡La próxima vez llámame desde lejos y no te acerques en silencio como si fueras una criminal! Casi me matas del susto.
—¡Déjate de sustos! —la interrumpió ella—. Ha ocurrido algo mientras no estabas.
—Pero ¿cómo es posible? Si solo me he ido cinco minutos…
—Cinco minutos le bastan a ese idiota de Minami para armar revuelo —dijo Harumi. Acto seguido, se fijó en que Yuzu tenía las manos vacías—. ¡Olvidaste traerme algo de comer!
—¡Espera, espera! ¿Minami? ¿Ese no es el futuro marido de Momokino-san?
—¡Pues claro, ya lo viste antes!
—¿No se había marchado ya de la academia? —preguntó Yuzu con cierta curiosidad, pero se mostró molesta al instante y añadió—: Ni siquiera se preocupó por ella cuando le dispararon un clavo en el pie.
—Una de las miembros del club de teatro que está colaborando en la obra salió a despejarse un poco, por cansancio, y le vio —explicó Harumi—. ¡Estaba entrando en el despacho del director!
A Yuzu no le parecía aquello una buena noticia, sino todo lo contrario; que Minami quisiera hablar con el director poco después de la acalorada discusión que tuvo lugar con la vicepresidenta Momokino, solo podía significar que las iba a perjudicar de alguna forma. La chica rubia le propuso a su amiga abandonar la sala de ensayos y dirigirse al tan mencionado despacho del director. Harumi la siguió sin preguntar demasiado, desconociendo lo que pretendía Yuzu al ir allí.
—No podrás entrar si el director está reunido con él —le dijo Harumi, cuando ambas se detuvieron ante la elegante puerta que conducía al despacho.
—No pensaba entrar —respondió ella, antes de acercarse a la puerta y pegar su oreja en ella.
—¡Yuzucchi, no! ¡Nos descubrirán si la abren! —dijo Harumi, tomando del brazo a su amiga e intentando apartarla de allí.
El forcejeo entre ambas empezó siendo bastante silencioso, pero no tardó demasiado en hacerse más sonoro, a tal punto que podía ser escuchado desde el interior del temido despacho del director. Yuzu quería averiguar qué clase de conversación se estaba llevando a cabo en aquella habitación de cualquier modo, y Harumi solo trataba de despegarla de aquella puerta. Finalmente, y para desgracia de ambas, quedaron totalmente al descubierto cuando Minami se dispuso a salir del despacho y las encontró allí. Las dos estudiantes temieron lo peor, y más aún viendo la expresión en el rostro de aquel hombre.
—Otra vez tú —dijo, refiriéndose a Yuzu—. ¿Acaso no sabes estar sin meter las narices en lo que no es de tu incumbencia, niñata?
A la chica rubia le habría encantado decirle lo que pensaba en aquel momento, pues deseaba insultarle a voz en grito, pero tampoco pretendía rebajarse a tal nivel. Se limitó entonces a ignorarle e intentar pasar al interior del despacho para preguntarle directamente al viejo Aihara.
—Qué falta de educación, niñata —le habló de nuevo Minami, quien no parecía haber quedado satisfecho y la sujetó del brazo para detenerla—. No vas a conseguir nada hablando con el director.
«¿Qué no conseguiré nada? ¿A qué se refiere?», pensó Yuzu. Buscó con la mirada a su abuelo por parte de su padrastro, pero sus ojos mostraban lo de siempre: una seriedad tan profunda como el mismísimo océano.
—Esa chica estará fuera de la obra por haber herido a mi futura esposa —respondió el mismo Minami a su pregunta.
—¡¿Qué?! ¡Pero si ni siquiera le importó que la hirieran!
—¿Cómo te atreves? —le replicó, al mismo tiempo que soltaba su brazo con molestia.
—¡Shira-pon no lo hizo a propósito! ¡Incluso se preocupó por Momokino-san!
—Qué ingenua —dijo, para después mostrar una victoriosa sonrisa—. Esa chica solo está fingiendo y haciéndose la víctima para que nadie tome represalias contra ella, pero a mí no me engaña —su pomposa sonrisa desapareció en cuanto pronunció las siguientes palabras—: Yo la eliminaré de mi camino.
Había estado segura de que lo que aquel hombre decía era una mentira tras otra hasta ese momento, pues aquellas últimas palabras eran tan frías que parecían tener verdadera sed de venganza. Yuzu sabía que Shiraho no había tenido ninguna intención de lastimar a la vicepresidenta, pero Minami se empeñaba en querer apartarla de la obra. Pero ¿por qué tanto empeño? ¿Realmente sentía lo que le habían hecho a su futura esposa o había algo más que aún desconocía?
