Los gritos de ambos se podían oír a lo largo de todo el pasillo. La paz y tranquilidad que siempre reinaban en la Academia Aihara parecía ahora una odisea, pues Yuzu seguía encarándose con el maleducado y futuro marido de Momokino, el joven Minami. Incluso el director, bastante enfurecido y cansado de tanta discusión, se levantó de su señorial silla y caminó hasta ellos con el objetivo de que se tranquilizaran y no generaran una mala imagen. Harumi, por su parte, permaneció detrás de su amiga casi sin inmutarse. Para ella aquello estaba yendo demasiado lejos; una cosa era desobedecer algunas reglas de forma encubierta y otra muy distinta era ofrecer semejante espectáculo a merced de ser expulsadas. No era de extrañar que, dado el escándalo, algunas estudiantes curiosas hubieran acudido al lugar para saber a qué se debían aquellos gritos; entre ellas, Aihara Mei.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —dijo con la autoridad que siempre la caracterizaba. De inmediato su mirada se centró en Yuzu, pues sabía que, aunque no le preguntara a ella directamente, ésta no sería capaz de quedarse en silencio.
—¡Tienes que detenerle, Mei! —se apresuró a decir. Se acercó entonces a la presidenta, dando la espalda a Minami y Harumi—. ¡No pueden expulsar a Shira-pon de la obra por un accidente!
Pero esa vez Mei no iba a apoyarla. Ya le había advertido que se abstuviera de involucrarse en temas que no tenían ninguna relación con ella y que dejara que la propia Mei asumiera esa labor. Por supuesto que entendía su descomunal enfado, ¿cómo no entenderlo? Pero había ciertos límites que no debían ser alcanzados y Yuzu ya los había sobrepasado todos.
—¿Mei? —volvió a llamarla, al ver que lo único que recibía de ella era una mirada de desaprobación.
—Director, señor Minami —se dirigió Mei a los dos hombres—, les pido disculpas por las molestias ocasionadas por una de nuestras estudiantes —dijo, inclinándose levemente ante ellos. Yuzu no daba crédito a lo que estaba ocurriendo.
—¡Más vale que eduque bien a esa niñata! —replicó Minami antes de marcharse, provocando que la chica rubia volviera a mirarle con rabia e impotencia.
—Yuzu, acompáñame —le ordenó la presidenta una vez que volvió el silencio en aquel pasillo.
Por muy indignada que estuviera con el comportamiento de Mei y el de Minami, no le quedó más remedio que obedecer y seguirla hasta el consejo estudiantil. Estaba segura de que, si la había llevado hasta allí, era porque iba a regañarla seriamente por lo que había hecho.
Después de que Mei le cediera el paso al interior de la sala del consejo, cerró la puerta y caminó hasta su asiento sin pronunciar palabra. Habría jurado sentir una brisa gélida cuando la presidenta pasó por su lado, pero aún más fría era su mirada una vez que sus ojos impactaron directamente en los de ella.
—Yuzu —dijo al fin—, creo que te dejé bien claro que debías dejar que yo me ocupara de los problemas que incumben a la dirección de la academia.
—Pero, Mei… no podemos permitir que ese tipo haga lo que quiera.
—Y no lo hará, yo misma hablaré con el director —respondió, para después cruzarse de brazos en su asiento—. No expulsarán a nadie por un accidente del que nadie tuvo la culpa.
—¡No te das cuenta! —replicó Yuzu—. ¡Minami no va a descansar hasta arruinarnos la obra!
—¿Arruinar la obra? —se extrañó Mei—. Yuzu, la familia de ese hombre es una de las financiadoras de esta academia. Es absurdo pensar que trataría de dificultar cualquier evento que aquí se lleve a cabo.
—¡Algo extraño está ocurriendo, Mei! —insistió Yuzu, comenzando a perder la paciencia—. ¡Minami ni siquiera se preocupó por Momokino-san y ahora quiere echar a Shira-pon por el accidente con la pistola de clavos!
—Yuzu…
—¡Y no solo eso! —continuó—. La antigua presidenta también quiso expulsarla. ¡Seguro que está tramando algo con Minami!
—¡Yuzu, ya basta! —gritó Mei, al mismo tiempo que se levantaba de su silla. La chica rubia calló de inmediato. Nunca imaginó que la presidenta llegaría a alzar la voz así y, menos aún, dentro de la academia.
—¿Por qué, Mei? —preguntó Yuzu, ya con cierta angustia. Se estaba cansando de ser tratada como una paranoica—. ¿Por qué no quieres verlo?
—Puede que en casa seamos iguales, e incluso… pareja, pero aquí debes acatar lo que yo te ordene.
—¿Acaso estás tú también metida en esto? —dijo, con un tono acusador que no pasó inadvertido para Mei.
—¿Cómo te atreves a preguntar eso? —el rostro enfadado de la presidenta se hizo presente tan pronto como interpretó que Yuzu desconfiaba de ella.
—Tampoco lo has negado —contestó la chica rubia, y con ello terminó por agotar la paciencia de su hermanastra.
—Fuera de aquí —sentenció Mei con toda la firmeza que pudo mostrar, pues aquella acusación parecía haberle dolido de verdad—. No quiero verte.
Yuzu, aún molesta, se dio la vuelta sin siquiera decir una palabra más y salió del consejo estudiantil. Esa vez sí que había hablado de más, pero estaba demasiado enfadada como para darse cuenta de la crueldad que supusieron sus palabras. La presencia de Minami en la academia la incomodaba como pocas personas lo habían hecho en su vida, y estaba segura de que algo estaba tratando de hacer en contra de la obra que estaban preparando para el festival cultural.
No volvió a la sala de ensayos esa tarde. Su derrotado y agotado caminar la llevó directamente a la gran entrada de la escuela, esa por la que entraban y salían todos los días. Emprendió su viaje a través de las calles de Tokio para llegar a su hogar e intentar no pensar demasiado en lo que había ocurrido; el remordimiento comenzaba a apoderarse de ella y no quería derrumbarse tan pronto. Confiaba en Mei y sabía que, bajo esa imagen de presidenta estricta, había un corazón sincero, pero su indignación la hizo decir lo que no debía. Nunca pretendió afirmar que la presidenta estuviera del lado de aquel hombre; como mucho, habría sugerido que su abuelo podría haberla obligado a mantenerse al margen.
Su madre se sorprendió al ver que llegaba más temprano de lo habitual a casa. Incluso le preguntó de inmediato acerca de los ensayos para la obra ya que, a su criterio, habían acabado algo pronto esa tarde.
—Todo está bien, mamá —respondió la chica rubia sin muchos ánimos, pero queriendo mostrarse amable—. He vuelto antes porque quería seguir estudiando mi guion.
La habitación donde dormía cada noche parecía más vacía ese día, pues en tan poco tiempo había vuelto a estropearlo todo con sus impulsos algo infantiles. Debía aceptar que, el hecho de que Mei fuera su pareja, no implicaba que pudiera estar siempre de su lado. Después de todo, ella era la presidenta del consejo de estudiantes y debía actuar con imparcialidad ante cualquier situación.
Tuvo tiempo de sobra para pensar detenidamente en lo que había ocurrido y en cómo enmendarlo; las horas pasaban y Mei no parecía haber llegado aún. Quizás el trabajo en el consejo y en la obra se habían extendido en exceso, o simplemente la presidenta no tenía ninguna necesidad de volver a verla aquel día.
«Lo siento, Mei».
Yuzu acabó quedándose dormida, cansada de esperar a escuchar abrirse la puerta de aquella habitación. Tumbada en la cama, las suaves sábanas y el edredón le daban a su cuerpo la calidez que su interior no tenía en esos momentos. Cuánto habría deseado no tener que lidiar con aquella culpabilidad que tanto comenzaba a atormentarla. Habría preferido quedarse callada, permitiendo que Minami la insultara cuanto quisiera, con tal de que Mei no se hubiera llevado semejante decepción de su parte. Tendría que disculparse adecuadamente por su comportamiento cuando tuviera oportunidad, o cuando Mei le permitiera dirigirle la palabra.
…
La mañana siguiente, Yuzu amaneció sin compañía en la habitación. Pensó que podía deberse a que era ya demasiado tarde y que la presidenta se había levantado ya para marcharse a la academia, de nuevo. Estiró el brazo con cierta vagancia para alcanzar su teléfono móvil, situado sobre el cabecero de la cama, y consultar la hora. Extrañada miró aquella pantalla, pues aún era bastante temprano como para que Mei no siguiera durmiendo.
«¿No ha dormido aquí esta noche?».
Se levantó con pesadez de la cama y fue hasta el salón; el no estar completamente despierta le hacía bostezar y tambalearse ligeramente mientras caminaba, pero consiguió llegar por sus propios medios. Aunque, en realidad, lo que acabó robándole cualquier atisbo de cansancio fue ver a su hermanastra dormida plácidamente en el sofá. Su asombro por verla allí solo era comparable con su desilusión por saber que la presidenta ni siquiera se había planteado dormir a su lado aquella noche.
«¿Tan enfadada estás conmigo, Mei? ¿Tanto como para no querer ni acercarte a mí?».
Totalmente abatida, regresó a su habitación para vestirse con el uniforme de la escuela. Se acicaló y con cuidado volvió al salón para tomar de la cocina algo para comer; no quería quedarse a desayunar con Mei por allí, pero tampoco se iría sin probar bocado. Una pieza de fruta sería suficiente para aguantar unas horas hasta el almuerzo. Y así, con su jugoso tentempié en la mano y casi imitando a un ninja, caminó a través del pasillo y cruzó la puerta de entrada del apartamento donde vivían, procurando no hacer el más mínimo ruido para no despertar a la presidenta; ni siquiera sería capaz de darle los buenos días sabiendo que no había querido ni dormir a su lado.
A la academia Aihara llegó a unas horas muy tempranas, incluso antes que las chicas miembros del consejo de estudiantes. Las tan frondosas decoraciones florales que separaban la entrada principal del edificio parecían más tristes esa mañana pues, sin estudiantes deambulando por el lugar, un sentimiento de soledad reinaba sobre todo lo demás. Pero Yuzu sí que pudo enmendar en cierta medida esa nostalgia al encontrarse allí al mismísimo director de la academia y abuelo de Mei, el cual parecía iniciar un paseo por los alrededores, bajando tranquilamente las escaleras que hacían de salida del edificio central. La chica rubia se acercó a él, esperando saber qué iba a ocurrir finalmente con respecto a la obra y su amiga Shiraho.
—¡Abuelo! —dijo sin pensar. En cuanto se escuchó a sí misma, supo que debía cambiar esa forma de dirigirse a él si quería tener su atención—. Quiero decir… ¡director!
El viejo Aihara la reconoció de inmediato; no era fácil olvidar a la estudiante más problemática de toda la escuela, y menos aún con esa vestimenta y pelo teñido con los que destacaba tanto entre las demás.
—¿Qué hace aquí? —preguntó, dubitativo—. Las clases no comienzan hasta dentro de una hora.
—¡Sí, lo sé! —respondió rápidamente, temiendo una nueva reprimenda por haber llegado demasiado temprano—. En realidad… quería saber si la obra de teatro que prepara el consejo estudiantil sigue adelante.
—¿Otra vez con eso? Ayer ya tuve suficiente.
—¡No era mi intención hacerle enfadar a usted y al señor Minami! Yo solo…
—La obra no se ha cancelado, y la estudiante Shiraho Suzuran sigue participando en ella.
—¿De… de verdad?
—La presidenta del consejo mostró su descontento con la expulsión e hizo lo posible para evitarla, por ello se tuvo una reunión hasta la noche.
—¿Qué? ¿Quiere decir que Mei llegó ayer tan tarde a casa porque estuvo aquí defendiendo la obra? —Yuzu estaba realmente sorprendida por la actitud de Mei. Finalmente había cumplido su palabra: impedir que influencias externas modificaran cualquier detalle de la obra que estaban preparando.
—Por cierto —volvió a llamarla el director.
—¿Sí?
—No me importa que esté aquí desde tan temprano hoy; si llega tarde a sus clases, será expulsada.
—E-entendido…
Y así, con aquella última advertencia por parte del viejo Aihara, Yuzu volvió a quedarse sin compañía esa mañana. Se sentó entonces en uno de los escalones que constituía la escalera de la entrada al edificio principal, esperando ver llegar estudiantes con el paso de los minutos; aunque, en realidad, sabía que a la primera que vería sería a Mei. Y, de hecho, solo tuvo que permanecer en aquellas escaleras unos instantes más para poder vislumbrar su silueta pasando la entrada principal a la academia, tan elegante y serena como de costumbre. Yuzu se puso en pie por pura inercia, mientras veía a la presidenta avanzar hacia ella. ¿Qué le diría a aquel rostro serio e imperturbable? ¿Qué diría a aquellos ojos que tan detenidamente la observaban desde la distancia?
—Mei… —dijo casi en un susurro cuando la presidenta llegó hasta ella.
—Buenos días —se limitó a decir ella.
—Buenos días… —respondió, cabizbaja. Tras un breve silencio que ambas provocaron, añadió—: Siento… lo de ayer. Debí confiar en ti y no comportarme así. El abuelo me lo ha explicado todo antes de que llegaras.
—¿El director?
—Gracias por defender nuestra obra de teatro —dijo con una leve sonrisa.
—No tienes por qué agradecérmelo —contestó de forma aparentemente neutral, aunque internamente estuviera comenzando a sentirse nerviosa ante esa sonrisa que tenía frente a ella—, soy la presidenta del consejo estudiantil y era mi deber hacerlo.
El rostro de la chica rubia pareció iluminarse por completo, pues una respuesta así de Mei significaba mucho más de lo que en realidad expresaba con palabras. Sin dudarlo, se acercó a ella y rodeó cuidadosamente su cuello con sus brazos para abrazarla. A Mei no pareció incomodarle del todo, puesto que tampoco habría sido capaz de seguir enfadada con aquella problemática rubia teñida mucho más tiempo.
—La obra de teatro será todo un éxito —comentó Yuzu, aún abrazada a Mei. Se separó entonces levemente, manteniendo sus brazos alrededor de la presidenta, para comprobar la expresión de su rostro—, ¿no crees?
Mei no era una chica de muchas palabras, pero esa pequeña sonrisa que comenzaba a dibujarse en sus labios cuando aquella chica rubia la miraba era suficiente para confiar en que todo iría bien. Yuzu sabía que podía llegar a ser una persona difícil de entender a veces, dado su carácter serio, pero también estaba segura de que podía creer en ella sin temor a ser traicionada; o, al menos, en ese momento así lo pensaba.
¿Dónde se encontraría el límite? Ese que tanto te confunde como para no confiar en nadie.
—No te fallaré —dijo Yuzu finalmente, para que solo ellas fueran testigos de aquellas palabras inocentes. Esas que podían llegar a ser crueles al recordarlas después.
